
CAPÍTULO 1
CÓMO EMPEZÓ TODO
No te puedes creer todo lo que oyes, ni siquiera en Sidwell, Massachusetts, un lugar donde se supone que todo el mundo dice la verdad y las manzanas son tan dulces que la gente viene incluso desde sitios tan lejanos como la ciudad de Nueva York durante el festival de la manzana. Corre el rumor de que una criatura misteriosa vive en nuestro pueblo. Algunos insisten en que se trata de un pájaro más grande que un águila; otros dicen que es un dragón, o un murciélago enorme que tiene el aspecto de una persona. No cabe la menor duda de que este ser, humano, animal o algo entre medias, no existe en ninguna otra parte de este mundo. Los niños dicen entre cuchicheos que tenemos a un monstruo entre nosotros, en parte hombre, en parte un mito, y que los cuentos de hadas se hacen realidad en el condado de Berkshire. En la tienda y en la gasolinera de Sidwell, los turistas pueden comprarse camisetas decoradas con una bestia alada de ojos rojos con un «Ven a Sidwell» impreso debajo.
Cada vez que veo una de esas camisetas en una tienda, se me cae sin querer dentro del cubo de la basura.
En mi opinión, la gente debería tener cuidado con las historias que cuenta.
De todas formas, siempre que algo desaparece, le echan la culpa al monstruo. Los fines de semana son los peores días de estos extraños robos. En los repartos que van a la cafetería Starline faltan varias barras de pan de su pedido habitual. Desaparecen prendas de ropa de los tendederos. Yo sé que no existe nada semejante a un monstruo, pero en mi familia sí que hemos sufrido al ladrón, la verdad. Había cuatro empanadas enfriándose en la encimera de la cocina y, un minuto después, alguien se había dejado abierta la puerta de atrás y faltaba una de ellas. Un viejo edredón que nos habíamos dejado en el porche desapareció un sábado. No había huellas en nuestro césped, pero sí que sentí un cosquilleo de miedo cuando me quedé en la puerta de atrás aquella mañana, mirando hacia el bosque. Creí haber divisado una figura solitaria que corría por una arboleda, pero podría haber sido solo la niebla, al elevarse del suelo.
Nadie sabe quién se lleva estas cosas, si alguien se dedica a gastar bromas, si alguien —o algo— se encuentra realmente necesitado, o si se trata de esa criatura que todo el mundo asume que vive dentro de los límites de nuestro pueblo. La gente de Sidwell discute tanto como la de cualquier otro sitio, pero todos coinciden en algo: a nuestro monstruo solo se le puede ver por la noche, y solo si en ese momento estás mirando por la ventana, o paseando por algún camino cerca de los huertos, o si justo da la casualidad de que pasas por delante de nuestra casa.
Vivimos en el Camino Viejo de la Montaña, en una granja que tiene más de doscientos años, llena de recovecos y con tres chimeneas de ladrillo, todas ellas lo bastante grandes como para que yo quepa dentro de pie, aunque soy alta para los doce años. Desde nuestra puerta principal hay una vista impresionante de los bosques que cuentan con los árboles más antiguos de Massachusetts. A nuestra espalda hay ocho hectáreas de huertos de manzanas. Cultivamos una variedad especial que se llama Rosa. Uno de mis antepasados plantó el primer manzano Rosa de Sidwell. Algunos cuentan que el mismísimo John Chapman, «Johnny Manzanas», el que trajo los manzanos a los Estados Unidos y los extendió por todo el país, le regaló a nuestra familia un arbolito único cuando pasó por nuestro pueblo camino del oeste. Hacemos salsa de manzana rosa, tarta de manzana rosa y dos tonos de pastel de manzana rosa, uno claro y otro oscuro. En verano, cuando aún no tenemos manzanas, sí tenemos pastel rosa de frambuesa y melocotón, y hacia el final de la primavera tenemos el pastel rosa fucsia de ruibarbo y fresas, que hacemos con las frutas que crecen en el jardín de detrás de nuestra casa. El ruibarbo parece apio rojo; es más amargo, pero está delicioso al combinarlo con las fresas. Me gusta la idea de mezclar algo amargo con algo dulce para formar algo increíble. Tal vez se deba a que procedo de una familia en la que no esperamos que cada uno de nosotros sea como cualquier otra persona. No ser normal es de lo más normal para los Fowler.
