El primer viaje de Sócrates

Emil Ostrovski

Fragmento

cap-1

 

Prólogo

La lluvia desdibuja el mundo al otro lado de los cristales de la cafetería, lo convierte en un espejismo que cambia con el viento, el agua y la luz. Él coge una taza de cacao caliente con las dos manos y da un trago. Nuestros ojos se encuentran y sonríe. Una sonrisa con labios de chocolate. Aunque el suelo está sucio, y la máquina de discos, rota, o quizá precisamente por eso, es su lugar favorito, una cafetería de estilo años cincuenta, pero con precios actuales.

Me saco un sobre del bolsillo del abrigo y se lo deslizo por encima de la mesa.

—Por tu graduación —le digo.

—Te dije que no tenías que regalarme nada —me dice, recalcando el «te dije» y dejando el cacao en la mesa para darle mayor énfasis.

—Sí —le contesto—, pero no lo pensabas. A todo el mundo le gustan los regalos. Significa que pensaba en ti.

Pone los ojos en blanco y me siento viejo. Esta mañana, al despertarme, me dolía la espalda y supuse que debía de ser por el tiempo. Luego pensé: «Por dios, estoy responsabilizando de mi dolor de espalda a los cambios de humedad. Me he convertido en un tópico. ¿Estaba durmiendo cuando se produjo esta metamorfosis kafkiana? Seguramente sí, porque en caso contrario no sería propiamente kafkiana». Y entonces dejé de pensar. Si sigues dándole vueltas al tema, acabarás siendo filósofo, ¿y quién tiene tiempo para dedicarse a cosas tan poco prácticas? ¿Para qué necesitamos la filosofía si tenemos aviones y helicópteros, y trenes que viajan a ochocientos kilómetros por hora, o a la velocidad que viajen los trenes de alta velocidad? He pensado en decírselo, en advertirle que el valor de mercado de la ética aristotélica es prácticamente nulo, pero sé que no me haría caso.

Insiste en que quiere estudiar filosofía cuando vaya a la universidad, y sé que en buena medida es culpa mía. Los padres normales no hablan a sus hijos de Sócrates y Platón incluso antes de que hayan empezado a gatear. ¿Qué he hecho con él? Como Dédalo, me encantaría que mi hijo volara, pero temo que se caiga, como Dédalo.

—Estás preocupado —me dice.

No es una pregunta.

Suspiro. Antes de que haya podido contestarle, la camarera nos pregunta si ya sabemos lo que queremos. Pido una hamburguesa con queso, y él, un batido y patatas fritas. Es ridículo. El batido, quiero decir. Fuera hace mucho frío y ni siquiera se ha terminado el chocolate caliente. Quería llevarlo a comer a un sitio decente para celebrar su graduación, pero aquí estamos, esperando unas patatas fritas y una hamburguesa con queso en una cafetería mediocre en pleno ciclón.

—Los batidos de estas cafeterías son riquísimos —me dice, como si eso lo explicara todo, y quizá lo explique.

Coge el sobre.

—¿Quieres que lo abra?

—No —le contesto.

Y es cierto que no quiero. Cuando vea la cantidad de dinero que he metido, me lanzará una de sus miradas compasivas, y eso me mata.

—Solo es dinero —añado.

Se encoge de hombros.

—Lo mismo que me han regalado mi padre y mi madre.

A estas alturas debería estar ya acostumbrado a que los llame, a ellos, sus padres, pero no lo estoy.

—No te lo gastes todo en alcohol, drogas y…

La siguiente palabra que tengo en mente es «condones», pero no consigo decirla. Cojo mi cacao y me lo bebo de un trago.

Me sonríe para seguirme la corriente.

—¿Estaba frío?

Asiento y dejo la taza en la mesa.

—Tengo otra cosa para ti —le digo—. Una historia.

—¿En serio? —me pregunta.

Creo que se da cuenta de que mi regalo es algo más que un trozo de papel amarillento con la foto de algún muerto.

