1
Encerrada
A veces, lo más difícil en esta vida es respirar. Pienso en eso siempre que se me acelera el corazón y creo que voy a morir. Inhalo, despacio, sintiendo cómo el aire entra en mis pulmones y atraviesa el diafragma hasta llegar al estómago. Cuanto más se adentra en mi cuerpo, mejor me siento, como si con la corriente los miedos se fueran desplazando mágicamente al lugar del que surgieron.
Pero no siempre funciona, porque a veces el miedo continúa a pesar de mis esfuerzos.
Estoy encerrada en el baño del instituto, y Lorena está aporreando la puerta, gritando sin parar.
—Sal ya, gorda. Sal, que te quiero contar un chiste —dice, y su voz suena amenazante.
Yo no digo nada, me limito a dejar pasar el tiempo sin hacer ruido. Sé que antes o después ella y sus amigas se cansarán, tendrán que ir a alguna clase o a fumarse un pitillo al patio, o encontrarán a otra chica a la que atemorizar. Permanezco oculta, y me desprecio por ello, pero ya me he habituado a esconderme.
Me viene a la mente aquel cuento en el que un explorador se subió a un árbol porque le perseguía un león. Lejos de marcharse, el león seguía vigilándole, esperando que bajara. Mientras, el explorador rezaba y rezaba para que el animal se alejara. Pero las horas pasaban y los dos estaban cada vez más hambrientos. Pasó un día y luego otro, y la moral del explorador estaba debilitada por la sed, la falta de sueño y el hambre, y en cambio el león permanecía tan fresco como al principio. Al tercer día, el explorador acabó desmayándose y cayendo del árbol, y el león, que también estaba al límite de sus fuerzas, se lo comió y no dejó ni el gorro.
Oigo unas pisadas que se alejan. El baño, poco a poco, va recuperando su quietud habitual. Podrían haberlo hecho para que yo crea que se han ido. Quizá se hayan marchado de verdad. Me encaramo a la taza para asomarme por encima de la puerta del aseo; no hay nadie ya.
Salgo del baño, intentando que mis pisadas sean leves, cuando veo una sombra que se proyecta al lado de la mía. Es Lorena, y ahora está con Leticia y Lola. Antes de que pueda reaccionar, me llevan en volandas de nuevo al baño, abren la puerta del inodoro y me empujan hacia la taza. «Con cuidado, no le dejemos marcas», oigo que dice la líder, y colocan, con la fuerza necesaria, mi cabeza contra la porcelana y tiran de la cadena. No puedo mover los brazos ni la cabeza porque me están sujetando por todos los lados. Mis rodillas están empapándose en el suelo, mientras respiro afanosamente para no tragar agua. Se ríen a carcajadas. Noto que me sueltan. El murmullo de la cadena cesa. Se van. Por un fugaz instante, pienso que estaría mejor muerta. Me tomo media pastilla y espero diez minutos a que mi corazón recupere su ritmo.
Me dirijo a mi última clase del día sin levantar la mirada del suelo, como si así pudiera conjurar la posibilidad de que me siguieran acechando. El curso acaba de empezar pero todo vuelve a ser como siempre.
Sigo sin tener amigas ni amigos, solo a Javier; sigo teniendo ataques de pánico; sigo sintiendo una mezcla de desprecio y lástima por mí misma. Da igual que lleve dos años viendo al psiquiatra, hay ciertas cosas que me parece imposible que vayan a cambiar o a mejorar. «Esto no será así siempre», dice él, y yo me fuerzo a creerlo, pero no lo consigo.
Tener miedo es como tener los ojos de color marrón, algo que te va a acompañar toda la vida. Una no se levanta una mañana y de repente es otra persona. A veces sueño con ello, pero no pasa mucho tiempo sin que mis limitaciones me recuerden quién soy. A veces actúo como si fuera una de esas chicas populares, que parecen haber nacido sin una sola preocupación en su bonita cabeza. Pero siempre pasa algo que me recuerda que estoy enferma, o que soy distinta, o ambas cosas a la vez.
