El Jarama

Rafael Sánchez Ferlosio

Fragmento

cap-2

* El autor se refiere a la sexta edición publicada por Ediciones Destino en la colección Áncora y Delfín en febrero de 1965.

* Ángel González, «Ayer» (del libro Sin esperanza, con convencimiento, 1961), en Poemas, Madrid, Cátedra, 1980, p. 63.

* Entre los estudios que mejor iluminan el simbolismo de la novela son los que siguen: Edward C. Riley, «Sobre el arte de Sánchez Ferlosio: Aspectos de El Jarama», Filología, 9 (1963), pp. 201-221 (versión corregida en Rodolfo Cardona, ed., Novelistas españoles de postguerra, I, Madrid, Taurus, 1976, pp. 123-141; por esta versión se cita). Pedro Carrero Eras, «Lo concreto y lo mágico en El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio», en Homenaje universitario a Dámaso Alonso, Madrid, Gredos, 1970, pp. 265-272. José Schraibman-William T. Little, «La estructura simbólica de El Jarama», en Philological Quarterly, 51 (1972), pp. 329-342. Darío Villanueva, «El Jarama» de Sánchez Ferlosio: Su estructura y significado, Universidad de Santiago de Compostela, 1973, 167 pp. Antonio Risco, «Una relectura de El Jarama, de Sánchez Ferlosio», en Cuadernos Hispanoamericanos, 288 (junio 1974), pp. 700-711. Ricardo Gullón, «Recapitulación de El Jarama», en Hispanic Review, 43 (1975), pp. 1-23. F. García Sarriá, «El Jarama. Muerte y merienda de Lucita», en Bulletin of Hispanic Studies, 53 (1976), pp. 323-337. [Recuérdese que este texto está escrito en 1984. Nota del editor.]

* Antonio Risco (art. cit., p. 701) precisó cuidadosamente el «objetivismo hispano» de Ferlosio.

* Rafael Sánchez Ferlosio, El Jarama, Barcelona, Destino, junio 1970, p. 358.

* Antonio Risco, art. cit., p. 705.

* Véase E. C. Riley, art. cit., pp. 129-130, y Darío Villanueva, op. cit., pp. 83-86, donde se recogen, junto a las explícitas, las referencias implícitas. (El libro de Villanueva contiene, entre otros análisis excelentes, una exposición minuciosa de los núcleos de simultaneidad en la novela.)

* José Berraquero, «Los objetos», en Cuadernos Hispanoamericanos, 263-264 (mayo-junio 1972), pp. 560-571. Las observaciones y clasificaciones propuestas aquí son muy certeras; la valoración tiende a mostrar los aspectos negativos y deshumanizados del mundo de El Jarama, erróneamente a nuestro modo de ver.

* El estudio más completo en tal aspecto es el de Gregorio Martín, «Juventud y vejez en El Jarama», en Papeles de Son Armadans, 77 (1975), pp. 9-33. Ricardo Gullón (art. cit., pp. 20-22) traza una detenida semblanza de Mely.

* De gran interés es el estudio de Fernando Poyatos, «Paralenguaje y kinésica del personaje novelesco: nueva perspectiva en el análisis de la narración», en Revista de Occidente, 113-114 (septiembre 1972), pp. 148-170.

* Cesare De Michelis, Alle origini del neorealismo, Cosenza, Lerici, 1980, p. 65.

* Antonio Risco, art. cit., p. 710.

* Alúdese a Rafael Sánchez Ferlosio, Las semanas del jardín. Semana segunda: Splendet dum frangitur, Madrid, Nostromo, 1974.

* Además de los citados estudios de Riley, Schraibman y Little, Villanueva y García Sarriá, véase «Prosaísmo y lirismo en El Jarama», de Robert C. Spires, en su libro La novela española de posguerra, Madrid, Cupsa, 1978, pp. 148-172.

* Antonio Machado, «Galerías», del libro Nuevas canciones, ed. de José M.ª Valverde, Madrid, Castalia, 1971, p. 123.

* Los domingos de agosto de 1954 fueron los días 1, 8, 15, 22 y 29. Una consulta a la prensa madrileña de ese mes y año resolvería la supuesta «fecha exacta»; pero no se trata de entrar dentro del cuadro, como aquel pájaro simple, y picar aquellas uvas tan bien pintadas que parecían de verdad.

* En el artículo correspondiente a «Jaureguibeitia, Cástor» (alias «Cocherito de Bilbao») del libro Los toros, de José María de Cossío, III, Madrid, Espasa-Calpe, 1945.

* Se señalan entre paréntesis las páginas de la edición de este libro mencionada en la nota 12.

