Escalofríos

R.L. Stine

Fragmento

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Introducción

¡Cuidado, lector! He escrito estas historias para hacerte sentir miedo.

Ya sabes. Ese cosquilleo que sientes en el pescuezo cuando empiezas a asustarte. La piel se te enfría y se te erizan los pelillos de ahí atrás. El corazón late y los dientes empiezan a castañetear.

Eso es lo que sientes cuando...

Crees que algo horrible te está mirando...

No sabes dónde estás ni cómo encontrar el camino de vuelta a casa...

Los terroríficos aullidos suben desde el sótano...

No puedes evitar convertirte en una criatura a la que no reconoces...

Te rodea la oscuridad y no encuentras la salida...

A todos nos gusta un buen susto cuando sabemos que no es verdad. Las historias de este libro no podrían ocurrirte a ti..., ¿verdad?

Las escribí para llevarte al mundo Escalofriante, que está justo al lado del mundo real... Un mundo de sombras y sustos, de giros insospechados y de sorpresas.

Espero que estas historias te lleven a un lugar en el que ese cosquilleo se convierte ¡en un grito!

R. L. STINE

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Bienvenido a la zona intermedia

¿Has sentido alguna vez que el tiempo se detiene? El día se te está haciendo eterno en el colegio. Y cada vez que miras el reloj parece que la aguja no se ha movido en absoluto. ¡Pues anda que no quedan horas por pasar...!

Recuerdo el dolor intenso en Nochebuena, cuando esperaba a la mañana, a que ya fuera lo bastante tarde como para abrir los regalos. Recuerdo mirar el reloj una y otra vez, pero apenas se movía.

He escrito montones de historias en las que el reloj retrocede. Pero esta será la primera que escribo sobre que el tiempo se para.

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—Gabe, prométeme que no vas a llegar tarde —dijo mi amigo Carver.

Le dio un golpe a mi palo de hockey con el suyo. Estábamos dándole al disco una y otra vez en el estanque Willmore. El agua del estanque se había helado y la superficie había quedado de lo más resbaladiza y suave. Era una tarde fría de diciembre y yo temblaba bajo tres capas de jerséis y una parka.

—Te lo prometo —le dije. Moví el palo de hockey con fuerza y el disco salió como una flecha. Carver se giró para cazarlo y le faltó poco para caerse.

Es mucho mejor patinador que yo. Está en los Bla­zers, el equipo de hockey del colegio.

Yo no estoy en ningún equipo. De hecho, no me gusta el deporte. Pero a Carver le gusta venir al hielo conmigo. Creo que eso le hace sentir como si fuera una superestrella.

—Eso es lo que dices siempre, y luego siempre llegas tarde —me contestó. Rodeó el disco y volvió a enviármelo—. Llegas tarde a todo, Gabe, y estoy cansado de esperarte.

—Creo que por Navidad me caerá uno de esos relojes inteligentes —dije—. Igual ayuda.

El disco se deslizó hasta la nieve que rodeaba el estanque, y los dos nos lanzamos a por él. El vaho de mi respiración me precedía. Por una vez, estaba haciendo un montón de ejercicio.

—¿Sabes una cosa? —dijo Carver—. Eso de cumplir años el día de Nochebuena es un mal asunto. Una de dos, o no se acuerda nadie o se hacen un lío. —Golpeó el disco para devolverlo al hielo.

—Pero te hacen una fiesta... —afirmé.

—Sí. No me lo puedo creer, ¡mis padres se han acordado de que quería una fiesta de cumpleaños! —me contestó Carver—. Es algo especial, ¿entiendes? Por favor, no vengas tarde.

Levanté la mano derecha enguantada:

—Juro que llegaré pronto. Confía en mí. Si llego tarde, me comeré este disco.

—Esa me la apunto —dijo Carver con una mueca—. ¿Lo quieres con kétchup o con mostaza?

Una vez en casa, me encontré a mi madre y a mi padre en el salón, viendo en Netflix un reality sobre un pulpo.

