Mi último suspiro

Luis Buñuel

Fragmento

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PRÓLOGO

David Trueba

 

 

 

 

El exilio de Luis Buñuel es una de las grandes tragedias de la cultura española. Nació con el siglo y eso le emparejó a las contradicciones de su tierra. Después de sus primeras películas surrealistas, Un perro andaluz (1929) y La edad de oro (1930), y del documento rodado en Las Hurdes (1933), y tras su forja en el negocio del cine con las películas comerciales de Filmófono, si se hubiera quedado en España habría existido una herencia palpable, firme. Pero no pudo ser y las mejores películas de Luis Buñuel fueron mexicanas, país en el que demostró una capacidad de adaptación que contradice a quienes lo definen como alguien pétreo o insensible. Puede que tuviera la determinación de los genios, pero eso no le privó de la inteligencia del superviviente, y sus proyectos mexicanos evolucionan desde los géneros convencionales y materiales de derribo hasta las más altas cotas de autoría personal.

Quizá Viridiana (1961), una de las dos mejores películas de la historia del cine español, sea ese eslabón perdido en la tragedia del exilio de Buñuel. En el proceso de transformarse en un director de cine francés recala en su país, ajeno a la potencia censora del régimen, y perpetra esta película perfecta, irrebatible, escrita junto a esa gran persona que fue Julio Alejandro. Las vicisitudes del éxito internacional de la película le enfrentan a la jerarquía nacional católica, pero para entonces ya ha renunciado al victimato artístico y prosigue en Francia una carrera en la que cobra un papel importante Jean-Claude Carrière. España sigue siendo un lugar de refugio, con largas escapadas a Toledo y al monasterio de El Paular para escribir, para inspirarse, e incluso para rodar Tristana (1970), basada en su adorado Galdós.

La conversación con Carrière parece ininterrumpida y culmina en esta fuga de memoria que es Mi último suspiro (1982), dictada en las sobremesas largas y que recoge la huella sensible de Buñuel, pero también su socarrona resistencia a la amargura y al lugar común. Un libro que puede leerse de mil formas, porque contiene los ingredientes para ser agitados por el usuario a placer. Pero la más evidente es la de última obra, pues está dictada y corregida en los años en que ya dirigir una película se le hace imposible físicamente. Lecciones y consejos hay muy pocos, porque Buñuel fue reacio a los planes prácticos y a convertir el cine en una fórmula de éxito. No iba por ahí la herencia que dejó en España y quizá en México, al menos en algún director entonces primerizo que sería después maestro como Arturo Ripstein.

Existe también un libro de conversaciones con Buñuel que De la Colina y Turrent publicaron en su día como Prohibido asomarse al interior, reeditado más tarde como Buñuel por Buñuel. Asimismo está el hermoso proyecto de Max Aub sobre su amigo admirado, que es más una lectura personal pero transferible. Con todo, Mi último suspiro es otra cosa porque no pierde el dulce y nutritivo placer de la conversación, del libro hablado. Para los más críticos, a Buñuel le pasó lo mismo que a otros grandes autores que cedieron a la tentación de dejarse analizar en libros y terminó por hacer películas que de alguna manera respondían al modelo de marca. Si es cierto, poco se puede alegar al hecho de que Buñuel quisiera explotar el sello Buñuel en sus películas francesas. Es hasta entendible que sus colaboradores más jóvenes y admirativos prolongaran esa deriva, invitándole a ser quien creía que era, frente a quizá la capacidad de Julio Alejandro o Luis Alcoriza para retarle desde la misma altura, enfrentándole a sí mismo más que adulándolo durante los procesos de escritura de las que fueron sus mejores películas.

En Mi último suspiro aparece ese conversador que nunca dejó de practicar el noble arte aprendido en los cafés madrileños allá por los años veinte, cuando era un estudiante que lo ponía todo en cuestión. Hay, por supuesto, páginas memorables sobre sus contradicciones, la irresistible atracción por el mundo perdido de sus padres, las tradiciones locales, la potencia religiosa, la antropología, que siempre le divirtió más que la modernidad y las autoindulgencias del mundo artístico. También hay un retrato del poeta perdido y del bromista declarado, aficionado al disfraz y a dejar en ridículo a todo bicho sagrado.

Pero ya desde el título es inevitable reconocer al Buñuel en despedida, el hombre que ha pensado tanto en la muerte que le ha perdido un poco el respeto, como enseñaba Montaigne, convirtiendo el trámite en un mero asunto fisiológico. Su último gran desdén a la trascendencia religiosa española. Buñuel se imagina enterrado pero saliendo del agujero cada diez años para leer la prensa y enterarse de cómo está el mundo antes de volver a la tumba. El mismo Buñuel que soñó un día la gran broma de que a su muerte los herederos abrieran el testamento para descubrir que había legado todos sus bienes a John Paul Getty, entonces el hombre más rico del planeta.

De esa actitud está este libro cargado en cada línea y de ahí el goce de leerlo. Por si quedaban dudas, en su pueblo natal, en Calanda, donde los tambores siguen sonando atronadores en una de las más bellas exuberancias de nuestra Semana Santa, guardan algunas cartas finales del Buñuel anciano. Recuerdo una especialmente elocuente a la hora de definir al señor que este libro trata de retratar. Le escribe don Luis, a pocos meses de la muerte, a un sobrino suyo y le dice: «A cada cerdo le llega su San Martín, y el mío parece próximo». Ese era el talento mayor de Buñuel para ser salvaje y desafectado. Es un rasgo común en sus películas, carentes a menudo de banda sonora, y ajenas al sentimentalismo siempre que este no sirva para justificar una perversión o alguna tara.

