1
La casa junto a la cala
Entonces ¿se lo vas a decir?
Virginia alzó la cabeza y dirigió una breve mirada hacia la playa. Algunos de sus compañeros estaban ya preparando la cena y habían empezado a asar salchichas y hamburguesas en la hoguera. Otros seguían chapoteando en el agua, aprovechando los últimos rayos de sol. Pero eran los chicos que jugaban al vóley un poco más allá quienes atraían su atención.
En especial uno de ellos.
Virginia se ruborizó y bajó la vista otra vez, de inmediato. En circunstancias normales le resultaba extraordinariamente difícil mirar a Eric sin que se le acelerase el corazón. Ahora que él se paseaba por la playa en bañador, sin camiseta..., era mucho más complicado, por no decir imposible.
De modo que volvió a concentrarse en las rugosidades de la roca sobre la que estaba sentada. Había descubierto varias lapas adheridas a ella y trataba de arrancarlas con la uña, sin mucho éxito.
Carmen suspiró.
—No se lo vas a decir, ¿verdad? —comprendió.
Virginia se puso a la defensiva.
—¿Para qué? Se marcha mañana a la otra punta del mundo y no volveré a verlo nunca más.
Su amiga resopló con impaciencia.
—¡Pues precisamente por eso! No tendrás otra oportunidad de decirle a la cara lo que sientes. Además, se va a vivir a una ciudad civilizada, con internet y todo eso. Podréis seguir en contacto después.
Virginia se encogió de hombros.
—¿Por qué querría Eric seguir en contacto conmigo? Ni siquiera sabe que existo.
—Te ha invitado a su fiesta de despedida, ¿no?
—Nos ha invitado a todos los de la clase. No a mí en especial.
Carmen dejó caer los brazos, derrotada.
—Vale, haz lo que quieras. Solo te digo que llevas ya tres años así. ¿No crees que es hora de hacer algo al respecto? Sabes que hoy es tu última oportunidad.
Virginia no respondió. ¿Qué iba a decir? Su amiga tenía razón, aunque solo en parte.
Se había enamorado de Eric en primero de secundaria. Al principio le había llamado la atención porque era guapo y parecía simpático, y además decían que era francés, y eso había despertado su curiosidad. Pero en aquel entonces no estaban en la misma clase, de modo que Virginia lo veía solo de lejos, en el patio, en los pasillos, sin tener ocasión de acercarse a él.
Aun así, se las había arreglado para ir reuniendo información. Descubrió que no era francés, sino canadiense. Pero hablaba español perfectamente, sin asomo de acento. Con el tiempo, Virginia se enteró de que era hijo de un diplomático de Montreal y una empresaria española de éxito. Procedía, por tanto, de una familia con dinero y contactos. Por eso vivían en aquel impresionante caserón junto a la playa, y por eso Eric había podido permitirse el lujo de invitar a toda su clase a una fiesta de despedida en su cala privada.
Y por eso, entre otras muchas cosas, Virginia daba por sentado que él estaba completamente fuera de su liga.
Porque, además, se había dado la circunstancia de que aquel curso habían coincidido por fin en la misma clase, y ella había tenido la oportunidad de conocerlo un poco mejor. Todo habría sido más sencillo si Eric hubiese resultado ser un pijo engreído, si hubiese tratado a los demás con soberbia o los hubiese mirado por encima del hombro. Pero ella no tardó en descubrir que era buen compañero, agradable, generoso e incluso un poco tímido. Y sacaba buenas notas. Y tampoco era mal deportista.
Virginia no había encontrado en Eric absolutamente nada que la desagradase, ni por dentro ni por fuera. De modo que estaba condenada a seguir enamorada de él durante mucho tiempo.
Ella lo sabía y lo había asumido con resignación. Eric siempre la había tratado con amabilidad, pero nunca había visto en ella otra cosa que una compañera de clase más.
A Virginia no le importaba. Sabía que tarde o temprano él empezaría a salir con alguna chica, pero hasta entonces se conformaba con admirarlo en secreto. Con estar en la misma habitación que él, para poder contemplarlo de vez en cuando sin que se diese cuenta y embelesarse con el sonido de su voz. Para Virginia, la sonrisa de Eric era un rayo de sol que caldeaba su corazón cada mañana, cuando lo saludaba con timidez y él respondía con un educado «Buenos días». Bastaba con esa simple interacción para que ella se sintiese feliz.
Pero todo eso se había acabado ya, porque Eric no regresaría al instituto después del verano. Se iba a vivir con su padre a Canadá, probablemente para siempre.
Carmen había insistido en que Virginia no podía dejar que se marchase sin conocer sus sentimientos. Pero, al fin y al cabo, ella nunca había tenido la menor intención de declararse. Así que... ¿qué sentido tenía que se lo plantease ahora?
—Vale, es probable que te dé calabazas —prosiguió Carmen—. Pero así, por lo menos, ya sabrás lo que hay y podrás pasar página. Si no se lo dices, siempre te quedarás con la duda. —Virginia permaneció en silencio, y su amiga añadió alegremente—: Míralo de esta manera: si te declaras y te dice que sí, podréis seguir en contacto por internet. Si te dice que no, al menos te ahorrarás la vergüenza de tener que seguir viéndolo cada día. ¡Todo son ventajas!
—A mí me gustaban las cosas como estaban antes —protestó Virginia—. Me gustaba verlo todos los días. Aunque solo fuésemos compañeros de clase.
Carmen apoyó la cabeza sobre sus rodillas, pensativa.
—¿Sabes una cosa? Si alguien sintiese algo así por mí, me gustaría saberlo. —Virginia suspiró, y ella alzó la cabeza para mirarla—. ¿A ti no?
—No lo sé. Siempre es incómodo tener que rechazar a alguien, ¿no? Es una escena que podríamos ahorrarnos los dos, sinceramente.
Carmen alzó las manos con impotencia.
—Bueno, haz lo que quieras. Pero no busques excusas: lo que pasa es que no te atreves y ya está.
Virginia enrojeció.
—Sí que me atrevería, si quisiera. En realidad...
Se llevó la mano al bolsillo trasero del pantalón para sacar un papel doblado. Lo volvió a guardar en cuanto se dio cuenta de lo que estaba haciendo, pero Carmen ya lo había visto.
—Oooh, ¿qué tienes ahí? ¿Una carta de amor?
Virginia maldijo para sus adentros. Carmen era su amiga desde hacía muchos años y la conocía demasiado bien.
—No es exactamente «una carta de amor» —puntualizó.
—¿Puedo verla?
—¡No!
Carmen trató de alcanzar su bolsillo de todos modos, y las dos chicas forcejearon sobre la roca entre risitas, hasta que Virginia consiguió sacarse a su amiga de encima.
—Si no me dejas leerla para opinar, ¿cómo vas a saber que no es ridículamente empalagosa? —bromeó Carmen.