—Nunca me habría imaginado que un pulpo tuviera personalidad —dijo mi padre.

—Igual uno pequeñito nos iría bien para el acuario —dijo mamá.

—No creo que haya pulpos pequeñitos —respondió él.

Estaban tan interesados por los pulpos que ni siquiera repararon en que yo estaba plantado en la puerta.

—¿Podemos hablar? —pregunté.

Los dos se volvieron.

—Tendrías que ver este programa, Gabe —me dijo papá—. Aprenderías mucho sobre la vida submarina.

—Ya aprendo con Bob Esponja —le contesté.

Los dos se echaron a reír. Creen que soy muy gracioso.

Me adelanté hasta ponerme frente al televisor.

—Escuchad, tengo que hacerle un regalo a Carver —les dije.

Mamá me miró a través de las gafas.

—¿Un regalo de Navidad?

—No. Un regalo de cumpleaños. Mañana por la tarde es su fiesta de cumpleaños.

Los dos se pusieron a negar con la cabeza y a mirarme con expresión reprobatoria.

—¿Por qué siempre esperas hasta el último minuto, Gabe? —preguntó mi padre.

—¿Por qué vas siempre tarde, Gabe? —añadió mi madre. Miró hacia el gran reloj de péndulo que se alzaba en la esquina del salón—. Son más de las seis. Las tiendas estarán cerradas.

—Bueno, ¿y si vamos mañana justo después de desayunar? —pregunté—. Tengo que comprarle algo.

—Es de locos. ¿A quién se le ocurre montar una fiesta de cumpleaños el día de Nochebuena?

—La fecha no la escogió él —dije.

Los dos se rieron.

—Mañana por la mañana podemos ir de compras —dijo mamá—. ¿Ya sabes qué quieres regalarle?

—Pues la verdad es que no —dije—. Quizá una sudadera de hockey o algo. Le gusta mucho el hockey.

—Esa es una buena idea —dijo mamá—. Pero tendrías que haberlo pensado antes, así no tendríamos que salir a comprar justo en Nochebuena.

—Tienes razón —dije—. Tengo que empezar a planear las cosas con antelación. —Me volví para salir del salón—. ¿Sabéis qué? Me voy a mi cuarto a empezar el informe de lectura ahora mismo, aunque las vacaciones de Navidad acaben de empezar.

Subí las escaleras hacia mi habitación. No les dije que ya llevaba más de una semana de retraso con el informe. De hecho, tampoco me había acabado el libro. Pero pensaba que de todos modos podría escribir el trabajo.

En el piso de arriba, tenemos un pasillo largo. Hay cuatro dormitorios. El mío está al final de todo. Me detuve a medio camino, frente a la habitación de invitados. Era pequeña, con un papel pintado de color amarillo intenso, una cama, un vestidor y una silla.

Pensábamos que los primos de Michigan iban a venir por Navidad, pero mi tío se había puesto enfermo y habían tenido que cancelarlo. De modo que la habitación estaba vacía.

Aun así, yo tenía una buena razón para detenerme allí. Mis padres siempre escondían mis regalos de Navidad en el vestidor de la habitación de invitados. Siempre en el mismo sitio. No sabían que yo lo sabía.

¿Qué tal si echaba un vistazo? Pero ¿qué sentido tenía esa pregunta? Llevaba haciéndolo toda la vida.

Me volví hacia las escaleras y escuché. Mis padres seguían en el salón, con su película de pulpos. Respiré hondo y me lancé a la habitación de invitados.

El vestidor era largo y estrecho. En cuanto abrí la puerta, se encendió una luz. Ahí se guardaban los abrigos viejos de invierno y un montón de zapatillas usadas de deporte. Vi unos cuantos regalos envueltos apoyados contra la pared del fondo.

Me deslicé por debajo de los abrigos y me arrodillé para examinar los regalos. El primer paquete que tomé era largo y bastante pesado. ¿Me habían comprado una PlayStation nueva? Lo sacudí. No. Sonaba más bien a ropa.

