Capítulo 1
Pero, dirán ustedes, nosotros le pedimos que hablara sobre las mujeres y la novela, ¿qué tendrá eso que ver con un cuarto propio? Intentaré explicarlo. Cuando me pidieron que hablase sobre las mujeres y la novela me senté en la orilla de un río y me puse a pensar lo que esas palabras querrían decir. Podían significar simplemente unas observaciones sobre Fanny Burney; otras sobre Jane Austen; un tributo a las Brontë y un esbozo de la casa parroquial de Haworth bajo la nieve; algunas eventuales ironías sobre Miss Mitford; una respetuosa alusión a George Eliot; una referencia a Mrs. Gaskell y asunto concluido. Pero repensándola bien, la empresa no me pareció tan sencilla. El tema Las mujeres y la novela puede querer decir, y ustedes pueden querer que quiera decir, las mujeres y lo que parecen; o si no las mujeres y las novelas que escriben; o tal vez las mujeres y las novelas que se escriben sobre ellas; o esas tres cosas inextricablemente mezcladas, y esto último puede ser lo que ustedes quieren que estudie.
Pero, al disponerme a adoptar esa interpretación, que me parecía la más interesante de todas, pronto advertí que tenía una desventaja fatal. Nunca podría llegar a una conclusión. Nunca podría cumplir lo que es, entiendo, el primer deber de un conferenciante: ofrecerles después de una hora de charla una pepita de verdad pura, que ustedes envolverían en las hojas de sus libretas y guardarían eternamente sobre el mármol de la chimenea. Sólo puedo ofrecerles una opinión sobre un tema menor: para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y un cuarto propio; y eso, como ustedes verán, deja sin resolver el magno problema de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la novela.
He eludido el deber de arribar a una conclusión; las mujeres y la novela son dos problemas que no he resuelto. Pero en compensación trataré de mostrarles cómo he llegado a esa opinión sobre el dinero y el cuarto propio. Voy a desarrollar ante ustedes, con toda la plenitud y franqueza posibles, el proceso mental que me condujo a ella. Si expongo las ideas o los prejuicios que respaldan esa tesis, ustedes acabarán por reconocer que ellas tienen alguna relación con las mujeres y la novela. Sea lo que fuere, cuando un tema es muy discutible —y cualquier tema donde interviene el sexo lo es— nadie puede esperar decir la verdad. Sólo es posible referir de qué modo se llega a una opinión. Sólo es posible dar al auditorio la oportunidad de formarse opiniones individuales, al observar las limitaciones, los prejuicios, las idiosincrasias del conferenciante. En este caso los hechos son menos verdaderos que la ficción. Por eso, aprovechando todas las libertades y licencias del novelista, les contaré la historia de los dos días que precedieron a mi llegada: cómo, agobiada por el peso del tema que ustedes han cargado sobre mis hombros, lo repensé y lo entreveré con mi vida diaria. No preciso decir que lo que voy a describir no tiene existencia: Oxbridge es una invención, Fernham también, «yo» no es más que un símbolo cómodo para alguien que no existe realmente. De mis labios fluirán mentiras, pero tal vez se mezclará con ellas alguna verdad; a ustedes les toca buscar esta verdad y resolver si vale la pena guardarla. Si no, claro que arrojarán el conjunto al canasto de los papeles y lo olvidarán para siempre.
Ahí estaba yo (díganme Mary Beton, Mary Seton, Mary Carmichael, o el nombre que se les antoje —todo es igual—), sentada a la orilla de un río, hace un par de semanas, en el hermoso tiempo de octubre, absorta en mi pesar. Ese yugo de que les hablé —las mujeres y la novela, la obligación de resolver de alguna manera un problema que despierta tantas pasiones y prejuicios— doblaba mi cabeza hacia el suelo. A derecha e izquierda, unas malezas coloradas y de oro brillaban con un tinte de fuego, y hasta parecían arder con un calor igual. En la ribera opuesta, lloraban los sauces en perpetua lamentación, la cabellera desatada sobre los hombros.
El río reflejaba lo que quería de cielo y puente y árboles ardiendo, y cuando el estudiante había deslizado su bote por los reflejos, éstos se juntaban de nuevo, absolutamente, como si él no hubiera existido nunca. Ahí, mientras las horas giraban en el reloj, uno podía ensimismarse en su pensamiento. El pensamiento —para darle un nombre más orgulloso del que merecía— había hundido su línea en la corriente. Oscilaba, minuto tras minuto, de un punto a otro entre los reflejos y los yuyos, dejándose levantar y hundir por el agua, hasta —ustedes ya conocen el tironcito— la brusca aglomeración de una idea en la punta del aparejo, y después la subida cautelosa y la cuidadosa atracción. Ay de mí, qué insignificante y pequeño parecía ese pensamiento mío en el césped: el pez que un buen pescador restituye al agua para que engorde, y algún día valga la pena cocinarlo y comerlo. No quiero molestarlos ahora con ese pensamiento; si se fijan bien, ya lo descubrirán en lo que diré.
