Mi hermano se llama Jessica

John Boyne

Fragmento

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1

Una tarde muy extraña

La historia de cómo mi hermano se hizo esa cicatriz que tiene sobre el ojo izquierdo, casi paralela con la ceja, me la han contado muchas veces. Cuando yo nací él ya había cumplido los cuatro años y desde que tenía memoria había anhelado un hermano, una hermana o un perro, pero mamá y papá siempre le decían que no.

—Nadie necesita más de un hijo —insistía papá—. El planeta ya está superpoblado. ¿Sabes que, en esta misma calle, en la casa de al lado, hay una familia con siete niños menores de seis años?

—¿Y eso cómo es posible? —preguntó mi hermano Jason, quien, a pesar de que en aquel entonces no era más que un niño, entendía bastante bien cómo funcionaba el mundo.

—Dos pares de gemelos —respondió papá con una sonrisa.

—Y a los perros hay que sacarlos a pasear constantemente —añadió mamá—. Y antes de que nos asegures que lo sacarás tú, ya sabemos que eso es lo que dices ahora, pero a la larga seremos papá o yo quienes terminemos haciendo la mayoría del trabajo pesado.

—Pero...

—Además, ensucian muchísimo —dijo papá.

—¿Quiénes? —preguntó Jason—. ¿Los perros o los hermanos?

—Ambos.

Mamá y papá insistieron tanto en que no habría más incorporaciones en nuestra familia que mi hermano debió de sufrir una especie de shock cuando un día le pidieron que se sentara y le informaron de que, pese a todo, su deseo se cumpliría y seis meses más tarde habría un nuevo bebé en casa. Al parecer se emocionó a tal punto que salió disparado al jardín trasero y estuvo corriendo en círculos durante veinte minutos, gritando a más no poder, hasta que se mareó tanto que se cayó y se golpeó la cabeza contra un gnomo de jardín.

Aunque no fue eso lo que le causó la cicatriz.

Yo nací con un problema. Tenía un agujero en el corazón y los médicos creían que no sobreviviría mucho tiempo. El agujero era apenas del tamaño de una cabeza de alfiler, pero, si eres un recién nacido y tu corazón tiene el tamaño de un cacahuete, puede ser bastante peligroso. Me mantuvieron en una incubadora unos cuantos días y luego me trasladaron a un quirófano, donde un equipo de cirujanos intentó resolver el problema. Durante todo ese tiempo mi hermano estuvo en casa con la canguro, llorando con tanta fuerza por la preocupación que se cayó de la silla y se golpeó la cabeza contra una mesita auxiliar.

Aunque tampoco fue eso lo que le causó la cicatriz.

Los médicos informaron a mis padres de que la semana posterior sería crítica, pero, como los dos siempre tuvieron trabajos muy importantes —hoy en día mamá ya es ministra, aunque en aquella época no era más que una parlamentaria común y corriente, y papá siempre ha sido su secretario personal—, no podían estar conmigo todo el tiempo, de modo que se turnaban para visitarme en el hospital. Mamá venía las mañanas en que la cámara no celebraba sesión, pero la llamaban constantemente para que asistiera a alguna reunión, y papá venía por las tardes, aunque no le gustaba quedarse mucho rato por si se producía «alguna novedad», como decía él, que lo obligara a regresar a Westminster lo más rápido posible. A mi hermano lo trajeron a verme por primera vez la noche siguiente a la operación y, aunque en ese momento no tenía más que cuatro años, se negó a volver a casa y armó tal jaleo que las enfermeras terminaron preparándole una cama plegable en la habitación contigua a la sala de incubadoras.

—Tal vez el bebé perciba que hay alguien velando por él —dijo la enfermera—. ¿Qué daño puede hacerle?

—Y al menos sabemos que aquí estará a salvo —respondió mamá.

—Además, no tendremos que pagar horas extra a la canguro —añadió papá.

