Victoria Stitch 1 - Malvada y brillante

Harriet Muncaster

Fragmento

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Querido ser humano:

Probablemente no hayas oído nunca hablar de mí. ¡Pero ya es hora de que lo hagas! Me llamo Victoria Stitch ¡y soy una princesa! La heredera al trono del Bosque de Wiskling. O, por lo menos, ¡¡¡debería serlo!!! Si las estúpidas autoridades no hubieran declarado lo contrario. Puedes leerlo todo sobre mi historia en este libro, «Malvada y Brillante», de Harriet Muncaster (quienquiera que sea).

¡Es un libro que trata sobre MÍ!

Mi hermana melliza, Celestine, hace un cameo, ¡pero el libro es fundamentalmente sobre MÍ!

Espero que lo disfrutes.

Con cariño y polvo de diamante,

Victoria Stitch (futura reina

del Bosque de Wiskling)

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El Guardián del Cristal levantó la vista hacia el diamante –que ya era del tamaño de una bellota–, y contempló, maravillado, las dos figuras borrosas que tenía dentro. Mientras las miraba, notó algo raro. Justo debajo de su superficie glacial se veía con claridad una mancha oscura.

–¡Oh, no! –susurró–. ¡Una impureza! –Su corazón se puso a latir desbocado mientras sacaba la lupa para verla con más detalle. Aquello nunca había pasado en un diamante real. ¿Qué significaría? Tendría que informar a las autoridades inmediatamente.

Hubo mucho debate en el Bosque de Wiskling sobre lo que había que hacer.

–Es impuro –dijo Lord Astrophel–. Los mellizos que lleva dentro no son dignos de la realeza.

–Sin embargo, no deja de ser un diamante –argumentaron unos cuantos miembros de las autoridades superiores–. Y los diamantes no aparecen con demasiada frecuencia.

Pero conforme el cristal crecía, la marca se fue haciendo más grande y más oscura, hasta quedar como una larga y negra mácula[1] que lo atravesaba justo por la mitad. Lord Astrophel declaró que era un mal presagio y enseguida casi todos estuvieron de acuerdo con él.

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La fatídica noche en la que se partió el diamante hubo una terrible tormenta. En el exterior de la Cueva de Cristal el cielo estaba oscuro y manchado, como si alguien lo hubiera salpicado con un frasco de tinta violeta. Gruesas gotas de lluvia caían contra el suelo y, por encima del bosque, una enorme luna de color rosa cereza arrojaba un inquietante resplandor sobre los árboles. Sonó un trueno y la cueva se iluminó de pronto con un relámpago. Todos los cristales destellaron con violencia. La cueva se volvió a iluminar, bramó por todo el cielo otro trueno ensordecedor y el diamante se partió por la mitad.

El Guardián del Cristal saltó para atrapar a los dos bebés, que salían uno detrás de otro en una lluvia de polvo brillante, y dio un paso atrás para esquivar las astillas del diamante que caían al suelo.

Bajó la mirada hacia las mellizas que tenía en los brazos y se sorprendió al ver lo diferentes que eran. La segunda era pequeña y dulce, con finos mechones plateados y largas pestañas que le salían como bigotes de gato; señal de que era una niña. La que había caído primero también tenía las pestañas largas, pero su piel era tan pálida como el hielo y su pelo del color del hollín. En vez de una apacible sonrisa, tenía el ceño fruncido.

El Guardián del Cristal contempló a su alrededor las astillas del diamante impuro, brillando intensamente por el suelo, y un terrible presentimiento le hizo estremecerse.

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Celestine miró hacia el fondo de la clase, donde Victoria Stitch estaba en cuclillas encima de su silla, sobre sus pálidas y huesudas piernas. No escuchaba ni una palabra de lo que la señorita Hawthorn decía. Estaba metida en su mundo por completo, probablemente dibujando en su cuaderno coronas con diamantes incrustados. Celestine podía oír el ras, ras de la pluma de su hermana mientras rayaba con fuerza una larga, gruesa y negra mácula en cada cristal.

–Es imprescindible –decía la señorita Hawthorn– que enviéis vuestras cartas para solicitar prácticas antes del baile de graduación, que es dentro de tres semanas. Si no, podéis encontraros con que ya no quedan plazas en ninguna parte. –Sus anteojos enjoyados brillaron a la luz de la tarde, cuando alzó la vista hacia el reloj que había en la pared–. Como hoy es Florday –siguió–, os dejaré salir antes.

