1
Una aparición inesperada
Max, Pía y Rex jugaban en la playa de Punta Escondida unos días después de rescatar al abuelo Godofredo, que había sido secuestrado por el malvado (y feo) capitán Maliand. La abuela Agatha les había regañado por escaparse a Bahía Mejillón, en la tierra de Ur, sin su permiso y ahora les tenía bastante vigilados. Solo les dejaba ir a la playa, pero tenían que volver a casa antes de oscurecer. Pía les había contado que también su padre se había enfadado mucho con ella y le había hecho prometer que nunca más iría a Ur sin preguntar antes. La niña se había llevado dos regañinas: la de su padre y la de Agatha, pero se lo había tomado con buen humor. Decía que eso significaba que los dos la querían mucho y preferían que nada malo le pasase.
—Pía, ¿crees que volveremos a Ur? —preguntó Max.
—Supongo. ¿Por qué? —contestó la niña distraída mientras hacía un castillo de arena.
—No sé, supongo que ir allí es lo más emocionante que me ha ocurrido nunca, aunque también pasé mucho miedo.
—¿¿EN SERIO QUIERES VOLVER ALLÍ?? —gritó Rex agitando los brazos de su bralecotrón, una especie de chaleco con brazos que le servía para hacer lo que cualquiera con unos brazos normales podía hacer—. ¿¿ES QUE NO HAS TENIDO SUFICIENTE??
—No es eso, Rex, no empieces. Es solo que en el fondo creo que echo de menos la aventura.
—YA ESTÁ EL SEÑORITO CON LA AVENTURA...
—¡Niños! ¡Niños! ¡A cenar! —llamó la abuela desde la puerta de la casa.
Los tres se dirigieron al encuentro de la abuela, quien les esperaba con una sonrisa enorme bajo el dintel de la gran puerta azul de la casa de Punta Escondida. Agatha estaba bastante más tranquila y empezaba a pasársele el enfado, al fin y al cabo, Pía, Max y Rex se habían metido en líos con la mejor intención y habían rescatado a Godofredo. Tampoco es que Agatha sirviese para estar mucho tiempo enfadada, su carácter no se lo permitía. Además, Falgar el cangrejo les había dicho que todo parecía tranquilo en Ur... Al menos de momento.

Los tres niños entraron y se dirigieron al baño (en realidad Rex es un tiranosaurio adolescente, pero a ojos de los abuelos de Max, seguía siendo un niño). Después de salpicarse agua entre ellos, con las consiguientes quejas de Rex sobre mojarse las gafas (para ser un tiranosaurio, era bastante remilgado) y hacerse un más que dudoso lavado de manos, fueron a la cocina y se sentaron a la mesa.
—Abuela, ¿volaré esta vez si me como esto? —preguntó Max, acordándose de cierto pastel de calabaza que le había hecho hincharse y volar como un globo unos días antes.
—No, Max, no volarás... O eso creo. Lo veremos cuando te lo comas —rio la abuela—. Godofredo, por favor, saca el pan del horno y acerca la jarra de zumo de arándanos gigantes.
Cuando el abuelo se acercaba a la mesa con la jarra en una mano y el pan en la otra, se oyó un estrépito en el piso de arriba.

Ese sonido no podía ser otra cosa más que el transportador dimensional, un armario de metal inventado por el abuelo que servía para viajar a la tierra de Ur. Los cinco se precipitaron hacia las escaleras. El primero en llegar fue el abuelo, que al abrir la puerta de su taller se encontró el transportador abierto y un pterodáctilo tirado en el suelo.
¡Estaba gravemente herido!
Tenía varios cortes por todo su cuerpo empapado en sangre. El abuelo no se había dado cuenta, pero todavía llevaba el pan y la jarra en sus manos. Soltándolas en la mesa del taller, comenzó a dar órdenes:
—¡Agatha! Ve a por tu botiquín. ¡Pía, apaga el transportador y trae agua, toallas y vendas! ¡Max, Rex! ¡Ayudadme a llevarle a esa habitación!