Pero por pequeño que fuera, tenía sin embargo esta propiedad misteriosa: restituido a la mente, se transformó de golpe en algo muy interesante y preciso, y al hundirse y dardear y zigzaguear y chisporrotear, promovió tal remolino de ideas que me fue imposible estar quieta. Fue así como me encontré caminando con suma rapidez por un cantero de césped. Inmediatamente la figura de un hombre se me cruzó. Al principio no comprendí que esas agitaciones de un objeto rarísimo, con un frac y camisa de etiqueta, se dirigían a mí. Su cara manifestaba indignación y horror. El instinto más bien que la razón vino en mi ayuda: él era un Bedel; yo una mujer. Éste era el césped; aquél el camino. Sólo el Profesorado y el Magisterio pueden andar por aquí; el pedregullo es mi lugar. Esos pensamientos fueron la obra de un instante. En cuanto regresé al camino, los brazos del Bedel descendieron, la cara se calmó y aunque mejor es pisar césped que pisar pedregullo, nada irreparable había sucedido. La única querella que yo pude haber entablado contra el Profesorado y el Magisterio de aquel colegio era que para proteger su césped, alisado durante trescientos años, habían espantado mi pescadito.
No puedo recordar cuál fue la idea que me impulsó a esa violación. El espíritu de la paz descendió del cielo como una nube, porque si el espíritu de la paz habita en algún lado, es en los patios y en los atrios de Oxbridge, una mañana hermosa de octubre. Caminando por esos colegios a través de esas viejas aulas, toda la aspereza del presente parecía alisada; el cuerpo estaba como guardado en una milagrosa vitrina impenetrable a cualquier sonido, y la mente, libre de todo contacto con los hechos (salvo que se volviera a pisar el césped), podía serenamente emprender la meditación que concedía con el momento. Quiso el azar que el recuerdo perdido de un antiguo ensayo sobre una visita a Oxbridge en las vacaciones me hiciera pensar en Charles Lamb —en Saint Charles, como dijo Thackeray, poniendo sobre su cabeza una carta de Lamb—. La verdad es que de todos los muertos (les doy mis pensamientos como fueron llegando), Lamb es el más simpático; es aquel a quien yo hubiera querido decir: Cuénteme cómo escribió sus ensayos. Sus ensayos aventajan aun a los de Max Beerbohm, pensé, con toda su perfección, por ese inexplicable destello de imaginación, por esa grieta genial o relámpago que los raja por la mitad y los deja imperfectos y mutilados, pero constelados de poesía. Hará cien años que Charles Lamb vino a Oxbridge. Lo cierto es que compuso un ensayo —el nombre se me escapa— sobre un manuscrito de Milton que leyó aquí. Era tal vez el Lycidas, y Lamb se escandalizó de que cualquier palabra del Lycidas pudo no haber sido la misma que ahora es. Le parecía un sacrilegio que Milton se atreviera a modificar las palabras de aquel poema. Esto me llevó a recordar lo que pude del Lycidas y a distraerme en adivinar qué palabra corrigió Milton y por qué causas. Entonces recordé que el manuscrito revisado por Lamb distaba apenas unos centenares de yardas, de modo que se podían repetir a través del patio los pasos de Lamb hasta la biblioteca famosa donde está guardado el tesoro. Además, recordé, al poner ese plan en ejecución, que en esa biblioteca famosa también se guarda el Esmond, manuscrito de Thackeray. Los críticos repiten que Esmond es la novela más perfecta de Thackeray. Pero si no me engaño, el estilo afectado con su remedo del siglo XVIII resulta incómodo, salvo que la manera dieciochesca fuera natural en Thackeray —hecho que se podría verificar mirando el manuscrito y comprobando si los cambios son de contenido o de estilo—. Pero antes habría que determinar cuál es el contenido, cuál el estilo, problema que…, pero ahí estaba yo en la puerta misma de la biblioteca. Debo, haberla abierto, porque inmediatamente surgió, como un ángel guardián, vedando el camino, con una agitación de ropaje negro en lugar de alas blancas, un caballero suplicante, plateado y bondadoso, que deploró en voz baja, al despedirme, que la entrada a la biblioteca sólo fuera permitida a señoras acompañadas por un profesor del colegio o provistas de una carta de presentación.
