Zac y Mia

A. J. Betts

Fragmento

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Ha llegado un novato a la habitación contigua. Desde este lado de la pared puedo oír cómo arrastra los pies, inseguro acerca de dónde detenerse. Oigo a Nina repasar las normas de ingreso con su tono alegre de azafata, como si este «vuelo» fuera a ir como la seda, como si no fuéramos a tener necesidad alguna de tirar de la palanca de la salida de emergencia. Relájese y disfrute de nuestro servicio. Nina tiene ese tipo de voz que inspira confianza.

Estará diciendo:

—Este mando es para la cama. ¿Lo ves? Puedes inclinarla por aquí o bien reclinarla con este botón. ¿Lo ves? Pruébalo tú.

Diez meses atrás, fue a mí a quien Nina le explicó estas cosas. Era un martes. Me arrancaron de una clase de matemáticas a segunda hora, y me metieron a toda prisa en un coche con mamá y una pequeña bolsa de viaje. En el trayecto de cinco horas en dirección norte, a Perth, mamá utilizó palabras como «precauciones» y «pruebas rutinarias». Pero por entonces yo ya lo sabía, claro. Llevaba muchísimo tiempo sintiéndome cansado y enfermo. Sabía qué estaba ocurriendo.

Aún iba vestido con el uniforme cuando Nina me condujo a la habitación número 6, donde me enseñó a utilizar el teléfono interno, el mando de la cama y el del televisor. Con un movimiento rápido de muñeca, me mostró cómo marcar las casillas de la cartulina azul del menú: desayuno, té de media mañana, almuerzo, merienda, cena. Agradecí que mamá prestara atención, porque yo sólo podía pensar en lo mucho que pesaba mi mochila del colegio y en la redacción de inglés que debía entregar al día siguiente, para la que ya me habían concedido un día más. Sí que recuerdo, sin embargo, la horquilla que Nina llevaba en el pelo. Era una mariquita moteada con seis topos. Qué cosas tan extrañas hace nuestro cerebro. Todo tu mundo se está derrumbando, y lo único que haces es fijarte en algo inesperado y sin importancia. La mariquita parecía fuera de lugar, pero al menos era algo a lo que agarrarse. Como un trozo de chatarra flotante en medio del océano.

A estas alturas, podría recitar de memoria el discurso de bienvenida de la enfermera.

—Si tienes frío, aquí encontrarás mantas —estará diciendo Nina.

Me pregunto qué horquilla llevará hoy en el pelo.

Mamá reacciona con toda la indiferencia de que es capaz:

—Bueno, parece que ha llegado uno nuevo...

Sé que le encanta tanto como lo odia. Le encanta porque ha llegado alguien a quien saludar y conocer. Lo odia porque uno no debería desearle algo así a nadie.

—¿Cuándo fue la última vez que llegó uno nuevo? —Mamá empieza a repasar nombres—: Mario, próstata; Sarah, intestino; Prav, vesícula; Carl, colon; Annabelle... ¿Qué era lo que tenía Annabelle?

Todos ellos eran viejecitos de más de sesenta años, completamente inmersos en sus tratamientos. Ninguno aportó nada nuevo o emocionante.

Una enfermera pasa como una exhalación por delante de la ventana circular de mi puerta. Es Nina. En su pelo me ha parecido ver algo de color amarillo. Tal vez un pollito. Me pregunto si lo habrá comprado en la sección infantil de unos grandes almacenes. En el mundo real, sería un poco raro que una chica de veintiocho años llevara esos animalitos de plástico en el pelo, ¿verdad? Aquí, no obstante, parece que tiene algún sentido.

Mi visión parcial del pasillo de nuestra planta regresa a la normalidad: una pared blanca y dos tercios del cartel «VISITAS, SI TOSEN O ESTÁN RESFRIADOS, POR FAVOR, MANTÉNGANSE ALEJADOS».

Mamá quita el sonido de la televisión con el mando a distancia y se revuelve en la silla. Con la esperanza de captar pistas auditivas cruciales, mueve la cabeza de modo que su oído bueno quede más cerca de la pared. Al colocarse el cabello detrás de la oreja, veo más canas de las que tenía.

—Mamá...

—Chis. —Se inclina todavía más.

Llegados a este punto, la secuencia habitual es la que sigue: el acompañante del nuevo paciente hace comentarios sobre las vistas, la cama y el tamaño del cuarto de baño. El paciente se muestra de acuerdo. Luego encienden el televisor, hacen zapping por los únicos seis canales y, finalmente, apagan el aparato. Con frecuencia se producen risitas nerviosas cuando encuentran la pila de orinales y bacinillas desechables de color gris: la mayoría se mantiene en la ingenua creencia de que el paciente nunca estará tan débil o desesperado como para tener que utilizarlos.

