El último héroe del Olimpo (Percy Jackson y los dioses del Olimpo 5)

Rick Riordan

Fragmento

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1

Me voy de crucero con un montón de explosivos

El fin del mundo dio comienzo cuando un pegaso aterrizó en el capó de mi coche.

Hasta ese momento estaba pasando una tarde perfecta. Oficialmente se suponía que no podía conducir, porque no cumpliría los dieciséis hasta la semana siguiente, pero mi madre y mi padrastro, Paul, nos llevaron a mi amiga Rachel y a mí a una playa privada de la costa sur, y Paul nos dejó dar una vuelta con su Toyota Prius.

Vale, ya sé lo que estás pensando: «Hala, menuda irresponsabilidad de su parte, bla, bla, bla», pero la verdad es que a estas alturas Paul me conoce bastante bien. Me ha visto cortar en rodajas a varios demonios y escapar de un colegio en llamas, así que debió de suponer que conducir un coche unos centenares de metros no era lo más peligroso que había hecho en mi vida.

Bueno, el caso es que Rachel y yo íbamos en el coche. Era un caluroso día de agosto. Rachel se había recogido su cabello pelirrojo en una coleta y llevaba una blusa blanca sobre el traje de baño. Siempre la había visto con camisetas raídas y vaqueros pintarrajeados, así que tenía un aspecto tan deslumbrante como un millón de dracmas de oro.

—¡Para ahí! —me dijo de pronto.

Lo hice junto a un acantilado que se asomaba al Atlántico. El mar es siempre uno de mis lugares predilectos, pero aquel día estaba especialmente bonito: verde reluciente y liso como un cristal, como si mi padre lo mantuviera en calma para nosotros.

Mi padre, por cierto, es Poseidón. Puede hacer cosas así.

—Bueno. —Rachel me sonrió—. ¿Qué me dices de la invitación?

—Ah... sí. —Procuré sonar entusiasmado.

La cuestión era que me había invitado a pasar tres días en la casa de verano que su familia tiene en la isla de Saint Thomas. No es que yo reciba muchas invitaciones parecidas. La idea que tenemos en mi casa de unas vacaciones de lujo se reduce a un fin de semana en una cabaña desvencijada de Long Island con unas cuantas películas alquiladas y un par de pizzas congeladas, mientras que los padres de Rachel me estaban proponiendo que fuera con ellos al Caribe, nada menos.

Además, yo necesitaba con urgencia unas vacaciones. Aquel verano había sido el más duro de mi vida, así que la idea de tomarme un respiro, aunque sólo fuera de unos días, resultaba muy tentadora.

Sin embargo, se suponía que iba a pasar algo gordo en cualquier momento. Y yo estaba «de guardia» por si había que emprender una misión. Peor aún: sólo faltaba una semana para mi cumpleaños. Y había una profecía que afirmaba que ocurrirían cosas terribles cuando cumpliera los dieciséis.

—Percy —dijo Rachel—, ya sé que es mal momento. Pero siempre lo es para ti... ¿no?

En eso acertaba.

—Tengo muchas ganas de ir —le aseguré—. Es sólo que...

—¿La guerra?

Asentí. No me gustaba hablar de ello, pero Rachel estaba al corriente. A diferencia de la mayoría de los mortales, ella podía ver a través de la Niebla: el velo mágico que distorsiona la visión humana. Había visto monstruos y conocido a algunos de los demás semidioses que combatíamos contra los titanes y sus aliados. Incluso había estado presente el verano anterior cuando el señor Cronos, despedazado durante siglos, se había alzado de su ataúd con una nueva forma terrible. Y se había ganado para siempre mi respeto cuando le lanzó al malvado titán un cepillo para el pelo y le dio en todo el ojo.

Rachel me puso la mano en el brazo.

—Tú piénsalo, ¿vale? Nos vamos dentro de un par de días. Mi padre... —Le tembló la voz.

—¿Te está apretando las tuercas?

Rachel meneó la cabeza, indignada.

—Intenta ser amable, lo cual casi es peor. Quiere que vaya en otoño a la Academia de Señoritas Clarion.

—Es el colegio al que fue tu madre, ¿no?

—Es un estúpido colegio para señoritas de la alta sociedad. Y está en el quinto pino: en New Hampshire. ¿Tú me ves a mí en una escuela de señoritas?

Reconocí que era bastante absurdo. Rachel estaba metida en proyectos de arte urbano y le gustaba colaborar en los comedores para vagabundos y asistir a manifestaciones del tipo «Salvemos al chupasabias pechiamarillo» (un pájaro en vías de extinción). Cosas así. Nunca la había visto con un vestido. Costaba imaginársela aprendiendo modales refinados para moverse en las altas esferas.

Dio un suspiro.

—Piensa que, si me trata bien y me colma de atenciones, me sentiré culpable y acabaré cediendo —explicó.

—¿Por eso ha accedido a que vaya con vosotros de vacaciones?

—Sí... Pero escucha, Percy, me harías un gran favor. Sería mucho más divertido si vinieras con nosotros. Además, tengo que hablar contigo de una cosa... —Se calló en seco.

—¿Tienes que hablar conmigo de una cosa? —repetí—. Quiero decir... ¿es tan seria que hemos de ir a Saint Thomas para hablar de ella?

Rachel frunció los labios.

—Mira, olvídalo ahora. Simulemos que somos una pareja, quiero decir, un par de personas normales que han salido a dar una vuelta. Tenemos el océano delante y es agradable estar juntos.

Algo le preocupaba, pero ella sonreía y le ponía al mal tiempo buena cara. El brillo del sol convertía su pelo en una llamarada.

Habíamos pasado mucho tiempo juntos aquel verano. No es que yo lo hubiera planeado así, pero, cuanto más graves se habían puesto las cosas en el campamento, más ganas tenía de llamarla para tomar distancia y respirar un poco de aire puro. Necesitaba recordarme a mí mismo que seguía existiendo un mundo normal ahí fuera, lejos de aquella pandilla de monstruos que querían usarme como saco de boxeo.

—De acuerdo —asentí—. Una tarde normal y corriente, y un par de personas normales.

Ella asintió.

—Y suponiendo... —dijo— sólo suponiendo que esas dos personas se gustaran, ¿qué haría falta para que el tonto del chico besara a la chica, eh?

—Pues... —Me sentí de golpe como una de las vacas sagradas de Apolo: lento, bobo y sonrojado—. Hum...

No digo que no hubiera pensado en Rachel. Era mucho más tratable que... bueno, que otras chicas que conozco. Con ella no tenía que esforzarme, ni cuidar mis palabras ni devanarme los sesos tratando de adivinar qué estaría pensando. Rachel no ocultaba nada. Te mostraba lo que sentía.

No sé lo que hubiera hecho a continuación, pero estaba tan confuso que ni siquiera vi cómo bajaba del cielo en picado aquella mole oscura hasta que las cuatro pezuñas se estamparon sobre el capó del Prius con un sonoro ¡BRAM-POM-CRAC!

«Eh, jefe —dijo una voz en mi cabeza—. ¡Bonito coche!»

El pegaso Blackjack era un viejo amigo, así que traté de no enfadarme demasiado por los cráteres que acababa de dejar en el capó. Aunque mi padrastro no iba a tomárselo demasiado bien.

—Blackjack —dije, suspirando—. ¿Qué demonios...?

Entonces vi quién iba montado sobre su lomo y deduje sin más que el día se iba a complicar de verdad.

—¿Qué tal, Percy?

Charles Beckendorf, el líder de la cabaña de Hefesto, habría logrado con su aspecto que la mayor parte de los monstruos llamaran a su mamá, muertos de miedo. Era un tipo enorme, con unos potentes músculos desarrollados a base de trabajar todos los veranos en las fraguas. Me sacaba dos años y era uno de los mejores forjadores de armas del campamento. Construía artilugios mecánicos muy ingeniosos. Hacía sólo un mes había colocado una bomba de fuego griego en el lavabo de un autocar que cruzaba el país cargado de monstruos. La explosión se llevó por delante a una legión entera de secuaces de Cronos en cuanto una arpía tiró de la cadena.

Beckendorf iba en uniforme de combate, o sea, con yelmo y coraza de bronce, pantalones de camuflaje y espada al cinturón. La bolsa de explosivos la llevaba colgada del hombro.

