El caso de la pistola y el pastel de chocolate

Fragmento

Capítulo dos

El dilema del prisionero

imagen

La casa de los Fischer era normal en todos los sentidos.

Estaba en el extremo noroeste del valle de San Fernando y se parecía a todas las demás casas del extremo noroeste del valle de San Fernando: dos plantas, fachada beis y arquitectura que intentaba (con poco entusiasmo) evocar el colonialismo español.

En el patio destacaba un solo elemento: una vieja cama elástica que le compraron a Colin cuando descubrieron que dar brincos lo ayudaba a relajarse, centrarse y pensar. Allí, tranquilizado por la intermitente ingravidez, podía imaginarse a sí mismo liberado de los problemas terrenales. Arriba-abajo, arriba-abajo, arriba-abajo…, a menudo durante horas, y siempre solo.

Colin se detuvo en la entrada y observó fijamente la cama elástica. Tenía el pelo enmarañado y la ropa empapada. Sujetaba con fuerza su libreta, que afortunadamente se había salvado de su inesperado e indeseado enfrentamiento en el retrete. Por un momento pensó en lanzarse a la cama elástica, pero se lo pensó mejor. Su ropa empapada la mojaría, y eso no podía ser.

Colin apretó el paso e irrumpió en la cocina.

Apenas se dio cuenta de que sus padres y su hermano menor estaban sentados alrededor de la mesa en la que desayunaban, así que no vio sus miradas de sorpresa y preocupación, ni, en el caso de Danny, la mirada de cansancio, exasperación y ligero temor. Aunque las hubiera visto, Colin no habría tenido ni tiempo ni ganas de procesarlas o entenderlas. Tenía una misión particular, su propia y particular agenda.

La señora Fischer miró el reloj: las ocho de la mañana.

—Qué poco ha durado el primer día —observó su madre con una ironía que Colin nunca captaba—. ¿No nos habremos tomado lo de «breve presentación del curso» demasiado literalmente?

El señor Fischer asintió, se levantó de la mesa y fue detrás de Colin como un perro pastor que intenta devolver al rebaño una oveja descarriada.

—Espera, grandullón.

Colin se detuvo, una respuesta adquirida al tono de su padre, amable aunque autoritario. Se giró hacia él cabizbajo y evitando su mirada, no por vergüenza, sino porque Colin evitaba toda mirada a menos que fuese absolutamente necesario. Daba la impresión de que el chico estuviera siempre triste, cuando casi nunca lo estaba.

—¿Te has peleado con una manguera? —le preguntó el señor Fischer al ver las gotas que caían al suelo desde la camiseta empapada de Colin.

Su madre no esperó la respuesta. Estaba ya en mitad de la escalera. Catorce años de acontecimientos inesperados la habían enseñado a reaccionar al momento, aun sin disponer de la información o la explicación de lo que había sucedido.

—Voy a buscar una toalla.

Danny negó con la cabeza al darse cuenta del apuro en el que se encontraba Colin y lo que probablemente lo había provocado.

—Mierda —exclamó. Entonces vio la mirada reprobadora de su padre y volvió a centrarse en sus tortitas—. Sí, sí. «Tú desayuna, Danny.» Ya lo sé.

Su madre volvió al momento. Colin cogió la toalla que le ofrecía, con cuidado de no tocar a su madre, y empezó a secarse el pelo.

—Bueno, estamos esperando a que nos cuentes la historia… —dijo su padre.

Soltó su sugerencia y se apoyó en la pared de la cocina con los brazos cruzados, mirando fijamente a Colin con su habitual y paciente imagen. Era imposible obligar a Colin a hacer o decir algo, pero si le dejabas claro lo que querías, siempre te daba lo que creía que necesitabas, aunque no fuera exactamente lo que le habías pedido.

—Me he mojado —contestó Colin, como si eso lo explicara todo. Y para Colin lo explicaba. Luego se giró y subió las escaleras en dirección a su cuarto.