A continuación, se instala un prolongado silencio, cuando sus miradas ya han recorrido las paredes blancas de la habitación, con sus enchufes, etiquetas rotuladas y agujeros para cosas que ni siquiera pueden imaginar que existen. Escudriñan las paredes de norte a sur, de este a oeste, antes de que la certeza de que todo esto es real caiga sobre ellos como una losa; que el tratamiento empieza mañana, que esa cama será su hogar durante varios días, con sus idas y venidas formando ciclos bien planeados a lo largo de los meses o los años que necesiten para combatir lo que sea; sólo entonces se dan cuenta de que no existe una palanca en la salida de emergencia.

En ese momento, el acompañante suele decir: «Ah, bueno, no está tan mal. Mira, fíjate, desde aquí puedes ver la ciudad.»

Algo más tarde, después de haber guardado la ropa en el armario y probado por primera vez el café de la cafetería, el nuevo paciente se mete en la cama a hojear un par de revistas, sabiendo que, en el fondo, esto no es exactamente un vuelo, sino más bien un crucero, y que su habitación es un camarote bajo el agua donde la tierra firme sólo es algo con lo que soñar.

Sin embargo, sea quien sea el nuevo ocupante de la habitación número 2, no está siguiendo la secuencia habitual. Sólo se ha oído el sonido de una bolsa de equipaje al caer al suelo, y ya está. Nada de cremalleras abriéndose. Ningún clic-clac de perchas moviéndose en el armario, ni el tintineo de enseres de baño sobre el estante superior. Y lo que es aún peor, ni siquiera se ha producido el reconfortante intercambio verbal.

Mamá se vuelve hacia mí.

—Debería ir a saludar.

—Sólo lo haces porque estás perdiendo —le digo en un intento por ganar algo de tiempo para el nuevo paciente.

Mamá apenas pierde por cinco puntos, pero la verdad es que ambos estamos jugando de pena. Mi mejor palabra hasta el momento ha sido «garrulo», aunque me ha costado que ella la aceptara. La suya ha sido «abatido», lo que resulta bastante triste.

Mamá forma la palabra «bota» y añade seis puntos a su cuenta.

—Nina no mencionó que llegaba uno nuevo.

Esto lo dice sin ironía, como si de verdad esperara que la informaran de todas las entradas y salidas de los pacientes del Pabellón 7G. Creo que lleva tanto tiempo aquí que ha olvidado que pertenece a otro lugar.

—Es demasiado pronto para ir a saludar.

—Tal vez debería ofrecerles un té...

Mi madre: el Comité de Bienvenida No Oficial de la Planta de Oncología. La que prepara tés relajantes, la que trae de la cafetería bollitos con raciones individuales de mermelada de ciruela. La autoproclamada portavoz de las familias de los pacientes.

—Acaba la partida, mamá.

—Pero ¿y si están solos? Como le ocurrió a... ¿Cómo se llamaba? ¿Te acuerdas de él?

—Quizá sea eso precisamente lo que quieran, estar solos. Es normal, ¿no? Desear estar solo a veces.

—¡Chis!

Entonces también yo lo oigo. Al principio no entiendo las palabras —nos separa una pared de yeso, diría que de unos seis centímetros—, pero el sonido va en aumento.

—Dos mujeres... —confirma mamá con sus ojos castaños dilatándose. Su boca se tuerce a medida que oye «eses» y «tes» lanzadas entre siseos—. Y parece que una es mayor que la otra.

—Deja de cotillear —le digo, aunque no es algo que podamos evitar. Las voces suben de volumen y las palabras salen como proyectiles.

«¡No deberías! ¡Para! ¡No lo hagas! ¡Yo que tú no lo haría!»

—¿Qué está ocurriendo ahí? —pregunta mamá.

Yo le ofrezco mi vaso vacío para que lo pegue a la pared, como hacen los espías.

—No te hagas el listillo —me dice, y añade—: No funciona, ¿verdad?

No es que en mi familia no haya habido discusiones de ese tipo. Años atrás, Bec y mamá se enzarzaban a la mínima. En posición de ataque y fieras como dos rottweiler. En esas ocasiones, papá y Evan abandonaban la casa y huían a los campos de olivos, donde no pudieran llegarles las voces. Yo, en cambio, solía quedarme en el porche, no me fiaba de dejarlas solas.

Las peleas perdieron intensidad cuando Bec cumplió los dieciocho. Sin duda, ayudó bastante que se mudara a la vieja casa contigua que antes ocupaban los trabajadores. Ahora tiene veintidós años y está embarazada. Mamá y ella se llevan bien. Siguen siendo tozudas como mulas, pero han aprendido a reírse la una de la otra.

