En el sumidero
Cuando la señora de Frederick C. Little tuvo su segundo hijo, todo el mundo notó que su tamaño no excedía por mucho al de un ratón. La verdad es que el bebé se parecía a un ratón en todos los aspectos. No medía más de un par de pulgadas; tenía el aguzado hocico, la cola y los bigotes de un ratón, así como su aire agradable y recatado. A los pocos días de nacer, no solo tenía el aspecto de un ratón, sino que además actuaba como tal, provisto de un sombrero gris y portando un bastón pequeño. Los Little le pusieron de nombre Stuart, y el señor Little le construyó un diminuto lecho utilizando una cajetilla de cigarrillos y cuatro pinzas de ropa.

A diferencia de la mayoría de los bebés, Stuart nació sabiendo andar. Cuando tenía una semana podía encaramarse a una lámpara trepando por el cable. La señora Little comprobó enseguida que las prendas que había preparado para el niño eran inadecuadas, y poniéndose a la tarea le hizo un traje de tela recia con bolsillos sobrepuestos en los que él pudiese llevar el pañuelo, el dinero y las llaves.
Cada mañana, antes de que Stuart se vistiese, la señora Little entraba en su cuarto y lo pesaba en una pequeña balanza de las utilizadas para pesar cartas. Al nacer, Stuart podría haber sido despachado con franqueo de primera clase por tres centavos, pero sus padres prefirieron quedarse con él; y un mes después, cuando su peso había aumentado solo un tercio de onza, su madre se sintió tan preocupada que mandó llamar al médico.
El doctor quedó encantado con Stuart y dijo que tener un ratón era algo sumamente insólito en una familia norteamericana. Le tomó la temperatura y encontró que era de 37°, lo cual es normal en un ratón. Le auscultó asimismo el pecho y la espalda, y le examinó solemnemente el interior de las orejas con una linterna. (No cualquier médico es capaz de examinarle a un ratón el interior de la oreja sin reírse). Pareció encontrar todo en orden, y la señora Little se alegró de recibir tan buen dictamen.

—¡Denle bastante de comer! —dijo alegremente el doctor al salir.
El hogar de la familia Little estaba en un sitio agradable, próximo a un parque, en la ciudad de Nueva York. Por la mañana el sol entraba a raudales por las ventanas que daban al este, y los Little, por regla general, se levantaban temprano. Stuart era una gran ayuda para sus padres y su hermano mayor, George, debido a su reducida talla y a que podía hacer las cosas que hace un ratón y ser agradable al hacerlas. Un día, mientras limpiaba la bañera después de que el señor Little tomase un baño, a la señora Little se le escurrió un anillo del dedo y horrorizada descubrió que había desaparecido en el sumidero.
—¿Y ahora qué hago? —gemía, tratando de retener las lágrimas.
—Yo en tu lugar doblaría una horquilla para formar un anzuelo y, atándola a un trozo de hilo, intentaría pescar el anillo —dijo George. De modo que la señora Little buscó una horquilla y un trozo de hilo y estuvo media hora tratando de pescar el anillo, pero el interior del sumidero estaba oscuro y el anzuelo parecía engancharse siempre en algo antes de que ella consiguiese hacerlo bajar hasta donde se encontraba el anillo.
—¿Has tenido suerte? —inquirió el señor Little, entrando al cuarto de baño.
—Ninguna —dijo la señora Little—. El anillo está tan lejos ahí abajo que no puedo pescarlo.
—¿Por qué no enviamos a Stuart a por él? —sugirió el señor Little—. ¿Qué dices, Stuart, querrías intentarlo?
—Desde luego —replicó Stuart—, pero creo que será mejor que me ponga los pantalones viejos. Imagino que ahí abajo debe de estar húmedo.
—Simple humedad —dijo George, que estaba ligeramente fastidiado porque su idea del anzuelo no hubiese funcionado. Así que Stuart se puso sus pantalones viejos y se preparó para bajar en busca del anillo. Resolvió llevar el hilo consigo, dejando un extremo a cargo de su padre.

—Cuando tire tres veces del hilo, me subes —dijo. Y mientras el señor Little se arrodillaba en la bañera, él se deslizó sin dificultad por el sumidero y se perdió de vista. Cosa de un minuto después, hubo tres rápidos tirones del hilo y el señor Little lo recogió con cuidado. Al otro extremo apareció Stuart, con el anillo a salvo alrededor del cuello.

—¡Oh, mi valeroso hijito! —exclamó orgullosa la señora Little, tras besarle con agradecimiento.
—¿Qué tal se estaba allí abajo? —preguntó el señor Little, siempre curioso por saber acerca de los lugares en los que nunca había estado.
—Se estaba bien —dijo Stuart.
Pero la verdad era que el sumidero le había cubierto de cieno, y necesitó darse un baño y rociarse con un poco del agua de violetas de su madre antes de volver a sentirse a gusto. Toda la familia consideró que su comportamiento había sido estupendo.