—Eso sí que es mano dura… —dijo Danny, y siguió desayunando.

Lo primero que le habría llamado la atención del dormitorio de Colin a alguien que hubiera ido a casa de los Fischer habría sido el retrato que colgaba encima de su cama. Era un cuadro con una fotografía en blanco y negro de Basil Rathbone con gorra de cazador, capa de pata de gallo y una gran pipa curvada apoyada en el labio inferior. Su gesto era pensativo y distante, como si fuera consciente de que lo estaban fotografiando pero tuviera preocupaciones mayores. En aquel retrato no era Basil Rathbone, sino Sherlock Holmes.*

Lo segundo que le habría llamado la atención a alguien que hubiera ido a casa de los Fischer habrían sido los acompañantes de Sherlock Holmes. Fotos del capitán Spock, de Star Trek, del comandante Data e incluso del detective Grissom, de CSI, todos ellos colgados en puestos de honor. En cierta ocasión el padre de Colin se había llevado la foto de Spock para que el actor se la firmara, pero tuvo que buscar otra cuando Colin le aseguró que la firma de Leonard Nimoy la había «estropeado». El señor Fischer aprendió entonces que la habitación de Colin era un santuario no de actores a los que admiraba, sino de la fría y lúcida lógica.

Lo tercero que habría llamado la atención del visitante habría sido el suelo de la habitación de Colin, cubierto de pilas. Pilas de libros, pilas de revistas, pilas de juguetes y aparatos domésticos medio desmontados. Había pilas por todas partes.

Para el ojo inexperto, aquello no era más que un desastre, no muy diferente del desorden de cualquier otro chico en cualquier otra casa, pero su verdadera naturaleza estaba en los detalles. No en lo que parecía, como puntualizaba Colin, sino en lo que era. Todo estaba cuidadosamente organizado y clasificado. Cada pila de la habitación respondía a un principio, aunque solo el propio Colin lo entendiera. Por ejemplo, el magnetrón de un viejo microondas estaba encima de un libro sobre marsupiales y varios números antiguos del The New England Journal of Medicine, una proeza organizativa que desafiaba los esfuerzos por adivinar la conexión incluso por parte de sus padres.

Colin se detuvo entre las pilas, delante de su mesa, chorreando y con la toalla alrededor de los hombros. Miró fijamente una hoja de papel con columnas de toscas caras dibujadas a mano, cada una con una palabra que describía una emoción. Aquella hoja era solo una de un montón, una guía rudimentaria para entender las intenciones sociales del animal humano. En aquellos momentos Colin estudiaba todos los tipos imaginables de sonrisa.

Oyó el sonido de unas zapatillas de deporte en el suelo de madera y levantó la mirada. Supo quién había entrado por el peculiar crujido y la presión de los pasos.

—Hola, Danny —dijo—. ¿Qué tal estás?

Colin tenía solo tres años cuando Danny nació. Como a casi todos los niños, le encantó la perspectiva de tener un hermanito, pero, a diferencia de casi todos los niños, lo expresó obligando a su padre a leerle todas las páginas de Qué se puede esperar cuando se está esperando. Hizo preguntas concretas sobre los hábitos alimenticios de su madre y su salud en general. Estuvo presente durante la ecografía en la que se determinó el sexo del bebé. Se implicó excepcionalmente en todas las cuestiones del embarazo y gritó cuando le comunicaron que no podría estar en la sala de parto. Colin casi nunca perdía de vista a su hermano. Registraba en dibujos todo lo que observaba, y la víspera del primer cumpleaños de Danny regaló a sus padres un informe completo titulado «Cosas que sabemos de Danny». De hecho, la primera entrada de la primera libreta de Colin trataba sobre él:

imagen

Danny no contestó a la pregunta de Colin. Sabía que era solo parte del guión social de Colin y no ocultaba su odio a sus forzadas, casi robóticas, interacciones con él.