Odio el instituto, y eso que me gusta estudiar. Encuentro en los libros la única forma de tranquilidad que conozco, porque de alguna manera, cuando leo o estudio es como si dejara de existir y esa sensación me gusta. Otras veces también pienso en lo que seré el día de mañana... Creo que si me esfuerzo lo suficiente, algún día seré feliz, seré mucho más feliz que Lorena, que la Triple L (así llamo al conjunto formado por Lorena y sus acólitas, Leticia y Lola) y que todos esos rostros que se ríen de mí aunque no hayan iniciado la broma.
Entro tarde en clase. Murmullos, risitas. Al principio me afectaban, ahora me resultan indiferentes. Gradualmente, todo lo que no es la voz de la profesora, y las palabras en el libro de texto, acaba por desaparecer.
Suena el timbre. Me alegra que el día de hoy acabe. En la reja de salida me está esperando Javier. Él está en el último año, y es bastante atractivo, popular, inteligente y deportista, y nadie entiende por qué es mi amigo. Sé que Lorena y otras me miran con envidia, porque Javier siempre se preocupa por mí y me acompaña a todas partes. Ha habido ocasiones en las que algunas chicas del instituto se han hecho amigas mías por estar cerca de él; pero en cuanto él se ha enrollado con ellas o las ha rechazado, se han alejado de mí.
—¿Qué tal el día? —me pregunta, con una gran sonrisa.
—La misma porquería de siempre —digo yo, devolviéndosela sin ganas.
—¿Estás un poco despeinada o me lo parece a mí?
Claro, pienso yo, no siempre te peinas con los dedos bajo el secador de manos del baño después de haberte duchado en el retrete.
—Te lo parece a ti.
Javier me acompaña a casa, y nadie se atreve a decirme nada o a mirarme mal si voy a su lado. A veces creo que sería imposible venir aquí cada día si no fuera por él, pero el año que viene ya se irá a la universidad. Javier siempre me dice unas tonterías tremendas, le encantan los chistes malos, los datos absurdos, como que un estornudo puede alcanzar una velocidad de 127 kilómetros por hora en la nariz, y cosas por el estilo. También le encanta la historia, especialmente la de Europa en el siglo XX, la política y las noticias, pero no le gustan los libros de ficción; no entiende que él tenga que leer algo que alguien se ha inventado, algo que no es de verdad.
—Y si no es de verdad, no sirve para nada.
Yo me río, porque sé que es imposible convencerle. No tengo a nadie con quien hablar de libros, pero eso no hace que me gusten menos.
Javier era el mejor amigo de mi hermano Felipe, que murió hace dos años en medio de un partido de fútbol sala. Muerte súbita. Javier estaba con él. Le cogió la mano, le dijo que aguantara, como dos soldados en una heroica película bélica, pero mi hermano falleció enseguida. Después de aquello, instalaron un desfibrilador en el polideportivo municipal, pero no ha habido necesidad de usarlo; y cada vez que voy allí lo miro y lo toco, como si fuera un particular monumento a su memoria.
Supongo que a Javier no le parezco la mejor compañía de todos los tiempos, sino que se siente obligado a cuidarme porque se lo debe a mi hermano. Le conozco desde siempre, y mis padres están acostumbradísimos a verle por casa. Le tratan muy bien, porque era el mejor amigo de Felipe, y porque se puede decir que es el único amigo que tengo.
Mi madre, que es una romántica incurable, siempre me está preguntando por qué no nos hacemos novios. Pero pierde el tiempo. Javier nunca ha flirteado conmigo. Se ha limitado a cuidar de mí y a pasar tiempo a mi lado, pero nunca me ha dicho o ha hecho nada que me haga pensar que le guste. ¿Y cómo podría, si soy una solitaria, llevo estas pintas y no sé maquillarme? Hay muchas chicas que le van detrás, y él podría estar con cualquiera. Pero lo cierto es que no está con ninguna de ellas, y que prefiere pasar su tiempo conmigo. Cuando le veo, es un poco como si viera a mi hermano. Sé que no lo es, pero al igual que Felipe cuando estaba vivo, Javier siempre consigue tranquilizarme.
Mis padres viven muy preocupados por mí. Cada día, cuando regreso del instituto, me interrogan. Me preguntan si he tomado la medicación, qué tal las clases, si he tenido algún problema con alguien, si Javier me ha acompañado a la parada del autobús...
