Poesía

Jorge Manrique

Fragmento

cap-1

INTRODUCCIÓN

1. PERFILES DE LA ÉPOCA

La época de mayor actividad de los Manrique se sitúa entre el final del reinado de Juan II de Castilla y el comienzo del de los Reyes Católicos, centrándose en los tiempos turbulentos de Enrique IV. En aquellos años se resuelve, aunque con muchas dificultades, el antiguo conflicto entre los grandes feudatarios y la corona, y al reforzarse el poder de la monarquía, logra imponerse gradualmente la concepción moderna de un estado centralizador. La política autoritaria e integrista de los Reyes Católicos llevó a cabo concretamente este proceso en las últimas décadas del siglo XV; ni Jorge Manrique ni su padre, el poderoso don Rodrigo, pudieron ver la realización de ese programa, pero ambos pelearon con determinación en favor de una solución política que debía acabar con las antiguas contiendas.

En efecto, durante muchos años se había combatido una serie de largas guerras entre las distintas ramas de los Trastámara, que reinaron en Castilla, Aragón y Navarra, intentando sin cesar imponer su propio predominio, hasta dar fin a las discordias con la unión de las dos coronas, a través del matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón.

Ya a la muerte de Enrique III el Doliente (1406) se había abierto un periodo de ásperas tensiones, porque su heredero, Juan II, era un niño recién nacido y el poder, de hecho, pasó a las manos vigorosas del hermano del rey fallecido, don Fernando, muy pronto llamado el de Antequera, porque al final de una campaña atropelladora contra los árabes había reconquistado en 1410 aquella importante fortaleza andaluza, lo que le permitió adquirir un inmenso prestigio en toda España. Para extender su influencia, intentó asegurar con diferentes proyectos una sucesión dinástica para sus hijos, los célebres Infantes de Aragón. En el año mismo de la reconquista de Antequera había muerto, sin sucesión directa, el rey de Aragón, Martín el Humano, y don Fernando (como hijo de Leonor de Aragón) vino a ser uno de los más acreditados pretendientes a la sucesión; en efecto, con el Compromiso de Caspe (1412), consiguió ceñir la corona y durante su breve reinado (1412-1416) persiguió su proyecto hegemónico.

Le sucedió el mayor de los Infantes, Alfonso V el Magnánimo, que orientó hacia el Mediterráneo la política expansionista de su padre, y después de una primera derrota (batalla naval de Ponza, en 1435, y prisión de los Infantes), logró conquistar el reino de Nápoles (1442), dominando toda la Italia meridional e insular. Su hermano, Juan II de Navarra, había ascendido al trono de aquel reino en 1425, gracias a su matrimonio con la heredera de la corona, doña Blanca de Navarra, y a la muerte de Alfonso V le debía suceder en Aragón. El tercero de los Infantes, don Enrique, logró ser nombrado Maestre de la Orden de Santiago, dignidad que le confería un poder militar y político casi superior al de un monarca, y con el apoyo de sus hermanos y de varios feudatarios castellanos muy influyentes, como los Mendoza y los Manrique, intentó conquistar la corona de Castilla, defendida enérgicamente por don Álvaro de Luna, el gran privado del rey. El último de los Infantes, don Pedro, no desarrolló, por su parte, un papel tan decisivo. Una fase importante de esa lucha se concluyó en 1445, cuando don Álvaro pudo triunfar sobre la liga nobiliaria antagonista en la batalla de Olmedo, particularmente sangrienta, en la que el Infante don Enrique padeció heridas mortales.

Muerto don Enrique, la amenaza de los Infantes de Aragón se alejó definitivamente. Así que durante el reinado de Juan II de Castilla, monarca de mucha cultura y escaso vigor político, los incesantes combates entre Navarra, Aragón y Castilla, lejos de representar un conflicto regionalista entre sendas monarquías hispánicas, dependían más bien de una contienda familiar.

En 1447, Juan II de Castilla, viudo ya de su primera mujer, María de Aragón (hermana de los Infantes), contrajo matrimonio con la hermosa princesa Isabel de Portugal. De su unión nacieron el infante don Alfonso (que murió muy joven) e Isabel la Católica. Mientras tanto, el todopoderoso don Álvaro de Luna, nombrado ya Condestable de Castilla, siguió imponiendo su propia línea política al débil monarca castellano, hasta la gran conjura que puso fin a sus días. En efecto, fue condenado y justiciado en 1453 en Valladolid. En la misma ciudad murió, en 1454, el rey don Juan II. Se concluía así una época de ásperas luchas, pero también de considerable esplendor cultural y artístico, cuyo fasto fue celebrado por los poetas y los historiadores.

