El país de Juan

Fragmento

5

UNO

...solo piedra quedaba,

piedras y pocos hombres

con raíces de piedra, o de cabra.

João Cabral

Los abuelos de Juan vivieron mucho tiempo de unas vacas que heredaron. Ordeñaban mañana y tarde las vacas y con la leche hacían queso y manteca, y así se alimentaban.

Trabajaban mucho en el campo y con lo que ganaban podían mandar a sus hijos a la escuela y comprarles cuadernos, zapatos y abrigo.

Cada tanto, bajaban por un día a la ciudad, iban hasta un parque de diversiones, tiraban al blanco y comían palomitas de maíz sentados en la plaza.

Pero la sequía, los gobiernos y los ladrones de ganado hicieron que poco a poco fueran perdiendo sus vacas.

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En el norte, para vivir, hay que tener vacas.

Y si no, hay que tener cerdos, buenos cerdos para hacer chorizos, bondiolas y jamones, y así pasar el frío del invierno.

Como no hay cerdos, aunque más no sea hay que tener cabras, que viven del aire y andan por los cerros comiendo pastos duros cuando ya no queda nada.

En el norte no es fácil pasar el invierno, pero los abuelos de Juan pasaron, mal que mal, muchos inviernos, gracias a sus vacas.

Hasta que la sequía, los gobiernos y los ladrones de ganado los dejaron sin ellas.

Entonces empezaron a cuidar las vacas que tenían otros.

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Una canción del país de Juan dice:

Las penas y las vaquitas

se van por la misma senda.

Las penas son de nosotros,

las vaquitas son ajenas.

Cantando esa canción, también los padres de Juan cuidaron las vacas de los otros.

Sabían llevarlas a la veraneada en busca de pastos verdes, curarlas de las pestes, chucearles el vientre si se empastaban, ordeñarlas, batir manteca y hacer queso.

Pero ya ni la leche, ni las vacas, ni las tierras eran de ellos.

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Entre los ladrones de ganado, la sequía y los gobiernos, los patrones de los padres de Juan también se empobrecieron.

Así fue que empezaron a trabajar ellos, ya no necesitaron a los peones, y los despidieron.

Por eso, el padre y la madre de Juan se quedaron sin trabajo, y ya no hubo dinero para ir al parque de diversiones, ni para comer palomitas de maíz, ni para comprar cuadernos.

Tampoco para zapatos ni para abrigo.

Ni para alimentar a un caballo, o aunque más no fuera a una burra vieja...

Pobres como estaban, comenzaron a vender las cosas que tenían.

Primero una mesa que no usaban.

Luego unas tazas que heredaron.

Después un poncho tan liviano que podía apretarse en un puño.

Y más tarde una manta con un dibujo de rombos.

Hasta que la madre de Juan dijo: «a este paso nos quedaremos con lo puesto».