Intento que no se preocupen, y a menudo les miento. He descubierto que los problemas no desaparecen por mucho que hables de ellos; es más, creo que crecen, como cuando haces un dibujo y sombreas los contornos. Además, ya hablo de todo con mi psiquiatra, porque no me queda más remedio. Así que les digo que sí, que he tomado la pastilla, que las clases han ido bien, que nadie se ha metido conmigo, que Javier me ha acompañado a la parada del autobús y que me encuentro muy bien, cada día mejor. En una ocasión en que volví del instituto con un par de morados en los brazos no me quedó más remedio que contarles lo de Lorena y sus amigas. Pero fue peor, porque me dijeron que irían al colegio a hablar con el director, para que las expulsaran, y yo no quiero eso. Solo quiero dejar atrás cada día, como una pena de cárcel, sin que nadie me moleste. No me gusta hablar de ello, no me gusta que se preocupen, no me gusta que mi padre se enfade ni que mi madre llore. Ya han sufrido demasiado.
Les gusta que cenemos en familia, y comentan animadamente cómo les ha ido la jornada. Yo suelo cenar en silencio, mientras les escucho, e intento sonreír. Me doy cuenta de que es una puesta en escena. Lo hacen para que vea que tengo una familia, y me sienta arropada, cuando en realidad ellos dos también están cansados de trabajar, cansados el uno del otro, y por supuesto no pasa un día sin que echen de menos a Felipe, aunque nunca hablemos de él. Los tres convivimos con su fantasma, que habita en el silencio, en su habitación cerrada, en el último pensamiento antes de dormir.
Seguramente piensan que estoy en un lugar en el que es difícil alcanzarme, pero mientras comemos cuentan historias aparentemente interesantes o comentan las noticias con un entusiasmo que percibo como algo totalmente artificial. La cena no me anima especialmente, pero su esfuerzo sí.
Creo que tienden a responsabilizarse de que yo haya empeorado. Me gustaría decirles que no tienen la culpa de que yo sea tímida y miedosa. Lo cierto es que ya era así antes de lo que le pasó a Felipe. Su muerte no me ha ayudado, porque no hay día en que no le eche de menos, pero desde que tengo uso de razón he pensado que hay algo en mí que no está bien, como un juguete que sale defectuoso de fábrica.
2
Pánico al revés
La profesora de Literatura nos ha encargado que busquemos un pasaje de una novela del siglo XIX. Así que me he puesto a buscar en el catálogo informatizado de la biblioteca algunas de mis autoras favoritas de esa época: Elizabeth Gaskell, Jane Austen, las hermanas Brontë... He apilado unos cuantos libros y me los he llevado a una de las mesas de estudio, las circulares que hay en el área juvenil, para leerlas tranquilamente.
Me pongo los cascos y voy pasando páginas con tranquilidad, aspiro el olor a vainilla que tienen los libros antiguos, pues la edición de Cumbres borrascosas tiene muchos años. Por lo visto, los compuestos químicos presentes en el libro, en la tinta, el pegamento y el papel se van degradando con el paso del tiempo y dan lugar a ese olor tan característico que me hace sentir como en casa... de hecho, mucho mejor que en casa. De todos los libros que he cogido, solo uno parece nuevo. Es una nueva edición de Orgullo y prejuicio y, según reza en el registro de la última hoja, este libro nunca se ha sacado de la biblioteca; supongo que es una tontería, pero ser la primera en coger un libro es una alegría inesperada, un pequeño regalo del azar. Si hay algo que me gusta más que el aroma de los libros antiguos es el de los libros nuevos, así que lo abro por el medio y meto la nariz para inspirar profundamente.
Al parecer, mi ritual ha atraído la atención de un chico que hay frente a mí. Al principio, me ha mirado de reojo, fingiendo estar muy concentrado en su lectura pero después, cuando he metido toda la cara en la historia de amor de Elizabeth Bennet y Fitzwilliam Darcy, ha sonreído abiertamente. Entonces me he dado cuenta de la pinta de loca que debo de tener y, cómo no, me he puesto más roja que un tomate, que es uno de mis peores hábitos.
Antes de que ambos apartásemos la mirada (yo por razones evidentes, él supongo que por vergüenza ajena) le he mirado un instante, pero él ha bajado la vista inmediatamente y ha seguido leyendo Música para camaleones, de Truman Capote, que precisamente resulta que es uno de mis volúmenes de cuentos favoritos. Yo también he vuelto la vista al libro, pero no del todo, porque en la breve fracción en la que nuestros ojos se han encontrado he sentido lo que solo podría describir como un ataque de pánico pero al revés. El mismo corazón desbocado, la misma sensación de irrealidad, el mismo sentido elástico del tiempo y la misma excitación... solo que al servicio de una incontrolable sensación de euforia que no puedo entender.