Dicen que la masa de hojaldre de mi madre es la mejor de Nueva Inglaterra, y que nuestra sidra rosa es famosa en todo el estado de Massachusetts. Viene gente desde lugares tan lejanos como Cambridge y Lowell tan solo para probarlas. Llevamos la mayoría de nuestros pasteles y magdalenas para que los vendan en la tienda del pueblo que dirige el señor Stern, que es capaz de vender tantos como mi madre alcanza a preparar. Siempre he deseado parecerme un poco más a ella en lugar de ser tan torpe y desgarbada como soy. De niña, mi madre asistía a clases de ballet en la Escuela de Danza de la señorita Ellery, en el pueblo, y todavía conserva el garbo, incluso cuando recoge manzanas o arrastra cestos de fruta por la hierba. Yo, sin embargo, tengo los brazos y las piernas demasiado largos, y me suelo tropezar con mis propios pies. Lo único que se me da bien es correr. Y guardar secretos. Soy genial en eso. He tenido mucha práctica.
Mi madre tiene el pelo del color de la miel, y se lo recoge con un pasador de plata siempre que hace tartas y pasteles en el horno. Yo tengo el pelo oscuro; a veces ni siquiera sé de qué color es, una especie de castaño negruzco, del color de la corteza de un árbol, o de una noche sin estrellas. Se me enreda tanto cuando voy por el bosque que este año me lo he cortado de pura frustración, le pegué unos tajos, sin más, con unas tijeras para las uñas, y ahora lo tengo peor que nunca, aunque mi madre me dice que parezco un duendecillo. Parecer un duendecillo no era lo que yo buscaba. Lo que quería era parecerme a mi madre, de quien todo el mundo dice que era la niña más guapa del pueblo cuando tenía mi edad, y que ahora es la mujer más bella de todo el condado.
Pero también está terriblemente triste. Cuando sonríe es una especie de milagro, así de extraño es. Los del pueblo siempre son amables con mi madre, pero cuchichean y se refieren a ella como «la pobre Sophie Fowler». No somos pobres, aunque mi madre no ha dejado de trabajar como una mula desde que fallecieron sus padres y regresó para hacerse cargo del huerto. De todas formas, sé por qué la gente siente lástima de ella. Yo también la siento. A pesar de haber crecido aquí, en el pueblo, mi madre siempre está sola. Al atardecer sale, se sienta en el porche y lee hasta que el sol se hunde en el cielo y la luz comienza a desvanecerse. Me recuerda a los búhos del bosque, que echan a volar en cuanto ven a alguien. Cuando bajamos por la Avenida Principal, camina deprisa, con un paso que más bien parece que va a la carrera, saludando con la mano si alguna de sus viejas amigas del instituto le dice «hola», pero jamás se detiene a charlar. Evita la cafetería Starline. Demasiada vida social. Demasiada gente a la que podría conocer del pasado. La última vez que fuimos juntas era mi cumpleaños, y le supliqué algo especial. Quizá porque siempre he tenido montones de tartas, pasteles y magdalenas, el postre por el que me pirro es el helado. Puede que sea lo que más me gusta comer de todo el mundo, lo que me imagino que comería un duendecillo de verdad, si es que comen algo. Me encanta la sensación de escalofrío que te produce el helado, como si estuvieras envuelta en una nube fría.
Mi madre y yo nos sentamos en un reservado que había en un rincón y pedimos dos helados con soda para celebrar que yo cumplía los doce años. El doce es un número misterioso, y siempre había pensado que me sucedería algo excepcional después de aquel cumpleaños, así que me sentía muy animada al respecto del futuro, algo que no va mucho conmigo. Lo pedí de chocolate, y mi madre lo pidió de fresa. La camarera era una mujer amable llamada Sally Ann que conocía a mi madre de cuando eran pequeñas. Se acercó a nuestra mesa y, cuando le solté que era mi cumpleaños, me dijo que a los doce mi madre y ella eran amigas íntimas. Miró a mi madre con cara de pena.
—Y, ahora, los años han pasado volando y ya no sé nada de ti, Sophie. —Se diría que a Sally Ann le dolía realmente que aquella amistad se hubiese terminado—. ¿Por qué te escondes ahí arriba, en el Camino Viejo de la Montaña, cuando todas tus amigas te echan de menos?
