1
MALENA
Malena oyó unos pasos que se acercaban por el pasillo y corrió a esconderse en el lavabo más cercano. El espacio era tan estrecho que tuvo que bajar la tapa y sentarse sobre la taza. Era muy agobiante, la puerta pintarrajeada y con la pintura desconchada casi le aplastaba la nariz.
Aguantó la respiración mientras escuchaba. Unas chicas de segundo habían entrado en el baño armando jaleo. Charlaban por los codos, reían por naderías y gritaban alocadas. Aquello parecía un gallinero.
Malena aprovechó el momento en que pusieron en marcha el secador de manos para desenvolver su bocata. El crujido del papel de plata arrugado quedó ahogado por el zumbido del aparato de aire caliente y los chillidos histéricos de las chicas de segundo.
Hacía relativamente poco que Malena había perdido su santuario: el lavabo de minusválidos del segundo piso. Era un pequeño paraíso, limpio, amplio y luminoso que utilizaba para refugiarse de los popus durante el patio. Pero desde que Miriam, la única paralítica de verdad del instituto, la pilló saliendo de su lavabo y montó un pollo, perdió su pequeño refugio. Ni que decir tiene que Malena intentó negociar con ella y hacerle comprender que tener acceso al lavabo de minusválidos, en su caso, era una cuestión de vida o muerte. Pero Miriam la acusó de ser una privilegiada con dos piernas y se ganó el favor de sus compañeros. «Malena le ha chorizado el váter a Miriam», «hay que ser rastrera para joder a una minusválida». Y de un día para otro, la opinión pública se dio la vuelta y Malena pasó de ser una pringada, víctima de los popus, a una privilegiada que se aprovechaba de los pobres paralíticos. ¡Qué injusticia!
Llegados a ese punto ya no le importaba lo que pensaran los cobardes de sus compañeros, pero le dolía un montón haber perdido su lugar seguro. Así es como lo llamaba la psicóloga que sus padres la obligaban a visitar los martes para solucionar sus problemas de autoestima.
Malena dio un buen mordisco al bocadillo. ¡Ella no tenía problemas de autoestima! Más o menos como cualquier chica adolescente con algún kilillo de más. Había nacido regordeta y lo tenía asumido. Lo cierto es que nunca le había ocasionado ningún problema hasta que su grasa empezó a molestar a Lara y a sus guardaespaldas: Miguel y Raúl, el trío de popus del instituto. Desde el momento en el que a Lara se le cruzaron los cables y la llamó gorda, Malena se quedó sin amigos y sin patio. Pasaba los ratos libres escondida en el váter, sola, y contando los minutos que faltaban para que sonara el timbre de regreso al aula.
Las chicas de segundo salieron del lavabo y Malena masticó aburrida el bocadillo de pavo light, sin sal y sin aceite, que le había preparado su madre para ayudarla a hacer régimen. Bastante se desgañitó protestando el día que su madre, tras una reunión con dirección por los «problemas de adaptación de Malena», le anunció que la pondría a dieta. Ella no quería hacer dieta, ni siquiera quería adelgazar, y le daba rabia, mucha rabia, que la obligaran a las dos cosas. Su problema no era estar gorda, era que los popus la hubieran elegido como chivo expiatorio y aprovecharan cualquier excusa para martirizarla. Aún peor, que su madre la tuviera a régimen la hacía sentir culpable de aquella situación, como si estar gorda fuera una ofensa que justificara sus burlas.
Leyó los grafitis que había en la puerta que casi le aplastaba la nariz y se atragantó con el pan. Alguien había escrito «MALENA BALLENA» en letras mayúsculas. Y, justo al lado, había dibujado un intento de ballena hecho con tan poca gracia que parecía una castaña. Pero, aunque fuera una chapuza, sirvió al propósito de hacerle daño. Sintió un puñetazo en la autoestima que tanto dinero costaba a sus padres.
—¡Toc, toc, toc!
Alguien picaba con insistencia en la puerta. Malena levantó las piernas del suelo y se encaramó rápidamente sobre la taza para fingir que el cubículo estaba vacío, pero no fue lo bastante veloz.
—¡Te he visto! Sal ahora mismo —la increpó la severa voz del profe de pasillo—. ¿Estás fumando?
Desde que habían pillado a unas chicas de bachillerato fumando en el lavabo durante la hora del recreo, los profes se habían obsesionado con los cigarrillos y obligaban a los alumnos a bajar al patio para tenerlos controlados.