Nadie se ríe en la habitación número 2. Las voces suenan amedrentadoras. Se oyen palabrotas, y luego una puerta que se cierra. No da un portazo, porque todas las puertas disponen de un dispositivo con un muelle que las cierra con un controlado e insatisfactorio silbido. A continuación, pasos rápidos por el pasillo. La cabeza de una mujer pasa veloz por delante de la ventana de mi puerta. Al ser una mujer baja, apenas aparece por encima del marco. Lleva unas gafas de montura marrón y una pinza de carey que recoge la mayor parte de su cabello rubio. Con la mano derecha se aprieta la nuca.

Sentada a mi lado, mamá parece una suricata. Su atención va de la puerta a la pared, y luego a mí. Después de veinte días en la habitación número 1, parece haber olvidado que allá fuera, en el mundo real, la gente se cabrea y la tranquilidad no dura, como ocurre en el colegio, donde los chicos plantan cara si alguien los empuja en la cola del comedor. Ha olvidado que existen los egos y la rabia.

Mamá se prepara para pasar a la acción: quiere seguir a esa mujer, ofrecerle té, bollitos con dátiles y un hombro sobre el que reclinarse.

—Mamá.

—¿Sí?

—Guárdate el discurso de ánimo para mañana.

—¿Tú crees?

Lo que creo es que ambas necesitarán algo más que los consejos de mamá. Probablemente alcohol. Quizá cinco miligramos de diazepam.

Formo la palabra «cotilla» golpeando las fichas contra el tablero, pero mamá no se da por enterada.

—¿Cómo es posible que alguien discuta de esa forma? En la planta de enfermos de cáncer... Seguramente acabarán de...

Como si saliera de un megáfono, una voz retumba al otro lado de la pared.

—¿Qué... demonios...?

Acto seguido, un ritmo trepidante nos hace dar un respingo. Las fichas de mamá caen al suelo.

La música, por llamarla de alguna manera, invade mi habitación a un nivel acústico jamás oído en el Pabellón 7G. La chica nueva debe de haberse traído sus propios altavoces, sin duda los ha colocado en la repisa que hay sobre la cama, de cara a la pared que separa ambas habitaciones, y ha subido el volumen al máximo. Una cantante se desgañita a través del yeso. ¿Acaso no sabe que es «nuestra» pared?

Mamá está a cuatro patas y se arrastra bajo mi cama en busca de sus siete letras, mientras la habitación late con electropop al son de «menea tu culo», y «lo deseas a muerte». Ya había oído esa canción, puede que uno o dos años atrás.

Cuando mamá se levanta del suelo, lleva en la mano una «T» de más y una «X», una barra de labios con sabor a fresa y un caramelo mentolado.

—¿Quién canta? —me pregunta.

—¿Cómo voy a saberlo?

El sonido es estridente, un ataque a mis oídos.

—Pero... ¡esto parece una discoteca!

—¿Y cuándo has estado tú en una discoteca?

Mamá levanta una ceja mientras desenvuelve el caramelo. Para ser sincero, yo tampoco he estado nunca en una discoteca, de modo que ninguno de los dos está cualificado para hacer comparaciones. En realidad, el volumen debe de ser el propio de una discoteca de tarde para adolescentes, pero supone un verdadero shock para dos personas que llevan tanto tiempo en una habitación silenciosa y bajo control, rodeadas de vecinos de lo más conservadores.

—¿Es Cher? Antes me gustaba...

No estoy al día en cantantes femeninas con nombres simples. ¿Rihanna? ¿Beyoncé? ¿Pink? Letras llenas de dolor se cuelan a través de la pared.

Entonces caigo por fin. Lady Gaga. La novata está chiflada. ¿La chica de la número 2 tiene cáncer y además mal gusto?

—¿O es Madonna?

—¿Juegas o no? —pregunto, al tiempo que cruzo «bota» con «pomo».

La canción sigue dale que te pego con cabalgar sobre el disco stick de un tío. ¿En serio?

Mamá finalmente se mete el caramelo en la boca.

—Debe de ser joven —comenta en voz baja. Los jóvenes la trastornan más que los viejos—. Qué pena.

Luego se vuelve hacia mí y cae en la cuenta de que yo también soy joven. Baja la mirada hacia las letras desordenadas que tiene en la mano, como si intentara formar una palabra que explicara lo que está sintiendo.

Sé lo que está pensando. Maldita sea, he acabado por conocerla demasiado.

—Deben de ser unos buenos altavoces, ¿no crees? —me dice.

—¿Qué?

—Tal vez deberíamos haber traído de casa los tuyos. O haber comprado unos. Mañana podría ir a mirar...

—También puedes robárselos.

—Está enfadada.

—Esa canción está destruyendo mi reserva de glóbulos blancos.

