HECK. Donde van los chicos malos

Dale E. Basy

Fragmento

Contents
Índice
Portadilla
Índice
Dedicatoria
Palabras iniciales
1. Últimas barbaridades
2. Bienvenido al Heck. Población: tú
3. Bea la fea
4. El mentidero de los mentirosos
5. Una fuga no exactamente perfecta
6. Ni fueron felices ni comieron perdices
7. Separados para siempre
8. Pesos y heridas
9. Pesado de moda
10. Estás completamente solo
11. Esa clase de problemas
12. Sustos de primera clase
13. Río fétido
14. Ciencia fricción
15. Un hurón huidizo
16. Una mala hacha
17. Alimaña sin maña
18. Cercado por un circo
Palabras centrales
19. Correas de familia
20. Túnel de estiércol
21. Azúcar, canela y clavos bien afilados
22. El torrente de la juventud
23. A gatas por las cloacas
24. Sueños de tubería
25. Esperadores profesionales
26. Siempre invierno, nunca Navidad
27. Al Heck en una cesta
28. Castigados con postre
29. Un cubo lleno de sal… iva
30. El toque de un ángel
31. Dolor de hígado
32. Armas femeninas
33. La materia de la que no están hechos los sueños
34. Si te duermes, te pierdes
35. Un plan perfecto
36. Aguas nocturnas
37. Sacos y sacos
38. Buscando almas
39. Un remedio justo a tiempo
40. A las puertas del destino
41. De oca en foca
42. A toda costra
43. Cuerpo flotante
44. Engañando a la muerte
Palabras finales
Nota
Agradecimientos
Biografía
Créditos
Grupo Santillana
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Este libro se lo dedico a mi hijo, Ogden,

que hizo posible que yo creyera en lo imposible

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PALABRAS INICIALES

Como mucha gente piensa, hay un lugar que está arriba y otro que está abajo. Pero también hay lugares en medio. Algunos no son tan terriblemente perfectos, y otros no son tan perfectamente terribles.

Construir infinitos sitios en los que pasar la eternidad es una tarea costosa incluso para el Departamento de Orden Galáctico. Por eso los Poderes Reales (y todas sus empresas asociadas o subsidiarias, como por ejemplo los Poderes Realmente Malvados) tienen que economizar, sacando espacios entre otros espacios, lugares entre otros lugares.

Todos están a nuestro alrededor y reciben muchos nombres. Algunos se hacen eternos. Y otros realmente son eternos… al menos durante un rato.

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1. ÚLTIMAS BARBARIDADES

En Generica, Kansas, la Navidad no era algo que se sintiera en el fresco viento invernal o en la calidez de una sonrisa generosa. La anunciaba la torre de ángeles de cinco metros de altura que había en el Grizzly Mall, el centro comercial de Generica.

Aquel año no era diferente (al menos al principio). Los exhaustos compradores desfilaban, momentáneamente embelesados por la resplandeciente entrada de cupidos con carita de corazón y el trasero al aire. Esto es, hasta que Marlo Fauster los hizo migajas al golpearlos con el remo que había robado de Artículos Deportivos para Chicos Consentidos.

—¡Vámonos! —chilló Marlo, una adolescente con el pelo azul entre los doce y los trece años, a su hermano menor, Milton. Alrededor de ellos llovían fragmentos rotos de alas y arpas de purpurina.

Los dos niños atravesaron el suelo de la sala. Marlo corría con una mirada decidida y feroz, y Milton huía de puro miedo. Ninguno de los dos era consciente de que, mientras corrían, corría también el tiempo.

Milton había pasado la mayor parte de su corta vida evitando problemas. Mirándose los zapatos, deslizándose entre la gente para pasar inadvertido, evitando cualquier situación de tensión (o incluso vagamente interesante) por miedo a su posible riesgo. Solo se sentía completamente seguro cuando estaba sumergido entre las páginas de un libro, experimentando vidas de segunda mano.

Sin embargo, Marlo era completamente diferente.

Ella vivía más allá de los límites. Si algo no incluía pequeñas (y no tan pequeñas) travesuras, simplemente no valía la pena hacerlo.

Puede que solo quisiera llamar la atención. No obstante, los últimos actos de robo y vandalismo de Marlo estaban atrayendo demasiada atención. Al menos así era como lo veía Milton a través de sus gafas de culo de vaso mientras su hermana lo arrastraba hacia un final prematuro.

