Edición en formato digital: junio de 2021 © 2021, Teresa Blanch Gasol, autora representada por IMC, Agencia Literaria© 2021, Jose Angel Labari Ilundain, autor representado por IMC, Agencia Literaria© 2021, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 BarcelonaDiseño de la portada: Penguin Random House Grupo Editorial / Judith SendraPenguin Random House Grupo Editorial apoya la protección del copyright.Elcopyrightestimula la creatividad, defiende la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, promueve la libre expresión y favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar las leyes del copyrightal no reproducir ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está respaldando a los autores y permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.ISBN: 978-84-18594-62-5Compuesto en Comptex & Ass., S.L.Composición digital: Newcomlab S.L.L.

T.BLANCH – J. A. LABARIMisterio en el Bosque Encantado


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¡EXCURSIÓN A GOLDVALLEY!Pepa Pistasy Maxi Casos charlaban en la entrada de la escue-la con Dani Dado, Luci Crespas y Cristina Lio y el resto de compañeros y compañeras. Estaban todos muy emocionados porque se iban dos días de excursión. —No perdáis de vistavuestros equipajes —advirtió la se-ñorita Ling—. El autocar no tardará en...

10Antes de que pudieraterminar de hablar, el microbús es-colar conducido por la señora Rodeo, la directora de la escue-la, se detuvo frente a ellos:—¡Subid! ¡Goldvalley nos espera! Goldvalley era un parque natural protegido, situado a poco más de doscientos kilómetros de Basketville. Era muy conocido por su diversidad de animales y plantas y, sobre todo, por el Pepitas River, uno de los pocosríos en el que aún podía encontrarse oro. Por esa razón, las autoridades del lu-gar eran muy estrictas con los accesos a la zona y no permi-tían la visita de más de diez personas al año. —Antiguamente, buscadores de oro de todo el mundo se instalaban cerca del río —explicó la señorita Ling.—¡Dormiremos en uno de los campamentos que todavíasiguen intactos! —exclamó la señora Rodeo emocionada.


11—Algunos de esos buscadores se hicieron muy ricos —con-tinuó la señorita Ling—, otros volvieron a sus casas pobres como ratas... Mouse se dio por aludido y asomó su hocico desde el inte-rior de la capucha de Maxi. —¿Lo has traído? —susurró Pepa con los ojos abiertos como platos. —¡Claro! —susurró su amigo—. Dijeron que podíamos traer peluches para dormir, ¡y me he traído el mío! —Si Rodeo lo descubre... —Pepa se calló al darse cuenta de que Cristina Lio la miraba con el cejo fruncido desde el asien-to del otro lado del pasillo. —¡Charlatana! —Luci Crespas sentada al lado de Cristina, también parecía molesta con ella—. ¡No noz dejaz oír!


12Pepa pensóque lo mejor sería mantener la boca cerrada. Además, elmicrobúshabía dejado la autopista y seguía por una carretera de curvas muy pronunciadas...—¡Aaagh! Qué mareo... —susurró Maxi.—... durante estos dos días nos mostraránla técnica para encontrar oro. ¿Alguna pregunta? —La señorita Ling no ha-bía dejado de hablar en todo el rato sobre los buscadores y las pepitas. Desde los asientos traseros, alguien levantó un dedo por encima de los reposacabezas.—Me mareo —dijo Dani con la cara de un color verdoso. —¡Nosotras también! —exclamó Cristina.


—¡Oh, no! —Por un momento, la señorita Ling se temió lo peor—. Quizá deberíamos detenernos un momentito para que los niños estiren las piernas. Pero la señora Rodeo señaló la carretera y le indicó que era imposible parar. A un lado había una pared rocosa y al otro un precipicio.¡Los distraeremos con canciones! Y entonó a voz en grito una canción que ni siquiera la se-ñorita Ling fue capaz de reconocer, pero que acompañó con palmas. ¡Lalalalá! ¡Tralará! ¡Lalerooooo!


14Media horamás tardede canciones desafinadas, el micro-bús giró a la derecha y tomó una carreterarepleta de baches hasta la entrada del pueblo de Goldvalley. —¡Nos quedamos sin gasolina! —exclamó justo en ese ins-tante la señora Rodeo—. Pararemos a repostar y así nos toma-mos un descanso, ¿qué os parece?


El microbús frenó de forma brusca frentea una estación de serviciodestartalada y medio abandonada. —¡Todos abajo! —ordenó la señora Rodeo y enseguida abrió la puerta delantera. Un viento huracanadose coló en el interior y dos plantas rodadoras pasaron frente al vehículo. Los niños y las niñas se apelotonaron impacientes por bajar.—¡De uno en uno! —advirtió la señorita Ling y señaló un rótulo gastado que habíasobre la puertade lo que parecíaun almacén—. ¡Dirigíos hacia allí!