Torres de Malory 1 - Primer curso (nueva edición con contenido inédito)

Enid Blyton

Fragmento

cap-5

Darrell Rivers se miró en el espejo. Ya casi era la hora de ir a la estación, pero aún tenía un minuto para ver cómo le quedaba el uniforme de la nueva escuela.

—¡Es la mar de bonito! —dijo Darrell, dándose la vuelta—. Abrigo marrón, sombrero marrón con cinta naranja, y, debajo, vestido marrón con cinturón naranja. Me gusta.

Su madre la miró desde la puerta de su habitación y sonrió.

—¿Admirando tu nuevo aspecto? —le preguntó—. Bueno, a mí también me gusta. Hay que reconocer que la escuela Torres de Malory tiene un uniforme precioso. Vamos, Darrell, ¡no querrás perder el tren en tu primer día!

Darrell no cabía en sí de la emoción. Estaba a punto de ingresar en un internado por primera vez en su vida. En Torres de Malory no aceptaban a niñas menores de 12 años, así que Darrell iba a ser una de las alumnas más jóvenes. Tenía por delante varios años de estudio y deportes, diversión y amistades.

—¿Cómo será? —se preguntaba una y otra vez—. He leído un montón de historias de internados, pero espero que Torres de Malory sea diferente. Cada escuela es un mundo. Seguro que haré muchas amigas allí.

Darrell lamentaba tener que dejar a sus amistades de toda la vida. Ninguna iba a ir a Torres de Malory. Habían sido compañeras de clase hasta entonces, pero la mayoría habían decidido proseguir los estudios en la misma escuela o ingresar en otros internados.

Llevaba la maleta llena hasta los topes. En uno de los lados había escrito «Darrell Rivers» en enormes letras negras, y en la etiqueta se leían las iniciales de Torres de Malory: TM. Darrell solo tenía que cargar con la raqueta de tenis y una bolsa de viaje pequeña en la que su madre había metido todo lo que necesitaría para la primera noche.

—No vais a deshacer las maletas hasta el día siguiente —le había dicho—. Así que todas debéis llevar una bolsa de mano con el camisón, el cepillo de dientes y esas cosas. Aquí tienes un billete de cinco libras. Tiene que durarte todo el trimestre, porque a las niñas de primero no se les permite llevar más dinero.

—¡Tendré bastante! —aseguró Darrell, guardando el billete en el monedero—. ¡No creo que en la escuela haya mucho en lo que gastarse el dinero! Mira, ahí está el taxi, mamá. ¡Vamos!

Ya se había despedido de su padre, que a esas horas ya debía de haber llegado al trabajo. La había abrazado muy fuerte y le había dicho:

—Hasta pronto, Darrell, y muy buena suerte. Torres de Malory es una escuela excelente y te enseñará muchas cosas. ¡Trata de devolverle algo a cambio!

Por fin quedó todo listo y subieron al taxi. Aposentaron la maleta en el asiento del acompañante, al lado del conductor. Darrell sacó la cabeza por la ventanilla para contemplar su casa una última vez.

—¡Volveré pronto! —le gritó al enorme gato negro que estaba acostado sobre la tapia, acicalándose—. Al principio os echaré mucho de menos a todos, pero enseguida me aclimataré. ¿Verdad, mamá?

—Por supuesto —la tranquilizó su madre—. ¡Te lo pasarás muy bien! ¡Cuando lleguen las vacaciones de verano no querrás volver a casa!

Tenían que ir hasta Londres para coger el tren hacia Cornualles, donde se encontraba Torres de Malory.

—Hay un tren especial para Torres de Malory —dijo la señora Rivers—. Mira, ahí hay un aviso. Torres de Malory. Andén 7. Vamos. Aún falta un ratito. Me quedaré contigo hasta que estén aquí tu tutora y las demás niñas. Entonces me iré.

Se dirigieron al andén. Enseguida llegó un tren muy largo con el cartel de Torres de Malory. Todos los vagones estaban reservados para las alumnas de ese internado. En las ventanillas había pegados distintos carteles. La primera serie rezaba torre norte. La segunda, torre sur. Luego venían varios compartimentos con el cartel torre oeste y, finalmente, otros donde se leía torre este.

