Cuestión de educación Un viaje por la enseñanza española

Inés García-Albi

Fragmento

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Cuestión de educación

Si tiene usted en las manos este libro es porque el tema de la educación le interesa, le inquieta, le apasiona o le preocupa. Como a mí. Y no solo por ser madre de dos estupendas criaturas, varones ambos y con todo el mundo prácticamente por explorar, sino como ciudadana que lee, atónita, los diarios y le preocupa la deriva de este país en el que he nacido y en el que vivo. Por estas razones he decidido emprender un viaje peculiar, un viaje a la educación española, y compartir mis experiencias sobre el tema. Lo que va a leer a continuación es un diario de ese viaje.

Últimamente, la educación española tiene muy mala prensa, como se refleja en los titulares de los diarios y en las noticias de los informativos. Por no hablar de los recortes, las voces que advierten que la educación pública se va a pique, una reforma nueva que nace para ser abolida cuando cambie de color el gobierno. La educación es un arma ideológica que utilizan unos y otros con el mayor descaro. Lo más llamativo del caso es que la educación solo cope titulares en los medios de comunicación en época de elecciones, de crisis o cuando salen los polémicos informes PISA que nos sitúan en los asientos traseros de la clase europea. Es justo entonces cuando, ¡zas!, todos los políticos se echan las manos a la cabeza y comienzan a acusarse entre sí, que si fue tu ley, que no, que fue la tuya, y los opinadores de turno —una especie muy autóctona, una raza peculiar de hombres y mujeres que hablan de todo, saben de todo, opinan de todo e incluso se insultan y, cuando se les pilla en un renuncio o mentira, se revuelven como gato panza arriba, echan mano de la libertad de expresión y dan por zanjado el tema— se quejan de que los chicos de ahora no leen y que no saben nada de nada. Otra de sus frases favoritas es: «¡Qué sería de los chicos de hoy si les tocase vivir la escuela que nosotros vivimos. Ya verían, ya!».

Pero el último estudio de la OCDE, el PISA de los adultos (que, por cierto, le tocó hacer a mi marido y doy fe de su completa evaluación, pues estuvo más de una hora respondiendo y analizando gráficos, etcétera), no les ha dado la razón. Todo parece indicar que los jóvenes de hoy, a pesar de que se mantienen en los furgones de cola, están mejor cualificados que sus mayores. El estudio es revelador y la diferencia entre jóvenes y adultos es una de las mayores, junto a Corea del Sur; pero en el país asiático todos han decidido tirar del carro en la misma dirección y sus jóvenes se encuentran conduciendo el tren en estos momentos, mientras que aquí seguimos con eternos debates sobre la religión, la lengua vehicular o la conveniencia de exámenes, incapaces de llegar a un acuerdo.

De modo que la manida sentencia de cualquier tiempo pasado fue mejor no tiene validez, según las estadísticas. Seguramente la tiene para algunas experiencias personales, pero no es extrapolable al país. Mi madre, sin ir más lejos, esgrime ese argumento con bastante frecuencia. Ella hizo el bachillerato cuando muy pocas mujeres lo hacían (acaba de cumplir ochenta y dos años) y en cuanto tiene ocasión nos recita la lista de los reyes godos que reinaron España desde el siglo V hasta el VIII, cuyos nombres me encantan por su sonoridad: Chindasvinto, Recaredo, Alarico, Recesvinto y Rodrigo, que es el único que permanece en la actualidad (bueno, hace poco conocí a un Recaredo que me contó que es un nombre que heredan de padres a hijos, aunque no me supo decir el tiempo que lleva el ilustre nombre en la familia). Cuando mi madre llega a Rodrigo nos mira orgullosa de su hazaña —como ejercicio de memoria no está mal— y nos echa en cara nuestra falta de conocimiento (y eso que yo estudié la carrera de historia), mientras explica que también estudiaban griego y latín y nos reta —ahora lo hace con los nietos— a aprobar su examen de reválida, instaurado otra vez gracias a la Ley Wert. Hay que reconocer que mi madre y mis tías tienen una vasta cultura, pero también que eran unas privilegiadas. Es decir, como experiencia personal, su tiempo pasado quizá fue mejor en cuanto a la adquisición de cultura, y es verdad que leían mucho, sabían inglés y francés. Mi querida progenitora siempre cuenta, además de los dichos de la madre Caritina, que en el colegio de la Asunción de Barcelona solo fueron tres las que hicieron el bachillerato y ninguna de ellas continuó su formación en la universidad. No se estilaba por aquel entonces, pero ¡si tres de sus vecinas estudiaban en casa con una institutriz y una profesora de piano que las educaba para ser las señoritas que la sociedad esperaba de ellas! Estas señoras, todas muy cultas, estarían en la actualidad engrosando la lista del AET (abandono escolar temprano: los que no continúan estudiando nada después del obligatorio). Pero era otro contexto, otra sociedad, otra concepción del mundo. Se las educaba para desenvolverse en la vida que les habían diseñado. Mujeres de la burguesía preparadas para una vida matrimonial más o menos estable con una vida social más o menos agitada. Básicamente dedicadas al cuidado de su prole. Luego la vida les ha ido dando muchas vueltas, pero la pregunta sobre la que hay que reflexionar es si estamos educando a nuestros hijos para el mundo que les va a tocar vivir. Todo ha cambiado mucho, pero en este país todavía no tenemos claro el modelo que queremos y seguimos con discusiones ideológicas que nada tienen que ver con los resultados académicos y menos aún con el avance hacia una sociedad del conocimiento. El sistema, las evaluaciones internacionales, las pautas de la Comunidad Europea hablan de alcanzar competencias que les ayudarán a moverse por el mundo que les tocará vivir, pero aquí aún no sabemos cómo llegar hasta ellas.

También es verdad que es fácil criticar la educación actual, sobre todo si has nacido en una clase privilegiada, pero no tienes más que rascar un poco y pronto te aparecen personas preparadas cuyos padres no tenían estudios o tenían los mínimos y pronto se ponían a trabajar. La tasa de escolaridad total no se alcanzó en España hasta la década de 1980, a la vuelta de la esquina, y la primera generación que estudió obligatoriamente hasta los dieciséis años salió del horno a finales de la década de 1990. El panorama no puede ser más desolador. Son muchas las voces que se defienden de los malos resultados obtenidos argumentando el retraso histórico del que venimos, pero lo cierto es que se podía haber avanzado más. Lo que ha ocurrido es que en este país nunca —exceptuando durante la Segunda República— se ha apostado por la educación al cien por cien. Desde 1980 se han aplicado en España doce leyes orgánicas sobre educación, incluida la LGE de 1970, que reguló todo el sistema educativo y se aplicó hasta que llegó la LOGSE.