Virginia se rio.
—No es una carta para Eric —le explicó—. Bueno, sí que es para Eric, pero no pensaba dársela tal cual. —Respiró hondo—. Es más bien un guion... sobre lo que le diría... si por fin decidiese...
Se puso colorada otra vez. Carmen soltó un grito de alegría y se lanzó sobre ella para abrazarla.
—¡Sí que se lo vas a decir! ¡Así me gusta, mi chica valiente! ¡Haz que me sienta orgullosa de ti!
Virginia la apartó con un gruñido.
—No lo había decidido todavía. Era solo por si acaso, pero de todas formas hay demasiada gente, ¿no? Y no voy a hablar con él de estas cosas delante de todo el mundo.
Carmen iba a replicar, pero no tuvo ocasión: una de sus compañeras las llamaba desde la playa porque la cena estaba preparada ya.
Virginia se levantó de un salto, con ganas de poner fin a aquella incómoda conversación. Las dos amigas bajaron de la escollera y se reunieron con los demás alrededor de la hoguera.
El resto de la tarde pasó en un suspiro. Cenaron, rieron, cantaron, compartieron bromas y anécdotas y le entregaron a Eric los regalos de despedida que le habían preparado, entre ellos un álbum de fotos y un libro de dedicatorias firmado por todos. Virginia tuvo la oportunidad de contemplar al chico mientras las leía, y decidió que el hecho de que él conservase su firma en aquel libro y su imagen en algunas de aquellas fotografías ya era suficiente para ella.
Había sabido desde el primer momento que no estaban destinados a estar juntos. Era mejor así.
Una alerta del móvil la avisó de que eran ya las ocho y media. Suspiró.
Era mejor así.
Recogió su mochila y se levantó, y Carmen alzó la cabeza para mirarla.
—¿Te marchas ya?
—Tengo que estar en casa a las diez, ya sabes.
Resultaba que aquel día era el aniversario de sus padres, que iban a salir a cenar para celebrarlo. Y ella se había comprometido a volver pronto a casa para cuidar de su hermana pequeña.
Sabía que aquella era probablemente la última vez que vería a Eric, pero no le importaba tener que marcharse pronto. Sus padres contaban con ella y, por otro lado, era consciente de que nada cambiaría, aunque tuviese la posibilidad de quedarse en la playa una o dos horas más.
Se volvió hacia sus compañeros para despedirse, pero Carmen se le adelantó:
—¡Oye, Eric! Virginia tiene que irse ya, ¿te importaría acompañarla hasta la parada del autobús?
—¡Carmen! —protestó ella—. Puedo encontrar el camino yo sola. No quiero molestar...
—No es molestia —replicó Eric al punto, poniéndose en pie también—. Vamos, te acompañaré.
—Pero es tu fiesta...
—Por eso: soy el anfitrión, ¿no? —Se volvió hacia sus amigos y anunció—: Vengo enseguida.
Carmen guiñó un ojo a su amiga.
—Ya me darás las gracias después —le susurró.
De modo que Virginia se encontró momentos más tarde avanzando por el sendero que llevaba a la casa de Eric, caminando junto a él con la cabeza baja y las mejillas ardiendo. Pero el chico no pareció percatarse de su nerviosismo. Seguía en bañador, aunque, para alivio de Virginia, había vuelto a ponerse la camiseta. Se mostraba serio y pensativo, y ella se preguntó de pronto qué supondría para él tener que abandonarlo todo, dejar atrás su hogar, su instituto, a sus amigos y todo lo que conocía..., para empezar desde cero en un país diferente. Hasta donde ella sabía, nunca se había mostrado particularmente angustiado por todo aquello. Parecía haber aceptado aquel cambio radical en su vida con calma y naturalidad.
Quizá Carmen tenía razón, después de todo, y no era para tanto. Eric podría seguir en contacto con sus amigos desde cualquier rincón del mundo que tuviese conexión a internet.
Si ella fuese también una de sus amigas...
De nuevo se llevó la mano al bolsillo trasero del pantalón, donde guardaba la nota con todo lo que podría decirle, si se animaba a hacerlo; pero la retiró enseguida.
Independientemente de lo que Carmen dijera, si Virginia no había conseguido llegar a ser amiga de Eric en los casi tres años que habían pasado desde que se conocieron, desde luego las cosas no iban a cambiar en una sola tarde.
Bajó la mirada, aún indecisa. Llevaban unos minutos caminando en silencio, y ella supuso que tendría que decir algo, lo que fuera. Pero no se le ocurría nada que no fuese una obviedad o una estupidez.
Justo cuando abría la boca para desearle un buen viaje, Eric se volvió hacia ella y le preguntó:
—¿Quieres usar la ducha antes de marcharte?
Virginia pestañeó.
—¿Cómo dices?
—Tenemos un vestuario junto a la piscina —explicó él con amabilidad—. Si quieres ducharte y cambiarte de ropa antes de volver a casa, puedes hacerlo allí.
—Ah. —Virginia enrojeció levemente—. Bueno..., no quiero molestar.
—No es molestia, para eso está. Ahora mismo no hay nadie en la piscina porque todos están en la playa. Tendrás el vestuario para ti sola.
Virginia dudó. Le esperaba un largo trayecto a casa en autobús, aún llevaba el biquini húmedo debajo del pantalón y tenía los pies llenos de arena y el pelo áspero por la sal. Estaría mucho más cómoda si pudiese ducharse y ponerse ropa seca.
Dirigió la mirada hacia la carretera. Un poco más abajo estaba la parada del autobús. Una vez llegasen allí, tendría que despedirse de Eric. Para siempre.
Reprimió un suspiro.
—¿Cómo vas de tiempo? —preguntó él, detectando su indecisión.
Virginia consultó la hora en el móvil. El autobús llegaría enseguida, pero pasaría otro veinte minutos después. Si lo cogía, aún llegaría a casa antes de las diez. Vaciló.
—Tal vez una ducha rápida... —farfulló por fin.
Eric le dedicó una cálida sonrisa.
—Pues no se hable más —respondió.
Aún con las piernas temblándole como si fuesen de gelatina, Virginia lo siguió por el sendero que conducía hasta la parte posterior de la casa. Allí estaba la piscina, que, tal como él había dicho, se encontraba desierta. Eric la condujo hasta el vestuario y se detuvo en la puerta.
—Te espero en la entrada principal, ¿vale?
—¿Qué? —se alarmó ella—. ¿Me vas a dejar sola en este sitio tan grande?
Eric se rio; el sonido de su risa provocó un agradable cosquilleo en el estómago de Virginia, que se ruborizó otra vez.
—No te vas a perder —le aseguró él—. Mira, ¿ves ese camino? Sigue por ahí a través del jardín y llegarás al portón. Desde allí hay solo cinco minutos hasta la parada del autobús, pero yo voy a acompañarte de todas formas.
