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Presentación
Si preguntáramos a los padres y a las madres qué temas les preocupan más con relación a sus hijos, veríamos que las nuevas tecnologías, y en especial los teléfonos móviles, se hallan en los primeros puestos. A diario oímos dudas como: «¿Es recomendable que mis hijos tengan teléfono móvil?», «¿A partir de qué edad?», «¿Es malo que se pasen todo el día enganchados a las maquinitas?», «¿Por qué hablan tanto por WhatsApp?» o «¿Se recomienda el uso de las nuevas tecnologías en clase?».
En A salvo en la red encontraréis respuesta a todas estas preguntas y aprenderéis sobre la mejor manera de utilizar los smartphones, esos aparatos que tanto han cambiado las comunicaciones en el siglo XXI. Es indudable que las nuevas tecnologías son parte intrínseca de la sociedad actual, pero no siempre son perniciosas, pueden ser instrumentos útiles para evitar el fracaso escolar o para detectar el acoso escolar (bullying); todo depende del uso que se les dé. Para hacer de ellas una buena herramienta educativa es imprescindible que tanto el padre como la madre sepan utilizarlas bien. Al fin y al cabo, ¿cuál es nuestro objetivo? En eso coincidimos todos: queremos que nuestros hijos sean personas autónomas y felices, y la mejor manera de lograrlo es educarlos en la responsabilidad, lo cual incluye, también, el buen uso de los smartphones y las redes sociales.
Ahora bien, ¿cuántos padres saben más de redes sociales que sus hijos? ¿Cuántos se manejan con la misma soltura que sus hijos en internet o con un teléfono móvil? Esta brecha tecnológica entre generaciones es el origen de muchos problemas de las familias actuales. Pero que no cunda el pánico, en estas páginas os daremos las herramientas necesarias para que conozcáis las nuevas tecnologías en profundidad y os indicaremos cómo educar en su buen uso.
APRENDER A EDUCAR
«Aprender a educar» es un proyecto de asesoría familiar dirigido a padres y a madres y, por supuesto, a sus hijos (nos referimos, obviamente, a hijos e hijas) en el que trabajamos con chicos y chicas que se comportan mal. Nuestro objetivo es sensibilizar a los progenitores sobre la importancia de guiar a los niños en su crecimiento. Puede parecer una obviedad, pero ser padres no nos convierte de forma automática en buenos educadores; la mayoría de nosotros necesitamos que nos echen una mano en esa complicada tarea que es aprender a educar. La buena noticia es que la felicidad es posible porque TODO SE EDUCA.
¿Cómo es un niño o un joven bien educado? Un niño bien educado es muy parecido a un adulto bien educado: es una persona con valores, responsable, que confía en sí misma, que es capaz de sentirse bien, de hacer que los demás se sientan bien y de encajar los fracasos y las frustraciones. Los niños que han recibido una buena educación conocen sus límites y sus posibilidades, saben qué pueden hacer y qué no. ¿Y dónde aprenden todo eso? Pues principalmente en casa. Nosotros, los padres, somos los primeros educadores y, sin duda, los más importantes.
La educación no se basa en fórmulas secretas y misteriosas. Educar bien está al alcance de todos; solo hay que aprender cómo hacerlo. Cuanto antes empecemos, antes veremos los resultados en nuestros hijos. Lo ideal es hacerlo desde el día en que entran a formar parte de nuestra vida, pero cualquier momento es bueno para ponerse a ello.
La mejor manera de demostrar cuánto queremos a nuestros hijos es enseñarles a ser autónomos. De este modo los preparamos en un doble sentido: les enseñamos a disfrutar de su juventud y de su vida adulta y, al mismo tiempo, a ser capaces de afrontar las dificultades que sin duda irán surgiendo en su camino. ¿Y qué implica todo este proceso? Significa saber poner normas y cumplirlas, transmitir valores, enseñar buenos hábitos, y todo ello desde el cariño más absoluto.
Es posible que a menudo nos sintamos desorientados. En nuestra infancia las cosas eran diferentes. Eran otros tiempos, y en el peor de los casos los problemas se solucionaban con jarabe de palo. Por suerte, en la mayoría de los hogares eso es agua pasada, pero también es cierto que se ha caído en el extremo opuesto; ahora es muy habitual tener a los pequeños en una burbuja desde que se despiertan por la mañana hasta que por la noche se duermen a la hora que ellos quieren.