Sin embargo, unas noches más tarde, una de las máquinas que me mantenían con vida emitió un ruido que asustó a mi hermano, que se bajó de la cama plegable para ir a buscar a un médico. Ahora bien, como la habitación estaba a oscuras tropezó con el cable de algo llamado «soporte para bomba de infusión intravenosa» y cuando, unos momentos más tarde, apareció la enfermera, yo seguía durmiendo profundamente, pero él estaba tumbado en el suelo, aturdido y con sangre encima del ojo, donde se había abierto una brecha.

—¡No deje que mi hermano se muera! —gritaba mientras la enfermera le examinaba la herida.

—Sam no se va a morir — respondió ella—. Míralo, se encuentra bien. Está totalmente dormido. A ti, en cambio, habrá que ponerte puntos. Ten, sujétate esta toalla contra la frente y vayamos a mi despacho.

Pero mi hermano Jason estaba convencido de que mi problema era terriblemente grave y que si me dejaba a solas ocurriría algo espantoso. De modo que insistió en quedarse en la habitación, hasta que la enfermera no tuvo más remedio que coserle la herida allí mismo, y probablemente fuera bastante novata, porque no lo hizo muy bien.

Y eso fue lo que le causó la cicatriz.

Esa herida siempre me ha despertado un cariño especial, porque cada vez que la miro pienso en esa historia y en cómo Jason insistió en quedarse a mi lado cuando yo estuve enfermo. Me recuerda lo mucho que mi hermano me ha querido siempre. Incluso cuando se dejó crecer el flequillo y ya no se le veía la cicatriz como antes, yo sabía que estaba allí. Y lo que significaba.

Mi hermano Jason me ha cuidado desde que tengo memoria. Tuve canguros, por supuesto —montones de canguros—, porque, según decía mamá, si no priorizaba a sus votantes, ellos votarían por el otro partido en las elecciones siguientes y entonces el país se hundiría. Y papá insistía en la importancia de que mamá siempre ganara por una diferencia considerable para poder seguir ascendiendo por la resbaladiza ladera de la política.

—Al partido le da buena imagen no sólo que gane, sino que gane por mucho —explicaba.

La mayoría de las canguros no se quedaban demasiado tiempo; según decían, eran profesionales cualificadas, con estudios universitarios, que conocían sus derechos, y no estaban dispuestas a que se las tratara como a esclavas. Aunque mamá siempre les señalaba que, siendo tan cultas como decían, seguramente sabían que a los esclavos no se les pagaba, mientras que a ellas sí, y a continuación se volvía hacia papá y soltaba algo así como: «Éstas son de las que acuden a manifestaciones y protestan contra todo, pero en realidad no mueven un dedo para mejorar las cosas», momento en el cual estallaba una discusión sobre todo tipo de temas, desde las deficiencias del sistema sanitario hasta el desarme nuclear, pasando por el aumento del precio del transporte y el proceso de paz en Oriente Próximo.

A veces mis padres y la canguro llegaban a una especie de acuerdo, pero las cosas no tardaban más de unas semanas en volver a empeorar. Entonces repasaban el anuncio original y la chica (aunque en una ocasión también hubo un chico) indicaba que en él no se decía nada sobre tener que planchar la ropa de los padres, arrancar las malas hierbas del jardín o doblar mi­les de folletos electorales y meterlos en sobres mientras veía la televisión en su habitación durante su tiempo libre. Pero mamá le mostraba la parte en que se mencionaban «otras tareas generales del hogar» y acto seguido empezaban a gritarse. A continuación oíamos la frase «Si no te gusta, puedes marcharte» y luego eran mamá y papá los que se ponían a discutir; papá argüía que tardarían una eternidad en encontrar a otra canguro y que mientras tanto él tendría que quedarse en casa con «esos condenados niños», a lo que mamá respondía: «Lo que pasa es que tú no quieres que esta chica se vaya porque te gusta mirarle el trasero» —eso es lo que decía mamá, yo no hago más que repetirlo—, hasta que finalmente la canguro anunciaba que iniciaría una huelga para luchar por unas condiciones laborales mejores y mamá le contestaba que en ese caso hiciera las maletas y se marchara la tarde siguiente, y que adiós muy buenas.