—¿Ya? —le pregunté.

Él asintió con aire sombrío.

Se me hizo un nudo en la garganta. Sabía que se acercaba el momento, llevábamos semanas preparándonos, pero había albergado la esperanza de que no llegase a suceder.

Rachel miró a Beckendorf.

—Hola.

—Ah, hola. Soy Beckendorf. Tú debes de ser Rachel. Percy me ha contado... eh, o sea, me ha hablado de ti.

Ella arqueó una ceja.

—¿De veras? Estupendo. —Le echó un vistazo a Blackjack, que pateaba con sus cascos la plancha del capó—. Bueno, chicos, deduzco que tenéis que iros a salvar el mundo.

—Más o menos —asintió Beckendorf.

Miré a Rachel con gesto de impotencia.

—¿Le dirás a mi madre...?

—Se lo diré. Seguro que ya está acostumbrada. Y le explicaré a Paul lo del capó.

Asentí agradecido. Supuse que aquélla sería la última vez que Paul me prestaba su coche.

—Buena suerte. —Rachel me besó antes de que pudiera reaccionar—. Y ahora en marcha, mestizo. Cárgate a unos cuantos monstruos por mí.

Sentada en el Prius con los brazos cruzados, contempló cómo nos elevábamos a lomos de Blackjack, que iba trazando círculos cada vez más altos en el cielo. Mientras la perdía de vista, me pregunté de qué querría hablar conmigo, y también si viviría lo suficiente para averiguarlo.

—Bueno —comentó Beckendorf—, supongo que no querrás que le cuente a Annabeth la escenita que acabo de presenciar.

—Oh, dioses —mascullé—. Ni se te ocurra.

Ahogó una risotada mientras nos remontábamos por los aires sobre el Atlántico.

Casi había oscurecido cuando divisamos nuestro objetivo. El Princesa Andrómeda, un crucero descomunal, destellaba en el horizonte con sus lucecitas blancas y amarillas. De lejos podrías haberlo tomado por un simple crucero de vacaciones, y no por el cuartel general del señor de los titanes. Al acercarte un poco más, distinguías un gigantesco mascarón de proa: una doncella de pelo oscuro, túnica griega y cubierta de gruesas cadenas, con una expresión de horror, como si percibiera el hedor de todos los monstruos que se veía obligada a transportar.

Se me encogió el estómago al ver otra vez aquel barco. Había estado dos veces a punto de morir a bordo del Princesa Andrómeda, que ahora navegaba rumbo a Nueva York.

—¿Recuerdas lo que has de hacer? —me gritó Beckendorf por encima del fragor del viento.

Asentí. Habíamos ensayado en los astilleros de Nueva Jersey, usando barcos abandonados como blanco. Era consciente del poco tiempo que tendríamos, pero también de que aquélla era la ocasión ideal para acabar con la invasión de Cronos incluso antes de que empezara.

—Déjanos en la cubierta inferior de popa, Blackjack —pedí.

«Entendido, jefe —contestó él—. Jo, no soporto ver ese barco.»

Blackjack había estado apresado en el Princesa Andrómeda hacía tres años, hasta que mis amigos y yo lo ayudamos a escapar. Imagino que habría preferido dejarse trenzar las crines como Mi Pequeño Poni —ese muñeco rosa para niñas— a volver allí de nuevo.

—No nos esperes —añadí.

«Pero jefe...»

—Confía en mí. Escaparemos por nuestros propios medios.

Blackjack plegó las alas y se lanzó en picado hacia el barco. El viento silbaba en mis oídos. Había muchos monstruos patrullando por las cubiertas superiores: dracaenae, que son mujeres-reptil, perros del infierno, gigantes, demonios-foca de aspecto humanoide, conocidos como telekhines... en fin, de todo, pero nosotros volábamos a una velocidad tan supersónica que nadie dio la alarma. Bajamos disparados hacia la popa y Blackjack desplegó las alas para posarse suavemente en la cubierta más baja. Me apeé, algo mareado.

«Buena suerte, jefe —dijo él—. No deje que lo hagan picadillo.»

Dicho lo cual, mi viejo amigo alzó el vuelo y desapareció. Saqué el bolígrafo del bolsillo, le quité el tapón y Contracorriente se desplegó en toda su longitud: casi un metro de mortífero bronce celestial refulgiendo en la oscuridad.

Beckendorf sacó un pedazo de papel del bolsillo. Creí que era un mapa o algo así, pero se trataba de una fotografía. La miró en la penumbra: era la cara sonriente de Silena Beauregard, hija de Afrodita. Habían empezado a salir el pasado verano, aunque les había costado lo suyo, porque todos los demás llevábamos años diciéndoles: «Pero ¡si se nota a la legua que estáis colados el uno por el otro!» Incluso en medio de aquella misión tan peligrosa, nunca había visto a Beckendorf tan feliz.

—Conseguiremos volver al campamento, seguro —le prometí.

Por un segundo me pareció ver una sombra de preocupación en su mirada. Luego adoptó su habitual sonrisa confiada.

—Pues claro —respondió—. Anda, vamos a partir a Cronos otra vez en un millón de pedazos.

Beckendorf abrió la marcha. Cruzamos un estrecho pasillo que conducía a la escalerilla de servicio, tal como habíamos ensayado. Pero nos quedamos paralizados al oír una conversación por encima de nuestras cabezas.

—Me importa un comino lo que te diga la nariz —gruñó una voz medio humana, medio perruna: un telekhin—. La última vez que oliste a mestizo, resultó que era un sándwich de carne.

—¡Los sándwiches de carne son buenos! —rezongó la segunda voz—. Pero este olor es de mestizo, seguro. ¡Están a bordo!

—¡Bah, lo que no está a bordo es tu cerebro!

Mientras seguían discutiendo, Beckendorf señaló hacia abajo. Descendimos por la escalerilla con sigilo. Dos pisos más abajo, dejamos de oír sus voces.

Finalmente llegamos a una escotilla metálica. Beckendorf dijo moviendo sólo los labios: «Sala de máquinas.»

Estaba cerrada, pero él sacó de la bolsa unas tenazas y partió el cerrojo como si fuese de mantequilla.

Dentro, zumbaban y vibraban con estruendo una serie de turbinas amarillas del tamaño de silos de grano. En la pared opuesta se alineaban los indicadores de presión y las terminales informáticas. Había un telekhin inclinado sobre una consola, pero estaba tan absorto en su trabajo que no advirtió nuestra presencia. Medía metro y medio, tenía pelaje oscuro y lustroso de foca y unos pies pequeños y achaparrados. La cabeza parecía de dóberman, pero sus garras resultaban casi humanas. Gruñía y mascullaba mientras iba tecleando. Quizá estaba enviando mensajes a sus amigos de monsterface.com.

Avancé unos pasos y él se irguió bruscamente, tal vez oliéndose que pasaba algo raro. Saltó hacia un gran botón rojo de alarma, pero me adelanté y le cerré el paso. Entonces se abalanzó sobre mí con un silbido. Me bastó con un tajo de Contracorriente para que explotara y se hiciera polvo.

—Uno menos —dijo Beckendorf—. Quedan unos cinco mil.

Me pasó un tarro lleno de un espeso líquido verde: fuego griego, sin duda una de las sustancias mágicas más peligrosas del mundo. Luego me lanzó por el aire otro utensilio esencial de los héroes semidioses: cinta de embalar.

—Fija el tarro encima de la consola —me dijo—. Yo me ocupo de las turbinas.

Pusimos manos a la obra. Hacía calor y humedad y enseguida quedamos empapados de sudor.

El barco avanzaba ronroneando. Al ser hijo de Poseidón, tengo un perfecto sentido de la orientación en el mar. No me preguntes cómo, pero sabía que estábamos a 40,19 grados norte y 71,90 oeste, y que navegábamos a dieciocho nudos, lo cual significaba que llegaríamos al alba al puerto de Nueva York. Era nuestra última oportunidad para impedirlo.

Acababa de adosar un segundo tarro de fuego griego a los paneles de control cuando oí un estrépito de pasos: varias criaturas bajaban por la escalerilla de metal y se las oía a pesar del ruido de los motores. Mala señal.

Crucé una mirada con Beckendorf.