Hace unos años, cuando nadábamos en la falsa abundancia, como se ha demostrado, se podía haber apostado por ella. Pero no. Se apostó por otro modelo y los chavales abandonaban los estudios obnubilados por el dinero fácil, queriendo emular a los tipos jaleados en los medios de comunicación y demás círculos, personajes ostentosos y triunfadores que alardeaban de su riqueza alcanzada sin esfuerzo; todos ellos con un denominador común: su falta de pudor a la hora de admitir su ignorancia o su escasa preparación. Si hay una cosa que me avergüenza de este país es la falta de interés por la cultura o esa actitud condescendiente hacia las personas dedicadas a la cultura por parte de nuestros dirigentes.

No sé si existe otro lugar donde la gente afirme con tanta desfachatez: «Yo es que no he leído un solo libro en mi vida» o «Yo no he leído nunca». Siempre me ha extrañado que, después de semejante afirmación, a la persona que la ha pronunciado no se le caiga la cara de vergüenza. Hace un par de años acompañé a un escritor en su recorrido por las casetas el día de Sant Jordi —la fiesta del libro en Cataluña—, y uno de los taxistas, al enterarse de la profesión de mi acompañante, comentó con esa soberbia de los ignorantes: «¡Ah!, pues yo no leo, y a mi mujer, que le gusta leer, se lo tengo prohibido, porque aprende cosas que no debe. Hace poco se estaba leyendo El capital, de Marx, y se le meten unas ideas en la cabeza que no me gustan. Y eso que yo soy de izquierdas, pero mejor que la parienta no lea». Nos dejó sin habla. Sin embargo, este desdén hacia la cultura no es exclusivo de las clases populares. También puedo contar numerosos ejemplos de miembros de la burguesía —ingenieros, abogados y demás— que confiesan sin rubor que solo se han leído «un libro en su vida... o ninguno». Podría llenar un capítulo entero con esta clase de historias que reflejan el nivel cultural de este país. Mi amiga Cristina me comentaba que en la revista donde trabaja, una revista femenina que habla de cultura (de actualidad cultural más bien) para un público de nivel alto, el mismísimo director de arte alardeaba diciendo: «¡No ha nacido la mujer que me haga leer un libro!».

Estas anécdotas reflejan el absoluto desinterés, e incluso desprecio, hacia la cultura o el conocimiento. Más aún, los intelectuales y la gente que se dedica a la cultura siempre han sido mirados con condescendencia y desapego por gente supuestamente educada, con carrera universitaria y que se desenvuelve bien en la vida, con carreras profesionales impecables. Ellos prefieren que sus hijos no se dediquen a eso. ¡Cuántas carreras frustradas por imposición paterna! Y quien habla de cultura, habla de ciencia, de educación, de interés por el saber, por conocer.

En fin, que el tema educativo en España da para mucho. Lo fundamental sería un cambio de actitud para priorizar la educación del país, de sus ciudadanos: la única manera de que un país crezca. Muchos no lo creen así. Es un proceso continuado cuyos resultados se verán a largo plazo y los políticos no tienen paciencia. Les importa más el éxito inmediato que el futuro del país que dirigen. Tampoco ayuda que algunos empresarios contraten a personas sin cualificar para pagarles menos. A medida que voy escribiendo, más indignada me siento, y más veo la necesidad de empezar el viaje. Mañana, me digo sin falta, porque es cuestión de educación.

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Las cuentas claras

Pero antes de comenzar el viaje a la educación española, mejor hacer números para que no haya lugar a malentendidos. Las cuentas claras y el chocolate espeso, como dicen aquí en mi tierra. Para ir calentando motores, paso a explicar un par de cosas para situarnos.

En España existen tres tipos de colegios (somos así de originales). El primero, el mayoritario, es la escuela pública, que es la que paga el Estado y cuya titularidad es del Estado. Los docentes son funcionarios y cobran del Estado. Exceptuando Ceuta y Melilla, todas las autonomías tienen la competencia de educación, es decir, que depende del gobierno autonómico. Luego tenemos lo que se llama el colegio concertado, es decir, de titularidad privada, pero sustentado con fondos públicos. En su gran mayoría son religiosos, aunque en las grandes ciudades también los hay laicos. El concierto nació con la Ley Orgánica del Derecho a la Educación de 1985 (LODE). Ahí se establecen los derechos y las obligaciones de cada parte contratante en cuanto a régimen económico, duración, prórroga y extinción del acuerdo y demás condiciones de impartición de las enseñanzas. Por ejemplo, los centros tienen la obligación de impartir gratuitamente la enseñanza, dar el currículum escolar oficial, mantener unas ratios alumno/profesor determinadas y aplicar los mismos criterios de admisión de alumnos que los centros públicos, y la administración debe financiar la actividad del centro concertado. La interpretación laxa de este contrato da lugar a muchos conflictos, porque son legión los que incumplen parte del contrato.

Y, por último, están también las escuelas privadas que se sustentan sin ningún tipo de ayuda pública y suelen ser en su mayoría colegios extranjeros (francés, alemán, británico), pero también los hay nacionales. Son la minoría y se encuentran en las grandes ciudades, que es donde tienen clientela.

Las estadísticas no son mi fuerte, ya aviso, pero voy a intentarlo. Todos los datos están en la página web del Ministerio de Educación (www.mecd.gob.es), donde se puede encontrar toda la información. La totalidad de los centros públicos (englobo todo tipo de enseñanza no universitaria) es de 18.855 y el de los concertados y privados (la estadística los junta, lo siento) es de 8.935; en total, son 27.790, que se dice pronto.

Vayamos al número de alumnos que más refleja la diferencia entre ellos. Número de alumnos en etapa no universitaria, 8.006.376. De estos ocho millones, 5.470.312 acuden, o al menos están inscritos, a un centro de titularidad pública, y los 2.536.064 restantes a centros de titularidad privada. En cuanto a porcentajes (sí se especifican las tres), estamos hablando de que un 68 por ciento están en la pública; un 25,4 por ciento en la concertada y un 6,3 por ciento en la privada. En otras palabras, la mayoría de los jóvenes españoles acuden a la enseñanza pública. Hay variaciones entre Comunidades Autónomas. Así, en Madrid, cuyo gobierno ha apoyado claramente a la concertada, los centros de titularidad pública (englobo todos los centros, esto es, educación especial, centros con FP, etcétera) ascienden a 1.643 y los de titularidad privada a 1.663. Dicho de otro modo, la privada aventaja a la pública con veinte centros más.

Hay 664.325 profesores en nuestro país, de los cuales 474.993 trabajan en la pública y 189.332 en la privada. Con los recortes, ese número va bajando.

