INTRODUCCIÓN
1. PERFILES DE LA ÉPOCA
Blasco Ibáñez vive entre 1867 y 1928. Es esta una época conflictiva, rica en acontecimientos de diversa índole, que gesta la gran crisis de fin de siglo de la que nacen los cambios que llevaron a la sociedad occidental decimonónica a la modernidad del siglo XX. Nunca la humanidad había experimentado una evolución tan intensa como en estas décadas y Blasco Ibáñez vivió con destacado protagonismo el camino hacia el progreso en todos los aspectos, tanto en el político, como en el socio-económico y el cultural.
Políticamente, es un periodo de mucha inestabilidad. En estas seis décadas se acumulan hechos trascendentes que construyen la gran historia: sucesión de cuatro reinados —Isabel II, Amadeo I, Alfonso XII y Alfonso XIII—, regencia de María Cristina, dictadura de Primo de Rivera, varios conflictos bélicos —guerras de España en ultramar y en Marruecos y dos grandes conflictos europeos: la Primera Guerra europea, en 1914, tan próxima a nuestro escritor y su obra, y la revolución bolchevique en Rusia, en 1917—, y al principio de este periodo, una revolución, la de 1868 —la Gloriosa— en cuyo seno nace la primera República española. La muerte impide a Blasco Ibáñez ser testigo del final de la dictadura de Primo de Rivera y la posterior proclamación de la segunda República, hechos, ambos, a los que dedicó sus últimos esfuerzos de lucha política.
Por encima de estas vicisitudes históricas, hay dos rasgos que marcan esta época: el asentamiento definitivo de la burguesía en el poder económico, social y político y —como señala Jover— el nacimiento y desarrollo de “una conciencia proletaria”. Es sintomático que los sucesivos gobiernos —a excepción del de Primo de Rivera— se concentren, no en manos de militares, sino de civiles; que el espíritu republicano se difunda por toda España —véanse las actividades políticas y periodísticas de Blasco Ibáñez— y que los grupos republicanos no sólo puedan tener representación parlamentaria sino que se proclame el gobierno de la primera República; que se alcance el derecho de reunión y asociación, formándose grupos de ideología proletaria: fundación del PSOE, en 1877; de UGT, en 1888; presencia activa de grupos libertarios, fundándose, en 1911, la CNT y el PCE, en 1920. A la vez que se desarrolla en ciertos sectores de la sociedad española un sentimiento de crítica social y política, tantas veces plasmada en una literatura a la que Blasco Ibáñez no es ajeno, literatura que se mantendrá a lo largo de todo el siglo XX.
Blasco Ibáñez nace en “los amenes del reinado” de Isabel II, de intensa crisis económica y política. En septiembre de 1868, en una unión de fuerzas sociales, tiene lugar el pronunciamiento de los generales Prim, Serrano y Topete con el consiguiente derrocamiento de Isabel II, que se establece en París. El triunfo de la Revolución —la Gloriosa—, en septiembre de 1868, obtiene importantes logros sociales, pero sólo dura seis años —el sexenio revolucionario— en los que hay una sucesión abigarrada de acontecimientos. Ante la imposibilidad de conseguir un gobierno democrático constitucional, se elige rey a Amadeo de Saboya. En 1871 inicia un reinado que los muchos problemas, entre ellos el comienzo de la tercera guerra carlista y la rebeldía colonial, lo llevan a abdicar en febrero de 1873, proclamándose pocos días después la República que tampoco consigue estabilizar la situación española, agravada por los problemas cantonales y la desconfianza de los sectores más conservadores. En once meses, al gobierno republicano de Figueras le suceden otros tres presidentes: Pi y Margall —gran maestro de Blasco Ibáñez—, Salmerón y Castelar. En enero de 1874, el general Pavía da un golpe de estado contra la República, formando un gobierno provisional presidido por el general Serrano, y, en diciembre, el general Martínez Campos se pronuncia, en Sagunto, a favor de la restauración borbónica en la persona del que sería Alfonso XII a partir de enero de 1875.
Comienza aquí el largo periodo denominado la Restauración, de la mano de Cánovas del Castillo, que significará el recorte de muchos de los derechos adquiridos en el sexenio anterior. A la muerte de Alfonso XII, en 1885, se adopta el sistema de bipartidismo turnante —conservadores de Cánovas / liberales de Castelar—, mantenido durante la regencia de Mª Cristina, hasta la mayoría de edad de Alfonso XIII, en 1902. Es una época de abundantes sombras, acentuadas por las guerras de Filipinas y de Cuba que desembocan en el “desastre” de 1898, con la derrota de España frente a la armada de los EE.UU. y por una difícil situación social en la que aflorarán importantes crisis como la “Semana trágica” de Barcelona, en julio de 1909, contra el embarque de tropas para la guerra de Marruecos, y, unos años después, en 1917, la huelga general en las ciudades más importantes. La década de los veinte está presidida por la dictadura de Primo de Rivera, contra quien va dirigida la crítica de la mayoría de nuestros artistas e intelectuales, incluido Blasco Ibáñez, que, en sus últimos años, firma duros manifiestos contra la monarquía de Alfonso XIII y a favor de la República que llegaría dos años después de la muerte de nuestro autor.
Socialmente, es esta una época de grandes contrastes. Por un lado, como ya se ha comentado, el país atraviesa situaciones socio-político-económicas en constante conflicto, agravadas por el retraso material y cultural en el que permanecen algunos grupos sociales, tanto en las zonas rurales, definidas por el latifundismo y el caciquismo —recuérdense las denuncias que, en este sentido, emiten las doctrinas regeneracionistas—, como en las zonas industriales urbanas y en las mineras, situaciones todas ellas que denuncia Blasco Ibáñez en sus cuatro “novelas sociales” y, en general, en la “novela social” española de todo el primer tercio del siglo XX.
