Grandes genios de la historia en 25 historias

Javier Alonso López

Fragmento

cap-1

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El sol castigaba implacable a todo aquel que se atreviera a abandonar durante más de un minuto la protección de una sombra. En cada pórtico, debajo de cada árbol, pegados a las paredes de los templos, podían verse grupos de hombres charlando, negociando o, simplemente, haciendo tiempo antes de regresar a sus casas para comer.

Uno de los habituales del ágora, la plaza pública de la ciudad, era Sócrates, un anciano filósofo cuya ocupación preferida consistía en charlar con todo aquel que se encontrase acerca de cualquier tema, desde la sabiduría hasta la justicia o el amor. A Sócrates le encantaba hacer preguntas a la gente hasta que conseguía que se diesen cuenta de lo poco que sabían. Un día, asaltó a otro filósofo que presumía de ser enormemente sabio.

–Dime, Epícides –dijo Sócrates en voz alta para que le escuchasen todos los discípulos que le seguían–, tú que tanto sabes, mientras yo solo sé que no sé nada, ¿podrías aclararme una duda?

–Por supuesto, Sócrates, estaré encantado de iluminarte con mis conocimientos –le respondió Epícides, complacido ante la perspectiva de mostrar su sabiduría–. ¿Cuál es tu pregunta?

Image–Pienso en la amistad, Epícides, y en ese dicho popular de que la amistad es el más preciado de los tesoros. ¿Estás de acuerdo?

–Sin duda, Sócrates, la amistad es un gran tesoro.

–¿Un gran tesoro?

–El más importante que puede tener un hombre, Sócrates.

–¿Y dirías que el oro y la plata son también tesoros?

–Sí, Sócrates, el oro y la plata también son tesoros.

–Y aquel que tiene ganado, ¿podría considerarlo también un tesoro?

–También, Sócrates –contestó Epícides, que ya se encontraba atrapado como un pez en la red de preguntas de Sócrates.

–¿Y lo mismo dirías del que posee olivos o viñas, o barcos? –insistió Sócrates.

–Diría lo mismo, Sócrates.

–¿Y crees, Epícides, que una persona debe saber qué tesoros posee y tenerlos a buen recaudo para no perderlos?

–Me parece evidente que debe ser así, Sócrates.

–Dime una cosa, Epícides, ¿Podrías enumerar tus posesiones? ¿Cuántas gallinas tienes? ¿Y cabras? ¿Caballos? ¿Tienes un carro? ¿Cuánto oro y plata tienes?

–No es un secreto en Atenas, mi querido Sócrates, que heredé 50 dracmas de oro y veinte de plata, que poseo dos magníficos caballos y un rebaño de 37 cabras, además de un olivar de 300 codos de lado –respondió Epícides satisfecho de poder exhibir sus riquezas, además de su pretendida sabiduría.

–Una pregunta más, Epícides. ¿Podrías decirme cuántos amigos tienes exactamente?

–¿Amigos? –Epícides se quedó sorprendido por el giro que había dado la conversación.

–Sí, amigos –repitió Sócrates–. ¿Cuántos amigos tienes exactamente?

–Pues, no lo sé –titubeó Epícides.

–¿Cómo puedes ser tan descuidado, Epícides? –respondió Sócrates dispuesto a cerrar la trampa en la que ya había caído el filósofo presuntuoso–. ¿Sabes cuántas cabras tienes pero no puedes decirme cuántos amigos tienes? Recuerda que tú mismo me has dicho que los amigos son el mayor tesoro que puede tener un hombre. Me parece, Epícides, que no eres tan sabio como dices.

ImageMientras Epícides se alejaba avergonzado y se apagaban las risas de todos los presentes, Sócrates habló en voz baja a uno de sus discípulos.

–¿Sabes, Critias? Esta noche he soñado que una cría de cisne se posaba sobre mis rodillas. Luego, de repente, le salían plumas, extendía las alas y echaba a volar.

–¿Qué crees que significa ese sueño, maestro Sócrates? –preguntó Critias.

–No estoy seguro, pero creo que será algo bueno.

En ese momento, Sócrates observó que había varias personas esperando para hablar con él. Desde debajo del olivo a cuya sombra estaba sentado, hizo una seña a un hombre maduro con un muchacho para que se acercasen. Los dos vestían buenas ropas y lucían anillos de oro. Sin duda, no les faltaba el dinero.