Corrieron entre sorprendidos compradores mientras Marlo blandía su remo enérgicamente, navegando entre un mar de personas. A Milton le costaba seguirle el paso.

—¡Esto debería hacernos ganar un poco de tiempo con los de seguridad! —gritó Marlo con frenética alegría. En momentos como aquel, Milton se sentía en presencia de (y además, «emparentado a», contra sus deseos) un nuevo tipo de maldad.

—Deberías haber comprado ese estúpido remo —replicó Milton, jadeando.

—¿Para qué iba a querer comprar un remo? —preguntó ella, dándole a Milton un pellizco sádico en el brazo—. Vivimos en Kansas. Aquí no hay mar, pequeñajo.

Los dos hermanos doblaron una esquina y se encontraron en la sección de restaurantes del Grizzly Mall.

—Entonces, ¿por qué…? —tartamudeó Milton enfrente del restaurante Lengua Deslenguada.

—Por deporte —replicó Marlo con orgullo—. Si consigo llevar a cabo el robo navideño más descarado de la historia del Grizzly Mall, seré una nueva Cleptopatra —hizo una pausa dramática mientras sus ojos oscuros destellaban con los reflejos de las luces navideñas—. Quiero ser una leyenda del robo de tiendas. Y todo ese maquillaje caro es la guinda del pastel.

Milton se quedó mirando una bolsita rosa que decía Goodbye Puppy. La había estado llevando bajo la axila mientras corrían.

—Así que todo este maquillaje… lo que querías no era que te lo sujetara en el mostrador de la sección de Cosmética… ¿Acabo de robar… brillo de labios?

—Y colorete Destello de las Afueras, con inhibidor de radicales libres y amino hidratantes ricos en grasas —dijo Marlo mientras bajaban las escaleras mecánicas de subida. Sonrió con malicia—. Bienvenido a mi mundo, mi pequeño y crédulo aprendiz. Eres plastilina en mis hábiles manos.

Tras ellos, un robusto guardia de seguridad los perseguía furiosamente. A él se unió otro defensor de la ley del centro comercial, de tipo más gordito. Estaba sorbiendo un batido.

Milton miró tras de sí. A pesar de que su peso total era aproximadamente el doble de la suma de sus coeficientes intelectuales, los guardias iban ganando terreno.

—¡No puedo creer que me hayas engañado para que te robara cosas! —protestó Milton con su voz chillona de «acabo de cumplir once años».

Marlo levantó una ceja. El hecho de que pudiera estar corriendo a pesar de llevar varias capas de ropa negra de segunda mano, blandiendo un remo de dos metros y medio, y que siguiera siendo capaz de mantener una actitud de superioridad resultaba impresionante.

—Puede que saques todos los sobresalientes de la familia —le soltó, mostrando un colmillo entre sus labios negros—, pero esta vez he sido más lista que tú.

Milton y Marlo entraron rápidamente en el enorme atrio del centro comercial, uniéndose a la multitud que se congregaba alrededor de una escultura blanca y redondeada. Se trataba de un enorme oso de nubes de caramelo, congelado en postura de ataque, que asomaba entre los mirones de Generica. Bajo el plantígrado de azúcar, que medía más de seis metros de alto, había un cartel que declaraba: «Bienvenidos al Grizzly Mall, orgulloso de presentar la segunda estatua de nubes de caramelo en forma de oso más grande del estado».

El remo de Marlo se deslizaba entre la masa de compradores como una esbelta aleta de tiburón.

—Intenta mezclarte con la multitud —susurró a su tembloroso hermano.

Milton apretó contra su cuerpo la bolsa rosa de pintalabios, cremas con olor a frutas y frasquitos de caros quién-sabe-qué. A pesar del calor que desprendía la gente, sintió un escalofrío. Algo (o alguien) estaba cerca; algo helado, algo que le robaba el calor de dentro de los huesos. Echó un vistazo a través de sus gruesos cristales y vio un borrón oscuro. Se limpió las lentes, pero el borrón seguía allí rondando, insistente, en el borde del grupo de gente que llenaba el atrio. El borrón oscuro era un chico.

Un chico enorme. Un chico cruel. Un chico que le resultaba demasiado conocido. Un chico que, de varias maneras, era semejante a un borrón: sus ojos eran insondables, oscuras, malvadas rendijas. Un chico cuya piel era como una masa sin cocer, esponjosa y llena de pecas, que olía como una desagradable fruta podrida. Un chico llamado Damian.