Que una mujer haya maldecido una biblioteca famosa es asunto del todo indiferente a la biblioteca famosa. Tranquila y venerable, con sus muchos tesoros guardados en su seno con triple llave, duerme con majestad y puede, por mi parte, seguir durmiendo así para siempre. Nunca despertaré esos ecos, nunca volveré a postular esa hospitalidad, juré indignada al bajar los escalones. Faltaba una hora para el almuerzo, ¿qué iba yo a hacer? ¿Vagar por el parque, sentarme en la ribera? Indiscutiblemente era una hermosa mañana de otoño; las hojas coloradas caían sin el menor apuro a la tierra, me daba lo mismo hacer una cosa o la otra. Pero a mis oídos llegó una música. Algún servicio religioso o función estaba celebrándose. Cuando pasé junto a la puerta de la capilla, el órgano se quejaba magníficamente. En ese aire sereno la pena del cristianismo era más el recuerdo de una pena que una pena presente, y hasta el rezongo de aquel órgano antiguo estaba saturado de paz. Yo no tenía ganas de entrar ni tal vez el derecho, y esta vez el sacristán podía detenerme, pidiéndome, quizá, la fe de bautismo, o una presentación firmada por el Deán. Pero el exterior de estos espléndidos edificios suele no ser menos hermoso que el interior. Además, era bastante divertido espiar la multitud de los fieles, entrando y saliendo, atareados en la capilla como abejas en la boca de la colmena. Muchos estaban de capa y birrete; algunos con estolas de piel sobre los hombros; otros llegaban en sillas de ruedas; otros, aunque no habían pasado la cuarentena, estaban arrugados y aplanados en formas tan extrañas que hacían pensar en los cangrejos gigantes que se arrastran penosamente sobre la arena de un acuario. Al recostarme contra el muro, la universidad me parecía un santuario donde se conservan especies raras que se extinguirían muy pronto si tuvieran que luchar por su vida en el asfalto del Strand. Cuentos viejos de viejos decanos y viejos deanes volvieron a mi mente, pero antes de que yo juntara coraje para silbar —se susurraba que al oír un silbido el viejo profesor X salía inmediatamente al galope— la venerable congregación había entrado. Me quedaba el exterior de la capilla. Como es sabido, sus elevadas cúpulas y pináculos se pueden ver, iluminadas de noche y visibles por leguas a la redonda, desde las sierras, como un velero que siempre viaja y no llega nunca. Antaño, verosímilmente, este patio, con sus canteros lisos de césped, sus edificios sólidos y la misma capilla no eran más que un pantano, donde se agitaban los pastos y hocicaban los cerdos.
Yuntas de bueyes y de caballos, pensé, deben haber arrastrado en carros la piedra desde lejanos condados, y luego, con trabajo infinito, los bloques grises a cuya sombra estoy fueron apilados unos encima de otros, y después los pintores trajeron cristal para las ventanas, y los albañiles estuvieron atareados siglos y siglos en aquel techo con masilla y mezcla, palas y picos. Todos los sábados, alguien había volcado un bolsón de oro y plata en sus puños antiguos, porque es de imaginar que en las tardes tenían su cerveza y sus bochas. Un inacabable río de oro y plata, pensé, debe haber fluido en este patio perpetuamente para que siguieran llegando las piedras y trabajando los albañiles: para nivelar, para zanjar, para cavar y para drenar. Pero aquella era la época de la fe, y se derramaba dinero liberalmente para levantar esas piedras sobre un cimiento sólido y cuando fueron levantadas las piedras, fluyó más dinero de los cofres de reyes y de reinas y de grandes nobles para que finalmente aquí se cantaran himnos y aprendieran los estudiosos.
Tierras fueron cedidas; se pagaron diezmos. Y cuando pasó la época de la fe y llegó la época de la razón, prosiguió el río de oro y plata: se dotaron becas, se fundaron cátedras, sólo que el oro y la plata ya no fluían de los cofres del rey, sino de las arcas de industriales y mercaderes, de la cartera de hombres que habían hecho, digamos, una fortuna con la industria, y devolvían buena parte en sus testamentos, para más cátedras, más cursos, más becas en la universidad donde habían aprendido su oficio.
De ahí los laboratorios y bibliotecas; los observatorios; la espléndida instalación de instrumentos costosos y delicados, que ahora están en vitrinas, donde hace siglos se agitaban los pastos y hocicaban los cerdos. Ciertamente, al recorrer el patio, el cimiento de oro y de plata me parecía muy profundo: el pavimento ahogaba con solidez el pasto silvestre. Hombres con bandejas en la cabeza se atareaban de escalera en escalera. En las macetas de los balcones florecían charros capullos. De las habitaciones internas salían acordes de fonógrafo. Era imposible no pensar: el pensamiento, fuera el que fuere, se cortó. Sonó el reloj. Era la hora de buscar el almuerzo.