Al leerlo hoy nos invade la pérdida de un tiempo, pero sobre todo de una personalidad que se concedía el exceso, el capricho, el galardón de hablar libre y contar sin represiones. Lo mismo da que repare en personalidades conocidas que en obras mayúsculas del arte, para Buñuel es natural querer poner una bomba o quemar un museo, nada menos, lo mismo que declarar su admiración por alguien sin refrenar esa cosa tan española del escepticismo. Se trata de un libro que puede ofender a los pudibundos de hoy por cierta crudeza en sus generalizaciones, en la expresión libre de filias y fobias, de visiones del mundo, pero que encierra la sinceridad brutal de quien mira desde el último recodo del camino hacia el tiempo pasado. Que es capaz de enfrentarse incluso a la Guerra Civil española con la sabiduría desprejuiciada de quien no necesita a nadie que le cuente lo que ha vivido y lo transforme en un tópico manido. Buñuel fue un hombre libre, condicionado por sus cabezonerías y su personalidad, pero que no dejó nunca de probar, de abandonarse a la fe surrealista en lo incontrolable, en lo inexplicable.

En el libro él explica una anécdota similar, pero un joven eléctrico que trabajó en Tristana nos contaba un día en que Aguayo, el gran director de fotografía, le hizo ver a Buñuel la belleza de un primer plano iluminado de Catherine Deneuve. Al fotógrafo le encantaba que una sombra partiera el rostro de la actriz para delatar la dicotomía del personaje entre el lado bueno y el malo. Buñuel atendió a la explicación, asintió agradado, pero cuando el director de fotografía no miraba, pegó un puntapié a la silla para ponerla del todo bajo la luz y dar orden de rodar el plano así, sin lecturas baratas psicoanalíticas ni cesiones a la estética adocenada. Mi último suspiro responde a esa escritura a puntapiés hacia lo sincero, donde lo mismo se provocan carcajadas que punzadas de asombro. Habla el maestro.

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MI ÚLTIMO SUSPIRO


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A Jeanne, mi mujer,

mi compañera

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Yo no soy hombre de pluma. Tras largas conversaciones, Jean-Claude Carrière, fiel a cuanto yo le conté, me ayudó a escribir este libro.

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MEMORIA

 

 

 

 

Durante los diez últimos años de su vida, mi madre fue perdiendo poco a poco la memoria. A veces, cuando iba a verla a Zaragoza, donde ella vivía con mis hermanos, le dábamos una revista que ella miraba atentamente, de la primera página a la última. Luego se la quitábamos para darle otra que, en realidad, era la misma. Ella se ponía a hojearla con idéntico interés.

Llegó a no reconocer ni a sus hijos, a no saber quiénes éramos ni quién era ella. Yo entraba, le daba un beso, me sentaba un rato a su lado —físicamente, mi madre gozaba de muy buena salud y hasta estaba bastante ágil para su edad—; luego salía y volvía a entrar. Ella me recibía con la misma sonrisa y me invitaba a sentarme como si me viera por primera vez y sin saber ni cómo me llamaba.

Cuando yo iba al colegio, en Zaragoza, me sabía de memoria la lista de los reyes godos, la superficie y la población de cada estado europeo y un montón de cosas inútiles. En general, en los colegios se mira con desprecio este tipo de ejercicio mecánico de memoria y a quien lo practica suele llamársele despectivamente memorión. Yo, aunque memorión, no sentía sino desprecio por estas exhibiciones baratas.

Pero, a medida que van pasando los años, esta memoria, en un tiempo desdeñada, se nos hace más y más preciosa. Insensiblemente, van amontonándose los recuerdos y un día, de pronto, buscamos en vano el nombre de un amigo o de un pariente. Se nos ha olvidado. A veces nos desespera no dar con una palabra que sabemos, que tenemos en la punta de la lengua y que nos rehúye obstinadamente.

Ante este olvido, y los otros olvidos que no tardarán en llegar, empezamos a comprender y reconocer la importancia de la memoria. La amnesia —que yo empecé a sufrir hacia los setenta años— comienza por los nombres propios y los recuerdos más recientes: ¿dónde he puesto el encendedor que tenía hace cinco minutos? ¿Qué quería yo decir al empezar esta frase? Esta es la llamada amnesia anterógrada. Le sigue la amnesia anterorretrógada que afecta a los recuerdos de los últimos meses y años: ¿cómo se llamaba el hotel en el que paré cuando estuve en Madrid en mayo de 1950? ¿Cuál era el título de aquel libro que me interesaba hace seis meses? Ya no me acuerdo. Busco afanosamente, pero es inútil. Viene por fin la amnesia retrógada, que puede borrar toda una vida, como le sucedió a mi madre.

Yo todavía no he sentido la acometida de esta tercera forma de amnesia. Guardo de mi pasado lejano, de mi infancia, de mi juventud, múltiples y nítidos recuerdos y también profusión de caras y de nombres. Si a veces se me olvida alguno, no me preocupa excesivamente. Sé que voy a recuperarlo en el momento menos pensado, por uno de esos azares del subconsciente que trabaja incansablemente en la oscuridad.

Por el contrario, siento viva inquietud y hasta angustia cuando no consigo recordar un hecho reciente que he vivido o el nombre de una persona conocida en los últimos meses, o incluso de un objeto. De pronto, toda mi personalidad se desmorona, se desarticula. Soy incapaz de pensar en otra cosa, por más que todos mis esfuerzos y rabietas son inútiles. ¿Será esto el comienzo de la desaparición total? Es atroz tener que recurrir a una metáfora para decir «una mesa». Y la angustia más horrenda ha de ser la de estar vivo y no reconocerte a ti mismo, haber olvidado quién eres.