Problemas domésticos
Stuart era también útil en lo relacionado con el ping-pong. A los Little les gustaba el ping-pong, pero la pelota tenía la manía de rodar bajo las sillas, los sofás y los radiadores, y eso motivaba que los jugadores se pasasen el tiempo agachándose y rebuscando debajo de las cosas. Stuart pronto aprendió a dar caza a la pelota, y daba gusto verle emerger de debajo de un radiador caliente empujando con todas sus fuerzas una pelota de ping-pong, con el sudor rodándole por las mejillas. La pelota era, desde luego, casi de su altura, y él tenía que aplicar todo su peso contra ella para mantenerla en movimiento.

Los Little tenían en el salón un gran piano que estaba en perfecto estado, salvo por una de las teclas, que se atascaba. La señora Little decía que debía de ser por el tiempo húmedo, pero lo cierto era que la tecla venía atascándose desde hacía cuatro años, durante los cuales había habido muchos días de tiempo seco y soleado. En todo caso, la tecla se atascaba y era una molestia considerable para cualquiera que se pusiese a tocar el piano. Lo era especialmente para George cuando este ejecutaba la «Danza del pañuelo», que era bastante rápida. Fue George quien tuvo la idea de situar a Stuart dentro del piano para que empujara la tecla hacia arriba en cuanto fuera tocada. No era aquella tarea sencilla para Stuart, pues tenía que permanecer acurrucado entre los martillos de fieltro para que no le golpeasen en la cabeza. Pero a él le gustaba igual; resultaba emocionante estar dentro del piano, esquivando los martillos, y el ruido era verdaderamente tremendo. A veces, después de una sesión prolongada, emergía completamente sordo, como si acabase de salir de un largo viaje, y tenía que transcurrir un ratito antes de que volviese a oír bien.


El señor y la señora Little conversaban a menudo sobre Stuart cuando él no estaba presente, pues nunca se habían recuperado por completo de la impresión y la sorpresa de tener un ratón en la familia. Era en verdad sumamente pequeño y eran muchos los problemas que se les presentaban a sus padres. El señor Little dijo que, entre otras cosas, no debía haber en la conversación ninguna alusión a «ratones». Hizo que la señora Little arrancase del libro de canciones infantiles la página en que se hablaba de «Los tres ratones ciegos, míralos correr».
—No quiero que a Stuart se le metan un montón de ideas raras en la cabeza —dijo el señor Little—. Me sentiría mal si mi hijo se criase con el temor de que la mujer de algún granjero fuera a cortarle la cola con un cuchillo de trinchar. Cosas así son las que hacen que los niños tengan pesadillas cuando se duermen por la noche.
—Sí —replicó la señora Little—, y creo que será mejor que empecemos a pensar en el poema «Fue en Nochebuena cuando en toda la casa no se oía el rumor de ninguna criatura, ni siquiera un ratón». Creo que Stuart se sentiría incómodo oyendo hablar de un ratón en términos tan poco comedidos.
—Tienes razón —dijo su esposo—, pero ¿qué vamos a decir cuando lleguemos a ese verso del poema? Algo habrá que decir. No podemos simplemente suprimir la mención al ratón, quedaría incompleto; hace falta una palabra que conserve la rima.
—¿Qué te parece «gorrión»? —preguntó la señora Little.
—O «hurón» —sugirió el señor Little.
—Yo propongo «dragón» —aventuró George, que había estado escuchando la conversación desde el otro extremo del cuarto.
Se resolvió que «gorrión» era el mejor término para sustituir a «ratón», de modo que, cuando se acercó la Navidad, la señora Little borró con cuidado la palabra «ratón» y escribió en su lugar «gorrión», por lo cual Stuart siempre creyó que el poema decía así:
Twas the night before Christmas
when all through the house
Not a creature was stirring,
not even a louse.[1]
La mayor preocupación del señor Little era el agujero de la ratonera que había en la despensa. Aquel agujero había sido abierto por los ratones en otros tiempos, antes de que los Little se instalaran en la casa, y no se había hecho nada para suprimirlo. El señor Little no estaba nada seguro de entender cuáles serían los verdaderos sentimientos de Stuart acerca de una ratonera. Ignoraba adónde conducía aquel agujero, y le inquietaba pensar que Stuart pudiera sentir algún día el deseo de aventurarse a introducirse en él.
—Después de todo, la verdad es que se parece mucho a un ratón —le dijo el señor Little a su mujer—. Y todavía no he visto a un ratón al que no le guste meterse en un agujero.