Virginia iba a responder que no hacía falta, que sabría llegar sola. Pero únicamente fue capaz de musitar un tímido «Gracias» antes de que Eric le sonriera de nuevo y diese media vuelta para marcharse.
El vestuario no era muy grande, pero estaba impecablemente limpio. Virginia cerró bien la puerta antes de entrar en la ducha. Se dio prisa en quitarse toda la arena bajo el chorro de agua y en lavarse bien el pelo, en parte para que no se le pasase la hora, en parte porque no quería hacer esperar a Eric. Pero, una vez limpia y vestida, se detuvo un momento frente al espejo, dubitativa. Mientras se peinaba su larga melena, de color castaño claro, se preguntó si debía volver a ponerse las gafas. Había estado sin ellas prácticamente toda la tarde, porque solo las necesitaba para ver de cerca. Aunque, si tenía que consultar sus notas para decirle a Eric...
Sacudió la cabeza.
—No se lo voy a decir —le prometió a su borroso reflejo en el espejo.
Pero después pensó en lo agradable que había sido pasar aquellos minutos a su lado, y en lo mucho que le gustaría repetirlo, aunque fuese a través de una pantalla. Recordó que en apenas unos instantes subiría al autobús que la llevaría de vuelta a su casa y que, si no hacía nada al respecto, probablemente no volvería a contactar con Eric nunca más. Aquella perspectiva le encogió el corazón.
Cerró los ojos un momento.
«¿Qué me está pasando? —se preguntó—. Ya había decidido que iba a aceptarlo con paciencia y resignación. ¿Qué otras opciones tengo?».
Evocó entonces las palabras de Carmen: «Me gustaría saberlo», había dicho. ¿Y a Eric? ¿Cómo reaccionaría si Virginia le confesase lo que sentía por él justo la víspera de su viaje a Canadá? ¿No preferiría que se lo guardase para ella?
Se puso las gafas y sacó por fin el papel de su bolsillo, cuidadosamente doblado. Respiró hondo y lo leyó. «Querido Eric —empezaba—: Sé que te vas a vivir a otro país y probablemente no volveré a verte, así que a lo mejor no tiene mucho sentido decirte esto ahora. Pero no voy a tener otra oportunidad de hacerlo, así que allá voy: me gustas mucho, y desde hace ya bastante tiempo. Sé que tú no sientes lo mismo, y no pasa nada, lo tengo asumido. Solo quería que lo supieras. Firmado: Virginia».
Y ya estaba, eso era todo. Sonrió, pensando que sin duda Carmen se sentiría sorprendida ante lo breve y directa que había resultado ser su confesión. Pero es que Virginia se había visualizado a sí misma planteándole aquello a Eric de mil maneras diferentes, y había llegado a la conclusión de que, cuanto más corto fuese su discurso, menos duraría la humillante experiencia del rechazo.
Siguiendo un impulso, estrujó la hoja de papel y la sepultó en el fondo de la mochila, debajo de la toalla húmeda. No iba a necesitarla. «Porque no se lo vas a decir»... «Porque se lo vas a decir de memoria». Aquellos dos pensamientos se superponían en su mente, confundiéndola todavía más.
Sacudió la cabeza, cerró la mochila y se la cargó al hombro. Si seguía entreteniéndose con tonterías, acabaría perdiendo el autobús.
Salió del vestuario y miró a su alrededor, pero no vio a nadie. La piscina y sus alrededores estaban desiertos, aunque, si aguzaba el oído, aún podía escuchar a sus compañeros cantando y riendo en la playa. Sintió una cálida emoción en el pecho al pensar que Eric había abandonado la fiesta en su honor, solo para acompañarla. Sabía que lo había hecho porque era amable y considerado, no porque le tuviese un cariño especial. Pero a ella le parecía maravilloso de todas maneras.
Siguió el camino que él le había indicado para llegar hasta la puerta principal del caserón, atravesando un jardín sembrado de setos laberínticos. Cuando llegó al portón, sin embargo, descubrió que Eric no se encontraba allí, y comprendió que debía de haber cambiado de idea y regresado a la cala con sus amigos. Suspiró para sus adentros. Era verdad que podía llegar sola hasta la parada del autobús, pero se había hecho a la idea de que volvería a verlo una vez más antes de marcharse. Cuando fue consciente de que al final se habían separado sin despedirse, se sintió fatal. «Tendría que haberle dicho algo», se lamentó. Pero era demasiado tarde.
Acababa de apoyar las manos en la verja para empujarla cuando oyó voces un poco más allá, y se dio la vuelta con el corazón acelerado, porque le había parecido que se trataba de Eric. De modo que siguió el sonido de la conversación hasta su origen y se asomó tras uno de los setos con curiosidad.
Y allí estaba él. Se había detenido junto a una pequeña fuente y hablaba en voz baja con otra persona, un hombre cuya presencia parecía completamente incoherente en aquel lugar. De hecho, Virginia tuvo que limpiarse las gafas para asegurarse de que no se lo estaba imaginando.
Aquel sujeto era alto, delgado y desgarbado. Vestía un traje de chaqueta de un blanco inmaculado que parecía venirle grande, como si lo hubiesen diseñado para otro. Su piel era muy oscura y contrastaba con la melena blanca que le caía sobre los hombros.
Había algo inquietante en él, algo que parecía fuera de lugar. Tal vez por eso Virginia ahogó una exclamación de alarma al ver que el desconocido pasaba un brazo sobre los hombros de Eric y le susurraba algo al oído, como si fuesen amigos de toda la vida. El chico había bajado la cabeza, pensativo, pero había en su rostro una expresión decidida que ella nunca le había visto antes.
Los dos detectaron entonces su presencia, y alzaron la mirada. La chica se escondió tras el seto, con el corazón desbocado. Oyó pasos sobre la grava del sendero y retrocedió un poco, preguntándose con angustia qué pensaría Eric al sorprenderla «espiando» y si el hombre del traje blanco se enfadaría con ella o la amenazaría de alguna manera.
Pero, cuando los pasos se acercaron, resultó que la única persona que apareció ante ella al doblar la esquina del seto fue el propio Eric, que se detuvo al verla y le sonrió.
—¿Ya estás lista? —preguntó, como si nada—. Te acompaño hasta la parada, entonces.
Virginia no supo qué decir. Caminó un rato a su lado, aún con el pulso acelerado, hasta que se atrevió a preguntar:
—¿Quién era ese hombre?
—¿Qué hombre? —preguntó Eric a su vez.
—El del traje blanco..., el que estaba hablando contigo junto a la fuente. —Él se quedó mirándola, sorprendido, y Virginia se apresuró a añadir—: Perdona, no es asunto mío.
