Terry Pratchett es uno de los escritores más populares en la actualidad y el segundo en ventas del Reino Unido después de J. K. Rowling. Su aclamada serie del Mundodisco, de la cual lleva vendidos más de treinta y dos millones de ejemplares, está siendo publicada en cuarenta países y cada nueva entrega es recibida con ansia por todos sus admiradores. ¿Su secreto? Nada escapa a la mirada inteligente, desenfadada e irónica de este autor que, en la mejor tradición satírica británica, subvierte todos los géneros. De la serie del Mundodisco han sido traducidos al castellano El color de la magia, La luz fantástica, Ritos iguales, Mort, Rechicero, Brujerías, Pirómides, ¡Guardias! ¿Guardias?, Imágenes en acción, El segador, Brujas de viaje, Dioses menores, Lores y damas, Hombres de armas, Soul Music, El país del fin del mundo y Eric.



Título original: Interesting Times
Diseño de la portada: Departamento de diseño de Random
House Mondadori
Fotografía de la portada: Josh Kirby. © Ron Kirby/Agentur
Schlück GmbH
Primera edición en DeBOLS!LLO: septiembre, 2006
© 1994, Terry y Lyn Pratchett
Publicado originalmente por Victor Gollancz, Ltd., un
sello de Orion Publishing Group Ltd., Londres
© 2005, Random House Mondadori, S. A.
Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona © 2005, Javier Calvo Perales, por la traducción
Colaboración editorial: Manu Viciano
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Printed in Spain – Impreso en España
ISBN-13: 978-84-8346-083-2
ISBN-10: 84-8346-083-1 (vol. 342/18) Depósito legal: B. 32.256 06
Fotocomposición: Lozano Faisano, S. L. (L’Hospitalet)
Impreso en Novoprint, S. A.
Energia, 53. Sant Andreu de la Barca (Barcelona)
P 8 6 0 8 3 2
Hay una maldición.
Dicen:
Ojalá vivas en tiempos interesantes.
Aquí es donde los dioses juegan partidas con las vidas de los hombres, en un tablero que es al mismo tiempo una simple zona de juego y el mundo entero.
Y Sino siempre gana.
Sino siempre gana. La mayoría de los dioses lanzan los dados pero Sino juega al ajedrez, y uno no descubre hasta que es demasiado tarde que durante todo el tiempo ha usado dos
Sino gana. Por lo menos eso es lo que se dice. Suceda lo que suceda, después dicen que debe de haber sido el Sino.*
Los dioses pueden adoptar cualquier forma, pero el único elemento de sí mismos que no pueden cambiar son los ojos, y estos revelan su naturaleza. Los ojos de Sino apenas pueden llamarse ojos: no son más que agujeros oscuros a un infinito salpicado de algo que tal vez sean estrellas, o, en un segundo vistazo, podrían ser otras cosas.
Ahora parpadeó con aquellos ojos, sonrió a sus compañeros
La gente siempre se confunde un poco con esto, igual que en el caso de los milagros. Cuando alguien se salva de una muerte segura gracias a una extraña concatenación de circunstancias, se dice que es un milagro. Pero por supuesto, cuando alguien muere por culpa de una serie absurda de acontecimientos —ese aceite derramado justo ahí, esa valla de seguridad rota justo aquí— entonces también tendría que ser un milagro. Solamente porque algo no es agradable no quiere decir que no sea milagroso.
justo antes de convertirse en ganadores y dijo:
—Yo acuso al Sumo Sacerdote de la Túnica Verde, en la biblioteca y con el hacha de dos manos.
Y ganó.
Dedicó una amplia sonrisa a los demás.
—Giempgue ganan loj mijmoj —refunfuñó Offler el Dios
Cocodrilo a través de sus colmillos.
—Parece que hoy me estoy siendo propicio —dijo Sino—. ¿A alguien le apetece jugar a otra cosa?
Los dioses se encogieron de hombros.
—¿A Reyes Locos? —preguntó Sino en tono amable—.
¿A Amantes Desventurados?
—Creo que hemos perdido las reglas de ese —dijo Ío el Ciego, jefe de los dioses.
—¿O a Marineros Arrojados al Mar por Tempestades?
