Prólogo
LA HUIDA
Llovía sin parar, y el bosque estaba tan oscuro que casi no veía dónde pisaba. Miró hacia el cielo. No vio la luna ni las estrellas, solo las copas de unos árboles que parecían pinos, pero no lo eran. Las ramas estaban demasiado altas, los troncos eran demasiado anchos. Eran araucarias. Lo sabía porque llevaba toda la vida estudiándolas, aunque nunca había visto unas tan grandes. Era una pena que no pudiera pararse a examinarlas.
Tenía que huir.
Llevaba kilómetros corriendo y estaba agotada. Corría, paraba para respirar y seguía corriendo. Se tropezó con un helecho gigante y cayó rodando al barro. Dolorida, se tocó para comprobar si tenía alguna herida. Si quería salir viva de allí, más le valía no dejar rastros de sangre. Ellos la olerían, la encontrarían.
La matarían.
Se puso de pie. El tobillo le dolía una barbaridad, pero no dejó de correr. Los helechos y la cola de caballo le azotaban los muslos como látigos. La jungla estaba en silencio, solo oía los latidos de su corazón retumbándole en los oídos. Escuchó un crujido a su espalda. Muy suave, demasiado cerca.
Eran ellos.
No podía más. Cada vez que apoyaba el tobillo herido se hacía daño, pero no se detuvo. Aguanta, se dijo. No pares. Una rama le golpeó en la frente. Gritó de dolor y se frotó con el pañuelo que llevaba atado a la muñeca. Tenía la cara mojada de algo que olía salado y metálico. Sintió un escalofrío.
Sangre.
Entonces los helechos se agitaron, y oyó unos pasos rápidos que corrían tras ella. La habían encontrado.
Aceleró, desesperada. De pronto, el bosque terminó y se encontró al borde de un barranco. Paró en seco, miró hacia la jungla que tenía debajo y se dio cuenta de que estaba perdida. No quería verlos acercarse, así que clavó la vista al frente y, entonces, la vio.

Una luz.
Una esperanza.
Era un suicidio, pero quedarse quieta también lo era. Cogió aire y corrió hacia el precipicio. Justo cuando acababa de saltar, tres afiladas garras arañaron el aire detrás de ella, rozándole la nuca. Aterrizó sobre la copa de un árbol, cayó al suelo y rodó pendiente abajo. Cuando se detuvo, le dolía todo el cuerpo, pero estaba viva.
Se levantó y cojeó hacia una pirámide de piedra medio derrumbada y comida por la vegetación. Aquella extraña luz salía de la parte más alta. Escaló los tres pisos con las pocas fuerzas que le quedaban y llegó a un pequeño templo. Ya no podía mover el tobillo, así que tuvo que arrastrarse por el suelo hasta la entrada. Miró a su alrededor y buscó un lugar donde esconderse, pero no lo encontró.
Era una ratonera sin salida.
La sala estaba vacía salvo por seis tótems de piedra. Uno de ellos brillaba con una intensa luz. La luz latía como si estuviera llamándola. Se acercó a la estatua, se hizo una bola y se quedó quieta. Muy quieta.
—¡La hembra losss ha robado! —siseó una voz, al pie de la pirámide—. ¿Dónde essstá?
Ella se apretó aún más contra el tótem y se tapó la herida con la mano. Por un momento, le pareció que la luz a su alrededor se volvía más brillante.
—He perdido el rassstro —rugió otra voz animal, olfateando.
—¡Imposssible! —protestó la primera, furiosa—. ¡Bussscadla! ¡Traédmela!
Ella cerró los ojos y esperó lo peor.
Pero lo peor no pasó.

Tuvo que arrastrarse de nuevo afuera, y asomarse al borde de la pirámide para creer que de verdad se habían marchado. Estaba a salvo, aunque no sabía durante cuánto tiempo. Se volvió para mirar la estatua luminosa. Ahora parecía brillar menos. ¿Se lo habría imaginado? Daba igual, no era momento de pensar en ello. Tenía que moverse.
Sacó su navaja de la mochila, cortó un par de ramas y las envolvió con el pañuelo alrededor del tobillo herido. Después se puso en pie, volvió a acercarse al templo y raspó la piedra de la puerta con ansia.
