Nour La historia real de una niña refugiada

Nour Esam Zeyddan

Fragmento

cap

Prólogo

Poniendo rostro y voz a las personas refugiadas

Esta historia te va a conmover, como ha conmovido a todas las personas que han tenido la oportunidad de conocerla. Es única porque así lo son los protagonistas, con sus anhelos y frustraciones, sus alegrías, miedos y soledades. A la vez, es una narración cuyo eco resuena junto al eco de millones de historias similares. «Millones», literalmente.

Nos cuesta comprender algunas realidades. Nos perdemos en las grandes cifras. Se nos escapan las razones. Nunca debemos renunciar a desentrañar y denunciar los procesos que conducen a tantas personas a huir de sus hogares: la guerra propiciada por intereses geoestratégicos, las políticas económicas fallidas, el cambio climático producido por la actividad humana. Por eso una historia particular, como la que tienes entre tus manos, dota de relieve y hondura todas las explicaciones anteriores.

La acción por cambiar las cosas es como un motor de dos tiempos. Primero, la comprensión del contexto apela a nuestro sentido de justicia. Segundo, al acercarnos a las historias concretas, nuestra empatía despierta. La indignación y la compasión se fusionan y generan el combustible que alimentará el movimiento. Ninguno de los componentes de la mezcla es suficiente por sí mismo. La buena noticia es que podemos empezar por cualquiera de los dos.

La historia de Nour —nuestra joven protagonista— busca actuar como chispa de ignición de ese motor. Acompáñala en su odisea por encontrar un lugar seguro en el que rehacer la vida con su familia. En el camino, te toparás con todo el repertorio del dolor y la esperanza humana: la separación de los tuyos y el reencuentro; el terror y el alivio; el desarraigo y la pertenencia; la hostilidad y la hospitalidad; el olvido y la memoria. Seguro que algunas de estas experiencias nos resultan familiares, y habrá otras que muchos y muchas de nosotros no hemos experimentado en persona.

La respuesta de los países europeos ante la búsqueda de protección de las personas refugiadas es indigna. No se han abierto vías legales y seguras para que las personas que huyen de la guerra no tengan que arriesgar sus vidas en rutas repletas de peligro. Por eso, tantos y tantas se quedan en el camino. Tan solo la macabra cifra de 4.500 personas ahogadas o desaparecidas en el Mediterráneo durante el año 2016 debería suponer un aldabonazo en las conciencias de la ciudadanía y los gobernantes. Sin embargo, se impone un «realismo» político inmoral abonado por la indiferencia ciudadana, cuando no el miedo y el rechazo.

Por su lado, quienes consiguen acceder al territorio encuentran muros a duras penas franqueables. Algunos de ellos son físicos, diseñados para hacer daño a quien se acerque. Otros son legales y burocráticos. Ambos tipos de barrera tienden a reforzarse en la Europa de hoy. Mientras escribo estas líneas, los países de la Unión Europea, que en septiembre de 2015 se comprometieron a acoger la ya de por sí escasísima cifra de 160.000 refugiados en los dos años siguientes, apenas han cumplido con un 16 por ciento del compromiso, a menos de seis meses de que venza el plazo. ¿Por qué? Del mismo modo, asistimos con enorme preocupación a la nueva propuesta de regulación del Sistema Europeo Común de Asilo, que rebaja notablemente los estándares de protección de las personas refugiadas. Sin lugar a dudas, busca poner las cosas aún más difíciles para las familias como la de Nour.

Junto a esta dura realidad coexiste la de muchas personas que, desde barrios, municipios y organizaciones, alzan su voz, al grito de «¡Queremos acoger! ¡Somos tierra de acogida!». Esta dimensión también encuentra su lugar en la historia de Nour. Es una parcela pequeña, pues lo más importante siempre es la voz de las personas que buscan protección. No obstante, quiero traerla aquí porque es posible que después de leer este libro quieras hacer algo.

Por eso te presento la campaña www.hospitalidad.es, promovida por varias entidades, entre ellas el Servicio Jesuita a Migrantes. En ella encontrarás información y formas de canalizar tus deseos de contribuir, bien apoyando en la acogida, en la difusión de información o en acciones reivindicativas. Para las personas que impulsamos esta iniciativa, la hospitalidad con las personas refugiadas, además de una obligación legal que emana de leyes y tratados internacionales, es un deber ético que nace de nuestra humanidad compartida y de la memoria de haber sido acogidos en épocas en las que nos tocó salir para poder ofrecer un futuro a nuestros hijos.

Termino con mi agradecimiento a la editorial Penguin Random House por su implicación en la difusión de esta historia y por su colaboración con nuestra entidad. Una parte del precio que has pagado por este libro está destinada a impulsar nuestras actividades de acogida de personas migrantes y refugiadas, de difusión sobre su situación y de defensa de sus derechos.

MIGUEL GONZÁLEZ MARTÍN

coordinador del

Servicio Jesuita a Migrantes - España

¿Has entrado en los ojos de un refugiado?

¿Has visto las puertas del desánimo?

MARWAN ABU-TAHOUN RECIO

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1

Mi nombre es Nour, y tengo quince años, pero llevo seis dando tumbos por el mundo.