De modo que las canguros llegaban y se iban como las estaciones del año, y yo sabía que encariñarme demasiado con alguna de ellas era perder el tiempo. Cuando cumplí diez años, como mi hermano ya tenía catorce, mamá anunció que a partir de ese momento no nece­sitaríamos más canguros: Jason podía traerme a casa desde el colegio cada día, y cuando tuviera entrenamiento de fútbol, yo me sentaría en las gradas a hacer los deberes hasta que él terminara. A lo que mi hermano respondió que de acuerdo, pero ¿iban a pagarle lo mismo que a las canguros?, a lo que papá respondió: «Tú vives en nuestra casa sin pagar alquiler, te comes nuestra comida y lo pones todo perdido con tus botas de fútbol y tu uniforme mugriento; de modo que mejor lo dejamos así, ¿vale?»

Tal vez creáis que conocéis a jugadores de fútbol bue­nos, pero os aseguro que no conocéis a ninguno tan bueno como mi hermano Jason. Empezó a jugar cuando apenas gateaba y a los nueve años se presentó a una prueba para entrar en la academia del Arsenal, aunque le dijeron que aún no estaba listo y que volviera al año siguiente. Doce meses más tarde probó de nuevo y el entrenador reconoció que en ese tiempo mi hermano había hecho un progreso fantástico y que si le interesaba había una plaza para él, pero, para sorpresa de todos, Jason la rechazó. Explicó que, si bien le gustaba jugar en la escuela, no quería dedicar su vida a ese deporte y, sin duda, no tenía ningún deseo de convertirse en futbolista profesional cuando fuera mayor.

—Bueno, eso sí que es ridículo... —dijo mamá, que había tenido una fuerte discusión con el director de la academia cuando lo habían rechazado el año anterior e incluso había llegado a proferir vagas amenazas acerca de la financiación del deporte—. Es evidente que tienes mucho talento. Te he visto jugar y eres mejor que todos los de tu clase. Tú siempre, ya sabes... le das patadas a la pelota y metes gol... O al menos a veces.

—¿Por qué no aceptas y juegas durante siete u ocho años? —propuso papá—. No es tanto tiempo, ¿no? Sólo hasta que acabes el colegio; entonces podrás tomar una decisión meditada sobre tu futuro. Nos vendría muy bien para la imagen de tu madre que te fichara un club de fútbol profesional. A los votantes les encantaría.

—No me apetece —insistió él—. A mí me gusta jugar sólo para divertirme.

—¿Para divertirte? —preguntó papá, mirándolo como si acabara de hablar en un idioma extranjero—. ¡Tienes diez años, Jason! ¿De verdad crees que en la vida todo es diversión?

—Pues sí —dijo él.

—¿Sabes cuál es tu problema, Jason? —intervino mamá, que estaba limándose las uñas al tiempo que hojeaba varios periódicos.

—No —respondió él—. ¿Cuál?

—Que eres un egoísta. Sólo piensas en ti.

Aunque yo no tenía más de seis años sabía que eso era completamente falso, porque mi hermano Jason era la persona menos egoísta que conocía. En ese momento no dije nada, pero un día, cuando me tumbé en su cama a escuchar sus cedés y oír sus explicaciones de por qué cada una de las canciones que sonaba era la mejor que se había compuesto jamás y por qué debía ampliar mis conocimientos musicales y dejar de escuchar basura, le pregunté:

—¿Por qué no quieres ser un futbolista famoso?

Recorrí la habitación con la mirada y vi pósteres de futbolistas colgados en las paredes, pero, por otra parte, también había uno de Australia y otro de Shrek, y yo tampoco creía que él deseara ser un continente o un ogro de cuento.

—Porque no —dijo él encogiéndose de hombros—. El hecho de que sea bueno en algo, Sam, no significa que quiera pasar el resto de mi vida haciendo eso. Tal vez haya muchas otras cosas a las que preferiría dedicarme.

Y, francamente, a mí me pareció una explicación bastante razonable.