–Maestro Sócrates –dijo el hombre rico haciendo una leve reverencia con la cabeza–, me gustaría que te encargases de la educación de mi hijo.

–Lo haré encantado, –respondió Sócrates–. Te cobraré quinientas dracmas al mes.

–¿Quinientas dracmas? –preguntó el hombre escandalizado–. ¿Sabes cuánto dinero es eso? Con quinientas dracmas podría comprarme un burro.

–Es cierto. Así que te aconsejo que lo compres y eduques tú mismo a tu hijo –gruñó Sócrates con su famoso mal humor–. De ese modo tendrás dos burros. Y ahora largaos y dejadme en paz. Me hacéis perder el tiempo.

–Dime Critias, ¿soy yo que atraigo a los burros o es que estamos en un camino por donde cruzan los asnos hasta el río? –refunfuñó el filósofo–. ¡Qué pena de ese hombre, que no se da cuenta de que no hay mayor bien que la sabiduría, ni mayor mal que la ignorancia.

–Creo que en el ágora se encuentran burros a cualquier hora, no solo cuando estás tú, maestro Sócrates –continuó Critias con la broma.

Observando la escena a cierta distancia había un muchacho de dieciséis o diecisiete años, alto, muy fuerte y corpulento. Vestía una túnica limpia y cuidada, aunque no tenía la pinta de ser rico, como el hombre de los dos burros.

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–¿Y tú qué quieres? –preguntó Sócrates mirándolo a los ojos–. Si sigues plantado ahí a pleno sol te vas a desmayar y me harás perder el tiempo intentando reanimarte. Vete a casa o dime qué deseas.

–Maestro Sócrates –balbuceó el joven–, yo también querría educarme contigo.

–¿Y vas a pagarme quinientas dracmas?

–No, maestro –respondió el joven–. Soy pobre y no tengo nada que ofrecerte.

–¡Vaya! –Sócrates miró de reojo a Critias y sonrió. Sin duda, el muchacho tenía valor.

–Pero te entrego mi persona –continuó el joven–. Prometo dedicarme en cuerpo y alma a aprender todo lo que quieras enseñarme.

–¿Cómo puedes decir entonces que no tienes nada que ofrecerme? –replicó Sócrates sorprendido por la respuesta–. ¿No te das cuenta de que me has hecho el mejor pago posible?

–¿Significa eso que puedo quedarme junto a ti? –preguntó el joven emocionado.

–Antes de responderte, dime una cosa –dijo Sócrates–: ¿has escuchado mi discusión con Epícides sobre la amistad?

–Sin perder un solo detalle.

–¿Y qué opinas? –quiso saber Sócrates.

Evidentemente, aquello era una prueba. El chico reflexionó durante unos instantes, luego cogió aire, y comenzó a hablar.

–Creo, maestro Sócrates, que Epícides no ha sabido decirte cuántos amigos tiene exactamente porque nunca ha reflexionado sobre qué es exactamente la amistad.

–Explícate, muchacho –le animó Sócrates.

–Quiero decir… –el joven dudó durante unos instantes, pero en seguida se animó a dar su parecer delante de su admirado filósofo– que no podemos hablar con propiedad de la amistad y los amigos si antes no tenemos claro en qué consisten. Igual que no podemos hablar de perros si no estamos de acuerdo en qué consiste exactamente la idea de perro, o de gato, aunque haya muchas clases diferentes.

–¿Y tú tienes claro qué es la amistad, qué es un perro o qué es un gato?

–No he dicho eso. Yo creo que tiene que haber una especie de idea perfecta sobre la amistad, la justicia, el amor, pero también de las cosas que podemos ver y tocar, una idea perfecta de perro, de gato, de árbol, y solo así, cuando dos personas hablen de una misma cosa y sepan en qué consiste, sabrán que están hablando de lo mismo. Creo que Epícides sabe en qué consiste la idea de perro y la de cabra, pero no sabe qué es la amistad.

Cuando acabó de hablar, Sócrates y Critias estaban boquiabiertos ante la forma de expresarse del joven. Mirando a Critias, Sócrates exclamó.

–He aquí al cisne con el que he soñado esta noche. Lo criaré en mis rodillas, pero con el tiempo le saldrán plumas, extenderá sus alas y echará a volar.

Critias y Sócrates se quedaron unos instantes observando al joven, que aguardaba impaciente la respuesta final de Sócrates.