Dejaría un mensaje. Para que supieran que estaba viva.
Quizá alguien fuera a buscarla.
Nunca debí venir a este lugar, pensó mientras se adentraba de nuevo en la noche, en la jungla. Lo siento, Leo.
Capítulo 1
EL CHICO NUEVO
Leo había olvidado cuántas estrellas había en el cielo. Cuando hacía bueno, solía salir a contarlas con sus padres. Juntos, jugaban a buscar dibujos escondidos en aquel manto de puntitos brillantes. Eso fue antes de que lo dejaran solo y tuviera que irse con la tía Penélope a la ciudad, donde el cielo era gris y oscuro. Leo dejó de buscar misterios en las alturas, pero su tía le enseñó a desenterrarlos del suelo. Ahora, delante del que iba a ser el tercer hogar de su vida, volvió a pensar que las estrellas eran preciosas.
El taxi que lo había llevado hasta allí dio media vuelta y se marchó. Leo levantó el llamador y golpeó tres veces. Había dos edificios: uno más alto y alargado y otro más ancho, ambos terminados en un tejado puntiagudo. Antiguamente eran una central hidroeléctrica, pero los habían convertido en un internado. No era la primera vez que lo visitaba, aunque sí la primera que iba de noche. Y solo. Hasta entonces, siempre le había acompañado su tía Penélope. De noche, solo algunas de las ventanas alargadas estaban encendidas, y la vieja fábrica parecía encantada. Sintió un escalofrío.
La puerta se abrió con un chirrido y al otro lado apareció una silueta conocida.
—Bienvenido, Leo —dijo el hombre.
—Gracias, profesor Arén —susurró Leo.
Osvaldo Arén era alto y delgado. Vestía igual que la última vez que lo había visto: botas de montaña, vaqueros y una camiseta de manga larga. En el pecho tenía el símbolo de Zoic, la sociedad paleontológica en la que trabajaba con su tía Penélope. Hasta ese momento, Leo solo le había visto en excavaciones al aire libre, nunca en sitios cerrados. Le costaba imaginárselo como su profesor…, pero le costaba todavía más imaginárselo como su tutor legal. El profesor Arén era la persona que su tía había elegido para cuidarle si a ella le pasaba algo.

Y sí, le había pasado algo.
—Cuando no estemos en clase, llámame Aldo —pidió mientras le guiaba hacia el edificio más alto—. A Penélope no le gustaría tanta seriedad.
Al escuchar el nombre de su tía, la única familia que le quedaba en el mundo, se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Lo siento, Leo —continuó el profesor—. ¿Cuánto tiempo hace que desapareció?
—Dos meses.
Y cinco días, pensó, pero no lo dijo.
—¿Se sabe algo más?
—No —respondió Leo—. Nadie sabe dónde pueden estar ella o sus compañeros. Simplemente han desaparecido, como si se los hubiera tragado la tierra.
—La tierra no se traga a nadie, Leo.
El niño se quedó callado. Sabía que el profesor quería decir que su tía tenía que estar en alguna parte… Pero eso no significaba que estuviera viva. Recorrieron el pasillo en silencio hasta el dormitorio común y el profesor abrió la puerta. No tuvo que enseñarle el resto del colegio, porque Leo ya lo conocía. Lo que nunca habría imaginado era que un día sería su hogar. Tragó saliva. ¿Por qué no podía volver todo a ser como antes?
El profesor le apretó el hombro y se agachó para mirarle a los ojos.
—Leo, tu tía es la mujer más fuerte e inteligente que conozco. Te aseguro que sabe cuidarse. —Sus ojos parecían sinceros—. Volverá contigo.
—Sí, profesor Ar…
—Aldo.
—Aldo —repitió Leo con una sonrisa.
—Sé que esto no es fácil, pero aquí estarás bien. —Aldo se sacó unos papeles del bolsillo y se los ofreció: era el artículo de una revista—. Además, tengo ganas de enseñarte los últimos descubrimientos que hemos hecho en Zoic.
—¿El Borealopelta markmitchelli? —leyó Leo, ilusionado—. ¿El fósil de nodosaurio mejor conservado del mundo está aquí?
—No, pero estoy investigando sobre algo… parecido —rio el profesor—. Y, si no recuerdo mal, los tireóforos te gustan mucho.