Es un hecho curioso que a los novelistas les gusta hacernos creer que los almuerzos son invariablemente memorables por algo graciosísimo que se dijo, o algo muy prudente que se hizo. Pero es raro que concedan una palabra a lo que se comió. Forma parte de la convención novelística no hablar de sopa ni de salmón ni de patos, como si la sopa y el salmón y los patos carecieran de importancia; como si nadie hubiera fumado un cigarrillo o bebido un vaso de vino. Ahora, sin embargo, me tomaré la libertad de desafiar esa convención y de contarles que unos lenguados inauguraron ese almuerzo, unos lenguados sumergidos en una fuente honda, sobre los cuales el cocinero del colegio había extendido una capa de blanquísima crema, aunque la jaspeaban borrones pardos como las manchas en el pelo de una cierva. Después llegaron las perdices, pero si esto sugiere una yunta de pájaros pelados y pardos en una fuente, mucho se equivocan. Las perdices, varias y múltiples, llegaron con su debida escolta de salsas y ensaladas, las picantes y las dulces, todas en orden; sus papas, finas como fichas pero no tan duras; sus repollitos brotados como botones de rosa pero más suculentos. Y no bien hubimos cumplido con el asado y su escolta, el silencioso servidor, quizá el mismo Bedel en una encarnación más tranquila, erigió, festoneado de servilletas, un postre que nació todo azúcar de las olas. Llamarlo budín y vincularlo con arroz y tapioca sería un insulto. Mientras tanto, las copas de vino se habían sonrojado y dorado; vaciado y colmado. Y de ese modo se encendió gradualmente, en mitad de la médula que es el asiento del alma, no esa dura lucecita eléctrica que llamamos brillo y que entra y sale de los labios, sino aquel otro más profundo, sutil y subterráneo resplandor que es la rica llama amarilla del trato racional. A qué apurarse. A qué chispear. A qué ser otro y no uno mismo. Todos vamos juntos al cielo y nos acompaña Vandyck: en otras palabras, qué buena parecía la vida, qué gratas sus recompensas, qué trivial esa queja o aquel rencor, cuán admirables la amistad y la sociedad de los semejantes, mientras al encender un buen cigarrillo uno se hundía entre los almohadones del asiento de la ventana.
Si la casualidad me hubiera deparado un cenicero, si a falta de cenicero no hubiera tirado la ceniza por la ventana, si las cosas hubieran sido algo distintas de lo que fueron, yo verosímilmente no hubiera visto un gato sin cola.
La vista de ese abrupto y mutilado animal atravesando cautelosamente el patio alteró el tono emocional para mí, por algún azar subconsciente. Fue como si alguien hubiera corrido una cortina. Tal vez el excelente vino del Rhin estaba aflojando. Lo cierto es que al mirar al gato rabón detenerse en mitad del césped como si él también interrogara el universo, algo faltaba, algo me pareció distinto. Pero ¿qué faltaba, qué era distinto?, me pregunté, oyendo la conversación. Y para responder a esa pregunta, tuve que imaginarme fuera del cuarto, restituida al pasado, antes de la guerra, y tuve que proponer a mis ojos el simulacro de otro almuerzo servido en unas habitaciones no muy lejanas de ésta; pero distinto.
Todo era distinto. Mientras tanto seguía la conversación entre los comensales, que eran muchos y jóvenes, unos de un sexo, otros de otro; seguía con entusiasmo, seguía de sembarazada y feliz. Yo la destaqué sobre el fondo de aquella otra conversación, y al comparar las dos, no tuve duda de que ésta era la descendiente, la heredera legítima de la otra. Nada había cambiado; nada era distinto, sino —aquí escuché aguzando el oído no lo que se decía—, sino la corriente de fondo. Sí, era eso, el cambio estaba ahí. Antes de la guerra, en un almuerzo como éste, la gente hubiera dicho las mismas cosas, pero hubieran sonado distintas, pues en aquellos días las acompañaba una especie de zumbido, no articulado sino musical e incitante, que modificaba el valor propio de las palabras. ¿Sería posible ponerle letra a aquel zumbido? Tal vez con ayuda de los poetas. Había un libro a mano y di casualmente con Tennyson. Hallé que Tennyson estaba cantando:
There has fallen a splendid tear
From the passion-flower at the gate.
She is coming, my dove, my dear;
She is coming, my life, my fate;
The red rose cries, «She is near, she is near»;
And the white rose weeps, «She is late»;
The larkspur listens, «I hear, I hear»;
And the lily whispers, «I wait».[*]
¿Y era esto lo que tarareaban los hombres en los almuerzos antes de la guerra? ¿Y las mujeres?
My heart is like a singing bird
Whose nest is in a water’d shoot;
My heart is like an apple tree
Whose boughs are bent with thick-set fruit;
My heart is like a rainbow shell
That paddles in a halcyon sea;
My heart is gladder than all these
Because my love is come to me.[**]
¿Y era esto lo que tarareaban las mujeres en los almuerzos antes de la guerra?
Había algo tan absurdo en imaginarse personas tarareando cosas así sotto voce en los almuerzos antes de la guerra, que solté la carcajada y tuve que explicar mi risa señalando al gato rabón, que realmente parecía un poco ridículo, pobre animal, sin cola, en mitad del césped. ¿Había nacido así o habría perdido la cola en un accidente? Los gatos rabones, aunque se dice que hay algunos en la isla de Man, son muy poco frecuentes. Es un animal singular, más raro que lindo. Es asombrosa la diferencia que hace una cola —ustedes saben lo que se dice, cuando una reunión se está disgregando y las personas buscan los abrigos y los sombreros.
Ésta, gracias a la hospitalidad del dueño de casa, se había prolongado hasta la tarde. El hermoso día de octubre se iba borrando y al atravesar la alameda las hojas caían de los árboles. Puerta tras puerta se cerraba a mi espalda, mansa e irrevocablemente. Innumerables bedeles calzaban innumerables llaves en cerraduras bien aceitadas; la casa del tesoro ya estaba segura por otra noche.