Vayamos con nuestro lastre, que es el abandono escolar temprano (AET), es decir, los chicos que tiran la toalla después de cumplir mal que bien con la obligatoria. Está claro que la crisis económica ha empujado a muchos a volver a las aulas y ahora se lo piensan dos veces antes de tirar los libros por la ventana. Conseguir trabajo en la construcción y en otros sectores como la hostelería que contratan a gente sin cualificar ya no es fácil, y en pocos años hemos visto cómo la tasa de AET ha caído en varios puntos; ahora estamos levantando un poco la cabeza (pero poco, porque seguimos estando en la cola europea), con un 23,4 por ciento (dato de 2013). Otra vez nos encontramos con diferencias entre Comunidades Autónomas. El País Vasco, por ejemplo, está con una dignísima tasa del 7,7 por ciento. Es una buena noticia que la tasa de abandono escolar vaya disminuyendo, pero lo importante sería que se haya aprendido la lección y que no volvamos a las andadas en nuevas épocas de bonanza económica; es decir, que no se permita que las empresas contraten gente sin un mínimo de estudios y sin cualificar y que se tome conciencia de la importancia de la profesionalidad y la preparación. Las comunidades con mayor abandono son Extremadura, con un 32,2 por ciento, y Baleares, con un 30,1 por ciento. Esta última, cuya renta per cápita ya quisieran para sí otras comunidades, tiene en la hostelería su caballo de batalla. Otro dato interesante es que el gasto público en educación respecto al PIB en España es del 4,97 por ciento (en 2010), frente a la media europea, que es del 5,44, y muy por debajo de Dinamarca, que ostenta un 8,80 por ciento, o nuestra admirada Finlandia, con un 6,84 por ciento. En este aspecto, estamos al mismo nivel que Bulgaria, Croacia e Italia, por ejemplo.

Y ahora vayamos con los resultados del Informe PISA, otro asunto que también, como decía, nos pone de los nervios. Preguntaré por los informes a lo largo del viaje, así que solo adelanto algunos titulares. En la competencia matemática, España se encuentra por debajo de la media de la OCDE (494); la media de la Unión Europea es de 489 y España tiene una media de 484 puntos. Respecto a la competencia lectora, los países de la OCDE están en 496 puntos y nosotros en 488 (si bien hay que decir en nuestro favor que la media europea es de 489) y en competencia científica, la media de los países de la OCDE es de 501, la Unión Europea está en 497 y España en 496. De todas maneras, hay grandes diferencias entre Comunidades Autónomas, y algunas, como Navarra, Castilla y León, Asturias y Madrid, pueden lucir banderín de honor, ya que están muy por encima de la media de la OCDE.

El lector lo observará con claridad en los cuadros que siguen.

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El viaje

Estoy desayunando en Berlanga de Duero, provincia de Soria, donde tengo concertada una entrevista con un señor que sabe mucho de educación. El viaje lo he hecho en coche, así que he tenido tiempo para rememorar mi época de estudiante y compararla con la de mis hijos. Y he recordado el colegio donde estudié EGB; aún me parece estar sintiendo el olor de los pasillos, de la pequeña capilla y del comedor. Visualizo las aulas, enormes, con tres puertas correderas que separaban el A, el B y el C y se unían en un espacio común. Iba contenta a las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús. ¡Menudo nombre! No guardo mal recuerdo de las monjas, no me han dejado ningún trauma. En cuanto murió Franco, la directora se despojó del hábito y fue todo un escándalo. Supongo que entre el cuerpo de religiosas hay de todo, y nuestra directora era de las modernas. No eran malas personas; lo que no sé es si eran buenas maestras. Imagino que unas sí y otras no. Apenas recuerdo sus caras, no me dejaron mucha huella, así que mucho me temo que excelentes maestras no eran. Me enseñaron a leer y a escribir, y es de bien nacida ser agradecida. De la única que me acuerdo nítidamente es de la madre Concepción, que fue mi tutora en cuarto de EGB cuando tenía nueve años. Se ponía roja como un tomate y cuando se enfadaba, que era a menudo, se remangaba y bramaba «Te voy a dar una sopipampa soberana», mientras te ponía el trasero tan rojo como su cara. Yo recibí en una ocasión la tan temida sopipampa. Lo recuerdo como una humillación. Levantarme la falda delante de mis compañeras y ¡zas, zas, zas! No hacía daño, pero humillaba. Tampoco me dejó secuelas. Nunca le di importancia. Ni yo ni mis padres, que seguramente ni se enteraron del asunto o si se lo conté debieron de pensar que la sopipampa me estaba bien merecida. Ahora la hermana Concepción hubiera salido en los titulares de los periódicos porque algún padre la habría denunciado, pero antes las cosas eran así. Mis hermanos iban a los padres agustinos y uno de los curas era temido porque les pegaba en la palma de la mano con una regla. ¡Eso sí debía de doler! Sin embargo, no recuerdo que ningún padre se quejara. Hemos mejorado mucho, los castigos físicos han pasado a mejor vida y si se da alguno, se arma un gran revuelo mediático. Con razón. Las monjas tenían otro defecto que comparten en la actualidad con algunos colegios privados y concertados: si valías, estupendo, pero si no valías o no te adaptabas, lo mejor era que te largaras porque molestabas. En ningún caso recibías ayuda ni nada por el estilo. Te invitaban a irte para que no les bajaras la nota o les causaras problemas. A mis monjas la media les daba igual. No había competencia entre colegios porque éramos la generación del baby boom y sobraban niños. Éramos tantas (tres o cuatro líneas por curso y cada curso era de cuarenta a cuarenta y dos chicas: una locura) que era imposible saber de qué pie cojeaba cada una. Otro aspecto positivo respecto a antaño es que la ratio ha disminuido en cada clase, si bien ahora, con los recortes, está aumentando otra vez, lo cual constituye un grave error, porque una de las claves del éxito son las clases pequeñas y la enseñanza personalizada. Y no es que lo diga yo, todos los expertos coinciden. En este caso, menos es más.

Quisiera puntualizar que no todos los colegios privados o concertados funcionan de esta manera, aunque sí la gran mayoría. Al colegio de mis hijos llegan cada año unos cuantos rebotados de esos centros mal llamados de prestigio o excelencia. Me indigna, no porque lleguen, sino porque discrepo totalmente del concepto de pedagogía de esos colegios, que, para colmo, encabezan las listas de los mejores del país, y la mayoría de los cuales se nutren de los fondos públicos, cuando deberían ser los últimos en recibir ayudas.

Sigamos con mi historia. Dejé las monjas al terminar EGB. Mi madre me preguntó si quería seguir en el colegio o ir al instituto. Y opté, creo que sin dudar, por cambiar e ir al instituto. Reconozco que no me importó mucho dejar mi rutina escolar, e hice el cambio al instituto sin mayores problemas. Cuando comencé el BUP fue como si hubiera entrado en otro mundo, en otro país, ¡tan diferente era del colegio! Primero porque había chicos, lo cual tengo que decir que no me impresionó lo más mínimo, ya que en mi casa éramos cuatro chicas y tres chicos y siempre había amigos de todos, así que el elemento masculino lo sorteé fácilmente. Hoy en día todos los colegios, excepto los del Opus y algún otro, son mixtos. En eso también hemos mejorado. Estos últimos justifican la educación diferenciada por cuestiones de maduración intelectual entre niños y niñas, pero de todos es sabido que se debe a sus creencias religiosas; dependiendo del color del gobierno, sale a la palestra quitarles el concierto. Los menos se atreven (en Andalucía), los más no. Seguimos y seguiremos con la discusión in saecula saeculorum, porque cuando en España se toca la Iglesia, se arma la de San Quintín. Una educación en un ambiente diverso es sin duda un valor añadido.