* Sentimiento o sentimentalidad compartida de que habló Antonio Machado (Manuel Vázquez Montalbán, Crónica sentimental de España, Barcelona, Lumen, 1971, p. 37).

* Martin Heidegger, El Ser y el Tiempo, traducción de José Gaos, México, Fondo de Cultura Económica, 2.ª ed., 1971, p. 419. Dijo Lope de Vega «que a veces los lugares son historias» (El peregrino en su patria, ed. de J. B. Avalle-Arce, Madrid, Castalia, 1973, p. 266).

* La formulación más despectiva es, probablemente, aquella del «aburrimiento mortal que nos invade al cabo de un par de cientos de páginas de conversaciones triviales» y «la trampa final a la que recurre el autor para levantar al nivel de lo dramático una jornada anodina vivida anodinamente» (Carlos Blanco Aguinaga-Julio Rodríguez Puértolas-Iris M. Zavala, Historia social de la literatura española, III, Madrid, Castalia, 1979, p. 199).

* Riley fue el primero en analizar —espléndidamente— los presagios y los efectos, en su fundamental estudio citado.

* Eugenio de la Nora, La novela española contemporánea (1939-1967), III, Madrid, Gredos, 2.ª ed., 1970, p. 279.

* Sobre la compasión en la novela de Rafael Sánchez Ferlosio hace reflexiones atinadísimas Edward C. Riley (art. cit., p. 139).

cap-1

NOTA DE LOS EDITORES

 

 

Escribe Rafael Sánchez Ferlosio en «La forja de un plumífero»: «Sobre El Jarama, lo primero que hay que decir —o confesar— es de qué manera se escribió. Cuando me llegó la hora de servir, [mi amigo] Víctor Sánchez de Zavala me dijo que las “milicias universitarias” no eran para mí, que era mejor que entrase en el sorteo de los soldados. Me tocó Marruecos. Allí —salvo uno de Alcoy, Francisco Vilaplana, estudiante de semíticas, que había ido para soltarse con el árabe, y después renegaba porque nadie lo hablaba bien, sino entremezclado con dialectos cheljas— todos mis conmilitones eran, naturalmente, de las clases más modestas, y yo empecé a aficionarme con el habla popular. Ya conocía el habla rural extremeña, pero no las del resto de la antigua Corona de Castilla; una vez licenciado, empecé a hacer una lista de todo lo que recordaba del servicio, que se fue extendiendo muchísimo con toda clase de palabras, giros, “modismos”, construcciones o retorsiones sintácticas —con doble, triple y hasta cuádruple negación, puesto que ahora mi fuente casi única era naturalmente el habla de Madrid—, que yo apuntaba sistemáticamente. Estas larguísimas listas fueron la urdimbre sobre la que se tejió, incluso argumentalmente, El Jarama. Si hoy volviese sobre él, creo que podría señalar qué conversaciones fueron orientadas y a menudo inventadas de raíz sin más motivo que el de abrirle sitio a tal o cual ítem de mis listas. Todo estaba, así pues, al servicio del habla, aunque algunos han querido ver una “novela social”, incluso llena de dobles intenciones antifranquistas, como no sé qué loco que en la palabra tableteo usada para el ruido del tren (entonces todavía los trenes tableteaban, a causa de las juntas de dilatación de los carriles o de los vagones hechos de madera) descubrió una “metáfora” ¡de las ametralladoras en la batalla del Jarama! Fue Castellet el que, con una crítica pronta, autorizada y entusiasta, levantó esa liebre ficticia de canódromo como una liebre viva, saludándola como la gran novela realista del antifranquismo. Por eso digo que El Jarama es, en verdad, una invención de Castellet. Me dieron hasta un banquete en el Café Varela, y, tal vez ya semiconsciente del enorme bluff, sentí tanta vergüenza y tanta agorafobia que incurrí en la terrible grosería de no levantarme a dar las gracias por el homenaje y por los varios discursos [...] Más tarde, algunos, que, acaso con el solo fundamento de mi atribuida calidad de escritor del “realismo socialista”, suponían que yo era comunista, se explicaron mi nuevo género de vida con el invento más gracioso: que el PC me había “sacrificado” para que escribiese “la gramática del Partido”…» (El Archipiélago. Cuadernos de Crítica de la Cultura, núm. 31, invierno de 1980, p. 80).

Si se concede crédito a estas palabras —y no parece haber razón alguna para no hacerlo—, habrá que convenir que pocas veces, al menos en la reciente historia de la literatura española, se ha producido un desfase, una desproporción tan grande entre las intenciones que animaron la escritura de un libro y la resonancia obtenida por éste. Pues lo cierto es que El Jarama, novela con la que Sánchez Ferlosio obtuvo el Premio Nadal en 1956, y que mereció ser distinguida el año siguiente con el Premio de la Crítica, fue celebrada, desde el momento mismo de su publicación, como un acontecimiento destinado a imponer un nuevo rumbo al desarrollo de la narrativa española de posguerra.