–Puedes quedarte conmigo –dijo por fin Sócrates–. Por cierto, todavía no me has dicho cómo te llamas.

–Me llamo Aristocles, hijo de Aristón y Perictione, maestro. Pero todo el mundo me llama Platón.

PLATÓN

Aristocles, (Atenas, 427–347 a.C.), conocido como Platón, un apodo que significa “el de espaldas anchas”, fue un filósofo griego que vivió los momentos más gloriosos y la decadencia de su ciudad, Atenas. Platón procedía de una familia de la aristocracia, pero en lugar de seguir la ocupación familiar, que era la política, decidió estudiar filosofía, y se hizo discípulo del primer filósofo moderno, Sócrates. Platón estudió junto a su maestro hasta que en 399 a.C. Sócrates fue acusado de corromper a la juventud y no creer en los dioses, por lo que fue condenado a muerte. Tras la muerte de Sócrates, Platón continuó dedicado a la filosofía. Viajó por muchas tierras para adquirir nuevos conocimientos y escribió muchas obras en las que se pueden descubrir tanto sus ideas como las de Sócrates. La mayoría de las veces se trata de diálogos entre personajes acerca de un tema concreto, como el amor, la justicia o el bien. Finalmente regresó a Atenas, donde fundó su propia escuela filosófica, la Academia.

Aunque su aportación a la filosofía occidental ha sido enorme, quizás lo más famoso sea su alegoría de la caverna para explicar su teoría sobre cómo el conocimiento no se puede lograr a través de los sentidos, sino de la razón.

Platón fue maestro del tercer gran filósofo griego: Aristóteles.

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cap-2

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-No comprendo para qué construí aquí una casa con magníficas habitaciones y todas las comodidades posibles si luego Aristóteles prefiere dar clase a mi hijo sentado en una piedra a la orilla de un río.

–Será alguna de las extravagancias que aprendió en Atenas –contestó Parmenio–. Pero está realizando un trabajo excelente con vuestro hijo, majestad.

–Eso espero –dijo el rey de Macedonia mientras se acomodaba a lomos de su caballo–. Mi hijo Alejandro será un gran general, sin duda. Lo lleva en la sangre porque es hijo mío, pero quiero que sea también sabio y justo, y para eso necesita de los mejores maestros.

El rey Filipo II aguijó a su caballo para llegar cuanto antes al prado junto al río donde se encontraban Aristóteles y Alejandro. Hacía varios meses que no veía a su hijo, de apenas nueve años. Mientras Filipo guerreaba contra las ciudades griegas que se le oponían, había enviado a Alejandro fuera de Pella, la capital, para que pudiera estudiar en Mieza, en un ambiente más tranquilo alejado de la corte.

Junto a Filipo cabalgaban Parmenio y Nicómaco, dos de sus generales y consejeros, diez soldados de la guardia real y cuatro sirvientes que a duras penas podían dominar al regalo que Filipo traía para su hijo.

Tras unos minutos por un sendero de un bosque, llegaron al claro donde estaban discípulo y maestro, además de Peritas, el inseparable perro de Alejandro, al que había cuidado desde que, siendo un cachorro, había perdido a su madre devorada por un león. Filipo desmontó y se acercó caminando.

–¡Alejandro!

–¡Padre!

–¡Cómo has crecido! –dijo Filipo abrazando a su hijo–. ¡Ya eres casi un hombre!

Filipo volvió la vista hacia Aristóteles, que se había levantado de la piedra en la que estaba sentado y le saludaba con una leve inclinación de cabeza.

–Maestro Aristóteles –dijo Filipo en tono alegre–. Me alegro de verte con buena salud. Tan buena, que prefieres estar al aire libre a estar disfrutando de la mansión que construí para ti y mi hijo.

–Yo también me alegro de verte con buena salud, mi rey –respondió el filósofo–. Gracias por la mansión, pero Alejandro y yo preferimos ver el cielo y los pájaros mientras estudiamos. Hoy estábamos hablando del divino Homero, de la Ilíada, y de Aquiles.

–¡Aquiles! –exclamó Alejandro–. Padre, el maestro Aristóteles me ha contado que Aquiles fue mi antepasado. ¿Es cierto? ¿Es nuestro antepasado?

–Es tu antepasado, pero no el mío –contestó el rey–. Es tu madre la que desciende de la invencible estirpe de Aquiles, así que quizás tú hayas heredado su habilidad en la guerra.