—Siempre ganas en ese —dijo Ío.
—¿A Inundaciones y Sequías? —propuso Sino—. Ese es
Una sombra se cernió sobre la mesa de juego. Los dioses levantaron la vista.
—Ah —dijo Sino.
—Que empiece una partida —dijo la Dama.
Siempre era tema de discusión si la recién llegada era o no una diosa de verdad. Estaba claro que nadie había llegado a ninguna parte adorándola, y ella tenía tendencia a aparecer solamente donde menos se la esperaba, como por ejemplo ahora. Y la gente que confiaba en ella raras veces sobrevivía. Cualquier templo levantado en su honor era firme candidato a ser destruido por un rayo. Era mejor hacer malabarismos con hachas sobre la cuerda floja que pronunciar su nombre. Llámala simplemente la camarera de la taberna de la Última Oportu
Normalmente se la conocía como la Dama, y tenía los ojos verdes; no verdes como los ojos de los humanos, sino puro —Ah —volvió a decir Sino—. ¿Y a qué juego será?
Ella se sentó delante de él. Los dioses que presenciaban la escena se miraron de reojo. Aquello se ponía interesante. Estos dos eran antiguos enemigos.
—¿Qué opinas de…? —ella hizo una pausa—, ¿… Podero—Oh, eje ej un ajco —dijo Offler, rompiendo el repentino silencio—. Al final je muegue todo el mundo.
—Sí —dijo Sino—. Creo que sí se mueren. —Señaló con la barbilla a la Dama, y más o menos con la misma voz con que los jugadores profesionales dicen «¿Ases ganan?», preguntó—: ¿Con Caída de Grandes Dinastías? ¿Con Destinos de Naciones Pendiendo de un Hilo?
—Por supuesto —dijo ella.
—Oh, bien. —Sino pasó la mano por encima del tablero.
Apareció el Mundodisco—. ¿Y dónde jugamos?
—En el Continente Contrapeso —dijo la Dama—. Donde cinco familias nobles llevan siglos luchando entre ellas.
—¿De verdad? ¿Y qué familias son? —preguntó Ío. Se metía poco en los asuntos de humanos individuales. Solía ocuparse más bien de los truenos y relámpagos, así que, desde su punto de vista, el único propósito de la humanidad era mojarse o, de forma ocasional, achicharrarse.
—Los Hong, los Sung, los Tang, los McSweeney y los Fang.
—¿Esos? No sabía que fueran nobles —dijo Ío.
—Son todos muy ricos y han matado, o torturado hasta la
muerte, a millones de personas por una mera cuestión de conveniencia y orgullo —dijo la Dama.
Los dioses presentes asintieron con solemnidad. Aquel era ciertamente un comportamiento noble. Era exactamente lo que habrían hecho ellos.
—¿Los McFweeney? —preguntó Offler. —Una familia con mucha solera —dijo Sino.
—Y se pelean entre ellos por el Imperio —dijo Sino—. Muy bien. ¿Y con cuáles quieres jugar?
La Dama miró el fragmento de historia que tenían desplegado delante.
—Los Hong son los más poderosos. Mientras estábamos aquí hablando han tomado más ciudades —dijo ella—. Veo que están destinados a ganar.
—De modo que, sin duda, escogerás a una familia más débil. Sino hizo otro gesto con la mano. Las piezas del juego aparecieron y empezaron a moverse por el tablero como si tuvieran vida propia, lo cual desde luego era cierto.
—Pero jugaremos sin dados —dijo él—. No me fío de ti con los dados. Los tiras a sitios donde no puedo verlos. Jugaremos con acero, tácticas, política y guerras.
La Dama asintió.
Sino miró a su oponente.
—¿Y tu jugada? —preguntó.
Ella sonrió.
—Ya la he hecho —contestó.
Él bajó la vista.
—Pero no veo tus piezas en el tablero.
—Todavía no están en el tablero —dijo ella.
La Dama abrió la mano.
Tenía algo negro y amarillo en la palma. Sopló encima y aquello desplegó las alas.
Era una mariposa.
Sino siempre gana…
Por lo menos cuando la gente se ciñe a las normas.
Según el filósofo Ly Tin Wheedle, el caos se encuentra en mayor abundancia cuando se busca el orden. El caos siempre derrota al orden porque está mejor organizado.