Damian miró a Milton y se deslizó un dedo por la garganta, amenazador. Se dirigía hacia los retretes que estaban en el interior del centro comercial. Milton tragó saliva y cerró los ojos. Bajo sus párpados, recordó algunas de las escenas más crueles de Damian. En todas ellas, por desgracia, aparecía Milton.

Escena uno: vestuario de los chicos justo después de clase de gimnasia. Damian, en su almidonada y crujiente ropa interior, lanza una toalla hacia Milton. Esta se desliza por el aire silbando, como una serpiente de tela, antes de picar el flacucho cuerpo de Milton.

Escena dos: la entrada del colegio. Milton corre, jadeando. Damian lo persigue. Embute sus manos en los pantalones de Milton y las extrae tirando de sus calzoncillos de Stargate Atlantis. Los levanta hasta la altura del cuello de Milton. El dolor es suficiente para retrasar un año la pubertad.

Escena tres: Campeonato de Ciencias Junior de Kansas. Milton está orgulloso de su proyecto de ciencias: un generador alimentado por dos hurones que corren sobre ruedas. Los brackets de Milton destellan mientras sonríe a la cámara del profesor. Se apaga una bombilla. Su proyecto explota. Trozos de metal ardiente vuelan por el aire. Los niños chillan. Los chamuscados hurones chillan. Damian se retuerce de risa mientras se guarda varios petardos gruesos en el bolsillo de sus vaqueros sucios.

Milton abrió los ojos. Lo que le incomodaba no era exactamente que Damian estuviera allí, en el Grizzly Mall. Era que parecía sentirse culpable. Tenía una expresión que Milton jamás había visto en la enorme y granulosa cara de Damian. Para Milton eso significaba que esta vez Damian estaba metido en algo que le asustaba incluso a él, algo sin precedentes en su reinado del terror. La sola idea le daba a Milton dolor de cabeza.

—¡Auuu! —protestó cuando Marlo le golpeó en la nuca con el remo robado.

—Despierta, enano. Tenemos compañía.

Un nuevo cuarteto de guardias de seguridad salió de la zona de restaurantes, bebiendo batidos enormes y comiendo patatas fritas rizadas. Uno de ellos apuntó con una patata a Milton y Marlo. Los guardias se dividieron en parejas para acercarse al dúo de ladronzuelos por ambos lados.

En un abrir y cerrar de ojos, Marlo agarró a Milton del brazo y lo arrastró hasta el centro de la multitud.

—¿Qué demonios… ? —balbuceó Milton.

—Lo tengo todo bajo control —replicó ella.

—Estoy perdido —murmuró Milton para sí mismo.

Marlo se detuvo exactamente enfrente del oso de nubes de caramelo y colocó el remo bajo el cuello de su hermano.

—¡Que nadie se acerque! —amenazó, con las aletas de la nariz temblando—. ¡Lo digo en serio!

La gente se quedó inmóvil, pero los guardias de seguridad siguieron acercándose.

Marlo sacó un pequeño envase de maquillaje horriblemente azul de la bolsa de cosméticos robados y lo sostuvo junto al pálido rostro de Milton.

—Os advierto de que soy capaz de aplicarle esta sombra de ojos, que le va a quedar fatal porque no pega nada con el tono de su piel.

La mascota de Milton, un hurón llamado Lucky, eligió ese momento para asomar su blanca y peluda cabeza por la mochila donde solía esconderse, quedarse dormido y despertar en nuevos y extraños lugares. Lucky se quedó mirando a la gente con sus brillantes ojos rosas y expresó su punto de vista sobre la situación soltando un amenazante siseo.

La gente dio un paso hacia atrás como si fuera un solo ser, una gigantesca criatura de cien cabezas. Incluso los guardias de seguridad se detuvieron, inseguros. Todos estaban sorprendidos por la repentina e inexplicable aparición de aquel inquietante animal; todos excepto los Fauster, que no se habían dado cuenta de estar albergando un polizón.

—¡Guau! —susurró Marlo mientras contemplaba la escena, maravillada—. No tenía ni idea de que a esta ciudad le preocupara tanto el estilo.

Milton oyó un débil sonido chisporroteante que procedía de la parte de atrás del oso. Giró la cabeza con curiosidad (todo lo que podía con un remo incrustado debajo del cuello) y vio a Damian sonriendo malévolamente desde la balconada, justo encima del oso. Milton siguió la mirada de Damian y vio un delgado hilo de humo saliendo de la cola de caramelo del oso.

