Veinte preguntas para Gloria
Fragmento
INSPECTORA JEFA KATHARINE RYAN
Esta entrevista quedará registrada en una grabación de audio y vídeo, con consentimiento de los progenitores y autorización de la entrevistada. Nos encontramos en la sala de entrevistas número uno de la comisaría de Litchbury, con fecha 14 de junio. Hora: diez y doce minutos de la mañana. Yo misma realizaré la entrevista: soy la inspectora jefa Katharine Ryan, de la comisaría de policía de West Yorkshire. También se encuentra presente, como adulto de apoyo para la adolescente entrevistada, la madre de la misma. ¿Puede decir su nombre, por favor?
SEÑORA ELIZABETH ELLIS
Oh, claro. Liz... Quiero decir [se aclara la voz], señora Elizabeth Mary Ellis.
INSPECTORA JEFA RYAN
Gracias. Voy a entrevistar a... ¿Podrías decir tu nombre completo, por favor?
GLORIA ELLIS
Gloria Jade Ellis.
INSPECTORA JEFA RYAN
Genial. ¿Cuántos años tienes, Gloria?
GLORIA
Quince. Cumpliré dieciséis en octubre.
INSPECTORA JEFA RYAN
¿Te gusta que te llame Gloria? Es que como tu madre te llama Lor...
GLORIA
Gloria está bien.
INSPECTORA JEFA RYAN
Bien. Vale, como ya te he explicado, Gloria, esto es una entrevista, no un interrogatorio. Estás aquí por voluntad propia, porque tú lo has decidido libremente...
GLORIA
Ya sé lo que significa «voluntad propia».
INSPECTORA JEFA RYAN
No quería parecer una sabelotodo, solo quería evitar cualquier malentendido sobre la naturaleza de lo que estamos haciendo hoy aquí. Así que, como he dicho, estás aquí por voluntad propia para ayudarnos a averiguar qué ha ocurrido. Eso es todo. ¿Te parece bien?
GLORIA
[Asiente en silencio.]
INSPECTORA JEFA RYAN
Dilo en voz alta para la grabación, por favor.
GLORIA
Sí, me parece bien.
INSPECTORA JEFA RYAN
Disculpa. [Presiona el botón del intercomunicador.] ¿Está bien ajustado el volumen, Mike?
TÉCNICO DE GRABACIÓN
[Solo se oye su voz.] Sí.
GLORIA
¿El técnico de grabación se llama Mike? ¿Como un «micro»?
INSPECTORA JEFA RYAN
¿Cuántas veces te han hecho bromitas con tu nombre, Mike?
TÉCNICO DE GRABACIÓN
Ochocientas sesenta y tres. Y eso solo este mes. [Risas.]
INSPECTORA JEFA RYAN
Lo creas o no, tenemos un sargento llamado Pete Sargent y un adiestrador de perros que se llama David Dog.
GLORIA
Se lo está inventando.
INSPECTORA JEFA RYAN
Diez horas y quince minutos. La entrevistada acusa a la entrevistadora de mentirosa. [Risas.] Vale, está todo bien. Bueno, Gloria, gracias por estar aquí esta mañana. Hace menos de veinticuatro horas que has vuelto a casa e imagino que lo último que te apetece es estar aquí sentada para recordarlo todo y responder a un montón de preguntas. Señora Ellis, a usted también le agradezco su colaboración.
SEÑORA ELLIS
Solo queremos saber lo que él...
INSPECTORA JEFA RYAN
Debe de ser maravilloso tenerla de nuevo en casa.
SEÑORA ELLIS
Sí que lo es. Sí que lo es. [Inspira con fuerza.] Lo siento, me prometí a mí misma no hacerlo.
INSPECTORA JEFA RYAN
Tómese su tiempo. [A Gloria.] ¿Y tú qué dices, te alegra volver a estar con tu madre y con tu padre?
GLORIA
[No responde.]
INSPECTORA JEFA RYAN
Seguramente te apetece mucho más dormir bien, darte una buena ducha y cambiarte de ropa.
GLORIA
Oiga, ya sé que tiene que ser simpática, ganarse mi confianza y todo eso, pero ¿cree que podríamos ir al...?