Esta es la mariposa de las tormentas.
Fíjate en las alas, ligeramente más irregulares que las de la fritilaria común. En realidad, gracias a la naturaleza fractal del universo, esto quiere decir que esos contornos irregulares son infinitos, del mismo modo que el contorno de cualquier costa irregular, si se mide al nivel microscópico más diminuto, es infinitamente largo. O si no es infinito, por lo menos está tan cerca de serlo que en un día despejado puede verse el Infinito.
Y por tanto, si sus contornos son infinitamente largos, por lógica las alas deben ser infinitamente grandes.
Puede que parezcan del tamaño adecuado para ser las alas de una mariposa, pero eso es solamente porque los seres humanos siempre han preferido el sentido común a la lógica.
La Mariposa Cuántica del Clima (Papilio tempestae) es de un color amarillo corriente, aunque los fractales de Mandelbrot que tiene dibujados en las alas presentan un interés considerable. Su rasgo más destacado es la capacidad para producir fenómenos
Esto empezó presumiblemente como un rasgo destinado a la supervivencia, ya que hasta el pájaro más hambriento se echaría atrás ante un buen tornado lanzado a mala fe.* Más adelante es posible que se convirtiera en una característica sexual secundaria, como el plumaje de los pájaros o los sacos vocales de ciertas ranas.
, dice el macho batiendo perezosamente las alas bajo el dosel de la selva. Puede que sea de un color amarillo corriente, pero en cosa de dos semanas, a dos mil kilómetros de distancia, «Violentos vendavales provocan un caos circulatorio».
Esta es la mariposa de las tormentas.
Bate las alas…
Habitualmente de unos quince centímetros de diámetro.
tortuga gigante.
La mayoría de los mundos hace lo mismo en algún momento de su percepción. Es un punto de vista cosmológico que el cerebro humano parece preprogramado para asumir.
En las mesetas secas y las llanuras, en las selvas húmedas y los silenciosos desiertos rojos, en las ciénagas y los cañaverales pantanosos, y de hecho en cualquier sitio donde algo se tire desde un tronco flotante haciendo «plop» cuando uno se acerca, tienen lugar variaciones de la siguiente escena en un punto crucial del desarrollo inicial de la mitología de la tribu…
—Anda, ¿has visto eso?
—¿Lo qué?
—Que se ha tirao de ese tronco haciendo plop.
—¿Y qué?
—Pa mí que… Pa mí que… O sea, pa mí que el mundo está
en la espalda de una de esas…
Un momento de silencio mientras se evalúa esta hipótesis astrofísica y luego…
—¿El mundo entero?
—Claro, es que cuando digo una de esas, digo una de las
grandes…
—Ya pué serlo, ya…
—O sea, mu, mu grande.
—Mira que es raro, pero me imagino lo que dices.
—Tiene sentío, ¿eh?
—Tiene sentío, sí. Lo que pasa…
—¿Qué?
—Que espero que nunca haga plop.
Pero este es el Mundodisco de verdad, que no solamente tiene la tortuga sino también los cuatro elefantes gigantes sobre los cuales da vueltas la amplia y lenta rueda giratoria del mundo.*
* La gente se pregunta cómo funciona esto, ya que sería muy improbable que un elefante terrestre pudiera llevar una carga giratoria durante cualentre el Eje y el Borde. A su alrededor se encuentran aquellos países que, de acuerdo con la Historia, constituyen el mundo civilizado, es decir, un mundo que puede mantener a los historiadores: Efebia, Tsort, Omnia, Klatch y la desparramada ciudad-estado de Ankh-Morpork.
Esta es una historia que empieza en otro lugar, un lugar donde hay un hombre tumbado en una balsa en medio de una laguna azul bajo un cielo soleado. Descansa la cabeza en los brazos. Se siente feliz, un estado mental tan raro en su caso que casi no tiene precedentes. Está silbando una cancioncilla afable y se remoja los pies en el agua cristalina.
Son unos pies rosados con diez dedos que parecen cerditos
Desde el punto de vista de un tiburón que se desliza por las aguas del arrecife, parecen el almuerzo, la cena y el té.