—Así que alguien ha hecho una visita guiada a tu cabeza por el cuarto de baño de los chicos —le dijo—. Ya sabes, el tratamiento de Taza Limpia completo. ¿Me equivoco?

—Marie, mi terapeuta, dice: «A los niños suele asustarles cualquiera que es diferente. Recuperan la seguridad en sí mismos metiéndose con los niños que lo son».

Lo repitió palabra por palabra, exactamente como se lo había dicho Marie.

—Tú no eres diferente —repuso Danny resoplando—. Eres una barraca de feria.

Desde la calle llegó el ruido del motor de un vehículo que reducía la velocidad y el ligero silbido de unos frenos. El señor Fischer gritó desde el piso de abajo.

—¡Danny, el autobús! ¡No pienso llevarte al colegio en coche, colega, así que espabila!

Colin observó atentamente cómo cambiaba visiblemente la expresión de su hermano de once años.

—Para ya, Colin —le suplicó Danny en voz baja—. ¿No puedes parar?

Y salió corriendo escaleras abajo. Colin, impasible, volvió a centrar su atención en la guía. Pasó las páginas buscando un dibujo que encajara con la cara de Danny.

Al final se detuvo y pasó el dedo por un rostro con el entrecejo fruncido.imagen.

Colin y su padre iban en silencio en el coche.

Colin llevaba unos vaqueros limpios y una sencilla camiseta de color burdeos. El señor Fischer vestía ropa de trabajo: camisa azul, corbata de algodón de veinte dólares y pantalones caquis, todo esmeradamente planchado. En el bolsillo de la camisa llevaba prendida una placa de seguridad del Laboratorio de Propulsión a Chorro, que lo identificaba como «Michael Fischer, analista». En la foto aparecía sonriendo y imagen. A Colin le gustaba mirar la placa, porque la sonrisa de su padre lo reconfortaba.

En aquel momento su padre no sonreía. Fruncía los labios con expresión seria, y repiqueteaba un ritmo irregular en el volante con los dedos. Colin desvió la mirada hacia la ventanilla y observó los coches que esperaban en la vía de acceso a la autopista 118. Iban confluyendo en una ordenada ola de derecha a izquierda, todo un ejemplo de organización espontánea. De pronto una mujer en un todoterreno y con un teléfono pegado a la oreja rompió el esquema y lo sumió todo en un caos egoísta. A Colin le pareció muy interesante ver que una sola infracción del orden social podía desequilibrar todo un sistema.

—Bueno —dijo por fin su padre, cansado del silencio y convencido de que no podría esperar a que Colin saliera de él—, ¿vas a contarme lo que ha pasado? ¿O tengo que adivinarlo?

Silencio. Y luego:

—Tienes una reunión importante —contestó Colin.

No era una respuesta.

—Es el primer día de instituto —presionó su padre. No iba a dar a su hijo la menor oportunidad de que cambiara de tema, como tan bien sabía hacer—. Ni siquiera has tenido tiempo de llegar a clase. Bueno, a menos que la clase esté en la piscina.

—Llevas la camisa planchada —observó Colin—. Solo llevas la camisa planchada cuando tienes una reunión, y solo si es importante.

Era verdad. Y también irrelevante.

—Sé que da miedo. Me dio miedo a mí, y eso que yo era deportista. Podía cuidar de mí mismo.

—Estás repiqueteando con los dedos. Eso quiere decir que tienes una reunión con alguien con quien no sueles hablar y vas a tener que contestar a sus preguntas.

El señor Fischer dejó de repiquetear y se miró las manos. Cuando Colin tenía razón, la tenía…, y lo cierto era que la tenía casi siempre.

—Siento mucho que tengas que pasar por esto solo. De verdad. Pero así son las cosas.

Colin miró por fin a su padre. Lo comprendió todo.