Por otra parte, y en abierta contradicción, es evidente que este periodo es uno de los más ricos de la historia de nuestra cultura —es conocido ya como la Edad de Plata— y, a la vez, es un tiempo de auge vitalista, como se puede comprobar en los importantes cambios registrados en la vida común y cotidiana. Pese al lamentable estado social —ya comentado— de ciertos grupos, es innegable que la sociedad avanzó más en estas décadas que en toda la historia anterior. Las bases de lo que hoy llamamos “nuestra vida actual”, con todas sus modernidades, hay que buscarlas ahí. No es este el momento ni el lugar adecuado para profundizar en este aspecto tan rico —y frecuentemente tan poco tratado—, pero sí conviene recordar el gran cambio que supuso, tanto en la vida común privada como en la pública y en la cultural, el uso de una serie de avances que se viven en este periodo, como la progresiva difusión de la luz eléctrica; el cambio en el transporte: desde el uso de medios animales al tren, tranvía, metro (el primer tramo de metro en Madrid se inaugura en 1919), automóvil y, finalmente, la aviación que la Gran Guerra europea descubre sus grandes posibilidades y que llega, incluso, a cambiar el punto de perspectiva en el artista, tanto plástico como literario; los medios de comunicación gráficos y audiovisuales: el telégrafo, el teléfono, la fotografía —hacia 1888 Kodak saca al comercio una máquina portátil que pronto tendrá gran aceptación— y su aplicación a los medios periodísticos que conocen una gran expansión tanto en la prensa diaria como en las revistas de información general, La Ilustración Española y Americana, Blanco y Negro, La Esfera, Estampa y un largo etcétera de gran interés. El imperio de los medios audiovisuales, que condicionará la vida del siglo XX, tiene aquí sus raíces. El cinematógrafo, desde sus tímidos inicios —los hermanos Lumière presentaron la primera sesión pública de cine en el Grand Café de París, el 28 de diciembre de 1895— se convierte muy pronto en “el séptimo arte” (Ricciotto Canudo le da este nombre, por primera vez, en el Manifiesto de las siete artes, que promulga en París, en 1914), siendo inmediatamente reconocido por los artistas en general, y no sólo por las vanguardias. Autores tan distintos entre sí como Valle-Inclán y Blasco Ibáñez son fervientes admiradores de él. Dice Valle-Inclán en 1921:
Y a los cinemas, ya lo creo que voy. Ese es el teatro nuevo, moderno. La visualidad. (...) Un nuevo Arte. El nuevo arte plástico. Belleza viva. Y algún día se unirán y completarán el Cinematógrafo y el Teatro por antonomasia, los dos Teatros en un solo Teatro.
Blasco Ibáñez, con su capacidad de adelantarse a su tiempo, mostró muy pronto su interés por el cine, adivinándole un brillante futuro como expresión de cultura de dimensiones universales. Dice en el prólogo a El paraíso de las mujeres (1922):
El cine es uno de los medios más formidables de cultura que existen. (...) Gracias a este nuevo medio de expresión, el novelista que por su nacimiento pertenece a un país determinado puede tener por patria intelectual la tierra entera y ponerse en comunicación con los hombres de todos los colores y de todas las lenguas [se refiere al cine mudo, el único que conoció]. Por medio del “séptimo arte”, un autor puede contar su historia imaginada a los públicos de Nueva York, Londres y París (...) a los árabes del desierto (...) a los marineros (...) en una isla del Océano Glacial.
Por otra parte, Blasco Ibáñez no sólo se beneficia del éxito mundial, millonario, de las versiones cinematográficas de sus novelas en Hollywood, particularmente de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, estrenada en 1921, sino que es un verdadero pionero en la producción del cine español al dirigir, en 1917, una película sobre su novela Sangre y arena. Al cine, como se verá más adelante, debe Blasco Ibáñez y, en general, los novelistas de esta época, muchas de las técnicas que caracterizan a la novela del siglo XX.
Otro de los grandes medios de comunicación de mayor fuerza en el siglo XX, la radiofonía, se difunde a partir de 1921, en la primera emisora oficial europea instalada en la Tour Eiffel de París. Tres años después, en 1924, empieza a emitir la primera emisora española: Radio Barcelona y al año siguiente, 1925, se funda Unión Radio, sociedad anónima a escala nacional, que después de la guerra civil pasó a llamarse Sociedad Española de Radiodifusión (SER).
El perfil de la época exigiría recordar otros campos socio-culturales de igual o mayor trascendencia (el educacional-universitario, el médico-científico, el deportivo, etc.). El límite de espacio lo impide, pero no se puede renunciar a señalar que uno de los cambios más importantes de la época es el que protagoniza la mujer. Ya desde el aspecto externo se puede observar una serie de cambios que pueden parecer triviales pero que proporcionan a la mujer una incipiente libertad corporal y material que simbolizan los deseos de emancipación femenina que se vienen expresando desde el último tercio del siglo XIX y que empezará a disfrutar en las primeras décadas del XX. La moda impuesta desde París le permite a la mujer que por primera vez en la Historia se corte el pelo, se acorte la falda, y se libere de ciertos usos que, según el gusto de la época, deformaba su figura: desde el rechazo del polisón al del asfixiante corsé. Nace la imagen de la mujer moderna. Es muy ilustrador observar las diferencias entre la imagen de una mujer en 1880, en 1900 y en 1920, los cambios son espectaculares. Pero más importante es que la mujer inicia el acceso a unos espacios de la sociedad que tradicionalmente estaban reservados para el hombre. Muy lenta, pero progresivamente, la mujer se va incorporando, en un movimiento que será ya imparable, a todos los campos profesionales, pudiendo empezar a vivir de su trabajo, sin la obligada dependencia social y económica de un hombre de su familia.
Al hablar de la “edad de plata”, tampoco se pueden olvidar otros aspectos indicativos del nivel cultural de un país como el progresivo descenso del analfabetismo (75%, en 1870; 63%, en 1900; 33%, en 1930). Igualmente importante es observar el incremento del público lector, atendiendo no a estos siempre ambiguos datos de alfabetización, sino a las muy amplias tiradas de importantes editoriales —uno de los autores más leídos, aparte de los eróticos, muy diferentes entre sí, Felipe Trigo o Joaquín Belda, fue Blasco Ibáñez— o atendiendo asimismo a las milenarias tiradas de las numerosas colecciones de novela corta que, desde 1907 y hasta 1936 y a precios muy bajos, publican relatos breves de todos los narradores de la época, incluido Blasco Ibáñez. Habría que recordar también la sustanciosa mejora de la situación económica del escritor en general, por lo menos de algunos, entre los que nuevamente hay que citar a Blasco Ibáñez como el autor que más ganancias obtiene con su literatura a lo largo de toda su vida.
Literariamente esta época se define por una rica pluralidad de autores y tendencias. Tras el auge de la gran novela decimonónica, realista y naturalista, en las décadas de los años setenta y ochenta, cuando se publican las obras más representativas de Valera, Pérez Galdós, Pardo Bazán y Clarín, entre otros, el nuevo siglo arranca con una variedad y convivencia de distintas estéticas, estilos y autores.
Por un lado, se mantiene una literatura enraizada en la estética realista y naturalista que se mantendrá a lo largo de todo el primer tercio de siglo, sobre todo en el teatro y la novela de un amplio caudal de autores que no tienen la altura artística de los que consideramos primeras figuras, pero, no obstante, hay que tenerlos en cuenta porque tuvieron siempre el favor del público. Se trata de un teatro de fácil alcance popular (melodrama, género chico, teatro costumbrista...) y de una novela que desarrolla un abanico temático (novela erótica, costumbrista, de misterio, de aventuras, policiaca, etc.) que, no casualmente, contaba con amplio número de lectores.
Paralelamente, hay que recordar la presencia de un grupo de autores que encaran la nueva centuria con un fuerte empeño en romper con la literatura anterior y conseguir el cambio, de acuerdo con la crisis de fin de siglo que se manifiesta en toda Europa. Hay que partir del hecho de que hoy ya no se acepta esa división rígida y empobrecedora de la literatura finisecular en Modernismo y Generación del Noventayocho; por el contrario, se considera que las distintas manifestaciones de la nueva literatura que surge en los primeros años del siglo XX —desde sus relaciones con el simbolismo o la influencia de Nietzsche o Schopenhauer, sin olvidar las conexiones con el decadentismo, el prerrafaelismo anglosajón o la teosofía— se entienden como modalidades de un mismo movimiento común, llámese Modernismo, en el que las diferencias —entre Unamuno y Valle-Inclán, por ejemplo— lejos de ser antagónicas pueden asociarse sin borrar sus peculiaridades.