Continúo con mi viaje a tiempos pasados; ¿los profesores eran mejores? Había de todo, como ahora. Desde luego, no teníamos tutorías, ni se hablaba de nuestros problemas, ni nada de eso. Llegaban, daban clase y se iban. Y ahora con eso no basta. Está claro. Eran profesores que instruían, transmitían conocimientos —no todos— y punto. Y si ponían muy difícil la asignatura, pasaban a engrosar la lista de profesores genios. Yo tuve que enfrentarme a uno de ellos, el de matemáticas de BUP. Le llamaban el KAO, quizá porque nos dejaba fuera de juego tras una hora con él. Creo que nadie entendía sus clases: pensaba que estaba en la universidad y llenaba la pizarra con una caligrafía preciosa, eso sí, de fórmulas que nunca explicaba. Imagino que el hecho de hacer su asignatura tan enrevesada y difícil fue lo que le dio fama de sabio. Pero en realidad lo único que consiguió fue que odiásemos las matemáticas. Estoy segura de que no hay muchos matemáticos entre sus alumnos. Yo, como la mayoría de mis compañeros, aprobamos ejercitando la memoria, pero puedo asegurar al lector que hoy no me acuerdo de nada y me confieso incapaz de resolver una integral. Temo el momento en que se acerque mi hijo pidiendo ayuda con las mates o la física (otra mala profesora en mi vida), y tenga que reconocer ante él que no me acuerdo o esgrimir aquello tan manido de «Pregúntale a tu padre, que yo soy de letras». Para mi descargo, diré que jamás en mi vida cotidiana me he visto en la tesitura de tener que resolver derivadas e imagino que, si mis hijos son hábiles con la asignatura, seguiré en el mismo estado de ignorancia. Esa manía de complicar las cosas para labrarse fama de sabio es muy propio de este país. Marcos, mi marido, siempre cuenta que cuando volvió a Barcelona tras estudiar la carrera y el doctorado en Gran Bretaña, lo invitaron a dar una charla en la universidad y le dieron el siguiente consejo: «Lo mejor es que comiences la charla con un tono pedagógico y al terminar subas mucho el nivel, que no te entiendan, así todo el mundo creerá que eres un genio y te ofrecerán más conferencias». Es decir, justo lo contrario de lo que se hacía en Gran Bretaña, en su universidad, una de las mejores del mundo; si los estudiantes o asistentes a las charlas o clases no entendían significaba que eras un mal profesor y no volvías a tener oportunidad de dar clase.

Pero no todos los profesores que me tocaron en gracia fueron como el KAO. En mi curso varios optamos por la carrera de historia gracias a Jaime, que supo mostrarnos lo apasionante de la materia. No recuerdo al profesor de literatura, pero sí todos los libros que me hizo leer, entre los cuales figuraban El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y casi todos los clásicos de la literatura española y alguno de la francesa, como Balzac y Molière. En mi experiencia vital, la enseñanza pública y laica gana a la concertada religiosa. Hay mucho debate en España con esta dualidad, pero los resultados del PISA se refieren a las dos escuelas. Son problemas comunes al paciente, la escuela en general. Los síntomas son los mismos.

El viaje hasta Berlanga de Duero ha resultado ser una delicia; la provincia de Soria tiene mucho que mostrar en todos los sentidos. En Soria capital recordé que Antonio Machado enseñaba francés en el instituto a principios del siglo XX. ¡Quién hubiera tenido un profesor como Machado! El poeta también dio clases a obreros de manera altruista en la Escuela de Artes y Oficios de la capital soriana. En Burgo de Osma he parado frente a la estatua al maestro. Soria es conocida como la Finlandia española por sus buenos resultados en el PISA y otras pruebas de evaluación. Castilla y León sale también bastante favorecida en las fotos internacionales. Me quedan pocos kilómetros hasta Berlanga de Duero. El paisaje es de una gran belleza, una carretera perdida en medio de la nada, y no es extraño cruzarte con algún corzo despistado. Prometo traer a mis hijos de visita. Me temo que es una parte educativa, la de los viajes en familia parando para ver monumentos, museos, naturaleza, que se ha olvidado en muchos hogares y también en las escuelas. Le pregunto a mi sobrina Carmen, que cursa tercero de la ESO en Madrid, sobre sus salidas culturales. Va a un concertado religioso. Este año, me confiesa, han visitado Salamanca en una excursión de un día; y luego la profesora de música se portó bien y les llevó a un concierto de música clásica y otro de rock. Parecen pocas. Todos sabemos por experiencia que aprender sobre el terreno es mejor, pero eso no es solo una labor de la escuela, sino también de los padres. Llamo a Álex Chico, poeta y profesor de literatura de un instituto a las afueras de Barcelona, y le pregunto por sus excursiones. «El año pasado, que era el aniversario de la muerte de Machado, organicé con los chavales una salida a Colliure, donde está enterrado el poeta. La visita daba para hablar del exilio, del grupo de poetas de los años cincuenta que fueron a hacerle un homenaje, etcétera.» «Una idea estupenda», le digo con entusiasmo. «Estupenda hasta que ves todos los papeles que debo rellenar para poder hacerla. Se te quitan las ganas», me contesta. Las salidas, según mi sobrina, dependen del profesor y del curso. «Si tienes un profesor entusiasta como la de música, no hay problema, pero si te toca uno perezoso no ves nada.» Me choca, por ejemplo, que, viviendo en la capital, en toda su vida escolar no haya ido a visitar el Museo del Prado o el Reina Sofía. He llamado al Museo del Prado y he preguntado por las visitas. En la página siguiente se reproduce el cuadro que me han enviado.

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La visita al Museo del Prado debería ser obligatoria al menos para todos los escolares de la Comunidad de Madrid. ¿Cómo puede ser que teniendo esa pinacoteca que dice tanto de la concepción del mundo, de la historia de este país, de tantas cosas, no sea de obligada visita? Mis sobrinas mayores, que viven en Bilbao, tampoco han ido al Guggenheim con el colegio. Es increíble el poco interés que hay por la cultura. En cambio, las más pequeñas sí que han ido. ¿Será debido a los primeros síntomas de cambio o simplemente el colegio de mis sobrinas pequeñas tiene más inquietudes culturales? Ojalá sea lo primero, pero no soy muy optimista al respecto. Hay muchas señales que indican lo contrario.

El otro día recibí un mail de Pilar, una amiga de mi cuñada (he puesto a la familia a trabajar para mi viaje), contándome las burlas que aguantaba de sus compañeros de oficina. Pilar tiene su rutina diaria en una sucursal bancaria donde a todos sus compañeros se les presupone una educación superior. Comentó con ellos que había llevado a sus hijos (de diez y doce años) a la exposición del museo Thyssen y que les había encantado. «Bueno, bueno... no te imaginas lo que tuve que escuchar, que menudos cerebrines me iban a salir, que menuda madre tan aburrida. Aguanté estoicamente, pero me dio pena», escribía quejosa.