Sólo bromeo a medias.

Acaba la canción, pero no hay justicia en este mundo porque, de inmediato, vuelve a comenzar. La misma. Venga ya, ¿la friki de Lady Gaga otra vez? ¿Y a este volumen?

—Te toca.

Mamá coloca con delicadeza «tablero» en el... tablero. Luego saca otras cuatro letras de la bolsa, como si todo fuera normal, como si no estuvieran abusando de nuestra capacidad auditiva.

—La canción está en modo repetición —señalo innecesariamente—. ¿Puedes pedirle que pare?

—Es nueva, Zac.

—Todos hemos sido nuevos. No hay excusa para... algo así. Seguro que existen unas normas. Un código ético para los pacientes.

—De hecho, a mí no me molesta. —Mamá menea la cabeza como prueba, al estilo bebop, creo que se llama.

Echo un vistazo a mi tablero. «T, F, J, P, Q, R, S.» Ni siquiera tengo una vocal.

Me rindo. No puedo pensar. No quiero. Ya he tenido bastante de esta canción, que ahora suena por tercera vez consecutiva. Intento asfixiarme a mí mismo con una almohada.

—¿Quieres un té? —me pregunta mamá.

No quiero un té, nunca quiero té, pero le digo que sí para poder estar a solas unos minutos, quizá una hora si encuentra a la acompañante de la novata y la somete a la Terapia de Emergencia con Bollito en la cafetería para pacientes.

Oigo correr el agua. Mamá sigue a conciencia las instrucciones sobre el lavado de las manos.

—No tardaré.

—¡Vete tranquila! —le digo—. Sálvate tú al menos.

Tras cerrarse la puerta, me quito la almohada de la cara. Deslizo las fichas del Scrabble dentro de la caja y coloco la cama en posición horizontal. ¡Cuando por fin se me concede el preciado tiempo sin madre me lo arruinan con esto! La canción arranca por cuarta vez.

¿Cómo es posible que la habitación número 1 sea un santuario tan eficaz contra los gérmenes del mundo exterior y, en cambio, no pueda protegerme de los peligros de esta mierda de música?

No puedo oír a la chica. De hecho, no puedo oír nada que no sea esa canción, pero me imagino que estará tendida en la cama, moviendo los labios mientras sigue la letra que yo me esfuerzo al máximo en ignorar.

La habitación número 2 es casi idéntica a la mía. Lo sé porque he estado en ella. Tienen el mismo armario, el mismo cuarto de baño, las mismas cortinas... Incluso están pintadas del mismo color. Todo está duplicado, aunque a la manera de una imagen invertida. Si las observáramos desde arriba, las cabeceras de las camas aparecerían espalda con espalda, separadas tan sólo por los seis centímetros de grosor de la pared.

Si en este instante está tumbada en la cama, prácticamente estamos cabeza con cabeza.

Pasillo abajo hay otras seis habitaciones individuales más y ocho dobles. He estado en todas. Cuando en febrero me diagnosticaron esto por primera vez, me convertí en un viajero frecuente durante seis meses, moviéndome en ciclos de inducción, consolidación, intensificación y mantenimiento. Al final de cada ciclo de quimio, mamá conducía de vuelta los quinientos kilómetros que nos separaban de casa. Allí yo podía descansar. Reponía fuerzas y acudía uno o dos días al colegio, aunque el resto de mis compañeros de curso preparaban exámenes que yo no podría hacer. Luego mamá y yo regresábamos a Perth, nos metíamos en la habitación que quedara libre y nos preparábamos para el siguiente impacto.

Ambos esperábamos que la quimio funcionara. Pero no lo hizo.

«Si no puedes atacarlo, intenta cambiarlo», me había dicho la doctora Aneta para darme ánimos cuando recaí. En una agenda marcó en amarillo fluorescente un bloque que iba del 18 de noviembre al 22 de diciembre. Escribió: «Zac Meier. Trasplante de médula espinal. Habitación 1.» Me explicó que los primeros ocho o nueve días iban a dedicarse de nuevo a atacar, para preparar el trasplante del «Día 0». El resto de la estancia sería en aislamiento estricto. Sólo así podían garantizar el éxito del injerto y la cura.

—¿Cinco semanas en la misma habitación?

Mierda, si incluso los presos de alta seguridad cuentan con más libertad.

Volvió a ponerle el capuchón al rotulador.

—Al menos estarás en casa por Navidad.

Antes de la leucemia ya me costaba lo mío aguantar dos horas quieto en una misma habitación, no digamos un día entero. Todo lo interesante ocurría fuera: el fútbol, el críquet, la playa, la granja... Incluso en el colegio me sentaba siempre junto a la ventana para ver lo que estaba perdiéndome.