—El director —dijo—. Van a revisar el programa. ¿Otra vez el presupuesto?

—Es una lástima que cambies de tema. Eres muy hábil —contestó el señor Fischer entrando en el aparcamiento del instituto West Valley—. No voy a obligarte a hablar conmigo. Solo quiero que sepas que puedes hacerlo.

—Estoy hablando contigo.

Su padre se dio por vencido y asintió. Levantó una mano y separó los dedos.

—Preparados para aterrizar.

Era un aviso para que Colin supiera que iba a tocarlo. A Colin no le gustaba que lo tocaran, ni siquiera sus padres, aunque lo aceptaba si lo avisaban. De alguna manera entendía que necesitaban el contacto. Lo había leído en un libro.

Colin se preparó mientras su padre estiraba el brazo y le tocaba el hombro. Un ligero apretón.

—Que te vaya bien en el colegio.

Colin asintió en silencio y salió del coche.

El señor Fischer lo observó avanzar despacio por el camino, cabizbajo y encorvado. Sintió una punzada de preocupación, y luego de impotencia.* Era consciente de que, en cualquier caso, Colin pasaría solo ocho horas al día durante los siguientes cuatro años.

Los pasillos estaban llenos de alumnos, profesores y personal, que se empujaban los unos a los otros cuando de pronto sonó el primer timbre.

Colin se estremeció al oírlo. Demasiado alto, demasiado agudo y demasiado entrecortado. La primera vez que había oído un timbre de escuela había sido hacía tres años. Había pegado un grito aterrorizado al oír el ruido estridente e inesperado y siguió gritando hasta que el timbre por fin dejó de sonar. Con el tiempo y mucho esfuerzo había aprendido a controlar su respuesta al ruido. Ya lo esperaba, y ahuyentaba sus efectos contando mentalmente muy despacio.

El timbre dejó de sonar a la de tres. Colin respiró hondo… y contuvo la respiración al percibir, procedente del otro lado de la esquina, un sonido que le resultaba familiar, un sonido casi tan preocupante como el timbre de la escuela: la voz de Wayne Connelly.

—Cabeza de Eddie, te presento a la pared.

Algo duro chocó contra el hormigón y emitió un ligero crac, como el sonido de un melón cuando cae al suelo, solo que más fuerte. A Colin lo venció la curiosidad y se acercó sigilosamente a la esquina. Abrió su libreta y sacó un bolígrafo verde para anotar lo que veía:

imagen

Eddie estaba contra la pared. Intentó empujar a Wayne, pero no lo consiguió. Después, bastante asustado, tragó saliva. Los amigos de Eddie, Stan (el de los dientes separados) y Cooper (el que daba muestras de un ectomorfismo pronunciado), se miraron, asintieron y se acercaron a ayudarlo.

Wayne se giró hacia ellos gruñendo.

—¡Atrás! —les gritó—. Tengo un pie para cada culo.

Colin enarcó una ceja y contó. Tres chicos. Dos pies. Curioso.

imagen

A Stan y a Cooper no parecía importarles si Wayne sabía contar o no. Entendieron perfectamente lo que quería decir y se quedaron petrificados ante la mirada de Wayne. Al final, Wayne volvió a empujar a Eddie contra la pared, lo soltó y se marchó.

Eddie recorrió el pasillo con la vista; era el centro de todas las miradas. Se recompuso.

—¡Sí, márchate, pelele! —gritó, quitándose la chaqueta azul y dorada del equipo de baloncesto de la Notre Dame y lanzándola a la taquilla.

Wayne no miró atrás.