Malena, resignada, abrió la puerta y salió con la cabeza gacha.
Javi, el profe de guardia de pasillo, entró detrás de ella y olió el baño con la insistencia de un perro policía que busca droga. Algo decepcionado, admitió que era inocente.
—Venga, al patio, a tomar el aire —le indicó magnánimo, como si le estuviera haciendo un favor.
La despidió con una sonrisa. Seguro que se sentía compasivo por no castigarla, pese a la infracción, y liberarla sin reservas. Pero Malena habría preferido el castigo, porque Javi no la estaba liberando, la estaba lanzando de cabeza a la jaula de los leones.
Nada más salir al pasillo, sonó el timbre y le pareció música celestial. Se llenó los pulmones de oxígeno para celebrarlo. Había sobrevivido una mañana más y, si se apresuraba, tendría tiempo de llegar al aula antes de que la pillaran los bullies.
Aquel día, sin embargo, su moneda de la suerte se empeñaba en caer de la cara equivocada. Cuando apenas le quedaban unos pasos para entrar en zona segura, el trío maldito apareció al fondo del pasillo. Lo primero que vio fueron los reflejos dorados de la melena rubia y perfecta de Lara.
Lara, o Dulce Lara, como se llamaba en su canal de YouTube, era casi una celebrity y tenía una legión de fans que la idolatraban y la esperaban a la salida del instituto para hacerse selfis con ella. Aunque de «dulce» no tenía nada: Dulce Lara era cruel, ególatra y déspota.
El noviete de Lara, un guaperas pretencioso que se llamaba Miguel, y la bestia analfabeta de su mejor amigo, Raúl, la seguían unos pasos atrás, como si fueran sus guardaespaldas.
Malena pensó en dar media vuelta y echar a correr para evitar el encontronazo, pero ya era tarde para eso. Lara la había visto y esbozaba aquella media sonrisa malévola que significaba que maquinaba algo. Malena se quedó paralizada esperando que el destino la arrollara como un camión sin frenos conducido por un borracho. Sabía que el tortazo sería épico, pero no tuvo más remedio que encararlo con valentía.
—¡Oh! Pero ¿a quién tenemos aquí? —dijo Lara.
Ya estaban muy cerca, casi los tenía encima. Malena cerró los ojos y apretó los puños con fuerza esperando lo peor. Contó en silencio. Uno… dos… tres… Pero… no pasó nada.
Sorprendentemente, los popus pasaron de largo por su lado, ignorándola, como si no estuviera allí. Eso le hizo dudar unos instantes. ¿Se había vuelto invisible?
—¡Si es Alejo Pendejo! —exclamó el bestia de Raúl.
Malena se volvió intrigada y entendió su error. No era que ella fuera invisible, sino que alguien la había eclipsado. Una nueva víctima fresca que a los bullies les parecía aún más golosa: el chico nuevo que se había incorporado hacía apenas unas semanas.
—¿Este es tu móvil? ¿Me lo dejas? —saltó Miguel.
Antes de que Alejo llegara a abrir la boca, Miguel le quitó el teléfono y empezó a leer sus mensajes con voz teatral y ademanes burlones.
—¡Alejo, cariño, te he dejado el desayuno preparado y una chaqueta para que no cojas frío, abrígate!
Alejo, rojo como un tomate, quiso recuperar el móvil, pero Miguel, que le sacaba una cabeza, levantó el brazo de tal manera que Alejo tuvo que dar unos saltitos ridículos para intentar alcanzarlo, sin éxito. Esto hizo mucha gracia al trío de popus, que celebraron la ocurrencia de Miguel.
—Qué mono el Pendejo, su mamá le pide que se abrigue el pellejo —se burló Lara improvisando una rima.
Lara era muy retorcida y tenía una habilidad especial para insultar de manera creativa. Las rimas y los apodos se le ocurrían con una naturalidad pasmosa. Ella era la creadora del rimbombante apodo Malena Ballena y seguro que también se había inventado el pareado de Alejo Pendejo.
Malena se avergonzó al reconocer que se sentía bien, puesto que ya no era la cabeza de turco de los bullies. Era una chica normal… Era libre…
Aunque no conseguía entender por qué motivo habían escogido a Alejo para sustituirla. No se lo merecía. Claro que ella tampoco, pero asumía que ser gorda era una anomalía que excitaba alguna neurona averiada de los maltratadores.