Mucho más sombría y turbia resultó ser la época de su sucesor Enrique IV, una de las personalidades más ambiguas de los Trastámara; reinó durante veinte años (1454-1474) y fue muy discutido y reprobado por sus inclinaciones equívocas, aunque en un primer tiempo no manifestara públicamente las costumbres disolutas que le causaron la enemistad de una gran parte de la antigua nobleza castellana. Sus validos: Juan Pacheco, en seguida nombrado Marqués de Villena, y más tarde Beltrán de la Cueva, de origen plebeyo, gozaron de favores desmedidos, ascendiendo por sus méritos poco apreciables hasta los cargos de más elevada responsabilidad. Una nueva aristocracia advenediza, fomentando continuas discordias, se reunió en torno al monarca. Del segundo matrimonio de éste con doña Juana de Portugal, hermana del rey Alfonso V, nació en 1462 una niña, Juana, que las Cortes de Madrid juraron como heredera; pero surgieron pronto muchas dudas sobre su legitimidad, porque el nacimiento se atribuía a las relaciones de la reina con el fornido don Beltrán. La rebelión de los feudatarios empezó a organizarse militarmente; reunidos en Ávila, en junio de 1465, los nobles de más ilustre alcurnia, como los Mendoza y los Manrique, así como los condes de Plasencia y de Benavente, el arzobispo de Toledo y el mismo Marqués de Villena, que había roto sus relaciones con el monarca, decidieron procesar a Enrique IV y proclamar rey a su hermanastro, el infante don Alfonso, el Inocente, un niño de once años. Un monigote, sentado en el trono y vestido con las insignias reales, fue despojado públicamente de la corona, el cetro y la espada, y por fin abatido. Sobre el mismo tablado los rebeldes coronaron al nuevo rey. El conflicto siguió extendiéndose; el Marqués de Villena se apoderó del maestrazgo de Santiago, acrecentando enormemente su poder gracias también a la estrecha colaboración con su hermano, don Pedro Girón, que consiguió el no menos importante maestrazgo de la Orden de Calatrava. Pero la muerte repentina de don Alfonso (1468) cambió los planes del bando rebelde, que entonces ofreció la corona a la infanta Isabel, negociando, sin embargo su sucesión al trono con el Tratado de los Toros de Guisando (septiembre de 1468); Enrique IV fue obligado a reconocerlo, pero intentó oponerse a las bodas, ya concertadas, de Isabel con Fernando, príncipe heredero de Aragón, y patrocinó su matrimonio con el rey Alfonso V de Portugal. A pesar de la oposición del monarca, las bodas de doña Isabel y don Fernando se celebraron en Valladolid, en octubre de 1469.

A la muerte de Enrique IV (1474) no se respetaron los acuerdos establecidos en el Tratado de los Toros de Guisando y volvió a estallar la guerra entre el bando de Isabel y el de la Beltraneja; este último podía contar ahora, entre sus partidarios, con don Diego López Pacheco, segundo marqués de Villena, conjuntamente con su primo, don Rodrigo Girón, maestre de Calatrava, el arzobispo de Toledo Alonso Carrillo, qua había cambiado de bando, y con el mismo rey de Portugal. La reina Isabel triunfó definitivamente con la victoria de Albuera, en 1479 (año de la muerte de Jorge Manrique); Alfonso V y Juana la Beltraneja se vieron obligados a renunciar a sus pretensiones (tratado de Alcoçovas). En 1479 había muerto también Juan II de Aragón, y por fin, con la unión de las dos coronas, se abría una nueva página de la historia de España.

2. CRONOLOGÍA

AÑO

AUTOR-OBRA

HECHOS HISTÓRICOS

HECHOS CULTURALES

1440

Jorge Manrique nace en Paredes de Nava (Palencia).

Probable nacimiento de Juan Álvarez Gato. Alfonso de la Torre: Visión delectable.

1441

Juan de Mena: Homero romançado.

1443

Rodrigo Manrique es derrotado en Hardón (Jaén) por Juan de Guzmán

Alfonso V el Magnánimo, rey de Aragón, conquista el reino de Nápoles.

