El cuento
—Hoy os voy a contar un cuento —dijo la profesora nada más entrar en clase, y todos nos pusimos a reír.
La verdad es que nos hizo gracia eso de que nos contaran un cuento a nosotros, a nuestra edad.
—Veréis —continuó—, la literatura no es solo novela, o teatro, o poesía… una parte muy importante de la literatura son los cuentos. Antiguamente, cuando nadie sabía ni leer ni escribir, muchas historias se transmitían a través de cuentos. Por ejemplo, los cuentos se utilizaban para dar lecciones a la gente, para enseñar…
En ese momento cogió un pequeño libro y buscó una página.
—Este libro se titula Cuentos para entender el mundo 2 y aunque quizá no lleguemos nunca a comprender del todo el mundo, el cuento que os voy a contar hoy sí que os puede servir para, al menos, intentar comprender un poco mejor el instituto, o incluso esta clase. Este cuento se llama «No es mi problema» y es una versión de un cuento popular.
Y empezó.
Un ratón que vivía en una granja estaba buscando comida cuando, de pronto, a través de un agujero, observó que el granjero y su esposa estaban abriendo un paquete que acababan de comprar. En cuanto sacaron lo que había en su interior, el pequeño roedor se escandalizó, pues no era otra cosa que una trampa para ratones.
Asustado se fue corriendo para avisar al resto de los animales de la granja.
—¡Han comprado una ratonera! ¡Han comprado una ratonera! —gritaba.
Las dos vacas, que en ese momento estaban pastando tranquilamente, le contestaron:
—Vaya, ratón, lo sentimos mucho, sé que puede llegar a ser un gran problema para ti, pero como comprenderás, a nosotras eso no nos afecta en lo más mínimo.
El ratón, desilusionado, se acercó al perro para comunicarle la mala noticia:
—¡Perro, perro! ¡Tienes que ayudarme! ¡Los granjeros acaban de comprar una ratonera, tienes que ayudarme a quitarla!
El perro, que se encontraba descansando plácidamente en un rincón del establo, le contestó sin demasiado interés.
—Vaya, ratón, lo siento mucho por ti, pero como comprenderás, muy poco me afecta a mí esa ratonera.
El ratón, indignado, se acercó a los tres cerdos que había en la granja para ver si estos podían ayudarle de alguna forma.
—¡Cerdos, cerdos!, acabo de ver que los granjeros han comprado una ratonera. Ayudadme a encontrarla para no quedar atrapado en ella.
Los cerdos, que en ese momento se bañaban plácidamente en un charco de barro, le miraron con desgana.
—Vaya, pobre ratón, tendrás que andar con mucho ojo…
—Pero tenéis que ayudarme, es horrible que haya una ratonera en la granja.
—¿Acaso nosotros estamos en peligro? Puede ser horrible para ti, no lo dudo, pero no creo que una ratonera pueda hacernos ningún daño.
Y los cerdos continuaron tumbados en el barro.
Y así, uno a uno, los animales se fueron desentendiendo de aquel problema, pues era algo que, en principio, solo afectaba al ratón.
Pasaron varios días en los que el ratón andaba con muchísimo cuidado, pues sabía que en cualquier momento podía encontrarse con la ratonera y quedar atrapado en ella.
No había conseguido convencer a ningún animal para que le ayudase a encontrarla y a inutilizarla, o al menos a esconderla.
Pero una noche, de pronto, se escuchó un ruido, como si la ratonera hubiera cazado algo.
La granjera salió corriendo para descubrir que la ratonera había atrapado una serpiente que parecía muerta, pero al intentar soltarla, la serpiente pegó una sacudida y mordió a la mujer en un brazo.
El granjero, alertado por los gritos de su esposa, salió corriendo y al ver lo ocurrido la subió en su coche rápidamente para llevarla al hospital, con tan mala suerte que al arrancar atropelló al perro que estaba durmiendo justo debajo.
