Nota sobre esta edición
Tanto o más que La familia de Pascual Duarte, La colmena constituye un hito fundamental en la narrativa española de la posguerra, cuyo desarrollo catalizó en buena medida, y sobre la que ejerció una influencia determinante y muy prolongada.
Por fin, en su cuarta novela, Cela, que desde un principio venía experimentando con la novela como «forma», da con un molde con el que se siente a sus anchas, y que le servirá de patrón para otras novelas posteriores, en las que la técnica empleada en La colmena evolucionará de manera cada vez más radical. Así ocurre en la portentosa secuencia que va de San Camilo, 1936 (1969) a Madera de boj (1999), pasando por Mazurca para dos muertos (1982) y Cristo versus Arizona (1988), por enumerar aquí cuatro títulos que, superpuestos a La colmena, por sí solos aseguran a Cela el lugar muy destacado que sin duda ocupa en la narrativa del siglo XX. Cuatro títulos en los que se percibe, de uno a otro, la progresiva intensificación de una «manera» de narrar que, desentendiéndose de las nociones convencionales de trama, de argumento, de personaje, de tiempo y de espacio narrativos, explora estructuras reticulares en las que aparece apresada una humanidad bullente, abigarrada, pululante, de la que la imagen de la colmena ofrece, de entrada, una metáfora eficaz, insuficiente más adelante, cuando el número de criaturas contempladas haga pensar más bien en un hormiguero o en los protozoos observables a través de un microscopio en una gota de agua.
La estructura narrativa de La colmena (seis capítulos y un «final» integrados por múltiples viñetas de pequeña extensión, en las que se da cuenta de los destinos cruzados de un gran número de personajes) fue previamente ensayada por Cela, de manera aún inmadura y titubeante, en Pabellón de reposo (1943), y se consolidaría de forma todavía demasiado esquemática y más bien jocosa en Tobogán de hambrientos (1962). En estos y otros títulos es precisamente la estructura del relato lo que llama la atención y lo que acredita la inquietud de Cela respecto a un género —el de la novela— que trató siempre de adaptar a sus muy personales dotes como prosista, como observador, como retratista, como humorista, como escritor poco dado, en cualquier caso, a las servidumbres que supone contar una historia de principio a fin, conforme a los cánones consagrados por la narrativa decimonónica.
Importa prestar atención a lo que el autor dice en la «Historia incompleta de unas páginas zarandeadas», texto que, publicado originalmente en la revista Papeles de Son Armadans (CXX, tomo XL, marzo de 1966, pp. 231-240), Cela optó por incluir como prólogo a la edición definitiva de La colmena en el tomo 7 de su Obra completa (Barcelona, Destino, 1969), y que desde entonces se ofrece en calidad de tal en casi todas las ediciones de la novela, incluida esta. Cuenta allí Cela que empezó a escribir La colmena en 1945, y que ya en 1948 la tenía casi ultimada, si bien no fue hasta 1950 cuando, después de una enésima lectura del manuscrito, lo dio por definitivamente concluido. Antes de eso, en 1946, sometió a la censura una versión que fue rechazada en dos ocasiones sucesivas, como también lo habría sido la versión más «acabada» de 1950, razón por la cual la novela terminó publicándose originalmente en Argentina (Buenos Aires, Emecé, 1951). No fue hasta 1955 que se autorizó la circulación de la novela en España, en edición de la editorial Noguer impresa supuestamente en México. La primera edición oficialmente española no vería la luz hasta 1963, y la publicaría también la editorial Noguer, esta vez con el pie Barcelona-Madrid-México. En 1966, una nueva edición en la editorial Alfaguara (Madrid) daría por vez primera el texto completo (reintegrados los pasajes purgados por la censura argentina), con la puntuación y la ortografía modificadas por el propio autor. Este revisaría de nuevo el texto en 1969, con ocasión de su inclusión en la Obra completa impulsada por la editorial Destino (Barcelona), en versión que desde entonces se tiene por definitiva.