Esta literatura renovadora se revela en fecha muy temprana. La nueva novela se pone de manifiesto en 1902. En este año se publican unas novelas que, por el tratamiento del tiempo, el espacio, el personaje, la misma acción, el lenguaje o la distinta percepción de la realidad, rompen con las técnicas tradicionales del relato y coinciden en muchos de estos aspectos con otros grandes novelistas europeos. Se trata de Amor y pedagogía de Unamuno, La voluntad de Martínez Ruiz (todavía no firmaba Azorín), Camino de perfección de Baroja y Sonata de otoño de Valle-Inclán. Estas cuatro novelas inician el camino de la que ya podemos llamar la novela del siglo XX, en una línea que irán incrementando, por medio de diversos procedimientos, otros autores como Miró, Pérez de Ayala o Fernández Flórez, hasta llegar a la cumbre de la experimentación narrativa en la novela de las vanguardias.
Y, dentro de este amplio panorama, ¿dónde se puede ubicar a Blasco Ibáñez? Como se verá en apartados posteriores, generalmente se le ha asociado a un naturalismo postzolesco, alejándolo de cualquier movimiento renovador. Hoy, el criterio es distinto. A esas cuatro novelas de 1902, hay que añadir la que presentamos en esta edición, Cañas y barro, publicada en el mismo año. No es una novela experimental, pero esta coincidencia cronológica refuerza la valoración de Blasco Ibáñez como lo que realmente fue: un autor plural, situado en una encrucijada que marca muy bien aquella convivencia de la que hemos hablado anteriormente. Un autor que parte de unos elementos de la estética naturalista, pero, a la vez, recoge unos usos coincidentes con la nueva literatura como el paisajismo, las imágenes de procedencia simbolista, la subjetividad y la visión personal que impone a ciertos elementos de la novela, etc. Pero, además, como señala Oleza en un revelador artículo (véase bibliografía), Blasco Ibáñez representa otra vía de la modernidad, no la basada en la experimentación de la novela, sino la que sigue la línea de lo social que, necesariamente ha de partir de ciertos aspectos de la realidad, una línea testimonial que también atraviesa la literatura de todo el siglo XX, manifestándose en distintos momentos: novela social de principios del XX, de preguerra, de los años cincuenta, hasta la “novela de circunstancias” de las últimas décadas del siglo.
2. CRONOLOGÍA
AÑO |
AUTOR-OBRA |
HECHOS HISTÓRICOS |
HECHOS CULTURALES |
1867 |
Nace en Valencia, el 29 de enero. |
Últimas Cortes de Isabel II. Muerte de O’Donnell. |
1868 |
Muerte de Narváez. Revolución de septiembre. Isabel II huye a París. Insurrección independentista y comienzo de la guerra de los diez años en Cuba. |
Marx: El capital. |
1869 |
Cortes Constituyentes y aprobación de la Constitución. Se inaugura el canal de Suez. |
1870 |
Isabel II abdica en su hijo Alfonso. Las Cortes nombran rey a Amadeo de Saboya. Asesinato de Prim. |
Muerte de Bécquer. |
1871 |
Amadeo de Saboya en Madrid. |
Bécquer: Obras. |
1872 |
Tercera guerra carlista. |
1873 |
Abdicación de Amadeo I. Proclamación de la Primera República española: gobiernos de Figueras, Pí y Margall (gran maestro de Blasco Ibáñez), Salmerón y Castelar. Proclamación cantón de Cartagena. |
Galdós inicia los Episodios Nacionales. Valera: Pepita Jiménez. Alarcón: El sombrero de tres picos. |
1874
|
Golpe del general Pavía contra la República. Pronunciamiento del general Martínez Campos en Sagunto a favor del príncipe Alfonso. |
1875 |
Proclamación del rey Alfonso XII. Inicio de la Restauración. |
1876 |
Ingresa en el Instituto de Segunda Enseñanza. |
Fin de la tercera guerra carlista. Nueva Constitución. |
Se funda la Institución Libre de Enseñanza. |
1877 |
Fundación del PSOE. |
1878 |
Paz de Zanjón con los rebeldes cubanos. Iluminación eléctrica en la Puerta del Sol de Madrid. |
Sellés: estreno de El nudo gordiano. |
1879 |
Nace su única hermana, Pilar. |
1880 |
Abolición de la esclavitud en Cuba. |
1881 |
Echegaray: estreno de El gran galeoto. |
1882 |
Ingresa en la Facultad de Derecho, de Valencia. Primera publicación: “La torre de la Boatella”. |
1883 |
Funda el semanario El Miguelete. Huye a Madrid, donde trabaja para M. González y Fernández. |
Anarquismo en Andalucía. |
1885 |
Muere el rey Alfonso XII. Pacto del Pardo: gobierno turnante de Cánovas y Sagasta. Regencia de María Cristina. |
Zola: Germinal. Clarín: La Regenta. Gaudí: Palacio Güell. |
1886 |
Nace el futuro Alfonso XIII. |
Pardo Bazán: Los pazos de Ulloa. |
1887 |
Primer libro publicado, Fantasías. |
Galdós: Fortunata y Jacinta. |
1888 |
Termina la carrera de Derecho. Publica Por la Patria. |
Fundación de la Unión General de Trabajadores (UGT). |
Rubén Darío: Azul. |
1889 |
Funda el semanario La Bandera Federal. |
1890 |
Huye a París, tras la manifestación contra Cánovas del Castillo. |
1891 |
Regresa a Valencia, amnistiado. Se casa con María Blasco del Cacho. |
Disturbios anarquistas en Andalucía. León XIII: encíclica Rerum Novarum. |
1892 |
Publica La araña negra. Nace su primera hija que muere a los trece días. Detención por los disturbios contra la entrada del Arzobispo de Valencia. |
Celebración del IV Centenario del Descubrimiento de América. |
1893 |
Encarcelamiento por denuncias contra La Bandera Federal. Nace su primer hijo, Mario. Publica Viva la República. |
Fracaso del proyecto de Maura para autonomía de Cuba. Guerra de Melilla. Atentado en el Liceo de Barcelona. |
1894 |
Encarcelamiento por disturbios anticlericales. Publica Historia de la Revolución Española. Estrena el drama El juez. Muere su madre. Funda El Pueblo. Publica Arroz y tartana. |
Tratado de Marrakesch: fin guerra de Melilla. |
1895 |
Encarcelamiento por artículos en El Pueblo. Nace su hija Libertad. Publica Flor de mayo. |
Estalla en Baire (Cuba) la insurrección separatista. Sabino Arana funda el Bizcai-Buru-Batzar, futuro PNV. |
1896 |
Huye a Italia por altercados contra la guerra de Cuba; luego, condenado a dos años de cárcel. Nace su hijo Julio César. Publica Cuentos valencianos. |
Guerra de Filipinas. |
Pereda: Peñas arriba. Dicenta: Juan José. Primeros Juegos Olímpicos de la Era Moderna, disputados en Atenas. |