Volví a dejar el paquete en el suelo y cogí unas cuantas cajas más. Levanté una rectangular y fina, envuelta en papel plateado. Era muy ligera. ¿A lo mejor eran unos auriculares Bluetooth?

Hacía calor en el armario. ¿O era cosa mía? Escuché con atención. No oí que nadie se acercara. A toda velocidad, abrí el envoltorio.

—¡Sí! —susurré—. ¡Al final me lo han comprado!

Un reloj inteligente. Desplegué la cinta de la pulsera y lo estudié. «¡Genial!».

¡Era una pasada! Por fin iba a poder enviar mensajes y hacer llamadas y un montón de cosas fantásticas con mi reloj.

No pude resistirme. Tenía que probarlo. Hasta me temblaba la mano cuando me ajusté la correa de plástico alrededor de la muñeca y la cerré. Me lo acerqué a la cara y leí la esfera: 6:10.

«Ahora no llegaré tarde nunca —me dije—, porque nunca me quitaré este reloj».

Di un respingo cuando oí un golpe amortiguado y luego un chirrido. ¿Pasos? Uno de mis padres que subía por las escaleras.

Tenía que devolver el reloj a su envoltorio y tenía que salir de ese vestidor. Pero sentía que me invadía el pánico. No podía respirar. Tiré del reloj para sacármelo, tiré más fuerte de lo que debía.

El reloj se me resbaló de la mano. Se golpeó contra el suelo. Rebotó. Y volvió a golpearse.

Solté un grito cuando oí un crujido.

¡Oh, no! El cristal se había roto. La batería salió disparada por el suelo.

«¡Me van a pillar! —pensé, con el corazón a mil por hora—. ¿Cómo voy a explicarlo?».

Tomé el reloj roto del suelo y me lo metí en el bolsillo de los vaqueros. Me llevó tres intentos poder coger la pequeña pila con los dedos. También me la metí en el bolsillo.

Salí corriendo del vestidor y me deslicé hasta el pasillo. No había nadie. «¡Uf!». Corrí a mi habitación y cerré la puerta.

Me dejé caer frente al portátil e intenté empezar mi informe de lectura. El libro iba de leyendas y mitos griegos. Las historias eran bastante buenas, y me había leído casi la mitad, suficiente para escribir un buen informe.

Pero el corazón todavía no se había recuperado del susto. En esas condiciones no podía concentrarme. Seguía pensando en el reloj roto. ¿Cómo iba a explicárselo a mis padres?

No les podía decir la verdad. No podía decirles que había estado mirando mis regalos de Navidad desde que tenía siete años. Pero no se me ocurría ninguna buena explicación para el reloj roto.

¿Tal vez si lo envolvía de nuevo y lo colocaba con los demás regalos? Así lo abriría la mañana de Navidad y todos pensarían que el reloj había llegado roto ya desde la tienda.

Sí, eso podría funcionar. O tal vez no. Con lo nervioso que estaba por ver el reloj, había roto el envoltorio de regalo. No podría hacerlo pasar por nuevo, por mucho que lo intentara.

Mientras le daba vueltas y más vueltas a este problema, no conseguí escribir ni una frase de mi informe de lectura. Empecé a bostezar y me pesaban los párpados.

«Debe de ser tarde», pensé. Me levanté del escritorio y bajé a dar las buenas noches.

Me sorprendió encontrar a mis padres todavía en el salón. Un pulpo desenrollaba los tentáculos en la pantalla del televisor. Se volvieron cuando entré en la sala.

Bostecé.

—He arrancado bien con mi informe de lectura —les dije—. Pero estoy cansado. Solo quería daros las buenas noches.

Los dos pestañearon. Papá abrió la boca.

—Gabe, ¿desde cuándo te vas a dormir antes de cenar? —dijo.

—¿Cenar?

Volví los ojos hacia el reloj de péndulo. Las 6:10.

¿Cómo podía ser?

—Te da tiempo a acabar el trabajo —dijo mamá—. No empezaré a hacer la cena hasta que se acabe el programa este de los pulpos. Supongo que será sobre las siete.