El mismo Cela recuerda cómo a raíz de la publicación de su novela fue expulsado de la Asociación de Prensa de Madrid y quedó prohibido mencionar su nombre en los periódicos españoles. Así ocurrió a pesar de las buenas relaciones que Cela mantenía con algunas autoridades culturales del régimen, como Juan Aparicio, delegado nacional de Prensa; a pesar también de la consideración que le habían procurado sus anteriores libros, en particular La familia de Pascual Duarte, y a pesar, incluso, de haber ejercido el mismo Cela como censor de dos revistas religiosas y una farmacéutica. Pero es que La colmena, ambientada en el Madrid del año 1943, ofrecía un retrato crudísimo de la sociedad española de la inmediata posguerra, y chocaba de frente con la moral puritana del nacionalcatolicismo.
En el informe de la censura eclesiástica, a cargo del padre Andrés Lucas de Casla, se leía: «¿Ataca el dogma o la moral? Sí. ¿Ataca al régimen? No. ¿Valor literario? Escaso. Razones circunstanciales que aconsejan una u otra decisión: Breves cuadros de la vida madrileña actual hechos a base de conversaciones entre los distintos personajes, a quienes une una breve ligazón, pero sin que exista en esta mal llamada novela un argumento serio. Se sacan a relucir defectos y vicios actuales, especialmente los de tipo sexual. El estilo, muy realista a base de conversaciones chabacanas y salpicadas de frases groseras, no tiene mérito literario alguno. La obra es francamente inmoral y a veces resulta pornográfica y en ocasiones irreverente».
No le faltaba parte de razón al padre Lucas de Casla. Si bien es cierto que Cela restituyó en 1966 los pasajes purgados por la censura, el caso es que, leída en la actualidad, muchas décadas después desde su publicación, La colmena sorprende aún por el recurrente y explícito tratamiento que hace de la materia sexual. En cuanto a que no atacara al régimen… Sin duda no lo hacía de manera explícita, pero el cuadro de miseria, barbarie y depresión que ofrecía de la España de la posguerra constituía un osado contrapunto al triunfalismo y al idealismo que ese régimen se esforzaba por transmitir y promover.
Muy justificadamente se suele decir de La colmena que inaugura el cauce por el que en España transitará, en la década de los 50, el realismo social de acentos más o menos críticos. Lo hace recogiendo influencias de la tradición clásica española (El libro de buen amor, La Celestina, la picaresca), de Baroja, de Valle-Inclán, pero también de la más adelantada narrativa de Europa y de Norteamérica, de la que Cela demuestra ser buen conocedor. Se ha subrayado hasta la saciedad la semejanza estructural de La colmena con Manhattan Transfer (1925), de John Dos Passos; pero cabe conectarla asimismo con las preocupaciones tanto éticas como formales de autores como Joyce, Huxley, Gide, Jules Romains, Sartre… Lo indiscutible es el impacto tan innovador que la novela tuvo en España, a pesar de las reticencias con que fue acogida por algunos sectores de la crítica.
En cuanto a la joven generación que abanderaría el realismo social, varios de sus representantes terminaron por manifestar sus reservas frente a las actitudes públicas de Cela, y se distanciaron de la mezcla de fatalismo, nihilismo, ternura y resignación que impregna La colmena y que el mismo Cela hace explícitos en el soberbio arranque de la «Nota a la tercera edición», donde empieza por decir: «Quisiera desarrollar la idea de que el hombre sano no tiene ideas. A veces pienso que las ideas religiosas, morales, sociales, políticas, no son sino manifestaciones de un desequilibrio del sistema nervioso. Está todavía lejano el tiempo en que se sepa que el apóstol y el iluminado son carne de manicomio, insomne y temblorosa flor de debilidad. La historia, la indefectible historia, va a contrapelo de las ideas. O al margen de ellas. Para hacer la historia se precisa no tener ideas, como para hacer dinero es necesario no tener escrúpulos. Las ideas y los escrúpulos —para el hombre acosado: aquel que llega a sonreír con el amargo rictus del triunfador— son una rémora. La historia es como la circulación de la sangre o como la digestión de los alimentos. Las arterias y el estómago, por donde corre y en el que se cuece la sustancia histórica, son de duro y frío pedernal. Las ideas son un atavismo —algún día se reconocerá— jamás una cultura y menos aún una tradición. La cultura y la tradición del hombre, como la cultura y la tradición de la hiena o de la hormiga, pudieran orientarse sobre una rosa de tres solos vientos: comer, reproducirse y destruirse. La cultura y la tradición no son jamás ideológicas y si, siempre, instintivas».