—La habitación número uno tiene las mejores vistas —dijo la doctora Aneta, como si eso pudiera endulzar las cosas. Como si tuviera alguna posibilidad de elegir.

Acaba la canción y respiro aliviado. Por un momento, sólo oigo los sonidos previsibles; la caída del gota a gota, el zumbido de mi neverita...

Me pregunto si la novata estará contando por primera vez el número de placas del techo. Yo podría decírselo: ochenta y cuatro. Las mismas que en el mío. Quizá está volviendo a contarlas en la otra dirección, sólo para asegurarse.

¿Dieciocho malditas veces? El metotrexato no es nada en comparación: esto sí que está matándome.

Las enfermeras siguen en su reunión semanal, por lo que no hay nadie que pueda salvarme de este ciclo infernal interminable. ¿Quién es capaz de escuchar una misma canción dieciocho veces? ¡O diecinueve! ¿Es que esta chica está mal de la cabeza? ¿Acaso está experimentando con un nuevo tipo de terapia para intentar que sus células cancerígenas se autodestruyan de forma espontánea? ¿Existe una Cura Milagrosa Lady Gaga del Cáncer de la que no he oído hablar?

Los pacientes viejos nunca hacen cosas así. Muestran respeto. Es cierto que Bill pone el volumen de la radio bastante alto para seguir las carreras de galgos, pero la agresión acústica sólo alcanza un nivel de molestia medio, no absoluto. Y luego está Martha, cuyas carcajadas agudas resultan un poco estridentes, pero sólo después de que haya bebido mucho rooibos.

Sea como sea, no puedo precisamente saltar de la cama, salir por la puerta y buscar la tranquilidad de un cuarto para trastos en el que esconderme. Gracias al Protocolo de Trasplante de Médula estoy atrapado en esta celda de cuatro metros por cinco. Veinte días cumplidos, quince por delante... Demasiado tiempo para permanecer prisionero de la obsesión compulsiva de la chica de la habitación de al lado. No me queda otra que colocarme la almohada sobre la cabeza y esperar que tenga linfoma de Hodgkin, para cuyo tratamiento sólo deberá venir un día al mes. No contemplo la posibilidad de que sea un caso de LMA o LLA. Y, si hablamos de un TMO, huiré despavorido.

La canción vuelve a comenzar, con lo que llega a las veinte repeticiones: el número que me he marcado como límite. Debo hacer algo ya, antes de que mis oídos empiecen a sangrar.

Un grito no derribará los muros de sonido que levanta Lady Gaga. ¿De qué otra manera puedo comunicarme a través de una pared de seis centímetros de grosor?

Me levanto de la cama y me doy cuenta de que mis manos están cerradas en puños. Decido utilizar uno.

Golpeo. Suave la primera vez, como si llegara a casa de alguien a quien voy a visitar. Nada. Golpeo de nuevo con la esperanza de que me oigan al otro lado.

Tampoco. Parece que no funciona.

Vuelvo a golpear, tres toques consecutivos, esta vez con la insistencia de un mensajero. «Toc, toc, toc.» Pausa. «Toc, toc, toc.»

La canción llega al estribillo que he acabado por odiar. Aún peor, ¡me sé toda la letra de memoria!

Golpeo con más fuerza, como un niño al que han dejado encerrado sus hermanos. Mi puño impacta siguiendo el ritmo de la música, con tanta energía que debe de estar oyéndolo en estéreo. Su lado de la pared tiene que estar doblándose con cada golpe.

La música se para: ¡victoria!

Yo hago lo mismo. Sólo entonces me fijo en la facilidad con que la piel enrojecida de los nudillos se me ha pelado. Me la retiro frotando y descubro que estoy sonriendo.

Tal vez sea porque es el primer contacto que he tenido con alguien desde que estoy en esta habitación. Las enfermeras, los médicos y mi madre no cuentan. La chica nueva es joven, de mi edad. Mi corazón late acelerado por el esfuerzo. Me siento mareado. La habitación me da vueltas. Silbido. Goteo. Zumbido.

Entonces, «tac, tac», la pared me responde. «Tac.»

El golpeo parece más suave que la música o las palabras llenas de rabia que ha gritado antes. Suena muy próximo. Como si hubiera acercado la oreja a la pared, intrigada y llena de curiosidad, a la espera de un contacto alienígena.

Me agacho.

«Toc», le respondo a la pared, ahora más bajito.

«Tac.»

La pared suena hueca, ¿lo estará?

«Toc.»

«Tac.»

«Toc.»

¿«Tac, tac»? Entre tanto silencio, el «tac» suena seco. Creo que está haciéndome una pregunta.

«Toc.»