Era, como siempre, cuestión de protocolo. De discreción. De cuidadosa etiqueta. En última instancia, de alcohol. O por lo menos de la promesa ilusoria de alcohol.
Lord Vetinari, en calidad de gobernador supremo de AnkhMorpork, podía en teoría hacer comparecer ante sí al archicanciller de la Universidad Invisible y, de hecho, podía hacer que le ejecutaran si no obedecía.
Por otro lado Mustrum Ridcully, en calidad de jefe de la escuela de magos, le había dejado claro de forma educada pero él podía convertirlo en un pequeño anfibio y, de hecho, podía ponerse después a dar botes por toda la sala con un
El alcohol tendía un amable puente diplomático entre amquier espacio de tiempo sin sufrir graves quemaduras por la fricción. Pero uno también podría preguntarse por qué no chirría el eje de un planeta, o por qué se termina el amor, o qué ruido hace el color amarillo.
para tomar una copa amistosa. Y por supuesto el archicanciller acudía porque sería de muy mala educación no ir. Y todo el mundo entendía aquella situación, y todo el mundo mostraba sus mejores modales, y de esa forma se evitaban los disturbios civiles y el barro en la alfombra.
Era una tarde hermosa. Lord Vetinari estaba sentado en los jardines de palacio, mirando las mariposas con expresión ligeramente irritada. Había algo ofensivo en su manera de revolotear por ahí divirtiéndose sin ser de ningún provecho.
Levantó la vista.
—Ah, archicanciller —dijo—. Cómo me alegro de verle.
Siéntese, por favor. Espero que esté usted bien.
—Por supuesto —dijo Mustrum Ridcully—. ¿Y usted? ¿Se encuentra bien?
—Nunca he estado mejor. Me da la impresión de que vuelve a hacer buen tiempo.
—Ayer en particular me pareció especialmente agradable, sin —Tengo entendido que mañana podría ser todavía mejor.
—Confiemos en la magia del tiempo.
—Ciertamente.
—Sí.
—Ah…
—Está claro.
Se quedaron mirando las mariposas. Un mayordomo trajo bebidas frías en vasos largos.
—¿Qué es lo que hacen con las flores en realidad? —preguntó lord Vetinari.
—¿Cómo?
El patricio se encogió de hombros.
—No importa. No tiene la menor importancia. Pero ya que
está usted aquí, archicanciller, visitándonos de paso a algo infinitamente más importante, estoy seguro, me pregunto si sería
tan amable de decirme: ¿quién es el Gran Hechicero?
—Puede que el decano —dijo—. Debe de andar por los ciento treinta kilos.
—Tengo la sensación de que tal vez no sea la respuesta adecuada —dijo lord Vetinari—. Sospecho que en este contexto «gran» quiere decir superior.
—Entonces el decano no —dijo Ridcully.
Lord Vetinari intentó recordar al profesorado de la Universidad Invisible. La imagen que le vino a la cabeza fue la de una pequeña cordillera de colinas con sombreros puntiagudos.
—Me temo que el contexto sugiere que el decano no —dijo. —Esto… ¿cuál sería ese contexto? —preguntó Ridcully.
El patricio cogió su bastón.
—Venga por aquí —dijo—. Supongo que será mejor que lo
vea usted por sí mismo. Resulta muy engorroso.
Ridcully miró a su alrededor con interés mientras seguía a lord Vetinari. No tenía muchas oportunidades de ver los jardines, que figuraban en la sección «Lo que no hay que hacer» de todos los manuales de jardinería del mundo.
Habían sido ejecutados (y nunca mejor dicho) por el renombrado, o por lo menos notorio, diseñador de jardines e inventor todoterreno «Jodido Estúpido» Johnson, cuya despreocupación y ceguera hacia las matemáticas elementales hacía que cada paso representara un peligro inminente. Su genialidad… bueno, hasta donde sabía Ridcully, su genialidad era exactamente la contraria a la genialidad que una vez construyera terraplenes capaces de aprovechar las fuerzas secretas pero benéficas de las líneas telúricas.
Nadie estaba seguro de qué fuerzas aprovechaban los diseños de Jodido Estúpido, pero el reloj de sol de carillón explotaba con frecuencia, el adoquinado absurdo se había suicidado y se sabía que los muebles de jardín de hierro fundido se habían derretido en tres ocasiones.