La abuela llegó corriendo llevando en una mano un maletín negro con una cruz verde en el lateral y en la otra, un Traductor Universal igual que el que usaba Rex y que servía para traducir lo que decían. En su país, Sauria, no hablan el mismo idioma que los humanos. Pía trajo también lo que le habían pedido y, mientras el abuelo le colocaba el extraño casco al pterodáctilo, la abuela empezó a lavarle las heridas y a curarle, pasados unos minutos, el herido volvió en sí.
—Se... Señor Go... Godofredo... —comenzó el pterodáctilo con voz débil—. L... L... La alcaldesa d... d...de Sauria so... solicita s... s... su ayuda. E... E... estamos en... pe... pe... peligro.
2
Alas Rápidas
—¿A qué peligro se refiere? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué...? —comenzó el abuelo.
—Godofredo, tal vez lo mejor ahora sea que este pterodáctilo descanse y se recupere un poco de sus heridas —dijo la abuela—. Mañana se encontrará mejor y habrá tiempo para que nos explique todo.
—Sí, tienes razón, es mejor que descanse —asintió Godofredo algo avergonzado.
—¿Cómo se llama, señor? —preguntó la abuela al herido mientras le pasaba una toalla húmeda por la cabeza y le limpiaba la sangre.
—S... s... soy el v... vigilante Alas Ra... Ra... Rápidas, amable señora.
—Muy bien, Alas Rápidas, beba esto —dijo la abuela acercándole una pequeña botella al pico—. El sabor es bastante asqueroso, pero nos permitirá curar sus heridas sin que le duela mucho. Luego le daremos un calmante para que pueda dormir bien y mañana hablaremos. Ahora relájese, ¿de acuerdo?
—Ll... Llámeme A... Al... Alas. Y... mu... muchas gra... gra... gracias.
Pía pensó que para ser un saurileño, era bastante educado. Los saurios tenían fama de ser un pueblo terrible y violento, siempre peleando, entre ellos y con otros. Hasta Rex había tenido que abandonar su hogar hace años al confesarle a sus padres que era vegetariano.
Los abuelos continuaron desinfectando, cosiendo y vendando las numerosas heridas del habitante de Sauria, después le dieron el calmante para el dolor. Aunque estaban ansiosos por saber qué había pasado, su paciente necesitaba descansar y dormir bien.
Max, Pía y Rex miraban la escena asustados. Nunca habían visto heridas tan horribles en un pterodáctilo... Bueno, Max nunca había visto un pterodáctilo más allá de los que había dibujados en sus libros del cole o en las películas, pero ya empezaba a acostumbrarse a este tipo de cosas.
—Agatha, Godofredo, tengo que ir a ver si mis padres están bien —gimoteó Rex—. Ellos viven en Sauria y ahora mismo muero de preocupación.
Agatha le pidió al abuelo que siguiese curando al pterodáctilo y se levantó para hablar con Rex.
—No, Rex —comenzó en voz baja y dulce—. Entiendo que estés preocupado, pero es muy peligroso. Mañana cuando sepamos más ya pensaremos qué hacemos, no te preocupes, haremos lo que haga falta para comprobar que a tus padres no les ha sucedido nada. —Rex agachó la cabeza y la abuela pudo ver que una enorme lágrima se le escapaba del ojo, así que le abrazó—. Ahora, por favor, baja a la cocina y sube un poco de caldo de verduras y agua para Alas.

Rex se dirigió a la puerta cabizbajo y al borde del llanto.
—Y vosotros —continuó Agatha volviéndose hacia donde estaban Pía y Max—, no quiero que hagáis tonterías. Nada de ir por vuestra cuenta a Ur, ¿está claro?
—Sí, abuela, no haremos nada. Lo prometemos, ¿verdad, Pía?
—Sí, lo prometemos —asintió la niña.