—¿Queda mucho?

—Demasiado. —Le dio unos golpecitos a su reloj, que era nuestro detonador de control remoto—. Aún he de conectar el receptor y preparar las cargas. Diez minutos al menos.

A juzgar por el ruido de pasos, teníamos unos diez segundos.

—Los distraeré —dije—. Nos vemos en el punto de encuentro.

—Percy...

—Deséame suerte.

Parecía querer discutir. El plan consistía en entrar y salir sin que nos localizaran. Pero habría que improvisar.

—Buena suerte —dijo al fin.

Me lancé hacia la puerta y salí.

Media docena de telekhines bajaban ruidosamente por la escalera. Empecé a subir abriéndome paso con Contracorriente a tal velocidad que ni siquiera les dio tiempo a soltar un gañido. Continué subiendo y dejé atrás a otro monstruo, que se llevó un susto de muerte al verme. A ése lo dejé vivo para que diese la alarma e hiciera que sus compañeros me persiguieran en lugar de dirigirse a la sala de máquinas.

Salí por una puerta a la cubierta seis y seguí corriendo. Estoy seguro de que aquel vestíbulo enmoquetado había sido muy lujoso en su día, pero, después de tres años sufriendo un trasiego diario de monstruos, el empapelado, la moqueta y las puertas de los camarotes se veían tan llenos de arañazos y babas que aquello parecía el gaznate de un dragón (y sí, por desgracia, hablo por experiencia).

En mi primera visita al Princesa Andrómeda, mi viejo enemigo Luke tenía a bordo para disimular unos cuantos turistas, completamente aturdidos y cegados por la Niebla para que no descubrieran que estaban en un barco infestado de monstruos. Ahora no había rastro de turistas. Me horrorizó pensar lo que podía haberles sucedido, pero dudaba que les hubieran permitido volver a casa con sus ganancias en el bingo.

Llegué a la galería Promenade, un centro comercial que ocupaba el centro del navío, y frené en seco. En medio del patio había una fuente, y en ella, agazapado, un cangrejo gigante.

No «gigante» como los cangrejos de oferta que venden en los chiringuitos de la playa. No: quiero decir tan gigantesco que apenas cabía en la fuente. El cuerpo le sobresalía tres metros sobre el agua. Tenía el caparazón moteado de azul y verde, y unas pinzas más largas que mi propio cuerpo.

Si alguna vez te has fijado en la boca de un cangrejo, toda espumajosa, con unos bigotes asquerosos y unas fauces que no paran de dar bocados, ya te imaginarás que aquélla, ampliada cien veces, no tenía mejor aspecto. Sus ojillos negros repararon en mí con un destello, y advertí inteligencia en su modo de mirarme. Y odio. Que yo fuera hijo del dios del mar no iba a darme puntos ante el señor Cangrejo.

—Shhhhhh —silbó, mientras la boca se le llenaba de espumarajos. El olor que exhalaba era como el de un cubo de basura lleno de raspas de pescado expuesto al sol una semana.

Las alarmas habían empezado a aullar. Muy pronto tendría compañía en abundancia, no podía quedarme quieto.

—Eh, cangrejito. —Me deslicé por el borde del patio—. Sólo estoy aquí de paso...

El bicho se revolvió con increíble agilidad. Salió de la fuente y vino hacia mí, abriendo y cerrando las pinzas amenazadoramente. Me precipité al interior de una tienda de regalos, derribando un colgador entero de camisetas. Una pinza hizo añicos la vidriera y rastreó el local. Salí a toda velocidad, casi sin resuello, pero el señor Cangrejo dio media vuelta y me siguió.

—¡Allí! —gritó alguien desde lo alto de una galería—. ¡Un intruso!

Si pretendía distraer a los monstruos, lo había logrado, pero no era allí donde yo quería combatir. Si me atrapaban en el centro del barco, acabaría entre las fauces del cangrejo.

El diabólico crustáceo se abalanzó sobre mí. Le di un mandoble con Contracorriente, cercenándole la punta de la pinza. Siseó y soltó aún más espumarajos, aunque no parecía muy herido.

Intenté recordar algo de las antiguas leyendas que me ayudase a derrotarlo. Annabeth me había hablado de un cangrejo monstruoso que Hércules había aplastado con el pie... Cosa que no iba a funcionarme. Aquel cangrejo era ligeramente más grande que mis Reebok.

Entonces me vino una curiosa idea a la cabeza. En Navidades, mi madre y yo habíamos pasado unos días con Paul Blofis en la vieja cabaña de Montauk a la que íbamos siempre. Paul me había llevado a pescar cangrejos y, cuando sacó la red llena de bichos, me enseñó la pequeña abertura que tienen en su caparazón, justo en medio de ese vientre tan feo.

El único problema, pues, era llegar a aquel vientre repulsivo.

Eché un vistazo a la fuente y luego al suelo de mármol, que ya estaba muy resbaladizo por los movimientos del bicharraco. Extendí la mano, concentrándome en el agua, y la fuente explotó como un géiser. El agua se desparramó por todas partes: llegó hasta el tercer piso, empapando los ascensores y las galerías que asomaban al patio, y mojando también los escaparates de las tiendas. Al cangrejo le daba igual. A él le encantaba el agua. Se me acercó de lado, chasqueando las pinzas y emitiendo aquel siseo diabólico. Me precipité hacia él gritando con todas mis fuerzas:

—¡¡¡Aaaaaaah!!!

Justo antes de que chocáramos, me tiré al suelo al estilo de un jugador de béisbol y resbalé en el suelo de mármol por debajo de la criatura. Era como deslizarse bajo la panza de un camión de diez toneladas. Lo único que tenía que hacer el cangrejo era sentarse y aplastarme, pero, antes que comprendiera lo que sucedía, hundí Contracorriente en el orificio de su caparazón. Solté la espada y salí a rastras por detrás.

El monstruo se estremeció y silbó enloquecido. Sus ojos se disolvieron; el caparazón se le puso rojo mientras sus entrañas se volatilizaban y, finalmente, la cáscara vacía se desmoronó con gran estruendo.

No tenía tiempo de admirar mi hazaña. Corrí hacia la escalera más cercana mientras por todas partes aparecían monstruos y semidioses que daban órdenes a gritos y se ajustaban las correas de sus armas. Llevaba las manos vacías. Contracorriente reaparecería mágicamente en mi bolsillo tarde o temprano, pero por ahora estaba atascada bajo el chasis del cangrejo y no podía entretenerme en recuperarla.

En el rellano de la octava cubierta me salieron al paso un par de dracaenae. De cintura para arriba, eran mujeres con la piel verde y escamosa, con ojos amarillos y lengua bífida. De cintura para abajo, tenían dos serpientes en lugar de piernas. Llevaban lanza y red, y sabía por experiencia que las manejaban con destreza.

—¿Qué esss esssto? —siseó una—. ¡Un trofeo para Cronos!

No estaba de humor para un duelo de sarcasmos. Me fijé en una maqueta del barco, plantada allí en medio (supongo que para orientarse, como los carteles de «USTED ESTÁ AQUÍ»). La arranqué de cuajo del pedestal y se la lancé a la primera dracaena. El barco le dio en plena cara y la derribó. Salté por encima de ella, agarré la lanza de su compañera, tiré con fuerza al tiempo que giraba y la estampé contra la puerta del ascensor. Luego seguí corriendo hacia la proa.

—¡Atrapadlo! —gritaba la dracaena, furiosa.

Oí ladridos de perros del infierno. Una flecha silbó a mi lado y se incrustó en la pared de caoba de la escalera.

Me tenía sin cuidado el peligro. La cuestión era mantener a los monstruos alejados de la sala de máquinas y darle tiempo a Beckendorf.

Seguí subiendo los peldaños de tres en tres y me encontré a un chico que bajaba corriendo. Parecía que acabara de despertarse y sólo tenía puesta la armadura a medias. Desenvainó la espada y gritó: «¡Por Cronos!», pero sonó más asustado que agresivo. Tendría unos doce años: los mismos que yo la primera vez que llegué al Campamento Mestizo.

Esta idea me deprimió. A aquel chaval le habían hecho un lavado de cerebro: estaban adiestrándolo para que odiase y combatiera a los dioses simplemente por haber nacido como un olímpico a medias. Cronos lo manipulaba, pero lo cierto era que el chico me consideraba su enemigo.