INSPECTORA JEFA RYAN
Se llama «espacio de confianza». Al tratarse de alguien de tu edad, se supone que debo preguntar qué música te gusta, cuál es tu película favorita, la asignatura que mejor se te da en el colegio, cuáles son tus aficiones.
GLORIA
Me fabrico mis propios pendientes. ¿Quiere hablar sobre eso?
SEÑORA ELLIS
Lor, ¿por qué te comportas así? Ella está de nuestra parte.
INSPECTORA JEFA RYAN
No, Gloria tiene razón, deberíamos saltarnos todas estas tonterías e ir directamente al grano. Para que puedan marcharse de aquí y regresar con su familia cuanto antes.
Bien, permite que te explique el procedimiento. Dentro de un rato voy a pedirte que me hables de lo sucedido durante los pasados quince días. Tómate el tiempo que quieras. Mientras estés hablando, no te interrumpiré ni te haré preguntas, a menos que me vea en la obligación de hacerlo para asegurarme de que estoy entendiendo bien tus explicaciones. ¿Vale? Tendremos que hacer bastantes descansos, claro está. Y tú puedes interrumpir la entrevista en cualquier momento si estás cansada o lo necesitas.
Bueno. Una última cosa. Debo tener claro que sabes lo importante que es que seas totalmente sincera conmigo. Intenta recordar todo lo que puedas, con la máxima precisión posible, ¿de acuerdo?
GLORIA
Toda la verdad y nada más que la verdad. [Se traza una cruz con los dedos sobre el corazón.] Que Dios me asista.
INSPECTORA JEFA RYAN
Estoy hablando en serio.
GLORIA
Yo también.
INSPECTORA JEFA RYAN
La cuestión es que muchas personas han estado preocupadísimas por ti. Tu madre, tu padre. Todos nosotros. Una chica de tu edad desaparecida durante tanto tiempo como has estado tú... Bueno, puedes imaginar lo que habremos pensado. Y estamos encantados y aliviados de tenerte de nuevo entre nosotros. Pero, para poder entenderlo bien, necesito que me cuentes todo lo ocurrido mientras has estado fuera. Paso a paso.
GLORIA
Él ya me advirtió que harían esto. Que me obligarían a interpretar el papel de víctima.
INSPECTORA JEFA RYAN
Nadie va a obligarte a... No estamos aquí para eso, Gloria. Hay quince días en los que no sabemos qué ha ocurrido. Quince días en blanco. No puedo llenar esos espacios en blanco sin tu ayuda. Eso es todo.
GLORIA
[No responde.]
INSPECTORA JEFA RYAN
¿Crees que puedes ayudarme a hacerlo?
GLORIA
[No responde.]
INSPECTORA JEFA RYAN
Limítate a... Cuéntalo tal como ocurrió. A tu ritmo, con tus palabras. ¿Sí?
GLORIA
[Se encoge de hombros.]
INSPECTORA JEFA RYAN
¿Gloria?
GLORIA
[Asiente en silencio.] Sí.
INSPECTORA JEFA RYAN
Excelente. Bueno. Empecemos por el principio, ¿te parece?
La inspectora jefa Ryan no tiene pinta de inspectora, con sus vaqueros rotos, sus zapatillas de deporte y su camiseta negra de manga corta de Dorothy Perkins. Esa vestimenta debe de ser por mí, para que yo me sienta cómoda. Leí en algún sitio que, cuando los niños prestan declaración en el juzgado, los abogados y el juez se quitan las pelucas y las togas para parecer menos intimidatorios. La sala de entrevistas también cumple su función. En la tele siempre es un sitio con las paredes vacías, con sillas y una bombilla cubierta con una rejilla. Esta «sala de entrevistas» me recuerda al vestíbulo de un hotel: tiene una mesita de centro triangular, cómodas butacas lilas, una planta de grandes hojas en un jarrón alargado de cristal, cuadros en las paredes y un dispensador de agua de color azul, situado en un rincón, con aspecto de escultura de hielo.
Estoy tan agotada que me quedaría hecha un ovillo y me pondría a dormir. Va a hacerme falta más de una noche en mi cama para borrar las últimas dos semanas de mi memoria.
Imagina qué cara pondrían si les pidiera parar ahora, justo antes de haber empezado.