—Trata de algo que me pasó cuando tenía más o menos tu edad —añado a toda prisa—. Trata de ti.

cap-2

1

Toda misión empieza con una llamada, o dos

Suena el móvil, pero no me levanto.

En mi sueño, el profesor está repartiendo ranas, ranas vivas, y perorando: «Las ranas generan burbujas de aire más pequeñas que las de los seres humanos, que a su vez generan burbujas de aire más pequeñas que las de las llamas. Podemos comprobarlo ahogando a las especies en cuestión, por supuesto. Os ruego que ahoguéis vuestra rana y que midáis el diámetro de las burbujas de aire, redondeando a la cifra significativa más próxima. Mañana mediremos las burbujas de nuestros compañeros de laboratorio, y pasado mañana, los alumnos que queden lo harán con las llamas». Hay gente que sueña con misiones heroicas, con salvar al mundo de una catástrofe, pero yo sueño con la diferencia de las burbujas de aire entre las especies.

Hacia las nueve me siento en la cama, me quito las legañas con los dedos, las miro un segundo y las lanzo a la otra punta de la habitación, donde de momento no tendré que pensar en ellas. Los ronquidos de mi compañero de habitación descienden desde la litera de arriba.

El móvil está en mi mesa de escritorio. La luz roja de las llamadas perdidas parpadea desde el otro lado de la habitación. Mierda. La llamada era de Bob. La llamo, pero no me contesta. Siempre pierde el teléfono, porque lo deja en cualquier sitio. Varias veces lo ha tirado al suelo y lo ha roto porque no conseguía que la idiotskaya electronica funcionara.

Llamo a mi abuela «Bob» porque soy demasiado vago para tomarme la molestia de emplear otras alternativas, como «Babushka», «Baba» o «Starpur», la versión rusa de vejestorio. Bob tiene alzhéimer y hoy es mi cumpleaños, así que su llamada significa que es uno de esos días, uno de esos momentos en que recuerda quién soy.

En parte para olvidar mi sentimiento de culpa, aunque sobre todo por costumbre, enciendo el ordenador y espero a que se cargue el Windows. Escribo «dios» en minúscula, pero «Windows» siempre en mayúscula. Me paso media vida delante de una pantalla, enchufado a la red, observando mi vida virtual a través de una Ventana. Todavía sigo esperando a que aparezca un tipo negro con un nombre que suene a un medicamento raro y me enseñe kung fu.

Entro en el Facebook y me deprimo tanto que tengo ganas de reírme. Quince amigos del Facebook ya me han felicitado. La verdad es que nunca me han importado demasiado los cumpleaños —en fin, un día como otro cualquiera—, pero ver las felicitaciones de toda esa gente, a la que en su mayoría no conozco o no recordaré dentro de unos años, me hace sentir como si debiera importarme, como si tuviera que ser un día especial, como si debiera significar algo.

Creo que odio el Facebook.

Me apoyo en el respaldo de la silla y clavo la mirada en la ventana. Cuando tenga treinta años, ¿seguirá felicitándome por mi cumpleaños un montón de gente a la que no conozco? ¿Se reducirá el número con el paso de los años? ¿Me recordará, año tras año, gente que me había olvidado, y me olvidará gente que me había recordado? ¿Qué sentido tiene todo esto para cualquiera de nosotros si las cosas siguen así, si a los noventa años, calvo, gordo, con un pañal puesto y sin recordar cómo llegar al cuarto de baño —por eso llevaré pañales, claro—, acabo entrando en el Facebook a echar un vistazo? ¿A qué? ¿A quince personas a las que no conozco felicitándome por mi cumpleaños? Y cada una de mis quince tiene otras quince, y así sucesivamente, una triste red de felicitaciones vía Facebook que conecta al mundo entero, a toda la especie humana, hasta que un día lanzamos una bomba nuclear, se va todo a la mierda y se acaban las felicitaciones para todo el mundo.