Durante los siguientes días vinieron muchos familiares a ver a la mujer y, para poder dar comida a todas esas personas, el granjero decidió matar los tres cerdos que tenía.
Finalmente, cuando la mujer ya estaba curada, llegó la factura del hospital y los granjeros solo pudieron hacer frente a la misma vendiendo al matadero las dos vacas que poseían.
Acabó el cuento y nos quedamos en silencio, todos sabíamos que la profesora había leído aquel cuento por algo, por alguien. Yo era el ratón, de eso estaba seguro.
* * *
Después del cuento, un chico con una pequeña cicatriz en la ceja se queda pensando qué animal es él: el perro, la vaca o quizá el cerdo… Sí, seguramente es el cerdo, es el cerdo que ha abandonado a su amigo. Hace ya tanto tiempo que no le pregunta cómo está, que no habla con él, que no se envían mensajes, que no quedan por las tardes, después de clase, para mantener esas conversaciones infinitas…
«¿Amigos?»… piensa en el significado de esa palabra, quizá sea la próxima que la profesora analice en clase. «Amigos», qué clase de amigo es él. Un amigo no dejaría al otro tirado así, sería el primero en ayudarle, en defenderle… pero ¿y él? ¿Qué pasará con él si entra en esa guerra? ¿Dónde está el límite entre ayudar y ponerse uno mismo en peligro? Quizá son preguntas demasiado grandes para alguien tan pequeño.
Y ahora, desde su mesa, lo mira, mira a ese niño ratón que cada vez es más pequeño, que ha tropezado con tantas ratoneras durante las últimas semanas que está como desaparecido. Se da cuenta de que le ha fallado en todo, desde el primer día, desde que decidió quedarse en un segundo plano, desde que decidió marcharse de su lado.
Sí, sin duda él es el cerdo, uno de tantos.
Porque no es el único que se siente así en una clase que hace tiempo que ha abandonado al ratón. Unos se sienten vacas, otros perros, otros cerdos… pero todos se inventan mil excusas en su cabeza para justificarse, la mejor de todas es que por lo menos ellos no son la ratonera.
* * *
Él sí, él sí es la ratonera, eso lo tiene claro.
Un chico que solo tiene nueve dedos y medio hace ya días que sale del instituto con la rabia escondida entre los dientes. Le molesta cada vez más todo lo que está ocurriendo en la clase de literatura, no sabe muy bien cómo pararlo, cómo luchar contra las palabras, pues él solo sabe utilizar los puños.
Cobarde, valiente, chivato, guerreros, ardillas, dragones… y ahora ese cuento, todo tiene algo que ver con él.
Ha pensado que, de momento, va a ser más inteligente, ya no va a agredirle físicamente, pues eso cada vez es más complicado, se va a centrar ahora en ridiculizarlo a través de las redes, a aislarlo de sus compañeros, va a intentar que nadie hable con él, que no exista.
Pero ese plan tiene un pequeño problema: llega tarde.
* * *
Durante los últimos días antes del accidente ya casi nunca me pegaban, y eso solo tenía una explicación: yo estaba ganando, mi poder era cada vez más fuerte.
Es verdad que cada día, en casa, ensayaba y ensayaba, me concentraba y me imaginaba paseando por cualquier sitio sin que nadie me viera. Lo mismo hacía en clase, en el instituto, por la calle, siempre intentaba pasar lo más desapercibido posible.
Cada día me veía menos gente al ir al colegio, pasaba todo lo rápido que podía al lado de los alumnos, y de los padres, y de las madres… ya nadie se daba cuenta de que existía. Por ejemplo, el portero del colegio ni siquiera levantaba la cabeza cuando llegaba. Cerraba la puerta y basta, como si yo nunca hubiera pasado por allí.
En el pasillo ya nadie se giraba tampoco para mirarme, como si no existiera.