A pesar de lo mucho que sonríe, la inspectora jefa Ryan parece agotada, tensa. Quiere localizarlo, traerlo a la comisaría. Pero antes tendrá que vérselas conmigo. Me ha dicho que me tome todo el tiempo que quiera, pero percibo su impaciencia. Mis padres están igual. No es que hayan estado interrogándome desde que volví; seguramente, la policía les ha dicho que no hagan preguntas. Pero las preguntas están ahí, esperando a ser formuladas, en el aire. Mientras tanto, se conforman con tomarme de la mano, apretujarme el hombro, masajearme la espalda y besarme en la coronilla. Me preguntan si estoy bien, si me apetece algo de comer o de beber, si estoy bien abrigada o si tengo calor, o me dicen lo bueno que es volver a tenerme en casa. Eso es cuando no están mirándome el pelo rubio teñido, como si intentaran averiguar si soy una impostora que se hace pasar por su hija. O bien se limitan a mirarme como imagino que lo hacían cuando era un bebé.
Durante una de las siestas, me desperté y me los encontré mirándome desde la puerta de mi cuarto. Mi padre tenía a mi madre rodeada por los hombros con un brazo, y ambos me observaban.
«Yo solo quiero que me dejen sola.» Pero no puedo decírselo a ellos.
Tenían miedo de que me hubiera marchado para siempre. Y luego aparecí. Es un milagro. Yo soy un milagro. Y no llegan a creerse del todo que no vuelva a desaparecer otra vez.
Es curioso, nunca me consideré una desaparecida. ¿Cómo se puede desaparecer de una misma?
Sí que empecé a explicarlo todo ayer, en casa, en cuanto la forense de la policía dio el visto bueno a la inspectora jefa Ryan para hablar conmigo.
No era lo que ellos creían, eso fue lo que intenté contarle a la inspectora.
Aunque no me sirvió de gran cosa. La verdad es que no ayudó mucho mi forma de hablar arrastrando las palabras, como si estuviera borracha, y tampoco que no pudiera hilar más de dos frases seguidas. La inspectora jefa decidió que yo estaba agotada. Que la entrevista podía esperar.
—Volveremos a intentarlo mañana, cuando estés más fresca. Menos confusa. —Habló con el mismo tono de una profesora que sospecha que el estudiante está mintiendo, pero le da otra oportunidad para que cuente la verdad.
Yo ya estaba en la cama cuando mi padre la acompañó a la salida. Lo oí preguntar si ella creía que estaba bajo los efectos del shock postraumático.
—Es posible. —Oí la respuesta amortiguada. Luego dijo algo que no entendí bien.
—¿El médico la ha examinado... a fondo? —preguntó mi padre—. Ya me entiende.
Creí no oír bien la respuesta de la inspectora jefa, pero debió de tomarse su tiempo para responder.
—No —dijo—. No puedo autorizar la revisión completa hasta que sepamos si el chico le hizo algo.
—¿No estará diciéndome en serio que cree que ese chico no lo hizo?
—Señor Ellis, estoy diciéndole que necesitamos que nos lo cuente Gloria.
Entonces se abrió la puerta de casa, y en el pasillo se oyó el eco del clamor de los periodistas, fotógrafos y equipos de televisión por detrás del cordón de seguridad instalado del otro lado de la calle, enfrente de nuestra casa.
Me acurruqué debajo del cubrecama, cerré los ojos con fuerza e imaginé que estaba en otro lugar.
Al parecer, mientras estuve fuera, me había convertido en un tema viral, con la etiqueta #dóndestágloria?
Ayer por la noche estaba viendo las noticias de la tele, y un periodista apareció en directo para dar su parte informativo desde la entrada de nuestra casa. Si me hubiera asomado por la ventana y hubiera descorrido la cortina, podría haberme saludado con la mano a mí misma. Es raro y da un poco de miedo pensar que tantas personas me echaban de menos, que estaban preocupadas por mí, que me buscaban. Cuando mis padres me mostraron algunas de las cosas que se habían publicado en internet y en los periódicos, me pareció que estaba leyendo algo sobre otra persona. Sobre otra Gloria.
Pero no, hablaban de mí. De lo que se ha convertido en mi historia.