En cambio, en el caso de Alejo no había nada que pudiera explicar aquel repentino odio. De hecho, en una realidad paralela, Alejo habría podido ser un popu igual que ellos. Era guapo, fuerte, deportista, simpático y buen estudiante.
—¿Cómo estás? —le preguntó una voz amable a sus espaldas.
Malena apartó temporalmente la mirada del espectáculo. Paula la observaba preocupada con sus ojos castaños y enormes muy abiertos.
—Estoy bien… —la tranquilizó enseguida—. Hoy no me han dicho nada, me han dejado en paz.
—Ya tocaba… —se quejó Paula.
Paula había sido la mejor amiga de Lara desde su infancia, pero no tenían nada en común. Paula era educada, afectuosa y… normal. También se relacionaba con todo el mundo sin reservas, incluso con las víctimas de su amiga, como ella misma, Malena Ballena. Sin embargo, no acababa de romper con Lara. Nadie entendía esa extraña relación entre Paula y los popus. Malena le preguntó una vez si eran amigas o no, pero Paula se encogió de hombros, con esa sencillez que la caracterizaba, y se escabulló diciendo que no era fácil responder y que Lara no era lo que parecía.
A Malena la respuesta de Paula le pareció obvia, de hecho no había ningún adolescente en la ciudad que fuera como parecía. Todos actuaban y escondían sus inseguridades. Pero el problema de Lara no era que no fuera lo que parecía ser, sino lo que hacía. Y aunque, a veces, cuando la situación se desmadraba, Paula intervenía, normalmente prefería quedarse al margen. A juicio de Malena eso la convertía en cómplice.
A pesar de todo, Paula le caía bien. Era de esas personas que caían bien a todo el mundo y que nunca había tenido ningún conflicto con nadie. Escuchaba, sonreía e invitaba a abrir los corazones y hacerle confidencias.
—Ha sido muy raro, esperaba que me la liasen, para variar, pero han pasado de largo… como si fuera invisible, ¿sabes?
—Sí, Lara tiene que ir cambiando de víctima, si no, se aburre.
—Hoy he vuelto a nacer.
—Me alegro por ti.
—Yo más, claro, pero lo siento por el nuevo.
—Alejo —suspiró Paula conmovida—, pobre Alejo…
2
ALEJO
Tres meses después
Alejo llevaba mucho rato bajo la ducha del vestuario, demasiado. Lo notaba por los dedos de las manos que se le habían arrugado como pasas. Ya se había limpiado el sudor y la suciedad de la clase de educación física, pero había dejado correr el agua con la esperanza de que, al salir de la ducha, Miguel y Raúl ya no estuvieran en el vestuario. Era la última carta que podía jugar: esconderse. Tenía muy claro que nadie le defendería ante el ataque que, como todos los días, los bullies le habían preparado. No tenía ningún aliado.
Alejo no lo entendía. ¿Por qué él? No se lo había buscado, tampoco era torpe ni tenía problemas para relacionarse. Hasta tercero de la ESO sacaba buenas notas, tenía amigos y era un chico deportista. Pero todo cambió en otoño, cuando a su madre la destinaron a una oficina bancaria en otra ciudad. De un día para otro el mundo se puso del revés y él se vio obligado a adaptarse —sí o sí— a un instituto nuevo, a una casa nueva e, incluso, a un nombre nuevo: Alejo Pendejo.
Esa era la cantinela que lo recibía cada mañana al llegar al instituto y le daba la bienvenida al infierno. Esa era la música que le acompañaba por el pasillo entre clase y clase y que le despedía al regresar a casa. La banda sonora de su nueva vida.
El apodo Pendejo se lo había inventado Lara, la chica más popular del instituto, y enseguida su noviete, Miguel, y su mejor amigo, el gorila de Raúl, le habían seguido el rollo y habían llevado la broma a otro nivel: le habían dejado mensajes en su teléfono y habían hecho pintadas en los muros del instituto. Y una vez que el trío de popus lo convirtió en su cabeza de turco, el colegio en pleno se sumó. Tres meses después, todos le conocían como Pendejo. Nadie sabía su nombre real.
Bueno, nadie excepto Paula.