Hubo un suspiro de alivio generalizado mientras los wisklings comenzaban a guardar los libros y las plumas. Era un día caluroso, con ese calor asfixiante que te pone la piel pegajosa y la cabeza algo alocada.

–¡Vamos a bajar al arroyo! –propuso Tiska.

–¡Buena idea! –dijo Twila–. He traído el bañador.

Celestine volvió la mirada hacia su hermana. Victoria Stitch llevaba un conjunto bastante llamativo: un vestido negro debajo de una capa ligera con capucha, toda salpicada de estrellitas brillantes. En lo alto de su cabeza se alzaba una puntiaguda corona de plata.

–¿Quieres venir al arroyo, Victoria Stitch? –le preguntó Celestine, esperanzada. Pero en el fondo ya sabía cuál iba a ser la respuesta. Casi no tenía sentido preguntar.

–No, gracias.

Victoria Stitch se colgó al hombro el bolso de terciopelo negro que usaba para ir a la escuela y caminó hacia la puerta. Su capa ondeaba a su espalda, soltando destellos.

Tiska puso los ojos en blanco.

–Su Majestad –se burló alguien desde el fondo de la clase, y Celestine notó cómo Victoria Stitch se estremecía ligeramente mientras se iba con rapidez.

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Celestine y sus amigas salieron a la luz del sol, moteada por las hojas. Recorrieron el sinuoso camino entre los árboles hacia el arroyo. La pálida piel verde de Tiska brillaba con el bochorno.

–¡Qué calor tengo! –exclamó.

–Yo también –dijo Twila, y se puso a recogerse el pelo mientras andaban, enrollándolo en lo alto de su cabeza para que pareciera un remolino de crema de nieve de color lila.

–Me voy a poner a escribir mis cartas mañana –añadió Celestine–. ¡Ojalá consiga prácticas en una joyería!

–Estoy segura de que lo vas a conseguir –dijo Twila, animándola–. Tienes muchísimo talento. Me sigue encantando el collar que me hiciste. –Levantó la mano para tocar las delicadas violetas hechas de amatista que llevaba al cuello. Siempre se lo ponía, salvo cuando bailaba. A Twila le encantaba bailar y ya había aceptado una plaza en la Academia Real de Danza de Wiskling, en el distrito de Blossom, para el curso siguiente.

Tiska suspiró y una brisa traviesa alborotó su melena verde.

–¡Qué ganas tengo de que acabe el colegio! –exclamó–. ¡Yo lo único que quiero es conseguir una insignia de exploradora para poder ir al mundo de los humanos y ver el mar!

Celestine sintió un escalofrío, a pesar del calor. Habían estado estudiando el mundo de los humanos en clase. Había criaturas descomunales que vivían en el gran mar salado: peces gigantescos de altas aletas y varias hileras de dientes muy muy afilados; animales que podían tragarlas de un bocado. Tiska siempre estaba hablando de ir allí.

Tomaron una curva y después, por fin, ahí estaba el arroyo, borboteando brillante a la luz dorada de la tarde. Caminaron corriente abajo, dejando atrás zonas de hierba y flores silvestres más altas que ellas, hasta que llegaron a una zona desierta con una playa de arena. Tuvieron que bajar algunas rocas para acceder a ella. En cuanto Tiska alcanzó la orilla, se quitó el vestido y se metió en el agua a todo correr, sumergiendo la cabeza de forma que sus largos cabellos verdes ondearan como algas. Era imparable y salvaje.

Celestine se escondió detrás de una hoja grande que colgaba sobre las rocas y se puso su bañador de pétalos de flor. Luego siguió a Tiska al agua y sumergió también la cabeza. Ahí abajo el mundo acuático era borroso. En el lecho de arena había suaves cantos rodados, y entre ellos, de vez en cuando aparecía algún cristal, brillando a la luz. A Celestine le gustaba coleccionar cristales de agua para transformarlos en collares y pulseras. Se puso a bucear, recogiéndolos hasta tener un puñadito: rosa sandía, amarillo limón, azul sangre. Salió del agua, goteando, y fue a dejar sus tesoros en la arena de la playa. Mientras lo hacía, notó que caía sobre ella una sombra. Levantó la vista y vio que arriba, sobre las rocas, había una figura.

–Estáis en nuestra playa –dijo la wiskling.

–¿Qué quieres decir? –preguntó Celestine–. Nosotras siempre venimos aquí.