—Era el jardinero —replicó entonces él, tras una pausa—. Nada importante.
Virginia sospechaba que estaba mintiendo, pero no insistió. Habían llegado al portón, y Eric pulsó el timbre para que les abriesen desde dentro. Mientras esperaban, ella observó que el chico jugueteaba con el cordón de su colgante, como siempre hacía cuando estaba nervioso.
La puerta se abrió y los dos jóvenes salieron por fin a la calle.
—La parada está en esa dirección —señaló Eric.
Aún tenía los dedos de la otra mano enganchados en el cordón, y Virginia no podía apartar la mirada de ellos. Él se dio cuenta y los retiró de inmediato. Ella se sonrojó.
—Es... un adorno muy curioso —comentó—. Me he fijado en que siempre lo llevas puesto. ¿Es como un amuleto de la suerte?
Se arrepintió enseguida de haberlo preguntado. Solo pretendía hablar de cualquier cosa que no fuera el hombre del jardín, porque parecía ser un asunto delicado para Eric. Pero quizá ahora estaba resultando todavía más entrometida.
Para su tranquilidad, él se relajó y sonrió de nuevo.
—No exactamente. Mira.
Alzó el colgante para que ella lo viese, exhibiéndolo sobre la palma de su mano. Virginia se inclinó hacia delante para observarlo mejor.
No parecía nada extraordinario, tan solo una especie de piedra plana y pulida de color ocre y bordes irregulares, con una forma que recordaba vagamente a la de una coma. Pero entonces Eric le dio la vuelta y Virginia soltó un «oh» sorprendido.
La piedra no era una simple piedra. Se distinguía perfectamente en su superficie una espiral segmentada. Como la concha de un caracol.
—¿Es un... fósil? ¿De verdad?
Eric asintió.
—Es una amonita, un tipo de molusco marino del Cretácico. Se extinguieron hace sesenta y seis millones de años. Al mismo tiempo que los dinosaurios.
—Oh —repitió Virginia, sin saber qué añadir.
—¿Ves esta espiral? Sigue la sucesión de Fibonacci, una fórmula matemática presente en muchos otros patrones de la naturaleza. Millones de años, Virginia. —Ella se estremeció al escucharle pronunciar su nombre y se esforzó por seguir prestando atención—. Millones de años, y hay cosas que nunca cambian y que van a seguir igual, porque están grabadas en la misma estructura del universo. —Cerró la mano en torno al colgante—. ¿No te parece increíble?
A ella no se le ocurrió nada inteligente que responder. Eric carraspeó.
—Perdona, no quería aburrirte con estas cosas. Si te entretengo más, acabarás por perder el autobús.
Consultó la pantalla del móvil con el ceño fruncido, y Virginia se dio cuenta de que parecía preocupado.
—No hace falta que me acompañes, ya voy yo sola —resolvió por fin.
Él la miró, dubitativo.
—¿Estás segura?
Ella asintió.
—No quiero que te pierdas tu fiesta de despedida por mí.
Alzó la cabeza para mirarlo, y se alegró de haberse puesto las gafas. Porque ahora podía ver con total claridad sus ojos de color miel, casi dorados a la luz del atardecer, y atesorar aquella imagen en su memoria para siempre.
Y tomó una decisión.
—Antes de irme..., de que te vayas, quiero decir..., a Canadá..., hay algo que me gustaría decirte.
Eric alzó una ceja, intrigado. Virginia tragó saliva y respiró hondo un par de veces. Casi podía sentir a Carmen conteniendo el aliento, animándola en silencio desde la playa. Aunque probablemente fueran solo imaginaciones suyas.
—El caso es que... —«Vamos, Virginia, no hay dolor: rápido, claro y directo. ¡Tú puedes!»—. Me gustas mucho.
Ya estaba. Ya lo había dicho.
Eric frunció el ceño, extrañado, como si no hubiese oído bien. Pero no dijo nada, y ella empezó a ponerse nerviosa.
—Desde... desde hace mucho tiempo... Bueno, no tanto..., o sea, desde primero..., desde que empezamos en el instituto..., me fijé en ti y... Pero, bueno, entonces no te conocía, y... y... y ahora te conozco un poco más porque vamos a la misma clase, pero me habría gustado... me habría gustado... que hubiésemos llegado a ser amigos... No digo más que amigos, porque... ya sé que eso no puede ser, pero si... hubiese tenido la oportunidad de... En fin, no tiene mucho sentido... —dejó escapar una risa nerviosa—, porque... porque te vas mañana y no volveremos a vernos, así que... ni siquiera sé por qué te estoy diciendo todo esto —gimió por fin, mortificada.
Enterró la cara entre las manos, incapaz de mirarlo a los ojos. Eric no se había movido. Cuando despegó los labios por fin, susurró solamente:
—No lo sabía.
Virginia alzó la mirada. Eric parecía abrumado, sin saber qué decir o cómo reaccionar. Ella se arrepintió de inmediato de haberlo puesto en aquella situación tan incómoda.
—Lo siento —dijo abruptamente—. No tendría que haberte dicho nada, y mucho menos hoy.
Parpadeó, porque sentía de pronto los ojos húmedos. Se le empañaron las gafas y, apretando los dientes, se las quitó para limpiarlas, sin atreverse a mirar a Eric. Volvió a ponérselas y añadió, luchando para que no le temblara la voz:
—Me voy... a coger el bus. Que tengas buen viaje mañana, y que seas... muy feliz en Montreal.
Lamentó enseguida haber dicho algo tan cursi, y por fin levantó la cabeza de nuevo.
Eric seguía perplejo. Abrió la boca para decir algo, pero Virginia no llegó a saber qué era. De pronto, una alarma impertinente los sobresaltó a ambos. Él se apresuró a sacarse el móvil del bolsillo.
—¡Las nueve! —exclamó—. Tengo que marcharme. —Le dirigió una mirada de disculpa—. Lo siento, yo... no puedo esperar más, pero...
Vaciló un momento, y entonces hizo algo sorprendente: se quitó el colgante de la amonita y lo depositó en la mano de Virginia, que lo aferró por instinto, sin asimilar aún lo que estaba pasando.
—Guárdalo bien —le pidió él—. Adiós.
Pareció que iba a añadir algo más, pero finalmente no lo hizo. Esbozó una sonrisa tímida, dio media vuelta y volvió a entrar en la casa a la carrera.
Ella se quedó un momento inmóvil sobre la acera, con el corazón latiéndole con fuerza, aún sosteniendo el colgante de Eric en la mano y preguntándose qué acababa de pasar exactamente. Pero tuvo un mal presentimiento, y se olvidó de pronto del autobús, de la hora y del aniversario de sus padres.
Algo raro pasaba con Eric. No podía dejarlo marchar así.
—¡Espera! —lo llamó.