Damian había puesto una carga de dinamita en un lugar que ningún oso de verdad habría tolerado. La ofendida escultura estaba empezando a oler a caramelo quemado.

Los ojos de Milton se movieron de un lado a otro. Se liberó de las garras de su hermana y salió corriendo.

—¡Eh! —gritó esta.

Marlo trató de dar alcance a su hermano. Pero la mala suerte quiso que el dobladillo de su vestido quedara atrapado en la pegajosa pata de nubes del oso gigante. Tiró de las falsas zarpas de caramelo blando, pero no consiguió liberarse. Milton miró hacia atrás y vio a su hermana luchando contra el oso.

—¡Deja el vestido! —le gritó.

—¿Estás de broma? —se burló Marlo—. Es vintage. Una pieza única.

Milton corrió a buscarla y le tiró de la manga.

—¡Vamos! ¡El oso va a explotar!

La cara de Marlo era como un cuenco de leche agria con maquillaje.

—Prefiero morir que perder este…

La mecha chisporroteante desapareció por el trasero del oso y el enorme monumento de nubes de caramelo estalló. Los hombres gritaron. Las mujeres lloraron. Marlo y Milton, de la mano, fueron envueltos instantáneamente en una pegajosa masa ardiente.

El humo, el ruido y el caramelo quemado se fusionaron para crear un momento asquerosamente dulce, que era al mismo tiempo ridículamente trágico y trágicamente ridículo. Un momento del que Generica hablaría mucho durante los años siguientes. Sin embargo, para Marlo y Milton, este fue el último momento que iban a compartir. Por lo menos en la Tierra.

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2. BIENVENIDO AL HECK. POBLACIÓN: TÚ

Milton sintió como si alguien le hubiera arrancado una tirita gigantesca, una que cubriera las dos caras de su piel: por dentro y por fuera. Se supone que un final abrasador debería picar un poco, pero la sensación que tuvo no era exactamente «física». Hacía que Milton se sintiera como un extraño eco de sí mismo.

Al principio tuvo la impresión de estar flotando a través de nubes de vapor aromático, acompañado por un coro de voces celestiales y maravillosos acordes de arpa, con su hermana extrañamente silenciosa e inmóvil a su lado. Las sensaciones y los sonidos eran divinos, paradisíacos, hasta que Milton sintió un titubeo y que alguien le observaba de una manera peculiar. Era como cuando iba al dentista y tenían que hacerle una radiografía. La ayudante, vestida con un gran delantal de plomo, apuntaba una especie de pistola hacia sus carrillos (rellenos de cartón amargo) y después se iba a pulsar un botón secreto. Milton no sentía exactamente los rayos X, pero de algún modo sí que lo hacía. Era como si estuviera siendo analizado en profundidad, como si miles de ojos microscópicos estuvieran observando cada una de sus células.

Tras aquella sensación invasiva, hubo una brevísima pausa. Entonces su ascensión se detuvo bruscamente, como si alguien (o algo) hubiera cambiado de opinión. Empezó a oír en su cabeza fragmentos de una conversación, como una radio que tratase de captar una frecuencia lejana.

—No… espera… él… es perfecto para hacer ese trabajo…

Después de que aquellos fragmentos se fragmentaran, Milton fue impulsado abruptamente hacia abajo, dirección sur, a un trillón de kilómetros por hora.

Marlo y Milton chillaron mientras caían por un tobogán envuelto en nubes de vapor. Se deslizaron durante kilómetros (millares de kilómetros, en realidad), gritando, con sus aterrorizados rostros aún manchados por pegotes y brasas de caramelo.

En cada giro del tobogán, las nubes blancas se iban oscureciendo, primero hacia un tono gris ceniza y al final se volvieron negras como el hollín. El coro de divinas y angelicales armonías se fue dejando de oír y fue reemplazado por el sonido de una risa burlona.

Después de lo que les parecieron horas, pero que en realidad no era tiempo, puesto que el tiempo no tiene ningún dominio sobre aquel lugar en particular (aunque el Instituto del Tiempo y la Cronometría, Tabulación y Orden, conocido como Tick-Tock, cada minuto hace importantes adelantos), aterrizaron, con sendos gemidos, en una piscina de plástico semideshinchada de tamaño olímpico llena de pelotas rojas de pimpón y basura podrida.