En las pausas, sólo se oye el sonido de la máquina a la que estoy conectado y mi propia respiración, que se detiene unos instantes para esperar la siguiente señal. Siento la debilidad de mis cuádriceps mientras espero, y el suelo de linóleo está frío y me hiela los pies.

«¿Tac?»

«Toc.»

Está claro que ninguno de los dos conoce el código morse, y, sin embargo, algo estamos diciéndonos. ¿Qué estará intentando preguntarme?

«Toc.» Silencio. «Toc.»

¿Qué estaré intentando decir yo?

Entonces se acaba.

Silbido. Zumbido. Pitido. Goteo. Silbido.

De rodillas, junto a la pared, me siento avergonzado. Al ser su primer día aquí, tal vez no debería haberme quejado de la música. Hay demasiadas cosas que desconozco de ella.

La novata no vuelve a decir «tac», y yo no vuelvo a contestar «toc».

Me quedo allí, de rodillas, imaginándome que estará haciendo lo mismo al otro lado, separada por apenas seis centímetros.

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Sé que las cisternas de baño con dos botones son buenas, porque respetan el medio ambiente y todo eso, pero en ocasiones me resultan confusas. ¿Debo apretar el botón de medio depósito o de depósito entero? Hay días en que necesitaría un botón que estuviera a medio camino entre uno y otro.

Una vez más, me quedo de pie delante del inodoro, dándole vueltas a esto durante demasiado rato.

Me lavo las manos y me divierto con la imagen que me devuelve el espejo. Mi cabeza está calva, tiene bultos y es asimétrica, pero mis cejas son más gruesas que antes. Parezco estar transformándome en uno de esos inquietantes rostros del ¿Quién es quién?

Salgo del cuarto de baño y, ya en la habitación, veo que mamá ha descorrido las cortinas y devuelto la butaca reclinable de color rosa a su posición vertical. A la luz de la mañana, recién levantada, su pelo me recuerda el nido de un pájaro hecho de ramitas grises nudosas.

—Bueno, ¿cómo ha ido? —me pregunta.

—¿El qué?

—Ya sabes...

¿Cuántas veces puede soportar hablar de sus zurullos un chico de diecisiete años? ¿Y con su madre? Alcancé mi tope hace dieciocho días. Por lo menos no me dice «¿Has vaciado tus intestinos?», como hacen algunas enfermeras.

—¿Cómo te ha ido a ti, mamá?

—Sólo preguntaba.

—¿Quieres que la próxima vez le haga una fotografía? —Me abro camino por delante de ella con el gota a gota. Me pega suavemente con una almohada—. Si lo prefieres, incluso podría llevar un cuaderno de notas.

—Un cuaderno de cacotas... —Ella misma se queda impresionada con su juego de palabras.

Llevar un registro de mis movimientos intestinales... Ése sí sería un excelente uso para el supuesto «diario» que me ha regalado Patrick. Probablemente pensó que me vendría bien «expresar mi viaje emocional» o algo así. En vez de para eso, podría utilizarlo como un diario de defecaciones, con columnas para la frecuencia y la consistencia. Incluso podría usar un código de colores para cada tabla, rellenando grandes gráficas marrones con notas a pie de página.

—Qué te parece: «Nueve de diciembre. Doce días desde el trasplante. Diarrea de consistencia media. He seleccionado el botón de medio depósito.»

—No creo que el diario sea para eso.

—¿Nada de cacas ni vómitos?

—Es para que expreses tus sentimientos.

Al haber criado a dos chicos y a Bec, mamá ha aprendido a no usar en serio esa palabra que empieza por «s».

—Vale. «Nueve de diciembre. Me siento... más ligero.»

Sonríe.

—¿Lo ves? Eso ha estado mejor.

No necesito escribir sobre mierda. Sobre ningún tipo de mierda.

Dominé el funcionamiento del cuarto de baño al cumplir los tres años. Por descontado que no fui un prodigio, pero sí un estudiante aplicado. Desde entonces, se suponía que ir al cuarto de baño debía ser una cuestión privada que se hacía a puerta cerrada, bien lejos de la mirada materna. La responsabilidad de mamá consistía en controlar otras cosas, como, para empezar, el tipo de comida que me llevaba a la boca. Y así fue. Había hecho un buen trabajo.

Luego vino todo esto. En el peor de los casos, mamá no sólo preguntaba por mis deposiciones, sino que las vigilaba. Le pedí que dejara en paz las bacinillas, cosa que hizo, pero con frecuencia se quedaba en la habitación mientras las enfermeras me limpiaban o lavaban, aunque fingiera estar ocupada con el crucigrama. De pronto, había vuelto a ser un bebé, aunque uno con testosterona y vello púbico al que las enfermeras se turnaban para pasarle la esponja. En ocasiones estaba tan ausente que ni siquiera sentía vergüenza.