Hoy, en el instituto, por las calles de Sevilla, soy una adolescente corriente, una chica más. Hago las mismas cosas que todas las chicas de mi edad: me gusta el inglés, me apasiona dibujar y se me dan bien los idiomas. Me encanta ir al cine, sobre todo a ver películas de acción. Cuando tengo un rato libre me entretengo viendo vídeos en YouTube. Me gusta pasar tiempo con mis amigas aunque no hagamos nada especial y solo quedemos para pasar el rato. Ni siquiera mi piel negra o mi pelo rizado resultan ahora tan llamativos como lo eran en mi país. O tal vez es que, con los años, también yo he aprendido a sentirme más cómoda con mi apariencia, con mi cuerpo.

Mi nombre es Nour, y esta es la historia de mi viaje.

Un viaje que empieza en Libia, el país donde nací, una primavera en la que en lugar de flores florecieron bombas.

Todavía hay mañanas que me despierto pensando que estoy allí, en medio de un bombardeo. Sigo teniendo miedo. Miedo de volver a Libia y también miedo de no volver nunca más. Miedo de pasarme la vida echando de menos a mi familia y miedo de que un día se me olvide la gente que más me importa en el mundo, que su ausencia me deje de doler.

Mi nombre es Nour, que en árabe significa «luz».

Mamá siempre dice que me llamó así porque eso fue lo que mi nacimiento trajo a la familia, en un momento en el que eso era lo que la familia más necesitaba: luz, alegría, esperanza.

Y, ahora, después de mucho tiempo de incertidumbre, por fin puedo decir que la luz, la alegría y la esperanza han regresado a mi vida.

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2

Yo fui la primera en darme cuenta de que te pasaba algo, abuelo.

Cada vez que te llamábamos para contarte cómo estábamos o preguntar cómo estabas tú, te quedabas callado durante unos segundos, pensativo. Recuerdo que las primeras veces creía que la línea se había cortado o que quizá habías colgado sin querer. ¿Abuelo Ahmed?, te llamaba. Pasaban unos segundos, y entonces tu voz me llegaba desde el otro lado del teléfono, como si volviera de un lugar muy lejano, para preguntarme de qué estábamos hablando.

Después de colgar, yo siempre me quedaba con una sensación extraña. En el fondo de mi cabeza había una vocecita que me decía, muy bajito, que algo no iba bien. Pero no quería escucharla. Nunca le dije nada a mamá, porque prefería pensar que lo que ocurría es que echabas de menos a la abuela. Después de todo, llevabas casi dos años sin verla, era normal que te sintieras extraño. Sobre todo porque cuando ella vino con mamá, con Ahmed y conmigo, te prometimos que tú también vendrías después.

Seguramente nunca pensaste que «después» sería tanto tiempo.

Yo tampoco, lo juro.

Pero no, no era eso lo que te pasaba.

Empezaste a olvidar los nombres de algunos objetos. Algunas veces no conseguías recordar en qué lugar de la casa habías dejado las cosas. Otras, tus ojos se apagaban de repente y mirabas a tu alrededor como si no supieras dónde estabas.

Nosotros solo sabíamos lo que el tío Marwan nos contaba, y lo que nos contaba empezó a preocuparnos cada vez más. Mamá y los tíos consiguieron organizarlo todo para que un primo te ayudara a cruzar la frontera y te llevara a un médico, y el doctor también confirmó lo que todos ya temíamos.

Que estabas perdiendo la memoria.

Que pronto te olvidarías de la abuela, de los tíos, de nosotros.

Que pronto te olvidarías de quién eras.

Nos ha costado mucho traerte hasta aquí, pero al final lo hemos conseguido. Has sido el último en llegar a esta casa que, después de muchos lugares de paso, podemos llamar hogar. Un hogar en el que volvemos a estar juntos, como la familia unida que éramos cuando todos vivíamos en Libia, aunque las cosas ya no se parezcan mucho a como eran antes.

La mayor parte del tiempo te sientas en el sofá y te quedas muy quieto, con los ojos clavados en la pared, como si pudieras ver a través de ella.

Pero, a veces, me miras como si realmente me vieras y dices mi nombre.

Nour, Nour.

Coloco la caja sobre la mesa y quito la tapa con mucho cuidado. Está a punto de deshacerse, no creo que vaya a aguantar mucho más. He tenido que pegar las esquinas mil veces y, cada vez que abro la tapa, tengo la sensación de que del interior escapa un suspiro de cansancio.

La caja en sí no tiene nada de especial, es una caja de cartón normal y corriente. Creo que alguna vez fue una caja de zapatos, pero las letras están tan borrosas que ya ni siquiera puedo distinguirlo. Podría meter el contenido en cualquier otra caja normal y corriente y seguramente no pasaría nada, pero no quiero hacerlo. Esta caja es lo único que me ha acompañado durante todo este viaje, desde el principio. Esta caja y su contenido son los únicos que saben todo por lo que hemos pasado.

Es mi secreto mejor guardado, nunca se la dejo ver a nadie. Muy pocas veces levanto la tapa para descubrir lo que hay dentro, pero hoy quiero compartirla contigo.

Porque esta caja habla de mí, de nosotros. Los objetos que hay en ella cuentan nuestra historia, que empieza mucho antes de que yo me diera cuenta, hablando contigo, de que te pasaba algo, abuelo.

Nour, Nour, me llamas.

Y yo sé que eso es precisamente lo que me pides, abuelo, nour, luz para poder recordar antes de que tu memoria eche a volar para siempre.