Hay que haber empezado a perder la memoria, aunque sea solo a retazos, para darse cuenta de que esta memoria es lo que constituye toda nuestra vida. Una vida sin memoria no sería vida, como una inteligencia sin posibilidad de expresarse no sería inteligencia. Nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción, nuestro sentimiento. Sin ella no somos nada.

Con frecuencia, he pensado introducir en una película una escena en la que un hombre trata de contar una historia a un amigo; pero olvida una palabra de cada cuatro, generalmente, una palabra muy simple: «coche», «calle», «guardia»... El hombre farfulla, titubea, gesticula, busca equivalencias patéticas, hasta que el amigo, furioso, le da un bofetón y se va. A veces, para defenderme de mis propios terrores con la risa, me da por contar el cuento del hombre que va al psiquiatra porque sufre pérdida de memoria, lagunas. El psiquiatra le hace un par de preguntas de rutina y luego le dice:

—Bien, ¿y esas lagunas?

—¿Qué lagunas? —pregunta el hombre.

La memoria, indispensable y portentosa, es también frágil y vulnerable. No está amenazada solo por el olvido, su viejo enemigo, sino también por los falsos recuerdos que van invadiéndola día tras día. Un ejemplo: durante mucho tiempo conté a mis amigos (y la cito también en este libro) la boda de Paul Nizan, brillante intelectual marxista de los años treinta. Cada vez me parecía estar viendo la iglesia de Saint-Germain-des-Prés, la concurrencia, entre la que me encontraba yo, el altar, el cura, Jean-Paul Sartre, testigo del novio. Un día, el año pasado, me dije de pronto: «¡Imposible! Paul Nizan, marxista convencido y su mujer, hija de una familia de agnósticos, nunca se hubieran casado por la Iglesia. Totalmente inimaginable». Entonces, ¿había yo transformado un recuerdo? ¿Se trataba de un recuerdo inventado? ¿De una confusión? ¿Puse un marco familiar de iglesia a una escena que alguien me describió? Todavía no lo sé.

La memoria es invadida constantemente por la imaginación y el ensueño, y puesto que existe la tentación de creer en la realidad de lo imaginario acabamos por hacer una verdad de nuestra mentira. Lo cual, por otra parte, no tiene sino una importancia relativa, ya que tan vital y personal es la una como la otra.

En este libro semibiográfico, en el que de vez en cuando me extravío como en una novela picaresca, dejándome arrastrar por el encanto irresistible del relato inesperado, tal vez subsista, a pesar de mi vigilancia, algún que otro falso recuerdo. Lo repito: esto no tiene mayor importancia. Mis errores y mis dudas forman parte de mí tanto como mis certidumbres. Como no soy historiador, no me he ayudado de notas ni de libros y, de todos modos, el retrato que presento es el mío, con mis convicciones, mis vacilaciones, mis reiteraciones y mis lagunas, con mis verdades y mis mentiras, en una palabra: mi memoria.

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RECUERDOS DE LA EDAD MEDIA

 

 

 

 

Tendría yo trece o catorce años cuando salí de Aragón por primera vez. Iba invitado a casa de unos amigos de mi familia que veraneaban en Vega de Pas, cerca de Santander. Al atravesar el País Vasco, descubrí, maravillado, un paisaje nuevo, inesperado, totalmente distinto del que había conocido hasta entonces. Veía nubes, lluvia, bosques encantados por la bruma, musgo húmedo en las piedras... Fue una impresión deliciosa que siempre perdurará. Soy un enamorado del Norte, del frío, de la nieve y de los grandes torrentes de las montañas.

La tierra del Bajo Aragón es fértil, pero polvorienta y terriblemente seca. Podía pasar un año y hasta dos sin que se viera congregarse las nubes en el cielo impasible. Cuando, por casualidad, un cúmulo aventurero asomaba tras los picos de las montañas, unos vecinos, dependientes de una tienda de ultramarinos, venían a llamar a nuestra casa, sobre cuyo tejado se levantaba el aguilón de un pequeño observatorio. Desde allí contemplaban durante horas el lento avance de la nube y decían, sacudiendo tristemente la cabeza:

—Viento del sur. Pasará lejos.

Tenían razón. La nube se alejaba sin soltar ni una gota de agua.

Un año de angustiosa sequía, en el pueblo vecino de Castelceras, el vecindario, con los curas a la cabeza, organizó una rogativa para pedir la gracia de un chaparrón. Aquel día, negras nubes se cernían sobre el pueblo. La rogativa parecía casi inútil.

Desgraciadamente, antes de que terminara la procesión, se habían disipado las nubes y volvía a lucir un sol abrasador. Entonces, unos brutos como los hay en todos los pueblos, cogieron la imagen de la Virgen que abría el cortejo y, al pasar por un puente, la tiraron al río Guadalope.

Se puede decir que, en el pueblo en que yo nací (un 22 de febrero de 1900), la Edad Media se prolongó hasta la Primera Guerra Mundial. Era una sociedad aislada e inmóvil, en la que las diferencias de clases estaban bien marcadas. El respeto y la subordinación del pueblo trabajador a los grandes señores, a los terratenientes, profundamente arraigados en las antiguas costumbres, parecían inmutables. La vida se desarrollaba, horizontal y monótona, definitivamente ordenada y dirigida por las campanas de la iglesia del Pilar. Las campanas anunciaban los oficios religiosos (misas, vísperas, ángelus), y los hechos de la vida cotidiana, con el toque de muerto y el toque de agonía. Cuando un vecino del pueblo se encontraba en trance de muerte, una campana doblaba lentamente por él; una campana grande, profunda y grave para el último combate de un adulto; una campana de un bronce más ligero para la agonía de un niño. En los campos, en los caminos y en las calles la gente se paraba y preguntaba: «¿Quién se está muriendo?».