Se guardó la amonita en el bolsillo y, sujetando la verja antes de que se cerrara del todo, se deslizó hasta el interior del recinto y se precipitó hacia el laberinto de setos.
Ya había perdido de vista a Eric, pero tenía la intuición de que lo encontraría allí.
Y así fue. Al girar la esquina donde se habían reencontrado momentos antes, lo localizó unos pasos más allá, de nuevo junto al hombre del traje. Hacían una extraña pareja, aquel desconocido en blanco y negro junto al adolescente en chanclas, camiseta y bañador de vivos colores. Pero sin duda debían de conocerse, porque el extraño había rodeado otra vez los hombros de Eric con el brazo y lo mantenía muy pegado a él. El chico no parecía incómodo ante aquellas confianzas. Por el contrario, mantenía una expresión resuelta mientras le entregaba a su acompañante una libreta de tapas gastadas.
—¡Eric! —se le escapó a Virginia.
Los dos se volvieron hacia ella, sorprendidos. El desconocido entornó los ojos y aferró con más fuerza al chico, casi posesivamente, sin que este se resistiera. Al contrario, Eric alzó la cabeza y dirigió a Virginia una mirada que ella solo pudo interpretar como de disculpa. Sus labios llegaron a formar las palabras «Lo siento»...
... Antes de que los contornos de ambos empezaran a difuminarse, como un espejismo que se desvaneciese a la luz del crepúsculo.
Virginia sintió el súbito impulso de impedir lo que fuera que estuviese sucediendo allí. Aún gritando el nombre de Eric, echó a correr hacia ellos y alargó la mano, tratando de alcanzarlos. Pero, como si de una ilusión se tratase, sus dedos no rozaron nada sólido.
No obstante, allí había «algo»: una fuerza invisible que le recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica y la hizo lanzar una exclamación de sorpresa y alarma. Trastabilló y cayó hacia delante, atravesando la imagen incorpórea de Eric.
Pero no llegó a tocar el suelo. De pronto, la tierra pareció abrirse bajo sus pies, precipitándola a un abismo de luces cambiantes que giraban en espiral. Virginia gritó mientras caía y caía...

2
El bosque de los emplumados
Algo ralentizó su caída, dejándola sin respiración por un momento. La envolvió el sonido del follaje agitándose y sintió que las ramas azotaban sus piernas y sus brazos. Seguía deslizándose hacia abajo, aunque mucho más despacio. Se aferró como pudo a la vegetación, pero continuaba cayendo..., hasta que al final aterrizó sobre un suelo húmedo y blando.
Se incorporó un poco, mareada y dolorida, y miró a su alrededor. Esperaba encontrarse en alguna especie de sótano o subterráneo, pero estaba... en mitad de un bosque.
—¿Qué...? —farfulló.
Miró hacia arriba. Lo último que recordaba era que estaba corriendo por el jardín de la casa de Eric cuando el suelo se había abierto... o desvanecido... bajo sus pies. Cabría esperar que hubiese caído por alguna alcantarilla abierta o algo por el estilo..., pero sobre ella, más allá del tamiz formado por las ramas de los árboles, había un cielo de un azul profundo como el de un zafiro, iluminado por lo que parecía un enorme sol anaranjado. Frunció el ceño, confusa. ¿Podría ser alguna clase de decorado?
Bajó la vista para palpar la vegetación que había a sus pies. Todo parecía muy real.
—¿Dónde estoy? —se preguntó, con una nota de pánico en su voz.
Aquel lugar, definitivamente, no era la casa de Eric. ¿Cómo era posible? Tal vez se había desmayado y alguien la había llevado hasta allí. Pero, en ese caso, ¿quién había sido?
Pensó en el hombre misterioso que había visto junto a Eric. No obstante, ninguno de los dos se encontraba allí.
Eric...
Enrojeció ligeramente al recordar lo que le había confesado frente al portón de su casa. Aunque quizá lo había soñado también. Y él... ¿qué le había respondido? «No lo sabía», había dicho simplemente. Y después... le había regalado su colgante. Un fósil que tenía millones de años de antigüedad.
Se llevó la mano al bolsillo para comprobar que seguía ahí, y lo sacó para examinarlo bajo la extraña luz crepuscular.
Sí, era el amuleto de Eric, aquella curiosa piedra en espiral. Eso, al menos, no lo había soñado. Pero... ¿y después? ¿Qué había sucedido? ¿Dónde estaba Eric? ¿Y ella?
Con manos temblorosas, se puso el colgante en torno al cuello para no perderlo. Estaba muy asustada, pero, por alguna razón, se sintió un poco mejor cuando la piedra rozó su piel, como si de un talismán protector se tratase.
De pronto la sobresaltó un sonido chirriante que había resonado justo por encima de su cabeza. Alzó la mirada y dejó escapar un grito de pánico.
Había dos criaturas plantadas ante ella, observándola con atención. A simple vista parecían... pájaros. Enormes aves de cuellos largos y picos similares a los de las cigüeñas. Sus cuerpos estaban cubiertos por brillantes plumas multicolores que parecían mal puestas, como si no se les ajustaran demasiado bien. De hecho, mientras Virginia las observaba, a una de las criaturas se le resbaló el manto de plumas sobre el hombro. Pero se limitó a recolocárselo de nuevo, como habría hecho con una pieza de ropa cualquiera.
No obstante, lo más turbador de aquellos seres no era su semejanza con los pájaros, sino, precisamente, todo lo que los alejaba de ellos. Como el brillo de inteligencia de sus ojos negros y redondos. O el hecho de que sus extremidades superiores no eran exactamente alas, sino brazos emplumados acabados en garras inquietantemente similares a las manos humanas. O el bolsón que llevaba colgado al hombro uno de ellos y la herramienta que sostenía el otro, y que recordaba a un rastrillo o a un enorme tenedor.
«Debo de estar soñando», se dijo Virginia. Trató de retroceder, pero estaba arrinconada contra el tronco de un árbol. No se atrevió a levantarse y correr en dirección contraria, porque eso implicaría darles la espalda a aquellas criaturas, y no estaba dispuesta a quitarles la vista de encima.
Entonces uno de los seres pájaro abrió y cerró el pico varias veces y, en esta ocasión, la chica fue capaz de entender las palabras engarzadas en el extraño chirrido que brotó de su garganta:
—¿Qué se supone que eres tú?
Virginia saltó hacia atrás, aterrorizada. Aquella cosa... ¡había hablado! Tenía que ser una persona disfrazada, ¿verdad? No obstante, era imposible que aquella cabeza..., aquel cuello tan largo... y aquellas... patas... ocultasen la silueta de un cuerpo humano.
—Esto tiene que ser un sueño —musitó, y el ave ladeó la cabeza y alargó el cuello hacia ella.
—¿Cómo has dicho? —rechinó.