La sobreprotección por parte de los padres impide que los hijos descubran que son valientes y resolutivos —lo vemos a diario en nuestra consulta—, y de hecho les priva de una lección esencial, pues tarde o temprano deberán esforzarse por conseguir sus objetivos. El extremo opuesto —los padres en exceso permisivos— es igual de pernicioso: si dejamos que nuestros hijos hagan lo que quieran, les estaremos negando la oportunidad de aprender qué son los límites, las consecuencias, las responsabilidades..., todo aquello que es fundamental para vivir en sociedad.
Está claro que las familias necesitan herramientas que les ayuden a afrontar esta tarea, en apariencia tan natural y fácil pero en la práctica tan complicada. Y esa es la razón por la que hace unos años creamos el proyecto «Aprender a educar».
¿QUIÉNES SOMOS?
Pedro García Aguado, presentador para Atresmedia de Cazadores de trolls, es experto en desarrollo personal, conferenciante y mediador familiar, además de técnico en prevención sobre el uso de las drogas y experto en resolución de conflictos dentro del ámbito familiar. Ha sido uno de los mejores waterpolistas españoles: campeón olímpico en Atlanta 1996, campeón del mundo en Perth 1998, 565 veces internacional, siete veces campeón de liga y seis veces campeón de la Copa del Rey. En la actualidad, compagina su labor en televisión con la asesoría especializada en diferentes áreas relacionadas tanto con la adicción a las drogas como con los trastornos de conducta en adolescentes.
Francisco Castaño Mena es profesor de educación secundaria y durante siete años fue tutor en el proyecto Aula Oberta en el instituto Les Marines de Castelldefels, adonde acudían los alumnos con desmotivación, baja autoestima, trastornos conductuales, absentismo, necesidades educativas especiales, en riesgo social o con retraso significativo en el aprendizaje. El objetivo era trabajar con ellos de manera más individualizada, utilizando metodologías y planteamientos enfocados a inculcar el valor del esfuerzo y apoyado todo ello en un seguimiento y acompañamiento a los padres para guiarlos en la educación de sus hijos. En la actualidad escribe artículos para portales educativos y prensa; imparte conferencias sobre educación dirigidas a padres y a alumnos de secundaria, ciclos formativos y bachillerato, y desarrolla talleres para padres, en institutos y colegios, con el fin de orientarlos en la educación de los hijos desde un punto de vista muy práctico y útil.
Pedro García Aguado y Francisco Castaño Mena son creadores del proyecto «Aprender a educar» y autores de los libros Aprender a educar. Evitar el mal comportamiento y el fracaso escolar y Aprender a educar 2. Herramientas prácticas, ambos publicados en Grijalbo.
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Introducción
NUEVAS TECNOLOGÍAS Y CAMBIOS SOCIALES
Si por algo se caracteriza el tiempo en que vivimos es por el uso cotidiano de nuevas tecnologías. Estamos rodeados de aparatos que a veces ni siquiera sabemos para qué sirven o si realmente los necesitamos. Al mismo tiempo, la sociedad y los hábitos en los hogares están cambiando a velocidades inauditas, lo que se traduce en nuevos comportamientos y nuevas formas de relación.
En «Aprender a educar» creemos que los padres debemos poner normas en el uso de los móviles, vigilar lo que hacen nuestros hijos en internet, estar pendientes de sus teléfonos y de sus tablets.
Sabemos que algunos de nuestros lectores ya están poniendo el grito en el cielo: «¿Y qué pasa con la intimidad de nuestros hijos?». Veremos eso más adelante, pero en «Aprender a educar» abogamos por la seguridad y la protección. De acuerdo con la ley, los padres tenemos la obligación de proteger a nuestros hijos mientras no se hayan emancipado, y esa protección se extiende también al ámbito de internet y las redes sociales.
Lo que para algunos adultos es un entretenimiento, o incluso una vida de mentira o una vida secundaria, es decir, WhatsApp, Facebook, Instagram o Twitter, para nuestros hijos es LA manera de relacionarse. No una de tantas, sino a veces casi la principal. Y lo que para nosotros son herramientas puntuales, es decir, los móviles, para ellos son un canal de comunicación imprescindible.
Pedro recuerda un comentario que le hizo una de sus hijas al salir del cine una tarde. Al acabar la película se le acercó muy alicaída y le dijo: «No soy nadie». Pedro no sabía si achacar su tristeza a la película o a algún problema en el colegio y le preguntó a qué se refería. Su hija le respondió que durante la hora y media que había durado la película no había recibido ningún mensaje de WhatsApp.