Las reseñas que el libro recabó en su día fueron casi unánimemente laudatorias, pero es verdad que su condición de «hito» es consecuencia, en no escasa medida, del lugar tan destacado que muy pronto le atribuyó Josep Maria Castellet, a quien la aparición de El Jarama le vino como anillo al dedo para ilustrar las tesis que por esos mismos días estaba él perfilando, y que darían lugar a un libro también decisivo para los rumbos de la narrativa española de aquellos años: La hora del lector (1957).

Retrospectivamente, resulta aleccionador considerar los efectos del tiempo sobre estos dos títulos —El Jarama y La hora del lector— cuyo impacto e influencia fueron tan determinantes, al menos hasta bien entrada la década de los sesenta. En la actualidad, La hora del lector es un texto obsoleto, al que sólo acuden los historiadores de la literatura para sus prospecciones arqueológicas. La lectura de El Jarama, sin embargo, aun habiendo perdido parte del atractivo que irradiaba en su día, ha integrado el repertorio de lecturas escolares y universitarias de al menos tres generaciones de españoles, y sigue siendo objeto de admiración y de vivas recomendaciones.

Pocas novelas españolas posteriores a la Guerra Civil han acaparado tanta atención por parte de la crítica académica. La bibliografía en torno a El Jarama es apabullante, y cuenta con excelentes contribuciones de algunos de los más importantes hispanistas de las últimas décadas, que se han ocupado de escudriñar con detalle todos los aspectos de la novela, poniendo al descubierto su complejo sustrato simbólico (con el río como metáfora inmemorial de la vida del hombre y de su constante discurrir hacia la muerte) y la delicada trama sobre la que está urdida. El ensayo de Gonzalo Sobejano que se ofrece como apéndice de esta edición, escrito originalmente para contribuir a un volumen colectivo en homenaje a Eugenio G. de Nora (Entre la cruz y la espada: en torno a la España de posguerra, Madrid, Gredos, 1984, pp. 327-344), constituye una muestra ejemplar de la profunda perspicacia con que ha sido leída y entendida la novela. Lo cual no desdice que entre las lecturas que se han hecho de ella las haya que se extralimitan en su interpretación del texto, atribuyéndole a veces alcances tan peregrinos como el que el mismo Ferlosio comenta jocosamente, relativo a las presuntas significaciones asociadas al empleo de la palabra tableteo para describir el ruido del tren.

El caso es que, desde muy pronto, a consecuencia precisamente de la enorme fortuna obtenida por la novela, se produjo en torno a ella un malentendido fenomenal, nunca disuelto del todo. De buenas a primeras, El Jarama fue señalado —lo recuerda, como se ha visto, el propio Ferlosio— como paradigma de la novela social, extremando la vía abierta por Camilo José Cela años antes, con La colmena, publicada el mismo año 1951 en que lo fue también Industrias y andanzas de Alfanhuí, el primer libro de Sánchez Ferlosio, tan asombrosamente distinto en todos los aspectos a la novela que lo consagró.

Se ha reconocido en El Jarama «nada menos que la irrupción del proletariado como materia literaria en un país donde tal proletariado acababa de perder la Guerra Civil» (José-Carlos Mainer); la alternancia, en la novela, de las escenas de la venta y las que tienen lugar en los márgenes del río ha sido entendida como «una dualidad espacial que es también histórica, pues sugiere la existencia de una brecha entre quienes combatieron en la guerra y quienes han crecido bajo el franquismo, los primeros abrumados por su pasado y los segundos anquilosados en un presente sin más porvenir que envejecer y morir» (Jordi Gracia y Domingo Ródenas); respecto a la aparente inanidad del relato, se ha considerado que, «en su misma intrascendencia argumental, va implícito el hecho de ser una de las novelas más políticas que se han escrito en nuestras letras: el mejor modo de narrar una situación colectiva estancada es escribir un relato en el que no suceda nada; el mismo tedio que llega a producir la novela debe entenderse como un intencionado reflejo de la realidad» (Santos Sanz Villanueva).

Aun dando por plausible todo esto y más, lo único que no admite apelación es que todo en la novela, como su propio autor declara, está «al servicio del habla», lo que la convierte en modelo insuperable de objetivismo, de behaviorismo, de conductismo lingüístico (con influencia bien palpable del cine). Como escribiera Ricardo Gullón, «lo más extraordinario de El Jarama es la invención de un lenguaje que siendo el mismo para todos permite a los personajes singularizarse y hasta definirse: lenguaje de estrato o clase social dentro del cual se manifiestan las peculiaridades y el modo de ser de cada uno» («Recapitulación de El Jarama», 1975).