De la avenida se sale a un camino —he olvidado su nombre— que conduce, si no nos equivocamos, a Fernham. Pero había tiempo de sobra. La comida era recién a las siete y media. Después de semejante almuerzo casi se podía prescindir de comida. Es extraño de qué modo un retazo de poesía puede trabajarnos la mente y hace que las piernas se muevan a compás en el camino. Las palabras
There has fallen a splendid tear
From the passion-flower at the gate.
She is coming, my dove, my dear…
me avivaban la sangre, al caminar rápidamente a Headingley. Y después, pasándome a la otra cadencia, canté, donde la presa bate las aguas:
My heart is like a singing bird
Whose nest is in a water’d shoot;
My heart is like an apple tree…
¡Qué poetas!, grité en voz alta, como se grita en el crepúsculo, ¡qué poetas aquellos! Celosa, tal vez, del honor de nuestra época, me puse a pensar (aunque ya sé que tales comparaciones son irrisorias) si honradamente podríamos enumerar dos poetas vivos tan grandes como antes Tennyson y Christina Rossetti. Claro que es imposible, pensé, los ojos puestos en el agua espumosa. Si aquella poesía nos mueve a un tal abandono, a un tal éxtasis, es precisamente por celebrar emociones que solíamos tener (tal vez en los almuerzos de la preguerra), de modo que respondemos fácilmente, familiarmente, sin tomarnos el trabajo de analizar el sentimiento o de compararlo con los que ahora tenemos. Pero los poetas contemporáneos expresan una emoción que está formándose ahora y que nos están arrancando. En primer lugar solemos no reconocerla; muchas veces la tememos, la vigilamos con desconfianza y la comparamos celosa y sospechosamente con la emoción antigua y ya familiar. De ahí la dificultad de la poesía moderna, y esa dificultad es la que nos impide recordar arriba de dos versos consecutivos de cualquier poeta moderno. Esa razón —el fracaso de mi memoria— hizo que el argumento se detuviera por falta de material. ¿Pero por qué (proseguí yo, caminando hacia Headingley) hemos dejado de tararear sotto voce en almuerzos y fiestas? ¿Por qué Alfred ha cesado de cantar:
She is coming, my dove, my dear?
¿Por qué ya no responde Christina:
My heart is gladder than all these
Because my love is come to me?
¿Diremos que la guerra tiene la culpa? ¿Cuando se dispararon los cañones de agosto de 1914, hombres y mujeres se vieron las caras tan bien que murió la ilusión? Ciertamente fue un golpe (en especial para las mujeres ilusionadas con la virtud de la educación) ver las caras de nuestros gobernantes a la luz del fuego de las granadas. Tan feos parecían —alemanes, ingleses, franceses—, tan estúpidos. Pero sea la culpa de quien sea, o venga de donde venga, el hecho es que la ilusión que impelió a Tennyson y a Christina Rossetti a celebrar tan apasionadamente la venida de sus amores es mucho más rara ahora que entonces. Basta leer, examinar, escuchar, recordar. ¿Pero a qué hablar de culpa? Si se trataba de una ilusión, ¿por qué no celebrar la catástrofe que le dio muerte y puso en su lugar la verdad? Pues la verdad… esos puntos suspensivos marcan el sitio donde yo, en busca de la verdad, equivoqué el recodo que lleva a Fernham.
¿Qué es verdad y qué es ilusión?, me pregunté. Por ejemplo, ¿cuál era la verdad de esas casas vagas y festivas ahora con sus ventanas rojas en el crepúsculo, pero crudas y coloradas y sórdidas, con sus dulces y sus botines, a las nueve de la mañana? Y los sauces y el río y los jardines que bajan al río, vagos ahora con la intrusa neblina, pero de oro y rojos a la luz del día: ¿cuál era su verdad y cuál su ilusión?
Les perdono las torceduras y las vueltas de mis meditaciones, porque a ninguna conclusión arribé en el camino a Headingley, y les ruego que supongan que pronto descubrí mi error, y dirigí mis pasos a Fernham.
Ya dije que era un día de octubre. No me atrevo a perder el respeto de ustedes y a comprometer el buen nombre de la literatura cambiando la estación y describiendo lilas que penden de los muros de los jardines, retamas, tulipanes y otras flores de primavera. La literatura debe atenerse a los hechos, y cuanto más reales los hechos mejor la literatura, según nos dicen. Por consiguiente era todavía el otoño y seguían amarillas las hojas y caían tal vez un poco más ligero que antes, porque ya era de tarde (justo las siete y veintitrés) y se había levantado una brisa (del sudoeste para ser más exacta). Pero algo raro estaba sucediendo:
My heart is like a singing bird
Whose nest is in a water’d shoot;
My heart is like an apple tree
Whose boughs are bent with thick-set fruit.