1897 |
Destierro de cinco meses en Madrid. |
Asesinato de Cánovas. Pacto con independentistas filipinos. |
1898 |
Es elegido diputado. Breve estancia en la cárcel. Publica La barraca. Apoya a Zola en asunto Dreyfus. |
Voladura del Maine en La Habana. Guerra con EE.UU. Derrota española. Tratado de Paz en París. |
1899 |
Publica Cuentos grises. Por segunda vez, diputado. |
España vende las islas Carolinas, las Marianas y Palaos. |
1900 |
Herido en duelo con un militar. Publica Entre naranjos. |
1901 |
Diputado por tercera vez. Publica Sónnica la cortesana. |
Galdós: estreno polémico de Electra. Comienzo de la época azul de Picasso. Trigo: Las ingenuas. |
1902 |
Visita a Zola en París. Nace su hijo Sigfrido. Inaugura su casa de la Malvarrosa. Publica Cañas y barro. |
Alfonso XIII jura la Constitución. Creación de Altos Hornos de Vizcaya. |
Muerte de Zola. Unamuno: Amor y pedagogía. Azorín: La voluntad. Baroja: Camino de perfección. Valle-Inclán: Sonata de otoño. |
1903 |
Funda la Universidad Popular. Enfrentamiento con Rodrigo Soriano. Publica La catedral. Diputado por cuarta vez. |
Muere Sagasta. Decretado descanso dominical. |
Baroja: La busca. Echegaray: Premio Nobel de Literatura. |
1904 |
Duelo con el teniente Alestuei. Publica El intruso. |
Ramón y Cajal: Premio Nobel de Medicina. Einstein: Teoría de la relatividad. Picasso: época rosa. |
1905 |
Publica La bodega y La horda. Quinta vez diputado. Sufre atentado en Valencia. Funda en Madrid La Novela Ilustrada. |
1906 |
Renuncia a su acta de diputado. Conoce a Elena Ortúzar. Publica La maja desnuda. Recibe, junto a Sorolla, la Legión de Honor de Francia. |
Atentado contra Alfonso XIII, el día de su boda. |
1907 |
Publica La voluntad de vivir, edición que luego destruye. Elegido diputado por sexta vez, dimite, apartándose definitivamente de la política. |
Fundación de El Cuento semanal, por Zamacois, que inicia la larga serie de colecciones de novela corta. Benavente: Los intereses creados. Valle- Inclán: Águila de blasón. |
1908 |
Publica Sangre y arena. |
Benavente: Señora ama. Valle-Inclán: Romance de lobos. |
1909 |
Publica Los muertos mandan. Éxito como conferenciante en Argentina. Fallece su padre. |
Semana trágica en Barcelona. Ejecución de Francisco Ferrer i Guardia. Desastre del Barranco del Lobo en Marruecos. |
Manifiesto futurista de Marinetti. Picasso: Arlequín. |
1910 |
Regresa a España y vuelve a Argentina, donde compra tierras. |
Fundación de la Residencia de Estudiantes. Pérez de Ayala: A.M.D.G. |
1911 |
Viaja a España, boda de su hija y regreso a Argentina donde funda las colonias “Cervantes” y “Nueva Valencia”. |
Fundación del sindicato CNT. |
1912 |
Asesinato de Canalejas. |
Hermanos Álvarez Quintero: Malvaloca. A. Machado: Campos de Castilla. |
1913 |
Benavente: La malquerida. |
1914 |
Abandona las colonias fundadas en Argentina y se establece en París. Publica Los Argonautas. Funda la editorial Prometeo. |
Asesinato del archiduque Francisco-Fernando en Sarajevo. Estalla I Guerra Mundial. Neutralidad española. |
Unamuno: Niebla. |
1916 |
Publica Los cuatro jinetes del Apocalipsis. |
Arniches: La señorita de Trevélez. Muerte de Rubén Darío. |
1917 |
Estreno en París de su versión cinematográfica de Sangre y arena. Publica Mare Nostrum. |
Huelga general en las principales ciudades españolas. Revolución soviética en Rusia. |
Juan Ramón Jiménez: Diario de un poeta recién casado. |
1918 |
Rendición de Alemania, fin de la guerra. |
Manifiesto ultraísta. |
1919 |
Publica Los enemigos de la mujer. Viaje triunfal, de diez meses, a EE.UU. Muere su hijo Julio César. |
Inauguración del primer tramo del Metro de Madrid: Puerta del Sol-Cuatro caminos. |
1920 |
Doctor Honoris causa por la Universidad de Washington. |
Fundación del PCE. Creación de un Ministerio de Trabajo. Fundación de la Legión. |
Muere Galdós. Valle-Inclán: Luces de bohemia. |
1921 |
Estreno de la película Los cuatro jinetes del Apocalipsis. Homenajes en España. Compra Fontana Rosa, en Menton (Costa Azul). |
Asesinato de Duato. Desastre de Annual. |
Muerte de Pardo Bazán. Miró: Nuestro Padre San Daniel. |
1922 |
Publica La tierra de todos y El paraíso de las mujeres. |
Benavente: Premio Nobel de Literatura. |
1923 |
Publica La reina Calafia. Viaja alrededor del mundo durante seis meses. |
Golpe de estado de Primo de Rivera. |
1924 |
Publica Novelas de la Costa Azul y La vuelta al mundo de un novelista. Campañas en su contra en España. Detención de su hijo. |
Destierro de Unamuno a Fuerteventura por su oposición a la dictadura. Fundación de la Compañía Telefónica Nacional de España. |
Manifiesto surrealista de Breton. Fundación de Radio Barcelona. |
1925 |
Fallece su esposa y contrae matrimonio con Elena Ortúzar. Escribe el manifiesto “Lo que será la República Española”. Publica El Papa del mar. |
Desembarco de Alhucemas. |
Fundación de Unión Radio, denominada tras la guerra civil, Sociedad Española de Radiodifusión (SER). |
1926 |
Publica A los pies de Venus. |
Fin de la guerra de Marruecos. Fundación de Iberia y de CAMPSA. |
Valle-Inclán: Tirano Banderas. |
1927 |
Publica Novelas de Amor y Muerte. |
Valle-Inclán: La corte de los milagros. III Centenario de Góngora: reunión poetas del 27. |
1928 |
Fallece el 28 de enero en Menton. |
Escrivá de Balaguer funda el Opus Dei. |
Valle-Inclán: Viva mi dueño. José Díaz Fernández: El Blocao. |
1929 |
Se publican El caballero de la Virgen y En busca del Gran Kan. |
Jueves Negro: hundimiento de la Bolsa de Nueva York. |
Jorge Guillén: Cántico. Alberti: Sobre los ángeles. |
1930 |
Fin de la dictadura de Primo de Rivera. |
1931 |
Segunda República española. Sufragio femenino. |
1932 |
Ley de divorcio y matrimonio civil. |
1933 |
Son recibidos sus restos en Valencia con grandes honores. |
Levantamientos anarquistas. Sucesos de Casasviejas. |
Lorca: Bodas de sangre. |
3. VIDA Y OBRA DE BLASCO IBÁÑEZ
Mi mejor novela, si el acierto responde al deseo, será la de mi vida; pero esta la guardo para la vejez, pues sólo los años dan derecho a decir de sí mismo ciertas cosas.