No pensaba herirlo. Con él, ni siquiera necesitaba un arma. Esquivé el golpe que me lanzó, lo agarré de la muñeca y lo aplasté contra la pared. La espada se le escurrió de la mano y rodó tintineando por los escalones.

Entonces hice algo que no había planeado. Seguramente era una estupidez, porque ponía en peligro nuestra misión, pero no pude evitarlo.

—Si quieres seguir vivo —le dije—, sal del barco ahora mismo. Díselo a los demás semidioses.

Le propiné un empujón y lo mandé dando tumbos al siguiente rellano. Luego seguí subiendo.

Me asaltaron malos recuerdos al ver un pasillo que discurría junto a una cafetería. Annabeth, mi hermanastro Tyson y yo habíamos pasado por allí a hurtadillas tres años atrás.

Salí corriendo a la cubierta principal. Por el lado de babor, el cielo pasaba ya del púrpura al negro. Había una piscina deslumbrante situada entre dos grandes torres de cristal, con terrazas y restaurantes situados a distintos niveles. Pero todo parecía misteriosamente desierto.

Sólo tenía que cruzar al otro lado y bajar por la escalera que llevaba a la pista de helicópteros: nuestro punto de encuentro en caso de emergencia. Con un poco de suerte, Beckendorf se reuniría allí conmigo. Saltaríamos al mar, donde mis poderes acuáticos nos protegerían, y detonaríamos las cargas explosivas cuando estuviéramos a quinientos metros.

Había cruzado ya la mitad de la cubierta cuando una voz me dejó paralizado:

—Llegas tarde, Percy.

Luke se asomó desde la primera terraza con una sonrisa en su rostro cruzado por una gran cicatriz. Iba con tejanos, camiseta blanca y chancletas, como un estudiante cualquiera. Pero sus ojos decían la verdad. Eran de oro macizo.

—Hace días que te esperamos.

Al principio sonaba normal, como Luke, pero después su cara se contrajo y todo él se estremeció de pies a cabeza como si acabara de tragarse un brebaje asqueroso. Su voz se hizo más grave, más antigua y poderosa: la voz del titán, del señor Cronos. Sus palabras, afiladas como una hoja de acero, me provocaron escalofríos:

—Vamos, inclínate ante mí.

—Sí, ya, lo tienes claro —mascullé.

Como respondiendo a una señal, un regimiento de gigantes lestrigones se apostó a ambos lados de la piscina: cada uno de dos metros y medio de estatura, con brazos tatuados, armadura de cuero y porras erizadas de pinchos. Por encima de Luke, el techo se llenó de semidioses arqueros. Dos perros del infierno saltaron de la terraza de enfrente y se acercaron gruñendo. En cuestión de segundos me encontré rodeado. Una encerrona. Era imposible que se hubieran dispuesto en formación tan deprisa a menos que supieran que iba a presentarme.

Levanté la vista hacia Luke. La sangre me bullía de furia. No sabía si la conciencia de Luke continuaba viva en el interior de aquel cuerpo. Quizá sí, por aquella forma de cambiar de voz... O quizá sólo era Cronos, que estaba adaptándose a su nueva forma. Me dije que no importaba. Luke había sido un tipo retorcido y maligno mucho antes de que Cronos se apoderase de él.

Una voz susurró en mi interior: «Tendré que luchar con él tarde o temprano. ¿Por qué no ahora?»

Según la Gran Profecía, a los dieciséis años yo tomaría una decisión que salvaría o destruiría el mundo. Sólo faltaba una semana para que los cumpliera. ¿Por qué no hacerlo ya? Si de verdad tenía en mí ese poder, ¿qué importaba una semana más o menos? Podía acabar allí mismo con la amenaza derrotando a Cronos. Qué diablos, ya había luchado otras veces con dioses y monstruos.

Como si me leyera el pensamiento, Luke sonrió. No, no era él: era Cronos. Debía tenerlo presente.

—Ven aquí —dijo—. Si te atreves.

La horda de monstruos se abrió en dos. Ascendí por la escalera con el corazón desbocado. Estaba casi seguro de que alguno me apuñalaría por la espalda, pero me dejaron pasar. Me palpé el bolsillo y descubrí que el bolígrafo ya estaba allí. Lo destapé y Contracorriente creció hasta adoptar su apariencia de espada.

El arma de Cronos surgió sin más en sus manos: una guadaña de dos metros, la mitad de bronce celestial y la otra mitad de acero mortífero. Se me aflojaron las rodillas, pero, antes de que pudiera pensármelo mejor, arremetí contra él.

El tiempo se ralentizó. Quiero decir: literalmente. Cronos tenía ese poder. Tuve la sensación de que me movía a través de un fluido espeso como la miel. Los brazos me pesaban, apenas podía alzar la espada. Cronos sonrió, revoleando su guadaña a velocidad normal y aguardando a que yo me arrastrara penosamente hacia una muerte segura.

Traté de combatir su magia. Me concentré en el mar que me rodeaba: la fuente de mi poder. Había aprendido a canalizarlo a lo largo de los años, pero ahora no sucedía nada.

Di otro paso lentísimo. Los gigantes me abucheaban. Las dracaenae soltaban una risa sibilante.

«Eh, océano —supliqué para mis adentros—. Si puede ser hoy, mejor que mañana.»

Súbitamente, el barco dio un bandazo, derribando a los monstruos. Quince mil litros de agua salada se alzaron de golpe de la piscina, empapando a todos los que estábamos en cubierta. El remojón me revitalizó y rompió el hechizo temporal, cosa que aproveché para lanzarme a la carga.

Ataqué a Cronos con la espada en ristre, pero seguía siendo demasiado lento para él. Además, cometí el error de mirarlo a la cara: la cara de Luke, un tipo que había sido amigo mío en otra época. Por mucho que lo odiara, me resultaba difícil matarlo.

Por su parte, Cronos no tenía dudas y me lanzó un golpe de guadaña. Retrocedí de un salto. La maligna cuchilla no me tocó por los pelos, pero rajó la cubierta justo entre mis pies.

Asesté a Cronos una patada en el pecho y retrocedió tambaleante. Pero era mucho más pesado de lo que habría sido Luke y fue casi como darle una patada a un frigorífico.

Cronos me lanzó otro viaje con su guadaña. Lo intercepté con Contracorriente, pero el golpe era tan poderoso que sólo lo desvié. El filo me desgarró la manga y me arañó la piel. No era un corte serio en apariencia, pero sentí un estallido de dolor en esa zona del cuerpo. Recordé lo que había dicho un demonio marino sobre la guadaña: «Cuidado, idiota. Al menor contacto, esa hoja te arrancará el alma.» Ahora comprendía lo que quería decir. No sólo perdía sangre; noté que se me iban la fuerza y la voluntad, incluso mi identidad.

Retrocedí dando tumbos, agarré la espada con la mano izquierda y me abalancé a la desesperada sobre él. Debería haberlo atravesado de parte a parte, pero la hoja resbaló por su estómago como si fuese de mármol. No era posible que hubiera resistido una estocada así.

Cronos soltó una risotada.

—Una pobre actuación, Percy Jackson. Según me dice Luke, nunca has sido rival para él con la espada.

Empezaba a ver borroso. No me quedaba mucho tiempo.

—Luke tenía muchos humos y una cabeza muy dura —dije—. Pero al menos aquella cabeza era suya.

—Una lástima tener que matarte ya —murmuró pensativo—, antes de desarrollar todo el plan. Me habría encantado ver tu expresión de horror cuando entendieras cómo voy a destruir el Olimpo.

—Nunca conseguirás llevar este barco a Manhattan. —Me palpitaba el brazo y manchas negras revoloteaban en mi campo visual.

—¿Y eso por qué, según tú? —Sus ojos dorados destellaron. Su rostro (el de Luke) parecía una máscara inhumana iluminada desde atrás por un poder maligno—. ¿Tal vez estás pensando en tu amigo y en los explosivos? —Bajó la vista a la piscina—. ¡Nakamura! —llamó.