1444

Muere su madre, doña Mencía de Figueroa.

Nace Antonio de Nebrija. Juan de Mena: Laberinto de Fortuna. Marqués de Santillana: Comedieta de Ponza.

1445

Los Manrique se arruinan por la derrota de Olmedo.

Batalla de Olmedo: Álvaro de Luna derrota a los Infantes de Aragón.

Coplas de ¡Ay, Panadera! Cancionero de Baena. Francisco Imperial: Dezir de las Siete Virtudes.

1446

Rodrigo Manrique se casa con Beatriz de Guzmán. Asume el Maestrazgo de la Orden de Santiago.

Álvaro de Luna: Libro de las claras e virtuosas mugeres.

1448

Marqués de Santillana: Bías contra Fortuna. Gutierre Díaz de Gámez: Crónica de Pero Niño.

1449

R. Manrique renuncia al Maestrazgo de Santiago en favor de Álvaro de Luna. Recobra el patrimonio perdido.

Marqués de Santillana: Carta Prohemio al Condestable de Portugal.

1450

Fernán Pérez de Guzmán: Generaciones y semblanzas. Mueren Juan de Valladolid y Gutierre Díaz de Gámez.

1452

Muere Juan Rodríguez del Padrón. Nace Garcí-Sánchez de Badajoz.

1453

Álvaro de Luna es decapitado en Valladolid.

Marqués de Santillana: Doctrinal de Privados.

1454

Muere el rey Juan II de Castilla. Le sucede Enrique IV, que se reconcilia con Rodrigo Manrique.

1455

Rodrigo Manrique participa en las campañas contra el Reino de Granada.

Cuarta Crónica General.

1456

Mueren Juan de Mena y Alonso de Cartagena.

1457

Juan II de Navarra y Enrique IV de Castilla pactan la neutralidad en las sucesiones dinásticas.

1458

Muere Diego Manrique, hermano mayor de Rodrigo Manrique.

Muere Alfonso V de Aragón, le sucede su hermano Juan II, rey de Navarra.

Muere el Marqués de Santillana.

1460

Íñigo Manrique, hermano de Rodrigo, ocupa la sede episcopal de Coria.

Joanot Martorell: Tirant lo Blanc. Mueren Fernán Pérez de Guzmán, Juan de Dueñas y Alvar García de Santamaría.

1461

Muere Carlos de Navarra, Príncipe de Viana.

1462

La aristocracia catalana se levanta contra Juan II de Aragón. Pérdida de los condados de Rosellón y Cerdeña.

1463

Diego de San Pedro: La cárcel de amor.

1464

Actividad militar de Jorge Manrique.

Coplas de Mingo Revulgo.

1465

Asedio a la fortaleza de Montizón. Jorge Manrique citado en un documento.

Proceso-farsa de Ávila.

Nace Gil Vicente.

1466

Muere el Condestable Pedro de Portugal.

1467

Segunda batalla de Olmedo. Levantamiento de los «Hermandinos» en Galicia.

Martín Alonso de Córdoba: Vergel de nobles doncellas.

1468

Muere el infante don Alfonso. Tratado de los Toros de Guisando: se reconoce como rey a Enrique IV y como su sucesora a Isabel la Católica.

Nacen Juan del Encina y Juan de Padilla.

1469

Rodrigo Manrique se casa con Elvira de Castañeda y Meneses.

Boda de Isabel de Castilla con Fernando de Aragón.

1470

Jorge Manrique se casa con Guiomar de Castañeda y Meneses, hermana menor de Elvira.

Nace la infanta Isabel, hija de los Reyes Católicos.

Muere A. Martínez de Toledo, Arcipreste de Talavera.

1471

Jorge Manrique vence en la batalla de Ajofrín.

1473

Muere en Jaén el Condestable Miguel Lucas de Iranzo.

Imprentas en Zaragoza y Valencia.

1474

R. Manrique es elegido Maestre de Santiago. Jorge Manrique participa en la elección.

Muere Enrique IV de Castilla. Muere Juan Pacheco. Persecución de los judíos en Castilla y Andalucía.

Coplas del Provincial. Muere P. Guillén de Segovia. Nace Lucas Fernández.

1475

Gómez Manrique, Corregidor en Toledo. Jorge Manrique en operaciones militares.

1476

Íñigo Manrique, obispo de Jaén y Baeza. Rodrigo Manrique muere en Ocaña.