–Nosotros también –añadió ella, comenzando a bajar por las rocas–. Es nuestro sitio.

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–Es de todos –gritó Tiska desde el agua. Pataleó intencionadamente para lanzar un arco de gotitas por el aire. Parecía polvo de oro a la luz temprana del atardecer.

La wiskling ya estaba en la playa y Celestine vio a una chica y un chico que habían aparecido también arriba, y bajaban detrás de ella. El chico tenía tres pequeños draglets revoloteando alrededor de sus hombros. A algunos wisklings les gustaba tenerlos de mascotas.

–¿De qué distrito sois? –preguntó la primera wiskling.

–De Twitching –dijo Celestine–. Vamos a la Academia Inkcap.

Tiska salió del agua. Se acercó con paso firme y se puso las manos en las caderas.

–¿Y quién eres tú? –preguntó.

–Ruby –respondió la wiskling–. Voy a la Academia Turmalina. –Levantó la barbilla y miró a Tiska con arrogancia. Era un poquito más alta que ella. Su pelo, oscuro y revuelto, le caía sobre los ojos, que llevaba perfilados con mucho maquillaje. Tenía un arete en el lóbulo de una de sus puntiagudas orejas, y cinco en la otra. Sus antebrazos estaban tatuados con dibujos de nubes de tormenta, lluvia y rayos. Le echó una mirada asesina a Tiska y Celestine sintió un trueno en su corazón. Esa chica también era una fiera.

–¿Así que os vais a ir? –dijo Ruby.

–No –respondió Tiska, entrecerrando los ojos–. ¿Por qué no venís a nadar?

–Lo haremos –dijo Ruby–, cuando os marchéis.

–Venga, Tiska –intervino Twila, apresurándose a recoger sus cosas e intentando secarse al mismo tiempo–. Vámonos.

–No nos vamos a ninguna parte –repuso Tiska–. Se dio la vuelta y volvió caminando hacia el arroyo. Tenía la melena esmeralda pegada por detrás, y sus antenas soltaban chispas verdes. Volvió a tirarse al agua y se puso a hacer el muerto. Ruby la miró indignada y empezó a quitarse la ropa y los zapatos. Sus antenas también chisporroteaban mientras marchaba hecha una furia hacia el arroyo. Tiska se metió inmediatamente bajo el agua.

–Ruby nunca la atrapará –le dijo Celestine a los otros dos wisklings–. Nadie puede nadar tan rápido como Tiska.

–Tiene razón –asintió Twila, con lealtad.

Los cuatro se quedaron de pie mirando cómo Tiska y Ruby jugaban a un extraño juego de persecución. Después, el chico de la Academia Turmalina se fue a recoger ramitas para hacer un fuego, dejando sola a la chica.

–A menudo hacemos hogueras en esta playa –comentó ella, que se llamaba Tinsel–. Por eso es nuestra.

–Ah, vale –dijo Celestine.

–Bueno, eso es lo que dice Ruby –dijo Tinsel–. A mí me da igual, la verdad. Y a Ember también. –Se encogió de hombros–. Podemos compartirla.

Se sentó en la arena, y Celestine y Twila se sentaron con ella a la pálida luz rosada del atardecer. Tinsel dobló las piernas y apoyó en ellas la barbilla, de modo que su pelo plateado le cubrió las rodillas como una manta. Celestine se fijó en que tenía un lunar de cristal natural bajo un ojo.

–Ojalá yo tuviera uno en la cara –suspiró Twila con melancolía–. ¡Tengo uno en el tobillo y casi nadie lo ve! –sacó la pierna para que pudieran verlo.

–Pero tiene un color muy bonito –comentó Tinsel–. ¿Amatista?

–Sí –respondió Twila–. Nací de una amatista. ¿Y tú?

–De un topacio blanco –respondió Tinsel–. Pero a veces juego a que mi lunar es de diamante. Pero bueno, está claro que no. Si lo fuera, ¡sería una princesa!

–Celestine es una princesa –añadió Twila–. Más o menos. Nació de un diamante.

–Sí, ja, ja –se burló Tinsel, con incredulidad.

–No, en serio –dijo Twila–. Cuéntale la historia, Celestine.

Celestine, que había estado ordenando sus cristales de agua por colores, levantó la vista. Había contado la historia muchas veces.

–Bueno, en realidad no es muy interesante –dijo.

–¡Sí que lo es! –insistió Twila–. ¡Además, tienes una hermana melliza!