También me acuerdo del toque de rebato, en caso de incendio, y de los repiques gloriosos de los domingos de fiesta grande.

Calanda contaba menos de cinco mil habitantes. Este pueblo grande de la provincia de Teruel, que no ofrece nada de particular a los turistas apresurados, está situado a dieciocho kilómetros de Alcañiz. En Alcañiz paraba el tren que nos traía de Zaragoza. En la estación nos esperaban tres coches de caballos. El más grande se llamaba «jardinera». Luego estaban la «galera», que era un coche cerrado, y una carreta pequeña de dos ruedas. Como éramos familia numerosa y llegábamos cargados de maletas y acompañados por los criados, viajábamos amontonados en los tres coches. Tardábamos casi tres horas en recorrer los dieciocho kilómetros que había hasta Calanda, bajo un sol de justicia, pero no recuerdo haberme aburrido ni un minuto.

Salvo en las fiestas del Pilar y la feria de septiembre, en Calanda había pocos forasteros. Todos los días, a eso de las doce y media, seguida por un remolino de polvo, aparecía la diligencia de Macán, tirada por un tronco de mulas. Traía el correo y, de vez en cuando, algún viajante, de comercio errabundo. En el pueblo no se vio un automóvil hasta 1919.

Lo compró un tal don Luis González, hombre liberal, moderno e, incluso, anticlerical. Doña Trinidad, su madre, era viuda de un general y pertenecía a una aristocrática familia sevillana. Aquella distinguida dama fue víctima de las indiscreciones de sus criadas. Y es que, para sus abluciones íntimas, utilizaba un aparato escandaloso, cuya forma de guitarra esbozaban con amplio ademán las señoras de la buena sociedad de Calanda que, por culpa de aquel bidé, estuvieron mucho tiempo sin dirigir la palabra a doña Trinidad.

Aquel mismo don Luis tuvo una actuación decisiva cuando los viñedos de Calanda fueron atacados por la filoxera. Las viñas se morían sin remedio, pero los campesinos se negaban obstinadamente a arrancarlas y sustituirlas por cepas americanas, como se hacía en toda Europa. Un ingeniero agrónomo llegado especialmente de Teruel instaló en el salón del ayuntamiento un microscopio que permitía examinar el parásito. Como si nada. Los campesinos seguían negándose a cambiar las cepas. Entonces don Luis, para dar ejemplo, mandó arrancar todas las suyas. Como había recibido amenazas de muerte, se paseaba por sus viñedos con una escopeta en la mano. Obstinación colectiva típicamente aragonesa y tardíamente vencida.

El Bajo Aragón produce el mejor aceite de oliva de España y quizá del mundo. La cosecha, espléndida algunos años, estaba siempre amenazada por la sequía que podía dejar los árboles sin hojas. Algunos campesinos de Calanda iban todos los años a Andalucía para la poda de los árboles en las provincias de Córdoba y Jaén, ya que eran tenidos por grandes especialistas. A principios de invierno empezaban a cosecharse las aceitunas. Durante el trabajo, los campesinos cantaban la «Jota Olivarera». Los hombres, subidos a las escaleras, golpeaban las ramas con la vara y las mujeres recogían el fruto que caía al suelo. La «Jota Olivarera» es dulce, melodiosa y delicada. Por lo menos, en mi recuerdo. Contrasta fuertemente con las notas vibrantes y recias del canto regional aragonés.

Conservo en la memoria, a mitad del camino entre la vigilia y el sueño, otro canto de aquel tiempo, que tal vez se haya perdido ya, pues la melodía se transmitía de viva voz de generación en generación, sin que nadie la escribiera. Era el «Canto de la aurora». Antes del amanecer, un grupo de muchachos recorría las calles para despertar a los vendimiadores que debían ir al trabajo a primera hora. Quizá algunos de aquellos «despertadores» vivan todavía y recuerden la letra y la música. Canto magnífico, mitad religioso y mitad profano, venido de una época ya lejana. Aquel canto me despertaba en plena noche en la época de la vendimia. Después, volvía a dormirme.

Una pareja de serenos, armados de chuzo y farol, nos arrullaban durante el resto del año: «Alabado sea Dios», gritaba uno; «Sea por siempre alabado», respondía el otro. Y el primero seguía: «Las once. Sereno». O, de vez en cuando (¡qué alegría!): «Nublado». Y, a veces (¡milagro!): «¡Lloviendo!».

Calanda poseía ocho almazaras. Uno de aquellos molinos de aceite era ya hidráulico, pero los demás funcionaban como en tiempos de los romanos: una piedra cónica, arrastrada por caballos o mulas, molía las aceitunas sobre otra piedra. Parecía que nada iba a cambiar. Los mismos gestos y los mismos deseos se transmitían de padre a hijo y de madre a hija. Apenas se oía hablar del progreso, que pasaba de largo, como las nubes.

 

 

LA MUERTE, LA FE, EL SEXO

 

Los viernes por la mañana, una docena de hombres y mujeres de edad se sentaban frente a nuestra casa, apoyados en la pared de la iglesia. Eran los pobres de solemnidad. Uno de los criados salía y daba a cada uno un pedazo de pan, que ellos besaban respetuosamente, y una moneda de diez céntimos, limosna generosa comparada con el «céntimo por barba» que solían dar los otros ricos del pueblo.