Un adolescente con armadura griega completa se abrió paso entre la multitud. Un parche negro le cubría el ojo izquierdo. Lo conocía, desde luego. Era Ethan Nakamura, el hijo de Némesis. El pasado verano yo le había salvado la vida en el laberinto y, a cambio, el muy sinvergüenza había contribuido a devolverle la vida a Cronos.

—¡Un éxito completo, mi señor! —declaró Ethan—. Lo hemos encontrado tal como nos indicasteis.

Dio una palmada y un par de gigantes se adelantaron pesadamente arrastrando a Charles Beckendorf. Casi se me paró el corazón. Mi compañero tenía un ojo a la funerala y la cara y los brazos llenos de cortes. Ya no llevaba armadura y la camisa le había quedado hecha jirones.

—¡No! —aullé.

Beckendorf me miró a los ojos y luego se echó un vistazo a la mano, como si intentara decirme algo. Su reloj. No se lo habían quitado. No sabían que era el detonador. ¿Sería posible que los explosivos ya estuvieran instalados? No, no podía ser. Seguramente los monstruos los habían desactivado en el acto.

—Lo hemos encontrado cuando pretendía colarse en la sala de máquinas —dijo uno de los gigantes—. ¿Ya podemos devorarlo?

—Un momento. —Cronos miró a Ethan, frunciendo el entrecejo—. ¿Seguro que no ha colocado los explosivos?

—Iba hacia la sala de máquinas, mi señor.

—¿Cómo lo sabes?

—Hum... —Ethan se removió incómodo—. Caminaba hacia allí. Y nos lo ha dicho. Todavía tiene la bolsa llena de explosivos.

Empecé a deducir lo ocurrido. Beckendorf los había engañado. Al comprender que iban a capturarlo, había dado media vuelta para despistarlos. Así los había convencido de que no había llegado aún a la sala de máquinas. ¡El fuego griego seguía activado! Pero eso no nos serviría de nada si no conseguíamos salir del barco y detonarlo.

Cronos vaciló.

«Ojalá se lo crea», rogué. El dolor en el brazo era tan terrible que apenas podía soportarlo.

—Abrid su bolsa —ordenó el titán.

Uno de los gigantes le arrancó a Beckendorf la bolsa que llevaba al hombro. Atisbó en su interior y le dio la vuelta. Los monstruos que había alrededor retrocedieron, presas del pánico. Si realmente hubiera estado llena de tarros de fuego griego, habríamos saltado todos por los aires. Pero lo que cayó al suelo fue una docena de latas de melocotón.

Cronos respiraba agitadamente, tratando de dominar su cólera.

—¿No lo habréis capturado por casualidad cerca de la cocina?

Ethan se puso blanco.

—Hum... —empezó.

—¿Y no se os ha ocurrido enviar a nadie a registrar la sala de máquinas? —bramó Cronos.

Ethan dio un paso atrás, aterrorizado; giró sobre los talones y echó a correr.

Solté una maldición silenciosa. Ahora ya sólo nos quedaban unos minutos antes de que desactivasen las bombas. Crucé una mirada con Beckendorf y le pregunté mentalmente, con la esperanza de que me entendiera: «¿De cuánto disponemos?»

Juntó el índice y el pulgar, formando un círculo. «Cero.» El detonador no tenía programada ninguna cuenta atrás. Si conseguíamos apretar el botón, el barco explotaría en el acto. Era imposible. No podríamos alejarnos lo suficiente antes de activarlo. Los monstruos acabarían con nosotros primero, o desmontarían los explosivos, o ambas cosas.

Cronos se volvió hacia mí con una sonrisa torcida.

—Tendrás que disculpar a esta panda de incompetentes, Percy Jackson —dijo—. Aunque no importa. Ahora estás a nuestra merced. Sabíamos que ibas a venir desde hace semanas.

Extendió la mano y sacudió una pequeña pulsera plateada con un amuleto en forma de guadaña: el símbolo del señor de los titanes.

La herida del brazo minaba mi capacidad de raciocinio, pero aun así murmuré:

—Un dispositivo de transmisión... un espía en el campamento.

Cronos sofocó una carcajada.

—No puedes fiarte de los amigos. Siempre acaban decepcionándote. Luke lo aprendió de la peor manera posible. Tira tu espada y ríndete, o tu amigo morirá.

Tragué saliva. Uno de los gigantes había agarrado del cuello a Beckendorf. No estaba en condiciones de rescatarlo y, aunque lo intentara, lo matarían antes de que lograse llegar a su lado. Nos matarían a ambos.

Beckendorf articuló una palabra con los labios: «Huye.»

Meneé la cabeza. No podía dejarlo allí.

El segundo gigante todavía estaba hurgando entre las latas de melocotón, de modo que Beckendorf tenía el brazo izquierdo libre. Lentamente lo alzó hacia el reloj que llevaba en la derecha.

Quise gritar «¡¡¡Noooo!!!».

Y entonces, una de las dracaenae que estaba abajo, junto a la piscina, dijo con su voz sibilante:

—¿Qué essstá haciendo? ¿Qué esss esa cosssa de sssu muñeca?

Beckendorf cerró los párpados y se llevó la mano al reloj.

No me quedaba otra alternativa. Le arrojé a Cronos mi espada como si fuera una jabalina. La hoja rebotó en su pecho sin hacerle un rasguño, pero el golpe lo sobresaltó y aproveché su desconcierto para abrirme paso entre la horda de monstruos y saltar por la borda hacia el agua, treinta metros más abajo.

Oí un sordo retumbo en las entrañas del barco. Los monstruos chillaban y me maldecían asomados a la barandilla. Una lanza pasó rozándome la oreja y una flecha me desgarró el muslo, pero apenas tuve tiempo de sentir el dolor. Me sumergí en el mar y ordené a las corrientes que me arrastraran lejos: a cien, a doscientos metros.

Incluso a esa distancia, la explosión pareció sacudir el mundo entero. Noté una oleada de calor que me abrasó la nuca, mientras el Princesa Andrómeda estallaba y se convertía en una descomunal bola de fuego, una llamarada verde que se enroscaba en el cielo oscuro, consumiéndolo todo.

«Beckendorf», pensé.

Luego perdí el conocimiento y me hundí hacia el fondo del mar como un áncora.

2

Conozco a varios parientes con aletas

Los sueños de los semidioses son una lata.

La cuestión es que nunca son sueños simplemente. Siempre han de ser visiones, presagios y otros fenómenos místicos por el estilo que me dejan el cerebro hecho polvo.

Soñé que estaba en un oscuro palacio en lo alto de una montaña. Por desgracia, lo conocía: el palacio de los titanes en la cima del monte Othrys, también conocido como monte Tamalpais, en California. El pabellón principal se abría a la noche cercado de negras columnas griegas y estatuas de titanes. La luz de las antorchas relucía en el suelo de mármol negro. En el centro, un gigante con armadura forcejeaba bajo el peso de una nube que giraba sobre sí misma como un torbellino. Era Atlas, sosteniendo el cielo.

Cerca de él había otros dos hombres gigantescos junto a un brasero de bronce, estudiando las imágenes de las llamas.

—Menuda explosión —comentaba uno de ellos. Llevaba una armadura negra tachonada de puntos plateados, como una noche estrellada, y un casco de guerra del que sobresalía un cuerno de carnero a cada lado.

—No importa —decía el otro, un titán con una túnica de oro y unos ojos tan dorados como los de Cronos. Todo su cuerpo fulguraba. Me recordaba a Apolo, dios del sol, pero el resplandor del titán era más chillón y su expresión infinitamente más cruel—. Los dioses han respondido al desafío. Pronto serán destruidos.

Las imágenes de las llamas eran muy confusas: tormentas terribles, edificios que se desmoronaban, mortales enloquecidos de terror.

—Yo iré al este a organizar nuestras fuerzas —decía el titán dorado—. Tú, Críos, permanecerás aquí, vigilando el monte Othrys.

El tipo de los cuernos de carnero emitía un gruñido.

—Siempre me tocan las tareas más idiotas. Señor del Sur. Señor de las Constelaciones. Y ahora resulta que he de hacerle de niñera a Atlas mientras tú te quedas la parte más divertida.

Bajo el torbellino de nubes, Atlas soltaba un bramido agónico:

—¡Sácame de aquí, maldito seas! Soy tu mejor guerrero. ¡Líbrame de mi carga para que pueda combatir!