—Tú eres de la Torre Norte —le informó su madre—. Torres de Malory tiene cuatro edificios distintos para sus internas, todos coronados con una torre. La directora me dijo que tú te alojarías en la Torre Norte. La encargada de esa torre es la señorita Potts. A ver si la encontramos.

Darrell echó un vistazo a su alrededor. Montones de niñas se apiñaban en el andén. Todas debían de ser alumnas de Torres de Malory, porque también vestían abrigos marrones y sombreros con cinta naranja. Al parecer se conocían, y reían y charlaban animadamente. De pronto, Darrell tuvo un ataque de timidez.

«¡Nunca conseguiré conocerlas a todas! —pensó mientras miraba a su alrededor—. ¡Madre mía, qué mayores son algunas! Son casi adultas. Me intimidan».

Las muchachas de los últimos cursos parecían muy mayores. Subían a los vagones con aire arrogante, sin prestar atención alguna a las más pequeñas, que se apartaban a su paso.

«¡Hola, Lottie! ¡Hola, Mary! ¡Mira, ahí está Penélope! Hola, Penny, ven aquí. ¡Hilda, ya está bien, estas vacaciones no me has escrito ni una sola vez! ¡Jean, súbete a nuestro vagón!».

Se oían alegres voces a lo largo y ancho del andén. Darrell buscó a su madre con la mirada. Ah, ahí estaba, hablando con una profesora de rostro inteligente. Esa debía de ser la señorita Potts. Darrell la observó con detenimiento. Sí, le gustaba el brillo de su mirada, pero el gesto de sus labios denotaba determinación. Más valía no hacerla enfadar.

La señorita Potts se acercó y sonrió a Darrell.

—¡Bueno, Darrell! —exclamó—. Tú viajarás en mi vagón. Mira, es ese de ahí. Las alumnas nuevas siempre van conmigo.

Oh, ¿hay más niñas nuevas? Quiero decir en mi clase… —preguntó Darrell interesada.

—Desde luego. Dos más. Aún no han llegado.

La señorita Potts hizo una pausa y se dirigió entonces a la madre de Darrell.

—Señora Rivers —le dijo—, le presento a una niña que irá a la misma clase que Darrell. Se llama Alicia Johns. Cuidará de su hija en cuanto se hayan ustedes despedido.

—Hola —saludó Alicia mirando a Darrell con ojos brillantes—. Iremos a la misma clase. ¿Te gustaría sentarte junto a la ventanilla? Si es así, será mejor que vayamos subiendo.

—Bien, cariño, ya me despido —dijo la señora Rivers con una sonrisa. Besó a Darrell y, tras darle un fuerte abrazo, añadió—: Te escribiré en cuanto reciba carta tuya. ¡Pásatelo muy bien!

—¡Lo haré! —aseguró Darrell, y se quedó contemplando a su madre mientras esta se alejaba por el andén.

No tuvo tiempo de sentirse sola, porque Alicia se hizo cargo de ella al instante: se la llevó de la mano hasta el vagón de la señorita Potts y la hizo subir de un empujón.

—Pon tu bolsa en el asiento de la ventanilla, y yo la pondré en el de enfrente —ordenó Alicia—. Vamos, esperaremos de pie en la puerta para ver lo que sucede. Mira, fíjate en eso. Es justo lo que no hay que hacer a la hora de despedirte de una hija.

Darrell miró hacia donde Alicia le indicaba, y vio a una niña de su misma edad, vestida también con el uniforme de la escuela, y con una larga cabellera que le cubría toda la espalda. Se agarraba con fuerza a su madre sollozando desconsoladamente.

—¡Lo que debería hacer esa madre es sonreír, darle una chocolatina y luego marcharse! —sentenció Alicia—. Con una hija así, no se puede hacer otra cosa. ¡Pobre niñita de mamá!

La madre estaba casi tan conmocionada como la hija, y las lágrimas mojaban también sus mejillas. La señorita Potts se acercó a ellas con paso decidido.

—Mira, ahí va Potty —observó Alicia.

Darrell se quedó atónita. ¡Potty! Menudo nombre para una tutora. Además, la señorita Potts no tenía pinta de chiflada. Para nada. No cabía duda de que estaba en sus cabales.