El año pasado, cuando yo tenía trece años, el profesor de inglés nos mandó hacer una redacción durante el fin de semana: «La persona que más admiro», se titulaba. Siete chicas escribieron sobre Kate Middleton, cinco chicos sobre David Beckham y hubo tres trabajos más sobre Iron Man. El resto estaban dedicados a una serie de personalidades, como la reina, Jacqueline Wilson y Barack Obama. Mi archienemigo, David Fugue, que lleva acosándome incansablemente desde el día en que traté de darle la bienvenida a nuestra calle, escribió sobre Kim Jong-un, el líder supremo de Corea del Norte, y cuando nuestro profesor, el señor Lowry, le dio ochenta y siete razones distintas para desmontar su teoría de que Kim Jong-un representa un modelo positivo a imitar, David Fugue esperó a que terminara de hablar y le respondió que debía tener mucho cuidado con lo que decía o se vería en serios problemas. Afirmó que él jugaba online todas las noches con Kim Jong-un y que se habían hecho muy amigos. Bastaba una palabra suya para que cualquier día el señor Lowry sufriera algún accidente desagradable al volver a casa desde el trabajo. Eso no le sentó nada bien al profesor, así que David tuvo que llevarles una nota a sus padres; a la mañana siguiente lo obligaron a ponerse de pie delante de toda la clase y pedir disculpas por haber hecho alusión a la violencia gratuita en el colegio.

El único que no escribió sobre una persona famosa fui yo, que escribí sobre mi hermano.

CINCO COSAS QUE MENCIONÉ EN MI TRABAJO

1. Que se había hecho una cicatriz en la frente cuando yo era un recién nacido, aunque mentí y afirmé que aún tenía un agujero en el corazón y que podía morirme en cualquier momento, lo que no es cierto, pues los médicos me curaron; aun así esa patraña me granjeó muchísima compasión.

2. Que en una ocasión me salvó de morir atropellado empujándome para que me apartara justo a tiempo, y cuando el conductor detuvo el vehículo para insultarme —aunque había sido culpa suya, pues estábamos cruzando un paso de cebra—, mi hermano Jason corrió detrás del coche; en ese momento pensé que de haberlo alcanzado lo habría matado.

3. Que era el capitán del equipo de fútbol y que podría haberse convertido en un futbolista profesional si lo hubiera querido, pero que le apetecía hacer muchas otras cosas.

4. Que salía con Penny Wilson, quien, como todos sabían, era la chica más atractiva de la escuela.

5. Que me había salvado de que me comiera vivo Brutus, un perro horrible que vive en la misma calle que nosotros y que en cuanto me ve empieza a babear, como si pensara que soy el manjar más apetitoso del mundo.

CINCO COSAS QUE NO MENCIONÉ EN MI TRABAJO

1. Que apenas unas semanas antes Jason había tenido una gran discusión con mamá y papá, que les había dicho que era ridículo que nunca estuvieran en casa, que el trabajo de mamá siempre tenía prioridad respecto a nosotros y que no podían pretender que él siguiera cuidándome indefinidamente porque tenía que vivir su propia vida. ¿Qué pasaría cuando él fuera a la universidad?, preguntó. Pero mamá contestó que para entonces yo ya sería lo bastante mayor como para cuidarme solo; en ese momento él levantó las manos y dijo: «Me rindo», luego se marchó a su habitación y se negó a hablar con nadie, ni siquiera conmigo, durante un día entero.

2. Que no estaba en Facebook, Twitter, Instagram ni Snapchat, porque decía que no soportaba que todo el mundo se pasara el día mirando el móvil, haciendo cosas sólo para poder fotografiarlas, pero sin experimentarlas de verdad.

3. Que la semana anterior yo lo había pillado besándose con Penny Wilson en su dormitorio un día que entré sin llamar, y que él me había perseguido con una raqueta de tenis.

4. Que afirmaba que cuando tuviera dieciocho años no votaría por el partido de mamá sino por el otro, pues todos eran unos corruptos que estaban en política sólo para sacar tajada.

5. Que llevaba unos cuantos meses dejándose crecer el pelo y que se había hecho un estúpido peinado en capas, incluso a pesar de que todos, yo incluido, pensábamos que le daba un aspecto un poco femenino.