Marlo se levantó, temblorosa, y se limpió de sus pálidas mejillas el reciente rastro de rímel, corrido por las lágrimas. Milton sollozó y se colocó las gafas. Uno de los cristales se había roto. Bizqueó a través de la lente que aún servía, lo que le dio aspecto de un cíclope empollón enano.

Cuidadosamente, salieron de la piscina de basura y se dieron cuenta de que estaban en una cueva asfixiante, llena de espeso y grasiento humo; una mezcla entre una hoguera gigante y el peor restaurante infantil del mundo. Sobre ellos, albergando el tobogán en espiral, se veía un túnel de piedra ascendente cuyo principio era imposible de vislumbrar. Habían hecho una monumental caída en un basurero. Con cara de asco, Marlo se limpió el vestido de posos de café y grumos de requesón mohoso.

A su izquierda había un demonio de plástico que parecía salido de un dibujo animado. Llevaba lo que parecía ser un gran… tenedor. Justo encima del demonio había un siniestro cartel hecho con trozos de muñecos. Los brazos y piernas dibujaban las letras ÁREA DE MALVENIDA.

Al lado de la piscina de plástico había un pequeño escenario de madera, sobre el que colgaba un cartel que decía: PERDED TODA ESPERANZA, AQUELLOS QUE ENTRÁIS (TAMBIÉN PERDERÉIS LAS CÁMARAS Y CUALQUIER APARATO ELECTRÓNICO DE GRABACIÓN). Milton y Marlo vieron cómo una serie de lagartos con trajes de lamé dorado se deslizaban hasta el escenario. Se arrastraron hasta los cochambrosos pianos, trompetas, tambores y guitarras de juguete, y empezaron a aporrear, soplar, machacar y arañarles las cuerdas, respectivamente. Milton se frotó los ojos, incrédulo. Un lagarto más grande de lo normal, que llevaba unas Ray-Ban, reptó hasta el círculo iluminado por los focos y dio un par de golpecitos en un pequeño micrófono.

—¿Hola? ¿HOLA? ¿Está funcionando este cacharro? Vaya, desde aquí se oye fatal… ¡Hay demasiado eco! Un, dos, tres, ¡CUATRO!

La banda atacó sus instrumentos, aporreando, restallando y golpeando una especie de jazz entrecortado. El cantante dejó caer el micrófono como si bailara con él y luego se lo acercó a la boca.

—Si te has montado la vida tan mal,

le has dado a tus padres mosqueo total,

algún día de tu vida, quizá al final,

pagarás por haberte portado fatal.

En el centro de la Tierra está el lugar

al que los niños malos van a parar.

Es un sitio donde siempre hace calor,

donde cada demonio es un dolor.

Los lagartos que tocaban instrumentos de viento se pusieron en fila y formaron una conga reptiliana. El batería tiró al aire sus baquetas y una le dio a Milton en la espinilla. Sin que dejara de sonar un solo golpe, el lagarto agarró la cola del saxofonista más cercano y la utilizó para interpretar un explosivo solo de batería.

—Como habréis adivinado, esto es el Heck:

los gamberros tienen mucho que temer.

Nada de lo que hagáis os podrá salvar,

el castigo es perenne en este lugar

donde los niños malos van a parar…

La banda hizo una pausa momentánea, como si estuvieran surfeando musicalmente y se hubieran subido a una ola. Un instante después, con un caótico chapuzón de sonido, los lagartos volvieron a atacar sus instrumentos con furia reptiliana.

—¡Abajo!

Los lagartos se inclinaron ante una ovación imaginaria. Milton, que seguía siendo un chico amable a pesar de estar muerto, empezó a aplaudir. Su hermana le dio un codazo en las costillas.

De pronto, un golpe de viento despejó el espeso humo negro. Un terrible chirrido metálico resonó por toda la caverna mientras unas puertas de metal, decoradas con picas de caramelo, calaveras de azúcar y regaliz de espino, se fueron abriendo a unos doce metros tras el escenario. Más allá de las puertas había senderos de luz fluorescente que zigzagueaban. Pero había algo aún peor que el chirriar del metal contra el metal: el silencio de muerte que se hizo después.

Un grupo de aburridos niños pequeños esperaban detrás de las puertas, mirando en silencio a los recién llegados. Se dispersaron, aterrorizados, cuando el ruido seco de unos cascos rompió el silencio. Una rechoncha y vieja criatura se contoneó ante Milton y Marlo.