Solo que «¿Dónde está Gloria?» se ha convertido en «¿Dónde estaba Gloria?» y en «¿Qué le hizo ese chico a Gloria?» y «¿Dónde está ese chico que se llevó a Gloria?».
«¿Dónde está?» Es en lo único que puedo pensar cada minuto del día desde que esto terminó.
La inspectora jefa Ryan quiere escuchar hasta el último detalle desde el principio. Supongo que se refiere al primero de los quince días; el día que desaparecí. Aunque todo empezó unas semanas antes de eso.
Empezó con una aparición, no con una desaparición.
Era un lunes normal y corriente en el colegio, y la sala de tutoría estaba muy animada; la tristeza por el inicio de semana se compensaba con la cháchara sobre lo que habíamos hecho el sábado y el domingo. El señor Brunt acababa de pasar lista. Las ventanas estaban abiertas, y entraba el rumor del cortacésped del jardín y el olor a hierba recién cortada. Lo cual había provocado que se manifestara la alergia al heno de Tierney. Incluso con los ojos rojos y moqueando está guapa. Parecía una princesa afligida. Estornudó tres veces y dejó nuestra mesa perdida.
—Gracias por compartirlo con nosotros, Tierney —dijo el señor Brunt—. Si vas a soltar algo más, por favor, date la vuelta, los chicos del fondo de la sala se lo han perdido.
Me gustaría pensar que entonces vi una señal, un buen augurio —la luz del sol bañaba la sala con una curiosa aurea, una mariposa azul entró volando por la ventana y se me posó en la manga—, pero no fue así en absoluto. No recuerdo qué estaría pensando (que se me habían olvidado los deberes, seguramente, o si mi madre habría firmado mi agenda), o en cómo me sentía (ausente, supongo; deseando que el día pasara, que la semana pasara), aunque me parece raro que en esos momentos la atmósfera no estuviera cargada de tensión por lo que estaba a punto de ocurrir.
El señor Brunt dio una palmada, que es lo que hace siempre justo antes de anunciar algo a la clase. Como de costumbre, después de la palmada dijo: «Bueno, clase de décimo GB, escuchad».
Desde que es nuestro tutor, el señor Brunt no ha llevado más que variaciones de marrón (trajes, corbatas, zapatos, calcetines, algún que otro jersey). Incluso sus camisas blancas se han vuelto de color beis. Debe de ser profesor desde la época en que los pupitres tenían tinteros.
Apenas había empezado a explicar qué íbamos a hacer en clase esa mañana cuando la puerta se abrió y un chico irrumpió en el aula sin esperar a que lo invitaran a entrar. Era alto y desgarbado, con el pelo muy negro y muy fino, liso y largo hasta los hombros. De tez morena, entre mediterráneo e indio del sur de la India. Si no hubiera sido por su altura, su nariz infantil y la pelusilla en la barbilla y el bigote, podría haber pasado por una chica. Y no solo por su pelo largo, sino porque había algo femenino en su forma de moverse y en su actitud. Una especie de gracilidad. El uniforme del colegio le iba demasiado pequeño y dejaba a la vista sus canillas peludas y un par de muñecas huesudas llenas de pulseras de varios colores.
No había llamado a la puerta antes de entrar. Al señor Brunt no le gustaba eso.
—¿Quién sedá? —susurró Tierney a través de sus orificios nasales irritados por la alergia, no en plan «¡Hala, qué mono!», sino más bien en plan «¿Quién es ese friki?».
Una o dos personas rieron con disimulo.
Era lo bastante alto para tener quince o dieciséis años, aunque, de haber tenido esa edad, no habría llevado uniforme. De todas formas, yo no lo reconocí, y estoy segura de que lo habría hecho si lo hubiera visto por el colegio. El chico no parecía para nada incómodo. Caminaba muy erguido y se quedó mirando el aula con mucho aplomo.
—¿Volvemos a intentarlo, jovencito? —dijo el señor Brunt.
Creí que el recién llegado iba a ignorar la pregunta. Al final, con una sonrisa de medio lado, se volvió hacia el tutor.
—¿Que intente otra vez el qué, señor?
Hablaba en plan pijo, con petulancia. Si sabía qué había hecho mal, no lo demostró.
El señor Brunt era unos centímetros más bajito que él y parecía incómodo de tener que levantar la vista para mirarlo, como si el chico tuviera la culpa de ello. El profesor hizo una señal.