En Calanda tuve yo mi primer contacto con la muerte que, junto con una fe profunda y el despertar del instinto sexual, constituyen las fuerzas vivas de mi adolescencia. Un día, mientras paseaba con mi padre por un olivar, la brisa trajo hasta mí un olor dulzón y repugnante. A unos cien metros, un burro muerto, horriblemente hinchado y picoteado, servía de banquete a una docena de buitres y varios perros. El espectáculo me atraía y me repelía a la vez. Las aves, de tan ahítas, apenas podían levantar el vuelo. Los campesinos, convencidos de que la carroña enriquecía la tierra, no enterraban a los animales. Yo me quedé fascinado por el espectáculo, adivinando no sé qué significado metafísico más allá de la podredumbre. Mi padre me agarró del brazo y me llevó de allí.

Otra vez, uno de los pastores de nuestro rebaño recibió una puñalada en la espalda durante una discusión estúpida, y murió. Todos los hombres llevaban una navaja metida en la faja.

Le hicieron la autopsia en la capilla del cementerio el médico del pueblo y su ayudante que ejercía, además, el oficio de barbero. Estaban presentes cuatro o cinco personas más, amigas del médico. Yo conseguí colarme.

La botella de aguardiente pasaba de mano en mano y yo bebía ávidamente, para darme valor, pues mi presencia de ánimo empezó a flaquear cuando oí el chirrido de la sierra que abría el cráneo del difunto y el chasquido de las costillas que le partían de una en una. Tuvieron que llevarme a casa, completamente borracho. Mi padre me castigó severamente por embriaguez y «sadismo».

En los entierros de la gente del pueblo, el féretro se colocaba frente a la puerta de la iglesia, abierta de par en par. Los curas cantaban y un vicario daba la vuelta al escuálido catafalco rociándolo de agua bendita y echaba una pala de ceniza en el pecho del muerto, después de levantar un instante el velo que lo cubría (en la escena final de Cumbres borrascosas se advierte una reminiscencia de esta ceremonia). La campana grande tocaba a muerto. En cuanto los hombres cogían el féretro para llevarlo en andas al cementerio, situado a unos centenares de metros del pueblo, empezaban a oírse los gritos de la madre: «¡Ay, hijo mío! ¡Qué sola me dejas! ¡Ya no volveré a verte!». Las hermanas del difunto y demás mujeres de la familia, a veces incluso las vecinas o amigas, unían sus lamentos a los de la madre, formando un coro de plañideras.

La muerte hacía sentir constantemente su presencia y formaba parte de la vida, al igual que en la Edad Media.

Lo mismo que la fe. Nosotros, profundamente anclados en el catolicismo romano, no podíamos poner en duda ni un instante ninguno de sus dogmas. Yo tenía un tío sacerdote que era una bellísima persona. Lo llamábamos tío Santos. En verano, me enseñaba latín y francés, y yo lo ayudaba a decir misa. También formé parte del coro musical de la Virgen del Carmen. Éramos siete u ocho. Yo tocaba el violín, un amigo, el contrabajo, y el rector de los escolapios de Alcañiz, el violonchelo. Todos juntos, con unos cantores de nuestra edad, actuamos una veintena de veces. Solían invitarnos al convento de las carmelitas —después, de los dominicos— que estaba a la salida del pueblo y había sido fundado a fines del siglo XIX por un tal Fortón, vecino de Calanda, esposo de una aristocrática dama de la familia Cascajares. Era un matrimonio muy devoto que no faltaba a misa ni un solo día. Después, a principios de la Guerra Civil, todos los dominicos de aquel convento fueron fusilados.

Calanda tenía dos iglesias y siete curas, más el tío Santos que, después de un accidente —se cayó por un barranco yendo de cacería—, hizo que mi padre lo tomara de administrador.

La religión era omnipresente, se manifestaba en todos los detalles de la vida. Por ejemplo, yo jugaba a decir misa en el granero, con mis hermanas de feligresas. Tenía varios ornamentos litúrgicos de plomo, un alba y una casulla.

 

 

EL MILAGRO DE CALANDA

 

Nuestra fe era realmente ciega —por lo menos, hasta los catorce años— y todos creíamos en la autenticidad del célebre milagro de Calanda, obrado en el año de gracia de 1640. El milagro se atribuye a la Virgen del Pilar, llamada así porque se apareció al apóstol Santiago en Zaragoza, encima de una columna, allá por los tiempos de la dominación romana. La Virgen del Pilar, patrona de España, es una de las dos grandes vírgenes españolas. La otra, por supuesto, es la de Guadalupe, que por cierto me parece de una categoría muy inferior (es la patrona de México).

Ocurrió que, en 1640, la rueda de una carreta le aplastó una pierna a un tal Miguel Juan Pellicer, vecino de Calanda, y hubo que amputársela. Ahora bien, era este un hombre muy piadoso que todos los días iba a la iglesia, metía el dedo en el aceite de la lamparilla de la Virgen y se frotaba el muñón. Una noche, bajó del cielo la Virgen con sus ángeles y estos le pusieron una pierna nueva.

Al igual que todos los milagros —que, de lo contrario, no serían milagros—, este fue certificado por numerosas autoridades eclesiásticas y médicas de la época, y dio origen a una abundante iconografía y a numerosos libros. Es un milagro magnífico, al lado del cual los de la Virgen de Lourdes me parecen casi mediocres. ¡Un hombre, «con la pierna muerta y enterrada», que recupera la pierna intacta! Mi padre regaló a la parroquia de Calanda un soberbio paso, uno de esos grupos escultóricos que se sacan en procesión en Semana Santa, que los anarquistas quemaron durante la Guerra Civil.