Con el instinto del narrador experimentado, Blasco Ibáñez resume así la intensidad de su biografía, que en poco se parece a la del escritor convencional de su época. Su inconformismo individualista y la modernidad de muchas actitudes en su vida provocó la incomprensión de amplios sectores de la crítica y de sus mismos compañeros de profesión, que marginaron injustamente su obra de todas las corrientes literarias que han dominado el siglo XX, condenándolo a ser considerado como “el Zola español”, sin atender a otros registros de su producción.
En Blasco Ibáñez se descubren distintos perfiles que se complementan en su poderosa personalidad. Hay en él tres rasgos fundamentales: un republicanismo visceral que desde la vertiente de agitador popular de conciencias lo llevará a ser diputado de Fusión Republicana, por Valencia, entre 1898 y 1908 y que, ya alejado de la política y de España, mantendrá vivo durante toda su vida; el periodismo al que llega por la política, y que, a su vez, dará cauce a su tercera y definitiva vocación, la literatura. Poco amigo de tertulias y cenáculos literarios, apuesta por una narrativa que, sin demérito de unos valores estéticos, llegaba fácilmente al público, frente a la vía experimental de aquellos escritores que deseaban el cambio en las letras españolas.
Por otra parte, Blasco Ibáñez vivió la vorágine del rebelde romántico y bohemio, que derivaría en un burgués cosmopolita, sin abandonar su rebeldía juvenil. Sufrió prisión y exilio por sus actividades políticas. Vivió el riesgo de varios duelos. Ingresó en la masonería en 1887. Fue un gran viajero e hizo numerosos viajes por todo el mundo. Asimismo, y contrariamente a lo habitual en la mayoría de los escritores de su época, fue un entusiasta de la música, particularmente, de la ópera y de Wagner. Descubrió en el cine los valores de un nuevo arte, del que obtuvo, además, cuantiosos beneficios. Su mismo vitalismo inconformista lo llevó a vivir varios amores y dos matrimonios con dos mujeres radicalmente distintas que marcaron el signo de dos épocas simbolizadas en sus dos famosas mansiones, siempre frente al “Mare Nostrum”: María Blasco del Cacho, verdadero “ángel del hogar”, apoyo en su época revolucionaria y señora del palacete de la valenciana playa de la Malvarrosa, y la sofisticada Elena Ortúzar que lo acompañó por la senda del éxito internacional hasta la lujosa “Fontana Rosa”, construida en medio de un jardín al que Blasco quiso dotar de los aromas y el color de su añorada Valencia, en plena Costa Azul.
Además, se descubren en Blasco Ibáñez otros rasgos que pueden resultar contradictorios. Por un lado, mostró empeño en difundir la cultura, sobre todo, entre las clases proletarias, cumpliendo lo que defiende en El Pueblo, en 1905: “La misión de los revolucionarios españoles no consiste únicamente en agitar los ánimos, sino en difundir la cultura entre ellos, pues sin un pueblo culto y consciente la República arrastraría una vida de dificultades”. Así, había fundado en 1894 este diario, El Pueblo, dirigido esencialmente a las clases trabajadoras de Valencia, donde, junto a contenidos políticos, y noticias locales, incluye en cada número el capítulo de una novela (Arroz y tartana, La barraca y otras de sus obras), y una sección de música, a cargo de un crítico musical, sobre autores tan poco populistas como Wagner, Rubinstein, o Berliotz. En la misma línea, crea una “biblioteca popular”, prestando a los suscriptores de El Pueblo los libros de su biblioteca personal; en 1903, funda la Universidad Popular destinada a los obreros; y la misma intención rige sus empresas editoriales.
Por otro lado, su afán de buscar nuevos horizontes, junto al desengaño personal en el plano político español, llevan a Blasco Ibáñez a iniciar su aventura americana: desde su romántica y fracasada experiencia colonial en Argentina, al triunfo definitivo a partir del éxito millonario de su novela Los cuatro jinetes del Apocalipsis en Estados Unidos, donde las versiones que el cine de Hollywood hizo de esta y otras novelas, lo convierten en el escritor español más internacional de su época, y —como muchos de los escritores actuales— en un magnate de la literatura.
Este éxito y algunas de sus posturas políticas fueron, sin duda, los principales motivos de las fobias que levantó en su época, aunque, como señala Francisco Caudet, sólo con este éxito y el dinero que le produjo, Blasco Ibáñez pudo ser libre para enfrentarse al poder, como cuando, durante la dictadura de Primo de Rivera, desde Francia, vuelve al activismo político, publicando comprometidos escritos antimonárquicos y a favor de la República. Fue, como se puede comprobar en los datos biográficos que siguen, un adelantado a su época.
Vicente Blasco Ibáñez nació en Valencia, el 29 de enero de 1867. Fue el hijo mayor —su única hermana nació en 1879— de una familia de origen aragonés, dedicada al comercio. Blasco Ibáñez nunca fue buen estudiante, pero desde su infancia le atrajo la lectura. Cursó los cursos primarios en varios centros, en 1876 inició sus estudios en el Instituto y en 1882, por deseos de su padre, ingresó en la Universidad para estudiar Leyes. Allí conoció el ambiente de la bohemia progresista, fundamental para él: conoce a Rafael Altamira, los hermanos Morote y a Constantino Llombart, poeta republicano valencianista, impulsor de la renaixença, que había fundado en 1878 la sociedad cultural Lo Rat Penat. En 1883, Blasco muestra ya su afición periodística fundando El Miguelete, revista literaria que luego se llama Turia y sólo se mantendría dos números.
En diciembre de ese año, Blasco Ibáñez huye de su casa y marcha a Madrid. En la tertulia de un café conoce al famoso escritor de novelas por entregas, Manuel Fernández y González, que, casi ciego, lo contrata para dictarle por las noches, siendo el joven Blasco quien seguía escribiendo cuando el viejo novelista era vencido por el sueño. Esto lo adentró en las técnicas de la novela folletinesca. Dos meses después tuvo que regresar a Valencia.
A partir de aquí, Blasco interviene en la vida social y política valenciana, a la vez que escribe una serie de cuentos que irá publicando en diversos medios. En 1884 vive la primera persecución policial —de las muchas que sufrirá en su vida— por las protestas universitarias ante la destitución de un catedrático madrileño. En 1888 termina la carrera y trabaja un tiempo como abogado, pero su vocación va por los caminos de la política y la literatura. A los veintidós años, en 1889, funda la revista republicana La Bandera Federal, por la que sufre varios procesos, y en julio de 1890, para evitar ser detenido por su intervención en las protestas contra la subida al poder del conservador Cánovas, huye a París, donde permanece un año y conoce los círculos de revolucionarios españoles exiliados y la bohemia literaria. Empieza a escribir la Historia de la revolución española.