El patricio lo llevó a través de una cancela hasta algo parecido a un palomar. Una escalera de madera chirriante ascendía destructibles de Ankh-Morpork murmuraban y se reían por lo bajo entre las sombras.
—¿Qué sitio es este? —preguntó Ridcully, mientras los peldaños crujían bajo sus pies.
El patricio se sacó una llave del bolsillo.
—Tengo entendido que el señor Johnson planeaba originalmente que esto fuera una colmena —dijo—. Sin embargo, en
ausencia de abejas de tres metros le hemos encontrado… otros
Abrió una puerta que daba a una sala amplia y cuadrada con un ventanal sin cristales en cada pared. Cada rectángulo estaba rodeado de un artilugio de madera del que colgaba una campanilla sujeta a un muelle. Era obvio que cualquier cosa lo bastante grande que entrara por una de las ventanas haría sonar la cam
En el centro de la sala, posado en una mesa, estaba el pájaro más grande que Ridcully había visto en su vida. El ave se giró y lo miró fijamente con un ojo amarillo y brillante.
El patricio se metió la mano en el bolsillo y sacó un tarro de anchoas.
—Este nos ha pillado más bien por sorpresa —dijo—. Debe de hacer diez años desde que llegó el último mensaje. Antes solíamos tener listas unas cuantas caballas frescas en hielo.
—¿No es un Albatros Absurdo? —preguntó Ridcully. —Ciertamente —dijo lord Vetinari—. Uno muy bien entrenado. Regresará esta misma tarde. Diez mil kilómetros con un tarro de anchoas y una botella de paté de pescado que mi ayudante Drumknott ha encontrado en las cocinas. Asombroso.
—¿Perdone? —preguntó Ridcully—. ¿Adónde regresará?
Lord Vetinari se volvió para mirarlo.
—No al Continente Contrapeso, quiero dejar esto bien claro —dijo—. Este no es uno de esos pájaros que el Imperio
Ágata usa como servicio de mensajería. Es bien sabido que
nosotros no tenemos ningún contacto con esa tierra misteriomuchos años, y no ha traído un mensaje extraño y desconcertante. ¿Ha quedado claro?
—No.
—Bien.
—¿No es un albatros?
El patricio sonrió.
—Ah, veo que ya le está cogiendo el tranquillo.
Mustrum Ridcully, aunque dotado de un cerebro grande y
eficaz, no estaba acostumbrado a la ambigüedad. Miró el pico —A mí me parece un puñetero albatros —dijo—. Y usted
acaba de decir que lo era. Yo le he preguntado: ¿eso no es un…?
El patricio hizo un gesto irritado con la mano. —Dejando de lado nuestros estudios de ornitología —dijo—, lo importante es que esta ave llevaba en la bolsa de los mensajes el siguiente pedazo de papel…
—¿Quiere usted decir que no llevaba el siguiente pedazo de papel? —preguntó Ridcully, buscando una agarradera.
—Ah, sí. Claro, eso es lo que quiero decir. Y no es este papel. Obsérvelo.
Dio un papelito al archicanciller.
—Parece un cuadro —dijo Ridcully.
—Son pictogramas agateos —dijo el patricio.
—¿Quiere decir que no son pictogramas agateos?
—Sí, sí, ciertamente —suspiró el patricio—. Veo que está
usted bien versado en el meollo de la diplomacia. Ahora… su
opinión, por favor.
—Parece que pone brochazo, brochazo, brochazo, brochazo, Echicero —dijo Ridcully.
—¿Y de eso deduce usted…?
—¿Que estudió arte porque no se le daba bien la ortografía?
O sea, ¿quién ha escrito esto? ¿Quién lo ha pintado, vaya?
—No lo sé. Los grandes visires nos enviaban algún mensaje de vez en cuando, pero tengo entendido que en los últimos bargo, no puedo hacer caso omiso.
—Echicero, echicero —dijo Ridcully en tono meditabundo. —Los pictogramas quieren decir: «Enviad de inmediato al Gran» —dijo lord Vetinari.
—… Echicero… —dijo para sí Ridcully, dando golpecitos en el papel.