En clase era más complicado ser invisible, porque aunque no me vieran, todo el mundo sabía dónde me sentaba, pero aun así a veces lo conseguía, había días enteros en los que nadie me hablaba, nadie se dirigía a mí, era como si no hubiera ido a clase.
Cuando salía al recreo me quedaba en un rincón, junto a un árbol, y la mayoría de los días tampoco nadie hablaba conmigo, nadie se acercaba a mí, ni MM ni sus amigos me hacían nada. Por fin lo había conseguido, había funcionado, no me podían ver.
Lo bueno de ser invisible es que ya nadie me hacía nada, no me pegaban, no me escupían, no se reían de mí, por fin podía salir del instituto e ir tranquilo a casa sin tener que estar mirando a cada momento detrás de mí.
Lo malo de ser invisible es que tampoco te ve quien quieres que te vea. Kiri ya no me veía.
* * *
Llega el último lunes antes de que ocurra todo.
—Buenos días, hoy he pensado que vamos a dedicar la clase entera a una sola palabra —dice la profesora de literatura mientras coge la tiza.
Se gira y comienza a escribir grandes letras en la pizarra. Primero la E gigante, después una M también gigante, después una P… y así hasta que todos tienen delante una palabra que conocen muy bien.
Una palabra que afecta a un chico que comienza a ponerse nervioso, sabe que esas letras, al juntarse, van a hacerle más visible que nunca, porque ahí, en la pizarra, está la palabra que le recuerda su gran defecto.
A tres mesas de distancia, en la penúltima fila, un chico con nueve dedos y medio también se pone nervioso al leerla, incluso más que el chico invisible porque sabe que esa palabra está relacionada con su principal carencia.
* * *
EMPOLLÓN
Esa fue la palabra que escribió en la pizarra, pero aquel día no hubo risas, solo silencio.
—Veamos, ¿alguien se atreve con una definición de esta palabra? —preguntó la profesora.
Pero nadie decía nada.
—Venga, Sara, tú misma, dime una frase.
—Bueno… pues… Él sacó la máxima nota porque era un empollón —dijo.
—Bien, bueno… podría valer, alguna más, a ver tú…
—Él nunca salía los fines de semana porque era un empollón.
—Vale, a ver, otra más por allí.
—Él siempre aprueba todo sin esforzarse porque es un empollón.
Ahí, en la tercera frase me di cuenta de que todas comenzaban por un él, no con un ella, y yo sabía que ese él era yo.
—Bueno —contestó la profesora—, esa última frase no es del todo correcta, ahí tenemos un problema de significado —dijo mientras cogía el diccionario.
—Mirad, os voy a leer la definición, a ver si así detectáis dónde está el error. Empollón: «Persona que estudia mucho y se distingue más por la aplicación que por el talento».
—Es decir —continuó—, un empollón no es alguien que sea listo por naturaleza, sino alguien que se esfuerza mucho por ser listo, y eso es muy distinto. ¿Qué pensáis que es más importante: el esfuerzo o el talento? A ver, levantad las manos. ¿Esfuerzo?
»Y ahora, ¿talento?
La votación quedó más o menos igualada, yo no levanté la mano en ninguno de los dos casos.
—Veréis —continuó la profesora—, si yo tuviera que elegir, elegiría una persona que se esforzara, porque conozco muchas personas con talento pero que son más vagos que un palo de escoba, en cambio la mayoría de la gente que se esfuerza suele conseguir siempre buenos resultados.
»Pero no nos desviemos del tema, vamos a trabajar esta palabra, y, sobre todo, vamos a analizar cómo la utilizamos, pues generalmente es de forma despectiva, ¿a que sí?
* * *
—A ver, ¿cuántos de aquí tienen móvil?
Y ante esa pregunta casi toda la clase levanta la mano.
—Bien, ¿qué tipo de personas pensáis que han desarrollado la tecnología necesaria para que todos vosotros os estéis gastando el dinero en esos aparatos? ¿Quiénes creéis que se han enriquecido mientras vosotros estáis suplicando dinero a vuestros padres para aumentar el saldo? ¿Quién gana dinero mientras vosotros perdéis el tiempo haciendo selfis?