—Ya me conoces —dijo mi madre—. Tengo la costumbre de ser reservada.
—Eso no es cierto ni muchísimo menos —insistió Sally Ann. Se giró hacia mí—. No le hagas caso. Tu madre era la chica más popular de Sidwell, pero entonces se marchó a Nueva York, y cuando volvió no era la misma. Ahora no habla con nadie. ¡Ni siquiera conmigo!
En cuanto llamaron a Sally Ann de vuelta a la barra, mi madre susurró:
—Vámonos.
Nos escabullimos por la puerta antes de que apareciesen nuestros helados con soda. No sé si a mi madre se le habían saltado las lágrimas, pero tenía pinta de estar triste a más no poder. Y más triste aún cuando Sally Ann salió corriendo detrás de nosotras y nos entregó nuestros helados para llevar, en unos vasitos de papel.
—No era mi intención hacer que te fueras —se disculpó Sally Ann—. Solo te estaba diciendo que te echaba de menos. ¿Te acuerdas de cuando estábamos juntas en clase de ballet y siempre llegábamos pronto para poder tener todo el sitio para nosotras y bailar haciendo el tonto?
Mi madre sonrió con aquel recuerdo. En aquella expresión que se le pasó por el rostro pude ver quién era ella antes.
—Siempre me cayó bien Sally Ann —dijo mientras nos alejábamos en coche—, pero ahora no podría ser sincera con ella, en ningún caso, ¿y cómo vas a tener una amiga si no le puedes contar la verdad?
Entendía por qué mi madre no podía tener amigas, y por qué mi destino era el mismo. Yo tampoco podría contar la verdad, aunque a veces me daban tantas ganas de soltarla a gritos que me ardía la boca. Podía sentir cómo me picaban las palabras que me moría por decir, como si me hubiese tragado unas abejas que estuviesen desesperadas por liberarse. Esto es lo que soy. Eso gritaría. Tal vez no lleve una vida como la tuya, ¡pero soy Twig Fowler, y tengo algo que decir!
La mayoría de las tardes y los fines de semana no nos aventurábamos a salir de casa. Esa era nuestra vida, nuestro destino, y de nada serviría quejarse. Supongo que lo podríamos llamar «el destino de los Fowler», pero yo sabía que Sally Ann tenía razón. No siempre había sido así. Había visto las fotografías y los álbumes de recortes en un armario, arriba, en el desván. Antes, mi madre era distinta. En el instituto estaba en el equipo de atletismo y en el club de teatro. Parecía que siempre estaba rodeada de amigos, patinando sobre hielo o tomándose un chocolate caliente en la cafetería Starline. Organizó un Maratón de Repostería para recaudar dinero para el Hospital Infantil de Sidwell, y preparó un centenar de empanadas en una semana, que se vendieron al mejor postor.
Al acabar el instituto, decidió que quería ver mundo. Era muy lanzada por aquel entonces, e independiente. Le dio un beso de despedida a sus padres y se marchó del pueblo en un autobús de línea. Era joven y testaruda, y soñaba con convertirse en chef; no en cocinera en la cafetería Starline, que ya lo había hecho los fines de semana durante toda su época de instituto, sino en una auténtica chef en un restaurante de talla mundial. Su especialidad siempre fueron los hojaldres. Se marchó a Londres y después a París, donde vivía en un apartamento minúsculo y asistía a clases con los mejores cocineros. Iba caminando por riberas neblinosas hasta los mercados agrícolas, donde compraba unas peras tan dulces como el caramelo. Finalmente, acabó en la ciudad de Nueva York. Fue allí donde conoció a mi padre. Lo más que está dispuesta a contarme es que a un conocido de ambos se le ocurrió que serían perfectos el uno para el otro, y resultó que lo eran. Mi padre la estaba esperando cuando aterrizó su avión, fue hasta allí para ayudarla a moverse por Manhattan. Antes de que el taxi llegase a su nuevo apartamento, ya se habían enamorado.
Sin embargo, rompieron antes de que mi madre regresara a casa para el funeral de sus padres: mis abuelos tuvieron un accidente de coche durante la temporada de aludes de barro. Sucedió en el bosque de Montgomery, donde los árboles son tan altos y tan antiguos que parece oscuro incluso a mediodía, y hay varias curvas de herradura que te da un vuelco el estómago cuando conduces por ellas. Perder a mis abuelos fue una pena terrible, aunque yo no fuese más que una cría. Los recuerdo en pequeños fragmentos aquí y allá: un abrazo, una canción, una risa, alguien que me lee un cuento sobre una niña que se pierde y encuentra el camino a casa a través del bosque dejando un rastro de migas, o siguiendo las plumas de color negro azulado de los cuervos.