A su regreso a Valencia, en lo que queda del año 1891, tienen lugar acontecimientos importantes en la vida de Blasco: participa en los Juegos Florales de la sociedad Lo Rat-Penat, exhibiendo sus cualidades de orador como mantenedor, sustituyendo al ex presidente de la República, don Francisco Pi y Margall, a quien consideró siempre su maestro; ocupa su primer cargo político importante como presidente del Consejo Regional del escindido Partido Federal; el 18 de noviembre, contrae matrimonio con María Blasco del Cacho, joven sensata, de buena presencia, heredera de una familia acomodada, por la que siente un fuerte amor. Del matrimonio nacerían cinco hijos, aunque la primera hija sólo vivió doce días: Mario, en 1893; Libertad, en 1895; Julio César, en 1896 y Sigfrido, en 1902.
En 1892 publica La araña negra, novela que le da popularidad, aunque, junto a otras del mismo tono folletinista, serán luego repudiadas por su autor. En este año, su republicanismo y sus ataques contra el clero y la monarquía provocan el primer incidente grave cuando, el 20 de noviembre, Valencia se engalana para recibir al nuevo arzobispo, don Ciriaco Sancha, que hace su entrada montado en un mulo, entre un gran boato civil, oficial y clerical. Cuando la comitiva pasa por la redacción de La Bandera Federal, desde un balcón, Blasco y sus compañeros despliegan una pancarta con la inscripción “Jesús iba descalzo, haraposo y hambriento. Comparad”. Tras el inicial alboroto, entre aplausos y protestas, Blasco y su grupo son detenidos y pasan unas horas en la cárcel de San Agustín, adonde había de ir otras muchas veces. Nueva protesta anticlerical, con el mismo final de detención y cárcel es motivada por la concentración en el puerto de Valencia, de más de tres mil peregrinos, camino de Roma, el 11 de abril de 1894.
En este año, 1894, varios acontecimientos de diverso cariz influyen, indudablemente, en el futuro del escritor. La noche del 12 de mayo se estrena su drama, El juez, en el teatro Apolo de Valencia. El ansiado triunfo —la crítica fue discreta— se vio nublado por la noticia, recibida en el mismo teatro, de la muerte de su madre. A la vez, abandona la narrativa folletinesca e inicia la serie de novelas valencianas, que mostrarán sus máximos valores literarios. Este cambio coincide con la fundación, el 12 de noviembre, del diario El Pueblo, su empresa más querida, portavoz de su pensamiento político y revolucionario —causa de frecuentes procesos y estancias en prisión—, donde, además, publica, como folletín, ya desde el primer número, Arroz y tartana, y otras novelas como Flor de mayo (1895) y La barraca (1898).
Muy comprometida fue su campaña en contra de la guerra de Cuba. Sus incendiarios artículos y la organización de protestas multitudinarias contra el injusto reclutamiento de soldados de las clases bajas, contra la actitud del gobierno de Cánovas, y contra los Estados Unidos, le costaron pasar por la cárcel de San Agustín en varias ocasiones y el exilio en Italia, entre marzo y julio de 1896, donde escribe las crónicas que recopilará bajo el título En el país del arte. Poco después es desterrado a Madrid, adonde llega en abril de 1897, con la aureola de escritor rebelde, siendo recibido en los cenáculos literarios y políticos más progresistas. Allí conoce a Rodrigo Soriano, crítico de El Imparcial, con quien iba a tener una relación desigual. El asesinato de Cánovas, en agosto de 1897, y la vuelta al gobierno de Sagasta, libera a Blasco Ibáñez de su destierro y regresa a Valencia.
En 1898, apoya a Zola en el famoso “Affaire Dreyffus” con más de 30.000 firmas y es elegido clamorosamente como diputado de Fusión Republicana, por Valencia, lo que le permite trasladar al Congreso sus protestas contra la guerra y contra “la paz deshonrosa”. En octubre de 1898 sufre prisión por última vez. Pocos días después, El Pueblo empieza a publicar La barraca, novela que iba a consagrarlo definitivamente.
Entre el entusiasmo de sus seguidores y las hostilidades de sus rivales, Blasco Ibáñez triunfa en todas las elecciones municipales y nacionales a las que se presenta, uniendo a su grupo al, entonces, su gran amigo, el periodista madrileño Rodrigo Soriano. Paralelamente su producción literaria se consolida: Entre naranjos (1900), Sónnica la Cortesana (1901).
En 1902, Blasco Ibáñez parecía haber alcanzado la gloria. En abril visita a su ilustre maestro Emile Zola, que moriría pocos meses después; es diputado y jefe de su partido, la Unión Republicana; nace su último hijo que le sucedería en muchas de sus actividades; en agosto inaugura su casa en la playa valenciana de la Malvarrosa, donde escribe Cañas y barro, publicada en diciembre con magníficas críticas. Sin embargo, a partir de 1903, la escisión de su partido, encabezada por su amigo, Rodrigo Soriano, inicia un periodo de altercados, incluidos dos graves atentados que sufren los “blasquistas”, que inducen a nuestro escritor a abandonar Valencia, instalándose en Madrid, en 1905. Un año después, en 1906, tras ocho años en el Parlamento, renuncia al acta de diputado y en 1908 se aparta definitivamente de la política activa.
Vinculado con estos avatares políticos, Blasco Ibáñez da un importante giro en su narrativa. Conforme pierde entusiasmo por la política, su novela se carga del ardor revolucionario que había sentido hasta entonces. Publica sus novelas sociales, que abandonan el tema y el espacio valenciano, y plasma una denuncia social, animando a la lucha a los trabajadores en diversos lugares de España: La catedral (1903), El intruso (1904), La bodega (1905) y La horda (1905).
Se puede hablar del final de un ciclo en la vida de Blasco. Junto a los desengaños políticos, influye el haber conocido, en el estudio de su gran amigo Sorolla, a Elena Ortúzar, chilena, esposa de un diplomático, amante del lujo y el boato social, que contribuirá al gran cambio de Blasco Ibáñez. Refinó su aspecto tosco de bohemio revolucionario, lo acompañó en sus grandes viajes y en su lanzamiento internacional, hasta establecerse definitivamente entre París y la Costa Azul. Se convirtió en su esposa en 1925, tras la muerte de los primeros cónyuges de ambos.