—Me llevo a Gwendoline —le dijo a la madre de la niña—. Es hora de subir al tren. No se preocupe, señora Lacey, enseguida se adaptará a la escuela.

Gwendoline parecía dispuesta a marcharse, pero su madre no la soltaba.

—¿Ves? —inquirió Alicia, soltando un resoplido—. ¿Quién ha convertido a Gwendoline en una mimada? ¡Su madre! Bueno, me alegro de que la mía sea una persona sensata. La tuya también parece simpática… Es alegre y muy agradable.

Darrell estuvo encantada de oír ese cumplido sobre su madre. Ambas niñas siguieron pendientes de la señorita Potts, que finalmente separó con firmeza a Gwendoline de su madre y acompañó a la niña hasta el vagón.

—¡Alicia, aquí tengo a otra! —le dijo, y Alicia ayudó a subir a Gwendoline al tren.

La madre de Gwendoline se había acercado también al vagón y, desde la puerta, le aconsejaba a su hija:

—Siéntate junto a la ventanilla, cariño. Y no te pongas de espaldas al sentido de la marcha. Ya sabes cuánto te mareas cuando lo haces. Y…

Otra niña subió entonces al vagón. Era menuda y fornida, con un rostro corriente y el cabello recogido hacia atrás con una trenza.

—¿Es este el vagón de la señorita Potts? —preguntó la niña.

—Sí —contestó Alicia—. ¿Eres la tercera niña nueva? ¿De la Torre Norte?

—Sí. Me llamo Sally Hope.

—¿Dónde está tu madre? —quiso saber Alicia—. Debería haberte entregado a la señorita Potts para que te tachara de la lista.

—Oh, mi madre no se ha molestado en acompañarme hasta aquí —repuso Sally—. He venido sola.

—¡Vaya! —exclamó Alicia—. Bueno, todas las madres son distintas. Algunas acompañan a sus hijas, sonríen y se despiden de ellas; otras vienen hasta aquí, lloran y se rasgan las vestiduras… y hay otras que ni siquiera aparecen.

—Alicia, ya está bien de cháchara —espetó la voz de la señorita Potts, que conocía de sobra la lengua incansable de la niña.

La señora Lacey pareció molestarse y, en lugar de seguir dándole instrucciones a su hija, miró a Alicia con expresión airada. Por suerte, el jefe de estación hizo sonar su silbato en ese preciso instante, y todas corrieron atropelladamente a ocupar sus asientos.

La señorita Potts subió al vagón con dos o tres niñas más, y la puerta se cerró tras ellas ruidosamente. La madre de Gwendoline miraba ansiosa en el interior del vagón, pero, en ese preciso instante, su hija estaba arrodillada en el suelo buscando algo que se le había caído.

—¿Dónde está Gwendoline? —gritó la mujer—. Tengo que despedirme de ella. ¿Dónde es…?

Pero el tren ya había arrancado. Gwendoline se sentó y se echó a llorar.

—¡No me he despedido de mi madre! —gimió.

—Pero ¿cuántas veces necesitas despedirte? —quiso saber Alicia—. ¡Lo has hecho unas veinte veces!

La señorita Potts observó a Gwendoline. Enseguida supo el tipo de niña que era: una hija única consentida, egoísta y difícil de tratar.

Su mirada se detuvo a continuación en la menuda y tranquila Sally Hope. Era una chiquilla curiosa, con su trenza tirante y su rostro remilgado y de expresión grave. Nadie había ido a despedirla. ¿Acaso eso la había afectado? La señorita Potts no alcanzaba a adivinarlo.

Finalmente se fijó en Darrell. Resultaba bastante fácil saber cómo era. Nunca escondía nada, y había dicho lo que pensaba, aunque no tan rotundamente como Alicia. «Una niña agradable, sincera y digna de confianza —pensó la señorita Potts—. Aunque me temo que también es algo traviesa. Diría que tiene la cabeza bien amueblada. ¡Esperemos que sepa usarla! ¡Puedo hacer grandes cosas con una niña como Darrell en la Torre Norte!».

Las niñas empezaron a hablar.