Cuando regresamos a Sidwell, yo iba en el asiento de atrás del viejo coche familiar, que a duras penas llegó hasta Massachusetts. Era muy pequeña, pero recuerdo que miré por la ventana y vi Sidwell por primera vez. Mi madre nos cambió el apellido y nos volvió a poner Fowler en lugar del apellido de mi padre, fuera el que fuese, y se hizo cargo del huerto. Todos los años contrata a gente que está de paso en el pueblo y que necesita un trabajo. Son ellos quienes recogen la manzana y elaboran la sidra, pero es mi madre quien hace toda la repostería. Si alguna vez la invitan a alguna celebración o evento en el pueblo, escribe una nota declinando la invitación con toda cortesía. Algunos dicen que somos unas esnobs porque antes vivíamos en Nueva York y ahora esperamos que la vida pase veloz y llena de emociones igual que en Manhattan, y otros creen que nos consideramos demasiado buenas para un pueblecito donde casi nunca cambia nada. Además, hay otros que se preguntan qué fue de aquel marido que mi madre encontró y perdió en Nueva York.
La gente de Sidwell dirá lo que quiera, pero no conocen toda la historia, y si somos listas, jamás la conocerán.
Cuando volvimos al pueblo desde Nueva York, yo no era la única que iba en el asiento de atrás del coche.
Por eso regresamos cuando todo estaba oscuro.
Aunque soy tímida, conozco a la mayoría de la gente de Sidwell, o al menos sé cómo se llaman, salvo los nuevos vecinos que se acaban de mudar a la casa que linda con nuestras tierras. He oído hablar de ellos, cómo no, en la tienda del pueblo. Había ido hasta allí en bicicleta a entregar dos cajas de magdalenas de fresa, tan dulces que llevaba detrás de mí lo que me parecía un enjambre entero de abejas. Hay un grupo de hombres que se toma el café en la tienda del pueblo antes de ir a trabajar. Para mí, aunque no se lo digo a nadie, son «los Cotillas». Son carpinteros y fontaneros, y hasta el cartero y el sheriff se les unen en ocasiones. Les da por opinar al respecto de cualquier cosa, hacen comentarios sobre todo el mundo y cuentan unos chistes sobre el monstruo que a ellos les parecen graciosos: «¿Qué se hace con un monstruo verde? Pues esperas a que madure». «¿Cuál es la fruta favorita de un monstruo? El coco».
Cuando la charla se pone seria, algunos de ellos juran que algún día se va a organizar una cacería del monstruo y que se van a acabar las desapariciones de objetos en el pueblo. Ese tipo de conversaciones siempre me ponen los pelos de punta. Por suerte, últimamente la mayoría de las charlas han tratado sobre si van a convertir el bosque en una urbanización: más de cuarenta hectáreas propiedad de Hugh Montgomery. A él se le ve todavía menos que a nosotras. Los Montgomery viven en Boston y solo vienen a Sidwell en vacaciones y los fines de semana. Antes pasaban aquí los veranos, pero la gente dice que ahora es más probable que vayan a Nantucket o a Francia. En los últimos tiempos han subido unos camiones al bosque, por la mañana temprano, cuando hay niebla en las hondonadas. Los del pueblo no tardaron en imaginarse que estarían examinando los suelos y el agua. Fue entonces cuando empezaron a sospechar acerca de las intenciones de Montgomery.
Yo tenía otras cosas en las que pensar, así que no presté demasiada atención. El bosque siempre había estado ahí, y me imaginaba que ahí seguiría siempre. Andaba más concentrada en el hecho de que se estuviesen mudando unos nuevos vecinos a la finca contigua a nuestro huerto. Eso era un notición para nosotras. Nunca habíamos tenido vecinos. La Cabaña de la Paloma Lúgubre, abandonada durante años, siempre ha tenido palomas que anidan cerca. Puedes oír su zureo si te aproximas caminando y te metes en el jardín lleno de maleza, de zarzas y cardos. La cabaña tenía las ventanas rotas y el techo medio hundido y cubierto de musgo. Era un lugar sombrío y desolado, una zona que la mayoría de la gente del pueblo evitaba. No son solo los Cotillas los que dicen que mucho tiempo atrás allí vivía una bruja. Todo el mundo coincide en que la Bruja de Sidwell fue una de las vecinas, hasta que le rompieron el corazón, y cuando desapareció del pueblo nos dejó una maldición.