—Muy bien, pues bajad con Rex y ayudadle a subir las cosas... Y, niños, intentad distraerle un poco, es normal que esté preocupado. Jugad con él a algo, que no piense mucho esta noche.
—Claro, abuela, lo intentaremos.
Pía y Max también salieron de la habitación dejando a los abuelos con Alas.
3
Demasiado almuerzo
Los dos niños se dirigieron a la cocina para ayudar a Rex, que ya estaba preparando una bandeja para Alas. Llenaron un cuenco de madera con caldo de verduras muy calentito, una jarra con agua y otra con zumo de arándanos gigantes. Además, añadieron una pata de cordero, un plato de cocido, tres solomillos de ternera y medio pastel de calabaza... Rex también hizo una ensalada con lechuga, aceitunas, tomates y cebollas, por si Alas era vegetariano como él. Cuando lo tuvieron todo listo, subieron a la habitación de nuevo.
—Ya está, hemos traído lo que nos has pedido —dijo Max dejando la enorme bandeja en la mesilla con ayuda de Pía y Rex.
El abuelo vio la bandeja y comenzó a reírse a carcajadas.
—Lo que os han pedido y algo más, ¿no? —bromeó Godofredo.
—Bueno, es que hemos pensado que tal vez se quedaría con hambre, al fin y al cabo es un dinosaurio y los dinosaurios comen todo el rato... O eso es lo que he visto en las películas —contestó Max un tanto indignado.

—¡Ay, nieto! Da igual que seas humano, dinosaurio, habitante del mar o un gato, cuando estamos enfermos, solemos tener menos hambre —dijo el abuelo revolviéndole el pelo.
El abuelo comenzó a darle el caldo a Alas. En cuanto este lo terminó, se quedó dormido.
—Vale, niños, hora de salir de aquí, no queremos despertarle. Vosotros, bajad a cenar. Nosotros recogeremos todo este estropicio —susurró la abuela.
Entre Godofredo y Agatha recogieron todas las cosas de la habitación y hablaron sobre lo ocurrido. Tenían que tomar ciertas decisiones y preferían que los niños no estuviesen delante. Mientras tanto, Max, Pía y Rex cenaban en la cocina. Ya estaban casi acabando de cenar, cuando los abuelos se unieron a ellos.
—Muy bien, niños, este es el plan —comenzó el abuelo—: Pía, cuando llegues a casa, dile a tu padre lo que ha pasado. Que esté preparado por si le necesitamos. Y vosotros dos —continuó dirigiéndose a Max y Rex—, mañana tendremos que levantarnos temprano, hay muchas cosas que preparar para el viaje y necesitaremos vuestra ayuda. Además, sea lo que sea lo que ha pasado en Sauria, tendremos que ir a Ur y vosotros vendréis. —La cara de Rex se iluminó—. No te alegres tan pronto, jovenzuelo —le reconvino el abuelo—. Solo venís porque no queremos dejaros solos aquí. Podríais prender fuego a la casa, o algo peor. Sois capaces.
—¿Y yo? ¿Yo puedo ir? —preguntó Pía entre temerosa e ilusionada (le encantaba ir a Ur y temía que le dijesen que no podía ir).
—Pregúntaselo a tu padre. Si él está de acuerdo, puedes venir —contestó Agatha—. Y ahora, todos a dormir. Pía, te acompaño, que ya ha anochecido y no quiero que andes tú sola a estas horas.
Max, Rex y el abuelo se dirigieron a sus habitaciones mientras Pía y Agatha salían por la puerta de la cocina y se adentraban en la noche.
Max se metió en la cama con una mezcla de emociones. Por un lado le entusiasmaba volver a Ur y ver a Falgar, el enorme cangrejo con larga barba blanca que había conocido en su anterior viaje a Ur; por otro, le asustaba pensar en las horribles heridas de Alas y en qué o quién las habría causado. Al día siguiente saldrían de dudas.