—¡Silencio! —rugía el titán dorado—. Ya tuviste tu oportunidad, Atlas. Y fracasaste. Cronos quiere que te quedes donde estás. En cuanto a ti, Críos, cumple con tu deber.

—¿Y si necesitas más guerreros? —replicaba Críos—. Nuestro traicionero sobrino con su esmoquin no te servirá de gran cosa en una batalla.

El titán dorado se echaba a reír.

—No te preocupes por él. Además, los dioses apenas dan abasto para hacer frente a este primer desafío tan insignificante. No saben que aún les tenemos reservados muchos otros. Acuérdate de lo que te digo: en unos días tan sólo, el Olimpo estará en ruinas, ¡y nosotros volveremos a reunirnos aquí para celebrar el nacimiento de la Sexta Era!

El titán dorado estallaba en llamas y desaparecía.

—Sí, claro —rezongaba Críos—. Él puede estallar en llamas y yo tengo que andar con estos absurdos cuernos de carnero.

La escena cambiaba. Ahora me encontraba fuera del pabellón, oculto tras una columna griega. A mi lado había un chico escuchando a los titanes. Un chico de pelo negro y tez pálida, con ropas oscuras: mi amigo Nico di Angelo, el hijo de Hades.

Me miraba con expresión lúgubre.

—¿Lo ves, Percy? —susurraba—. Se te agota el tiempo. ¿De veras crees que podrás vencerlos sin mi plan?

Sus palabras caían sobre mí, heladas como el fondo del océano, y de repente todo se volvía negro.

—¿Percy? —dijo una voz ronca.

Sentía como si me hubiesen metido la cabeza en un microondas. Abrí los ojos y vi una figura enorme y oscura inclinada sobre mí.

—¿Beckendorf? —pregunté, esperanzado.

—No, hermano.

Mis ojos lo enfocaron lentamente. Era un cíclope lo que tenía delante: una cara deformada, con greñas de color castaño y un enorme ojo marrón lleno de inquietud.

—¿Tyson?

Mi hermano sonrió ampliamente mostrándome los dientes.

—¡Yuju! ¡Te funciona el cerebro! —exclamó.

Yo no estaba tan seguro. Notaba el cuerpo frío e ingrávido. Y la voz me sonaba rara. Oía a Tyson, pero era como si percibiera vibraciones en mi cráneo, más que sonidos normales.

Me incorporé y la sábana vaporosa que me tapaba se elevó flotando. Me encontraba en una cama de sedosas algas entrelazadas. Las paredes estaban cubiertas de caparazones de orejas de mar y en el techo había perlas del tamaño de pelotas de baloncesto que iluminaban la estancia.

Me hallaba bajo el agua. Lo cual, siendo hijo de Poseidón, no es ningún problema para mí. Puedo respirar aunque esté sumergido, y ni siquiera se me moja la ropa. Aun así, me sobresalté un poco cuando un tiburón martillo entró por la ventana de la habitación. Pero se limitó a echarme un vistazo y salió tranquilamente por el lado opuesto.

—¿Dónde...?

—En el palacio de papá —contestó Tyson.

En otras circunstancias habría sentido una gran excitación. Nunca había visitado el reino de Poseidón, y llevaba años soñando con ello. Pero ahora me dolía la cabeza, tenía la camisa toda chamuscada por la explosión y, aunque las heridas del brazo y la pierna se me habían curado casi del todo (uno de los efectos que tiene en mí el agua del mar, siempre que actúe el tiempo suficiente), aún me sentía como si me hubiera pisoteado un equipo de fútbol de gigantes lestrigones con botas de tacos metálicos.

—¿Cuánto tiempo...?

—Te encontramos anoche, cuando te hundías hacia el fondo.

—¿Y el Princesa Andrómeda?

—¡Hizo BUUUUM! —aclaró, por si me quedaban dudas.

—Beckendorf iba a bordo. ¿Lo has...?

Su rostro se ensombreció.

—Ni rastro de él. Lo siento, hermano.

Miré por la ventana el agua azul oscuro. Beckendorf iba a ir a la universidad en otoño. Tenía novia, un montón de amigos y toda una vida por delante. No podía haber muerto. Quizá había logrado saltar del barco también. Quizá se había lanzado por la borda... No: él no habría sobrevivido como yo a una caída al agua desde treinta metros. Ni habría conseguido alejarse lo suficiente de la explosión.

Sabía que había muerto. Se había sacrificado para destruir el Princesa Andrómeda y yo lo había dejado allí.

Recordé mi sueño. Los titanes comentaban la explosión como si no tuviera importancia, y Nico di Angelo me había advertido que nunca derrotaría a Cronos si no seguía su plan: una idea peligrosa que yo llevaba más de un año rehuyendo.

Una explosión lejana sacudió la habitación. En el exterior relumbró una oleada de luz verde, iluminando el fondo marino como si fuese mediodía.

—¿Qué ha sido eso? —pregunté.

Tyson me miró preocupado.

—Papá te lo explicará. Ven. Les está haciendo ¡bum! a los monstruos.

El palacio me habría parecido el lugar más increíble que había visto en mi vida si no hubiese sido porque estaban destruyéndolo. Nadamos hasta el fondo de un largo pasillo y subimos disparados en línea recta aprovechando un géiser. Al elevarnos por encima de los tejados contuve el aliento... bueno, si es que puede uno contener el aliento bajo el agua.

El palacio era tan grande como la ciudad del monte Olimpo, con jardines, patios enormes y pabellones rodeados de columnas. Los jardines tenían colonias de coral y relucientes plantas acuáticas. Había veinte o treinta edificios construidos con caparazones de oreja de mar. Eran blancos, pero destellaban con todos los colores del arco iris. Los peces y pulpos entraban y salían por las ventanas, y los caminos se hallaban bordeados de perlas brillantes que recordaban a ristras de luces navideñas.

El patio principal estaba lleno de guerreros: tritones con cola de pez de cintura para abajo y cuerpo humano de cintura para arriba, aunque con la piel azul. Hasta entonces no había visto ninguno. Algunos atendían a los heridos, otros afilaban sus lanzas y espadas. Uno de ellos pasó nadando a toda prisa por nuestro lado. Tenía ojos verde fosforescente y dientes de tiburón. Estas cosas no te las enseñan en La sirenita.

Alrededor del patio principal se alzaban grandes fortificaciones —torres, murallas, artefactos contra los asedios—, aunque la mayoría se encontraban en ruinas. Algunas ardían con un fulgor verde que yo conocía bien: era fuego griego, que arde incluso bajo el agua.

Más allá se extendía el fondo del mar sumido en la penumbra. Entreví batallas enfurecidas: destellos de energía, explosiones, chisporroteos que saltaban cuando los ejércitos chocaban. Un humano normal lo habría encontrado todo demasiado oscuro para distinguir nada. Pero, qué demonios, un humano normal habría resultado aplastado por la presión y congelado por el frío. Y, en realidad, ni siquiera mis ojos sensibles a los cambios de calor lograban identificar con claridad lo que sucedía.

En un lado del palacio explotó un templo con techo de coral rojo. El fuego y los escombros saltaron a cámara lenta y llegaron a los jardines más lejanos. Arriba, surgió entre las sombras una silueta monumental: un calamar más grande que un rascacielos rodeado de una nube de polvillo reluciente; bueno, creí que era polvillo, hasta que comprendí que se trataba de un enjambre de tritones que intentaban atacar al monstruo. El calamar descendió hacia el palacio y, con un solo barrido de sus tentáculos, aplastó una columna entera de guerreros. Entonces salió un arco de luz azulada de la azotea de uno de los edificios más altos. La luz le dio de lleno al enorme calamar, que se disolvió en el agua como una mancha de colorante.

—Papá —dijo Tyson, señalando el punto del que había surgido el arco azulado.

—¿Ha sido él? —De pronto me sentía más esperanzado. Mi padre tenía poderes increíbles. Era el dios del mar. Él podía hacer frente a aquel ataque. Y quizá me dejara echarle una mano—. ¿Tú has participado en el combate? —le pregunté a Tyson, maravillado—. ¿Te has dedicado a aporrear cabezas con tu alucinante fuerza de cíclope?

Tyson se enfurruñó y comprendí que acababa de formular la pregunta menos indicada.