–¡Una melliza! –exclamó Tinsel asombrada–. ¡Qué especial!

–Supongo que sí –dijo Celestine–. Pues… mi hermana Victoria…, Victoria Stitch, como le gusta que la llamen, y yo nacimos de un diamante. Pero mientras el diamante crecía en la pared de la Cueva de Cristal, empezó a aparecer en él una marca negra. La llamaron «la mácula», y Lord Astrophel declaró que el diamante era impuro. Así que nacimos como wisklings normales y corrientes. Y esa es la historia.

–Creo que he oído a mis padres hablar de ello –comentó Tinsel.

–Al parecer, fue una noticia importante en su momento –dijo Celestine.

–¡Entonces podrías haber sido una princesa! –exclamó Tinsel–. ¡Y vivir en el palacio con la reina Casiopea como madre! –Sus ojos brillaron a la luz suave del atardecer–. ¿No te enfada no pertenecer a la realeza?

–No –respondió Celestine.

Y aquello era verdad. Eso nunca le había importado. Pero lo que sí la enfurecía era que le hubieran quitado la oportunidad de tener una familia que la quisiera. A diferencia de la mayoría de los wisklings, que son adoptados en cuanto rompen el cristal, ella y Victoria Stitch habían sido criadas por una serie de nannies que las autoridades mandaban para que las cuidasen. Por si acaso. Por si acaso ocurría algo que Celestine nunca llegó a saber.

–Victoria Stitch sí está enfadada por no ser de la familia real –interrumpió Twila.

–Oh, sí, está furiosa –asintió Celestine–. Cree que debería heredar el trono cuando la reina Casiopea muera. Por eso lleva siempre una corona.

–¿Qué? ¿La lleva todos los días? –preguntó Tinsel–. ¿Hasta en la escuela?

–Todo el rato –dijo Celestine–. Cuando éramos pequeñas solía llevarla también para dormir.

A Tinsel le costaba creérselo.

–Me parece que está loca, tu hermana.

–Lo está un poco –admitió Celestine con cariño–. Cree por encima de todo que tiene derecho a ser reina. Ella fue la primera que cayó del cristal. ¡Incluso escribió una carta a Lord Astrophel una vez para preguntarle qué pasaría si no nacía ningún otro bebé diamantino antes de que la reina Casiopea muriese!

–¿Y qué dijo él? –preguntó Tinsel, claramente impresionada.

–No le respondió en persona –respondió Celestine–. Victoria Stitch consiguió una vaga respuesta de un miembro de las autoridades inferiores, que decía que nuestro cristal era impuro y que todavía había tiempo de sobra para que apareciera otro bebé diamantino.

–Quizás lo que quiere Lord Astrophel es tener el poder él mismo –sugirió Tinsel.

–No creo –dijo Celestine–. ¡Es más viejo que la reina Casiopea! A mí me parece que lo que quiere es que todo siga siendo perfecto en el Bosque de Wiskling.

Justo entonces, el chico, Ember, volvió con los brazos llenos de ramitas y las tiró sobre la arena. Sacudió la varita y una lluvia de chispas naranjas cayó sobre el montón. Prendieron fuego inmediatamente y comenzaron a crepitar. Ember se puso en cuclillas junto al fuego y empezó a sacar cosas de una bolsa.

–Tengo galletas –dijo–. Y refresco de prímulas. –Le tendió una botella a Celestine. Un rayo de luz atravesó el cristal, haciendo que resplandeciera de color verde fluorescente.

–¿Y qué tal se está en Inkcap? –preguntó Tinsel mientras todas se sentaban alrededor del fuego–. ¿Ya estaréis terminando allí, no?

–Casi –respondió Celestine–. Nos han dicho que escribamos las cartas para solicitar prácticas.

–Igual que a nosotros –comentó Tinsel–. Supongo que todas las escuelas del Bosque de Wiskling estarán haciendo eso ahora, antes del baile de graduación. Ruby y yo queremos entrar en la Academia de Exploradores de Spellbrooke.

–¿En serio? –dijo Celestine–. ¡Tiska también!

–Quiero ver el mundo de los humanos –explicó Tinsel–. Investigar para las autoridades. El Bosque de Wiskling es tan pequeño…

–¿Tú crees? –preguntó Celestine. Para ella, el bosque no era nada pequeño. Había kilómetros y kilómetros en los que nunca había estado.

–Bueno, en comparación con el mundo de los humanos, sí –dijo Tinsel–. ¿Has visto alguna vez un mapa de su mundo?