Quizá los versos de Christina Rossetti fueran algo culpables del extravagante capricho —claro que no era más que un capricho— de que la lila sacudía sus flores sobre las verjas de las quintas, y las mariposas color azufre iban de un lado a otro y el polvo del polen estaba en el aire. Sopló un viento, no sé de qué lado del horizonte, pero levantó las hojas recientes y hubo en el aire un destello de plata gris. Era el momento entre dos luces en que los colores padecen su intensificación y oros y púrpuras arden en los cristales de las ventanas como el latido de un corazón susceptible; en que por alguna razón la belleza del mundo revelada y sin embargo a punto de perecer (aquí entré en el jardín porque imprudentemente habían dejado la puerta abierta y no se divisaba ningún Bedel), la belleza del mundo que está a punto de perecer, tiene dos filos, uno de risa, otro de angustia, partiendo en dos el corazón. Los jardines de Fernham se dilataban ante mí en el crepúsculo de primavera, agrestes y abiertos, y en el pasto largo, salpicadas y descuidadamente arrojadas, había campánulas y narcisos, nunca muy ordenados, y ahora soplados por el viento y agitándose mientras tironeaban de sus raíces. Las ventanas del edificio, redondas como ventanas de barco entre olas generosas de ladrillo rojo, pasaron del limón al plata bajo el vuelo de las apresuradas nubes de primavera. Alguien estaba en una hamaca, alguien, pero en esta luz no eran más que espectros, entre adivinados y vistos, que corrían sobre la hierba —¿nadie la detendría?— y luego en la terraza, como si emergiera para respirar, para dar un vistazo al jardín, llegó una figura encorvada formidable aunque humilde, con la gran frente y el traje raído: ¿sería acaso la famosa humanista, sería acaso J. H. en persona? Todo era vago, pero intenso también, como si el velo corrido por el crepúsculo sobre el jardín hubiera sido desgarrado en dos por una estrella o por una espada: el destello de alguna atroz realidad saltando, como suele saltar, del mismo corazón de la primavera. Porque la juventud…
Aquí estaba mi sopa. En el gran comedor estaban sirviendo la cena. Lejos de estar en primavera estábamos en una tarde de octubre. Todos estaban congregados en el gran comedor. Aquí estaba la sopa. Era una sencilla sopa de caldo. Nada en ella para estimular la imaginación. A través del líquido se hubiera transparentado cualquier dibujo del plato. Pero no había dibujo. El plato era liso. Vino después la carne con su acompañamiento de papas y verduras: una trinidad casera, evocadora de ancas de vacas en un mercado borroso, y repollos rizados de borde amarillento, y regateos y pichinchas, y mujeres con bolsas de red el lunes de mañana. No nos podíamos quejar del diario alimento de la naturaleza humana, ya que la ración era suficiente, y sin duda los mineros no exigían tanto.
Después hubo ciruelas y crema. Y si alguien protesta que las ciruelas, aunque las alivie la crema, son una legumbre sin alma (fruta no son), guascudas como el corazón de avaro y segregando un líquido como el que debe circular por las venas de avaros que durante ochenta años se han privado de vino y de calor, y no los han dado a los pobres, debe reflexionar que hay personas cuya caridad no se arredra ante la ciruela. Hubo después bizcochos y queso, y luego circuló profusamente la jarra de agua, porque es muy propio de los bizcochos la sequedad, y éstos eran bizcochos hasta la médula. Eso era todo. Había terminado la cena. Todos retiraron sus sillas; las puertas giratorias oscilaron violentamente; el hall se vació de todo rastro de comida y lo prepararon sin duda para el desayuno del día siguiente. Por corredores y escaleras, la juventud de Inglaterra salió golpeando puertas y cantando. Y era propio en un huésped, un forastero (porque yo en Fernham gozaba de tan poco derecho como en Trinity o Somerville o Girton o Newnham o Christchurch), opinar: «La comida ha sido buena» o preguntar (ahora estábamos, Mary Seton y yo, en su salita) «¿No podíamos haber comido aquí las dos solas?», porque si yo hubiera dicho algo así, hubiera estado entrometiéndome en la economía secreta de una casa que presenta a los forasteros una fachada de alegría y valor.
No, imposible decir nada. Por un momento la conversación se detuvo. La máquina humana siendo lo que es —cerebro, cuerpo y corazón, todos entreverados y no recluidos en compartimentos aislados, como sin duda lo estarán en otro millón de años—, una buena comida es muy importante para una buena conversación. No se puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si se ha comido mal. La lámpara en la médula no se enciende con carne hervida y ciruelas. Todos tal vez iremos al cielo, y quizá Vandyck nos está esperando en la esquina: tal es el vacilante y problemático estado de alma que las ciruelas y la carne hervida engendran al cabo de la jornada. Felizmente mi amiga, que era profesora de química, guardaba en un aparador una botella chata y unos vasitos —(pero faltaba la perdiz y el lenguado)—, de modo que pudimos acercarnos al fuego y corregir alguna deficiencia del vivir de aquel día. En un minuto o dos, nos estábamos deslizando por aquellos motivos de interés que nacen de la ausencia de una persona determinada y requieren más tarde una discusión —cómo alguien se ha casado, otro no; uno piensa tal cosa, otro aquello; uno está desconocido de bueno, otro echado a perder— con todas aquellas especulaciones sobre la naturaleza humana y el carácter del asombroso mundo en que vivimos que surgen naturalmente de tales principios.