En el pueblo —en el que nadie ponía en duda la historia— se decía que el mismo Felipe IV había ido a besar la pierna restituida por los ángeles.

Que nadie crea que exagero al hablar de las rivalidades entre las distintas vírgenes. En la misma época, en Zaragoza, un sacerdote, durante el sermón, habló de la Virgen de Lourdes reconociendo sus méritos, pero señalando que eran inferiores a los de la Virgen del Pilar. Entre el auditorio había una docena de francesas que vivían en calidad de institutrices con varias familias distinguidas de Zaragoza. Indignadas por las palabras del sacerdote, fueron a quejarse al arzobispo Soldevila Romero (asesinado años después por los anarquistas). No podían consentir que se menospreciara a la célebre Virgen francesa.

Hacia 1960, en México, referí el milagro de Calanda a un dominico francés.

Él sonrió y me dijo:

—Amigo mío, me parece que se extralimita usted un poco.

La muerte y la fe. Presencia y potencia.

En contraste, la alegría de vivir era por ello más intensa. Los placeres, siempre deseados, se saboreaban mejor cuando podía uno satisfacerlos. Los obstáculos aumentaban el gozo.

Pese a nuestra fe sincera, nada podía calmar una curiosidad sexual impaciente y un deseo permanente, obsesivo. A los doce años, yo aún creía que los niños venían de París (aunque sin la cigüeña; que llegaban, sencillamente, en tren o automóvil), hasta que un compañero que tenía dos años más que yo —y que sería fusilado por los republicanos— me inició en el gran misterio. Comenzaron entonces las discusiones, las suposiciones, las explicaciones vagas, el aprendizaje del onanismo, en otras palabras, la función tiránica del sexo, un proceso, en suma, que han conocido todos los chavales del mundo. La más excelsa virtud, nos decían, es la castidad. Ella es indispensable para una vida digna. Las durísimas batallas del instinto contra la castidad, aunque no pasaran de simples pensamientos, nos daban una abrumadora sensación de culpabilidad. Los jesuitas nos decían, por ejemplo: «¿Sabéis por qué Cristo no respondió a Herodes cuando este lo interrogó? Porque Herodes era un hombre lascivo, vicio por el que nuestro Salvador sentía una profunda aversión».

¿Por qué hay en la religión católica ese horror al sexo? A menudo me lo he preguntado. Sin duda, por razones de todo tipo, teológicas, históricas, morales y también sociales.

En una sociedad organizada y jerarquizada, el sexo, que no respeta barreras ni leyes, en cualquier momento puede convertirse en factor de desorden y en un verdadero peligro. Sin duda por este motivo, algunos padres de la Iglesia y santo Tomás de Aquino muestran una acusada severidad al tratar el vidrioso tema de la carne. Santo Tomás pensaba, incluso, que el acto del amor entre marido y mujer constituye casi siempre pecado venial, ya que es imposible ahogar toda concupiscencia. Y la concupiscencia es mala por naturaleza. El deseo y el placer son necesarios, ya que así lo quiere Dios; pero habría que desterrar del acto carnal toda imagen de concupiscencia (que es el simple deseo de amor), todo pensamiento impuro, en favor de una sola idea: traer al mundo a un nuevo servidor de Dios.

Es evidente, y así lo he dicho a menudo, que esta prohibición implacable crea un sentimiento de pecado que puede ser delicioso. Es lo que a mí me ocurrió durante años. Asimismo, y por razones que no se me alcanzan, he encontrado siempre en el acto sexual una cierta similitud con la muerte, una relación secreta pero constante. Incluso he intentado traducir este sentimiento inexplicable a imágenes, en Un chien andalou, cuando el hombre acaricia los senos desnudos de la mujer y, de pronto, se le pone cara de muerto. ¿Será porque durante mi infancia y mi juventud fui víctima de la opresión sexual más feroz que haya conocido la Historia?

En Calanda, los jóvenes que podían permitírselo iban dos veces al año al burdel de Zaragoza. Un año —era ya 1917—, en las fiestas del Pilar, un café de Calanda contrató camareras. Durante dos días, aquellas muchachas, consideradas de costumbres ligeras, tuvieron que soportar los rudos pellizcos (pizcos, en aragonés) de la clientela, hasta que se hartaron y se despidieron. Desde luego, los clientes no iban más allá del pellizco. Si hubieran intentado otra cosa, enseguida habría intervenido la Guardia Civil.

Este placer maldito, tanto más apetecible sin duda por cuanto que nos era presentado como un pecado mortal, tratábamos de imaginarlo, jugando a los médicos con las niñas y observando a los animales. Un compañero llegó a intentar descubrir las intimidades de una mula, sin otro resultado que una caída del taburete al que se había subido. Afortunadamente, ignorábamos incluso la existencia de la sodomía.

En verano, a la hora de la siesta, con un calor agobiante y las moscas zumbando en las calles vacías, nos reuníamos en una tienda de tejidos, en penumbra, con las puertas cerradas y las persianas echadas. El dependiente nos prestaba revistas «eróticas» (sabe Dios cómo habrían llegado hasta allí), La hoja de parra, por ejemplo, o KDT, cuyas reproducciones tenían un mayor realismo. Hoy aquellas revistas prohibidas parecerían de una inocencia angelical. Apenas se alcanzaba a distinguir el nacimiento de una pierna o de un seno, lo cual bastaba para atizar nuestro deseo e inflamar nuestras confidencias. La total separación entre hombres y mujeres hacía más ardorosos nuestros torpes impulsos. Aún hoy, al recordar mis primeras emociones sexuales, me parece volver a percibir los olores de las telas.