Celestine negó con la cabeza. No podía entender que hubiera wisklings que quisieran salir del bosque. Su bosque era perfecto. Bonito. Seguro. Tenía todo lo que necesitaban: los árboles huecos donde los wisklings construían sus casas, las flores y plantas que podían comer, el tintineante arroyo, y el muro mágico que escondía su mundo y dejaba fuera a los humanos y a los animales excepto a los diminutos draglets, que polinizaban las flores. El bosque cuidaba de los wisklings, y los wisklings cuidaban del bosque.

–Quiero aventura –continuó Tinsel. Su pelo plateado brillaba de color mandarina a la ondulante luz de las llamas–. ¡Quiero cruzar la puerta del muro y ver cómo es el mundo de los humanos!

–¿Y si te come un animal salvaje? –preguntó Celestine–. ¿O si te ve un humano? Somos diminutos comparados con ellos. ¡Nos podrían aplastar de un pisotón!

Tinsel se encogió de hombros.

–Quiero conocerlo –dijo.

–Por mi parte, todo tuyo –añadió Ember, dándole un trago al refresco de prímulas. Su pelo anaranjado lanzó un destello de color verde intenso, que luego fue atenuándose hacia el azul oscuro. Celestine había oído que eso ocurría, pero no lo había visto nunca–. Yo quiero ser un encantador de draglets.

La hoguera continuó ardiendo, y los wisklings siguieron charlando. Hablaron de sus sueños y planes de futuro. Oscurecía, y el humo de las llamas subía girando hacia las estrellas multicolores que comenzaban a salpicar el cielo. Tiska y Ruby se quedaron en el agua hasta mucho después de que se pusiera el sol. Dos cabezas en la penumbra, que subían y bajaban sobre la superficie, provocando ondas que deformaban el reflejo de la luna amarilla. Al final, salieron y se acercaron al fuego, empapadas. A Tiska le siguió temblando todo el cuerpo hasta mucho después de haberse calentado con las llamas. Se había sentado cerca de Ruby y sus antenas chisporroteaban como locas; Celestine nunca las había visto tan verdes y brillantes.

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Mucho más tarde, Celestine y Twila volvieron volando a Twitching sin Tiska, que había desaparecido con Ruby después de la hoguera. Sus respectivas flores dejaban un rastro de chispas doradas y violetas, y a sus pies, el bosque se extendía muchos kilómetros. Había luces aquí y allá, colgadas entre las hojas y las ramas, y de vez en cuando divisaban un resplandor amarillo que salía de una ventana en un tronco, o de una casa en un árbol bajo ellas, donde había un wiskling todavía despierto.

No tardaron mucho en llegar, atravesando las hojas para bajar de nuevo al bosque. Celestine se despidió de Twila con la mano y después recorrió la pequeña distancia que había hasta su casa. Vivía sola con Victoria Stitch en un pequeño tronco que les habían otorgado las autoridades. En ese momento estaba sumido en la oscuridad. Celestine lo rodeó hasta llegar a la parte trasera, donde una escalera en curva ascendía hasta la puerta, iluminada por un farolito naranja. La subió apresuradamente y entró, fue de puntillas hasta su dormitorio con cuidado de no despertar a Victoria Stitch, y sacudió la varita para encender la pequeña araña de cristal, hecha por ella, que colgaba en mitad del techo. Sus lágrimas de arcoíris proyectaban manchas de colores que bailaban por las paredes. Se acercó a la ventana y se puso a quitarse las horquillas de su pelo plateado. Afuera todo estaba oscuro y no podía oír nada salvo el débil susurrar de las hojas de los árboles y el tintineo de las horquillas al caer.

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Mientras Celestine contemplaba la oscuridad, un chisporroteo de color cereza irrumpió en la negrura aterciopelada de la noche. Celestine abrió más y más los ojos conforme las chispas se acercaban a su ventana y luego aterrizaban al pie de la casa. Una figura encapuchada y sombría se encaminaba hacia la puerta trasera. La figura encendió su varita y la levantó, revelando una cara de pálida blancura con resplandor diamantino. Sus ojos grandes, excesivamente perfilados con kohl, parpadearon bajo unas largas pestañas negras, y varias estrellas plateadas destellaron en la capucha de su capa. Era Victoria Stitch.