Parece lógico que, en unos tiempos en que el compromiso político se estimaba poco menos que un deber del escritor y del intelectual, un pensamiento de esta naturaleza suscitara todo tipo de suspicacias y desapegos. Pese a lo cual, Cela se mantuvo fiel a este punto de vista, que articula toda su obra, y al que cabe atribuir, en no escasa medida, su relativa incorruptibilidad.
La bibliografía sobre La colmena y las técnicas que emplea, así como sobre sus alcances, es oceánica. Se trata, sin duda, de una de las obras más conocidas y estudiadas del autor, y durante años ha sido lectura obligatoria en los estudios de secundaria. El mismo Cela ha discurrido abundantemente sobre esta novela en múltiples lugares, empezando por las notas a la primera, segunda, tercera y cuarta ediciones (de los años 1951, 1955, 1957 y 1962, respectivamente), recogidas como anexo del presente volumen, entre los que se recoge también una «Última recapitulación», incluida en la antes citada edición de Noguer de 1963 (la quinta), así como el «Prólogo a la edición rumana de La colmena. (Notas en torno a una supuesta imprudencia)», de 1965. También como anexo se da el «Censo de personajes» elaborado en su día por José Manuel Caballero Bonald e incluido ya en la segunda edición de la novela, de 1955.
Desde su primera edición, La colmena lleva como antetítulo el sintagma «Caminos inciertos», indicativo del viejo propósito del autor —que no perseveraría en él— de dar la novela como primera de una «serie» narrativa que no tendría continuación explícita.
No está de más recordar que La colmena fue objeto, en 1982, de una notable adaptación cinematográfica por parte de Mario Camus, en la que el propio Cela interpretaba un pequeño papel. La película obtuvo el Oso de Oro del Festival de Cine de Berlín ese mismo año.
El texto que se da, con apenas variantes, es el fijado por el autor en 1969 y recogido en el tomo 5 de sus Obras completas, publicadas en 1990 por Destino-Planeta Agostini, en las que se basa la presente biblioteca de autor. Se ha tenido presente la excelente edición de Raquel Asún en Castalia (Madrid, 1987), de la que se han consultado las notas para esclarecer algunas alusiones inaccesibles al lector actual.
Cierra el volumen, como todos los de esta Biblioteca de Camilo José Cela en Debolsillo, una somera cronología de la vida y obra del autor cedida por la Fundación Charo y Camilo José Cela.
IGNACIO ECHEVARRÍA
«Paciència en lo començament, e riu en la fi.»
RAIMUNDO LULIO
Historia incompleta de unas páginas
zarandeadas[1]
Este libro tuvo una primera juventud no poco azarosa. Hay criaturas de las que pudiera sospecharse, al verlas bullir, que nacen con el inquieto corazón tejido de rabos de lagartija y a las que por las venas, en vez de sangre, parece como correrles una huidiza lágrima de mercurio; lo mejor es dejarlas y esperar a que se paren solas, rendidas por el cansancio y el paso del tiempo.
En este instante, a los años pasados y al recapitular sobre sus extrañas iniciales conductas, me doy cuenta de que este libro va sentando cabeza. La verdad es que ya iba siendo hora de que esto aconteciese porque, en su mocedad, no hizo más que darle disgustos a su padre, que soy yo. Cuando los hijos salen atravesados o tarambanas, los padres tendemos —quizás por instinto de defensa— a echarle la culpa a las malas compañías. Mi hijo es bueno —argumentamos a quienes nos hacen la caridad de oírnos—; es cierto que mató a patadas y después descuartizó y tiró a un pozo a un par de viejas que estaban calcetando al sol, pero en el fondo es bueno. Quienes lo perdieron fueron las malas compañías: los jóvenes desocupados que consumen bebidas espirituosas, asisten a ejecuciones y saraos, frecuentan la ramería y juegan al billar por banda. Antes de juntarse con malas compañías, vamos, cuando andaba por los tres o cuatro años, mi hijo era incapaz de matar una mosca, se lo aseguro.
A La colmena, de no haber sido por las malas compañías, le hubiera lucido el pelo con mayor lustre, aunque también es probable que no pudiera presentar una historia tan pintoresca y divertida, tan atrabiliaria y emocionante. El que no se consuela es porque prefiere el deleitoso y vicioso acíbar del desconsuelo.