En sus grupos de amigos, en sus aplicaciones, los pequeños y los jóvenes entablan relaciones, se comunican, construyen grupos, hacen planes, comparten información sobre deberes o exámenes. En una palabra: viven. Y mientras eso ocurre, ¿cuántos padres tienen alguna idea de lo que hacen sus hijos con sus smartphones o en su Instagram? ¿Cuántos padres, de hecho, siguen sin saber lo que es Facebook o Snapchat? ¿Saben con quién se comunican?
En muchos hogares existe una brecha tecnológica entre padres e hijos. Si queremos educar en las nuevas tecnologías es fundamental que nosotros, los padres, sepamos de qué estamos hablando. Francisco, en estos asuntos, suele decir que no hay nada mayor que la ignorancia, y añade además que la ignorancia es muy atrevida. Muchas veces bajamos la guardia o no tomamos precauciones porque no sabemos —no podemos imaginar— qué cosas pueden ocurrir. Y los móviles, que cada vez regalamos antes a nuestros hijos, son una vía de acceso a un universo de posibilidades que, por desgracia, no siempre son buenas o deseables.
Eso no significa que haya que demonizar y prohibir las nuevas tecnologías. Todo lo contrario. Vivir en el siglo XXI implica manejar aplicaciones, teléfonos, teclados y correos electrónicos para desarrollarnos personal y profesionalmente. Los que han nacido después del año 2000 son nativos digitales y tienen más facilidad que los adultos para manejarse con las nuevas tecnologías. Pero los smartphones, las tablets, los ordenadores y las videoconsolas son herramientas que hay que saber utilizar. Como padres, no saber o no querer saber cómo funcionan no nos exime de nuestro deber de educar en su uso correcto y responsable. Es nuestra obligación.
SENSIBILIZAR, PREVENIR O EVITAR
Es bien sabido que el bienestar actual y futuro de nuestros hijos depende en gran medida de que les ofrezcamos una buena educación en todos los ámbitos: en el personal y en el lectivo, pero también en el uso del WhatsApp. El porqué es obvio. En «Aprender a educar» creemos en el desarrollo integral de la persona, y la «identidad digital» forma parte de ese desarrollo integral. Como veremos más adelante, la identidad digital es el rastro de los datos y las acciones, las visitas a webs, los comentarios, las aficiones, las compras, las informaciones, etc., que dejamos en la red. Es información nuestra que queda grabada en internet, quizá para siempre, si no pedimos o logramos que la eliminen. Por ello hay que ser muy precavidos con lo que hacemos o dejamos de hacer. LA RED NO OLVIDA, y eso es algo que nuestros hijos deben tener muy claro.
Conocer los riesgos de los malos usos de internet y las redes sociales es imprescindible. Para evitar esas posibles consecuencias negativas los padres debemos adquirir habilidades educativas y entrenarnos a fondo en establecer normas y límites. El objetivo último es que nuestros hijos crezcan en un entorno saludable en todos los sentidos, que consigan un nivel de educación correcto, y que disfrutemos juntos de una agradable convivencia familiar. Muchos casos de fracaso escolar, mal comportamiento, consumo de drogas u otras conductas de riesgo pueden evitarse con una educación acertada. Deberíamos grabarnos a fuego en la mente que LOS CHICOS Y LAS CHICAS NO SON MALOS, SE COMPORTAN MAL PORQUE NO SE LES HA EDUCADO BIEN.
Cada vez son más los casos de acoso escolar, mal comportamiento o fracaso escolar que detectamos o reconducimos a causa y gracias a las redes sociales. Debemos utilizar las redes como una herramienta no solo para comunicarnos con nuestros hijos sino también para acercarnos a ellos; lo que parece una rabieta puntual o un mal día puede ser, en realidad, fruto de una larga serie de violentas conversaciones digitales con algún familiar o con un amigo o grupo de amigos del colegio, en las que han insultado o se han visto insultados. En este sentido deberíamos dar gracias de que todo quede grabado en la red, porque eso nos permite saber con exactitud qué se ha dicho y cuál es la gravedad del asunto. Dicho de otro modo: podemos vigilar de cerca, aunque sea a modo retroactivo, lo que hacen y dicen nuestros hijos para detectar posibles problemas y, de ser así, actuar.
¿Y en qué consiste actuar? Fácil: en poner normas y límites y cumplirlos. Si supiéramos prevenir, nos ahorraríamos muchas discusiones y muchos sufrimientos a nosotros y a nuestros hijos.