Cuando tengo ataques de ansiedad pongo la espalda recta y hago respiraciones abdominales hasta que el ritmo de mi corazón se va normalizando. Así que he hecho eso mismo, intentando no llamar su atención, inspirando con suavidad y espirando sin hacer ruido, muy despacio. Pero la contención de estos ejercicios no ha servido más que para ponerme más nerviosa y he hecho lo que hago siempre que me pongo demasiado nerviosa: huir. He dejado el libro sobre la mesa sin más, como si me quemaran sus páginas, y después de bajar las escaleras que se me antojan demasiadas he salido a la planta baja de la biblioteca y de allí a la calle. Envuelta en el viento fresco de octubre he podido respirar, caminar a mi aire, apoyar por fin las manos en las rodillas hasta que he vuelto a sentirme normal. Sigo sin entender lo que me ha pasado ahí dentro. Hago diez veces la respiración, y cuando creo que estoy lista para volver, una mano me toca el hombro. Es Pilar, una de las funcionarias del centro, que ha salido a fumar.
—¿Estás bien? Te he visto salir a toda prisa —me señala.
—Sí, solo necesitaba respirar un poco —le contesto, aún algo nerviosa.
—¿Exámenes?
—No, un trabajo de literatura.
Pilar se enciende el cigarrillo.
—¿Y qué tal? —pregunta.
Nunca sé qué responder a este tipo de preguntas que la gente hace para dar conversación, por esto siempre llevo un libro conmigo, en las colas, en los ascensores, en la sala de espera de los médicos. Me protege de conversaciones indeseadas. Pero ahora estoy indefensa, así que me obligo a actuar como una persona normal y contestar.
—De los nervios —digo yo, con toda sinceridad.
—Y quién no —comenta ella, arroja la colilla a un cenicero y regresa al interior de la biblioteca.
Me quedo un momento a solas, con los ojos cerrados, sintiendo el tibio sol de las seis de la tarde en la cara, respirando con lentitud, intentando oír los ruidos a mi alrededor: el tráfico cercano, las pisadas sosegadas de los caminantes, las urgentes de los corredores, las bicicletas, el grito de un niño que está jugando, el rumor de las conversaciones y el aire enroscándose en las copas de los árboles. Vuelvo a abrir los ojos, y me giro hacia la fachada de la biblioteca, que desde que abrió se ha convertido en mi lugar favorito y prácticamente, en mi segunda casa.
Es un edificio moderno, construido sobre la estructura de la llamada Casa de Fieras del Retiro. Antiguamente, era un zoo, que abrió sus puertas en el interior del parque del Buen Retiro en 1830, cerca de la puerta de Sainz de Baranda. Se construyó un edificio de dos plantas llamado La Leonera, en cuyo interior había jaulas para varios tigres, una pantera, dos hienas, un chacal... Curiosamente, en la planta superior se dispusieron habitaciones para la familia del rey Fernando VII. Desde la ventana de sus aposentos, los monarcas podían ver otras instalaciones, como el quiosco de los monos, la osera o la jaula de los elefantes, donde permanecían encerrados otros animales. Desde luego, no creo que se aburrieran. Ciento ochenta y cinco años después, los libros son los cautivos y las personas como yo ocupamos el lugar de la familia real, lo cual, si se piensa, es una idea bastante interesante.
En el interior, el cristal se mezcla con los ladrillos, algunos de su color natural y otros pintados de blanco, y también con vigas de metal y de madera, y el resultado es un edificio tan acogedor como luminoso, tan clásico como abierto. Pero a mí no me gusta solo porque sea bonito, me gusta porque tiene historia, porque aunque parezca difícil imaginarlo, donde hoy estoy yo leyendo un libro o repasando unos esquemas, hace doscientos años había un tigre rugiendo ante la mirada pasmada de un infante real, y eso es algo en lo que me encanta pensar.
Paso por delante de la entrada, donde Pilar atiende a un anciano y su compañero teclea algo en el ordenador, y subo por la escalera esperando, deseando, con una intensidad que no logro explicarme, que el chico siga estando allí.