Una chica, Sandy Ryan, salió de la multitud, se abrió paso entre Stan y Cooper, y abrazó a Eddie. Los amigos de Eddie la dejaron pasar. Cooper suspiró con una imagen ligeramente velada, pero Stan recorrió a la chica por detrás con los ojos y una medio sonrisa que Colin no supo clasificar. Sin duda, a Eddie no le costó tanto, porque frunció el entrecejo a Stan con expresión imagen, un gesto tan primitivo que Colin lo habría entendido de niño aunque no supiera cómo llamarlo.

imagen

Sandy era rubia y tenía las piernas delgadas como las patas de las gallinas, una característica física que Colin había relacionado con ella desde el parvulario, pero estaba muy atractiva con su traje de animadora de primer año de instituto.

—Eddie —dijo con un tono que pareció tener algún efecto en la respiración de Eddie, que se volvió más lenta y regular—, no merece la pena. Wayne Connelly es un perdedor.

Colin acercó el bolígrafo a la libreta para tomar nota, preguntándose si aquello implicaba que Eddie era un «ganador» y, en caso de serlo, qué había ganado. Estaba tan concentrado en el tema que Stan le pilló totalmente desprevenido cuando se abalanzó sobre él y lo empotró contra una taquilla. De pronto Colin fue consciente de que le castañeteaban los dientes, de que lo oprimían contra la taquilla y de que la puerta metálica cedía ligeramente al recibir la presión de su cuerpo. Lo peor de todo, y lo más angustiante, era que le llegaba el olor de la ropa sudada de Stan, un olor rancio, de ropa que hacía días que no se enfrentaba a una lavadora.

Al chocar contra la taquilla, la querida libreta de Colin y el bolígrafo verde se le cayeron al suelo. Recibió un golpe en las gafas, que se le quedaron colgando peligrosamente de una oreja y de la punta de su pequeña nariz.

—Si tanto te preocupa tu amiguito, quizá deberías irte con él —siseó Stan por el hueco de los dientes—. Friki.

Colin se ajustó las gafas. Sintió que le ardían el estómago, el pecho y la garganta. Se le tensó el cuerpo, que hacía frente al ardor. Sabía que si seguía quemándose, no podría controlarlo. Explotaría. Respiró muy hondo para tranquilizarse.

—Eh, Stan —dijo una voz de chica.

Era una voz dulce y nítida. Agradable. A Colin le gustó el sonido de aquella voz. Se calmó. Era la voz de Melissa Greer.

En la mente de Colin, Melissa era una chica flacucha con una mata enmarañada de pelo castaño, la cara llena de molestos granos y la sonrisa enjaulada por un triste aparato de metal. Durante años Colin había observado que los demás niños la evitaban y la convertían en la destinataria de su crueldad colectiva. En los recreos o después de comer, Colin solía ver a Melissa sola en un rincón del patio, con la cara roja y los ojos llorosos. No hablaba con ella. No le preguntaba por qué estaba imagen. Se limitaba a sentarse en el suelo a su lado, con las rodillas pegadas al pecho, y a pensar que la hierba sobre la que se había sentado estaba muy fría.

Sobre Melissa, Colin había escrito una vez en su libreta:

imagen

Melissa había cambiado aquel verano. Colin observó que ya no llevaba aparato y que el acné había desaparecido. Parecía haber domado su pelo. Había otros cambios que Colin consideró muy interesantes. Stan, Cooper y Eddie la observaron y asimilaron esos detalles. Ninguno de ellos sabía muy bien cómo afrontar aquella transformación.

—Madre mía —dijo Stan, pestañeando y mirándola de arriba abajo.

Melissa no perseguía la aprobación de nadie, y hacía mucho que no lloraba en el patio. Saludó con la cabeza a Colin y, sin miedo, se introdujo en el espacio personal de Stan con una sonrisa, algo poco habitual que merecía la pena observar. Por un momento Colin deseó tener su chuleta o una cámara, porque le costaba clasificar aquella sonrisa.

—Vete a sublimar tus fantasías homosexuales por ahí —le espetó.

Stan la miró sin entender.

—¿Mis… mis qué?

Colin se enderezó las gafas.