Este libro lo empecé en Madrid en el año 1945, y lo medio rematé en Cebreros, en el verano del 48; es evidente que después volví sobre él (de ahí su fecha 1945-1950), corrigiendo y puliendo y sobando, quitando aquí, poniendo allá y sufriendo siempre, pero la novela bien hubiera podido quedar redonda en el trance a que ahora me refiero. Antes, en el 1946, empezó mi lucha con la censura, guerra en la que perdí todas las batallas menos la última.
En Relativa teoría del carpetovetonismo hablo un poco de mis casas de Cebreros —la de la calle de los Mesones, la del Azoguejo, la de la Teodorita— y también de esta redacción de La colmena y de la mesa en la que la escribí. Para no repetir lo ya dicho, voy a limitarme a precisar algunos detalles que entonces dejé en el aire y a apuntar una noticia, importante para mi sentimiento, que no se produjo hasta hace cosa de seis u ocho días: la recuperación, que no fue nada fácil, de aquella humilde y desportillada mesa de café de pueblo.
Permítaseme una breve digresión. Entre las enfermedades profesionales —la silicosis de los mineros, el cólico saturnino de los pintores, la gota del holgazán— no suele considerarse la que pudiéramos llamar cachitis o inflamación de las cachas, enojosa dolencia que ataca a jinetes, ciclistas y escritores. El sieso del homo sapiens, contra lo que pudiera pensarse al escucharlo nombrar de posaderas, no fue inventado para servir de permanente soporte a sus miserias sino, antes al contrario, para posarlas a veces y con intermitencias cautelosamente medidas y sabiamente calculadas: a la hora de comer, por ejemplo, en los toros y en el teatro, en parte de la misa, en un alto en el paseo, etc. Pues bien, los mortales que abusamos del sedentarismo (sedentario, etimológicamente, quiere decir el que está sentado: en una silla de estar, en una silla de montar o en un sillín de bicicleta, que a estos efectos tanto vale) acabamos con hinchazón de las asentaderas, que en recta ley e higiene no son —repito— sino asentaderas para de vez en cuando y no para siempre. Los médicos hacen terminar en itis —colitis, cistitis, hepatitis, laringitis— los nombres de las enfermedades inflamatorias, y de ahí la cachitis que propongo para bautizar el túmido nalgatorio de quienes, por razón de oficio, abusamos de sus resistencias.
Queda dicho cuanto antecede porque, a estas alturas ya de las ocho o nueve intervenciones quirúrgicas que hube de padecer en el rulé, me volví higiénico y aseado (¡a la fuerza ahorcan!) y recuerdo estremecidamente aquellas dos casas que tuve en Cebreros y en las que el noble menester de la evacuación venía condicionado por factores externos que hacían ingrato lo que, en buen orden, fuera deleite del bandujo y sosiego de todo el organismo.
Ni en la casa de la calle de los Mesones ni en la del Azoguejo —según aclaro en el texto que más arriba cito— había retrete. En la primera, quizás para compensar, teníamos un desván muy lucido (techado no a dos aguas sino a todas las aguas, mayores y menores, que hubiéramos menester) en el que, con algunos conocimientos de geometría, se podían dibujar dodecaedros (en proyección plana) y polígonos en general, a golpe de vientre, durante todo el verano y sin cortarse. En la segunda no había ni desván pero, aguzando las entendederas, arbitré un ingenio bastante aparente en el que uno podía zurrarse con relativa lógica y sin salpicar al mundo. A lo mejor, si llego a patentarlo a tiempo a estas horas soy rico.
Pues bien, en esta casa del Azoguejo fue donde —como intento explicar— puse relativo punto final a La colmena; quiero decir que la escribí o la reescribí de nuevo y desde la primera palabra, porque este es libro que tuvo cinco redacciones sucesivas y esta fue, quizás, la más aplicada y concienzuda. Sí, sin duda alguna este empujón del Azoguejo fue el más cumplido y puntual de todos; es cierto que sobre el libro volví en Madrid y en Cebreros, durante los años 1949 y 50, pero no lo es menos que la cosa no tuvo ya mayores cambios, ni podas notorias, ni añadidos ostensibles desde aquel momento.