Nosotros viajamos mucho en coche: Barcelona está un poco alejada de mi vida pasada, de la familia en Bilbao, de los amigos en Madrid y de los veraneos en el pueblo de Valladolid. Si no hacemos en cada viaje setecientos kilómetros no hacemos ninguno. Paramos bastante, cogemos carreteras secundarias, vamos lentos, no tenemos prisa. ¿Por qué hay que tenerla? Paradas intermitentes, una iglesia románica aquí, una ribera en explosión primaveral perfecta para un picnic allá. Lo hacemos porque mis padres lo hacían con nosotros. Mi padre se desviaba de la nacional porque a treinta kilómetros vendían unas aceitunas sabrosísimas y para allá que íbamos o parábamos a ver el castillo de turno. Algo queda de todo aquello, al menos la inquietud de conocer, de ver. Imagino que ahora se hace menos por las prisas y porque las autopistas no invitan a los viajes relajados. Además, ahora contamos con la ayuda inestimable a la formación y a la curiosidad infantil de la industria del automóvil, que ha incorporado DVD en los asientos traseros para que los niños no molesten, no miren el paisaje, no les entren ganas de hacer pis, no pregunten por el tipo de árbol o qué señal han visto. Nada. ¡Calladitos están mejor! Viajar es una forma de educar, de aprender, de formar.

Quedan cinco minutos para mi cita educacional. Me despido con la respuesta de Kant a la pregunta «¿Qué es educación?». Sapere aude, que quiere decir: «Conócete y atrévete a conocer, haz las cosas por ti mismo».

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El espejo retrovisor

Quizá debiera disculparme por contar mi vida escolar, que imagino debe de interesar muy poco al lector, pero creo que hablar del pasado es básico. Es importante conocer de dónde venimos para comprender dónde estamos y tener una perspectiva global. Cuando inicié este viaje, me acordé de una profesora de historia moderna de la universidad que siempre nos repetía: «Recuerden ustedes que del pasado de nuestro país se pueden extraer lecciones que nos ayudarán a entender el presente». Y con esta premisa nos hablaba del poder político y económico de la Iglesia en tiempos de Felipe III, e íbamos comprendiendo que todo tiene una explicación, un referente en el pasado, y que es bueno conocerlo para entender el presente, aunque este sea otro mundo. Muchos historiadores afirman que los políticos deberían consultarles y no les falta razón. Así que he viajado en busca del pasado, el pasado de nuestra historia educativa. Como no es mi propósito escribir una tesis doctoral, proporcionaré al final del libro una lista bibliográfica por si el lector desea ampliar conocimientos. Porque como casi todo en este mundo, una vez que metes las narices en un tema, encuentras cosas apasionantes; en este caso, la historia de algunos pedagogos y maestros del Renacimiento, sus ideas, nociones que hoy llevamos todos grabadas y de las que nadie duda, pero que en su día fueron novedosas, vanguardistas, sobre todo en el cuidado y la educación de los niños; la evolución del concepto de infancia o la cambiante arquitectura de las escuelas. Todas estas cuestiones las dejo en manos de los historiadores de la educación, profesionales que dedican su vida a ello, como, por ejemplo, Agustín Escolano Benito, que vive a caballo entre Valladolid y Berlanga de Duero.

Berlanga de Duero es una preciosidad. Una localidad que habla de la historia de España en su época de esplendor: castillos, colegiatas, palacios. Castilla dominaba por aquel entonces el mundo conocido. Aquí vio la luz fray Tomás de Berlanga, obispo de Panamá y descubridor de las islas Galápagos (en la pared de la fantástica colegiata de Santa María del Mercado cuelga un caimán disecado casi en las últimas que trajo fray Tomás de sus viajes), y aquí también nació nuestro protagonista de hoy: Agustín Escolano Benito, catedrático de Historia de la Educación de la Universidad de Valladolid, la persona que me ha traído de viaje hasta aquí. Escolano fundó el Centro Internacional de la Cultura Escolar (CEINCE) en un formidable palacio renacentista del siglo XVI que perteneció al padre del comunero Juan Bravo. El CEINCE es su proyecto, su ilusión, un intento por difundir la cultura escolar. Me reciben Agustín y su encantadora mujer, Puri, pedagoga, formadora de profesorado que me muestra los fósiles recogidos en sus paseos campestres. El palacio y sus jardines son impresionantes y están cuidados con esmero. En el patio renacentista mantienen una exposición permanente sobre la historia de la escuela, sus materiales, manuales y técnicas didácticas. Allí me reencontré con las regletas de colores con las que aprendí las unidades, decenas y centenas, hoy ya desaparecidas, y otras herramientas diversas. La visita merece la pena para comprender la evolución de la escuela. Los instrumentos han cambiado, pero la dinámica sigue siendo la misma: el profesor frente a los alumnos en un aula y todo por aprender, por estudiar, por comprender. Prepararse para el mundo y el tiempo que le ha tocado a uno vivir. En la antigua Roma eran fundamentales la oratoria, los textos clásicos; en la Edad Media, los textos religiosos, la historia sagrada. Pero desde siempre se han estudiado las letras, la lectura, la escritura, los números, el cálculo.

Hace unos meses, en el inicio del curso escolar, oí a una madre en el autobús intentando consolar a su hija en su primer día de colegio. La madre le decía que ese año iba a aprender la cosa más importante de su vida. La niña no estaba muy convencida y seguía sollozando, pero le pudo más la curiosidad y preguntó con la voz quebrada qué cosa era. Su madre le contestó: «Este año aprenderás a leer». A la niña el argumento no la convenció y retomó los sollozos, ella quería seguir protegida en su casa jugando con sus cosas. Seguramente lo entenderá cuando sea mayor, o quizá no. Leer ya forma parte de nuestra historia personal, de nuestra historia como civilización. Cuando sabes leer y escribir, es difícil imaginar cómo sería la vida sin esas dos herramientas fundamentales. Yo no recuerdo cuándo comencé a leer, pero la madre del autobús tenía razón; la lectura es lo más importante que se aprende en la escuela, es lo que nos permitirá comprender el mundo, ayudarnos a tener opinión, a reflexionar, a conocer otras ideas, a conseguir un espíritu crítico. Tanto es así, que no me extraña que Doris Lessing defendiera la lectura como un acto de rebeldía.

Uno de los tesoros del CEINCE es su imponente biblioteca. Cuenta con varios espacios y todos los manuales habidos y por haber de nuestra historia escolar. Desde lo que estudiaban los niños de finales del siglo XIX, pasando por los manuales de buenos modales y conductas para señoritas de principios del XX, nuestros manoseados manuales de matemáticas de Santillana o el espléndido Senda de literatura, hasta llegar a los nuevos manuales de educación para la ciudadanía que caen del currículum con la nueva ley del gobierno del PP. El número de volúmenes, que crece cada mes, es de unos cincuenta y cuatro mil. Lo paso genial buceando en la biblioteca. Toparte con joyas como el Arte de enseñar a leer y escribir, de 1565 (cartilla del humanista Juan de Robles dedicada a la marquesa de Berlanga para que enseñara a leer con ella a su hijo, Íñigo Fernández de Velasco, futuro condestable de Castilla), produce una emoción difícil de explicar.