En diciembre de 1906, por su manifiesto amor a Francia y el éxito de su obra, el gobierno francés le concede la Legión de Honor, junto al también valenciano Joaquín Sorolla. Poco después, el Ayuntamiento de Valencia lo hace “Hijo predilecto”. En este momento de éxito, Blasco sufre una fuerte crisis personal que determina los cambios que anuncian su nueva etapa: se presenta a las elecciones de 1907 por última vez —ni siquiera juró el cargo—; inicia un viaje, acompañado de Elena Ortúzar, por Europa, hasta Estambul, que reflejará en su libro Oriente (1907); tras sus novelas valencianas y sociales, confirma un nuevo giro literario hacia lo que el propio autor calificó de “novela psicológica” que había iniciado con La maja desnuda (1906) y prosigue con Sangre y arena (1908), novela taurina de gran éxito, y con Los muertos mandan (1909). Finalmente, en 1909, marcha a América, aceptando un productivo ciclo de conferencias, con jubilosos recibimientos, en distintas ciudades de Argentina.
En enero de 1910, regresa a España, pero vuelve a Argentina para llevar a cabo un proyecto en el que funde el sueño burgués de hacer fortuna y el idealismo épico-patriótico de fundar dos colonias —al frente de las cuales pondrá a sus dos hijos mayores— que llevarán los evocadores nombres de “Cervantes” y “Nueva Valencia”, para, atendidas por colonos llegados desde Valencia, cultivar productos valencianos. Los problemas aparecen pronto y la empresa fracasa. Blasco abandona Argentina, en febrero de 1914, con grandes pérdidas económicas y ricas experiencias que plasmará en sus dos novelas siguientes: Los argonautas (1914) y Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1916).
Se establece en París, pocos meses antes del comienzo de la guerra europea, siendo testigo directo del ambiente y la brutalidad de la guerra. Apoya apasionadamente a Francia y sus aliados, frente a una fuerte germanofobia, sentimientos que muestra en Historia de la guerra europea de 1914 (1914) y, sobre todo, en la que había de ser su novela más famosa e internacional, Los cuatro jinetes del Apocalipsis.
La aparición de esta novela no causó, en principio, el entusiasmo de las anteriores y, con la salud afectada, busca en la Costa Azul un lugar de reposo. Una nueva inquietud lo anima. Según confiesa el autor, su amigo Gabriele D’Annunzio, famoso escritor decadentista italiano, lo animó a buscar en el cine un nuevo camino del arte. El mismo Blasco Ibáñez dirige la versión de su novela Sangre y arena, estrenada en París, en 1917, y lleva a cabo otros proyectos. En este mismo año muere el marido de Elena Ortúzar y publica, con éxito, Mare Nostrum.
En la primavera de 1918, se traduce al inglés Los cuatro jinetes del Apocalipsis, lo que dará un vuelco a su vida. Es aclamado por Estados Unidos y se le abren las puertas de la fama internacional. En 1919 es invitado a dar un ciclo de conferencias por las principales ciudades norteamericanas, y, frente a la frialdad de los más afamados escritores estadounidenses, es acogido con todos los honores tanto por autoridades como por el público. A la vez que recibe la noticia de la muerte de su hijo Julio César —el Julio Desnoyers de Los cuatro jinetes del Apocalipsis—, se entera de que esta novela es, después de la Biblia, el libro más leído en EE.UU. Visita el Congreso; la Universidad Georges Washington lo nombra Doctor honoris causa, Hollywood le abre las puertas y, tras ocho meses, con una breve estancia en México y Cuba, regresa a Europa en junio de 1920.
En 1921, se estrena en Nueva York la película Los cuatro jinetes del Apocalipsis, protagonizada por el primer galán de Hollywood, Rodolfo Valentino. El éxito de la película supera al del libro, del que se vendieron dos millones de ejemplares. En España le ofrecen homenajes en lo que sería un viaje triunfal del escritor. Al final de este año compra Fontana Rosa, lujosa mansión en Menton, en la Costa Azul, frente al mar, que sería su último refugio, donde consigue recrear su añorada Valencia. Allí sigue escribiendo y cumple contratos pendientes con Hollywood: El paraíso de las mujeres (1921), La tierra de todos (1922), La reina Calafia (1923).
En octubre de 1923, el comienzo de la dictadura de Primo de Rivera coincide con el inicio de un largo viaje que hace Blasco Ibáñez, acompañado de Elena Ortúzar, a bordo de un lujoso transatlántico, que refleja en su último libro de viajes La vuelta al mundo de un novelista.
A su regreso, el escritor cosmopolita, triunfador y millonario, ante la situación por la que atraviesa España, vuelve a sus orígenes. Acude a un homenaje a Zola, se entrevista con Unamuno y otros españoles en París y renace en él el deseo de volver a la lucha. En un teatro de París se celebra un acto en contra de la dictadura y a favor de la República e intervienen Unamuno y Blasco Ibáñez, entre otros. Luego, publica una serie de artículos que reúne bajo el título Por España y contra el Rey.
A raíz de estos actos, se levanta en España una nueva campaña contra Blasco Ibáñez, se quita el nombre del escritor en las calles a él dedicadas y se le instruyen dos procesos con embargo de bienes por el que encarcelan a su hijo menor, Sigfrido; y la esposa, doña María, ya gravemente enferma, muere poco después, el 21 de enero de 1925.
Blasco Ibáñez seguirá escribiendo contra Alfonso XIII y por la República, lo que le costó la renuncia, voluntaria, a ser propuesto como académico de la Real Academia de la Lengua y para el Premio Nobel.
Sus últimos años pasan entre París, obligado por los compromisos sociales de Elena Ortúzar, con la que contrae matrimonio en octubre del mismo 1925, y Fontana Rosa, donde escribe y dicta —la diabetes le provoca la ceguera de un ojo— una serie de novelas históricas, siempre en torno a España: A los pies de Venus, El Papa del mar y En busca del gran Khan.
Todavía el activo hombre de letras renace para proyectar una Academia de la Novela, que tendría como presidente a Azorín, y dotaría anualmente el premio Blasco Ibáñez. No llegó a realizarse este proyecto, pero, hasta el final, se mostró inquieto por una causa social: donar la Fontana Rosa para refugio de novelistas viejos y pobres y hacer de su jardín —el último amor de su vida— el “jardín de los novelistas”.
Su última intervención pública tuvo lugar en un homenaje a su otro maestro, Víctor Hugo, en diciembre de 1928. Su estado empeoró en esas navidades parisinas y, dos semanas después, en Fontana Rosa, murió en la madrugada del 28 de enero de 1929. El entierro fue una gran manifestación de duelo por las calles de Menton. Cuatro años después, el 28 de octubre de 1933, los restos de Blasco Ibáñez llegaban al puerto de Valencia. Fueron recibidos por el Presidente de la República, don Niceto Alcalá Zamora, en medio de una muchedumbre silenciosa. Se cumplía el deseo del escritor:
Quiero descansar en el más modesto cementerio valenciano, junto al “Mare Nostrum” que llenó de ideal mi espíritu; quiero que mi cuerpo se confunda con esta tierra de Valencia, que es el amor de mis amores.