A lo mejor los niños se acercan hasta el límite del jardín y se quedan escuchando a las palomas, puede que se desafíen a ver si alguno se atreve a llegar hasta el porche, pero salen corriendo en cuanto uno de esos búhos negros tan raros que hay en Sidwell pasa volando en la distancia, y no entran nunca. Yo llegué hasta el porche una vez. Abrí la puerta de delante, aunque no fui más allá del umbral, y después de eso tuve pesadillas durante semanas.
Cada año, en el mes de agosto, el grupo más joven del campamento de verano representa en el ayuntamiento una obra de teatro sobre la Bruja de Sidwell. Cuando yo era pequeña, la profesora de teatro —Helen Meyers— quería que fuera la bruja.
—Me da la sensación de que serás la mejor Agnes Early que hemos tenido nunca —me dijo—. Tienes un talento natural, y eso no se ve todos los días.
Era un honor que me diesen el papel protagonista, y estaba orgullosa de que me hubiesen elegido. Desde que era muy pequeña deseaba ser actriz y, tal vez, escribir obras cuando fuese más mayor, pero mi madre vino al ensayo antes de que dijese mi última frase: «¡No os entrometáis en mis asuntos si sabéis lo que os conviene a vosotros y a los vuestros!».
Molesta, se llevó aparte a la señora Meyers.
—¿Mi hija es la bruja?
—Lo lleva en la sangre —anunció contentísima la señora Meyers.
—¿Ser una bruja? —Mi madre parecía confundida y ofendida.
—En absoluto, querida. La interpretación. No son muchos los niños que tienen verdadero talento, pero, cuando lo tienen, suelen ser los tímidos. Florecen en el escenario.
—Me temo que mi hija no podrá continuar con esto —le dijo mi madre a la señora Meyers.
Me quedé tan impresionada que no pude decir ni pío. Solo pude quedarme mirando, muda, mientras mi madre informaba a la profesora de teatro de que yo no estaría en la obra, ni siquiera como miembro del coro. Tenía un amigo en aquel entonces, el primero y el único, un niño con el que compartía el almuerzo todos los días. Los dos éramos tímidos, supongo, y corríamos muy rápido. Lo que recuerdo es que vino y se quedó a mi lado el día en que me marché del campamento y me cogió la mano, porque ya me había echado a llorar. Apenas tenía cinco años, pero me sentía tan disgustada que, cuando llegamos a casa, estuve sollozando hasta que se me enrojecieron los ojos. Mi madre se sentó a mi lado e hizo lo que pudo para consolarme, pero me aparté de ella. No comprendía cómo podía ser tan mala conmigo. En ese momento pensaba en mí misma como en una rosa cortada antes de haber tenido la oportunidad de florecer.
Esa noche, mi madre me trajo la cena a mi cuarto, sopa casera de tomate con picatostes. Había un pastel rosa de frambuesa y melocotón, pero el postre no lo toqué. Me di cuenta de que mi madre también había estado llorando. Me contó que había una desafortunada razón por la cual no podía formar parte de la obra. Nosotras no éramos como el resto de la gente del pueblo. Nosotras sabíamos de sobra que no había que reírse de una bruja. Acto seguido, mi madre me susurró lo que te podía hacer una bruja si hacías que se enfadase. Podía hechizarte, que es lo que ella le hizo a nuestra familia hace más de doscientos años. Y todavía estábamos pagando el precio de aquella maldición. Podría escribir mis propias obras de teatro e interpretarlas arriba, en el desván, inventarme historias, ponerme toda la ropa antigua que había encontrado en un baúl metálico, pero no podría ridiculizar a la Bruja de Sidwell.
Mi madre tenía una mirada que ya había aprendido a reconocer. Cuando tomaba una decisión, no había vuelta atrás. Ya podía rogar y suplicar, que, una vez que se decidía, se acabó lo que se daba.