Agustín Pérez Escolano es un referente en educación tanto dentro como fuera de España. De hecho, los dos días que permanezco en Berlanga comparto tiempo, inquietudes y la sabiduría del catedrático con Norma Ramos, una joven mexicana que escribe su tesis doctoral sobre los manuales de la infancia en el México de finales del siglo XIX y principios del XX, muchos de los cuales eran españoles o de influencia española. Para ella, Agustín es un referente académico importante y lo escucha admirada y boquiabierta. Es su maestro. Por el CEINCE pasan muchos estudiantes de diferentes nacionalidades rastreando en los manuales que atesora la biblioteca auspiciada por Agustín. No salgo de mi asombro ante la cantidad de gente que se dedica al estudio de la historia de la educación y me dejo llevar por la pasión de ambos. Comparto la alegría de Norma cuando encuentra un compendio de la época de la independencia mexicana: la lista de los reyes españoles no tiene desperdicio y refleja el uso que hacen las autoridades de la enseñanza; cada rey con su adjetivo correspondiente: ladrón, tonto y otras lindezas parecidas.

Agustín estudió magisterio. En aquellos tiempos, a principios de la década de 1960, si querías continuar una carrera universitaria tras magisterio, la única salida posible era pedagogía, una disciplina cuya facultad nació en 1932 durante la Segunda República con el objetivo de preparar a los directores y formar pedagógicamente a los maestros. La educación fue uno de los pilares de la Segunda República, una de las pocas épocas en este país en que la educación fue prioritaria, una cuestión de Estado, un avance que desgraciadamente se borró de un plumazo con la victoria de Franco. La primera escuela de magisterio en España comenzó a funcionar en 1838 y la de maestras, en 1857.

Le pregunto a Agustín sobre las salidas profesionales de un pedagogo. Nunca he tenido muy claro en qué consiste exactamente su trabajo, ya que los maestros son los que están en las aulas. «Ay, amiga —me dice—, ese es uno de los problemas, que no está muy bien definido. Muchos se colocan en editoriales de libros de texto o de inspectores. Lo que pasa es que ahora son unos burócratas totales. Antes, la inspección no estaba tan burocratizada, teníamos plena libertad», me cuenta. Sabe de lo que habla. Él fue inspector durante una época de su vida. Le tocó Cantabria y sus dominios eran Potes, en plenos Picos de Europa, y la zona de Ramales. Estuvo unos tres años recorriendo pueblos, a veces con las carreteras cortadas a causa de la nieve. Me lo imagino llegando a la escuela de un pueblo perdido para hablar con el maestro que se queja por la falta de material. Eran otros tiempos aunque con los recortes actuales son muchas las escuelas que sufren falta de material o calefacción. Agustín recuerda esa etapa con nostalgia. Reconocía la necesidad de su labor, ayudaba, aportaba su grano de arena a la educación de los niños.

Agustín debía de destacar, porque unos años más tarde María Galino Carrillo (Barcelona, 1915-Madrid, 2014) lo llamó a su lado. María Galino es un referente entre pedagogos y maestros. En 1953 se convirtió en la primera mujer que accedió a una cátedra en la universidad española al ganar por oposición la cátedra de Historia de la Pedagogía e Historia de las Instituciones Pedagógicas de la Universidad de Madrid. Fue directora de la Escuela Nacional del Profesorado (1962-1966) e inspiradora de la reforma pedagógica de Villar Palasí, la de EGB, que se puso en marcha hacia 1970.

María Galino llamó a Agustín, que había sido alumno suyo, para que diera forma y dirigiera el Instituto de Ciencias de la Educación (ICE), unos centros creados en las universidades españolas en 1969 para poner en marcha la reforma de 1970. Había mucho que hacer, mucho que reformar, la educación apenas había cambiado desde finales del siglo XIX y una institución como el ICE era necesaria. Un reciclaje para todos los profesores de ese momento y para formar a las generaciones futuras. Fue, la de Villar Palasí (fallecido en mayo de 2012), una reforma ambiciosa con vistas a modernizar un sistema anclado en el tiempo. La reforma no fue del todo un éxito, porque, según me cuenta Escolano, hubo falta de voluntad política en la asignación de recursos económicos, reticencias de la Iglesia y una crítica furibunda de los sectores más reaccionarios del régimen, que la consideraban avanzada. Agustín Escolano Benito sabe mucho de esa reforma, de esa y de todas las posteriores, porque tras su paso por el ICE de Oviedo formando profesores ganó la cátedra de Historia de la Educación en la Universidad de Valladolid. Ha dedicado mucho tiempo a la investigación y es presidente de la Sociedad Española de Historia de la Educación y miembro del comité ejecutivo de la Conferencia Internacional para la Historia de la Educación. Después de mi visita iba a reunirse con especialistas de toda Europa en Trento para preparar una obra magna de diez volúmenes sobre las cuestiones básicas de la formación en el nuevo siglo. «Es una especie de concilio», afirma haciendo clara referencia al Concilio de Trento.

Mientras esperamos el primer plato en un restaurante de Berlanga, y aprovechando un descanso en el discurso apasionado de mi interlocutor, le pregunto por qué es necesario estudiar la historia de la educación.