Antes de darme una nueva médula ósea el «Día 0», al parecer debían conducirme hasta las puertas de la muerte. Tuve que estar cinco días tomando cuatro pastillas de quimio, seguidos de tres días de radioterapia completa. Me sentía como si un camión me hubiera pasado por encima y, a continuación, hubiese dado marcha atrás para colocarse en paralelo a mi cuerpo y volcar sobre mí. No podía hacer otra cosa que permanecer aplastado bajo su peso. Respirar me costaba mucho. Controlar mis esfínteres estaba más allá de mis posibilidades.

Ahora ya soy capaz de manejar la situación. Después del trasplante, mis síntomas se limitan a vómitos ocasionales, úlceras de boca y zurullos sospechosos. Para ser sincero, pasar tiempo en el cuarto de baño se ha convertido en una de mis aficiones favoritas. Durante unos diez minutos, nadie mira, ni husmea, ni indaga. Me siento y pienso en mis cosas. No es comparable a acabar con la pobreza en el mundo, pero es un logro. Un pequeño progreso.

Mamá cierra su ejemplar de Woman’s Day y se queda mirándome con la boca abierta.

—¿Has estado apretándote ese grano?

—Ni me lo he tocado.

Ese grano es su última paranoia. Cree que, si me lo reviento, podría provocar una explosión masiva de pus y sangre, demasiado fuerte para ser detenida por mis escasas plaquetas, lo que obligaría a que me realizaran una transfusión sanguínea de emergencia de la que podría no salir con vida. ¿Muerte causada por un simple grano? Eso sí que sería una manera estúpida de morir. Prefiero no correr ese riesgo.

¿Acaso es justo tener leucemia y granos? Si el pelo me vuelve a crecer de color rojizo, cogeré un buen rebote. Mi hermano Evan lo tiene igual que el de los orangutanes, pero se lo tiñe a escondidas. Se cree que nadie se da cuenta.

—¿Qué quieres hacer hoy? —me pregunta mamá.

—¿Tirarme en paracaídas?

—Podemos jugar al CUD.

Mamá consigue que me parta de risa, ya sea queriéndolo o no.

—COD —la corrijo—. Son las siglas de «Call of Duty». Y no, la verdad es que no me apetece.

Mamá acostumbra a no moverse del campamento y a gritar cuando la matan, maldiciendo con palabras inventadas como «jodee...lines» y «mier...cachis». No está hecha para entrar en combate.

—Bueno, ¿pues qué quieres hacer hoy?

—Respirar. Comer. Dormir. Y volver a empezar.

Me da un pequeño empujón:

—Vamos, Zac, no querrás aburrirte...

Mi madre: Coordinadora de Actividades, Comité de Bienvenida No Oficial, Detective de Diarreas y Policía de la Felicidad. Va saltando de un papel a otro, tapando grietas, cambiando los decorados, animando, comprobando, haciendo cosas sin parar.

Noto perfectamente cómo activa las antenas en busca de señales de melancolía. Ambos sabemos que existe una brigada completa de refuerzos de guardia: el psicólogo, Patrick, los terapeutas artísticos, los consejeros para adolescentes, el Prozac y, para casos desesperados, incluso médicos disfrazados de payasos a los que se puede traer del hospital infantil.

—¿Quieres obligarme a hablar de eso que comienza por «s»?

—¿«Sexo»?

Mi madre no puede evitar reír:

—Entonces, ayúdame al menos a hacer el crucigrama de hoy. Mira, fíjate, necesitamos completar treinta palabras para alcanzar el nivel de genios.

Tengo problemas con la palabra que empieza por «s», pero no son mis sentimientos, sino los de mi madre, los que me preocupan.

—Mamá, deberías irte a casa.

—Zac...

—Ya no hay razón para que sigas quedándote. Estoy mucho mejor.

Es cierto. Del Día -9 al Día -1 pasé un infierno. El Día 0 fue como un anticlímax. Del Día 1 al Día 3, no recuerdo nada; del 4 al 8, fue espantoso; del 9 al 11, incómodo, y, hoy, doce días después del trasplante, vuelvo a ser persona. Soy capaz de manejar la situación.

—Lo sé... —Contesta lo que era de esperar, mientras pasa una página de la revista—. Pero me gusta estar aquí.

Los dos sabemos que eso no es cierto: es una mierda quedarse aquí encerrado. Y más para ella, que es una mujer incapaz de permanecer entre cuatro paredes. Desde que puedo recordar, siempre la he visto con un sombrero de paja y un brillo de sudor en el rostro. En sus ojos castaños hay destellos del sol, reflejos de color verde, marrón y naranja. Lo suyo es llevar unas tijeras de podar en la mano y rodearse de tierra y calabazas. Preferiría recoger peras o fertilizar olivos que esperar día tras día en esta habitación en una butaca reclinable de color rosa. Por encima de todo, es el alma gemela de mi padre, aunque no quiera irse a casa cuando se lo pido, ni siquiera cuando se lo suplico.