Se instituye la Santa Inquisición.

1477

Jorge Manrique prisionero en el asedio de Baeza.

La Santa Hermandad. Alonso de Cárdenas, Maestre de Santiago.

Imprenta en Sevilla.

1478

La encomienda de Montizón de Jorge Manrique es inspeccionada por los Visitadores de la Orden de Santiago.

Nace el príncipe Juan.

Muere Jaume Roig.

1479

Muere Jorge Manrique en Santa María del Campo.

Muere Juan II de Aragón. Le sucede su hijo Fernando II (el Católico). Nace Juana la Loca.

3. VIDA Y OBRA DE JORGE MANRIQUE

Jorge Manrique se suele considerar una personificación ejemplar de las cualidades aristocráticas más apreciadas en su época. Durante su breve existencia logró conseguir, en efecto, un admirable equilibrio entre las actividades militares y la contemplación poética, realizando aquel ideal de caballero cumplido que medio siglo más tarde volvería a imponerse con Garcilaso de la Vega: fue hidalgo perseverante e infatigable en el esfuerzo bélico, elegante y galán en el trato cortesano, austero y solemne en la reflexión sobre los valores esenciales de la existencia, y sobre el sentido de la vida y de la muerte.

Debió nacer hacia 1440 en Paredes de Nava; pero ni la fecha ni el lugar se pueden documentar de manera fehaciente. Pertenecía a una de las familias más ilustres de Castilla, heredera de la antigua casa de Lara. Fue cuarto hijo de don Rodrigo Manrique, conde de Paredes, y de doña Mencia de Figueroa. Descendía por su abuela paterna, doña Leonor de Castilla, de la estirpe real de los Trastámara, y por su madre, prima del Marqués de Santillana, estaba entroncado con el muy poderoso linaje de los Mendoza.

La estructura feudal de la época comportaba una estrecha solidaridad familiar, y por su condición de hijo segundón don Jorge quedó implicado constantemente en las luchas del bando de su padre, el impetuoso maestre de Santiago, cuyas hazañas, a pocos meses de su fallecimiento, exaltó en la famosísima elegía dictada por su devoción filial.

La personalidad extraordinaria de don Rodrigo Manrique destaca en las crónicas de los últimos Trastámara por su desbordante energía. La intensa actividad política y militar que desplegó durante varias décadas lo puso en primer plano en las contiendas civiles que atormentaron a España durante una gran parte del siglo XV, que sólo se acabarían con el gobierno autoritario y centralizador de los Reyes Católicos. Hijo del adelantado don Pedro Manrique, don Rodrigo había entrado muy joven en la Orden militar de Santiago, en la que recibió la rica encomienda de Segura de la Sierra (Jaén), desde donde luchó contra los moros de la frontera granadina, cobrando prestigio, honra y riqueza. Ya en 1434, en la reconquista de Huéscar, había revelado sus dotes estratégicas, y en 1440 fue nombrado Trece de Santiago, dignidad muy importante porque solamente trece de los comendadores tenían derecho a participar en el Consejo del Maestre y en el Capítulo de la Orden, siendo así, al mismo tiempo, electores y elegibles para el cargo supremo del maestrazgo.

Todo el clan de los Manrique luchó contra don Álvaro de Luna, padeciendo los efectos de la derrota de Olmedo (1445). La muerte del infante de Aragón don Enrique, Maestre de Santiago, fiero opositor del rey don Juan II de Castilla, marcó el efímero triunfo del Condestable; pero don Rodrigo, a pesar del desastre sufrido, logró oponerse a las ambiciones de don Álvaro acerca del maestrazgo vacante; y el gran Privado prefirió negociar su candidatura con el enemigo irreducible, devolviéndole el condado de Paredes y otros bienes perdidos en Olmedo. Después de la caída estruendosa del Condestable, decapitado en Valladolid (1453), y la muerte del Rey don Juan II (1454), el poder de don Rodrigo Manrique no dejó de acrecentarse.