Volví a bostezar. Allí ocurría algo raro, pero tenía demasiado sueño como para pensar con claridad.

—Si tienes sueño —dijo papá—, ve arriba y échate un rato. Ya te despertaremos para la cena. Hoy toca tu favorita: mi pizza casera con perritos calientes.

—Guau —dije.

En la tele, un hombre le daba de comer algo al pulpo.

Volví a subir las escaleras y me eché en la cama. Me dormí enseguida como un tronco. No sé cuánto tiempo estuve dormido. Al despertar, el cielo que se veía desde mi ventana seguía estando del color gris del atardecer.

Me sentía descansado, así que volví a ponerme delante del teclado y empecé a escribir el informe del libro. Escribía rápido, tecleando con los dedos. Me resulta fácil escribir, supongo que es porque me gusta. Casi nunca me cuesta escribir informes o trabajos.

A lo mejor estuve trabajando una hora. De vez en cuando paraba a ver si oía que mis padres me llamaban a cenar. Me levanté cuando me di cuenta de que me rugía el estómago. Tenía mucha hambre.

Bajé los escalones deprisa. Mis padres seguían en el sofá del salón.

—¿Cenamos o qué? —dije desde la puerta—. ¡Me muero hambre!

—Es demasiado pronto —dijo papá, sin quitar los ojos de la escena submarina de la televisión—. Pondré la pizza en el horno a las siete, cuando esto acabe.

—¿Cómo? ¿A las siete?

Me volví hacia el reloj de la esquina del salón. Las 6:10.

«¡No puede ser!».

—Ese reloj creo que está parado —dije.

—¡Qué va! —dijo mi madre, mirando el móvil que tenía en el regazo—. El reloj va bien. Son las seis y diez.

—¿No quieres ver esto con nosotros, Gabe? —preguntó papá—. Esta es la parte mejor. El pulpo empieza a entender algunas palabras.

—Eeeh... No, gracias —dije.

Sentía que el cerebro me daba vueltas. Me arrastré a la habitación, me senté al borde de la cama y le envié un mensaje a Carver:

«¿Qué hora es?».

El móvil me sonó dos segundos después.

—¿Es una broma? —me preguntó Carver—. ¿Por qué me preguntas qué hora es?

—Limítate a contestar la pregunta —dije—. Creo que mi teléfono está...

—Son las seis y diez —dijo Carver—. ¿Qué hora te pensabas que era?

—Bueno, es que tengo un problemilla... —empecé a explicarle—. Verás...

—No puedo hablar —me interrumpió Carver—. Estamos cenando. Mis padres están intentando quitarme el móvil. No me dejan usarlo en la mesa.

—Vale, lo siento —le dije—. Nos vemos mañana en tu fiesta.

—No llegues tarde —dijo Carver. Y colgó.

«¿Tarde? —me dije—. Pero ¿cómo puedo ser puntual si el reloj se queda fijo en las seis y diez de la

tarde?».

Saqué el reloj digital que llevaba en el bolsillo y me senté al escritorio para estudiarlo. ¿Habría parado el tiempo cuando había roto el reloj por accidente? ¡Vaya pensamiento raro! Claro, eso solamente ocurre en programas de la tele y películas.

Inspeccioné el reloj a la luz clara de mi lámpara de mesa. El cristal se había roto. La raja parecía un rayo. La hora permanecía en números naranja contra un fondo negro: 6:10.

Sacudí el reloj. Lo levanté por encima de la cabeza y volví a sacudirlo.

Los números no cambiaron. Bajo el cristal roto, el reloj seguía marcando las 6:10. Probé a presionar los botoncillos laterales. Y luego volví a sacudirlo.

6:10.

«¡No puede ser!», me dije.

Se me ocurrió algo: «Me iré a dormir. Dormiré durante horas. Cuando me despierte, tendrá que ser tarde. Habrá llegado la hora de desayunar, y todo volverá a ser normal».

Volví a guardar el reloj roto en el bolsillo de los vaqueros. Luego me puse el pijama y me metí en la cama.