—No chilles tanto —recomendó la otra criatura—. Lo estás asustando. ¿No ves que es solo un polluelo?
—Es demasiado grande para ser un polluelo, en mi opinión. Y tiene la cabeza recubierta de ese repugnante pelaje que les crece a los mamíferos.
—Oooh. —La segunda criatura se inclinó sobre Virginia, igual que la primera, y ella se encogió sobre sí misma, aterrorizada—. Es verdad que no parece haber salido de un huevo.
—¿Lo ves? Un mamífero que ha caído de Arriba. Tal vez sea una nueva clase de ardilla.
Las dos aves se miraron y empezaron a emitir a dúo un curioso sonido cloqueante. Virginia tardó unos segundos en comprender que se estaban riendo.
Todo aquello seguía pareciéndole extrañamente irreal. Pero los seres pájaro no habían hecho amago de atacarla, y hablaban de ella como si no estuviese presente, de modo que decidió intervenir. Carraspeó y, de inmediato, ambos se volvieron para mirarla con tanta fijeza que ella sintió de nuevo el impulso de salir corriendo. Tragó saliva y reunió el poco valor que le quedaba para responder con un hilo de voz:
—Soy... Virginia.
—¿Una vir-gi-ni-aaa? —repitió una de las criaturas, mientras la otra abría el pico con asombro—. ¿Qué es eso? ¿Una nueva clase de ardilla?
—No soy... ninguna ardilla —replicó ella—. Soy una hu... humana, supongo.
—¿Hu-humana? ¡Hum! Tampoco me suena de nada.
—Claro que sí, hay hu-humanos más al norte, o eso dicen —replicó su compañero—. En las ciudades de la costa, adonde llegan todos los bichos raros.
Virginia empezaba a sentirse molesta.
—Yo no soy un... —Se detuvo de pronto, porque las criaturas habían vuelto a dirigir su atención en ella, y eso la ponía nerviosa. Inspiró hondo y trató de centrarse—. Entonces ¿no habéis visto nunca a nadie como yo?
Ambas cruzaron una mirada.
—No lo creo.
—No, yo tampoco.
—Yo ni siquiera sabía que los hu-humanos fuesen capaces de hablar. Pensaba que eran bestias estúpidas, como casi todos los mamíferos.
Los seres pájaros volvieron a reírse, pero Virginia estaba demasiado asustada como para enfadarse. Sus dedos se cerraron en torno al amuleto de Eric, que llevaba colgado al cuello. La frialdad de la piedra la ayudó a tranquilizarse un poco.
—Estoy buscando a alguien... Un humano, como yo. Solo que yo soy una chica... y él es un chico. Más alto que yo, con el pelo más corto... ¿Lo habéis visto?
Enseguida se dio cuenta de que, si aquella era, en efecto, la primera vez que se topaban con un humano, no serían capaces de facilitarle ninguna información sobre Eric. Suspiró, profundamente preocupada.
—No sé dónde estoy, no sé quiénes sois vosotros ni cómo he llegado hasta aquí —musitó.
—Pues estás Abajo, obviamente —respondió uno de los seres pájaro—. Y has caído desde Arriba. Con muy poca gracia, he de añadir. Como si fueses un saco de piedras.
Virginia sacudió la cabeza.
—Debo de estar soñando. Esto es una pesadilla y vosotros..., seáis lo que seáis..., no existís en realidad.
Los seres pájaro cruzaron una mirada.
—Está loca —decretó el segundo.
—O quizá se ha dado un golpe en la cabeza al caer desde Arriba —opinó el primero.
—Eso le pasa por subir Arriba. No es lugar para mamíferos.
—Salvo que sea una ardilla, claro.
—¡No soy una ardilla! —insistió Virginia.
Se puso en pie por fin para mirar a sus interlocutores cara a cara. Pero ellos estiraron los cuellos todavía más y sus cabezas volvieron a quedar por encima de la de ella.
—Aunque, si tienes interés en volver Arriba, nosotros podemos llevarte —ofreció la primera de las aves.
—No te dejaríamos caer —le aseguró la segunda.
Virginia sintió por fin algo parecido al alivio. ¿Podrían aquellas extrañas criaturas mostrarle el camino de vuelta a casa?
—¿De verdad? —se atrevió a preguntar.
—Claro. Llevamos mamíferos Arriba constantemente.
Y otra vez volvieron a reírse las dos a coro.
Virginia tuvo la sensación de que había algo siniestro en aquella risa, y su instinto le dijo a gritos que lo más sensato que podía hacer era declinar la invitación.
—Os lo agradezco mucho, pero creo que... encontraré el camino yo sola.
Hizo ademán de dar media vuelta... y entonces la criatura que portaba el rastrillo lo movió rápidamente entre los pies de la chica y la hizo tropezar. Ella cayó con un grito de alarma; pero no llegó a tocar el suelo, sino que fue recogida por una red trenzada con gruesas lianas.
—Me temo que no —graznó el ave, alzándola en alto.
Virginia pataleó para librarse de la red, pero lo único que consiguió fue enmarañarse todavía más. La criatura era más fuerte de lo que parecía; enganchó la red con su presa en el extremo de su rastrillo y se lo echó al hombro, ignorando las protestas de la chica.
—¡Suéltame, suéltame! ¿Qué vas a hacer conmigo?
Pero los seres pájaro ya no le prestaban atención. Se pusieron en marcha, cargando con Virginia como si no pesase nada. Ella siguió forcejeando hasta que estuvo tan enredada que fue incapaz de volver a moverse. En ningún momento dejó de gritar pidiendo ayuda, pero ellos simplemente actuaban como si no pudiesen oírla. La llevaron en volandas un buen trecho a través del bosque hasta que, finalmente, se detuvieron al pie de un árbol inmenso. Entonces una de las aves se volvió para mirarla, mientras la otra ataba la red a una gruesa cuerda que parecía colgar de la copa del árbol.
—Saluda a los de Arriba de nuestra parte —dijo la primera.
Virginia no tuvo tiempo de responder, porque algo tiró con fuerza de la cuerda, elevándola a toda velocidad hacia las alturas. La chica gritó aterrorizada, pero los seres pájaro se limitaron a reírse de ella, hasta que estuvo ya tan alta que dejó de oírlos.
Y justo entonces la cuerda se detuvo de golpe, cortándole la respiración. Virginia se aferró con fuerza a las lianas mientras la red que la retenía se balanceaba sobre el vacío, a una altura de vértigo. Algo la sujetó y tiró de ella, acercándola al tronco del árbol. Con el rabillo del ojo pudo ver que se trataba de otra de aquellas criaturas con aspecto de ave, y trató de sonreír. Quizá fuese un poco más simpática que la pareja que la había capturado.
—Supongo que he llegado... ¿Arriba? —preguntó con un hilo de voz.