—La puerta.
El recién llegado parecía sinceramente sorprendido.
—¿Qué le pasa?
—Me gustaría que tocaras antes de entrar en mi aula de tutoría.
—Pero ya estoy dentro de su aula de tutoría.
—Entonces, por favor, vuelve a salir, llama a la puerta y entra cuando yo te lo diga.
—Me resultaría en extremo fácil hacerlo, pero, si no le importa que se lo diga, señor, sería una forma muy lamentable de perder mi tiempo. Y el suyo, para el caso.
El señor Brunt emitió un sonido extraño. Todos los demás permanecíamos muy callados y quietos.
El chico siguió hablando.
—Ya ha dejado claro que prefiere que la gente llame a la puerta antes de entrar, está bien, me queda claro, ya lo sé para la próxima vez. Por lo tanto, lo que intenta es reafirmar su autoridad sobre mí haciéndome pasar por un proceso de ridiculización. —Se encogió de hombros—. Por ello, no.
Así de simple: no.
No me atrevía a respirar ni a mirar a Tierney tan siquiera, porque estaba segura de que si la miraba empezaría a reír. En cualquier caso, no podía apartar la mirada de las dos siluetas que tenía delante, cara a cara, como dos boxeadores a punto de iniciar un combate. O como un par de amantes en un culebrón de la tele. Así fue: no había agresividad ni en el tono del chico ni en su lenguaje corporal; estaba relajado, resultaba incluso seductor. Mientras yo estaba ahí sentada, hipnotizada, me lo imaginé echándose hacia delante para besar al señor Brunt en los labios.
Como si el tutor hubiera pensado lo mismo que yo, retrocedió un paso.
A diferencia de otros profesores, el señor Brunt no suele perder los nervios con nosotros, ni de forma individual ni cuando estamos toda la clase junta; no creo haberlo oído gritar nunca. Me refiero a gritar en condiciones. Pero sabemos dónde está su límite y no nos cabe ninguna duda sobre cuándo lo hemos sobrepasado. Esa mañana, sin embargo, parecía abrumado. Un viejo confuso que había salido por despiste del asilo y había acabado en una clase llena de adolescentes.
—Eres, eres... ¿Qué acabas de...? Esto es del todo... Jovencito, quiero que...
Debió de empezar la frase unas diez veces. Luego dejó de intentar hilar las palabras y se limitó a quedarse ahí de pie, con los hombros caídos, la cabeza levantada para mirar al chico a la cara, como si esperase más indicaciones. Resultaba impactante verlo así.
El chico le echó un cable.
—No hemos empezado con buen pie, ¿verdad, señor? —dijo, y seguía con su sonrisa de medio lado. Le tendió la mano—. Hola, me llamo Uman. —Lo pronunció «Uuman»—. Usted debe de ser el señor Brunt.
El tutor se quedó mirando la mano como si jamás hubiera visto una. Quizá viera entonces todas aquellas pulseras —una violación flagrante del código de vestimenta del colegio—, y estaba pensando si llamar la atención al chico también por eso.
—¿Uman? —repitió.
—Padeem. Uman Padeem.
El señor Brunt frunció el ceño, luego aceptó la mano y la estrechó, o al menos dejó que se la estrecharan a él.
Sin soltar la mano del maestro, Uman Padeem dijo:
—Soy el nuevo.
Desde ese instante, he visto en muchas ocasiones el efecto que causa Uman en las personas, pero esa mañana fue literalmente increíble, como si el episodio hubiera sido preparado de antemano, y el tutor y él estuvieran conchabados para escenificar una broma y quedarse con toda la clase.
—¿Qué le pasa a Brunt? —pregunté entre susurros a Tierney.
Ella se limitó a sacudir la cabeza.
—Tier, parece que se haya drogado.
—O que lo hayan hipbotizado.
—¿O qué?
—Hip-bo-tizado.
—Eso es lo que creía que habías dicho.
En las horas y días siguientes a ese episodio, esa fue una de las teorías sobre el «efecto Uman Padeem»: que tenía el poder de hipnotizar a la gente. En esa aula de tutoría, no obstante, lo único que pudimos hacer fue observar, encantados, sorprendidos, mientras el señor Brunt entregaba las armas.