Tras reflexionar unos minutos empieza: «Nadie nace cuando amanece por la mañana, todo el mundo tiene que mirar por el espejo retrovisor para conducir; si solo miras hacia delante, te matas. Es necesario conocer la trayectoria, las fases históricas. La reforma de 1970 es historia, cómo estaba la escuela durante el franquismo es historia, la República es historia. Lo que nosotros somos se explica en parte por lo que hemos sido, y creo que para instalarse en la actualidad hay que hacer uso de la perspectiva. No se puede hacer como aquel personaje de Galdós que decía “la historia comienza conmigo”, pero desgraciadamente hay gente que piensa así, ¿no crees? Personajes con mente plana». Agustín continúa sin pausa diseccionando los problemas y la historia de nuestra educación. «Algunas tradiciones son positivas. Hay que interactuar con el disco duro de la memoria. Yo buceo en la memoria para tratar o solucionar problemas actuales o al menos para entenderlos, pero no con una perspectiva nostálgica del pasado. Por ejemplo, el tema de la Iglesia viene de muy atrás y ni siquiera en la transición la izquierda se atrevió a plantear un Estado educacional laico. La religión en la educación nos ocupa tiempo, nos cuesta dinero, plantea conflictos sociales, refuerza comportamientos conservaduristas, lo mires como lo mires, pero para mirarlo así hay que tener conocimiento del pasado.» ¡Qué razón tiene! Meses más tarde veremos que la Iglesia ha vuelto a ganar y que la religión está presente en la nueva reforma. Es increíble que la discusión a estas alturas de curso sea la misma que hace años. No hemos avanzado, seguimos anclados en el pasado. Los pasos dados para ser un país moderno retornan a la casilla de salida, sin calcular el coste económico, de recursos y de energía que eso conlleva. Teniendo como tenemos una de las tasas de abandono escolar más altas de Europa, en lugar de buscar soluciones al problema, nos empeñamos en discutir sobre la enseñanza de religión, que sin duda no mejora el resultado educativo del país ni aporta mentes críticas. ¿Hasta cuándo va a durar esta discusión? Hasta que cambie el color del gobierno y volvamos al eterno dilema. La educación religiosa versus la educación laica es uno de nuestros problemas, pero ¿qué otros problemas llevamos cargados en la mochila? «Acarreamos las dos escuelas desde siempre. Dos concepciones de escuelas que no se encuentran, como las dos Españas. La escuela ha sido un lugar de lucha simbólica. La Iglesia está asociada a la derecha conservadora. Fue la Institución Libre de Enseñanza, que no es ni de izquierdas ni de derechas, la que planteó el laicismo en la escuela. El intento se llevó a cabo durante la Segunda República y ya sabemos cómo terminó. La escuela republicana fue el primer intento de crear una escuela laica como la francesa, independiente, sin intereses. En estos momentos es inviable, primero, porque un elevado porcentaje del profesorado del clero se quedaría sin empleo, y segundo, porque el Estado no podría improvisar un tercio de las escuelas que cubre la enseñanza concertada. Si eso se hubiera planteado en la transición, quizá, pero era un planteamiento de claro enfrentamiento: y no se quiso repetir la experiencia republicana. Fue el mismo Alfonso Guerra, el más radical del gobierno, quien firmó el convenio con el nuncio de Su Santidad. Tendría que haberse revisado, pero Zapatero, que debería haber dado ese paso, no pudo», me cuenta Agustín, que continúa hablando del coste de la concertada, del ahorro que supone al erario público.

Es curioso cómo muchas veces, más de las que serían convenientes, cuando hablas del pasado tienes la sensación de que no hemos progresado, que seguimos dándonos cabezazos en el mismo muro. Mientras habla Agustín pienso en las dos Españas, en las dos concepciones de escuelas y me produce vértigo. Estoy segura de que saldrán a menudo en este viaje. Me deprime el tema por lo absurdo, por la incapacidad de llegar a un acuerdo. Me indigna que no se considere un tema primordial y que no consigan tirar del carro en la misma dirección. ¿Que los chavales abandonan y el nivel educativo de nuestro país es el que es? Pues nada, no hay manera de sentarse y llegar a un acuerdo sin que nos topemos con esas dos concepciones de escuela, en la que la religión es uno de los temas más polémicos. Y así seguimos. Lo primero que hizo el nuevo flamante ministro del gobierno del PP fue cambiar los libros de la educación para la ciudadanía eliminando temas tan susceptibles para la Iglesia como la homosexualidad o el aborto. ¿Sinceramente alguien cree que esta tiene que ser la primera medida en un país que soporta un 23,4 por ciento de fracaso escolar?, ¿que mejora la competitividad de nuestros alumnos o el nivel? Y cuando un partido de izquierdas suba al poder, ¿cuáles serán sus primeras medidas? Qué duda cabe que volver a cambiarlo. Un desatino, que le lleva a uno a pensar que la educación importa bien poco y que siempre se acaba hablando de medidas políticas que no tienen mucho que ver con las educativas. De todas maneras, cualquier intento de arrebatar una pizca de poder a la Iglesia en la educación del país desata la polémica. Y la reforma de Wert ha sido un triunfo para ellos. La religión ahora puntúa. En fin, abundan los ejemplos, y así no hay manera de modernizar nada.

Agustín continúa con su discurso: «El sistema no es igualitario, no es equitativo. Es cierto que hay escuelas religiosas que son populares, pero otras han ido creando ámbitos de cierto elitismo. Mira El Pilar, allí se educaron Maravall, Solana y Aznar... ¿Y qué ocurre? Que la gente manda a sus hijos para que estén con sus iguales. No todas las escuelas religiosas son así, los salesianos de Salamanca, que también es religiosa, es una escuela popular que va gente de todo tipo. Colegios como El Pilar existen en todas la ciudades, son colegios que marcan, que tienen un estilo definido. En Valladolid es La Salle. El nivel de resultados de estos son superiores porque seleccionan a sus alumnos, eliminan a los inmigrantes, el que da de sí se queda, al que fracasa no le hacen ni caso y se le invita a irse, mientras que la escuela pública tiene que acoger a todos y no abandona al mal estudiante».

Y no le falta razón. Todos conocemos historias de estudiantes con algún tipo de problema de aprendizaje o simplemente que es más lento, o más movido, al que se le invita a dejar el colegio. Conozco el caso de unos padres que llevaban a su hijo a uno de esos colegios llamados de élite, privado. Pues bien, cuando su hijo cumplió cuatro años, sí, cuatro años, lo invitaron a abandonar el colegio porque el niño no era lo suficientemente maduro. Sin embargo, no solo es el colegio. Hay padres protectores que en cuanto ven que hay un elemento que disturba a su querido hijo empiezan a pedir responsabilidades. Sirva de ejemplo el caso de mi amiga María, que lleva a su hijo de seis años a un colegio privado en el que hay una niña que suele comunicarse con los otros de una manera un poco, digamos, brusca. Su hijo Tomás llega a casa con algunos rasguños, pero no le da mucha importancia: dice que cuando su amiga quiere jugar, a veces pega porque no sabe medir su fuerza. De hecho, hubo una madre que quería escribir una carta firmada por todos los padres pidiendo la cabeza de la niña, en la que venía a decir «o ella o yo». Menos mal, me dice aliviada mi amiga María, que encontró otros padres sensatos que se negaron a participar de esa injusticia. Pero no es solo eso, sino que esa madre está transmitiendo a su hija que, cuando haya un problema o alguien la moleste, solo tiene que llamar a sus padres para arreglar el asunto. El proteccionismo hace mucho daño a nuestros jóvenes, que luego tardan en madurar. Discúlpeme el lector por mi efusividad, pero es que lo que me estaba contando Agustín de manera teórica se ha convertido en una realidad diaria.

Traen el segundo plato. En la mayoría de los pueblos y ciudades de provincia el concepto de comida ligera no ha llegado. Aunque sea un menú, los platos son copiosos y van acompañados de un buen trozo de pan y una frasca de vino. Mientras echo una ojeada al solomillo de cerdo con patatas que me espera, y practico mi competencia matemática trasladando la comida a calorías, Agustín ha saltado a la reforma de 1970, la famosa reforma de Villar Palasí, en la que nos hemos educado varias generaciones de españoles, los que hoy estamos entre los treinta y cinco y los cincuenta años.