—Quiere decir que no tienes clara tu identidad sexual —le explicó amablemente— y que pegas a la gente porque en el fondo eres gay.

Stan miró a Colin con expresión ceñuda. Antes de que pudiera abrir la boca, Eddie lo agarró del hombro. Parecía cansado, como si la pelea lo hubiera envejecido.

—Stan —dijo—, en la sala de pesas en cinco minutos.

Stan asintió despacio y se giró. Miró lascivamente a Melissa.

—Estás muy sexy. Llámame.

Y Eddie, Stan y Cooper desaparecieron por el pasillo, seguidos por Sandy.

—Te he echado de menos este verano —dijo Melissa cuando Colin se agachó para recoger su libreta y su bolígrafo.

Le quitó el polvo con cuidado y se sacó una chuleta raída del bolsillo. La tinta había perdido el color y ya era gris oscura, y el papel se había desgastado por los pliegues, a fuerza de plegarlo y desplegarlo cada dos por tres durante más de siete años. Colin le echó un vistazo, mirando alternativamente los dibujos y a Melissa. Al final encontró el dibujo que encajaba con ella. Colin escribió mentalmente la palabra imagen por encima de su cabeza.

—No me puedo creer que andes por los pasillos sin tu sombra.

—Aquí Marie solo sería una distracción —le dijo Colin—. No necesito una sombra.

La «sombra» era la persona que se ocupaba de seguir a Colin para ayudarlo a manejar situaciones inesperadas, peligrosas o que pudieran alterarlo. La sombra de Colin había sido una mujer llamada Marie. A Colin le caía muy bien, aunque a menudo ella le regañaba por ir con la cabeza gacha. Ahora que estaba en el instituto, Marie había seguido adelante sin él.

Melissa asintió, aunque no estaba segura de si Colin tenía razón.

—Te han crecido los pechos —declaró Colin.

Melissa se puso roja y soltó una risita que más parecía un carraspeo. Estaba acostumbrada a Colin, pero nunca preparada del todo para él. Colin volvió a mirar su chuleta. «Avergonzada», observó en voz alta. Borró mentalmente el cartelito de imagen y escribió imagen.

—No te dé vergüenza. El desarrollo del pecho es una reacción perfectamente normal a los elevados niveles hormonales durante la pubertad. Lo interesante es que no sucede de forma uniforme…

—Colin.

—Diversos factores medioambientales pueden acelerarlo, de modo que no es solo un tema genético. Por ejemplo, si tu madre…

—Colin —lo interrumpió Melissa—, por favor, cállate.

Colin se calló. Esperó pacientemente, recordando que Marie le había advertido a menudo que algunas veces la gente quería charlar con él y podía aportar observaciones y comentarios interesantes.

—Ya me sé todo ese rollo —dijo Melissa.

—Ah.

—En fin.

«En fin» era una coletilla que las personas amables insertaban en una conversación que se había visto interrumpida mientras buscaban algo más pertinente o que tuviera más relación con la situación que los ocupaba. Colin casi nunca utilizaba coletillas.

—Sí —contestó Colin.

Melissa le quitó la libreta a Colin. Sacó un bolígrafo y empezó a escribir en la primera página en blanco que encontró. Colin la observó horrorizado, pero no hizo nada por impedirlo.

—Si necesitas algo, lo que sea, llámame al móvil —le explicó—. ¿De acuerdo?

Le devolvió la libreta a Colin, que miró perplejo el número de diez cifras que Melissa había anotado.

—Has escrito en mi libreta —le dijo Colin.

Melissa sonrió. Volvió a sonar el timbre. Colin contó hasta tres.

—Nos vemos —se despidió Melissa.

Salió disparada hacia su clase. Los pasillos empezaron a vaciarse, y Colin se quedó solo, mirando fijamente su libreta abierta por la página en la que Melissa había escrito su número de teléfono.

Suspiró.

—Me la ha estropeado.