—¿El nuevo? —dijo—. No se me ha informado... Voy a ver si tengo... —Se dirigió hacia su mesa y consultó el ordenador—. ¿Estás seguro de que tenías que venir a...? ¡Ah, sí, aquí está!
Cuando terminó de leer, se levantó. Se alisó la corbata. Se quedó mirando a Uman con una expresión rarísima. Ahora sé qué significaba, pero entonces no supe interpretarla en absoluto.
—Bueno —dijo, y levantó una mano hacia la hilera de pupitres—, será mejor que te unas a nosotros. Uman. —Pronunció el nombre como poniéndolo a prueba—. Y, bueno... Bienvenido a la clase de décimo GB.
—Gracias, señor.
Fuera lo que fuese lo que leyó en su ordenador, la confrontación por el hecho de que Uman hubiera entrado sin llamar ya no parecía un problema. El nuevo había desafiado al profesor, de forma espectacular, y había salido indemne. Yo creía que adoptaría una actitud petulante; la mayoría de los chicos de la clase se habrían sentado con una sonrisita de suficiencia y fanfarroneando por haberse apuntado un tanto como aquel. Sin embargo, Uman había borrado la sonrisa de sus labios. En todo caso, parecía compadecerse del señor Brunt.
—Hay un sitio libre junto a la ventana —dijo el tutor—. Junto a Luke.
Uman Padeem miró en esa dirección. Luego hizo un barrido visual de la clase, tal como había hecho al entrar. Esa vez prestó más atención, como si estuviera analizándonos uno por uno. Clavó la vista en nuestro pupitre. Primero se fijó en Tierney. Luego en mí. Después otra vez en Tierney. Estoy muy acostumbrada a eso. Debió de mirarme solo unos segundos, aunque me pareció más tiempo. Su expresión no me dijo nada. Deseé que no dejara de mirarme.
«¿Quién narices te crees que eres?», recuerdo haber pensado mientras me miraba; quizá le había tomado el pelo al señor Brunt, pero a mí no iba a tomármelo.
Lo raro fue que, durante esa inspección visual del aula, nadie dijo ni una palabra; el señor Brunt tampoco, se limitó a esperar pacientemente junto al chico a que terminase lo que fuera que estuviera haciendo. ¿Qué estaba haciendo? No creo que ninguno de nosotros lo supiera, pero, a pesar de lo raro que resultaba, la clase entera asumió que tenía todo el derecho a hacerlo.
Al final, Uman se movió. Con una larga zancada, que fue desgarbada y grácil al mismo tiempo, emprendió su recorrido entre los pupitres.
Hasta que llegó al nuestro. Para ser más exactos, al lado que ocupaba Tierney.
Claro está.
—Hola —le dijo—. ¿Cómo te llamas?
—Tierdey.
—Bueno, Tierdey, ¿te importaría si...?
—Se llama Tier-ney —lo interrumpí—. Con ene.
Uman se quedó mirándome, una vez más con su sonrisa de medio lado, luego volvió a mirar a Tier.
—Tier-ney, ¿puedo pedirte que te sientes allí con Luke, por favor?
La expresión que puso ella fue impagable.
—¿Se te ha ido la golla?
—¿Esta chica habla danés? —me preguntó Uman.
—Alergia al heno —dije yo.
—¿Eso es un idioma? ¡Hala, en mi antiguo colegio no pasábamos del latín y del mandarín!
En realidad fue un comentario muy gracioso, pero no pensaba reconocerlo de ninguna manera. De todas formas, ¿quién estudia latín hoy en día? ¿Y qué clase de escuela da clases de mandarín?
Miré al señor Brunt para ver si pensaba intervenir. Estaba claro que no. Como los demás presentes en el aula, se quedó contemplando el desarrollo de la escena para ver de qué forma terminaba.
—Bueno, Tierney con ene. —Uman hizo un gesto de cabeza para señalar el sitio vacío junto a Luke—. ¿Cómo lo ves?
—¡Di hablar! ¿Pod qué tengo que cambiadme yo?
—Porque tu amiga parece, con mucho, la persona más interesante de esta aula y, con el debido respeto a Luke, preferiría sentarme con ella.