—¿Cómo es Torres de Malory? —preguntó Darrell—. He visto alguna foto, por supuesto. Parece enorme.

—Lo es. Y tiene unas vistas del mar increíbles —aseguró Alicia—. La construyeron junto a un acantilado, ¿sabes? Has estado de suerte: ¡la Torre Norte tiene las mejores vistas de toda la escuela!

—¿Cada torre tiene sus propias clases? —quiso saber Darrell.

—¡Oh, no! —respondió Alicia sacudiendo la cabeza—. Todas las niñas de todas las torres van a las mismas clases. Hay unas sesenta niñas en cada edificio. Pamela es la responsable del nuestro. ¡Es esa de ahí!

Pamela era una muchacha alta y de aspecto reposado que había subido al vagón acompañada de otra chica de su misma edad. Ambas parecían tener un trato muy amistoso con la señorita Potts, y hablaban animadamente con ella acerca de las actividades que se habían planeado para ese curso.

Alicia, otra niña llamada Tessie, Sally y Darrell también charlaban. Gwendoline permanecía sentada junto a la ventanilla con expresión amargada. Nadie le hacía el menor caso, ¡y no estaba acostumbrada!

Dejó escapar un sollozo y miró a las demás por el rabillo del ojo. La avispada Alicia la vio y esbozó una sonrisa.

—Es puro teatro —le susurró a Darrell—. Cuando alguien se siente realmente mal se aleja de los demás y trata de esconderse. No hagas caso de nuestra querida Gwendoline.

¡Pobre Gwendoline! No tenía ni idea de que la falta de compasión de Alicia era lo que más le convenía. Siempre había estado muy consentida, y la vida en Torres de Malory no iba a ser fácil para ella.

—¡Vamos, Gwendoline, anímate! —le instó la señorita Potts alegremente antes de seguir hablando con las muchachas más mayores.

—Estoy mareada —anunció Gwendoline por fin, decidida a ser el centro de atención y despertar la compasión de las demás.

—Pues no lo parece —le soltó Alicia con descaro—. ¿Verdad que no, señorita Potts? Yo siempre me pongo verde cuando me mareo.

¡Gwendoline habría dado cualquier cosa por estar mareada de verdad y poder darle así una lección a esa deslenguada de Alicia!

—¡De verdad que estoy mareada! —murmuró débilmente, apoyando la espalda en el respaldo de su asiento—. Oh, Dios mío, ¿qué voy a hacer?

—Espera un momento… Aquí tienes una bolsa de papel —dijo Alicia, extrayendo una muy grande de la suya—. Mi hermano Sam suele marearse cuando vamos en coche, así que mi madre siempre lleva alguna encima. A mí siempre me entra la risa cuando lo veo con la nariz allí metida. Pobre Sam…, me recuerda a un caballo con morral.

Nadie pudo contener la risa al oír el comentario de Alicia. Nadie excepto Gwendoline, que parecía más bien enfadada. Esa niña odiosa, riéndose a su costa otra vez. No le gustaba nada.

Después de eso, Gwendoline se quedó sentada en silencio y no hizo ningún otro intento para captar la atención de las demás. Le asustaba lo que Alicia pudiera decir.

Darrell, en cambio, miró a Alicia con agrado: le parecía muy divertida. ¡Cuánto le gustaría tenerla de amiga! ¡Cuánto se divertirían juntas!

cap-7

El viaje hasta Torres de Malory era largo, pero como el tren disponía de vagón-restaurante y se organizaron turnos para que las niñas pudieran ir a comer, el trayecto se hizo más corto. También tomaron el té en el tren. Al principio, las niñas no paraban de hablar, pero a medida que fue transcurriendo el día se fue imponiendo el silencio y algunas incluso se quedaron dormidas. ¡Era un viaje interminable!

Fue muy emocionante llegar a la estación de Torres de Malory. La escuela estaba a un par de kilómetros, y delante de la estación esperaban varios autocares que debían conducir a las niñas hasta el colegio.

—Vamos —apremió Alicia, agarrando a Darrell del brazo—. Si nos damos prisa, tal vez consigamos sentarnos en la parte delantera del autocar, junto al conductor.