—Yo me he dedicado... a forjar armas —masculló—. Ven, vamos a buscar a papá.

Ya sé que esto le sonará un poco raro a la gente con, bueno, con padres normales, pero yo sólo había visto a mi padre cuatro o cinco veces en mi vida, y siempre durante unos minutos. Los dioses griegos no son precisamente de los que asisten sin falta a los partidos de baloncesto de sus hijos. Aun así, pensaba que reconocería a Poseidón a primera vista.

Me equivocaba.

La azotea del templo, un espacio enorme y abierto, se había convertido en el centro de mando. En el suelo había un mosaico con un mapa de gran exactitud de los terrenos del palacio y el océano circundante. Pero el mosaico se movía: los azulejos de colores que representaban a los distintos ejércitos y monstruos marinos se iban desplazando a medida que los contendientes cambiaban de posición; y los edificios que se desmoronaban en la realidad también se venían abajo en la imagen.

De pie alrededor del mosaico, estudiando la batalla con toda seriedad, había un curioso elenco de guerreros, aunque ninguno se parecía a mi padre. Yo buscaba a un tipo musculoso, de piel bronceada y barba negra, vestido con bermudas y una camisa hawaiana.

Pero no había nadie con ese aspecto. Uno de los tipos era un tritón con dos colas de pez en lugar de una. Tenía la piel verde y la armadura tachonada de perlas. El pelo oscuro lo llevaba en una cola y parecía joven, aunque siempre resulta difícil decirlo con los no humanos. Pueden tener tres años o mil, nunca se sabe. A su lado había un viejo con una poblada barba blanca y el pelo gris. La armadura de combate parecía pesarle. Tenía ojos verdes y las típicas arruguitas que se forman de tanto sonreír, aunque ahora no sonreía. Estudiaba el mapa apoyado en un báculo de metal. A su derecha había una mujer muy guapa con armadura verde y larga cabellera negra, y tenía unos pequeños cuernos muy raros, similares a pinzas de cangrejo. También había un delfín: uno normal, aunque examinaba atentamente el mosaico.

—Delfín —dijo el viejo—. Envía a Palemón y su legión de tiburones al frente occidental. Debemos neutralizar a esos leviatanes.

El delfín respondió con un par de chillidos, pero pude entenderlo: «Sí, mi señor.» Luego se alejó a gran velocidad.

Miré consternado a Tyson y luego de nuevo al viejo.

Parecía imposible, pero...

—¿Papá? —balbucí.

Él levantó la vista. Reconocí el brillo de sus ojos, pero su rostro, en cambio, parecía haber envejecido cuarenta años.

—Hola, Percy.

—¿Qué... qué te ha pasado?

Tyson me dio un codazo. Se puso a menear la cabeza con tanto ímpetu que casi temí que se la dislocara, pero Poseidón no parecía ofendido.

—No pasa nada, Tyson —dijo—. Disculpa mi aspecto, Percy. La guerra me ha afectado mucho.

—Pero ¡si eres inmortal! —musité—. Puedes tener el aspecto que quieras.

—Yo reflejo el estado de mi reino —repuso—. Y ese estado ahora mismo es bastante lamentable. Voy a presentarte, Percy. Me temo que acabas de cruzarte con mi lugarteniente Delfín, dios de los delfines. Ésta es mi esposa Anfítrite. Querida...

La mujer de la armadura verde me lanzó una mirada gélida.

—Perdonadme, mi señor —dijo—. Me necesitan en la batalla.

Y se alejó nadando.

Me sentí bastante incómodo, aunque imagino que ella no pudo evitarlo. Nunca me había parado a pensarlo, pero sabía que mi padre tenía una esposa inmortal. Y todos sus romances con mortales, incluida mi madre... bueno, no debían de hacerle mucha gracia a Anfítrite.

Poseidón carraspeó.

—Sí, en fin, y éste es mi hijo Tritón —añadió—. Eh... mi otro hijo.

—Tu hijo y heredero —lo corrigió el tipo de color verde. Sus dos colas de pescado se agitaban de un lado para otro. Me dedicó una sonrisa, pero no había en sus ojos nada amistoso—. Hola, Perseo Jackson. ¿Por fin has venido a ayudar?

Me lo dijo como si yo fuese un remolón o un perezoso. Si es posible ruborizarse bajo el agua, probablemente me ruboricé.

—Dime qué tengo que hacer —repliqué.

Tritón sonrió como si le hiciese gracia mi respuesta, como si yo fuera un perro simpático que acabara de soltar un ladrido. Luego se volvió hacia Poseidón.

—Voy a encargarme de la primera línea, padre. No te preocupes. Yo no te fallaré.

Le hizo a Tyson una inclinación educada (¿por qué a mí no?) y se alejó por el agua velozmente.

Poseidón soltó un suspiro y alzó su báculo, que se transformó en su arma habitual: un enorme tridente cuyas puntas refulgían con una luminosidad azul. El agua hervía alrededor a causa de la energía que desprendían.

—Perdona —me dijo.

Una inmensa serpiente marina apareció por encima de nuestras cabezas y descendió hacia nosotros con un movimiento en espiral. Era de un anaranjado brillante y su boca llena de colmillos parecía capaz de tragarse un yate entero.

Sin levantar apenas la vista, Poseidón apuntó con su tridente y le disparó un rayo de energía azul. ¡Buuuum! El monstruo estalló en un millón de pececillos de colores, que se alejaron aterrorizados.

—Mi familia está muy nerviosa —prosiguió él, como si nada—. La batalla contra Océano no va nada bien.

Me señaló el borde del mosaico y dio unos golpecitos con la punta del tridente en la imagen de un tritón mucho mayor que los demás, provisto de cuernos de toro. Parecía conducir un carro arrastrado por cangrejos de agua dulce y, en lugar de espada, empuñaba una serpiente viva.

—Océano —repetí, hurgando en mi memoria—. ¿El titán del mar?

Poseidón asintió.

—En la primera guerra entre dioses y titanes se mantuvo neutral. Pero Cronos lo ha convencido para que luche de su lado. Cosa que... en fin, no es muy buena señal. Océano no se comprometería si no estuviera seguro de elegir el bando ganador.

—Tiene un aspecto estúpido —comenté, procurando parecer optimista—. Vamos, ¿a quién se le ocurre esgrimir una serpiente?

—Papá la retorcerá con sus manos y le hará cuatro nudos —dijo Tyson, muy convencido.

Poseidón sonrió, pero parecía cansado.

—Agradezco vuestra fe. Llevamos ya casi un año en guerra. Mis poderes están sobrecargados. Y él sigue encontrando nuevas fuerzas que lanzar sobre mí... Monstruos marinos tan antiguos que ya había olvidado que existían.

Oí a lo lejos una explosión. Más o menos a un kilómetro de distancia, una montaña de coral se desintegró bajo el peso de dos seres gigantescos. Apenas podía distinguir sus siluetas. Uno era una langosta. El otro, un gigante humanoide semejante a un cíclope, pero provisto de una infinidad de miembros. Primero creí que llevaba adosados un montón de pulpos gigantes, pero eran sus propios brazos: un centenar de brazos que se agitaban y combatían a la vez.

—¡Briares! —grité.

Me alegraba de verlo, aunque daba la impresión de estar tratando de salvar el pellejo. Era el último de su especie: un centimano, primo directo de los cíclopes. Lo habíamos rescatado el pasado verano de la prisión de Cronos y luego se había marchado a ayudar a Poseidón, pero no había vuelto a saber de él.

—Lucha muy bien —comentó Poseidón—. Ojalá tuviera un ejército entero, pero es el único que queda.

Briares soltó un bramido furioso, agarró con fuerza a la langosta, que lanzaba golpes e intentaba apresarlo con sus pinzas, y la arrojó desde lo alto de la montaña de coral. La langosta desapareció en la oscuridad y Briares se zambulló tras ella, agitando sus cien brazos como si fueran las hélices de una lancha motora.

—Percy, quizá no tengamos mucho tiempo —dijo mi padre—. Háblame de tu misión. ¿Has visto a Cronos?