Los pies de la criatura eran brillantes pezuñas, herradas con resplandecientes hebillas incrustadas de diamantes. Las patas sobre esos estilosos cascos eran como las de una gruesa y pustulenta cabra. Encima, había montañas de carne escamosa embutidas en un sucio vestido, bien apretadas con un cinturón de piel de serpiente. Pero lo peor de todo era su cara (su femenina cara): una irregular avalancha de cuero con una boca embadurnada de pintalabios rojo sangre y dos rendijas demoníacas que cumplían la función de ojos. Parecía uno de esos sapos enormes que se hinchan, solo que este en particular se había olvidado de deshincharse después.

La criatura se detuvo justo detrás de las puertas, con una expresión imposible de descifrar en su repugnante rostro. Entre sus pezuñas asomó la nariz (en realidad, las tres narices) de un pequinés excesivamente cardado al que habían hecho un 3x1 en el departamento de cabezas. Tres collares rosas rodeaban sus tres cuellos. Olisqueó el aire y gruñó una maliciosa armonía a tres voces.

Milton tragó saliva. Hasta la imperturbable Marlo se removió en sus botas vintage de abuela. Marlo miró a su tembloroso hermano:

—Creo que ya no estamos en Kansas.

La criatura femenina hizo señas a los dos niños para que entraran, curvando sus largas y coquetas garras. Marlo y Milton intercambiaron miradas ansiosas y pasaron por debajo del brazo de otro demonio de plástico rojo. Sobre el demonio había un cartel que decía: TIENES QUE MEDIR MENOS DE ESTO PARA ENTRAR EN EL HECK.

Traspasaron las puertas abiertas y entraron en un desastroso almacén lleno de cachivaches, con el techo opresivamente bajo y las paredes de un sucio color beis. El suelo del almacén estaba cubierto con una moqueta gris que olía a pis de gato y a polvos de sopa instantánea. La moqueta estaba surcada por protectores de plástico transparente, que parecían tener la función de evitar que se ensuciara aún más, aunque Milton no era capaz de concebir que eso pudiera ser posible. Montones dispersos de juguetes rotos, botellas rotas y niños lloriqueantes (con la moral también rota) estaban tirados por la sala sin orden ni concierto. Todo aquel lugar era como una mediocre e infinita guardería. Rezumaba tedio y fría desesperación.

La mujer/criatura/lo-que-fuera-aquello sonrió dulcemente, mostrando varias filas de colmillos amarillentos y podridos. Tras ella, las puertas empezaron a cerrarse con un gemido.

—Soy Bea Bubb, pero podéis llamarme Elsa. Bienvenidos al Heck —dijo entre dientes—. Población: infinito —dos campanas tañeron fuertemente mientras se cerraba la puerta—… más dos.

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3. BEA LA FEA

Marlo y Milton se sentaron en un arrugado canapé estampado de flores y cubierto de plástico. Tanto la oficina de Bea Bubb (o Elsa) como su dueña exudaban un característico olor a bolas de naftalina, agua de rosas, desinfectante, leche agria y pomada de mentol para los resfriados. También tenían un toque ácido, algo entre vómito y caja de arena para gatos que no se limpiaba desde hacía mucho tiempo.

En la pared había tres carteles. El primero mostraba un gato con el pelaje desgastado y una sola oreja, colgado de un cactus sobre un crepitante fuego. El letrero decía: «¿Para qué seguir aguantando?». El siguiente cartel tenía la imagen de una madre escorpión correteando hacia un lugar seguro tras una roca del desierto. Tenía la espalda llena de pegajosos bebés larva. «Arrástrate bajo una roca», decía. El último era un dibujo a acuarela de un hombre colgando de una soga sobre un patíbulo: «Hoy es el último día del resto de tu vida».

Frente a Marlo y Milton había un inmenso despacho de caoba, artísticamente tallado con demonios y payasos sonrientes de ojos grandes y húmedos. Sobre la mesa había una placa de mármol con forma de lápida. Tenía escrito en letras góticas: BEA BUBB, TAMBIÉN LLAMADA ELSA, DIRECTORA DE LAS TINIEBLAS.

La rechoncha demonesa se sentó tras su despacho, con el perro en el regazo. Estrujó una de sus cabezas. La otra se lamía una pata y la tercera gruñía sospechosamente.

—Tranquilo, Cerberus —le tranquilizó ella—, todos huelen así al principio.

Milton carraspeó nerviosamente.

—¿Así que esto es… ya sabe usted… el inf…?