Celestine se agarró al alféizar de la ventana, con el corazón acelerado. Después de tanto tiempo, su hermana todavía seguía poniéndola nerviosa. ¿Qué estaría tramando a esas horas de la madrugada? Victoria Stitch no solía salir. No tenía amigos.

Celestine oyó a su hermana entrar en casa y comenzar a hacer ruido en la cocina. Probablemente se estaría haciendo su bebida favorita, y a Celestine se le hizo la boca agua solo de pensarlo. Se puso la bata encima de la ropa y bajó las escaleras. Al principio, Victoria Stitch no la vio; estaba demasiado ocupada rompiendo trozos de chocolate negro y dejándolos caer en un cuenco.

–¡Hola! –exclamó Celestine.

Victoria Stitch dio un pequeño respingo y se volvió.

–Ah, eres tú –dijo–. ¿Qué haces despierta tan tarde?

–Estaba con unos amigos –respondió Celestine–. Hemos hecho una hoguera junto al arroyo. ¿Y tú?

–Estoy haciendo chocolate caliente –dijo Victoria Stitch, colocando el cuenco en una olla con agua y poniéndose a removerlo con una cuchara de madera. Había algo diferente en ella esa noche. Chisporroteaba con mucha energía, más excitada que de costumbre, y olía a humo de leña.

–Me refería a lo que has estado haciendo –dijo Celestine, sacando una silla y sentándose a la mesa.

–Oh, ya sabes, esto y aquello… –respondió Victoria Stitch–. ¿Quieres un poco de chocolate caliente?

–Sí, por favor –dijo Celestine–. Deja que te ayude.

–No me hace falta ayuda –dijo Victoria Stitch, rompiendo más trozos, de modo que algunas lascas cayeron al suelo. Metió la cuchara de madera otra vez en el cuenco y lo removió. El chocolate derretido se derramó por un lado y goteó sobre el fogón.

–¿Dónde has estado? –le volvió a preguntar Celestine mientras sacaba un poco de nata y dos capuchones de bellota para usar de tazas.

–Por ahí –respondió Victoria Stitch–. Volando, mirando las estrellas, pensando en mis cosas, jugando con Stardust… –Levantó la mano para darle unas palmaditas al draglet chiquitín de color verde calcita que tenía en el hombro. Stardust se le acurrucó en el cuello. Sus escamas relucían.

–Ah, vale –dijo Celestine, tirando la toalla. Sabía que si insistía demasiado Victoria Stitch se iría a su cuarto. Y quería que se quedara. No tenían a nadie más.

Victoria Stitch apartó del fuego la olla y vertió descuidadamente el chocolate en los dos capuchones de bellota. Luego les echó por encima una espumosa nata de nueces. Abrió el armario y sacó un frasco de estrellas de chocolate. Había una etiqueta pegada en el frasco con su nombre escrito posesivamente. Esparció de cualquier manera un buen puñado de estrellas sobre su propia bebida.

–Espera –dijo, volviendo al armario y sacando la canela–. Sé que te gusta más así –añadió, espolvoreándola en la nube de nata de Celestine–. Apuesto a que nadie más lo sabe, ¿verdad? Sonrió, segura de sí misma, mientras dejaba la taza con firmeza delante de Celestine, como recordándole que se tenían la una a la otra. Celestine le devolvió la sonrisa, y una breve sensación de familiaridad brotó entre ellas. Eran esos pequeños gestos los que la hacían creer que todavía le importaba a Victoria Stitch.

–¿Sigue en pie lo de que vayamos juntas al baile de graduación? –le preguntó mientras le daba un traguito a su chocolate caliente.

–¡Por supuesto que sí! –dijo Victoria Stitch, un poco ofendida por la pregunta.

Pero Celestine últimamente ya no estaba segura de nada respecto a su hermana. Las cosas habían cambiado desde la época en que lo compartían todo. Victoria Stitch se había vuelto más misteriosa, más distante.

–Es en los jardines del palacio real –continuó Victoria Stitch, y sus ojos brillaron de rabia–. Donde deberíamos estar viviendo.

Celestine no dijo nada. Deseó no haber sacado el tema del baile de graduación.

–¿Entonces no me vas a contar dónde has estado? –le preguntó, intentando cambiar la conversación. Pero Victoria Stitch frunció el ceño, y el hilo frágil que había entre ellas se rompió inmediatamente, casi de forma audible.

–Necesito mi sueño reparador –dijo–. Hasta mañana. –Y haciendo revolotear su fina capa estrellada, abandonó la habitación.

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