–¡Seré como Aquiles, un guerrero invencible! –gritó Alejandro alzando los brazos hacia el cielo–. ¡Tendré una magnífica coraza y unas armas forjadas por el mismísimo Hefesto, y dos caballos como Balio y Janto, los hijos del viento!

–De momento, tienes a Peritas –bromeó Aristóteles–. Con lo que come este perro, pronto tendrá el tamaño de un caballo.

–Bueno, lo de la armadura forjada por Hefesto tendrá que esperar. Soy un rey poderoso, pero todavía no puedo dar órdenes a los dioses del sagrado Olimpo –interrumpió Filipo mientras se secaba el sudor de la frente–. Pero lo otro quizás tenga solución. Te he traído un regalo. ¡Mira!

Alejandro siguió con la mirada la dirección que marcaba el dedo de su padre y vio, a un centenar de metros de distancia a los cuatro servidores del rey intentando dominar a un semental negro como la noche que se encabritaba y agitaba las patas en el aire intentando golpear a los hombres.

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Su relincho era intenso como el rugido de un león, y al tocar el suelo, sus cascos hicieron temblar la tierra. A continuación, soltó una coz con las dos patas traseras al mismo tiempo, y uno de los sirvientes cayó al suelo. El caballo continuó revolviéndose, mientras los sirvientes iban de un lado a otro arrastrados por su irresistible fuerza.

Alejandro se quedó inmóvil, maravillado ante la belleza de aquel animal. Era perfecto, un caballo digno de ser hijo del propio Pegaso. Negro desde la cola hasta los ollares, salvo por una mancha blanca en la frente con la forma de un cráneo de buey.

Image–¿Es para mí, padre? –preguntó emocionado Alejandro.

–Sí, es para ti, pero tendrás que esperar a que mis hombres lo domen –le dijo el rey–. Como ves, ahora es una bestia salvaje, y no quiero que tengas un accidente. Ten paciencia. En unas semanas podrás cabalgar sobre sus lomos.

Alejandro, hechizado, no podía apartar su mirada del corcel, que agitaba la cabeza con furia mientras los sirvientes de Filipo intentaban sujetarlo con cuerdas. Cada vez relinchaba y coceaba con más fuerza.

–¡Soltadlo! –gritó.

Los servidores miraron a Alejandro, pero no soltaron las cuerdas que sujetaban al caballo.

–¡Soltadlo he dicho! –repitió con tono enérgico.

–Hijo, no pueden soltarlo. Se escaparía –le explicó Filipo intentando tranquilizar a su hijo–. Deja que hagan su trabajo.

–¡No, padre! –contestó Alejandro mirando fijamente a su padre. Pese a que solo tenía nueve años, su mirada reflejaba una determinación y una seguridad propias de un adulto–. ¡Yo lo haré! ¡Yo sé cómo tranquilizarlo! Dile a tus hombres que lo suelten ahora mismo.

Filipo se quedó sin palabras. Miró a Parmenio y Nicómaco, y luego a Aristóteles, en busca de una voz prudente a la que Alejandro hiciera caso, pero los generales no sabían qué decir, y el maestro se limitó a encogerse de hombros mientras decía sonriendo:

–Como veis, majestad, vuestro hijo Alejandro tiene muy claro lo que quiere y lo que no quiere. Cuando llegue el momento, será un buen rey.

–Sea entonces –concluyó Filipo resignado. Miró entonces a sus servidores y les dio la orden–. ¡Soltadlo!

Los hombres soltaron todos los correajes de inmediato, y el caballo salió al galope. Tras un par de minutos corriendo por el prado trazando círculos, se detuvo y comenzó a olisquear la hierba. Entonces, Alejandro fue caminando hacia él, con paso firme pero tranquilo, acercándose de lado, para que el caballo pudiera verlo. Apenas estaba ya a un metro, y extendió el brazo. Casi podía tocarlo con la yema de los dedos.

–Me gusta esa mancha con forma de cráneo de buey –le confesó al caballo entre susurros. Por fin, tocó su suave pelaje con dos dedos–. Te llamarás Bucéfalo, “cabeza de buey”.

El caballo agitó la cabeza al sentir el contacto de los dedos de Alejandro y una rienda vino a parar a la mano de Alejandro. La asió con suavidad y tiró de ella para hacer girar a Bucéfalo. El animal obedeció dócilmente y se giró.