La directora Bubb agitó una gruesa garra en dirección a Milton.

—Nada de ensuciarse la boca con esas palabras, en este lugar no está permitido. Por supuesto que esto no es… ese sitio. Estáis en el Heck.

Marlo se inclinó hacia delante con el ceño fruncido.

—¿El Heck? ¿Qué dem…?

Bea Bubb, Elsa para los amigos, lanzó una mirada de enfado. Sus ojos (pupilas negras como la tinta, a la deriva en un mar de amarillo pus) se iluminaron como una brasa cuando alguien la sopla.

—¿… monios es eso? —titubeó Marlo.

Bea Bubb sonrió fríamente y unió sus garras.

—Es una especie de i-ene-efe-i-e-erre-negación para niños —explicó—. El Heck es donde van las almas de los incorregibles para toda la eternidad, o hasta que cumplan dieciocho, lo que ocurra antes.

Marlo y Milton se dieron la mano inconscientemente. Entonces se dieron cuenta de que se estaban tocando (¡puaj!) y se soltaron inmediatamente.

Milton se despejó la garganta.

—Ejem… ¿Cómo se supone que vamos a cumplir dieciocho si estamos, ya sabe, muertos?

La directora Bubb puso los ojos en blanco. Las incisiones verticales de sus pupilas se quedaron fijas en una mancha del techo que parecía vómito seco.

—¿Alguna vez has oído la expresión «almas viejas», querido? —preguntó retóricamente—. Solo porque hemos dejado la desagradable carne de nuestra antigua forma en el Gran Teatro…

Milton y Marlo fruncieron el ceño interrogativamente.

—La Superficie —pronunció Bea Bubb con lentitud, como si estuviera dirigiéndose a un par de babosas gigantes con problemas de aprendizaje—. Dejamos a un lado nuestros imperfectos vehículos terrenales y nuestras almas se trasladan… como serpientes que mudan la piel. El alma que hay en nuestro interior continúa envejeciendo. Las almas jóvenes como las vuestras, desagradables niños, no pueden recibir el castigo por todo lo que han hecho… todavía. Aunque si por mí fuera… —Bea Bubb, también llamada Elsa, parecía estar sumida en pensamientos oscuros y secretos—. De todas formas —dijo, sacudiendo la cabeza. Una tijereta salió de una de sus orejas puntiagudas—, esos corazones blandengues de ahí arriba han creado este acogedor lugar para que los despreciables mocosos como vosotros puedan ser rehabilitados y castigados (sobre todo castigados), y así, cuando vuestras almas alcancen la mayoría de edad, puedan ser juzgadas y sentenciadas con todo el peso de la ley. Vuestro destino definitivo no está aún decidido, pero si habéis empezado por aquí, vuestras perspectivas de futuro son más bien oscuras.

Cerberus olisqueó. Sus cabezas gruñeron. La directora Bubb le frotó la espalda.

—¿Qué pasa, Cerberus, cariñito? ¿Te ha sentado mal el paté de rata? —la directora inspiró profundamente—. ¿Alguien ha estado quemando nubes de caramelo?

Marlo, hambrienta, advirtió que tenía un pegote de nube quemada en un mechón de pelo. Lo quitó de ahí y se lo tragó.

—¿Y qu-qué pasa después de eso? —tartamudeó Milton, horrorizado.

Bea Bubb suspiró como un fuelle viejo. Abrió el cajón superior de su mesa y sacó de él dos gominolas moradas y brillantes.

—Aquí tenéis —dijo la directora, dándoles los caramelos—. Se llaman gumitejones.

Los hermanos echaron un vistazo a las gominolas. Tenían dientes afiladísimos y garras meticulosamente esculpidas en sirope. Se parecían bastante a las malvadas criaturas de ojos saltones de las que recibían el nombre, aunque resultaban mucho más apetitosas. Ignorando todas las precauciones acerca de aceptar caramelos procedentes de extraños (y Bea Bubb, o Elsa, era todo lo extraña que se puede ser) los dos voraces niños agarraron los dulces y se los metieron en la boca.

«No están mal», pensó Milton. El sabor era parecido a la mermelada, con un pequeño toque de jabón, pero Milton tenía tanta hambre que no se podía permitir ser exigente. Después de masticarlos un poco, otro efecto indeseado empezó a resultar evidente: las bocas de Milton y Marlo se habían pegado y era imposible abrirlas.

La demonesa se acercó a ellos y sonrió.