El pájaro se limitó a abrir el pico con disgusto y, sin responder una sola palabra, empezó a manipular los nudos que la retenían. Virginia se vio libre por fin, y se aferró con fuerza a la liana para no caerse. La criatura, no obstante, sacudió la red sin contemplaciones, como quien intenta librarse de un insecto molesto prendido en su ropa. La joven cayó al vacío con un grito de pánico...
Y aterrizó apenas un par de metros más abajo, sobre un suelo inestable que crujió inquietantemente bajo su peso.
Se incorporó un poco, aún con el estómago revuelto. El suelo se balanceó bajo sus pies, de modo que no se atrevió a moverse más. Mareada, miró a su alrededor.
Se encontraba en el interior de una gran jaula de madera que colgaba de la rama de un árbol altísimo. Dejó escapar una exclamación de sorpresa y se arrastró hasta los barrotes, buscando un asidero. La jaula volvió a columpiarse con violencia.
—Oye, ¿puedes dejar de moverte tanto? Ya es bastante malo estar aquí colgado como una fruta madura, ¿sabes?
Virginia dio un respingo y se volvió, alarmada. Fue entonces cuando descubrió que había otro prisionero en la jaula. Su primera impresión fue que se trataba de un ser humano extraordinariamente grande y peludo que llevaba un casco absurdo y aparatoso sobre la cabeza. Pero entonces la criatura alzó la mirada para observarla con curiosidad, y ella se quedó helada.
—¿Eso son... cuernos? —pudo farfullar por fin—. ¿Cuernos de verdad?
El otro prisionero frunció el ceño y levantó la barbilla con orgullo. Tenía ambos lados de la cabeza cubiertos por sendas protuberancias óseas en forma de espiral.
—¡Por supuesto que son cuernos de verdad! —replicó, ofendido—. ¿Qué clase de pregunta es esa?
Virginia no supo qué decir, de modo que lo observó con atención. A simple vista, si pasaba por alto el asunto de los cuernos, parecía bastante... humano. Un humano de aspecto particularmente desaliñado, de nariz larga, barbilla cubierta de pelusa rizada y ojos con extrañas pupilas horizontales. Vestía un chaleco de cuero y unos horrendos pantalones velludos que parecían hechos con el pelaje de alguna clase de animal. Solo después de fijarse bien, se dio cuenta de que... no eran ningún tipo de prenda en realidad: las piernas... o patas... de su compañero de jaula eran así de peludas.
Y terminaban en sendas pezuñas hendidas.
Virginia trató de retroceder, pero no había mucho espacio en su prisión colgante, de modo que acabó con la espalda pegada a los barrotes. La jaula volvió a balancearse peligrosamente sobre el vacío.
—¡Deja de moverte! —protestó la criatura—. ¿Qué te pasa? ¿Es que nunca antes habías visto un fauno?
Virginia respiró hondo. «Fauno», repitió para sí misma. «Muy bien». Seguía teniendo la sensación de que estaba siendo víctima de algún tipo de pesadilla sin sentido, pero al menos conocía el significado de aquella palabra. O al menos, eso pensaba.
—¿Eres... un hombre cabra, entonces? —tanteó.
Pero aquella pregunta solo pareció ofenderlo todavía más.
—¿Cabra? ¿Cabra? ¿Dónde veees tú una cabra? —Virginia no supo qué responder; habría jurado, de hecho, que el fauno había balado y todo—. ¡Pertenezco al muy noble y veeetusto linaje de los ovinios, muchas gracias!
—¿No es...? —empezó a decir ella, confusa, pero se mordió la lengua a tiempo. Había estado a punto de preguntar si no era lo mismo, o, al menos, algo muy parecido.
—¡Por supuesto que no! —bufó el fauno—. ¡Los ovinios y los caprinios no tenemos nada que ver! Nada que veeer, ¿has entendido?
—De acuerdo —se apresuró a responder ella, un poco asustada—. De acuerdo, lo siento. Es que... no soy de aquí. Nunca antes había conocido a un fauno. Soy... humana. Y no sé cómo he llegado a este lugar ni por qué estoy encerrada en una jaula. —Parpadeó porque, de pronto, sentía unas ganas horribles de llorar—. Solo quiero volver a casa.
Se volvió con brusquedad y se aferró a los barrotes, tratando de calmarse.
Su confusa explicación pareció aplacar un poco al fauno, que se acercó a ella con lentitud, para no desestabilizar la jaula colgante. Virginia dio un respingo y se apartó un poco, pero a él no pareció importarle. Se situó junto a ella y señaló a su alrededor.

—¿Veees todo esto? —baló—. Nos encontramos en los dominios de los emplumados. Bueno, ellos se llaman a sí mismos de otra manera, algo parecido a... —Profirió un agudo sonido chirriante—. Pero es muy difícil de pronunciar para cualquiera que no sea un pájaro, así que lo dejaremos en «emplumados». Y si estás en una jaula es porque eres su prisionera, igual que yo.
Virginia alzó la cabeza y se atrevió a mirar más allá por primera vez. Distinguió entonces un entramado de escalas y pasarelas que recorrían las copas de los árboles, salpicadas de construcciones que parecían enormes pelotas hechas de hojarasca. De las ramas colgaban más jaulas como la que los retenía a ella y al fauno, y la mayoría estaban ocupadas por otros prisioneros como ellos. Había seres de todo tipo; algunos eran animales que resultaban reconocibles, como zorros, visones, marmotas e incluso cervatillos que balaban aterrorizados. También había muchos tipos de pájaros. Y una jaula llena de ardillas que chillaban escandalosamente.
Pero también detectó criaturas extrañas, de pelajes coloridos y brillantes, algunas con cuernos, otras con largas colas prensiles que asomaban por entre los barrotes. Virginia localizó un racimo de jaulas ocupadas por lo que en principio tomó por seres pájaro como aquellos que la habían capturado. Al observarlas con mayor atención, sin embargo, descubrió que se trataba de una especie de aves bellísimas que contemplaban el mundo al otro lado de los barrotes con unos enormes ojos húmedos cargados de tristeza. Virginia las había confundido con sus captores porque su plumaje multicolor era..., bueno, el mismo.
—Ah —exclamó de pronto.
Las criaturas a las que el fauno había llamado emplumados, comprendió entonces, no tenían plumas propias en realidad, sino que cubrían sus cuerpos con mantos fabricados con el plumaje de aquellas hermosas aves que mantenían prisioneras. Cuando se dio cuenta de que aquel era el destino que les aguardaba, entendió también por qué parecían tan desconsoladas.
Y se preguntó qué era lo que los emplumados pretendían hacer con la chica y el fauno que habían capturado.
