
Dos meses en una isla, con unos tíos abuelos a los que no conocía.
Definitivamente, ese verano, las vacaciones de Clara iban a ser distintas.
No iba a pasar un mes en Irlanda, como estaba previsto desde hacía tiempo, para perfeccionar su inglés. Ni iba a volver a la Provenza para seguir aprendiendo francés. Tampoco iba a pasar por los diferentes talleres de verano (deportivos, artísticos, de matemáticas, de cocina... Clara había perdido la cuenta) a los que estaba acostumbrada.
No, ese verano las cosas iban a ser diferentes. El programa que los padres de Clara tenían diseñado para ella desde el momento en el que vino al mundo, hacía ya once años, iba a ser modificado por primera vez. Aquellas vacaciones, los planes no se encaminaban a convertirla en una elegante señorita cuatrilingüe, tan llena de conocimientos que sería imposible que no entrara en la mejor universidad ni que se convirtiera en una persona importantísima. No, ese verano los planes se reducían a enviarla a pasar más de dos meses en una isla diminuta del Mediterráneo —que, por no tener, no tenía ni aeropuerto—, en compañía de dos viejos a quienes Clara no había visto nunca.
Las razones del cambio en el programa eran poderosas: los papás de Clara, que hasta hacía poco habían vivido a todo tren, no tenían ni un euro. Estaban prácticamente arruinados. Desde hacía unos meses, el entorno de Clara se había transformado: ya no había dos coches en el garaje de su casa, ni una señora permanentemente al servicio de la familia. Ni tampoco estaba Molly, la encantadora canguro que la iba a recoger al colegio y le hablaba en inglés todo el rato. También se habían acabado la semana de esquí en los Alpes y las escapadas a capitales europeas durante los puentes, así como la sucesión de extraescolares que la mantenían ocupada cada tarde.
La situación empezó a cambiar el día en que Clara llegó a casa después de su extraescolar de música y se encontró, sentado en uno de los taburetes de la cocina, a su padre, un señor al cual no veía muy a menudo. Debido a su trabajo de ejecutivo de una gran empresa, como describía su madre, su padre se pasaba prácticamente el día en el despacho, de reunión importante en reunión importante, o viajando, de país en país. Sin embargo, aquella tarde de lunes estaba en casa antes de la cena, con el rostro descompuesto y un vaso de güisqui en la mano. Y junto a él estaba su madre, la cual tampoco solía estar en casa a esa hora porque —aunque no lo decía tanto como su padre— ella también trabajaba muchísimo. Tenía, asimismo, el rostro desencajado y le acariciaba con ternura el cabello a su marido, aunque él no parecía darse cuenta. Su padre no miraba a ningún sitio: tenía los ojos, pensó Clara, como si fueran de cristal.
Esa tarde, la vida familiar de Clara dio un vuelco. Tras una cena un poco angustiante —en la que su padre no tocó la verdura al vapor ni el pescado a la plancha, sino que se tomó otro güisqui—, él se fue a acostar, siempre con esa mirada vidriosa. Fue entonces cuando su madre la informó de que su padre había sido despedido de la gran empresa, pero que no se preocupara, que en pocos días encontraría un trabajo tan bueno como el que acababa de perder.
Pero pasaron los días, las semanas y los meses y el trabajo no aparecía. Su padre seguía en el paro. A causa de ello, empezaron a llegar «los recortes», como los llamó su madre: primero se marchó Molly y, después, se redujeron al mínimo las horas de su querida Yola, que pronto encontró otra casa en la que trabajar como fija y no tuvo más remedio que despedirse. También desapareció el Porsche que había hecho tan feliz a su padre el día que lo compró y se puso a la venta la masía del Empordà, donde iban los fines de semana y en agosto.