Al oír lo que yo había escrito sobre mi hermano, algunos amigos míos sintieron un poco de vergüenza ajena, pero era cierto que Jason era la persona que yo más admiraba, así que me pareció justo que mi redacción tratara sobre él. Jason estaba siempre que lo necesitaba. Cuando yo era pequeño y tenía pesadillas, siempre me dejaba meterme en su cama y me consolaba. Luego empecé a mostrar dificultades para leer y papá dijo que iban a hacerme unas pruebas, y cuando se descubrió que tenía dislexia, mi hermano se sentó conmigo noche tras noche para ayudarme a hacer los deberes y, pese a lo mucho que yo me frustraba cuando las palabras y las letras se ponían a bailar en la página y dejaban de tener sentido, él jamás perdía la paciencia —jamás gritaba como papá: «¡Lee lo que pone en la maldita página!»— y siempre me decía que aquello se solucionaría con el tiempo, que él me ayudaría, que siempre estaría a mi lado, que éramos hermanos, que nada se interpondría entre nosotros.

Yo le creía.

Me di cuenta de que a mi hermano le pasaba algo raro un año y medio antes de que él nos revelara su secreto. Aunque seguía siendo mi mejor amigo, había empezado a mostrarse un poco más distante, no sólo conmigo sino con todos, y a veces se encerraba en su habitación durante horas y no dejaba entrar a nadie. Cuando lo hacía me daba mucha rabia, porque, que yo recordara, nunca me había excluido de nada; en cambio, de repente, aunque llamara a su puerta una y otra vez, siempre me gritaba que me largara y lo dejara en paz.

Un día, al volver a casa de la escuela, lo encontré llorando en su cama y no supe qué hacer al ver que de pronto nuestros roles se habían invertido. Hasta ese momento el que se entristecía era yo, especialmente cuando leía mal y se burlaban de mí, y él siempre me animaba. No es que no quisiera consolarlo, sino que, como siempre había sido el hermano menor, no sabía hacer de hermano mayor. Me daba miedo verlo así. Le pregunté qué le pasaba y, cuando se sentó en la cama, le vi en la cara que llevaba horas llorando, pues tenía las mejillas enrojecidas y los ojos totalmente hinchados.

—No me pasa nada —respondió.

—Claro que te pasa algo. Has estado llorando.

—Vete a tu habitación, Sam. Por favor. No quiero hablar.

No supe qué decir ni cómo ayudarlo, así que obedecí.

—Adolescentes —dijo papá cuando le pregunté al respecto—. Eso es lo peor de tener hijos, ¿sabes? Todos acaban convirtiéndose en adolescentes. Si pudieran pasar de los doce años a los veinte de la noche a la mañana, todo sería mucho más fácil.

—Pero ¿qué hace en su habitación? —insistí.

—No quiero ni pensarlo. En mi opinión, hay cosas en las que es mejor no meterse.

—¿No te parece que está distinto?

—¿En qué sentido?

—No lo sé. Más callado. Más furioso. Está alterado la mayor parte del tiempo.

—A mí me parece que lo único que tiene distinto es ese pelo que lleva. Le he pedido que se lo corte, pero se niega. Creo que no se da cuenta de lo ridículo que está con esa melena que le llega ya por los hombros. Es como si pensara que estamos en los setenta y que él es la rubia de Abba.

De repente se quedó en silencio y sonrió para sí, como si hubiera revivido un recuerdo extraño. Luego suspiró y se perdió en sus pensamientos.

—¡Papá! —exclamé para sacarlo de su ensueño.

—Perdón —dijo él—. Es sólo que... a tu edad tuve una relación muy especial con Agnetha. Te lo digo en serio, a veces me dan ganas de esperar a que tu hermano esté dormido, entrar en su habitación con un par de tijeras y cortarle el pelo yo mismo.

—Le pasa algo —insistí—. Está como...

—¿Como qué? —preguntó papá, volviéndose hacia mí.

Por un momento me pareció detectar un aire de preocupación en su mirada, algo raro en él.

—Lo único que sé es que no es el Jason de siempre —respondí—. Se le ha metido algo en la cabeza. Algo importante, estoy seguro.

—¡Por el amor de Dios, Sam! —suspiró papá.