Pero ya no está. En el espacio vacío que ha dejado al marcharse, proyecto retazos mentales de cómo era su cara. El pelo rubio, corto, peinado hacia atrás; la nariz recta; los labios finos pero bien dibujados, los intensos ojos azules... y sobre todo, su sonrisa. Sin embargo, cuanto más intento recordarlo, más se borran los contornos de esos rasgos en mi recuerdo, hasta que por fin, como cuando se pisa un charco, la imagen se desvanece por completo.
Voy corriendo al ordenador y constato que Música para camaleones está disponible, por lo que el chico lo ha dejado en su sitio antes de marcharse. Ojalá no haya terminado de leerlo y pueda verle pronto.
3
Conversaciones imaginarias
No hay manera de dormir. Desde que salí de la biblioteca y regresé a mi casa, me he sentido como si fuera una marioneta, como si unos hilos invisibles tirasen de mis extremidades, como si mis pasos avanzaran por una senda de nubes. Esta extraña alegría que me sostiene por encima del asfalto puede ser peligrosa, porque casi me atropellan al cruzar el semáforo de mi calle. Pero ni siquiera el frenazo de la furgoneta, cuyas ruedas han soltado un chirrido ensordecedor, y que ha quedado a dos centímetros de mi cuerpo, ha conseguido disipar la emoción que he sentido esta tarde. Otros transeúntes me han mirado preocupados, por si me había asustado; y ellos se han quedado perplejos al ver mi tranquilidad y mi sonrisa.
Si esto mismo me hubiera pasado ayer, a esta misma hora, estoy convencida de que me habría puesto muy nerviosa y habría tenido que echar mano de una pastilla adicional. Me habría marchado a casa con la pastilla bajo la lengua, notando su sabor amargo, y esperando con angustia sus efectos a cada paso que diera por las calles.
Nunca había sentido algo así. Me han gustado otros chicos, pero siempre he tenido la impresión de que quería verlos especiales cuando en realidad no lo eran. Lo sé porque la mayoría de los chicos de mi clase, aparte de que no saben que existo, son bastante burros y vulgares. Les gusta el fútbol y las chicas con los pechos grandes. Por ese orden. En cambio, él es distinto, lo presiento. Cuando nos hemos mirado, he sentido una corriente que me ha encendido como un árbol de Navidad. No sé nada de él, ni su nombre, ni su edad, ni si tiene hermanos o mascotas o amigos. Solo sé que viste de negro y que es la clase de persona que acude a la biblioteca a leer un rato. Debo tranquilizarme, he de contener mi tendencia natural a obsesionarme con las cosas y simplemente asumir que los pensamientos van y vienen, pero sin intentar desarrollarlos, o al menos eso es lo que me dice mi psiquiatra. Pero su imagen está ahí cada vez que cierro los ojos, y aunque intente pensar en otra cosa, enseguida se me cruza su recuerdo, y me pongo a fantasear con la conversación que habríamos podido tener si no me hubiera marchado. Ahora veo claro que podría haber hablado con él, pero, como siempre, mis temores limitan lo que puedo o no puedo hacer... Me doy cuenta de que quizá no le vuelva a ver, y la sola idea hace que se me encoja el corazón.
Cuando el sol de la mañana se filtra con timidez por las persianas de mi cuarto, todavía estoy despierta, y sin embargo, sigo soñando con el encuentro, una y otra vez, como en un bucle. Solo el despertador y la realidad del nuevo día que se impone me obligan a apartar mis pensamientos del Lector, pues es así como pienso llamarle, hasta que conozca su nombre.
La mañana en el instituto se ha pasado volando y ahora estoy en el recreo, luchando contra el sueño mientras leo Cumbres borrascosas para preparar el trabajo. Normalmente, Javier viene a sentarse conmigo durante la pausa, pero los días que tiene partido de fútbol sala, como hoy, estoy sola. No me importaría si no fuese porque, en su ausencia, la Triple L no me quita ojo. Alzo la mirada del libro y veo que Lorena me está observando, pero no como suele hacerlo, sino con un atisbo de duda en la mirada. Además, está sola, no la acompañan sus amigas, que suelen ir con ella como la guardia de Darth Vader. Se me acerca pero yo finjo que sigo leyendo y no la miro con la esperanza (absurda, lo sé) de que pase de largo sin decirme nada. Pero no tengo suerte y se para justo delante de mí. Me da una patada en la suela del zapato.