—Eso está mejor —siseó con su aliento a café pasado y caries podridas—. Ahora sentaos, callaos, y os echaré la charla oficial. Si me doy prisa igual llego a ver mi programa preferido.

Se rascó la espalda contra la silla.

—A ver —dijo con una mueca—, igual que allá arriba, iréis al colegio, solo que aquí los exámenes son un poco mejores… aunque desde vuestro punto de vista eso significa peores. Cada año que vuestra alma envejezca se os pasará un T.A.M. (Test de Aptitud del Alma). Según estos rigurosos y estandarizados exámenes se decidirá vuestro destino eterno. El día de la graduación se os hará entrega de un Desaploma, lo que dará por concluida nuestra desafortunada relación. ¿No es maravilloso?

Milton y Marlo trataron de responder, pero lo único que consiguieron fue un par de gruñidos ahogados.

La directora Bubb arregló una pila de raídos papeles amarillentos, los colocó a un lado y les puso encima una garra de mono momificada como pisapapeles.

—Ahora estáis en el Limbo —les explicó secamente—, el primero de los Nueve Círculos del Heck. Los otros son Rapacia, Blimpo, Fibble, Snivel, Precocia, Lipptor, Sadia y Dupli-City. El Limbo está en el cogollo de la Zona Sin Tiempo, lo que significa que aquí no da tiempo ni a darse cuenta de que no hay tiempo. Pensad en ello como un largo castigo sin recreo. Tenéis todo el tiempo que hay bajo el mundo para darle vueltas a vuestra nueva situación y para pensar en cuál es el verdadero motivo de que estéis aquí…

«¿Por qué estamos aquí?», trató de preguntar Milton. Pero le salió algo más parecido a:

—¿O ée eammo aíi?

—Shhh —siseó la directora con desaprobación, antes de proseguir con un discurso que parecía saberse de memoria—. Horas, minutos, segundos… milenios… aquí no hay nada de todo eso. En este lugar ni siquiera envejecen las almas, por eso yo no parezco ni un siglo más vieja que cuando tenía 2.900 años.

Bea Bubb, también conocida como Elsa, se quedó mirando su reflejo distraídamente en una taza de bronce bruñido en forma de calavera que tenía en su despacho. A Marlo le dio una pequeña arcada. Había algo profundamente nauseabundo en aquella criatura que parecía un saco rebosante de tarántulas y que pensaba que peinarse un par de pelos de las verrugas era «ponerse guapa».

—Por supuesto que seguiréis asistiendo a clase, pero más que nada para familiarizaros con las costumbres de este lugar —continuó la demonesa—. Por ahora estáis en el Limbo, donde el tiempo no tiene significado y donde recibimos a todos los novatos antes de saber exactamente a qué círculo están destinados. Cada caso tiene que pasar por nuestro Departamento de Insoportable Redundancia, Burocracia y Redundancia, y allí son extremadamente, ¿cómo lo diría yo?, cuidadosos, así que ya podéis esperar sentados.

Milton se puso de pie, temblando de indignación. Consiguió liberar sus labios de su cárcel de gumitejón.

—¡No lo entiendo! —gritó—. Está claro por qué está aquí mi hermana… —Marlo le lanzó una mirada asesina mientras un poco de líquido morado le goteaba por la comisura de los labios—. ¡Siempre he sacado sobresalientes! —estalló Milton—. ¡Soy boy scout! ¡Estoy en el club de ajedrez! ¡Voy a clases de piano! ¡Me cepillo los dientes después de cada com…!

Bea Bubb se acercó a la cara de Milton.

—Eres un ladrón —dijo entre dientes, haciendo restallar su lengua viperina—. Y haz el favor de usar tu voz interior.

—¡Un ladrón! —Milton estaba fuera de sí—. Pero nunca en mi vida… —echó una mirada a Marlo, que sonreía con satisfacción en su butaca. Milton estaba a punto de echar humo—. ¿Me está diciendo que me enfrento a un castigo eterno… por un tarro de brillo de labios de kiwi y pomelo?

Marlo se las apañó para chasquear la lengua burlonamente a pesar del precinto de caramelo que sellaba su boca.

—¡Ella me engañó! —gritó Milton—. ¡Yo no sabía que estaba robando! ¡Esto no es justo!

Bea Bubb dio una palmada con sus garras, produciendo un golpe seco de cuero.

En ese instante, ella, su despacho y los dos niños fueron impulsados hacia atrás a través de un largo túnel de piedra.