Se encaramaron al coche a toda prisa y se instalaron en los asientos de delante. Las otras niñas fueron saliendo en grupos de dos y de tres, y el único mozo de la estación ayudó a los chóferes a cargar las múltiples maletas en los autocares.

—¿Puede verse Torres de Malory desde aquí? —preguntó Darrell mirando a su alrededor.

—No. Ya te avisaré cuando esté a la vista. Aparece de repente después de una curva —anticipó Alicia.

—Sí, me encanta esa visión inesperada —coincidió Pamela, la reposada responsable de la Torre Norte, que había subido al autocar justo detrás de Alicia y Darrell. Le brillaban los ojos mientras hablaba—. Desde esa curva se disfruta de la imagen más hermosa de Torres de Malory, especialmente cuando el sol está detrás.

Darrell percibió el afecto con que Pamela hablaba de su querida escuela. Estuvo observándola durante unos instantes: le caía bien.

Pamela la sorprendió mirándola y le dijo con una sonrisa:

—Tienes suerte, Darrell. ¡Estás a punto de empezar en Torres de Malory! Te quedan un montón de cursos por delante. Yo ya estoy terminando. Un curso más o dos, y ya no podré volver… Salvo como antigua alumna. Aprovéchalo al máximo mientras puedas.

—Lo haré —aseguró Darrell, y miró al frente, esperando a que apareciera la primera imagen de la escuela donde estudiaría los próximos seis años.

Tomaron una curva.

—Ahí está, ¡mira! —exclamó Alicia, dándole con el codo—. Ahí, ¡en esa colina! El mar está detrás, justo al pie del acantilado, pero, claro, desde aquí no puede verse.

Darrell aguzó la mirada. Vio un edificio enorme, de piedra gris y planta cuadrada, asentado en lo alto de una colina que, en realidad, era un acantilado que caía en vertical hacia el mar. A cada extremo del elegante edificio se levantaba una torre de planta circular. En la parte de atrás, Darrell distinguió dos torres más, que sumaban un total de cuatro. Torre Norte, Sur, Este y Oeste.

El sol se reflejaba en las ventanas, y la enredadera verde que cubría parte de los muros alcanzaba el tejado en algunos puntos. Parecía un viejo castillo.

«¡Mi escuela! —pensó Darrell, y una sensación de calidez se apoderó de su corazón—. Qué bien. Soy tan afortunada de poder estudiar en Torres de Malory durante tantos años… Estoy segura de que me encantará».

—¿Te gusta? —preguntó Alicia con impaciencia.

—Sí, mucho —respondió Darrell—. Pero nunca sabré cómo salir de ahí. ¡Es tan grande!

—Oh, ya te enseñaré —la tranquilizó Alicia—. Es sorprendente lo rápido que se aprende a moverse por allí.

El autocar tomó otra curva y Torres de Malory desapareció de la vista de todas. Volvieron a ver la escuela más de cerca en la siguiente curva, y ya no hubo que esperar mucho para que los autocares avanzaran rugiendo por el empinado tramo que culminaba en la escalera de la puerta principal.

—¡Es como la entrada de un castillo! —exclamó Darrell.

—Sí —coincidió Gwendoline, inesperadamente, detrás de ellas. Y, echándose su rubia cabellera hacia atrás, añadió—: ¡Me sentiré como una princesa subiendo estos escalones!

—¡No lo dudo! —le espetó Alicia con desdén—. Pero pronto se te quitarán estas tonterías de la cabeza cuando tengas que vértelas con Potty.

Darrell bajó del autocar e inmediatamente se perdió entre una multitud de niñas que avanzaban como un enjambre por la escalera. Miró a su alrededor tratando de localizar a Alicia, pero al parecer había desaparecido. Así que siguió subiendo los escalones agarrando con fuerza su bolsa y su raqueta, y sintiéndose perdida y sola entre esa bulliciosa aglomeración de niñas. ¡Estaba aterrorizada sin Alicia!

Después de eso todo fue algo confuso. Darrell no sabía adónde ir, ni tampoco qué hacer. Buscó en vano a Alicia, o a Pamela, la representante de la Torre Norte. ¿Acaso debía ir directamente hacia allí? ¡Todo el mundo parecía saber muy bien qué hacer y adónde ir, excepto la pobre Darrell!