—Eh, tú.
La miro al tiempo que trago saliva.
Lorena, embutida en ropa provocativa, que siempre lleva para resaltar su buena figura, se deja caer a mi lado sin preocuparse de que se le vean las bragas o de ensuciarse los muslos con el polvo del patio.
—Tu amigo Javier... Es solo tu amigo, ¿verdad?
Ahora entiendo su cambio de actitud. Parece que mi amigo les gusta a todas, incluso a las peores de cada casa.
—Sí —digo, y mi voz parece un hilo de seda, una tela de araña.
—Ni de coña un tío así podría estar contigo, ya me lo imaginaba.
No respondo a eso. La miro de reojo, mientras noto su escrutadora mirada recorriendo mi ropa, mi libro, mi pelo despeinado, mi cara llena de rojeces e imperfecciones.
—¿Tiene novia? —pregunta, intentando disimular su inquietud.
Estoy a punto de decirle que no, pero vienen a mi mente sus grandes éxitos. Recuerdo el tacto de la porcelana contra la frente, el agua de la cisterna mojándome el pelo, la nuca y la ropa, recuerdo cuando me cogió la compresa del bolsillo pequeño de la mochila y la pegó en la pizarra gritándole a todo el mundo que era mía, recuerdo la fiesta de la que me echó a patadas delante de todos los que estaban allí.
—Sí, sí que tiene novia.
Puedo ver la decepción en su cara como una nube tapando el sol.
—¿Y quién es?
Me encojo de hombros, deseando que no se dé cuenta de que estoy mintiendo.
Lorena se levanta y se marcha sin decir nada más. Vuelvo a respirar mientras la veo alejarse.
No le he contado a Javier que Lorena se dedica a fastidiarme. Sé que si lo hiciera podría meterse en un lío, y me gusta pensar que lo reservo como el último cartucho por si algún día la situación se pone realmente fea. Ahora está en el otro extremo del patio, fumando con sus amigas. Parece molesta, pero también decidida, furiosa, dando paseos en círculo, como si estuviera tramando algo. Creo que saber que tiene novia (aunque sea mentira) ha hecho que Javier le guste aún más. Quizá haya sido una estupidez lo que he hecho, pero no suelo tener la ocasión de devolver algo del daño que este mal bicho me ha causado.
Sin Javier, el camino a casa resulta tedioso. El cansancio acumulado durante el día y el hambre caen sobre mí como un saco de ladrillos, pero en esta ocasión voy pensando en el Lector y en que esta tarde voy a ir a la biblioteca. Fantaseo con la posibilidad de cambiarme de ropa o de lavarme el pelo y secármelo con algo más de cuidado (no sé peinarme, pero recién lavado es como mejor me queda), pero luego me siento estúpida por ello. ¿Qué diría Lorena si pudiese leer mis pensamientos? ¿Cuánto se reiría de mis aspiraciones con el Lector si viera lo guapo que es? Supongo que podría tomarme el pelo con el asunto durante años y después ligárselo ella. Pero no, algo me dice que eso no pasaría. El Lector es diferente. No podría estar con una chica como ella. Quizá no caiga rendido a mis pies, pero seguro que podríamos ser amigos. Y con eso me conformaría. Me gustaría tener a alguien con quien hablar de libros, aunque no habláramos de nada más. Me pareció que su aspecto era tan irreal como si la estatua de El Príncipe Feliz de Oscar Wilde hubiera decidido bajarse de su pedestal y sentarse frente a mí. En el cuento, que es uno de mis favoritos, Wilde habla de que el príncipe tenía dos zafiros en los ojos, pero los del Lector son aún mejores porque te miran, te miran de verdad, y me pareció que me decían muchas cosas, aunque estuviera demasiado nerviosa para entenderlas.
4
El corazón delator
Me acerco a la biblioteca deshojando una margarita imaginaria. Estará, no estará, estará, no estará. Sonrío a Pilar. Estoy sudando. Subo las escaleras de dos en dos, de lo nerviosa que estoy. Apoyo la mano en la puerta de cristal, anticipando la emoción de volver a verle. Pero cuando hago acopio de valor para mirar, descubro que él no está allí.