No estoy seguro de cuánto tiempo dormí, pero debieron de ser unas cuantas horas. Soñé que a Carver y a mí nos perseguía un pulpo por la calle. Nosotros intentábamos hacerle retroceder con palos de hockey. Pero el pulpo continuaba avanzando.

Seguía con aquel sueño en la cabeza mientras bajaba por las escaleras para desayunar.

Una sensación fría de amenaza me hizo detenerme ante la entrada del salón. Mamá y papá estaban sentados en el sofá y observaban los revoloteos de un pulpo bajo el agua.

—¿Hora de desayunar? —pregunté con una voce­cilla.

Los dos se volvieron hacia mí y se echaron a reír.

—¿Estás de broma, Gabe? ¿Qué haces en pijama? Pero si todavía no hemos cenado... No son más que las seis y diez.

—¿Estás muy confundido? —me preguntó papá.

—Quizá sí —contesté. Y luego los miré fijamente y pregunté—: ¿No he venido ya un par de veces a preguntaros qué hora era?

—No —contestó mamá—. No has bajado. ¿Estás intentando gastarnos una broma?

—¿Por qué te comportas de esta forma tan rara? —preguntó papá—. ¿Solo porque pasado mañana es Na­vidad?

Suspiré. «A lo mejor si vuelve a ser Navidad alguna vez», pensé.

De pronto me sentí aturdido, como mareado, como si tuviera a un pulpo nadando en el cerebro. Me dirigí hacia el armario de la entrada y cogí el abrigo. Luego me deslicé hasta el exterior, no sin antes cerrar la puerta en silencio.

Necesitaba pensar. Necesitaba aire fresco. Una ráfaga de aire helado me hizo temblar. Me subí la cremallera del abrigo hasta arriba. Una luna llena y pálida se levantaba en el cielo gris.

No presté atención hacia dónde andaba. Los coches pasaban. Vi a personas que volvían a casa desde el trabajo justo a tiempo de cenar. Pasé por la parcela vacía que hay al final de la manzana y seguí caminando.

Inmerso en mis pensamientos, decidí que si daba un paseo muy largo, el tiempo volvería a avanzar, y sería la hora de cenar cuando volviera a casa. En realidad, no sabía qué pensar.

Empecé a correr. Igual podía ganarle al tiempo.

Sabía que no estaba pensando con claridad. Pero ¿qué podía hacer?

Me encontré en el parque que hay frente a la escuela primaria. ¿Tanto había corrido? El corazón me latía con fuerza y las piernas me palpitaban.

Dos grandes perros gruñían y ladraban mientras jugaban y saltaban uno encima del otro, cerca del campo de fútbol. No había nadie alrededor. Me dejé caer en un columpio y esperé allí a recuperar el aliento.

Estaba a punto de meter la mano en el bolsillo para recuperar el reloj... cuando todo se oscureció. Fue así, de verdad, como si alguien hubiera apagado la luz. Miré hacia el cielo, que ahora estaba negro y opaco. La luna llena y pálida había desaparecido.

Pestañeé unas cuantas veces para que los ojos se me acostumbraran a la oscuridad. Al cabo de unos segundos, pude distinguir los árboles y las casas que había al otro lado de la calle, negros contra el cielo de carbón.

Me costó un rato darme cuenta de que ya no estaba solo.

En aquella oscuridad total, algo se había movido en el límite de la zona de juegos. Oí el roce de las pisadas en la hierba. Aparecieron varios chavales. Avanzaban hacia mí en silencio.

—¡Eh! —dije, levantándome del columpio de un salto.

Estaba demasiado oscuro. No podía verles la cara.

Nadie respondió. Volví a gritarles.

—¡Eh!

Di un paso hacia ellos.

Desplazándose muy deprisa, formaron un círculo a mi alrededor. Me presionaban, figuras oscuras, de un negro sólido contra el cielo negro. Agucé la mirada. No podía verles la cara.

Y luego solté un grito de asombro cuando me di cuenta de que... ¡no tenían cara!