El patricio le tiró una anchoa al albatros, que se la tragó con —El Imperio tiene un millón de hombres alistados en el ejército —dijo—. Afortunadamente, a sus gobernantes les conviene fingir que el mundo que hay fuera del Imperio no es más que un yermo sin valor, azotado por el viento, donde solo habitan vampiros y fantasmas. Normalmente nuestros asuntos les traen sin cuidado. Y es una suerte para nosotros, porque son una gente tan astuta como rica y poderosa. Con franqueza, yo confiaba en que se hubieran olvidado por completo de nosotros. Y ahora esto. Confiaba en mandarles a quien demonios fuera y olvidarnos del asunto.
—… Echicero… —dijo Ridcully.
—¿Tal vez le apetezcan a usted unas vacaciones? —preguntó el patricio, con una nota de esperanza en la voz.
—¿A mí? No. No soporto la comida extranjera —se apresuró a responder Ridcully. Y repitió, casi para sí mismo—: Echi—La palabra parece fascinarlo —dijo lord Vetinari.
—No es la primera vez que la veo escrita así —dijo Ridcully—. No me acuerdo de dónde.
—Estoy totalmente seguro de que se acordará. Y de que estará preparado para mandar al Imperio al Gran Hechicero, se escriba como se escriba, para la hora del té.
Ridcully se quedó boquiabierto.
—¿A diez mil kilómetros? ¿Usando magia? ¿Sabe lo difícil
que es eso?
—Doy gracias por mi ignorancia en esas cuestiones —dijo lord Vetinari.
tranjeros. Yo creía que tenían bastantes magos propios.
—La verdad es que no podría decirle.
—¿Y no sabemos por qué quieren a ese mago?
—No. Pero estoy seguro de que tienen ustedes a alguien a
quien no necesitan. Parece que son muchos allí abajo.
—O sea, podrían quererlo para algún terrible propósito extranjero —dijo Ridcully. Por alguna razón, pasó bamboleándose por su mente la cara del decano y el archicanciller asumió una expresión jovial—. Podría ser que se contentaran con un hechicero, ¿no cree? —murmuró.
—Eso lo dejo enteramente en sus manos. Pero antes de esta noche me gustaría poder enviar un mensaje diciendo que el Gran Echicero ya va de camino. Así podremos olvidarnos de —Por supuesto, será muy difícil traer al pobre tipo de regreso —dijo Ridcully. Volvió a pensar en el decano—. Prácticamente imposible —añadió, en tono inapropiadamente feliz—. Seguro que lo intentaríamos durante meses y meses sin éxito. Seguro que lo intentaríamos todo pero sin suerte. Maldita sea.
—Veo que está usted que se muere por afrontar este reto —dijo el patricio—. No me deje entretenerlo más y vuélvase corriendo a la universidad, a ponerse manos a la obra.
—Pero eso de «echicero»… —murmuró Ridcully—. Me suena un poco. Creo que lo he visto antes en alguna parte.
El tiburón no lo pensó mucho. Los tiburones no suelen hacerlo. Sus procesos intelectuales pueden representarse en su mayoría mediante el signo «=». Lo veo = me lo como.
Pero mientras surcaba como una flecha las aguas de la laguna, su diminuto cerebro empezó a recibir paquetitos de angustia existencial selácea que solamente podían llamarse dudas.
Sabía que era el tiburón más grande del lugar. Todos sus rivales habían huido o se habían topado con el viejo «=». Sin rápidamente por detrás.
Se giró con elegancia y lo primero que vio fueron cientos pies y miles de dedos de pies, toda una factoría porcina de cerditos dactilares.
En la Universidad Invisible pasaban muchas cosas y, por desgracia, la enseñanza tenía que ser una de ellas. El profesorado ya había afrontado este hecho hacía mucho tiempo y había perfeccionado varios sistemas para evitarlo. Pero aquello no era ningún problema, porque, para ser justos, los estudiantes también.