»¿Quién utiliza Google? ¿Quién utiliza WhatsApp? ¿Quién tiene una bici, una tableta, un ordenador…? ¿Quién se ha subido alguna vez a un tren, a un avión o a un ascensor?
»Tenemos todas esas cosas gracias a que en su día hubo empollones que lo hicieron posible, personas que con o sin talento se esforzaron por estudiar, por investigar, por aprender, por dar un paso más que los demás… Cuando cogéis una moto, una bici, cuando cruzáis un puente, cuando compráis algo por internet, cuando encendéis una bombilla, cuando utilizáis el gps para guiaros, cuando jugáis a la consola, cuando os hacéis una foto… todo eso es posible gracias a los que llamamos “empollones”, de hecho toda vuestra vida depende de ellos.
En ese momento la profesora hace una pausa y solo se oye el silencio, muy pocas veces una clase ha tenido a sus alumnos tan concentrados.
—Supongo que muchos de vosotros habéis subido a un avión, ¿verdad? Seguro que no os gustaría mucho que el piloto fuera uno de esos que en el instituto sacaba las peores notas, que no sabía hacer nada, que le daba todo igual… ¿a que no? A que os gustaría que el piloto estuviese muy preparado, y si es el mejor preparado de su promoción, mejor, ¿a que sí? Pues cada vez que conozcáis a un empollón pensad lo mismo de él, que seguramente será quien en un futuro pilote vuestra vida.
»Y después está el resto, el rebaño de ovejas, los consumidores, los que ahora de jóvenes se ríen de los empollones pero que después se pasarán trabajando quince horas al día en una pizzería o una hamburguesería por un sueldo de mierda.
»Bueno, y también están los otros, los que piensan que sin hacer absolutamente nada serán famosos y ricos; los que su mayor aspiración simplemente es ser famosos, o esos que creen que su futuro es ser youtuber porque está de moda.
Y en ese momento la profesora comienza a reírse.
—¿Alguno de esos ha pensado qué pasará el día en el que YouTube diga que va a reducir lo que paga por visita, o que directamente lo reduzca a cero? ¿Qué hará toda esa gente que sin tener ni idea de nada se dedica a comentarlo todo? ¿Hablarán con el espejo?
Ahí para de hablar y se queda mirando a toda la clase.
—¿Sabéis una cosa, chicos? Esto del instituto son solo cuatro años, quizá más para algunos —y es ahí cuando MM se revuelve en su silla—, pero después os queda el resto de vuestra vida, y eso es mucho, mucho, mucho tiempo, ¿qué haréis después?
Silencio de nuevo.
—Después tenéis toda la vida, y eso son muchos años, para elegir si queréis pasarla trabajando para otros por un sueldo de mierda o no. Os aseguro que aunque ahora os riais de los empollones, no será nada comparado con lo que se reirán ellos de vosotros dentro de unos años.
»Os deberíais preguntar quiénes suelen ser las personas más ricas del planeta. No son las que se pasan el día tumbados en el césped, o las que están todo el día mirándose al espejo a ver cómo les han quedado las uñas o las mechas nuevas, ni las que pierden horas enganchadas al móvil, ni siquiera las que tienen talento y lo desperdician, no, no son esas las que se hacen ricas.
»Por eso, antes de reíros de una persona que estudia, que quiere ser algo, que quiera aportar algo a la sociedad, pensad en quién os curará cuando estéis enfermos, quién os salvará la vida cuando un parto se complique, cuando tengáis un accidente…
Y es en ese momento cuando, sin verlo, MM sabe que el dragón va a ir a por él, que le va atacar sin piedad.
Y es en ese momento cuando la profesora nota que algo se mueve en su espalda, sabe que va a tomar el control de la conversación.