En San Sebastián, cuando yo tenía trece o catorce años, las casetas de baño nos ofrecían otro medio de información. Las casetas estaban divididas por un tabique. Era muy fácil meterse en uno de los compartimientos y mirar por un agujero a las señoras que se desnudaban al otro lado.

En aquella época, se pusieron de moda unos largos alfileres de sombrero que las señoras, al saberse observadas, introducían en el agujero, sin reparo de pinchar el ojo fisgón (después, en Él, recordé este detalle). A fin de protegernos de los alfileres, nosotros poníamos un pedacito de vidrio en las mirillas.

Uno de los hombres más recios de Calanda, que se hubiera muerto de risa si llega a enterarse de nuestros problemas de conciencia, era don Leoncio, uno de los dos médicos, republicano acérrimo que había empapelado su despacho con las páginas en color de la revista El Motín, publicación anarquista y ferozmente anticlerical, muy popular en la España de entonces. Aún recuerdo uno de aquellos dibujos. Dos curas gordos, sentados en una carreta y Cristo, enganchado a las varas, sudando y jadeando.

Para dar una idea del talante de la revista, veamos cómo describía una manifestación celebrada en Madrid, durante la cual unos obreros atacaron violentamente a unos sacerdotes, hiriendo a varios transeúntes y rompiendo escaparates. «Ayer por la tarde, un grupo de obreros subían tranquilamente por la calle de la Montera cuando, por la acera contraria, vieron bajar a dos sacerdotes. Ante tal provocación...»

He citado con frecuencia este artículo, como excelente ejemplo de «provocación».

 

 

No íbamos a Calanda más que en Semana Santa y en verano, y aun hasta 1913, cuando descubrí el Norte y San Sebastián. La casa, que mi padre había mandado construir hacía poco, atraía a los curiosos. Iban a verla hasta de los pueblos vecinos. Estaba amueblada y decorada al gusto de la época, aquel «mal gusto» que ahora reivindica la historia del arte, y cuyo más brillante representante fue en España el catalán Gaudí.

Cuando se abría la puerta principal para que entrara o saliera alguien, se veía a un grupo de chiquillos, de ocho a diez años, sentados o de pie en la escalera, que miraban con asombro hacia el «lujoso» interior. La mayoría llevaban en brazos a un hermanito o hermanita incapaz de espantarse las moscas del lagrimal o de las comisuras de los labios. Las madres estaban en el campo o en la cocina, preparando el puchero de patatas con judías, alimento básico y permanente del hombre del campo.

A menos de tres kilómetros del pueblo, cerca del río, mi padre mandó construir una casa a la que llamamos La Torre. Alrededor plantó un jardín con árboles frutales que bajaba hasta un pequeño estanque, en el que nos esperaba una barca, y llegaba al río. Un canalillo de riego cruzaba el jardín, en el que el guarda cultivaba hortalizas.

La familia al completo —por lo menos, diez personas— íbamos todos los días a La Torre en dos jardineras. Aquellas carretadas de chiquillería alegre se cruzaban con frecuencia con niños desnutridos y harapientos que recogían en un capazo el estiércol con el que su padre abonaría el huerto. Imágenes de penuria que, al parecer, nos dejaban totalmente indiferentes.

A menudo, cenábamos opíparamente en el jardín de La Torre, a la luz tenue de varias lámparas de acetileno, y regresábamos de noche cerrada. Vida ociosa y sin amenazas. Si yo hubiera sido uno de aquellos que regaban la tierra con sudor y recogían el estiércol, ¿cuáles serían hoy mis recuerdos de aquel tiempo?

Nosotros éramos seguramente los últimos representantes de un muy antiguo orden de cosas. Escasos intercambios comerciales, obediencia a los ciclos. Inmovilidad del pensamiento. La fabricación de aceites constituía la única industria del país. De fuera nos llegaban los tejidos, los objetos de metal, los medicamentos, mejor dicho, los productos básicos de que se servía el boticario para despachar las recetas del médico.

El artesanado local cubría las necesidades más inmediatas: un herrador, un hojalatero, cacharreros, un talabartero, albañiles, un panadero, un tejedor.

La economía agrícola seguía siendo de tipo semifeudal. El propietario confiaba las tierras a un aparcero, y este le cedía la mitad de la cosecha.

Conservo una veintena de fotografías hechas en 1904 y 1905 por un amigo de la familia. Merced a un aparato de la época, se ven en relieve. Mi padre, fornido, con un gran bigote blanco y, casi siempre, con sombrero cubano (salvo una en la que está con canotier). Mi madre, a los veinticuatro años, morena, sonriendo a la salida de misa, saludada por todos los notables del pueblo. Mis padres posando con sombrilla y mi madre en burro (esta foto se llamaba La huida a Egipto). Yo a los seis años en un campo de maíz con otros niños. Lavanderas, campesinos esquilando ovejas, mi hermana Conchita, muy pequeña, entre las rodillas de su padre que charla con don Macario, mi abuelo dando de comer a su perro, un pájaro muy hermoso en su nido...

Hoy en Calanda ya no hay pobres que se sienten los viernes junto a la pared de la iglesia para pedir un pedazo de pan. El pueblo es relativamente próspero, la gente vive bien. Hace tiempo que desapareció el traje típico, la faja, el cachirulo a la cabeza y el pantalón ceñido.

Las calles están asfaltadas e iluminadas. Hay agua corriente, alcantarillas, cines y bares. Como en el resto del mundo, la televisión contribuye eficazmente a la despersonalización del espectador. Hay coches, motos, frigoríficos, un bienestar material cuidadosamente elaborado, equilibrado por esta sociedad nuestra, en la que el progreso científico y tecnológico ha relegado a un territorio lejano la moral y la sensibilidad del hombre. La entropía —el caos— ha tomado la forma, cada día más aterradora, de la explosión demográfica.

