Uno
Cuando eres niño crees que tus padres son iguales a todos los demás y que lo que ocurre en tu casa es lo mismo que ocurre en los hogares de las otras personas. No tienes forma de saber que no es así.
Por eso yo creo que todo el mundo teme a su padre. Creo que los hombres se casan para disponer de alguien que cocine y limpie para ellos. No sé que hay hombres que, de hecho, aman a su esposa y a sus hijos.
Mi hermano Damian y yo nos criamos con dos personas muy distintas.
Mi padre es meticuloso, severo y directo, mientras que mi madre es imaginativa, cariñosa y cordial.
Los dos tienen carácter.
Mi padre es ucraniano, y mi madre, polaca, pero nos hemos trasladado a Alemania, donde las perspectivas son mejores que en Polonia.
Mi padre es operario, una profesión en la que encaja muy bien porque requiere precisión y tino, y él posee ambas cualidades en abundancia.
Mi madre trabaja de cocinera para una familia alemana acomodada, y nosotros estamos encantados porque a menudo vuelve a casa con las sobras. Nos trae comida que de otro modo nunca habríamos podido catar. La cantidad no suele ser muy abundante, pero en ocasiones hay trocitos de carnes caras, como la chuleta de cerdo, y, si estamos de suerte, también hay fruta y frutos de cáscara, lo cual para la mayoría de la gente es un lujo.
Cuando mi madre trae sobras, las sirve en un solo plato para que las compartamos. Aunque ya hayamos dado cuenta de la cena que deja preparada de buena mañana, todos estamos ansiosos por disfrutar de ese placer. Lo que suele pasar es que mi padre se atiborra; coge más comida mientras aún está masticando con la boca medio abierta.
En una ocasión, me dispongo a coger un trozo de manzana de la bandeja y mi padre me da un manotazo. Lo quiere para él.
Mi madre ve lo que ocurre y sacude la cabeza. A la semana siguiente se guarda una manzana entera en el bolsillo y solo la saca después de que mi padre haya empezado a emitir los sonoros resoplidos que lanza siempre que se duerme.
Corta la manzana por la mitad y nos la da a mi hermano y a mí.
No sé por qué, pero recuerdo mejor lo que ocurre a continuación que el trato que recibo de mi padre. Puedo oír las palabras de mi hermano como si acabara de pronunciarlas.
—Hela —dice, utilizando el diminutivo con el que se dirige a mí—, ¿sabes qué? He cenado tanto que no me apetece nada más. ¿Por qué no te comes también mi parte?
Yo sacudo la cabeza.
—Cómetela tú, Damian.
Pero él se niega y me obliga a aceptarla.
Eso vuelve la manzana más dulce aún de lo que es.
Mi padre, que no ha visto un solo trozo de manzana desde hace días, pregunta:
—¿Por qué ya no traes manzanas, Franciszka?
Mi madre se encoge de hombros.
—Voy allí por trabajo, no a comprar —responde—. Solo puedo traer lo que me dan.
Mi hermano y yo nos miramos y luego bajamos la cabeza porque, si no, él vería nuestras sonrisas.
De entrada, la convivencia entre dos personas con carácter no es sencilla, pero si además sostienen posturas políticas opuestas, es prácticamente imposible.
Mi padre simpatiza con el nazismo y a mi madre le horroriza.
—Hitler es la respuesta a los problemas de los alemanes —afirma mi padre.
Pocos años atrás, nadie había oído hablar de Hitler, pero ahora parece que su nombre está por todas partes. Su popularidad no hace más que aumentar. La gente vive en la pobreza y hay mucho paro. Hitler promete tiempos mejores. Asegura a los alemanes que son una raza superior.
—Alemania volverá a ser una gran potencia si la dirige Hitler —opina mi padre. Todos sus compañeros del taller piensan votar por él.
—Debe de ser muy agradable ser alemán y que alguien te diga que tienes una superioridad innata —dice mi madre—. Sobre todo si resulta que los malos tiempos no son culpa tuya, sino que los han provocado los judíos. Es mucho más fácil eso que tratar de explicarlo con lógica.
Mi madre no juzga a las personas en grupo. Cree en el individuo.
—Los alemanes no son todos buenos ni malos, y lo mismo puede aplicarse a los judíos —afirma.
Es franca y dice lo que piensa.
Discuten la cuestión a voces, y mi hermano y yo guardamos silencio, aunque no nos gusta lo que Hitler promete. Una vez le oímos hablar y vimos el poder hipnótico que ejerce sobre la gente.
Ese es el efecto que produce en nuestro padre.
Mi padre no discute con argumentos concretos. Su forma de demostrar que tiene razón es atacar a la otra persona.
No juega limpio.
—¿Qué sabes tú de política? —le espeta a mi madre—. Cocinando se aprende mucho, ¿verdad?
—No, pero tampoco te vuelves ciego —contesta ella.
Yo pienso para mis adentros: «Nunca me casaré con alguien como mi padre».
Dos
No sé si mi madre ha amado a mi padre alguna vez.