El sistema funcionaba bastante bien y, tal como sucede en estos casos, había adquirido el estatus de tradición. Estaba claro que se impartían clases, porque saltaban a los ojos desde el horario. El hecho de que nadie asistiera a ellas era un detalle irrelevante. De vez en cuando alguien afirmaba que esto significaba que en realidad las clases no tenían lugar, pero nadie asistía nunca para comprobar si aquello era cierto. En todo caso, se decía (o al menos lo decía el profesor adjunto de Raciocinio Borroso)* que las clases habían tenido lugar en esencia tampoco era ningún problema.
Por tanto, la educación en la universidad funcionaba a grandes rasgos mediante el antiguo método de poner a un montón de jóvenes en las inmediaciones de un montón de libros y confiar en que algo pasara de los unos a los otros, mientras que los jóvenes, por su parte, se ponían en las inmediaciones de cantinas y tabernas exactamente por la misma razón.
Era media tarde. El catedrático de Estudios Indefinidos estaba dando una clase en el aula 3B y por consiguiente su presencia dormido delante del fuego de la sala no-común era un mero tecnicismo sobre el que ningún hombre diplomático haría comentarios.
* Que es como la Lógica Difusa, pero un poco menos.
—¡Au!
—Siento interrumpirte, catedrático —dijo Ridcully en tono
indiferente—. Que los dioses me ayuden, necesito al Consejo de
los Magos. ¿Dónde está todo el mundo?
El catedrático de Estudios Indefinidos se frotó la pierna. —Sé que el conferenciante de Runas Recientes está dando una clase en el aula 3B* —dijo—. Pero no sé dónde está hecho daño, ¿sabe?
—Reúne a todo el mundo. Mi estudio. Diez minutos — Ridcully. Era un firme creyente en aquel método. Un archicanciller menos directo se habría dedicado a deambular buscando a todo el mundo. Su política consistía en encontrar a una persona y hacerle la vida difícil hasta que todo sucedía como él
Nada en la naturaleza tenía tantos pies. Cierto, había cosas con muchas patas —cosas húmedas y serpenteantes que vivían bajo las rocas—, pero no se trataba de patas con pies sino de simples patas que terminaban sin más ceremonia.
Algo más inteligente que el tiburón se habría andado con
Pero el «=» entró traicioneramente en el juego y salió disparado hacia adelante.
Aquel fue su primer error.
Y en aquellas circunstancias, un error = aniquilación.
* Todas las lecciones virtuales tenían lugar en el aula 3B, una sala no localizable en ningún plano de la universidad y que además se consideraba de
Una política adoptada por casi todos los gestores y varios dioses imlos magos superiores fueron entrando procedentes de sus solemnes clases en el aula 3B. Los magos superiores necesitaban dar muchas clases para hacer la digestión.
—¿Ya estamos todos? —preguntó—. Bien. Sentaos. Prestad atención. Veamos… Vetinari no ha recibido un albatros. No ha venido volando desde el Continente Contrapeso y no hay un extraño mensaje que al parecer debemos obedecer. ¿Me seguís por ahora?
Los magos superiores intercambiaron miradas.
—Creo que algunos detalles se nos pueden haber pasado por
alto —dijo el decano.
—Estaba usando el lenguaje diplomático.
—¿No podría tal vez intentar ser un poco más indiscreto?
—Tenemos que enviar un mago al Continente Contrapeso
—dijo Ridcully—. Y tenemos que hacerlo para la hora del té.
Alguien ha pedido un Gran Hechicero y parece que tenemos
que enviarles uno. Lo que pasa es que lo escriben sin hache…
—¿Oook?
—¿Sí, Bibliotecario?
El Bibliotecario de la Universidad Invisible, que había estado dormitando con la cabeza sobre la mesa, se incorporó de sopetón. Echó la silla hacia atrás y, agitando los brazos para no perder el equilibrio, salió corriendo de la sala con sus piernas patizambas.
—Probablemente se acabe de acordar de un retraso en devolver un libro —comentó el decano. Bajó la voz—: Por cierto, ¿soy el único aquí que piensa que no dice mucho sobre la categoría de esta universidad tener a un simio en el cuadro acadé—Sí —dijo Ridcully en tono seco—. Lo eres. Tenemos al único bibliotecario del mundo que puede arrancarte el brazo con la pierna. La gente respeta esas cosas. El otro día sin ir más lejos el jefe del Gremio de Ladrones me preguntó si podíamos convertir a su bibliotecario también en simio, y además, es el