Se me escapa un hondo suspiro, mezcla de tristeza y también de alivio, y varias personas me dedican una mirada de reproche. No me esfuerzo en disculparme. Les cojo antipatía por la estúpida razón de que ellos están allí y el Lector no.
Me dispongo a estudiar, intento fijar mi atención en los papeles, pero resulta inútil. Cada frase se cae por el precipicio en mi mente, donde solo hay espacio para un pensamiento, para una palabra. Los párrafos quedan perdidos, dando vueltas por mi cabeza, y su sentido revolotea, como pájaros en una jaula demasiado pequeña, sin que yo me decida a atraparlos y a fijarlos en mi memoria.
Tomo aire profundamente, intento pensar solo en lo que hay delante de mis ojos. Para reforzar mi propósito, hago esquemas, como siempre. Folios blancos, la tinta azul para las letras, el rojo para el subrayado y el verde para tirar flechas entre unos conceptos y otros. El hecho de escribir y dibujar me tranquiliza por unos instantes, hasta que oigo unos pasos que se acercan. El corazón delator se acelera de nuevo, latiendo con tanta violencia como si en vez de estar en silencio en la sala de estudio estuviera en una discoteca, rodeada de cuerpos que bailan e iluminada por luces estroboscópicas. Levanto la vista: es un funcionario que viene a colocar los libros en las estanterías de la sección juvenil. Lo hace tantas veces al día que ya ha perdido toda intención de ser sigiloso. Esta falsa alarma me ha dejado cansadísima y agitada. He perdido toda esperanza de estudiar en estas condiciones. Y la imagen de la silla vacía vuelve a golpearme de nuevo. Por un instante deseo que no venga más, no volver a verle nunca, porque no me gusta sentirme así. Ya tengo en mi vida muchas cosas que me hacen sentir débil, no necesito una más... ni aunque sea la única que pueda hacerme olvidar dónde estoy, cómo me llamo, mis limitaciones o los malos ratos que paso en el instituto. Me siento confusa; no sé si amo la obsesión o si la detesto. Cierro mi cuaderno, cierro mi libro, guardo los bolígrafos en el estuche y me dispongo a marcharme. Pero cuando me levanto, veo una sombra al otro lado de la puerta de cristal. Es él. Me siento con toda la naturalidad de la que soy capaz y abro de nuevo el cuaderno y el libro, dejo a un lado el estuche y me fijo con atención en las palabras impresas en el texto de Historia de España, como si me importaran algo. No me atrevo a mirar si se sienta, si lo hace frente a mí, si pasa de largo o si repara en mi presencia. Ahora mismo me siento como si estuvieran disparando cohetes en mi interior, y puedo notar que me estoy poniendo roja por momentos. Me arde la cara. Escribo palabras aleatorias para disimular mientras escucho. Los pasos de alguien se acercan a mi mesa. Alguien arrastra una silla. Por fin una mancha oscura entra en la parte superior de mi campo visual. Está sentado frente a mí. Ha sucedido lo que tanto he deseado, lo que tantas veces he visualizado, y ahora me siento paralizada ante su presencia, no sé qué hacer.
De repente me entran ganas de morirme y desaparecer, de ser transparente. Me gustaría ser uno de los pétalos de un diente de león que se deshace en el aire, y que el viento va transportando por todas partes. Solo espero que él no pueda oír lo rápido que me late el pecho, ni que perciba que mi respiración es agitada y agónica. Ahora quisiera que se fuera por donde entró, que todo esto jamás hubiera ocurrido. Pero un impulso me hace mirar hacia donde está él, como quien sube a una montaña y no puede resistir la tentación de mirar hacia abajo, por mucho que el vértigo le dé ganas de tirarse hacia el abismo.
Le miro, miro sus ojos azules, y él me mira, sin timidez, con decisión. Una corriente eléctrica me sacude desde los tobillos hasta las sienes. Sus ojos se detienen en los míos con tanta firmeza que casi se me olvida el mundo; da la impresión de que va a decir algo porque nadie mira así. En un segundo que se ensancha en el tiempo, veo pequeñas motitas marrones en el iris azul, mientras noto cómo me hipnotizan las dos pupilas, que sostienen las mías como dos alfileres.