Tal vez el amor no sea algo que la gente valora cuando ya tiene bastante trabajo con sobrevivir.
A Damian y a mí siempre nos preocupa que nuestro padre, tan propenso a la ira, acabe pegando a nuestra madre durante una de sus discusiones.
Ella es delgada y mide la mitad que él, así que le haría mucho daño.
Mi madre nunca se acobarda cuando riñen; somos mi hermano y yo los que pasamos miedo.
¡Cómo necesitamos hacernos mayores!
Tres
Tal como mi padre había predicho, Hitler es nombrado canciller el 30 de enero de 1933.
Siete meses más tarde se promulga una ley que prohíbe la formación de partidos políticos.
Se acabó. Ya no hay nada que detenga el aparato nazi.
Cuatro
Es posible que lo que haya hecho reflexionar a mi madre sea algo tan simple como ver a un delicado petirrojo posado en el alféizar de la ventana durante los primeros días de la primavera. «Ese pajarillo es libre de volar a donde quiera y sin embargo nosotros seguimos aquí.»
O quizá simplemente se trate de sentido común. Márchate cuando tengas suficiente dinero ahorrado.
En cualquier caso, un buen día le dice a mi padre que ha decidido regresar a Polonia. Eso equivale a decirle que lo deja, porque él ha comentado en numerosas ocasiones que jamás regresará a un país que considera muy retrasado en comparación con Alemania.
En ese momento mi hermano tiene dieciocho años, y yo, dos menos, o sea que podemos tomar la decisión de con quién vamos a vivir.
En realidad no hay nada que decidir.
Respetamos que ella plante cara a mi padre, quien promete una vida segura a cambio de obediencia.
A veces me pregunto si el hecho de que hayamos adoptado los valores de mi madre se debe a que nunca nos hemos sentido unidos a mi padre. Cuesta determinar cómo nos hemos convertido en quienes somos. Mi madre piensa que es a causa de las decisiones que hemos ido tomando. Siempre dice: «Cuando eliges hacer lo correcto, al principio es una decisión consciente. Luego pasa a ser una reacción instintiva. No tienes que pensar qué es lo correcto porque hacer lo correcto se ha convertido en tu forma de ser, como un acto reflejo. Las acciones con el tiempo conforman tu carácter».
—Si os vais, no regreséis —son las últimas palabras que nos dirige mi padre.
Cinco
Al marcharnos no nos llevamos muchas cosas.
Por suerte, mi madre ha sido lo bastante inteligente para guardarse una parte de sus ingresos sin que lo supiera mi padre.
Gracias a esos ahorros, compra una casita en Sokal, su ciudad natal, en Polonia, donde dispone de un pequeño terreno para criar gallinas y cultivar verduras y hortalizas.
Sokal está situada a un día de trayecto en carro desde Varsovia. Un río cruza la ciudad, con las orillas bordeadas por imponentes sauces. En verano reina un ambiente relajado.
Aquí viven tres comunidades diferenciadas: los ucranianos, los polacos y los judíos.
Los ucranianos no se fían de los polacos, los polacos no se fían de los ucranianos, y ni unos ni otros se fían de los judíos. Existe cierta tirantez que el paso del tiempo ha atenuado, pero que nunca ha llegado a desaparecer del todo.
En Sokal se alojan unas cuantas familias acomodadas, pero la mayoría vive de forma modesta. En general, todo el mundo se esfuerza mucho para conseguir lo que tiene.
Las casas más caras de la ciudad son de ladrillo. Sin embargo, casi todos los vecinos viven en casas construidas con tablones de madera, lo cual resulta bastante más barato. Para calentarse en invierno, cuando el frío puede llegar a ser muy riguroso, se usan chimeneas. No es extraño que en los meses más gélidos la gente lleve puesta prácticamente la misma ropa dentro de casa que cuando está a la intemperie.
Para disponer de agua, la gente va a buscarla al pozo de su barrio. Los granjeros venden sus productos y carnes en el mercado, adonde casi todo el mundo suele ir a comprar. Solo los ricos compran en los pequeños comercios, que importan mercancías de Alemania y otros países.
En el mercado mi madre vende los huevos de nuestras gallinas y las verduras y hortalizas que ha cultivado durante la temporada. Mi hermano trabaja en una refinería a varias poblaciones de distancia, así que solo lo vemos los días que libra. Nos trae provisiones y nos cuida más de lo que mi padre hizo jamás.
Cuando viene a visitarnos, lo primero que hace es cogerme en brazos y alzarme dando vueltas en el aire como si fuera una niña pequeña. Siempre me mareo, pero la sensación me encanta. Con su estatura de más de un metro ochenta, a mi lado parece un gigante; y yo, que apenas supero el metro y medio de mi madre, tengo que levantar la cabeza para mirarlo.
—No sé cómo es posible que dos personas de aspecto tan vulgar como vuestro padre y yo hayamos tenido unos hijos tan guapos —dice mi madre.
En efecto; parece que hemos heredado los mejores rasgos de ambos.