—Se visten con las plumas de aquellos pájaros, ¿verdad? —musitó con voz temblorosa—. ¿Para qué nos quieren a nosotros? Creo que no les gusta el pelo de los... mamíferos, ¿no? —Una idea horrible cruzó por su mente—. Pero... ¿se los comen? Es decir, ¿nos han capturado para devorarnos?
El fauno sacudió la cabeza.
—Ellos no.
Algo en su tono de voz indicó a Virginia que, a pesar de su respuesta, era demasiado pronto para sentir alivio de ninguna clase.
—¿Entonces...?
—Mira allí. —Señaló su compañero, y ella volvió la cabeza hacia el lugar que le indicaba—. Están a punto de invocar al Hiii-crich.
—¿Al... qué?
Un poco más abajo, Virginia localizó a un nutrido grupo de emplumados. Se habían reunido todos en torno a algo que parecía un gigantesco nido y lo observaban con expectación, aunque a una prudente distancia. Se oyó entonces el crujido de una polea, y algunos alzaron la cabeza para observar lo que sucedía varias ramas por encima del nido.
La chica miró hacia allí también, y descubrió a dos de aquellos seres pájaro girando un torno que hacía descender otro racimo de jaulas. Hubo murmullos emocionados entre los demás; y, cuando algo rebulló en el fondo del nido, los cuchicheos se convirtieron en exclamaciones de entusiasmo.
Las criaturas atrapadas en las jaulas empezaron a gemir lastimeramente, aterrorizadas. Pero la cuerda seguía descendiendo.
Algo asomó de pronto entre el colchón de ramas y vegetación acumulado en el interior del nido. Algo enorme y de un repulsivo color rosa pálido.
—¡Hiii-crich! —anunció uno de los emplumados, nada más verlo.
—¡Hiii-crich! ¡Hiii-crich! ¡Hiii-crich! ¡Hiii-crich! —corearon los demás como un solo pájaro.
Las jaulas pendían ya justo por encima del nido, y sus prisioneros trataban de escapar, sin éxito, bramando y chillando con desesperación, mientras los emplumados seguían entonando su siniestro cántico:
—¡Hiii-crich! ¡Hiii-crich! ¡Hiii-crich!
Del fondo del nido emergió entonces una monstruosa cabeza rematada por un pico inmenso, abierto de par en par. Los desdichados prisioneros aullaban pidiendo auxilio, mientras una enorme lengua palpitante temblaba de anticipación justo por debajo de ellos.
En aquel momento, los emplumados que manejaban la polea simplemente dejaron caer las jaulas en el pico abierto del monstruo.
Fue visto y no visto. La gigantesca criatura que habitaba en el nido se tragó a los prisioneros de un solo bocado, con jaulas y todo, y después dejó escapar un graznido satisfecho.
Los emplumados se volvieron locos de júbilo y empezaron a golpear rítmicamente los troncos de los árboles mientras seguían invocando al monstruo al que rendían pleitesía.
Virginia retrocedió hasta el fondo de la jaula, asustada, y se encogió sobre sí misma.
—¿Qué... era eso? —balbuceó, intentando hacerse oír por encima del escándalo.
El fauno se encogió de hombros.
—Al parecer, robaron un huevo. Lo cuidaron hasta que eclosionó, y desde entonces han estado criando a lo que salió de él. ¿Por qué? Quién sabe. Los pájaros tienen una forma extraña de razonar. Hasta ahora han tenido suerte, porque la madre no los ha encontrado. Quizá nunca lo haga, pero, de todas formas, ¿qué crees que pasará cuando esa cosa sea lo bastante grande como para salir del nido?
Virginia se estremeció, pero no respondió. No tenía palabras.
—Tengo la teoría de que los emplumados piensan que su Hiii-crich, o como se llame, los protegerá cuando sea mayor. Pero me parece que lo más probable es que se los zampe a todos. En fin... Yo, personalmente, no los voy a echar de menos.
Virginia estaba tan asustada que tenía ganas de llorar otra vez.
—Quiero salir de aquí —susurró.
Su compañero se volvió para mirarla.
—Ah, cierto; si no queremos acabar devorados por esa cosa, debeeeríamos hacer algo al respecto —comentó alegremente—. De hecho, podemos aprovechar ahora que están todos distraídos. ¿Qué te parece?
Ella alzó la cabeza de inmediato, interesada.
—¿Qué quieres decir? ¿Sabes cómo escapar de aquí?
Se volvió hacia los emplumados, preocupada. Pero el fauno tenía razón: estaban entretenidos descolgando otro montón de jaulas sobre el nido del Hiii-crich y no les prestaban atención.
—Probablemente nos reserven para el desayuno de mañana —añadió su compañero con ligereza—. Pero no nos vamos a quedar hasta entonces, ¿veeerdad?
Virginia negó vehementemente con la cabeza.
—Eso me parecía —respondió él, satisfecho.
Se puso en pie; la jaula se balanceó de nuevo, pero no pareció importarle. Virginia aprovechó para observarlo mientras se echaba al hombro un enorme bolsón remendado. Se alzaba, en efecto, sobre un par de patas de cabra... o de oveja, se corrigió de inmediato. Unas patas extraordinariamente lanosas, para alivio de la chica, que, al ver la cola velluda que pendía tras él, comprendió que no llevaba puesta más ropa que su ajado chaleco. Desvió la mirada, incómoda.
—Bueno —dijo entonces el fauno—. Pase lo que pase, tú no te agarres. ¿Vale?
—¿Cómo dices?
Pero él no respondió. Bajó la cabeza y, con los cuernos por delante, embistió contra un costado de la jaula, que osciló sobre el vacío.
Virginia gritó de miedo y, a pesar de lo que él le había dicho, se aferró a los barrotes con fuerza. El fauno retrocedió, manteniendo el equilibrio sobre sus pezuñas hendidas. Tomó impulso y volvió a arremeter contra el mismo punto.
—¡¿Te has vuelto loco?! —chilló ella—. ¡Nos vamos a...!
La jaula chocó con violencia contra el tronco del árbol, y el impacto la dejó sin respiración. La madera se quebró y, antes de que Virginia pudiese reaccionar, el suelo se hundió bajo sus pies. Sus manos resbalaron de los barrotes, y ella y el fauno se precipitaron al abismo.
Cayó durante lo que le pareció una eternidad, hasta que algo la retuvo de pronto a pocos metros del suelo. Sintió un cuerpo blando y cálido contra ella, un brazo que la aferraba con firmeza por la cintura y un penetrante olor a... establo. O a algo por el estilo.
Se dio cuenta entonces de que se trataba del fauno, que se había aferrado a una de las lianas en plena caída y sujetaba ahora a la chica con el otro brazo, manteniéndola suspendida sobre el vacío.
—A la de una —oyó la voz de él en su oído—. A la de dos...
—¡No! —exclamó ella.
Pero el fauno la soltó de todos modos.
—¡Tres! —dijo alegremente mientras saltaba tras ella.