En mi habitación hay dos ventanas. La pequeña y redonda de la puerta que da al pasillo, y la grande y rectangular que da a la fachada del hospital, al aparcamiento de coches y a los barrios cercanos. Es junto a esta ventana donde mi madre se sienta la mayoría de los días, como una flor en busca del sol.

—Dime tres cosas que te gusten del hospital. Sin contar los puzles y los cotilleos.

—Me gustaba la compañía de mi hijo... tiempo atrás.

—Márchate a casa, mamá.

Después de mi primer diagnóstico, la familia al completo vino a Perth para asistir a cada una de las sesiones de quimio. Mamá, papá, Bec y Evan se alojaban en un motel a tres calles de aquí, y me visitaban todas las mañanas cargados de juegos, revistas y más conversación de la que era capaz de seguir. Papá se comportaba de forma más expansiva y ruidosa que de costumbre. Solía bromear con Bec, como si de pronto ambos formaran un dúo cómico en una película. Mamá movía la cabeza en señal de divertida desaprobación, y Evan se mantenía al margen, mirando con suspicacia a las enfermeras y observando de un modo extraño el gota a gota. «Los hospitales me ponen enfermo —le oí decir en una ocasión—. Ese olor...» No lo culpo, él tampoco pertenece a un sitio como éste. Y al menos era honesto al respecto.

Cuando llegaba la hora de que se marchasen, permanecía de pie frente a la ventana rectangular, viendo a mi pequeña familia caminar fatigosamente de regreso al motel. Papá cogía de la mano a mamá. Siete pisos por debajo de mí, todos parecían más tristes de lo que deberían estar, en especial mi padre. Para ser francos, sus visitas me hacían sentir peor, y en esta última ocasión le hice prometer a mamá que los mantendría bien lejos. Por fortuna, el Protocolo de Trasplante de Médula Ósea prohíbe que haya más de un visitante al mismo tiempo, de modo que mamá se escogió a sí misma. La única pega es que no se aparta de mi lado.

—En casa no me necesitan, Zac. Tu hermana tiene el almacén bajo control. Ya han acabado de podar, así que ahora a los hombres les queda lo fácil.

—Pero papá...

—Tu padre sabe cuidar de sí mismo.

—Ya sabes a lo que me refiero...

—Soy tu madre —me recuerda una vez más, como si hubiera hecho el juramento de amar y cuidar, proteger e irritar, en la salud y en la enfermedad (aunque sobre todo en la enfermedad), hasta que la muerte nos separe.

Empieza el crucigrama del periódico del día con determinación militar. Mamá lo aborda como si hubiera algo mucho más gordo en juego, como si completarlo con éxito garantizara también el éxito de mi tratamiento. A lo largo de la jornada, mientras Nina, Patrick, Simone, Suzanne y Linda entran y salen de mi habitación para traer o llevarse cosas, vamos añadiendo palabras complejas hasta alcanzar las treinta. Mamá se muestra exultante y, bajo la fecha del 9 de diciembre, anota en el calendario: «¡Genios!»

Precisamente por esta razón me presto a hacer el crucigrama y a jugar al Scrabble, al «CUD» y a aceptar cualquier otra actividad que sugiera. Lo hago para ver la confianza en la letra de mamá. «Genios.» Un nuevo éxito: otro día que pasa.

Durante el noticiario de las seis, me doy cuenta de que me están observando.

Hay alguien en el pasillo, pegado a la ventana circular de mi puerta. Es joven, de unos dieciséis o diecisiete años, ojos grandes, lápiz negro de ojos y pelo abundante y castaño que probablemente le llega por debajo de los hombros, más allá de donde alcanzo a ver.

Sin embargo, no se trata de una enfermera. Es alguien como yo, y noto sus ojos agarrándose con ferocidad a los míos.

No puedo liberarme de ellos. Es preciosa.

Parpadeo un instante, y desaparece.

Qué raro. No tenía el aspecto de ser una chica a la que le guste la música pop. También es cierto que Lady Gaga no ha vuelto a sonar. Desde que apagó la música hace dos días, todo cuanto he oído de la habitación número 2 han sido discusiones ocasionales —la madre, supongo, y la chica— seguidas del previsible silbido del muelle de la puerta. Ni rastro de música ni de televisión ni de nada.

¿Será culpa mía? ¿De mis golpes?

Mamá y yo seguimos viendo las noticias, pero, en este preciso momento, no es el mundo exterior lo que me interesa.