A veces me siento así, deprimido, quiero decir, pero, bueno, no soy un loco peligroso para mí mismo y para los demás, nada que ver. Jamás se me ha pasado por la cabeza suicidarme, aunque en unos segundos me plantearé saltar por esa ventana. Hace calor —veinte grados, quizá más— y la camiseta húmeda se me pega al cuerpo. Es mucho más triste de lo que debería ser para una mañana de marzo en nuestro estado de Maine, infestado de alces enormes. Arrastro la silla hasta la ventana y la abro hasta arriba. Tengo que levantarme para llegar a la mosquitera y bajarla, pero lo que hago es asomar una mano por la ventana.

¿Y si salto? ¿Y si salto ahora mismo? No quiero morir, pero hacerme daño estaría bien, ¿no? Como hace dos años, cuando me operaron de apendicitis. Todos los compañeros de clase me enviaron postales deseándome que me recuperara pronto, y Tommy no fue un día al colegio para pasarlo conmigo jugando a videojuegos en el hospital. Sí, es egoísta, pero recordar a tu amigo porque casi la palma también lo es.

Me aparto de la ventana. La atención durará como máximo un par de semanas. Después cada uno volverá a su vida y todo volverá a ser como antes. Pero, a diferencia de cuando me operaron de apendicitis, podría quedarme lisiado para el resto de mi vida.

Me acerco a mi mesa de escritorio, abro un cajón y revuelvo las cajas de videojuegos, los CD, los lápices, los bolis y una goma rosa desgastada que nunca utilizo, pero que aun así llevo al colegio cada trimestre. Cojo el frasco de pastillas, vuelvo a sentarme en mi silla y lo miro fijamente. Analgésicos. De hace unos meses, cuando me peleé con una valla por la arbitraria autoridad con la que se lleva a cabo la absolutamente arrogante labor de demarcar el espacio. La valla ganó la pelea, pero, dejando de lado el hecho de que me rompí un tobillo, me gustaría pensar que la guerra la ganaré yo. Dejo los analgésicos en la mesa y miro debajo de la cama, donde guardo la botella de agua. Está vacía, así que me meto el frasco de pastillas en el bolsillo.

—Hola —me dice Alan, mi compañero de habitación, con voz todavía somnolienta.

Me giro.

—Hola —le contesto con un tono demasiado alto.

Me mira con el entrecejo fruncido, con la cabeza a diez centímetros de la almohada.

—Creo que quería decirte algo, pero lo he olvidado. Ya me acordaré.

—Muy bien.

—Jack —me dice, con un tono repentinamente preocupado—. Es sábado, ¿verdad?

—Sí —le contesto—. No te preocupes.

—¡Uf! —exclama.

Vuelve a apoyar la cabeza en la almohada. Casi cada sábado, Alan me pregunta medio dormido si de verdad es fin de semana, como si no terminara de creérselo. Alan es un buen tipo, un buen compañero de habitación, pero no hacemos nada juntos, bueno, aparte de dormir. Nuestra «relación» no va más allá.

Apoyo la mano en el pomo de la puerta y de repente… Voces en el pasillo. Cuando desaparecen, abro la puerta y me dirijo al cuarto de baño. En la ducha hay un tipo cantando algo de que estamos predestinados a estar juntos con una voz a la que debería ponerle una correa y un bozal si insiste en sacarla a la calle.

Dejo el frasco de pastillas en la repisa que hay debajo del espejo. A mi imagen le ha salido un grano en la frente. Le duele al tocárselo, pero aun así se lo aprieta con ganas mientras se muerde el labio por dentro. El grano explota, y un chorrito de pus amarillenta le da en el ojo y se desliza hacia abajo, como una lágrima.

¿Cuántas pastillas me matarían y cuántas casi me matarían? Esa es la cuestión. Probablemente la línea es muy fina. Abro el frasco, miro dentro con la frente fruncida y saco el trozo de algodón.

Abro el grifo y meto las manos bajo el agua caliente. Cierro los ojos. Respiro. Respiro. Estoy a punto de tragarme la primera píldora cuando suena el móvil. Una, dos, tres veces. El tipo de la ducha deja de cantar. Me saco el móvil del bolsillo.

Se me corta la respiración al ver el número.