Jorge Manrique se formó en la dura escuela de este caudillo y, como recordaba Luis de Salazar y Castro en su Historia genealógica de la casa de Lara (t. II, p. 407), “no sólo se pareció a su padre en lo que los demás hermanos suyos, sino también en la claridad del entendimiento, discreción y elocuencia, de suerte que con la espada y con la pluma se supo hacer una estimación muy señalada”. Su carrera militar se desarrolla a ritmo rápido a lo largo del reinado tumultuoso de Enrique IV, el contrastado rey de Castilla: caballero de la Orden de Santiago, comendador de la villa manchega de Montizón, Trece santiaguista. Don Jorge peleó al lado de su padre en los incesantes conflictos que dividieron a la aristocracia castellana en dos bandos, intensificándose a partir del famoso proceso de Ávila, en julio de 1465, cuando fue simulado el destronamiento del rey por un grupo poderoso de feudatarios, y proclamado sucesor el príncipe don Alfonso, un niño de once años. Con este episodio, al mismo tiempo farsesco y dramático, “se despertó la cobdicia –observaba agudamente Fernando del Pulgar en Claros Varones de Castilla (ed. R. B. Tate, Madrid, Taurus, 1985, p. 87)– y creció la avaricia, cayó la justicia y señoreó la fuerza, reinó la rapiña y disolvióse la luxuria, y hubo mejor lugar la cruel tentación de la sobervia que la humilde persuasión de la obediencia, y las costumbres, por la mayor parte, fueron corrompidas y disolutas”: la Península entera se precipitó en una auténtica guerra civil. A la muerte de don Alfonso (1468), su hermana doña Isabel fue reconocida como heredera al trono por el mismo bando, que incluía también a los Manrique.

El conflicto no cesó con la muerte del rey Enrique IV (1474), porque sus partidarios, encabezados por don Diego López Pacheco, segundo marqués de Villena, don Rodrigo Girón, maestre de Calatrava, y don Alonso Carrillo, arzobispo de Toledo, apoyados por el rey de Portugal, don Alfonso V, siguieron defendiendo los derechos de la infanta doña Juana, a la que el bando rival llamaba despectivamente la Beltraneja, por atribuirse su paternidad al valido don Beltrán de la Cueva. En aquellas circunstancias los Manrique defendieron la causa de los Reyes Católicos, aunque ni don Rodrigo ni don Jorge llegaron a ver su completo triunfo.

En 1474 había muerto también el primer marqués de Villena, Juan Pacheco, maestre de Santiago; entonces Rodrigo Manrique logró imponer su candidatura al maestrazgo en el Capítulo de Uclés, aunque su elección quedó contrastada por don Alonso de Cárdenas, en otro Capítulo de la Orden, el de San Marcos. Luchando con sorprendente energía para un hombre de setenta años, el nuevo Maestre atacó con sus hijos la ciudad de Alcaraz, y la conquistó (1475); ocupó las tierras del marqués de Villena, recobrando al fin la ciudad de Ocaña y hasta la sede de la Orden, Uclés (1476). Pocos meses más tarde concluía en Ocaña su intensa existencia.

El maestre don Rodrigo Manrique, por su personalidad magnética, su combatividad inagotable y sus tratos cortesanos, dejó honda impresión en los contemporáneos. Buen estimador de las letras, no desdeñó la pluma, en ocasionales muestras poéticas. El Cancionero General recogido por Hernando del Castillo (Valencia, 1511) conserva una canción suya, de valor formal no despreciable; otras fuentes, como el Cancionero de Rennert, el Cancionero de Herberay des Essarts y el Cancionero de Palacio, trasmitieron además un conjunto de poemas que se le atribuían, dignos de consideración. Fernando del Pulgar, en Claros varones de Castilla (ed. cit., pp. 123 y ss.), trazó un compendio admirable de sus cualidades: “Este varón gozó de dos singulares virtudes: de la prudencia, conociendo los tiempos, los lugares, las personas y las otras cosas que en la guerra conviene que sepa el buen capitán. Fue asimismo dotado de la virtud de la fortaleza, no por aquellas vías en que se muestran fuertes los que fingida y no verdaderamente lo son, mas así por su buena composición natural, como por los muchos actos que fizo en el exercicio de las armas, asentó tan perfectamente en su ánimo el ábito de la fortaleza que se deleitaba cuando le ocurría lugar en que la deviese exercitar. Esperaba con buen esfuerzo los peligros, acometía las fazañas con grande osadía y ningún trabajo de guerra a él ni a los suyos era nuevo […] Fablaba muy bien, y deleitábase en recontar los casos que le acaescían en las guerras. Usaba de tanta liberalidad, que no bastaba su renta a sus gastos […] Era varón de altos pensamientos e inclinado a cometer grandes y peligrosas fazañas…”

En su sepulcro, en el convento de Uclés, fue grabado un epitafio que ya señala el clima renacentista incipiente:

Aquí yace muerto el hombre

que vivo queda su nombre.