–Así está mejor, ¿verdad? –le preguntó Alejandro. Estaba pegado a él cara con cara y le pasaba la mano por el cuello. A lo lejos Filipo y Aristóteles contemplaban la escena asombrados–. ¡Buen chico! Ahora voy a montarte, ¿de acuerdo?

Y sin esperar más, se agarró al cuello del caballo y de un brinco consiguió encaramarse a su lomo. Bucéfalo pareció aceptarlo de buen grado, y se quedó muy quieto, mientras Alejandro se hacía con las riendas y se acomodaba sobre sus lomos. Luego, presionó con sus pantorrillas los costados del animal, y este comenzó a caminar, tranquilo, mientras Alejandro no podía contener la risa de la emoción.

–¡Se llamará Bucéfalo! –le gritó a Filipo–. ¿Te parece bien, padre?

–Como tú desees, hijo mío –le respondió–.

Filipo, Parmenio, Nicómaco, Aristóteles, los guardias, los servidores, todos miraban asombrados al pequeño príncipe montado a lomos de aquel corcel que unos minutos antes parecía una fiera mitológica. Finalmente, fue Aristóteles el que se animó a preguntar.

–Dinos, príncipe Alejandro, ¿qué le has dicho al caballo? ¿Cómo has conseguido tranquilizarlo?

–Ha sido muy sencillo –dijo Alejandro sonriendo–. ¿No os habíais fijado que estaba asustado de su propia sombra? Bastó con ponerlo mirando hacia el sol para que su sombra quedara detrás de él y desapareciera el miedo. Simple, ¿no?

ImageSimple, pero brillante, pensaron todos llenos de admiración. Sin duda, aquel príncipe, hijo de un gran guerrero como Filipo, descendiente de Aquiles por parte de su madre y discípulo de un gran maestro y sabio como Aristóteles, estaba destinado a hacer grandes cosas, incluso aquellas que los demás consideraban imposibles.

Filipo lo observó lleno de orgullo y dijo en voz bien alta y clara para que todos le escuchasen.

–Cuando seas rey, Alejandro, búscate otro reino, porque Macedonia no será suficientemente grande para ti.

Apenas diez años más tarde, Filipo murió asesinado y Alejandro, un muchacho de solo dieciocho años, heredó el trono de Macedonia. Y tal y como le había anunciado su padre, en los trece años que duró su reinado, conquistó toda Grecia y todos los territorios del inmenso imperio Persa, y llegó a convertirse en el rey más poderoso que hubiera existido jamás sobre la tierra.

Libró muchas batallas, y recorrió miles de kilómetros conduciendo a sus soldados de victoria en victoria, y siempre lo hizo a lomos de Bucéfalo, desde Macedonia hasta el río Hidaspes, cerca de Pakistán, donde su fiel caballo negro, con casi treinta años de edad, murió de viejo.

En su honor, Alejandro fundó allí la única ciudad del mundo dedicada a un caballo: Alejandría Bucefalia. Tres años más tarde, también murió Alejandro, y juntos entraron para siempre en la leyenda.

ALEJANDRO MAGNO

Alejandro Magno de Macedonia (356–323 a.C.) estuvo destinado desde su infancia a grandes empresas. Su padre Filipo II se encargó de convertirlo en un rey soldado, pero confió también su formación intelectual a una de las grandes figuras de la filosofía antigua: Aristóteles.

Tras el asesinato de su padre llegó al trono. Primero sometió a todo el mundo griego y, una vez logrado, emprendió una de las mayores aventuras de la Historia que, en realidad, había proyectado su padre. Al mando de su ejército, cruzó a Asia en 334 a.C. con el propósito de apoderarse del gigantesco imperio Persa de Darío III.

Su habilidad a la hora de dirigir a sus ejércitos en el campo de batalla ha sido pocas veces igualado, y sus victorias contra los persas en las batallas de Gránico, Issos y Gaugamela han quedado para siempre entre las grandes joyas del genio militar.

Pero, además de sus dotes como general, Alejandro fue también un político visionario e innovador. En lugar de someter a los persas al dominio y la cultura de sus nuevos señores griegos, Alejandro concibió un nuevo imperio en el que se fusionarían la cultura griega y las diferentes culturas orientales. Es el llamado helenismo, un modo de entender la vida que se prolongó durante siglos en todo el Mediterráneo oriental y en el Próximo Oriente.

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