Por ahí es por donde mejor se explica, probablemente, el respeto y la admiración que, entre sus colegas escritores, le ha granjeado El Jarama a Sánchez Ferlosio. Muy particularmente entre los escritores de su generación, quienes saludaron El Jarama como una radical purga de toda inflación retórica y estilística, de todo amago de preciosismo: un verdadero punto de partida en lo que se refería a cómo escribir novela desentendiéndose de la problemática herencia disponible.

Pocos entendieron que, quien tan magistralmente acababa de hacer —con sacrificio de las portentosas dotes reveladas en su libro anterior— semejante borrón y cuenta nueva, renunciara a seguir por la senda así abierta. A la altura del año 1965, en un esquemático balance de la literatura española del momento, Jaime Gil de Biedma decía que, junto a La colmena de Cela y Tiempo de silencio de Luis Martín Santos, El Jarama integraba «el catálogo bien escaso de novelas valiosas aparecidas después de la guerra»; y especulaba que Ferlosio se había apartado de la literatura «por nihilismo y por un prurito muy español de fastidiar y fastidiarse». Más comprensivo y perspicaz, Miguel Delibes, lector sagacísimo de Ferlosio, a quien siempre tuvo en la más alta estima, pensaba que ese apartamiento se debía a que «Ferlosio no quiere saber nada, no quiere oír hablar de novela; la novela, sencillamente, le aburre».

Lo cierto es que Ferlosio ha sido el primer y más recalcitrante detractor de El Jarama. «Si lo hubiera escrito otro diría: ¡Pero qué pelmazo!», declaraba en una entrevista de 1986. Por lo demás, él mismo ha explicado abiertamente lo que ocurrió: «Tras escribir El Jarama —entre octubre del 54 y marzo del 55—, agarré la Teoría del lenguaje, de Karl Bühler, y me sumergí en la gramática y en la anfetamina. Cuando un clérigo da lugar a algún escándalo, la discretísima Iglesia Católica, experta en tales trances, lo retira rápidamente de la circulación, y al que pregunta por él tras haber advertido su ausencia, se le contesta indefectiblemente: “Oh, el padre Ramoneda se ha recogido para dedicarse a altos estudios eclesiásticos”; a mí no me hizo falta ningún obispo que me retirase, sino que me bastó con el inmenso genio de Karl Bühler y la irresistible sugestión teórica y expositiva de su obra —y quizá algo de horror o repugnancia por el grotesco papelón del literato que, tras el éxito de El Jarama, se cernía como un cuervo sobre mi cabeza— para retirarme de la circulación y consagrarme a “altos (o bajos) estudios gramaticales” durante quince años» («La forja de un plumífero», cit., pp. 74-75).

Y añade, poco más adelante: «Nunca me lo he pasado mejor».

cap-2

NOTA A LA SEXTA EDICIÓN*

Como quiera que a lo largo de los nueve años que la presente novela lleva a merced del público han sido no pocas las personas que, creyendo hacer un cumplido a mi propia obra, me han dicho «lo que más me gusta es la descripción geográfica del río con que se abre y se cierra la narración», y visto que las comillas que acompañan a esta descripción no surten —a falta de otra indicación, cuya omisión hoy me resulta del todo imperdonable— los efectos de atribución —o de no atribución— deseados, es mi deber consignar aquí de una vez para siempre su verdadera procedencia, devolviendo así al extraordinario escritor a quien tan injusta como atolondradamente ha sido usurpada, la que yo también, sin sombra de reticencia ni modestia, coincido en considerar con mucho la mejor página de prosa de toda la novela. Puede leerse, con leves modificaciones, en: Casiano de Prado, Descripción física y geográfica de la Provincia de Madrid, Imprenta Nacional, Madrid, 1864, páginas 10 y 11. Aunque sólo me pueda servir como atenuante, he de añadir en mi descargo que fueron precisamente las pequeñas alteraciones por medio de las cuales ajusté el texto original de don Casiano a mis propias conveniencias prosódicas —toda vez que el comienzo y el final de un libro son lugares prosódicamente muy condicionados— las que pesaron en mi ánimo para resolverme a omitir la procedencia. Pero conservar el equívoco sería hoy, por mi parte, amén de la violación de las más elementales normas de cortesía literaria que en todo caso supondría, y a la vista de cómo han ido las cosas, la más escandalosa ingratitud.

RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO

cap-3

EL JARAMA

cap-4

El agua que tocamos en los ríos es la postrera de las que se fueron y la primera de las que vendrán; así el día presente.

LEONARDO DA VINCI