También en Relativa teoría del carpetovetonismo hablo de las dos mínimas plantas de aquella casa ruin, desvencijada y amorosa, y de la cocina del piso de arriba, que era donde yo escribía pasándome las noches de claro en claro. La casa, aunque pobre, era curiosita y se podía habitar; por lo menos no llovía dentro y tampoco olía peor que las otras casas que la rodeaban. En el piso de abajo teníamos un zaguanillo que nos servía de comedor, la cocina donde respiraba el puchero y la alcoba en la que dormían la criada —una solterita de la provincia de Toledo a la que decían Tipogamba— y el niño. El piso de arriba era casi igual, con otro rellano, la alcoba del matrimonio y la cocina del fogón condenado. En esa alcoba me atacó un día un fiebrón de pronóstico; mi mujer llamó al médico, don Mariano Moreno, y este me diagnosticó anginas y me recetó unos supositorios muy buenos, que eran la última palabra de la ciencia. Tenía que ponerme uno por la noche y otro a la mañana siguiente. Pues bien, después de cenar y cuando ya nos disponíamos a dormir, mi mujer me dio el primer supositorio pero cuando, lleno de resignación, iba a ponérmelo, se fue la luz sin esperar a que la apagásemos sino porque quiso, y la deprimente escena tuvo que ser rematada a oscuras y al tacto. A la mañana siguiente, mi mujer, que tiene cierta condicionada paciencia con los enfermos, me ofreció un nuevo supositorio incluso con su mejor sonrisa.
—Toma, Camilo José, ponte el otro supositorio.
Yo sentí que la sangre se me agolpaba en la cabeza, que de repente se vio invadida de las más negras ideaciones. La voz se me puso ronca y solemne y me cerré a la banda.
—No, hermosa, ese otro supositorio se lo va a poner tu madre. ¡Con lo que rasca!
—¿Cómo que rasca?
—¡Pues claro que rasca! ¡Rasca un horror! ¿Te enteras? ¡Un horror!
—Pero, hombre, ¿cómo va a rascar un supositorio?
—¡Yo qué sé cómo! ¡Lo que yo sé es que rasca! ¡Vaya si rasca! Prefiero las anginas a los supositorios; antes, cuando no había supositorios, las anginas se quitaban solas, soplando bicarbonato y dándose toques con glicerina yodada. A mí, déjame en paz.
Mi mujer, que no entendía nada, me peló un supositorio y me lo pasó por el dorso de la mano.
—¿Cómo es posible que digas que esto rasca?
Guardé silencio; en mi obnubilada mente acababa de nacer un rayito de claridad. Cuando entendí lo que pasaba, volví a hablar:
—Perdona.
—¿Por qué?
—No, por nada… Anda, dame el supositorio.
—¿Te lo vas a poner?
—Sí. La culpa fue de la compañía de la luz… no tienen conciencia… Anoche, cuando se fue la luz, me puse el supositorio con el papel de plata… no se lo digas a nadie…
Volvamos al hilo del cuento, tras la amarga experiencia de mi iniciación en la terapéutica por vía anal. Mi escritorio de la casa del Azoguejo y su parvedad vinieron a demostrarme que, para escribir, hace falta bien poca cosa. Los escritores suelen ser más bien necios y pedantes y aseguran (salvo excepciones) que para esto de escribir se precisa un ambiente determinado y propicio: para algunos, tumultuario y anestésico (Bernanos, por ejemplo, que escribía en los cafés); para otros, recoleto y tupido de precauciones (Juan Ramón Jiménez, pongamos por caso, y otras flores de histeria). Este presuntuoso supuesto dista mucho de ser verdad: para escribir libros, lo único que se necesita es tener algo que decir y un fajo de cuartillas y una pluma con que decirlo; todo lo demás sobra y no son más que ganas de echarle teatro al oficio. Con un fajo de cuartillas y una pluma se puede escribir el Quijote y, por detrás, la Divina Comedia. Lo que hay que hacer es ponerse a ello y esperar a ver lo que sale, si sale. El Quijote y la Divina Comedia, desde luego, salen pocas veces.
La mesa de entonces, como atrás dejé dicho, la recuperé hace poco. Mi amigo Eugenio Fernández, alias Cartujo, que fue quien me la había prestado, la vendió cuando cerró su café Madrid, pero pudo seguirle el rastro, topársela y regalármela. Quiero dejar aquí constancia de mi gratitud.
En carta de 27 de junio de este año, Cartujo me dice: «… después de recorrer varios pueblos del valle del Tiétar, en Escarabajosa encontré a quien se la vendí en Escalona (Toledo), a donde fue a parar, y por fin en Torrijos di con ella. La he encontrado con una nueva hendidura, pues ha pasado sus buenos inviernos al aire libre en una verbena. Desde luego la tenemos segura pues dejé una señal, para que me la guardaran».