Uman Padeem trajo muchas sorpresas a la clase de décimo GB esa mañana, pero ninguna mayor que la siguiente: Tierney recogió sus cosas y fue a sentarse con Luke.
Resumo este episodio de corrido a la inspectora jefa Ryan. Pero ella me interrumpe con una pregunta justo ahora. No puedo decir que la culpe por ello. Es la misma pregunta que yo haría en este momento. Es lo que me pregunté a mí misma en ese instante, y a Uman más adelante, sin recibir una respuesta satisfactoria.
—Gloria —me pregunta la inspectora jefa—, ¿por qué crees que él te eligió a ti?
—No lo sé.
—¿No tienes ni idea? ¿Nunca hablaste con él sobre eso?
—¿Qué pasa, que no cree que sea lo bastante interesante para que alguien se fije en mí y ya está?
Mi madre emite un chasquido reprobatorio con la lengua. La inspectora jefa Ryan dice:
—Debes de haber pensado mucho en ello desde entonces.
—¿Importa por qué me escogió?
—Sí, podría ser un factor decisivo.
—Un factor decisivo.
—Como móvil.
Antes de responder, bebo un sorbo de agua. Me quedo mirando sus rodillas morenas, que le asoman por el agujero de los vaqueros, y la pelusilla del vello rubio.
—Me escogió a mí y punto. Eso es todo.
Me reprimo para no decir: «¿Quién sabe lo que atrae a una persona de otra?». No creo que aprecie una reflexión filosófica de una colegiala unos treinta años menor que ella.
«Amor a primera vista», fue la conclusión de Tierney. Pero no era eso. Pudiendo escoger entre Tier y yo —entre cualquiera de las otras chicas de clase y yo—, ¿qué chico me escogería a mí? Jamás creí que yo le hubiera gustado a primera vista, ni mucho menos que se hubiera enamorado de mí. Para ser sincera, me costó un tiempo asimilar por qué le gustaba. O si él me gustaba.
Después de la arrolladora entrada de Uman en el aula de tutoría, el tiempo restante hasta que el señor Brunt diera por finalizada la clase resultó bastante decepcionante.
Uman se sentó a mi lado. Pero no me dijo nada. Y no hizo nada, salvo tener un ataque de tos. Algunas veces, los chicos —y con menos frecuencia, las chicas— fingen ataques de tos para interrumpir la clase; trabajan como equipo, van turnándose y consiguen distraer al profesor, y se las arreglan para que no puedan acusarlos de estar haciéndolo a propósito. Las toses de Uman parecían auténticas. (Y es que lo eran, ahora lo sé.) Sin embargo, tenían el efecto de desquiciar aún más al pobre y viejo Brunt por su sincronización. Cuando salimos para el primer descanso, pidió a Uman que se quedara para charlar un momento. Si le parecía bien. Cuando el chico accedió a hacer lo que le pedía, la expresión del tutor fue de alivio y sorpresa. Parecía incluso agradecido.
Cuando yo llegué a la puerta, Uman me llamó.
—Espérame en el pasillo, ¿vale?
—¿Esperarte en el pasillo? No —respondí.
De verdad, el chico tenía algo especial. Salí del aula sin echar la vista atrás ni una sola vez y me dirigí hacia la clase (la de inglés, creo), apretando el paso para alcanzar a Tierney.
—¿De qué ha ido eso? —le pregunté.
—Ni itea... Medudo friki.
—No. Me refería a ti. Al hecho de que le hayas cedido el sitio.
Tierney puso su cara de «¿Y qué querías que hiciera?».
—No hay pada tanto.
Se me escapó la risa.
—Tier, eso no es típico de ti.
—Es duevo.
—Ya sé que es nuevo, pero eso no quiere decir que...
Y etcétera. Resultaba evidente, a pesar de que ella intentara quitarle importancia, que estaba hecha polvo por lo que había ocurrido, por lo que ella había hecho y por la razón que la había impulsado a hacerlo. Parecía tan confusa como el señor Brunt.
—¿Quién es ese chico? —Oí que alguien preguntaba por detrás de nosotras—. ¿De dónde ha salido?
Uman Padeem era el único tema del que hablábamos, el balbuceo de nuestras voces hacía eco por todo el pasillo mientras la clase de décimo GB se dispersaba.