Mientras decíamos esas cosas, percibí con alguna vergüenza una corriente que se imponía sola y que todo lo dirigía a su propio fin. Daba lo mismo hablar de España o de Portugal, de caballos de carrera o de libros, porque el interés verdadero no era ninguna de esas cosas, sino una escena de albañiles en un techo alto, hace quinientos años. Reyes y nobles traían tesoros en grandes bolsas y las vaciaban bajo tierra. Esta escena se animaba y volvía a animarse en mi mente y a colocarse junto a otro de vacas flacas y un mercado borroso y verduras marchitas y áridos corazones de vicios, esos dos cuadros, diversos, descosidos y disparatados como eran, estaban enfrentándose siempre y sustituyéndose y me tenían del todo a su merced. Lo mejor para no deformar todo el diálogo era exponer al aire lo que yo tenía en la mente y dejar que se borrara y se deshiciera como la cabeza del rey muerto cuando abrieron el féretro en Windsor. En pocas palabras, le hablé a Miss Seton de los albañiles que habían estado todos esos años en el techo de la capilla, y de los reyes y reinas y nobles cargando bolsas de oro y de plata que vaciaban bajo tierra; y cómo después los magnates financieros de nuestro tiempo fueron llegando y depositando cheques y acciones, imagino, donde los otros habían depositado lingotes y toscas masas de oro. Todo eso, dije, yace debajo de esos colegios, ¿pero qué yacerá bajo este colegio en que estamos, bajo el vistoso ladrillo y el pasto descuidado del jardín? ¿Qué fuerza había detrás de esa porcelana lisa en que comimos, y (esto me salió de la boca sin que lo pudiera atajar) detrás de la carne hervida, la crema y las ciruelas?
Bueno, comenzó Mary Seton, hacia el año 1860…, ah, pero usted ya conoce la historia, dijo aburrida de tener que contarla. Y me la contó: alquilaron piezas. Se celebraron reuniones. Dirigieron sobres. Redactaron circulares. Convocaron asambleas; leyeron cartas en voz alta: Fulano ha prometido tanto; Mengano, en cambio, no quiere dar un centavo. La Saturday Review ha estado muy grosera. ¿Cómo hacernos de un capital para sostener las oficinas? ¿Haremos una rifa? ¿No podríamos encontrar una muchacha bonita para sentarla en primera fila? Veamos lo que ha dicho sobre eso John Stuart Mill. ¿Nadie podría conseguir que el director del X publicara una carta? ¿No la firmaría lady N.? Lady N. está en el campo. Y sólo al cabo de una larga lucha y con las mayores dificultades consiguieron reunir treinta mil libras.[1]
De modo, dijo, que no podemos darnos el lujo de vinos y perdices y sirvientes con fuentes en la cabeza. No podemos tener divanes y cuartos propios. «Las amenidades —dijo, citando algún libro— tendrán que esperar.»[2]
Pensando en todas esas mujeres trabajando años y años y matándose para juntar dos mil libras, y no pasando entre todas de treinta mil, nos indignó la culpable pobreza de nuestro sexo. ¿Qué habían estado haciendo nuestras madres para dejarnos pobres?, ¿empolvarse la nariz?, ¿mirar vidrieras?, ¿pavonearse al sol en Montecarlo? Había algunas fotografías en la chimenea. La madre de Mary —si el retrato era de ella— era tal vez una derrochadora en sus ratos de ocio (tuvo trece hijos de un pastor protestante), pero su vida relajada no se traduce mucho en sus gastos. Era una mujer insignificante; una señora de edad con un chal escocés prendido con un gran camafeo; y estaba sentada en una silla de paja, animando a un perrito a mirar la máquina, con el aire divertido pero forzado de la persona que está segura de que el animal se moverá en cuanto aprieten la perilla. Si se hubiese entregado a los negocios, si hubiera sido un fabricante de seda artificial o un magnate de la Bolsa; si hubiera dejado doscientas o trescientas mil libras a Fernham, estaríamos cómodas esta noche y el tema de nuestro diálogo pudo haber sido arqueología, botánica, antropología, física, la naturaleza del átomo, astronomía, matemáticas, relatividad, geografía. Si sólo Mrs. Seton y su madre, y su madre antes que ella, hubieran aprendido el gran arte de hacer dinero, y hubieran dejado su dinero, como sus padres y abuelos y bisabuelos, para fundar colegios y cátedras y premios y becas destinadas al uso de su sexo, hubiéramos cenado muy tolerablemente las dos un plato de ave y una botella de vino; hubiéramos previsto sin una confianza indebida un porvenir ameno y honroso al amparo de una profesión generosamente rentada. Hubiéramos estado explorando o escribiendo; haraganeando por los lugares venerables del mundo; sentadas meditando, en las gradas del Partenón, o encaminándonos a una oficina a las diez y volviendo con toda comodidad a las cuatro y media a borronear algunos versos. Pero si Mrs. Seton y las otras se hubieran dedicado desde los quince años a los negocios no hubiera habido —ahí estaba la falla del argumento— ninguna Mary. ¿Qué opinaba Mary de eso?, le pregunté. Ahí entre las cortinas estaba la noche de octubre, quieta y deliciosa, con una estrella o dos prendidas en los árboles que amarilleaban. Para dotar de una plumada a Fernham en unas cincuenta mil libras esterlinas, ¿estaba ella de veras dispuesta a renunciar a su parte de esa noche de octubre y a sus recuerdos (porque habían sido una familia feliz aunque numerosa) de juegos y de pelear allá en Escocia, cuyo buen aire y cuyos excelentes bizcochos nunca se cansaba de celebrar? Porque dotar un colegio implicaría la supresión total de las familias. Hacer una fortuna y tener trece hijos: no hay ser humano que dé para tanto. Hay que encarar los hechos, dijimos.