Y ambos, MM y profesora tiemblan porque no saben lo que va a decir el dragón, ¿hasta dónde va a ser capaz de llegar con toda la información que tiene?
* * *
—Por ejemplo, Sara —pregunta el dragón—, cuando te caíste y te rompiste la pierna, ¿quién te curó, quién te operó, quién diseñó el aparato con el que te hicieron la resonancia…? O tú, Marcos, cuando tu hermanita nació casi sin peso, ¿quién ayudó a tu madre a dar a luz, quién inventó la incubadora que ha conseguido que tu hermana esté viva y sana?, o tú, Sandra…
Y MM en ese momento se da cuenta de que el dragón está volando sobre todos los alumnos pero con un objetivo claro: él.
En apenas unos minutos sus temores se hacen realidad, no hay nombre, solo una historia, su historia. Y es entonces cuando MM se pregunta cómo el dragón sabe eso, cómo se ha enterado de lo que ocurrió hace tanto tiempo.
—O imaginaos —continúa el dragón— que un día vais en coche con vuestros padres y el coche se sale de la carretera en plena noche…
«El coche se salió por algo», piensa MM.
—… y tenéis un accidente, uno de los graves, de esos que os pueden costar la vida, la vuestra o la de todos los que van en el coche.
«La de todos no, solo la mía», se dice a sí mismo MM.
—Y es tan grave el accidente que os llevan al hospital para operaros a vida o muerte, pues un trozo del coche se os ha clavado en algún punto de vuestro cuerpo…
«En cualquier parte no, en el pecho, justo encima del corazón.»
—Y afortunadamente la operación sale bien, pero os toca estar ingresados mucho tiempo en un hospital en el que os hacen todo tipo de pruebas.
«Mucho, mucho tiempo, dos meses fueron, recuerda el chico de nueve dedos y medio. Dos meses ingresado en el hospital sin saber por qué estaba yo allí, sin haber hecho nada, sin…» Y es ahí cuando nota por primera vez que se le humedecen los ojos.
—¿Os imagináis que el doctor que os tiene que operar no estuviera ahí porque de pequeño no paraban de llamarle empollón?, ¿os imagináis que os toca el doctor más vago de su promoción?, o lo que sería ya total, pero que podría pasar algún día… ¿os imagináis que el doctor que os va a salvar es el mismo al que de pequeños vosotros insultabais por estudiar mucho?
»Nunca subestiméis el destino y, sobre todo, nunca os riais de alguien que el día de mañana puede salvaros la vida.
Y en ese momento MM ya no está allí, su mente ha volado hacia el pasado, hacia todos aquellos días en los que un pequeño de siete años permanecía día tras día en una cama sin entender nada…
Muchos años atrás, también en un hospital
Un niño de solo siete años se despierta cada mañana sin saber por qué tiene que respirar a través de un tubo, por qué le dan tantas pastillas y, sobre todo, sin saber por qué tiene vendada la mano. Por eso le pregunta a su madre.
—Mamá —le dice sin poder mover casi el cuerpo—, ¿por qué estoy aquí?
Y es en ese momento cuando la mujer no aguanta más y comienza a llorar, allí, delante de él. Cuando desearía desaparecer, cuando el dolor es tan intenso que le gustaría morir allí mismo si con eso pudiera volver al pasado, si con eso pudiera arreglar lo ocurrido…
MM reconoce que ha perdido, que el dragón ha jugado sucio, que hay cosas que no deberían saberse. Que hay recuerdos que deberían permanecer en la intimidad de uno mismo.
Se levanta y, sin decir nada a nadie, sale de clase.
El dragón lo ve, la profesora lo ve, el chico invisible lo ve, todos sus compañeros lo ven… pero nadie dice nada.
* * *
Un chico con nueve dedos y medio entra furioso en el baño y comienza a golpearlo todo: la puerta, la pared, el espejo… y es en el interior de esa furia cuando nota que algo ha crujido en su mano: le sale sangre de uno de sus nudillos.