Ni siquiera tres años logró sobrevivir don Jorge a su padre, cuya orientación política no dejó de seguir, peleando en favor de doña Isabel la Católica, al mando de una compañía de guardias de Castilla. Cayó prisionero en un ataque a la ciudad de Baeza (abril de 1477); rescatado, volvió a la lucha; designado capitán de la Hermandad del Reino de Toledo, se distinguió en varias escaramuzas; hasta que, en la primavera de 1479, intentando reconquistar, con otros capitanes de las Hermandades, algunas fortalezas de los Reyes Católicos ocupadas por don Diego Pacheco, cayó herido mortalmente durante el asalto al castillo de Garcimuñoz, defendido por don Pedro de Baeza, valiente capitán del marqués de Villena. Murió a los pocos días, el 24 de abril, en Santa María del Campo Rus; fue sepultado al lado de su padre, en el convento de Uclés. Fernando del Pulgar, en su Crónica de los Reyes Católicos (p. 339) relató así su extrema hazaña:

“Peleaban los más días con el Marqués de Villena y con su gente y había entre ellos algunos recuentros, en uno de los cuales, el capitán don Jorge Manrique se metió con tanta osadía entre los enemigos que, por no ser visto de los suyos para que fuera socorrido, le firieron de muchos golpes, y murió peleando cerca de las puertas del castillo de Garcimuñoz, donde acaeció aquella pelea…”

Don Jorge Manrique se había casado hacia 1470 con doña Guiomar de Castañeda, hija de don Pedro López de Ayala el Mozo, conde de Fuensalida y Alcalde Mayor de Toledo, y de doña María de Silva. Doña Guiomar era la hermana menor de doña Elvira, tercera mujer de don Rodrigo Manrique; de doña Guiomar don Jorge tuvo dos hijos, doña Luisa y don Luis, quien heredó, no sin dificultades, la encomienda de Montizón y el título de Trece de Santiago, no dejando descendencia conocida.

Las hazañas militares no habrían creado un halo de gloria en torno a la figura de Jorge Manrique sin la correspondencia con la perspectiva heroica que él mismo delineó en las celebres Coplas por la muerte de su padre; ni sus tratos cortesanos habrían dejado alguna huella en la memoria histórica sin la correlación con el despliegue elegante de agudezas que marcan sus poemas amorosos. Vida y poesía están estrechamente compenetradas en este autor. Al evocar sus empresas bélicas, no se puede omitir el poema elegíaco en el que exaltó el vigor moral del caballero cumplido; y por otra parte, al leer los versos en los que se advierten los ecos de batallas, sitios, escaramuzas y otros episodios marciales, no se puede olvidar que al poeta no le faltaron ocasiones de conocer personalmente esas experiencias.

Las empresas de la guerra, las inquietudes del amor, intensamente vividas por el poeta, a pesar de la brevedad de su existencia, se transfiguran, pues, en motivos esenciales de una poesía que se revela como la expresión más trascendente de una personalidad extraordinaria, y raramente estriba en el juego fatuo de las fórmulas literarias.

4. POESÍA

La materia y la estructura misma de los textos conservados favorecen una división de la obra poética manriqueña en tres géneros (amoroso, burlesco y doctrinal), que corresponden a sendas categorías “cancioneriles”, integrándose pues perfectamente en la producción de la época. Desde el punto de vista cuantitativo, la poesía amorosa resulta ser la más abundante, y la burlesca la más escasa, pero son las Coplas por la muerte de su padre, por su poder de convicción y vigor ético, las que destacan sobre todas las demás, mereciendo una posición eminente en la producción poética del siglo XV.

En su producción amorosa, Jorge Manrique, como toda su generación poética, recibió del amanerado canon cortesano, heredero de la tradición provenzal y galaico-portuguesa, una casuística ya bien asentada de reflexiones y cavilaciones sobre cualquier situación sentimental y matiz del juego erótico (véase III. Los cancioneros del Siglo XV), y debió aceptar una convención tan largamente enraizada, en cuya práctica era ineludible la reiteración de los motivos y las estructuras formales.