La mesa, tras no pocas laboriosas gestiones, volvió a manos de Cartujo, quien se la envió a Madrid a mi hermano Jorge y este me la reexpidió a Mallorca. Su último propietario fue don Maximiliano Blasco, de Santa María del Tiétar. Ahora la tengo en la bodega de mi casa y, a veces, la acaricio como a una vieja reliquia.
En el invierno del año 1950, quizás en enero y, sin duda, ya en Madrid, probé a dar a La colmena una lectura completa, de arriba a abajo, y con los cinco sentidos. Estaba muy intoxicado de mi libro, que llegué a saberme de memoria o casi de memoria, y mi reacción ante lo que iba leyendo no era, ciertamente, producto de la ecuanimidad. A veces me parecía haber escrito una obra maestra, y otras, en cambio, pensaba que todo aquello era una mierda que no tenía el menor mérito ni sentido. Lo pasé muy mal, por entonces, y la actitud de la censura, que no admitía ni el diálogo, ayudó no poco a mi desmoralización, de la que salí a pulso y pensando dos cosas: que en España el que resiste gana, y que no me quedaba otra solución que sacar fuerzas de flaqueza para seguir resistiendo.
Un día (se conoce que estaba aún más decepcionado y deprimido que de costumbre) cogí tal cabreo con mis páginas y conmigo mismo que, sin encomendarme ni a Dios ni al diablo, arrojé al fuego de la chimenea el grueso fajo de cuartillas del original. Mi mujer, que estaba cosiendo en una butaca frente a la mía, desbarató la lumbre y rescató los papeles de aquel auto de fe que no llegó a consumarse gracias a su intervención. A veces le guardo gratitud. Mi mujer no es, como si dijésemos, muy heroína, pero tiene en cada momento el justo valor que se necesita; a mí esto me parece bastante meritorio.
La novela, en una primera versión ni dulcificada ni agriada pero sí incompleta, la presenté a la censura el 7 de enero de 1946. Los informes, como cabe suponer, fueron malos y mi novela, en recta lógica, prohibida.
El 27 de febrero solicitó el editor el oportuno permiso para una tirada con características especiales, de lujo y reducida; fue también denegado, en oficio de 9 de marzo.
Andando el tiempo —y cuando en España empezó a prevalecer un cierto tímido sentido de la realidad, al menos en esto— La colmena apareció no sólo en España, sino en trece o catorce países más. La inercia de la historia es incontenible y, al final, las aguas vuelven siempre a sus cauces. ¿Quién se acuerda hoy de los censores que tan sañudamente persiguieron y hasta encerraron a fray Luis?
La censura argentina (recuérdese que el libro se publicó en tiempos del general Perón) también me mareó bastante pero, al menos, el libro pudo publicarse en una versión bastante correcta. En todas partes cuecen habas; lo que pasa es que hay habas que, mejor o peor, se pueden digerir, y habas duras como chinarros a las que no hay quien les meta el diente. Con las tachaduras argentinas hice tres grupos: las que podía aceptar sin detrimento del libro e incluso limpiándolo de innecesarios excesos verbales o argumentales; las que no podía aceptar de ninguna manera, y las que podía aceptar condicionadamente. Procuré ser objetivo y ver las cosas con cierta frialdad y, de la serena consideración de los hechos, nació la versión que doy por buena y que es la que aquí ofrezco. Para aviso de listos quiero dejar paladina constancia de que esta versión de hoy no tiene ni una sola palabra menos —y sí algunas más— que la primera de Buenos Aires. Han pasado ya demasiados años para cometer errores de perspectiva.
La colmena me dio algún dinero (Signet Book, de Nueva York, tiró setecientos mil ejemplares en su edición popular, a 35 centavos), el suficiente para poder seguir viviendo cuando, a raíz de su publicación, me expulsaron de la Asociación de la Prensa de Madrid y prohibieron mi nombre en los periódicos españoles. ¡Qué lejano parece ya todo esto! La verdad es que las situaciones artificiales envejecen más bien de prisa.
Palma de Mallorca, Día de Difuntos de 1965
A mi hermano Juan Carlos,
guardia marina de la Armada española