Mete la mano bajo el agua del grifo y comienza a llorar. Es una mezcla entre rabia, impotencia y odio.
El accidente ocurrió hace muchos años, cuando él era muy pequeño, pero se acuerda absolutamente de todo, es como si la mente marcara a fuego algunos recuerdos. La discusión de sus padres incluso antes de entrar al coche: ella, su madre, insistiendo que en su estado no debería conducir; él, su padre, asegurando que por cuatro copas no iba a pasar nada.
Y así, entre gritos, un niño de apenas siete años es colocado en la parte de atrás del coche sin que nadie le dé la opción a opinar.
Y el coche arranca, y la discusión continúa: las lágrimas de ella, los gritos de él. Y entre ese huracán de emociones, un niño que tiene miedo pero no sabe de qué llora en una situación que no entiende, porque a esa edad aún no alcanza a comprender qué relación tienen las palabras copas y coche.
A los pocos minutos un volantazo avisa de que lo peor aún está por venir: el coche invade el carril contrario, otro que viene de frente le hace las luces y consigue esquivarlo. Gritos de su madre, gritos de su padre, lágrimas de un niño que quisiera salir de allí pero que al ser una vida tan pequeña se da cuenta de que no tiene capacidad de decisión.
Y al rato la calma, ese silencio que siempre precede a la desgracia.
Otro volantazo, el que los saca de la carretera.
Y un niño al que nada le sujeta a su asiento nota cómo empieza a volar en el interior de un coche. Sus pequeños ojos observan cómo todo su alrededor gira.
Y es en ese volar sin ancla cuando de pronto siente un pequeño dolor en su mano, pero no será ese el peor dolor que sufra, no, será el que viene a continuación, el de un trozo de metal que se le clava en el pecho, justo al lado del corazón.
Y silencio.
Y gritos de una madre desesperada al ver la sangre salir del pecho de su pequeño.
Y el hundimiento de un padre que permanece arrodillado en el suelo, sujetando entre sus brazos la vida de un niño que se le escapa entre los dedos.
Nadie tenía esperanzas en que un cuerpo tan pequeño y con tanto daño saliera adelante, nadie excepto el médico que lo operó, que tomó el control de todo, uno de los mejores le dijeron después, una de esas personas que no había hecho otra cosa en su vida que estudiar y prepararse para eso… para salvar vidas.
Y el niño sobrevivió, con una gran cicatriz en el pecho y medio dedo menos, pero sobrevivió.
Y sobrevivió, lo piensa ahora, gracias a alguien como el chico tomate.
* * *
Fue a partir de aquel momento cuando sus padres, para compensar el sentimiento de culpa, comenzaron a darle todo lo que quiso.
Fue también a partir de entonces cuando su padre se alejó de él. Cada vez jugaban menos juntos, cada vez había menos abrazos, menos besos, menos cuentos por la noche…
Algo que el niño nunca entendió, porque con siete años no se puede tener rencor, con siete años uno quiere a sus padres aunque no cuiden de él, aunque no sean los mejores padres del mundo… aunque casi le maten con el coche. Es lo que tienen los niños tan pequeños: que fabrican continuamente amor sin condiciones.
Con el tiempo su padre se ha ido alejando tanto de él que ya hay días en los que parece que viven en universos distintos.
«¿Por qué?», se ha preguntado tantas veces. Quizá por vergüenza, quizá porque nunca se ha perdonado lo que hizo, quizá porque cada vez que observa a su hijo él solo ve culpa.
Y MM llora en la intimidad lo que jamás se atrevería a llorar en público, y se sienta en el suelo, bajo el lavabo, y deja que su cabeza caiga entre sus piernas; es ahora cuando ese chico desearía que entrara el dragón en el baño y le abrazase, aunque le quemase, aunque le clavase las uñas en la piel… porque incluso los villanos necesitan de vez en cuando un abrazo.
Es en ese momento cuando algo se mueve debajo de esa cicatriz que tiene en el pecho.