APRENDER A EDUCAR 3.0
Este nuevo libro de «Aprender a educar» propone una serie de objetivos. El primero de ellos, y el más general, consiste en dar recursos a los padres y a las madres para que sepan guiar a sus hijos en el uso de las nuevas tecnologías. Si ya nos conocíais, mucho de lo que leeréis en las páginas siguientes os sonará. Aunque aquí hablemos de dispositivos electrónicos, la manera de supervisar y cuidar a nuestros hijos es siempre con normas, hábitos saludables y mucho amor. Con todo, no podemos bajar la guardia nunca; nuestros hijos aprenden con muchísima más facilidad que nosotros sobre aparatos y aplicaciones, y estar al día requerirá esfuerzo y dedicación por nuestra parte.
Ese es el segundo objetivo de este libro: reducir la brecha tecnológica (que coincide con la generacional) entre padres e hijos. Para ello es imprescindible conocer los productos que más utilizan los chicos de hoy, algo no siempre fácil cuando estamos bombardeados por anuncios de todo tipo las veinticuatro horas del día. El recorrido que hemos trazado por la jungla de inventos y productos actuales (capítulo 5) os ayudará a orientaros. Ahí encontraréis los recursos tecnológicos que existen, las aplicaciones, cuáles son y para qué sirven las apps más populares entre nuestros hijos, etc.
Por otro lado, hemos dedicado dos capítulos a que vosotros, padres y madres, os conozcáis mejor como usuarios de redes y aplicaciones. En el capítulo 3 encontraréis un cuestionario; si respondéis con sinceridad, veréis cuán cerca o lejos estáis de saber lo que para vuestros hijos es, probablemente, el pan de cada día. Asimismo, el capítulo 8 incluye una clasificación de los tipos de actitud paterna ante las redes sociales, actitudes en lo particular que están íntimamente relacionadas con el enfoque que damos, con mayor o menor conciencia, a la educación de nuestros hijos.
Otro apartado que no podía faltar es el relacionado con los peligros de internet y los recursos —los hábitos— que nos servirán para preservar la seguridad de nuestros hijos en la red. Debemos ser conscientes de lo importante que es que estemos allí, con ellos, para ayudarlos y guiarlos, pues en el mundo virtual a veces puede ser difícil distinguir un amigo de un enemigo, o adivinar cuándo la información que nos está llegando es de fiar o no. ¿Dejarías a tu hijo de 10 años solo en medio de la calle en una ciudad desconocida? Entonces ¿por qué no le supervisas cuando navega por la red? Los capítulos 6 y 7 están dedicados a poner luz sobre estos temas.
Os adelantamos ya una de las conclusiones de este libro: el fracaso de nuestros hijos en los estudios, su exposición prematura o indeseada al sexo o a las drogas, y su caída en conductas de riesgo o en problemas de comportamiento dependen en cierta medida de lo preparados y lo protegidos que estén en el uso de las nuevas tecnologías. Tan importante es que sepan utilizar el correo electrónico como que sean capaces de defenderse y denunciar casos de bullying en las redes.
Para terminar, en los capítulos 9 y 10 se explican las profesiones que han surgido en los últimos años y se incluye un pequeño glosario para que asimiléis los términos que están más de moda. Cuando acabéis de leer el libro sería conveniente que repasarais los datos y las habilidades presentados a lo largo de estas páginas con el fin de reforzarlos y dominarlos completamente.
REFLEXIÓN: «PENSÉ QUE ERA COSA DE CRÍOS»
Para que comprendáis lo importante que es saber qué hacen nuestros hijos en internet, aquí va una noticia que apareció recientemente en los principales periódicos del país. Dos niños de Alicante querían ser youtubers, y para conseguirlo abrieron, en agosto de 2016, una página web en la que enlazaban vídeos. Querían cobrar dinero por cada contenido subido y difundido. El problema vino cuando, confundidos y desorientados, se abrieron una cuenta en el servicio de anuncios de Google, Google AdWords, y empezaron a pagar por publicidad. Las cifras que acabaron barajando fueron de casi 100.000 euros, que les llegaron en la forma de una factura descomunal. La madre de uno de los chavales admitió que había oído decir a su hijo que quería ser youtuber y que no le había hecho mucho caso. «Pensé que era cosa de críos», comentó. Sin embargo, la factura era muy real. La familia se puso en contacto con informáticos y abogados para solucionar el problema.
Como veis, nos queda mucho trabajo por delante, pero en el camino aprenderéis y os divertiréis. Más importante aún, vuestros hijos agradecerán que los acompañéis y los protejáis en algo tan necesario como es su descubrimiento del mundo digital.