Se volvió hacia su ordenador, donde se veía una hoja de cálculo con una lista de todos los miembros del partido, algunos con marcas verdes al lado, otros con cruces rojas y otros con signos de interrogación amarillos.

—Todos tenemos algo en la cabeza. A ver si eres capaz de deducir a quiénes apoyarán estos tipos cuando llegue el momento. Yo en tu lugar no me preocuparía.

—Pero ¡ya estoy preocupado! —protesté.

Papá me miró y sus ojos se posaron en los míos más rato del normal.

—Tú también has notado algo, ¿verdad? —le pregunté.

—No —respondió.

—¡Sí que lo has notado! —insistí—. Te lo veo en la cara.

—¡No he notado nada! —gritó—. Y ahora deja de molestarme, ¿de acuerdo? Tengo que trabajar.

—Sí que lo has notado —murmuré mientras me alejaba.

Sin embargo, nada me inquietó tanto como lo que ocurrió en la que luego recordaría como la Tarde Muy Extraña. Yo había vuelto de la escuela más temprano de lo habitual —ese día tenía clase de natación, pero poco antes un niño de siete años se había orinado en la piscina, por lo que hubo que cancelarla— y cuando abrí la puerta de la calle oí que mi hermano Jason gritaba desde la cocina.

—¡¿Quién es?! —exclamó con un tono desgarrador que me paralizó.

Jamás lo había oído tan angustiado.

—Yo —respondí.

Dejé caer la bolsa al suelo y avancé por el pasillo en dirección a la nevera.

—¡Quédate donde estás! —gritó él.

Y yo me quedé congelado, con un pie en el aire como un personaje de dibujos animados.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—Nada. Pero quédate donde estás, ¿vale? ¡No, mejor baja al despacho de mamá!

Di un paso hacia atrás, confundido, y miré de reojo la puerta que lleva al sótano, donde tengo prohibido entrar. Mamá dice que es una violación de su espacio sagrado. Una vez le pregunté si allí era donde guardaba los códigos nucleares y ella se echó a reír, negó con la cabeza y respondió: «Aún no, Sam. Aún no.»

—Pero tengo hambre... —me quejé—. Quiero un bocadillo, nada más —añadí.

Pero él volvió a gritar, y esa vez detecté una mezcla de furia y terror en su voz que me produjo escalofríos.

—¡Sam! —exclamó—. ¡Te estoy diciendo que bajes al despacho de mamá ahora mismo! ¿Me oyes? No puedes pisar ni la sala de estar ni la cocina. Baja y espera allí hasta que vaya a buscarte. Si no, jamás volveré a hablarte. JAMÁS. En lo que te queda de vida. ¿Entiendes?

Noté que me ponía pálido. Hasta entonces, mi hermano nunca me había hablado de ese modo y aún menos me había amenazado con dejar de hacerlo. Sentí temor y confusión al mismo tiempo. Me pregunté si habría ladrones en la casa y si estaban amenazándolo a punta de pistola y por eso él no quería que yo entrase en la cocina. Pensé en llamar a la policía.

—Por favor, Sam —dijo él un momento después, ya más tranquilo, y me di cuenta de que estaba al borde de las lágrimas—. Por favor, haz lo que te pido. Por favor. Bajaré a buscarte dentro de un minuto. Te lo prometo.

Así que fui al despacho de mamá y me quedé allí sentado, sin tocar nada por miedo a que ella se diera cuenta después, y esperé casi veinte minutos hasta que oí que la puerta se abría y la voz de mi hermano diciéndome que ya podía subir.

—Lamento lo sucedido —dijo él como si no hubiera ocurrido nada raro pero sin poder mirarme a los ojos—. Estaba terminando unos deberes muy difíciles, eso es todo, y no quería que me interrumpieran.

No dije nada. Era obvio que mentía, pero decidí no discutir. Todo aquello me resultaba demasiado extraño. Pero entonces se me ocurrió que quizá estuviera escondiendo a alguna chica, y tal vez no se tratara de Penny Wilson, sino de otra, y él no quería que yo me enterase, para que no lo contara. Porque me pareció detectar un ligero rastro de pintalabios en su boca y olía un poco a perfume.