Entonces vio a la señorita Potts y de pronto se sintió aliviada. Subió apresuradamente la escalera y la señorita Potts miró hacia abajo, sonriendo.

—Hola, ¿estás perdida? ¿Dónde está esa granujilla de Alicia? Se suponía que debía cuidar de ti. Todas las niñas de la Torre Norte deben dirigirse hacia allí y deshacer sus bolsas de mano. La directora os espera a todas.

Darrell no tenía ni idea de cómo llegar a la Torre Norte, así que se quedó de pie ante la señorita Potts, esperando. Enseguida llegó Alicia, acompañada de un grupo de niñas.

—¡Hola! —le dijo a Darrell—. Te había perdido. Estas niñas están en nuestro curso, pero de momento no te diré sus nombres para que no te líes. Algunas son de la Torre Norte, pero otras se alojan en las demás residencias. Vamos, tenemos que llegar a la nuestra y, luego, ir a ver a la directora. ¿Dónde está nuestra querida Gwendoline?

—Alicia —la atajó la señorita Potts con voz severa y mirada brillante—. ¡Dale una oportunidad a Gwendoline!

—¿Y Sally Hope? ¿Dónde está? —preguntó Alicia, mirando a ambos lados—. Ah, estás aquí. Vamos, Sally. ¡Está bien, señorita Potts, las llevaré a la Torre Norte y cuidaré de ellas!

Sally, Gwendoline y Darrell siguieron a Alicia. Entraron en un espacioso vestíbulo, con puertas a ambos lados y una amplia escalera que ascendía describiendo una gran curva.

—En esta parte del edificio se encuentran la sala de actos, el gimnasio, el laboratorio, la sala de arte y la sala de costura —dijo Alicia—. Seguidme, llegaremos a la torre cruzando el Patio.

Darrell se preguntó qué debía de ser ese Patio. No tardó en descubrirlo. Torres de Malory estaba construido alrededor de un espacio rectangular llamado el Patio. Alicia las condujo a todas afuera por una puerta situada justo enfrente de la que habían empleado para entrar, y salieron al Patio, totalmente encajado en el conjunto de las cuatro residencias.

—¡Este lugar es precioso! —exclamó Darrell—. ¿Qué es eso que hay en medio?

Darrell señaló un círculo de césped situado por debajo del nivel del Patio. Alrededor del perfil inclinado del círculo había asientos de piedra. Parecía un circo al aire libre, con la arena hundida y los asientos de piedra dispuestos alrededor, pensó Darrell.

—Aquí es donde hacemos las representaciones en verano —explicó Alicia—. Las actrices se colocan en el círculo y el público se acomoda en los asientos de piedra. Es muy divertido.

Alrededor del círculo, al nivel del Patio, se extendía un jardín muy hermoso, cubierto de rosas y flores de todo tipo. Entre los macizos destacaba el verde brillante del césped, que los jardineros aún tenían que cortar.

—Aquí no hace frío… Es como un refugio —observó Darrell.

—En verano hace demasiado calor —repuso Alicia, conduciéndolas a todas al otro extremo del patio—. Pero ¡tendríais que verlo en Pascua! En enero, después de pasar las Navidades en nuestras casas, que a menudo están cubiertas de escarcha y hielo, nos encontramos el Patio lleno de campanillas blancas, acónitos y prímulas. Es precioso. ¿Lo veis?, fijaos en esos tulipanes: ya han empezado a florecer, ¡y aún estamos en abril!

A cada extremo del espacio vacío enmarcado por los edificios había una torre. Alicia se dirigía a la Torre Norte, que era exactamente igual a las otras tres. Darrell se quedó contemplándola unos instantes: tenía cuatro pisos de altura.

—En la planta baja están nuestro comedor, las salas comunitarias donde vamos cuando no estamos en clase, y las cocinas —explicó Alicia tras detenerse a pocos pasos de la torre—. Nuestros dormitorios se encuentran en el segundo piso. En el tercero hay más dormitorios, y en el último piso están las habitaciones del personal y los trasteros donde se guardan nuestras maletas.