* * *
Aquel día de la palabra empollón me di cuenta de que no era tan grave mi defecto, que la profesora tenía razón, que quizá eso de ser un empollón no era tan malo.
Aquel día también pasó algo raro con MM. Salió de clase para ir al baño y ya no volvió, ni a esa clase ni en todo el día, ni tampoco al día siguiente, ni al otro. Dijeron que se había dado un golpe muy fuerte en la mano y que tenía algo roto.
Así que los siguientes días fueron tranquilos. De todas formas yo ya había perfeccionado tanto mi poder que podía pasarme el día entero sin que nadie me hablara, sin que nadie me tocara, sin que nadie me viera.
¡Lo había conseguido! Estaba feliz. Era capaz de controlar cuándo quería ser invisible, y ya siempre funcionaba.
Por eso fue tan raro lo que pasó a los pocos días…
* * *
Un chico con nueve dedos y medio, y ahora uno de ellos roto, está en casa pensando en el momento adecuado para hacer lo que nunca se ha atrevido.
Es complicado, por eso le cuesta tanto, porque algo así solo puede hacerlo un valiente y quizá él, en el fondo, sí que es un cobarde.
Al tercer día de estar en casa ya no puede más y sale a la calle, sabe que a esa hora más o menos atravesará de vuelta el parque, que estará solo. Mejor así, no quiere testigos.
Se espera escondido tras un árbol, sabe que si lo ve echará a correr, por eso quiere hacerlo por sorpresa.
A los pocos minutos lo ve: el chico avispa llega con la cabeza mirando al suelo, como si estuviera contando sus propios pasos, como si estuviera viviendo en otro mundo.
Deja que pase y se coloca detrás de él, a unos diez metros. Y entonces le llama:
—Sheee.
* * *
Ese sheee llega como un huracán de recuerdos a un chico que revive todo lo sufrido desde aquel primer día en el que dijo NO.
Y tiembla de nuevo.
Y tiene otra vez miedo.
Y no entiende qué ha fallado, ¿por qué justamente en ese momento ha vuelto a ser visible?, ¿qué es lo que ha hecho mal?, en qué momento se ha desconcentrado.
Nota, gracias a sus poderes, una presencia en su espalda, a apenas cinco metros, calcula.
Duda entre si girarse o echar a correr.
Decide por una vez enfrentarse a él y se gira, y se quedan allí, héroe y villano frente a frente.
Y su mente se llena de recuerdos: los empujones, las zancadillas al entrar y salir de clase, los escupitajos en la espalda, su cabeza en el interior del váter, la caca de perro que le metieron en la mochila, el vídeo de la avispa, sus fotos volando por las redes sociales, el rostro de Kiri diciéndole cobarde a la cara, las noches sin dormir, las mañanas en las que ha mojado la cama… y es ese último recuerdo el que ahora mismo hace que se junte todo el miedo en su cuerpo y, sin quererlo, se escape en forma de líquido: se mea encima.
El villano mira fijamente cómo va creciendo una mancha oscura en los pantalones del chico tomate, una mancha que hace visible todo el sufrimiento que el héroe lleva dentro.
Un héroe que, de pronto, mira instintivamente a todos lados. Sospecha que los amigos de MM estarán por ahí, escondidos, grabándolo todo. Grabando el momento en el que un chico se acaba de mear encima sin que nadie le haya hecho nada.
Mira de nuevo a MM y sale de allí corriendo.
* * *
MM se ha quedado de pie durante varios minutos en el parque, observando cómo el chico avispa huía sin motivo, sin saber qué ha ocurrido. No le ha hecho nada, no le ha tocado, ni siquiera le ha hablado. No entiende qué ha pasado, quizá porque aún es demasiado joven para comprender que no se pueden quitar los agujeros de una flecha que ha atravesado tantas veces un cuerpo.
Se da la vuelta, mira a todos lados, nadie ha visto nada, mejor así.
* * *