Yo tengo los ojos marrones y el pelo castaño de mi padre, que en mi caso cae con una ondulación natural y revela así que procede de los marcados rizos de él. Mi hermano tiene la piel pálida y el pelo claro de mi madre, y a ambos les envidio esos ojos grises de mirada viva.
Damian siempre me trae una manzana cuando viene a vernos.
Son el amor y el sacrificio en forma de fruta.
A mi madre le trae tabaco de mascar, que a ella le encanta.
En mi decimoséptimo cumpleaños, Damian me sorprende regalándome un manzano.
—Así podrás comer manzanas siempre que quieras, Hela. Ya no tienes que esperar a que yo te las traiga —explica—. Dime dónde quieres que lo plante.
Elijo un lugar justo delante de mi ventana. Será lo primero que vea cuando me despierte.
Estoy impaciente por empezar a ganar dinero yo también. Quiero sorprenderlo con un regalo, y ya tengo una cosa pensada.
De camino al mercado he visto una tienda donde hay expuesta una bonita chaqueta de cuero marrón que a Damian le quedaría perfecta.
No dejo de repetirme: «Por favor, por favor, que nadie la compre antes de que consiga reunir el dinero».
Seis
En el periódico local se anuncia una vacante de secretaria del director general de una fábrica de prendas de vestir que hay en la ciudad. Le confieso a mi madre que quiero presentarme, aunque tengo pocas posibilidades de que me seleccionen.
—Habrá muchas chicas que compitan por el cargo —comento.
Ella me dice:
—¿Te acuerdas de cuando aprendiste mecanografía? Querías ser la más rápida de la clase, pero en casa no teníamos máquina de escribir, así que dibujaste el teclado en un papel y practicabas como si fuera de verdad. Siempre querías ser la mejor, Helena, y practicabas día y noche. La profesora me dijo que nunca había tenido ninguna alumna capaz de teclear ochenta palabras por minuto. Si entonces llegaste a ser la primera de la clase, ¿por qué crees que no van a darte ese trabajo? Además, ¿cuántas chicas hay que hablen alemán tan bien como tú?
Yo ya sabía todo lo que me estaba diciendo, pero a veces sienta bien oír cosas que ya sabes.
De algún modo, mi madre consigue proporcionarme para la entrevista el vestido más bonito que he visto jamás. Es de lana suave, un tejido que solo los ricos pueden permitirse. El color crema es profesional, y a la vez resulta pulcro y clásico. Es un vestido entallado de la cintura para arriba, con mangas tres cuartos y escote en pico. De la cintura para abajo forma una falda acampanada y larga que realza mi figura. En el cuello luzco un sencillo collar de perlas de una sola vuelta, la única joya que mi madre posee. Los zapatos son viejos, pero los abrillanto con betún. Este vestido me transforma y me da la confianza necesaria para competir con chicas que sé que tienen más estudios que yo y que proceden de familias mejor situadas.
Antes de que me marche, mi madre me dice:
—Tendrán buen criterio y te contratarán a ti. Estás capacitada y eres honrada y trabajadora. Cuando sonríes, Helena, tu cara se ilumina y no hay nada más bello, o sea que si quien te entrevista es un hombre, sonríe.
Así es mi madre; siempre sabe qué decir y da consejos que calan hondo.
El señor Kowalski, un hombre que raya la treintena, es joven y más guapo de lo que esperaba. Lo acompaña Ferda, una mujer mayor de constitución fornida, que también participa en la entrevista. Él examina mi aptitud manteniendo una conversación en alemán y me pide que mecanografíe una breve carta, la cual me dicta en polaco a un ritmo más bien rápido.
Sé que mi nivel de alemán es bueno y no conozco a nadie que teclee más rápido que yo, o sea que obtengo una puntuación alta en ambas pruebas. El señor Kowalski me formula una última pregunta:
—Helena, si pudiera elegir poseer una cosa, ¿cuál sería: una belleza imponente, muchísimos conocimientos o una gran riqueza material?
Con esa pregunta trata de adivinar qué clase de persona soy. Es importante responder lo correcto, pero opto por lo que para mí tiene más sentido.
—Me quedaría con el dinero.
Parece sorprendido; en cambio Ferda está obviamente indignada ante mi burda respuesta. Eso no es lo que esperaban oír ni lo que han respondido las otras candidatas.
Él se aclara un poco la garganta.
—¿Se quedaría con el dinero? ¿Por qué?
—Bueno, la belleza no dura. Tener muchos conocimientos está bien, pero con el dinero se llenan los estómagos vacíos. Además, si tuviera dinero podría estudiar lo que quisiera y aprender de todo. Podría costearme libros y profesores. El dinero proporciona oportunidades. Te ofrece libertad y la posibilidad de cuidar de otras personas. Sí, me quedaría con el dinero.
Oigo mi propia voz, que transmite mucha más confianza de la que en realidad siento.
Por la cara del señor Kowalski, veo que le ha hecho gracia. No es lo que se esperaba.
—Muchas gracias —me dice—. Tomaremos una decisión en breve y nos pondremos en contacto con usted.
Antes de volverme para marcharme, lo miro a los ojos y le sonrío.
Me dan el trabajo.