Los tireóforos eran los dinosaurios preferidos de Leo. Tenían una coraza durísima y púas en el lomo. Lo alucinante era que ni siquiera los dientes o las garras más afilados podían atravesarla. No eran rápidos ni tampoco feroces, pero sí resistentes. A veces, eso era lo más importante para sobrevivir.
Cuando Leo se despidió del profesor Arén (Aldo, le recordó) y entró en el cuarto, deseó llevar puesta una de esas corazas. No estaba acostumbrado a compartir habitación. En realidad, no estaba acostumbrado a compartir nada. Le gustaba estar solo con su tía, sus libros y sus dinosaurios. Una coraza le habría venido genial para protegerse de las miradas que se le clavaban en la nuca como garras y dientes afilados.
Leo hizo como que no oía los susurros de sus compañeros. Cuando encontró una cama vacía, colocó encima su maleta y la abrió. Guardó el artículo y sacó un libro gordísimo. Luego, sin desvestirse, se metió entre las sábanas y se abrazó a él.
Y, llorando en silencio, se quedó dormido.
***
¡UUUAAAUUUAAAUUUHHH!
—¡Lucas, apaga eso! —gruñó alguien.
—¡Eres una pesadilla! —se quejó otro—. ¡Todas las mañanas igual!
—¡Voy, voy! ¡Pensaba que estaba arreglado! —A cuatro patas sobre el colchón, Lucas daba manotazos sobre su mesilla—. ¡Aguanta, Clocky! ¡Voy a buscarte!
Lucas se puso unas gafas más grandes que su cara, se peinó el alborotado pelo rubio y se sentó al borde de la cama. Era tan bajito que las piernas no le llegaban al suelo, pero eso no era problema: saltó como si fuera a tirarse en bomba a una piscina, aterrizó sobre unas zapatillas con ruedas en las suelas y salió disparado por el dormitorio común. Era un espectáculo verlo perseguir su invento, un reloj ambulante que chillaba como un gato al que le hubieran pisado el rabo.
¡PUM!
Cuando ya casi lo tenía, un pie descomunal aplastó el reloj saltarín.
—¡Dani! ¡Pareces una apisonadora! —protestó Lucas. Se agachó para recoger lo que quedaba del pobre Clocky, que tosía como si tuviera asma—. ¡Es la tercera vez que te lo cargas este mes!

El dueño de aquel pie se apartó torpemente. Era altísimo y se movía muy despacio, como si su cuerpo pesara toneladas. Su vozarrón retumbó en todo el dormitorio:
—Ha sido sin querer…
Los demás no parecían preocupados por el despertador; más bien parecían aliviados por que hubiese dejado de sonar. El único que estaba enfadado era Lucas. Volvió rodando a su cama con el cadáver de su invento en las manos, lo escondió bajo el colchón y empezó a desvestirse.
El enfado le duró poco.
—Oye —le susurró a Dani—, ¿quién es ese?
—Ni idea.
Aunque Dani también susurraba, su voz parecía un trueno. El chico nuevo se dio cuenta de que hablaban de él y se puso en movimiento. Lucas contó los segundos que tardó en salir de la cama, vestirse y escapar de la habitación como si le persiguiera el demonio: diecinueve en total.
Aquel chico era un prodigio, además de un misterio.
Y a Lucas le gustaban casi tanto los prodigios como los misterios.
—¡Rápido! —le dijo a Dani, tirándole de los pantalones del pijama—. ¡Tenemos que descubrir quién es!
El concepto de rapidez de Dani era muy relativo. Aunque él creía que se estaba dando mucha prisa, iba a la velocidad natural de un perezoso artrítico. Cuando los dos amigos llegaron al comedor (mil quinientos cuarenta y siete segundos después), casi todo el mundo había terminado ya de desayunar.
Solo quedaba gente en la mesa de Carla, la estilosa y arrogante delegada de curso. Como le encantaba llamar la atención, siempre hacía tiempo con sus amigas para entrar en clase la última. Lucas intentó disimular que se había puesto rojo al verla agitar su melena castaña y miró a su alrededor.
—Jolín, Dani, eres más lento que el wifi del aula de informática —se quejó—. ¡Se ha ido! Vamos a ver si le pillamos en el pasillo.