Primero nueve meses para que nazca la criatura. Después tres o cuatro meses para criar la criatura. Una vez despechada la criatura se necesitan a lo menos cinco años para jugar con la criatura. No se puede, parece, dejarlos corretear por las calles. Gente que las ha visto sueltas en Rusia dice que el espectáculo no es agradable. También dice la gente que la naturaleza humana se forma antes de cumplir los cinco años. Si Mrs. Seton, dije, hubiera estado haciendo fortuna, ¿qué recuerdos tendrían ustedes de peleas y de juegos? ¿Qué habrían sabido ustedes de Escocia y del buen aire y de los bizcochos y de todo el resto? Pero es inútil acumular preguntas, porque ustedes jamás habrían nacido. Además, es igualmente inútil interrogar lo que habría pasado si Mrs. Seton y su madre y la madre de ella hubieran acumulado enormes tesoros para dotar colegios y bibliotecas, porque, en primer lugar, era imposible que ganaran dinero y, en segundo, aunque hubiera sido posible, la ley les negaba el derecho de poseer el dinero que pudieran ganar. Sólo hace cuarenta y ocho años que Mrs. Seton tiene un centavo. Porque en todos los años anteriores hubiera sido propiedad de su marido: consideración que, tal vez, haya contribuido a alejar de la Bolsa de Comercio a Mrs. Seton y sus madres. Cuanto centavo gane, habrá dicho, me será arrebatado y manejado según las luces de mi marido, tal vez para fundar una cátedra o dotar una biblioteca en Balliol o Kings, de modo que ganar dinero, si es que yo pudiera ganar dinero, no me interesa mayormente. Mejor será que mi marido se encargue de él.
Sea o no responsable la señora animando al perrito, es indiscutible que nuestras madres embrollaron sus asuntos muy gravemente. Ni un centavo para «amenidades»: para vino y perdices, bedeles y césped, libros y cigarros, bibliotecas y ocio. Levantar paredes peladas de la tierra pelada fue lo más que podían hacer.
Así hablábamos paradas, en la ventana y contemplando desde arriba, como miles lo hacen cada noche, las torres y cúpulas de la famosa ciudad.
Era muy hermosa, muy misteriosa, a la luz de la luna de otoño. La vieja piedra parecía muy blanca y muy venerable. Pensaba en todos los libros congregados ahí; en los retratos de viejos prelados y notables pendiendo en las paredes artesonadas; en las vidrieras de colores que arrojarían extraños globos y medias lunas al pavimento; en los ex votos e inscripciones y lápidas, en las fuentes y el pasto; en las piezas tranquilas que dan a los tranquilos patios. Y (perdónenme la idea) pensé también en el humo admirable y la bebida y los profundos sillones y las agradables alfombras; en la urbanidad, la dignidad, la afabilidad que son los frutos del lujo, del retiro, y de la amplitud. Indudablemente nuestras madres no nos habían suministrado nada comparable a todo eso: nuestras madres que se extenuaban para juntar treinta mil libras, nuestras madres que tenían trece hijos de pastores protestantes en Saint Andrews.
Así volvía a mi albergue, y al atravesar las calles oscuras meditaba en esto y aquello, como se medita al cabo del día. Consideré por qué razón Mrs. Seton no tenía dinero que dejarnos; y qué efectos ejerce la pobreza sobre la mente; y cuáles la riqueza; y recordé los caballeros rarísimos que vi aquella mañana con estolas de piel sobre los hombros; y recordé que si alguien silbaba uno de ellos salía al galope. Y pensé en el órgano retumbando en la capilla, y en las puertas cerradas de la biblioteca y pensé qué desagradable sería quedarse fuera; y pensé que sería más desagradable quedarse adentro; y pensando en la seguridad y prosperidad de un sexo en la pobreza y la incertidumbre del otro y en el efecto de la tradición y de la falta de tradición en la mente del escritor, acabé por pensar que ya era tiempo de arrollar la cáscara arrugada del día, con sus impresiones y discusiones, con su enojo y su risa, y arrojarlo por la borda. Mil estrellas brillaban en los desiertos azules del cielo. Yo estaba como sola con una sociedad inescrutable. Dormían los seres humanos, postrados, horizontales, mudos. Ni un alma se movía en las calles de Oxbridge. Hasta la puerta del hotel se abrió al toque de una mano invisible, ni un sereno esperaba para alumbrarme; tan tarde era.