Eran sombras. Sombras silenciosas formaban un círcu­lo a mi alrededor que se estrechaba.

Sin ojos. Sin rostro. Unos niños hechos de sombra.

—Yo... Yo... —balbuceé, incapaz de encontrar palabras.

Y entonces uno de ellos habló por fin.

—Bienvenido —dijo una niña sombra. Su voz era como un suspiro suave que flotaba en el aire gélido—. Bienvenido a la zona intermedia.

Tragué saliva.

—¿Cómo? ¿De qué me estás hablando? ¿Quiénes sois?

—Bienvenido —dijo un niño en un suspiro ronco—. Hemos venido a darte la bienvenida.

—¿La bienvenida a qué? —Se me quebró la voz—. ¿Por qué no puedo veros?

—Somos los niños de la zona intermedia —dijo la que había hablado primero—. Ahora tú eres uno de nosotros.

El cerebro me daba vueltas. Estaba desesperado por entender qué querían de mí esos chavales.

—¿Sois de algún club? —dije—. ¿Del club de la zona intermedia? ¿De qué me estáis hablando?

—Estamos atrapados en el tiempo —dijo la niña en su suspiro gutural.

—No podemos ir hacia delante ni hacia atrás —dijo otro niño—. Estamos bloqueados y ahora a ti te pasa lo mismo. Estamos atrapados en el tiempo.

—In... intentáis asustarme —tartamudeé.

—No. Hemos venido a darte la bienvenida —dijo la niña.

Y todos empezaron a cantar en un susurro quedo:

—Bienvenido a la zona intermedia...

—Bienvenido a la zona intermedia...

—Bienvenido a la zona intermedia...

Las voces cada vez resonaban más en mis oídos, se hacían más fuertes conforme repetían la frase sin cesar.

—¡Basta! —grité—. ¡Parad! ¡Marchaos! ¡Dejadme en paz!

—Bienvenido a la zona intermedia...

—Bienvenido a la zona intermedia...

—Bienvenido a la zona intermedia...

—¡Nooo! —Un aullido aterrorizado salió de mi garganta. Me impulsé hacia delante. Intenté correr.

Pero me tenían rodeado, eran un muro de sombras. No podía atravesarlo. No había manera de escapar.

—Bienvenido a la zona intermedia...

—Bienvenido a la zona intermedia...

Los miré horrorizado, una niña me tendió la mano sombría y me tocó el hombro.

—Oh... —gemí cuando sentí que el frío de su tacto se abría paso en mi piel.

Me agarró la mano. Esos dedos parecían témpanos. Me estremecí cuando el frío se abrió paso en mi brazo.

—Bienvenido a la zona intermedia...

—Bienvenido a la zona intermedia...

Un niño me tocó la frente con su mano gris y sombría. La piel se me congeló bajo su tacto.

Sentí un cosquilleo en la mano, como si estuviera dormida en la zona por donde me agarraba la niña. Finalmente la soltó y yo miré hacia abajo. Mi mano había adquirido una tonalidad grisácea. Gris e insensible. ¡Mi mano se había convertido en una mano sombría!

—¡Noooooo! —aullé.

Agarré el brazo de un chico. No podía sentirlo. La mano resbaló, inerte.

Oía mi propia respiración. Me sentía débil. Sentía que resbalaba hacia el gris. Que desaparecía...

Los brazos... Las piernas... Todo se oscurecía para convertirse en sombras. ¡Me estaba convirtiendo en uno de ellos!

—Bienvenido a la zona intermedia...

—Bienvenido a la zona intermedia...

—¡Uuuaaah! —Otro grito se escapó de mi garganta, pero esta vez era más débil, porque mi voz adquiría la tonalidad del aire.

El pánico hacía que me temblara todo el cuerpo. Sentía que el mundo se sumía en sombras. Sentía que yo mismo estaba desvaneciéndome.

—Bienvenido...

—Bienvenido...

El cántico se repetía en mis oídos. No podía moverme. No podía pensar.