Un día, con lágrimas en los ojos, su madre le anunció que iba a cambiar de escuela.
Como el próximo curso Clara empezaba Secundaria, el paso de su exclusivo colegio privado a uno «más sencillo», como decía su madre, no sería tan traumático para todos. Clara, la verdad, no estaba nada traumatizada, sino encantada de conocer a gente nueva, cambiar de ambiente y, especialmente, perder de vista a las rubísimas gemelas Codonyà, con las que había compartido aula desde parvulario. Aunque supuestamente las hermanas eran sus mejores amigas, a menudo le hacían la vida imposible, dejándola de lado o burlándose de cosas como el tipo de mocasines que llevaba Clara, de su pelo rizado y castaño (tan diferente al de las gemelas, liso y oxigenado como el de una Barbie) o del pequeño lunar que tenía en una mejilla. En más de una ocasión, Clara ya había pensado que su vida sería mucho mejor sin tanta presencia de las Codonyà, pero sus padres parecían tan horripilados con la idea de que su hija ya no fuera de uniforme y dejara a unas amistades «tan buenas», que ella les siguió la corriente e, incluso, soltó unas lágrimas (falsas) cuando le comunicaron la noticia sobre su cambio de escuela.
En los recortes también entraban las actividades durante las vacaciones de Clara, que, desde que ella recordaba, consistían en un frenético ir y venir de escuelas, cursos y campamentos de verano en los que aprendía idiomas, tenis, natación, danza, expresión artística, yoga, equitación, programación o la última actividad de moda para niños. A ese frenesí se le añadían tres semanas en la masía del Empordà, con sus padres. Esas eran supuestamente las vacaciones «en familia», pero consistían en otro frenético intercambio de visitas, comidas y cenas a masías de conocidos, salidas en barco cuando el viento del norte lo permitía y tardes de compras en una población costera abarrotada de gente y coches llamada Platja d’Aro.
Los veranos de Clara, hasta aquel entonces, habían requerido de una programación exhaustiva, pero, desde que los recortes irrumpieron en la vida familiar, la cuestión «Qué actividades va a hacer Clara este verano» no se mencionaba. Llegó el mes de mayo y su madre todavía no le había hablado de cuál sería el programa de aquel año.
Sin embargo, un domingo por la mañana, el único momento de la semana en el que la familia de Clara compartía mesa de desayuno, se habló, finalmente, del programa.
Estaban los tres, madre, padre e hija, sentados alrededor de la mesa de la cocina. Su madre, como solía ocurrir, llevó la voz cantante. Le recordó a Clara que las cosas estaban «muy difíciles» y que ese verano iba a ser «muy distinto». Su padre estaba a punto de entrar a trabajar en una nueva empresa, pero las condiciones, dijo, eran «muy diferentes» a las de antes. Entre otras cosas, ese verano él no iba a tener días de vacaciones. Ella tampoco: desde que su esposo perdió el trabajo hacía más horas extras que nunca en su oficina. Además, estaban a punto de vender la masía del Empordà. «Y yo me tendré que encargar de vaciarla», suspiró.
Todo ello, resumió su madre, implicaba que ambos iban a estar «muchas horas fuera de casa». Lo cierto es que ese último punto no representaba ninguna novedad para Clara. Sus padres, desde que tenía uso de razón, pasaban muchas horas fuera de casa, pero la diferencia es que ahora ya no estaban ni la dulce y paciente Yola ni la simpática Molly para prepararle la cena, recogerla del colegio, llevarla a la siguiente actividad y ayudarla con los deberes. «Tienes once años, aún no puedes quedarte sola en casa», sentenció su madre. «Ni tampoco», añadió, «podemos mandarte este año a Inglaterra ni a Francia, ni muchísimo menos a un summer-camp en Estados Unidos, como van a ir este año las Codonyà». La mención de las hermanas y su brillante perspectiva hizo que su madre tuviera que detenerse unos segundos y respirar intensamente antes de continuar. «Pero», prosiguió, tratando de sonreír, «parece que hemos encontrado una solución. Una solución aceptable», remarcó y, acto seguido, en un momento sin precedentes en una situación familiar de este tipo, le pasó la palabra a su padre.
Aunque su padre estaba acostumbrado a tomar importantes decisiones empresariales, a hacer presentaciones en público y a participar en juntas de alto nivel, la idea de hablar con su única hija se le hacía muy difícil. Mientras emitía un sonido ininteligible y buscaba algo en el bolsillo de su albornoz, Clara lo miraba fijamente.

Su padre extrajo por fin lo que parecía un pedazo de papel cuadrado y se lo tendió a su hija. Clara lo cogió con mucho cuidado. Había oído hablar de ellas y, de hecho, las había visto: a casa llegaban unas cuantas, sí, pero siempre estaban mecanografiadas y procedían, básicamente, del banco. Sin embargo, lo que su padre le había dado era una carta auténtica: con dirección y remitente escritos a mano y sellos de colores franqueados. Su padre había tenido la delicadeza de abrirla con uno de esos abrecartas que decoraban la mesa de su estudio: utensilio, mueble y espacio que, respectivamente, jamás utilizaba. Clara extrajo con cuidado del sobre un papel doblado, fino y liviano. Desplegó la hoja y, tras buscar la mirada de su padre, quien asintió con la cabeza, dándole así su aprobación, empezó a leer su contenido. La letra era clara y grande, escrita con tinta color verde agua. Aunque después la releería una y otra vez, poco imaginaba Clara que aquel texto iba a cambiarle la vida.

Querido sobrino:
Me alegro muchísimo de saber de ti y de Elena después de tanto tiempo. Me alegra también saber que vuestra hija Clara está bien y que es una niña tan lista y tan bien preparada.
Por otra parte, lamento de veras vuestra difícil situación actual y espero que podáis resolverla pronto. Tanto Esmeralda, quien os envía muchos recuerdos, como yo estaremos encantados de tener en casa a Clara este verano.
La isla ha cambiado mucho en los últimos años, pero la casa y la playa siguen igual. Son nuestro refugio. De hecho, ayer no había luna y Esmeralda y yo fuimos a ver la fosforescencia en el mar. Esmeralda se bañó y era hermoso ver todas las estelas que provocaba su nado. ¡Hay cosas que nunca cambian! Bueno, me voy por las ramas. Lo dicho: será un placer alojar a Clara. Dile que es imprescindible que se traiga libros, bañador, gafas de buceo y cosas para dibujar. Por aquí no hay niños y así no se aburrirá. Puedes llamar al bar de Antonio y dejar dicho cuándo llega. Cuando bajo al pueblo siempre paso por allí, a tomarme algo. Nosotros seguimos sin teléfono: consideramos la idea de tener un móvil, por si hubiera una emergencia, pero en la casa no hay cobertura, así que lo dejamos estar. Pero no os preocupéis: la vida sigue muy tranquila y Esmeralda y yo estamos seguros de que vuestra hija estará encantada.
Lo importante aquí es saber nadar.
Un abrazo a los tres,
Juan
Clara terminó de leer la carta y, con una expresión inquisitiva, miró a sus padres.
—Ahí es adonde vas este verano, sí —respondió su padre, sin esperar a la pregunta—. Con tus tíos abuelos Juan y Esmeralda. A la isla.