Se lo expliqué todo, aunque la voz me flaqueó al contarle lo de Beckendorf. Bajé la vista hacia el patio que teníamos a nuestros pies. Había una multitud de tritones malheridos tumbados en catres de campaña, y una larga hilera de montículos de coral que debían de ser tumbas improvisadas. Comprendí que Beckendorf no era la primera víctima de aquella guerra, sino sólo una más entre centenares, tal vez entre millares. Nunca me había sentido tan furioso e impotente.

Poseidón se acarició la barba.

—Beckendorf escogió una muerte heroica —prosiguió—. Tú no tienes la culpa. El ejército de Cronos debe de estar inmerso en un completo desorden. Muchos han sido destruidos.

—Pero a él no lo hemos matado, ¿no? —Ya mientras lo preguntaba comprendí que era una ingenuidad por mi parte. Habíamos volado su barco por los aires y desintegrado a muchos de sus monstruos, pero el señor de los titanes no sería tan fácil de matar.

—No —reconoció Poseidón—. Pero nos has hecho ganar tiempo.

—Había semidioses en el barco —dije, acordándome del chico con que me había cruzado en la escalera. Me había concentrado únicamente en los monstruos y en Cronos. Me había convencido de que destruir su barco estaba bien porque eran seres malignos y navegaban hacia mi propia ciudad para atacarla. Además, ellos no morían de un modo permanente. Los monstruos se volatilizaban y volvían a formarse al cabo de un tiempo. En cambio, los semidioses...

Poseidón me puso una mano en el hombro.

—Percy, sólo había unos cuantos semidioses a bordo, y todos habían decidido combatir al lado de Cronos. Tal vez algunos hicieron caso de tu advertencia y huyeron. Pero si no... ellos eligieron su destino.

—¡Les habían lavado el cerebro! —exclamé—. Ahora están muertos y Cronos sigue vivo. ¿Debería sentirme mejor por ello?

Miré con rabia el mosaico: diminutas explosiones que destruían monstruos diminutos. Parecía todo muy fácil cuando se trataba sólo de una imagen.

Tyson me rodeó los hombros con el brazo. Si lo hubiera intentado cualquier otro, lo habría apartado sin contemplaciones, pero Tyson era demasiado grande y muy testarudo. Él me abrazaba tanto si quería como si no.

—No es culpa tuya, hermano —dijo—. Con Cronos no sirven las explosiones. La próxima vez le atizaremos con una porra bien grande.

—Percy —añadió mi padre—, el sacrificio de Beckendorf no ha sido en vano. Habéis desbaratado el ejército invasor. Nueva York estará a salvo durante un tiempo, lo cual deja las manos libres a los olímpicos para afrontar una amenaza mucho mayor.

—¿Qué amenaza? —Recordé lo que había dicho en mi sueño el titán dorado: «Los dioses han respondido al desafío. Pronto serán destruidos.»

El rostro de mi padre se ensombreció.

—Ya has tenido bastantes disgustos por hoy —dijo—. Pregúntaselo a Quirón cuando vuelvas al campamento.

—¿Volver al campamento? ¿Con todos los problemas que tienes aquí? ¡Yo quiero ayudar!

—No puedes, Percy. Tu misión está en otra parte.

No daba crédito a mis oídos. Miré a Tyson, buscando su apoyo.

Mi hermano se mordió el labio.

—Papá... Percy puede combatir con su espada —dijo—. Es muy bueno.

—Eso ya lo sé —murmuró Poseidón con calma.

—Padre, puedo echar una mano —dije—. Me siento capaz. No lograrás resistir aquí mucho tiempo.

Una bola de fuego surgió de las líneas enemigas y trazó una rápida parábola. Pensé que Poseidón la desviaría o algo así, pero fue a caer en la esquina del patio y explotó. Un montón de tritones saltaron dando tumbos por el agua. Poseidón hizo una extraña mueca, como si hubiera recibido una puñalada.

—Vuelve al campamento —insistió—. Y dile a Quirón que ya ha llegado el momento.

—¿De qué?

—Debes oír la profecía. Entera.

No me hacía falta preguntar cuál. Llevaba años oyendo hablar de la Gran Profecía, aunque nadie me la había explicado nunca del todo. Lo único que sabía era que debía tomar una decisión que decidiría el destino del mundo. Pero nada, sin agobios...

—¿Y si fuera ésa la decisión: quedarse a luchar o marcharse? —discurrí—. ¿Y si te dejo aquí y tú...?

No podía decir «mueres». Se suponía que los dioses no se morían, aunque yo había visto algún caso. Pero incluso sin morirse podían quedar reducidos prácticamente a nada, o bien ser exiliados o arrojados al fondo del Tártaro, como le había sucedido a Cronos.

—Debes marcharte, Percy —insistió Poseidón—. Ignoro en qué consistirá tu decisión final, pero tu lugar está en el mundo exterior. Has de ir al campamento, aunque sólo sea para prevenir a tus amigos. Cronos conoce vuestros planes. Tenéis un espía. Nosotros resistiremos aquí. No nos queda otro remedio.

Tyson me apretó la mano con fuerza.

—¡Te echaré de menos, hermano!

Mientras nos contemplaba, nuestro padre pareció envejecer otros diez años.

—Tyson, tú también tienes cosas que hacer, hijo. Te necesitan en el arsenal.

Tyson volvió a enfurruñarse.

—Ya voy —gimió. Me dio un abrazo tan fuerte que casi me parte las costillas—. ¡Ten cuidado, Percy! ¡No dejes que te maten los monstruos!

Asentí, fingiendo confianza, pero aquello era demasiado para el grandullón. Se alejó sollozando hacia el arsenal, donde sus primos los cíclopes fabricaban lanzas y espadas.

—Deberías dejarle luchar —dije a mi padre—. No soporta estar encerrado en el arsenal, ¿no lo ves?

Él negó con la cabeza.

—Basta y sobra con tener que ponerte a ti en peligro. Tyson es demasiado joven. Tengo que protegerlo.

—Deberías confiar en él y no tratar de protegerlo.

Sus ojos llamearon un instante y pensé que había ido demasiado lejos, pero luego bajó la vista hacia el mosaico y se encogió de hombros. En los azulejos, el tritón con el carro tirado por cangrejos se acercaba peligrosamente al palacio.

—Ya viene Océano —dijo—. Debo hacerle frente en el campo de batalla.

Hasta entonces nunca había sentido temor por un dios, pero no veía cómo podría arreglárselas para vencer a aquel titán.

—Resistiré —prometió Poseidón—. No entregaré mis dominios. Sólo dime una cosa, Percy: ¿aún tienes el regalo de cumpleaños que te di?

Asentí y le mostré mi collar. Tenía una cuenta por cada verano pasado en el Campamento Mestizo, pero desde el año anterior también llevaba colgado del cordón un dólar de arena, que es un caparazón plano y redondo de erizo. Mi padre me lo había dado al cumplir quince años. Aquel día me había dicho que yo sabría cuándo «gastarlo», pero aún no había descubierto a qué se refería. Lo único seguro era que no entraba en las máquinas de la cafetería del colegio.

—Se acerca el momento —aseguró—. Con un poco de suerte, nos veremos la semana que viene, el día de tu cumpleaños, y lo celebraremos como es debido.

Sonrió y, por un instante, me pareció atisbar el brillo de siempre en sus ojos.

Entonces toda la zona del mar que teníamos delante se oscureció, como si se avecinara una tormenta. Hubo un retumbo de truenos, cosa que parecía imposible bajo el agua. Se notaba la proximidad de una presencia inmensa y glacial. Una oleada de miedo se propagó entre las tropas que se hallaban a nuestros pies.

—Debo adoptar mi verdadera forma divina —dijo Poseidón—. Vete. Y buena suerte, hijo mío.

Habría deseado darle ánimos, abrazarlo o algo así, pero no debía entretenerme. Cuando un dios adopta su verdadera forma, la energía que desprende es tal que cualquier mortal se desintegraría con sólo mirarlo.

—Adiós, padre —acerté a decir.

Di media vuelta y pedí a las corrientes que me ayudaran. El agua se arremolinó en torno a mí y me impulsó hacia la superficie a una velocidad que habría hecho estallar como un globo a cualquier humano normal.

Miré atrás, pero lo único que vi fueron los destellos verdes y azules que saltaban mientras mi padre combatía con el titán. El mar mismo se encontraba desgarrado entre los dos ejércitos.