Cualquiera que nos viera pensaría que estamos jugando a ojos de lobo, pero no sé cuál es el juego. No aguanto más y bajo la vista, pero él sigue mirándome, puedo notar su mirada clavada en mi cara, y ya no entiendo nada ni creo poder aguantar mucho más esta situación.
—¿Cómo te llamas? —le oigo decir, en un susurro.
—Laura.
Vuelvo a mirarle. Se hace otro silencio.
—Yo soy Alexei.
Recibimos algunas miradas acusadoras de las mesas contiguas. Me gustaría decirle algo, pero no se me ocurre nada que no sea torpe o inadecuado.
—¿Ya has terminado Cumbres borrascosas? —me pregunta.
—Lo he leído muchas veces... lo estaba revisando para un trabajo —contesto, lo más bajito que puedo.
Sonríe, y su cara se ilumina.
—Qué cabrón, Heathcliff.
—Sí. Un mal bicho —respondo, y ambos nos reímos un poco.
Una chica en la mesa de al lado nos chista. Alexei le hace un gesto de perdón y se levanta de la mesa. Le veo salir de la sala. Ha dejado un jersey negro en la butaca, así que supongo que va a volver. La chica que nos ha pedido silencio me ve mirar el jersey, y me siento desnuda, estoy convencida de que puede leer mis pensamientos y adivinar mi turbación. Por fin, él regresa con el libro que estaba leyendo la última vez que le vi, Música para camaleones, y se acerca a la mesa. Se sienta de nuevo frente a mí, me dedica otra sonrisa y se pone a leer tranquilamente.
Finjo que sigo haciendo esquemas de historia cuando en realidad tengo puestos todos mis sentidos en percibir cómo va pasando las páginas, cómo cambia de postura en la silla, cómo su mirada recorre los renglones de izquierda a derecha. Y creo que con esto me bastaría, que no necesitaría más.
Pasa una hora así, quizá hora y media. El día está cayendo en el parque del Retiro y la chica que nos ha pedido silencio recoge y se marcha sin decir nada. Estamos a solas. Me gustaría que él dijera algo, pero parece muy concentrado en su lectura. Quizá lo mejor sería marcharme sin más. Además, tengo que llegar a mi casa a cenar a las nueve, y ya es tarde. También podría quedarme aquí hasta que cierren, esperando una nueva palabra suya, revelando lo patética que soy. Opto por lo primero y apilo mis pertenencias.
—¿Te vas ya? —pregunta él con naturalidad, y sin esperar respuesta añade—: Me marcho contigo.
Me parece imposible que esto esté pasando de verdad. Me dan ganas de gritar de alegría, pero en cambio tengo que mostrar una cara de indiferencia y me cuesta un montón. Salimos en silencio, mientras en el mostrador de la entrada van apagando los ordenadores y recogiendo los carritos, ahora vacíos, que emplean para colocar los libros.
Cruzamos la puerta, y un golpe de aire frío refresca mi piel.
—¿Hacia dónde vas? —me pregunta.
En vez de hablar, señalo una dirección, porque sé que si hablo se me quebrará la voz.
—Te acompaño un poco.
Echamos a caminar. Se oye el tráfico distante de Menéndez Pelayo, y los pasos en la tierra, y en medio de los dos, el silencio.
—Cumbres borrascosas es estupenda, pero tiene demasiados giros para mi gusto. Es como una orquesta que no sabe cuándo tocar el último «tachán». ¿No te parece?
—A mí me gusta mucho —respondo, mientras lamento no haber nacido más elocuente.
—Yo soy más de Jane Eyre —confirma él—. Jane es una auténtica superviviente.
Yo le miro y sonrío, él me devuelve la sonrisa, y ante nosotros se alza la puerta de salida de Sainz de Baranda.
—Y ahora, ¿hacia dónde vas?
—Hacia abajo.
Él mira más allá, como si la ciudad fuera un inmenso jardín que le perteneciera.
—Entonces supongo que ya nos veremos. Hasta luego, Laura.
Se marcha y yo sigo caminando sin volverme, aunque me muero de ganas. Espero unos segundos para no ser descubierta y me giro. Él es una mancha oscura que sube por la calle O’Donnell.
—Alexei —digo su nombre en voz alta, como si se me fuera a olvidar, como si no fuera a girar como un satélite a mi alrededor toda la noche.