—¡Pero tengo hambre! —lloriqueó el gigante—. Espera a que coja algo de comer…
Dani se tambaleó hacia el mostrador de desayunos, y pasó con cuidado entre las mesas. Parecía que en vez de baldosas estuviera pisando lava . Su brazo se movió como una bola de demolición sobre la mesa de las chicas. Lucas abrió mucho los ojos cuando se dio cuenta de lo que iba a ocurrir, y los cerró cuando su amigo derribó una jarra de zumo, dos de leche y tres tarrinas de mermelada que se estrellaron contra el jersey de Carla.
—¡Pero tú estás tonto o qué te pasa! —se quejó la delegada, subiéndose de un salto al banco para alejarse del desastre.
Lucas pensó que parecía un hada voladora, pero enseguida dejó de prestarle atención porque había visto al chico nuevo. Estaba escondido detrás de una columna, con un libro abierto sobre la mesa.
Justo entonces sonó el timbre del comienzo de clases. Lucas miró a Dani, y después al chico nuevo. Dani intentaba recoger el desastre que había armado. El nuevo había cerrado su libro y estaba saliendo de la cafetería. Calculó los segundos que tardaría cada uno en terminar lo que estaba haciendo, y no tuvo que pensárselo mucho.
—¡Dani, nos vemos en clase! —se despidió.
Activó las ruedecitas que llevaba en los zapatos. Comprobó que funcionaban (la última vez que había intentado usarlas, se había quemado las suelas) y rodó a toda velocidad detrás del nuevo. Tardó doce segundos en alcanzarle.
Y ninguno en frenar.
—¡Error de cálculo! —gritó cuando se dio cuenta de que sus zapatillas no respondían—. ¡Cuidado!
A pesar de su supervelocidad, el nuevo no consiguió apartarse a tiempo. Lucas se estrelló contra él, y los dos rodaron por el pasillo. No era la presentación que tenía planeada, pero la vida del inventor estaba llena de accidentes, y Lucas había aprendido a improvisar sobre la marcha.
—Lucas G. —se presentó, sacudiéndole la mano con fuerza—. Bienvenido al Colegio Iris. Iris germánica es el nombre científico de la flor de lis, ¿sabes? —Lucas señaló el escudo del colegio que había en una pared—. Creo que se lo han puesto por los lirios que hay cerca del río. A mí me habría parecido más guay Colegio Chispas, por la central hidroeléctrica. Pero bueno, es lo que hay. ¿Tú cómo te llamas?
—¿Yo? —titubeó el nuevo—. L-Leo.
—¡Leonardo! —se emocionó Lucas—. ¡Como mi inventor favorito!
Leo se quedó callado. Lucas no sabía si era tímido o si no sabía a quién se refería.
—¿Da Vinci? —insistió.
—Ah… —murmuró Leo.
—Bueno, igual es que no te gustan los inventores… —reflexionó Lucas—. ¿Qué cosas te gustan? —Extendió la mano hacia el enorme libro que llevaba en las manos. Él intentó apartarse, pero Lucas no pilló la indirecta—. ¿Te gustan los dinosaurios? ¡Pues este cole te va a encantar! Hay una excavación paleontológica justo al lado en la que…
—¡… muy pronto va a haber un fósil de Lucas Panolis! —terminó una voz.
Todo se oscureció de repente. Leo se puso pálido, se abrazó a su libro y se marchó corriendo. Cuando Lucas se dio media vuelta, descubrió que detrás de él había tres chicos altos y musculosos. El de en medio, el líder, tenía una sombra de bigote bajo la nariz. Les hizo una seña a los otros dos, que cogieron a Lucas de los brazos y las piernas.
—¡Gabi, otra vez no! —se revolvió Lucas—. ¡No he hecho nada!
—Para empezar, existes —rio el matón, abriendo la puerta de una taquilla—. Además, estoy harto de que ese despertador con patas nos deje sordos todas las mañanas.
—Clocky no tiene patas, tiene ruedas —puntualizó Lucas, agarrándose con todas sus fuerzas al borde de la taquilla.
—Tu amigo el elefante no está para protegerte, enano. Si te resistes, será peor. —Gabi sonrió con malicia—. Pero, si te portas bien, esta vez prometo no romperte las gafas.