4. Cañas y barro
Con su habitual modo de componer, febril y compulsivo, Blasco Ibáñez escribe Cañas y barro en dos meses —un verano— y sale a la venta el 11 de diciembre de 1902, cuando su autor se encuentra en un momento de plenitud personal. Ha sido nombrado jefe de su partido, Unión Republicana; es, desde hace cuatro años, diputado en Madrid por Valencia; ya tiene un renombre literario; ha conocido a su admirado maestro, Zola, poco antes de morir, en su casa de París; y ha podido escribir esta novela en su recién estrenado palacete de la Malvarrosa frente a su mar Mediterráneo. Está íntegramente comprometido con la lucha por la República y con la política de Valencia, y Valencia es el centro de su narrativa de los últimos años, el ciclo de las novelas valencianas, lo más valioso de su producción, en las que el autor quiere recoger distintos perfiles de la sociedad valenciana: Arroz y tartana (1894), la Valencia de la burguesía de los negocios; Flor de mayo (1895), el mar y los pescadores; La barraca (1898), la huerta; Entre naranjos (1900), Alzira y un amor d’annunziano; Sónnica la cortesana (1901), novela arqueológica, sobre la heroica Sagunto; y, la última, Cañas y barro, la novela de la Albufera. Hay que añadir sus Cuentos valencianos (1896). Tras estas publicaciones, abandona el universo valenciano, para ir ampliando su espacio y su temática, desde la novela social y la que el propio autor califica de psicológica, hasta la fantástica y la histórica, en unos escenarios que llegan a ser internacionales e, incluso, fantásticos. El abandono de la “novela valenciana” se debe más a cuestiones personales y políticas —problemas en su propio partido a partir de 1903, que lo llevarán a dejar Valencia y, finalmente, la política— que a cansancio del tema. El propio autor —según cuenta su mejor biógrafo, J. L. León Roca—, tras el éxito de Entre naranjos, anuncia en un artículo, publicado en El Pueblo, sus próximos proyectos donde, además de Sónnica la cortesana y Cañas y barro, habla de otras obras que nunca escribiría, pero habrían completado la visión de la sociedad valenciana: “(...) y luego otras en las que aparezca con todo su relieve la vida de los pueblecitos de nuestra huerta y los barrios populares de la capital”.
Cañas y barro es la novela de la Albufera —particularmente del Palmar, pequeña “isla de cañas y barro” (cap. 1) en medio del lago— y de sus gentes que sobreviven en una esforzada “lucha por la vida” contra un medio natural que los atrapa —la pesca es su vida, su trabajo, y su alimentación—, y que no les ofrece otro modo de vivir “en aquel país de cañas y barro donde habían nacido” (cap. 8), cuyas moradas están, incluso, construidas con esos mismos materiales ya anunciados en el título de la novela y repetidos insistentemente a lo largo de ella: “A ambos lados, los tabiques de dos cuartos, construidos con cañas y barro, como toda la barraca” (cap. 2).
El conflicto central del relato nace, precisamente, de ese afán de “los hijos del lago” por mejorar su condición de vida, abandonando los modos tradicionales y optando por dos salidas: el progreso, es decir, el cambio de la pesca por la agricultura, o la huida lejos de su tierra, como expresa desde su inconformismo Tonet, protagonista del desenlace trágico de la obra: “Había visto de cerca la existencia de los que viven sin trabajar y abominaba de su mala suerte que le hacía permanecer como un anfibio en un país de cañas y barro, donde el hombre, desde pequeño, tiene que encerrarse en una barquichuela, eterno ataúd sin el cual no puede moverse” (cap. 3). Su padre, el prudente y sensato tío Tono, hace parecidas reflexiones: “¡Y esta miseria prolongándose de padres a hijos, como si viviesen amarrados al barro de la Albufera, sin más vida ni aspiraciones que las del sapo, que se cree feliz en el cañar porque encuentra insectos a flor de agua!” (cap. 2) [Las cursivas son mías].
Blasco Ibáñez hace una denuncia de la situación de la Albufera y el Palmar de su época —isla insana y retrasada, como muestra la novela—, en un momento de intento de cambio hacia la modernidad. Para ello, como hacía antes de escribir cualquiera de sus obras, se documentó sobre la zona. El citado J. L. León Roca explica detalladamente (véase texto en Opiniones sobre la obra, cap. 1) cómo pasó veinte días de la primavera del mismo año 1902 en la Albufera, conoció los modos de vida del Palmar, supo lo que era dormir en una barca, frecuentó la taberna —como la de Cañamel en la novela— y llegó a conocer a una Neleta y a un Tonet el Cubano que, por lo menos en el nombre y algún otro rasgo, pudieron inspirarle los personajes homónimos de Cañas y barro.
Con este conocimiento del medio y esa nota crítica social que, aunque es tema central de sus “novelas sociales”, ya aflora en las novelas valencianas (obsérvese su crítica constante, bajo prisma irónico, a veces, contra las autoridades del Palmar y contra “los ricos” del pueblo, representados sobre todo por Cañamel, siempre caricaturizado, además de numerosas alusiones contra la burguesía, en general), la vida de la Albufera —que en la belleza de sus paisajes el autor consigue sus mejores páginas— es tratada sin concesiones idealizantes. Puede sorprender el tratamiento que reciben los habitantes del lago. El autor destaca la honradez, la defensa del honor de la familia y de sus tradiciones, la lucha casi heroica a través de un trabajo duro que apenas cubre sus necesidades mínimas; sin embargo, son constantes los comentarios negativos en todo aquello en que dependen de las condiciones míseras e insalubres del lugar en que viven y que afecta a su aspecto, olor, alimentación, etc. Véanse algunos ejemplos. La belleza de Neleta contrasta con la fealdad del resto de las muchachas del Palmar. Neleta es rubia y tiene la piel blanca, “una piel jamás vista en las mujeres del Palmar, cuya epidermis escamosa y de metálico reflejo ofrecía lejana semejanza con la de las tencas del lago” (cap. 3); insiste en el hedor que despide la gente: “... de esta muchedumbre sudorosa y apretada surgía el eterno hedor viscoso y frío de los anfibios criados en el barro” (cap. 4) y, con la truculencia feísta propia de sus muchos usos naturalistas, alude a las fiebres tercianas de quienes beben agua del lago y a la forzosa alimentación basada en sus anfibios que produce “el envilecimiento físico de la gente lacustre, la miseria de un pueblo privado de carne (...) y vive condenado a nutrirse de anguilas y peces de barro (...). Las mujeres ensalzaban las excelencias de la rata en el arroz de la paella (...). Otros recordaban los guisados de serpiente (...) y el barquero (...) cierta gata recién parida que había cenado con otros amigos en la taberna de Cañamèl” (cap. 1).
La novela, como la mayoría de las obras del autor, se desarrolla en diez capítulos, en los que, siguiendo la poética del naturalismo, el autor nos pone en conocimiento del ambiente, espacios, antecedentes históricos, de los personajes y del conflicto central, como marco de una acción que temporal y argumentalmente aparece hábilmente incrustada, en este caso, en el capítulo séptimo (cap. 7), donde Cañamel, muy enfermo, monta en la barca-correo, para ser atendido por los médicos, episodio que ya había aparecido en el primer capítulo (pp. 67-68), donde se nos van presentando las situaciones del r