Hicimos en el horno las magdalenas de manzana rosa que se iban a servir en la fiesta después de la obra, pero no asistimos a la función. En lugar de eso, nos sentamos en un banco del parque del centro de Sidwell mientras caía la oscuridad en el cielo. Oímos la campana del ayuntamiento cuando dio las seis. Oímos el eco del público al aplaudir a la nueva bruja cuando empezó la representación.
Creo que aquella tarde fue el comienzo de mi soledad, una sensación que he llevado bien recogida, un secreto que jamás podría contar. A partir de entonces, dejé de llorar cuando algo me contrariaba. Me guardaba el dolor sin más, lo iba acumulando como si fuera una torre de estrellas caídas del cielo, invisibles para la mayoría, pero que ardían dentro de mí con un brillo muy intenso.
Hacia el final de la primavera, los nuevos vecinos se mudaron a la Cabaña de la Paloma Lúgubre, el momento del año en que el huerto estaba en flor con un halo rosáceo. Los carpinteros se habían pasado meses dando martillazos y aserrando, atareados con la cabaña, fijando las tejas finas de madera al tejado, retirando los cristales rotos y restaurando el ruinoso porche. Los nuevos dueños de la Paloma Lúgubre contrataron a algunos de los Cotillas, a los que les encantaba contarle a los demás en la tienda del pueblo cuánto le estaban cobrando a los recién llegados por las reformas. Eran gente de la ciudad, forasteros, así que pagaron un precio muy caro por su tejado reconstruido y un porche que no se hundiese. Me pareció que aquello no era propio de unos buenos vecinos, y habría jurado que el señor Stern tenía la misma sensación.
—Cuando eres honesto con alguien, esa persona será honesta contigo —le dijo a los hombres que formaban un grupo cerca del mostrador de la caja, pero creo que yo era la única que le prestaba atención.
En esta época siempre recojo ramas en flor, las suficientes para llenar todos y cada uno de los floreros que tenemos; así el aroma de las flores de manzano se filtra por la casa, desde la cocina hasta el desván. Me paso horas acurrucada en lo alto de mi árbol favorito, uno viejo y retorcido del que se piensa que es el primer manzano que plantaron en Sidwell. Es nudoso y tiene la corteza negra y aterciopelada, aunque yo creo que las ramas son como brazos. Leo libros y hago los deberes aquí arriba; me duermo la siesta bajo un dosel de hojas. En mis sueños, los hombres y las mujeres pueden volar, y los pájaros viven en casas y duermen en camas. A veces, las palomas anidan más arriba, puedo oír el zureo de sus polluelos mientras dormito plácidamente.
Estaba subida a mi árbol preferido el día en que oí el estruendo de la camioneta de mudanzas por el camino de tierra más allá de nuestro huerto; la seguía un coche con nuestros vecinos, que se dirigían a su nuevo hogar. El polvo ascendía en pequeños torbellinos conforme se acercaba la camioneta, y por la ventanilla bajada del coche se oía a unas niñas cantando.
Me incorporé, sentada, y me quedé quieta, con los ojos entrecerrados. Debía de ser algo parecido ser un pájaro que mira hacia abajo y ve las cosas tan raras que hace la gente. Los recién llegados tenían las habitaciones llenas de muebles de roble y unas alfombras sedosas que irradiaban color. Allí estaban los padres, de aspecto amable, entrando y saliendo ajetreados de la casa, y un perro lanudo, un collie al que llamaban Beau. La mayor de las dos hermanas se llamaba Agate. Aparentaba unos dieciséis años, con el pelo rubio que le llegaba por los hombros y una risa que podía oír porque cruzaba todo el huerto. La otra, Julia, era de mi edad. Corría de un lado a otro recogiendo cajas con su nombre garabateado allí donde las habían dejado los de la mudanza, por el césped. «¡Mía!», gritaba al subir a rastras hasta el porche cada caja que acababa de encontrar. En un momento dado, se quitó los zapatos de un puntapié e hizo un bailecito en la hierba. Tenía pinta de ser alguien que sabía pasárselo bien, algo que yo aún debía aprender. No pude evitar pensar que, si yo fuese otra persona, querría ser su amiga; pero quizá una amiga querría venir a nuestra casa, y cuando le dijese que eso no era posible, tal vez quisiera saber por qué, y entonces tendría que mentirle, y sentiría esos aguijonazos en la boca que me daban siempre cuando no contaba toda la verdad.