Lucas aflojó los dedos, esperanzado.
—¿De verdad?
—No.

¡CRUNCH!
El puñetazo le pilló desprevenido. Los gorilas de Gabi lo empotraron contra el fondo de la taquilla, tiraron dentro sus gafas rotas y empezaron a cerrar la puerta entre risas. Justo antes de quedarse a oscuras, Lucas escuchó un rugido animal y un ruido de cosas que caían y chocaban entre sí. Unos dedos aparecieron por la rendija de la puerta. Tenían las uñas mordidas, estaban llenos de heridas y padrastros, y el índice tenía un lunar con forma de corazón, igual que el de…
—¡Elena! —escuchó gritar a Gabi—. ¡Suéltame!
—¿O qué? —bufó la hermana de Lucas.
Lucas no vio lo que pasó fuera de la taquilla pero, ciento setenta y cinco segundos más tarde, Elena lo sacó al pasillo de un tirón. Estaban solos.
—Te han vuelto a romper las gafas —dijo ella, con desprecio—. Parece mentira que seamos mellizos.
Lucas sabía que no lo decía porque le sacara veinte centímetros. Ni porque él fuera rubio y ella morena. No. Lo decía porque a ella nadie la amenazaba. Nadie le rompía las cosas. Nada le daba miedo. Ella era quien daba miedo, incluso a aquellos tres idiotas.
La que siempre le defendía.
—Prometieron que no… —respondió, rojo de rabia y vergüenza.
—El problema de los abusones, hermanito, es que no puedes fiarte de su palabra.
—Se meten conmigo porque creen que soy débil. Y tú no me dejas demostrar que eso no es verdad.
—Ya, claro.
Elena cerró la taquilla de un portazo. Le dio la espalda, enfadada, y echó a andar por el pasillo. Lucas se peinó el flequillo con los dedos, arregló las gafas con un poco de celo que siempre llevaba en su cinturón y puso en marcha las ruedas de sus zapatillas. No tardó en adelantar a su hermana, que se picó y empezó a trotar junto a él. Los mellizos entraron en clase a la vez, dándose codazos para pasar por la puerta. Como siempre, se sentaron cada uno en una punta, lo más lejos posible el uno del otro.
Justo después llegó Carla. Iba cuchicheando con un grupito de chicas peinadas igual que ella. A Lucas le pareció escuchar «taquilla» y «enano» entre sus risitas. Luego oyó «libro» y «rarito», y vio que señalaban al fondo de la clase. Allí estaba el chico nuevo, Leo, en el lugar más apartado que había podido encontrar. Tenía pinta de querer volverse invisible.
Lucas pensó en acercarse a hablar con él, pero entonces entró el profesor. Y, justo detrás, Dani. El gigante intentó disimular que llegaba tarde, pero de camino a su mesa arrolló una silla y descolgó las chaquetas de todos los percheros. Se embutió en el pupitre vacío junto a Lucas y le dedicó una sonrisa culpable.
El profesor puso los ojos en blanco.
—Carla, ¿puedes recordarme dónde nos habíamos quedado? —preguntó.
—Página 47, profesor —respondió la delegada.
—«Página 47, profesor…» —la imitó Elena, con retintín.
—Tú también lo sabrías si leyeras un poco en lugar de estar todo el día dándole patadas a un melón —respondió Carla, agitando su melena.
—El rugby es fuerza y estrategia —se encaró Elena—. Igual te molesta que no sea para flojuchas que lloran en cuanto se les rompe una uña.
—¡Ya basta! —les riñó el profesor—. Carla, lee el enunciado de la página 47, por favor.
—Creo que se olvida de algo…
El profesor arrugó la frente. Carla solía pasarse de lista con sus compañeros, pero nunca con los profesores. Miró hacia donde señalaba la delegada, al alumno nuevo que escondía la cabeza en la última fila.
—¡Casi se me olvida! Muchas gracias, Carla —dijo. Carla miró a Elena, satisfecha—. Leo, ¿verdad? ¿Te importaría venir y presentarte a tus compañeros?
Lucas vio que a Leo se le ponía la cara verde y tuvo ganas de darle un abrazo.
Aquel chico era un prodigio y un misterio.
Y Lucas sabía muy bien que, en el Colegio Iris, eso no resultaba nada fácil.