Tenía que hacer algo. Busqué el reloj roto en el bolsillo de los vaqueros y lo saqué. Luego volví a buscar en el bolsillo hasta que encontré la pequeña pila.

Sujeté el reloj en una mano y la batería entre los dedos de la otra.

Ambas manos eran sombras temblorosas. No podía sentirlas. Apenas podía verlas.

Respiré hondo. Cerré los ojos. E inserté la batería en la parte posterior del reloj.

—¡Basta!

Una explosión de sonido me saturó los oídos. Caí de rodillas. El cielo rugió y el suelo tembló bajo mis pies. El rugido de la explosión hizo que sintiera la cabeza como si estuviera a punto de estallar en mil pedazos.

Cuando el sonido por fin se apagó, abrí los ojos. El cántico se había detenido. Los niños de las sombras se habían ido.

Levanté los ojos al cielo. Todo volvía a ser gris. La luna llena y pálida estaba de vuelta y flotaba por encima de los árboles.

¿Acaso volvía a moverse el tiempo?

Regresé a casa corriendo. Papá salió a recibirme a la puerta.

—Gabe, ¿dónde te habías metido? Hemos estado esperándote para cenar.

—Deberías habernos dicho que salías —dijo mamá—. Son las siete y media pasadas.

—¡Sííí! —grité—. ¡Sííí!

Los abracé. Me daban ganas de llorar. Me daban ganas de ponerme a saltar y a vitorear.

—¡He vuelto! ¡He vuelto! —grité—. ¡No estoy de la zona intermedia! —grité.

—¿De qué hablas? —preguntó mamá—. Haces cosas muy raras. Venga, ve a lavarte las manos y luego siéntate a cenar.

De camino al baño, pasé por el salón y miré hacia el gran reloj de péndulo: eran las siete y media pasadas.

—¡Sííí!

Corrí hacia el reloj y lo besé. Y luego corrí a prepararme para cenar.

A la mañana siguiente, papá me llevó a una tienda de electrónica para comprarle un regalo a Carver. Caminamos por los pasillos y miramos teléfonos, auriculares, juegos de todas clases y cámaras.

—¿Tú que crees que le podría gustar a Carver? —preguntó papá.

—Mmmm... —Le di unas cuantas vueltas—. Pues no estoy seguro.

Papá me miró.

—Tendrías que haberlo pensado antes, Gabe. No puede ser, siempre con tanta prisa. Deberías empezar a pensar en las cosas con un poco de antelación.

—Tienes razón, papá —dije—, pero...

Papá tomó algo del mostrador.

—Carver se parece mucho a ti, ¿verdad? Entonces esto le gustará un montón.

Me lo entregó. Un reloj inteligente digital.

Pensé en mi reloj. La noche anterior lo había vuelto a envolver con cuidado y con un papel nuevo y lo había ocultado en el armario con el resto de mis regalos.

¿Un reloj digital para Carver?

«Lo tratará con cuidado», me dije.

Necesitaba desesperadamente un regalo. La fiesta iba a empezar en cuestión de horas.

—Sí. ¡Qué buena idea, papá! —dije.

Esa tarde, Carver vino a recibirme a la puerta de su casa dándose palmadas en la frente:

—¡No me lo puedo creer! —decía—. Gabe, ¡has llegado el primero!

—Así seré a partir de ahora —respondí—. ¡Siempre puntual!

Los ojos se le fueron al regalo envuelto que yo tenía en la mano. Se lo entregué.

—Feliz cumpleaños —le dije.

Lo estudió.

—¡Oye, gracias! ¿Qué es?

—Vamos, ábrelo —le dije.

Rompió el envoltorio.

—¡Oh, vaya! —exclamó—. ¡Es alucinante! ¡Mi propio reloj inteligente! ¡Qué pasada!

Lo sacó a toda prisa del paquete de plástico y empezó a ponerse la pulsera alrededor de la muñeca. Pero el reloj se le resbaló de la mano y él soltó un grito.

—¡Oh, no! ¡Se me ha caído! ¡Oh, vaya! Creo que se ha roto.