Yo tuve la suerte de pasar la niñez en la Edad Media, aquella época «dolorosa y exquisita» como dice Huysmans. Dolorosa en lo material. Exquisita en lo espiritual. Todo lo contrario de hoy.

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LOS TAMBORES DE CALANDA

 

 

 

 

Existe en varios pueblos de Aragón una costumbre que tal vez sea única en el mundo, la de los tambores del Viernes Santo. Se tocan tambores en Alcañiz y en Híjar. Pero en ningún sitio, con una fuerza tan misteriosa e irresistible como en Calanda.

Esta costumbre, que se remonta a finales del siglo XVIII, se había perdido hacia 1900. Un cura de Calanda, mosén Vicente Allanegui, la resucitó.

Los tambores de Calanda redoblan sin interrupción, o poco menos, desde el mediodía del Viernes Santo hasta la misma hora del sábado, en conmemoración de las tinieblas que se extendieron sobre la tierra en el instante de la muerte de Cristo, de los terremotos, de las rocas desmoronadas y del velo del templo rasgado de arriba abajo. Es una ceremonia colectiva impresionante, cargada de una extraña emoción, que yo oí por primera vez desde la cuna, a los dos meses de edad. Después participé en ella en varias ocasiones, hasta hace pocos años, dando a conocer estos tambores a numerosos amigos que quedaron tan impresionados como yo. En 1980, durante mi último viaje a España, se reunió a varios invitados en un castillo medieval cercano a Madrid y se les ofreció la sorpresa de una alborada de tambores venidos especialmente de Calanda. Entre los invitados figuraban excelentes amigos como Julio Alejandro, Fernando Rey y José Luis Barros. Todos dijeron haberse sentido conmovidos sin saber por qué. Cinco confesaron que incluso habían llorado.

Ignoro qué es lo que provoca esta emoción, comparable a la que a veces nace de la música. Sin duda se debe a las pulsaciones de un ritmo secreto que nos llega del exterior, produciéndonos un estremecimiento físico, exento de toda razón. Mi hijo Juan Luis realizó un corto, Les tambours de Calanda, y yo utilicé ese redoble profundo e inolvidable en varias películas, especialmente en La edad de oro y Nazarín.

En la época de mi niñez no habría más de doscientos o trescientos participantes. Hoy son más de mil, con seiscientos o setecientos tambores y cuatrocientos bombos.

Hacia mediodía del Viernes Santo, la multitud se congrega en la plaza de la iglesia. Todos esperan en silencio, con el tambor en bandolera. Si algún impaciente se adelanta en el redoble, la muchedumbre entera lo hace enmudecer.

A la primera campanada de las doce del reloj de la iglesia, un estruendo enorme, como de un gran trueno retumba en todo el pueblo con una fuerza aplastante. Todos los tambores redoblan a la vez. Una emoción indefinible, que pronto se convierte en una especie de embriaguez, se apodera de los hombres. Pasan dos horas redoblando así y luego se forma una procesión, llamada «El Pregón» (el «pregón» es el tambor oficial, el pregonero), que sale de la plaza principal y da la vuelta al pueblo. Va tanta gente que los últimos aún no han salido de la plaza cuando los primeros ya llegan por el otro lado.

En la procesión van soldados romanos con barba postiza (llamados «putuntunes», palabra cuya pronunciación recuerda el ritmo del tambor), centuriones, un general romano y un personaje llamado Longinos, enfundado en una armadura de la Edad Media. Este, que en principio defiende de los profanadores el cuerpo de Dios, en un momento dado se bate en duelo con el general romano. Los tambores hacen corro en torno a los dos combatientes. El general romano da media vuelta sobre sí mismo para indicar que está muerto, y entonces Longinos sella el sepulcro sobre el que debe velar.

El Cristo está representado por una imagen que yace en un féretro de cristal.

Durante toda la procesión se canta el texto de la Pasión, en el que aparece varias veces la expresión «los pérfidos judíos», que fue suprimida por Juan XXIII.

Hacia las cinco todo está consumado. Se observa entonces un momento de silencio y los tambores vuelven a sonar para no callar hasta el día siguiente a mediodía.

Los redobles se rigen por cinco o seis ritmos diferentes que no he olvidado. Cuando dos grupos que siguen ritmos distintos se encuentran al doblar una esquina, se paran frente a frente, y entonces se produce un auténtico duelo de ritmos que puede durar una hora o más. El grupo más débil asume entonces el ritmo del más fuerte.

Los tambores, fenómeno asombroso, arrollador, cósmico, que roza el inconsciente colectivo, hacen temblar el suelo bajo nuestros pies. Basta poner la mano en la pared de una casa para sentirla vibrar. La naturaleza sigue el ritmo de los tambores que se prolonga durante toda la noche. Si alguien se duerme arrullado por el fragor de los redobles, se despierta sobresaltado cuando estos se alejan abandonándolo.

Al amanecer, la membrana de los tambores se mancha de sangre: las manos sangran de tanto redoblar. Y eso que son manos rudas, de campesino.

El sábado por la mañana, mientras unos conmemoran la subida al Calvario ascendiendo a una colina cercana al pueblo en la que hay un vía crucis, los demás siguen tocando. A las siete, se reúnen todos para la procesión llamada «El Entierro». A la primera campanada de las doce, todos los tambores enmudecen hasta el año siguiente. Pero, incluso después de volver a la vida cotidiana, algunos vecinos de Calanda aún hablan a tirones, siguiendo el ritmo de los tambores dormidos.