Papá y mamá estaban en casa la noche en que él nos contó su secreto, lo que en sí ya era bastante raro. Eran las vacaciones de verano y estaban en la sala de estar, mamá leyendo documentos parlamentarios mientras papá murmuraba nombres y señalaba que había que meter en vereda a tal o cual individuo para que mamá pudiera llegar a lo que él denominaba «Máximo Puesto». Yo me esforzaba por leer un relato de Sherlock Holmes, siguiendo con el dedo las líneas y utilizando un lápiz para separar las frases, como me habían enseñado. Pese a la dislexia me gustaba mucho leer libros y no me importaba tardar una eternidad en terminarlos. Estaba inmerso en «El hombre del labio torcido» cuando mi hermano Jason entró en la sala de estar y anunció que tenía que contarnos una cosa.

—¿Tiene que ser ahora? —preguntó mamá—. Estoy tratando de...

—Si necesitas dinero, búscate un trabajo de verano —dijo papá—. No somos el banco de...

—Tiene que ser ahora y no necesito dinero —repuso Jason, con un tono que hizo que todos dejáramos lo que estábamos haciendo y nos volviéramos para mirarlo.

Él se sentó en el centro del sofá, lo más lejos posible de todos, y empezó a hablar.

—No es fácil —dijo.

—¿El qué no es fácil? —preguntó mamá.

—Lo que voy a contaros.

—¡Bueno, suéltalo ya, Jason! —exclamó papá—. No tenemos toda la noche.

Él tragó saliva y noté que se estremecía. Juntó las manos, tratando de mantener la compostura, pero, cuando por fin habló, no pudo evitar que le temblara la voz.

Nos contó que hacía mucho tiempo que sabía algo sobre sí mismo que era muy difícil de aceptar. Nos dijo que lo había sentido siempre, incluso de pequeño, y que se había convencido de que iba a tener que convivir con ello, porque si todos supieran la verdad lo odiarían. Pero últimamente había empezado a pensar que tal vez no fuera necesario mentir, que podía contarlo, sincerarse con los demás, y quizá, sólo quizá, los demás lo comprenderían.

—Vas a decirnos que eres gay, ¿verdad? —preguntó mamá, y se llevó una mano a la boca.

Pero mi hermano Jason negó con la cabeza.

—No, no es eso —dijo.

—Jake Tomlin es gay —comenté yo, pero nadie me estaba prestando atención, para variar.

Jake Tomlin era un chico de mi clase que ya había salido del armario, pero nadie lo trataba mal porque era muy fuerte y molería a palos sin dudarlo a cualquiera que intentara bromear al respecto. Jake me caía bastante bien, pero no éramos muy amigos porque a él los deportes le interesaban más que a mí.

—¡¿Podéis escuchar lo que tengo que deciros?! —exclamó mi hermano.

—No estará embarazada Penny, ¿verdad? —dijo mamá.

—¿Estás enfermo? —pregunté yo, de repente asustado—. ¿Te vas a morir?

—No —me dijo—. No es nada de eso. Me encuentro bien.

—¿Me lo prometes? —insistí.

—Te lo prometo —me aseguró—. No estoy enfermo, no soy gay y Penny no está embarazada.

—Bien —dije, y me di cuenta de lo mucho que me alteraba la idea de que pudiera ocurrirle algo malo—. Porque eres el mejor hermano del mundo y lo sabes.

No me importaba que me tomara por un sentimental. En ese momento lo que necesitaba era pronunciar esas palabras en voz alta y que él las oyera.

A continuación se produjo un largo silencio durante el cual él se limitó a mirar el suelo, hasta que por fin levantó los ojos y negó con la cabeza.

—Pero es que se trata justo de eso, Sam —dijo—. Creo que no soy tu hermano. Estoy bastante seguro de que no lo soy.

—¿Cómo que no eres su hermano? —preguntó mamá—. ¿Qué demonios estás diciendo? Por supuesto que eres su hermano. Yo os parí a los dos, así que me parece que debería saberlo.

Lo miré, confundido.

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

—Exactamente lo que acabo de decir —respondió—. Creo que no soy tu hermano. Creo que en realidad soy tu hermana.