Poemas de amor. Los poemas de amor de Jorge Manrique constituyen en efecto una acaudalada muestra de sutilezas conceptuales y artificios formales. Sería bastante paradójico juzgarlos en función únicamente de la sensibilidad estética actual; sería inútil además intentar con ellos la reconstrucción de una experiencia sentimental concreta, históricamente fundada, porque no proceden de memorias poéticas, sino más bien del análisis elegante, aunque complejo, de una disposición espiritual frente al amor. Jorge Manrique, como la mayoría de los poetas contemporáneos, no exalta una aventura sentimental determinada ni traza una historia erótica realmente vivida, sino que define (según los modelos corteses vigentes) las varias gradaciones y contradicciones de los sentimientos despertados por el amor.

Las coplas amorosas de Jorge Manrique tienen, por lo tanto, una esencial preocupación definitoria y analítica, transfigurando en términos casi heroicos, y con escasas variaciones, todos los matizados efectos suscitados por el juego de las pasiones. Se explican así, desde luego, la actitud inquisitiva y el control emocional de este poeta, que como tantos autores cancioneriles, se nos muestra raramente disponible para la efusión de una honda emoción afectiva y, al revés, muy propenso a la casuística pormenorizada de las inquietudes sentimentales.

Esta habilidad dialéctica, verdaderamente considerable, tiene su correspondencia con un virtuosismo formal cuya fenomenología más llamativa se indicará específicamente en las notas explicativas, donde se podrá comprobar, ante todo, la vitalidad de las figuras retóricas antiguas en la estructura anafórica de los versos, en los abundantes paralelismos y quiasmos, en los casos frecuentísimos de derivación y políptoton, en las diferentes amplificaciones acumulativas, etc.

En los versos amatorios, airosamente modulados, se determina de esta manera una intensa compresión conceptista de la imagen, bien visible en el nivel léxico y sintáctico. Muestra de agudeza se consideraba el aprovechamiento de las máximas posibilidades semánticas ofrecidas por una misma palabra, a distancia de pocos versos; mientras que con la iteración insistente de algunos términos esenciales se intentaba visualizar el carácter obsesivo de una situación o un estado de ánimo.

En la línea de la tradición alegórica medieval, encabezada por el Roman de la Rose, se sitúan los poemas que representan el conflicto interior de los sentimientos en las formas dinámicas y algo teatrales de la psicomaquia o combate entre fuerzas adversas, con ataques repentinos, escaladas de muros, defensas desesperadas, resistencias valientes o rendiciones sin gloria. Naturalmente, en este ámbito metafórico, Jorge Manrique estaba en condición de sobreponer en dichos esquemas literarios su propia experiencia concreta de caudillo militar, renovando así los moldes bastante estereotipados que la tradición le ofrecía. El rechazado asalto del Castillo de Amor o la escaramuza arrebatadora de la Escala de Amor constituyen, pues, un ejemplo de extraordinario vigor representativo; el lector llega casi a olvidar el sentido simbólico de las imágenes, seducido por la sucesión rapidísima de los movimientos y las figuras. No menos interesante se revela su aplicación de los esquemas de la alegoría religiosa al análisis de las vicisitudes sentimentales, y más genéricamente, sus adaptaciones profanas de términos sagrados.

También su técnica versificadora, sometida a los preceptos de las Artes poéticas medievales, se revela a la altura de las circunstancias. El empleo de las estrofas cabfinidas, la utilización de los parónimos en las rimas equívocas y otros recursos parecidos atestiguan el nivel de elaboración formal de este producto poético tan selecto. La aplicación rigurosa de la “regla del poetal canto”, preconizada por el Marqués de Santillana en su famosa Carta-Proemio al Condestable de Portugal, ennoblece el esfuerzo expresivo de Jorge Manrique que, como su ilustre maestro, percibía en las leyes de la “gaya ciencia” una norma segura para el perfeccionamiento del trabajo creativo.

Poemas burlescos. Han llegado hasta nuestros días tres poemas festivos de Jorge Manrique, caracterizados por un intento de caricatura humorística; pertenecen todos a la más escueta tradición jocosa castellana (véase III, La poesía burlesca).

La copla A una prima suya que le estorbaba unos amores juega con la anfibología de prima, que tenía el sentido de “cuerda de timbre agudo” de un instrumento musical, y también el de “pariente”; así que la decisión de cortar la “prima” que no se puede “acordar”, indica claramente, aunque en forma alusiva, la intención de ruptura, determinada por el hecho que la rúbrica menciona.

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