—Y supongo que en cada torre debe de haber lo mismo —dijo Darrell, contemplando la parte alta de la Torre Norte—. Me gustaría dormir arriba del todo, en la mismísima torre. ¡Menudas vistas deben de haber!

Las niñas entraban y salían por la puerta abierta al pie de la Torre Norte.

—¡Date prisa! —le gritaron a Alicia—. Servirán la cena dentro de unos minutos… Y, a juzgar por cómo huele, será para chuparse los dedos.

—El día en que llegamos siempre nos preparan una cena deliciosa y abundante —explicó Alicia—. Después ya no es tan espléndida. Chocolate y galletas, o algo por el estilo. Vamos, la directora nos espera.

Cada torre tenía su propia gobernanta, responsable del bienestar y la salud de las niñas. La de la Torre Norte era una mujer rellenita y decidida, que llevaba un delantal almidonado y un vestido estampado e impoluto.

Alicia condujo a las niñas nuevas hasta la gobernanta.

—¡Tres más a las que tendrá que medicar, regañar y perseguir! —exclamó Alicia con una sonrisa.

Darrell miró a la gobernanta, que repasaba con el ceño fruncido la larga lista que sostenía en la mano. Llevaba el pelo recogido en un moño. Su aspecto era tan pulcro que Darrell se sintió sucia y desmañada. Le inspiraba mucho respeto. ¡Ojalá no tuviera que obligarla a tomar medicinas amargas demasiado a menudo!

La gobernanta levantó la mirada de su lista con una sonrisa y, de pronto, todos los temores de Darrell se desvanecieron. No podía tener miedo de una persona que sonreía así, con los ojos, la boca ¡e incluso con la nariz!

—Veamos… Tú eres Darrell Rivers —dijo la gobernanta, haciendo una marca junto a su nombre—. ¿Has traído el certificado médico? Dámelo, por favor. Y tú eres Sally Hope.

—No, yo soy Gwendoline Mary Lacey —corrigió Gwendoline.

—Y no olvide el Mary —puntualizó Alicia con impertinencia—. Querida Gwendoline Mary.

—Ya está bien, Alicia —la amonestó la gobernanta, marcando su nombre en la lista—. Eres tan mala como solía serlo tu madre. No, creo que aún eres peor.

Alicia sonrió.

—Mi madre estudió en Torres de Malory cuando era niña —explicó a las demás—. También estaba en la Torre Norte, y la gobernanta la tuvo durante años. Le manda muchos recuerdos, gobernanta. Dice que desearía enviarle también a todos mis hermanos. Está convencida de que es usted la única persona capaz de manejarlos.

—Si se parecen a ti, me alegro de no tenerlos aquí —replicó la gobernanta—. Con un miembro de la familia Johns ya tengo bastante. Tu madre consiguió que me salieran algunas canas, y tú has contribuido a añadir unas pocas más.

Volvió a sonreír. La gobernanta tenía un rostro sabio y amable, y todas las niñas que caían enfermas se sentían a salvo bajo sus cuidados. Pero ¡ay de las cuentistas, las perezosas o las descuidadas! ¡Con ellas la sonrisa de la gobernanta desaparecía, su rostro se ensombrecía y sus ojos echaban chispas!

El sonido de un gong resonó por toda la Torre Norte.

—La cena —informó la gobernanta—. Ya desharéis el equipaje luego, Alicia. Vuestro tren ha llegado con retraso y debéis de estar muy cansadas. Hoy todas las alumnas de primer curso deben acostarse inmediatamente después de cenar.

—¡Oh, gobernanta! —empezó a protestar Alicia—. ¿No podemos quedarnos aunque solo sean diez minutos después de…?

—He dicho inmediatamente, Alicia —repitió la gobernanta—. Vamos. Lavaos las manos enseguida e id abajo. ¡Daos prisa!

Y, al cabo de cinco minutos, Alicia y las otras niñas estaban sentadas en el comedor, disfrutando de una cena deliciosa. Tenían mucha hambre. Darrell echó un vistazo a las mesas que había a su alrededor. ¡Estaba segura de que nunca llegaría a conocer a todas las niñas de su edificio! Y estaba convencida de que nunca se atrevería a unirse a sus risas y sus charlas.

Pero, por supuesto, lo haría, ¡y muy pronto!