«La reforma de 1970 fue la que rompió con el pasado. Fue una ruptura con el franquismo, una reforma moderna, una escuela más acorde con la sociedad española que en el tardofranquismo comenzó a intentar vivir en el mundo contemporáneo. La Ley de Educación General Básica aportó una gran novedad desde el punto de vista democrático, incluso aunque fuera dentro del franquismo. Antes de los años setenta, los niños se dirigían, a partir de los diez años, o a la enseñanza primaria, que era un carril sin salida, o al bachillerato elemental, que era hasta los catorce, y luego venía el bachillerato superior. Eso dividía la infancia en dos carriles de distinta calidad, de distinto nivel social. La ley de 1970 unificó todo eso al hacer una educación general básica para todos los españoles de los seis a los catorce años que era la EGB, el modelo que suprimió el bachillerato elemental. Ese fue el giro más importante en cuanto al punto de vista estructural.»

También se modernizaron los contenidos integrándose muchas corrientes renovadoras del conocimiento como, por ejemplo, en el campo de las lenguas, donde se optó por el estructuralismo, y en el campo de las matemáticas, donde primó la teoría de conjuntos. La reforma de 1970 tuvo la virtud de suprimir los dos canales, me cuenta Agustín, así que todos los niños españoles se integraron en el modelo educativo, y eso en términos democráticos fue un avance importantísimo. Todos teníamos las mismas oportunidades; esa al menos era la teoría, la práctica fue otra cosa.

Según me ilustra Agustín, las investigaciones han puesto de manifiesto que esto no siempre es así, porque los niños vienen a la escuela con su mochila cargada, es decir, que provienen de diferentes tradiciones culturales. Cada familia aporta su carga, los medios en los que se han desarrollado. Esto lo dejó muy claro el psicolingüista Basil Bernstein, investigador del Instituto de Educación de Londres, que demostró dos códigos lingüísticos diferentes, uno que llamó restringido y otro elaborado. Los hijos de las clases cultas expuestos en casa a un buen nivel de expresión, un vocabulario rico, con un campo metafórico abierto, tienen un código lingüístico más complejo que los que solo oyen un código a base de monosílabos, niños de una clase social baja que viven en zonas deprimidas, procedentes de suburbios, aunque hoy en día los medios audiovisuales han ampliado el campo lingüístico en esos sectores. Lo que pasa es que acuden a un mismo nivel escolar, llámese EGB, llámese ESO, y allí, por ejemplo, vengan de donde vengan, todos se ven sometidos a una disciplina académica, una rutina, y muchos no encuentran en el ambiente de retorno los referentes culturales que apoyarían lo que se hace en la escuela o en el instituto, aparte de muchos otros factores. A su modo de ver, el nivel en España ha subido, pero no hay que medirlo individualmente sino estructuralmente. Y tiene razón, la mayoría de la gente que se queja, se apoya en su experiencia personal, en su historia individual, pero no lo trasladan al nivel de la comunidad, del país, de la sociedad. «Ahora —continúa Agustín— hay más años de educación. Los chavales están más años dentro del sistema de educación y la tasa de escolaridad es del 100 por ciento. La denostada LOGSE (1990) sumó dos años a la educación obligatoria, hasta los dieciséis, lo que nos equiparaba con otros países de Europa e introdujo un nuevo diseño curricular que estaba inspirado en los modelos comprensivos procedentes del Reino Unido, y que significaba ofrecer un mismo programa para todos los niveles básicos, ampliándolo y flexibilizándolo. Todo el mundo pasaba de curso, y se disfrazaron un poco los resultados reales del sistema al favorecer la promoción continua; pero cuando llegaban al final de la ESO, ya no se podía obtener tan fácilmente. O se obtenía el título de graduado o no se obtenía, y eso se ha mejorado con la LOE (2006), y también está el tema de los itinerarios que refleja la nueva Ley Wert. La derecha siempre ha sostenido que tienen que ofrecerse dentro de la estructura común ciertos itinerarios diferentes, a lo que el PSOE siempre se ha negado, porque, a su parecer, es una ruptura del principio de comprensividad, igualdad, equidad. Veremos qué pasa», dice suspirando sin gran fe en nuestros políticos.

«Otro problema ha sido —ahora con la crisis ya comienza a no serlo— la integración de la inmigración. A pesar de los programas de refuerzo, es difícil alcanzar el mismo nivel lingüístico. El hecho de que la escuela pública tenga que soportar una mayor tasa de hijos de inmigrantes que la concertada no está bien. En realidad, la concertada debería ser pública, pero tiene mecanismos de selección de sus clientes. Es un tema muy grave, porque si se repartiera mejor, todo iría mejor, el sistema sería más igualitario.» Agustín salta de un tema a otro, ¡hay tanto donde hincar el diente!

«El problema del currículum es que cada día sale una nueva asignatura que incluir, que si educación para el consumo, educación vial, educación para la ciudadanía y, claro, no hay cabida para todo, porque el tiempo es limitado. Es imposible. El fracaso también viene un poco de ahí, de la cantidad de materias, de la diversidad. Por ejemplo, un niño que viva en Cataluña tiene que aprender catalán, español, inglés y, a poder ser, francés, y el tiempo es el mismo, y si metes eso, ¿qué quitas? Lo importante son las disciplinas instrumentales: las lenguas y las matemáticas; sin duda es difícil, porque hay muchas voces que abogan por el contenido, pero ¿de qué sirve que un chico de la ESO se aprenda la geografía política de África? ¿Qué queda del África que el lector aprendió en la escuela? ¿Y de Rodesia? Lo importante es aprender las herramientas, las artes, la música, y todo eso en cinco horas diarias es muy poco y con un calendario que también se ha ido reduciendo.»

Y es verdad, el saber no ocupa lugar, pero cada vez hay más cosas por aprender, el mundo se complica por momentos. Está bien que los niños aprendan educación vial, pero ¿de qué sirve cuando resulta que su padre es de los que no respetan el límite de velocidad? Cuando visité un colegio en Zamora, las profesoras de una escuela se quejaban de todas las actividades que organizaba la junta para los niños, que si un día a las oficinas de la Seguridad Social, que si otro día al parque de bomberos, que si otro día al ayuntamiento... Y así hasta el infinito. «Habría que buscar un punto medio», me comentaban indignadas, porque luego también las obligaban a cubrir todo el currículum que, en su opinión, es mucho y cada vez hay menos horas para fijar conceptos tan importantes como la lectura o las matemáticas.

Agustín pide la cuenta y salimos. Quiere mostrarme ciertas joyas de la zona: San Baudelio, una belleza mozárabe, y también algunos tesoros educativos de la provincia como unas pinturas al fresco que hicieron unos chavales de un pueblo pequeñísimo por el aniversario de Picasso y que aún se conservan, una pequeña escuela de otra localidad que permanece inalterable al paso del tiempo y que cuidan los vecinos con esmero a pesar de la falta de niños. Nos despedimos, no sin antes recomendarme que hable con Manuel Puelles para seguir profundizando en el tema. Le tomo la palabra y en cuanto pueda iré a verlo.