No podía hablarle a nadie sobre mi hermano, así que aquello no tenía ningún sentido, en realidad.
Nadie sabía siquiera que yo tenía un hermano, ni mis profesores ni mis compañeros de clase, ni siquiera el alcalde, quien juraba conocer a todos y cada uno de los habitantes de Sidwell, y que a todos les había estrechado la mano. No hace mucho tiempo que vi al alcalde en la tienda del pueblo, donde estaba debatiendo sobre la meteorología y sobre el futuro del bosque de Montgomery. No se había declarado abiertamente a favor ni en contra del plan para urbanizar el bosque y construir ahí casas, tiendas y puede que hasta un centro comercial, aunque lo más probable es que en Sidwell no hubiera bastante gente para ir a comprar ahí. Se diría que la falta de personalidad mantenía al alcalde en el cargo. Una vez lo vi en el pueblo, me estrechó la mano y me lanzó una mirada penetrante, y después insistió en que le dijese mi nombre y mi edad, aunque ya me había topado con él en una docena de ocasiones. «Twig. Doce años, ¡y alta, por cierto! Me acordaré de tu cara, de tu nombre y de tu edad, ¡porque eso es lo que hace un alcalde!». Aun así, todas las veces que lo vi después de aquello entornó los ojos como si estuviese tratando de acordarse de quién podría ser yo. Tampoco le culpé. Yo me consideraba una sombra, una huella en el bosque que desaparece, una ramita en la que nadie se fijaba. Era mejor así. Mi madre siempre decía que la única forma que teníamos de seguir en Sidwell era pasar de puntillas en la vida cotidiana.
Y yo pasaba tan de puntillas que estaba a punto de volverme invisible.
Es probable que jamás hubiese conocido a las hermanas Hall y que hubiéramos seguido siendo unas desconocidas para siempre si no me hubiese caído del árbol y me hubiera roto el brazo. Me apoyé en una rama que ya estaba rajada. En condiciones normales, habría tenido más cuidado, pero estaba concentrada en mis nuevos vecinos, y la rama temblorosa terminó de romperse conmigo encima. La caída fue rápida y dura, y se me escapó un grito antes de poder impedirlo. El collie vino corriendo, con las hermanas Hall detrás. Allí estaba yo, despatarrada en el suelo y tan avergonzada que apenas pude tartamudear un «hola».
Mi nombre completo es Teresa Jane Fowler, pero todo el mundo me llama Twig, que significa «ramita», por la cantidad de tiempo que me paso subiéndome a los manzanos, aunque aquello tenía pinta de que para mí se había acabado lo de trepar, al menos durante una temporada.
—¡No te muevas! Nuestro padre es médico —anunció Agate, la hermana mayor, que regresó corriendo a la cabaña y me dejó allí con el collie y con la niña de mi edad.
Julia se presentó, y cuando le dije que yo era Twig y que vivía al lado, asintió pensativa y me dijo:
—Pensé que ojalá hubiese alguien viviendo al lado de nuestra casa y que fuera de mi edad, ¡y ha sucedido!
Tenía el pelo oscuro, como yo, pero no era tan alta. Me sentí aún peor por haberme cortado tanto el pelo. Ella lo tenía liso y largo, casi hasta la cintura. Parecíamos versiones opuestas la una de la otra.
—¿Te duele el brazo? —me preguntó.
—Estoy bien. —No era yo de las que dejaban entrever sus sentimientos—. Perfecta, la verdad.
A Julia se le arrugó la cara de preocupación.
—Yo una vez me rompí un dedo, y grité tanto que me quedé sin voz.
—Estoy bien, en serio. Creo que me voy a marchar ya a casa.
Estaba intentando hacer como si nada, pero el brazo me latía con fuerza. Se me escapó un grito ahogado al tratar de moverme. El dolor me recorrió de arriba abajo.
—¿Seguro que estás bien?
—No tan bien —reconocí.
—Grita. Te sentirás mejor. Yo grito contigo.
Nos soltamos y gritamos, y todas las palomas se elevaron en el cielo. Qué aspecto tan bonito tenían allí arriba, sobre nosotras, como unas nubes.
Julia tenía razón. Sí que me sentí mejor.
El doctor Hall salió corriendo y me examinó allí mismo, en la hierba. Era alto y lleva