Paula no se dejaba arrastrar por lo que hacía la mayoría, era una chica independiente y especial. Era la única de su clase que le llamaba por su nombre. «Hola, Alejo», le saludaba. Y lo decía pronunciando la jota con una musicalidad que le ponía la piel de gallina y le cosquilleaba el vientre.
Paula le gustaba mucho. Le gustaba cómo lo miraba, cómo mordisqueaba el boli cuando no entendía los problemas de mates, cómo nunca cerraba por completo la mochila y siempre estaba a punto de perder los libros, y cómo pronunciaba todas y cada una de las letras de su nombre.
Al salir de la ducha, sin toalla puesto que no la encontraba, miró a ambos lados y respiró aliviado. Su plan había funcionado. Miguel y Raúl ya no estaban, habían salido del vestuario antes que nadie. Y precisamente por eso dudó. Era sospechoso que fueran los primeros en desaparecer. De repente, se dio cuenta de que el resto de los compañeros le miraban expectantes, sin perderlo de vista, con muecas burlonas… ¿Qué estaba pasando? Lo descubrió horrorizado tan pronto como llegó a los colgadores. No había ni rastro de su ropa ni su toalla. Sus compañeros no aguantaron más y, al ver su cara de desconcierto, estallaron a reír escandalosamente. Alejo ató cabos. Miguel y Raúl no estaban porque habían huido con su ropa y lo habían dejado en pelotas.
¡No, no, no, no podía ser verdad! Tenía que ser una pesadilla. Una pesadilla nada original, por cierto. Era un cliché absoluto de pesadilla que el propio Alejo había soñado un montón de veces desde pequeño.
Se pellizcó hasta que gritó de dolor, algo que hizo reír aún más a sus compañeros. Era real. Desesperado, les interpeló con la esperanza de que se solidarizaran con él.
—¿Alguien me puede dejar alguna prenda de ropa? Lo que sea, una chaqueta o unos calzoncillos o…
Los muy cobardes agacharon la cabeza y apartaron la mirada. Nadie se atrevería nunca a interferir en una broma de los popus. Su reinado de terror era implacable y los tenían a todos amedrentados.
Alejo renegó, decepcionado, y agarró la única prenda que habían olvidado robarle: un gorro con visera minúscula que había utilizado para jugar a béisbol.
Se cubrió torpemente y salió del vestuario con el culo al aire. Antes de cerrar la puerta, sin embargo, dedicó un «cobardes» sonoro a sus compañeros de clase y se quedó a gusto.
La satisfacción le duró poco, en el pasillo había una muchedumbre de alumnos mirones de todos los cursos señalándole y haciendo burla. Los sádicos de Miguel y Raúl no se habían contentado con mangarle la ropa y obligarle a salir desnudo, no, lo habían proclamado a gritos para que todo el instituto fuera testigo de su humillación.
Los distinguió en primera fila, partiéndose de risa. Raúl le señaló divertido y gritó: «¡Al Pendejo se le ve el pellejo!».
A Alejo le pareció una consigna de lo más idiota que debía de ser cosecha propia del burro de Raúl. Pero al resto de los alumnos les pareció genial y empezaron a repetir la cantinela. Pronto se vio rodeado de voces que cantaban «¡Al Pendejo se le ve el pellejo! ¡Al Pendejo se le ve el pellejo!».
Alejo, rojo de vergüenza y de rabia, avanzó humillado entre el gentío y vio a Dulce Lara que, en vez de cantar y señalarlo, hacía una mueca similar a una sonrisa de suficiencia. Ella lo había maquinado, obvio. Como siempre, Lara mandaba y sus guardaespaldas obedecían. La detestaba.
Mirara donde mirara, solo veía dedos señalándolo, bocas abiertas esbozando carcajadas grotescas y ojos pequeños y crueles de lameculos. De pronto, entre el griterío oyó una voz que decía claramente su nombre: ¡Alejo! Levantó la vista y la vio. Paula, su Paula, le sonreía y le invitaba a acercarse a ella, mientras se quitaba el jersey y se lo ofrecía. Se acercó, confiado, y dejó que Paula, desafiando a Lara, le atara el jersey a la cintura, como si fuera una falda.
El espectáculo se acabó ahí y Alejo respiró agradecido. Los estudiantes, decepcionados por el desenlace, empezaron a retirarse, pero Paula continuó a su lado en silencio, para dejar patente que ella no tenía miedo a nadie y que era su amiga.
Alejo sintió el deseo de besarla, pero no quiso hacer el ridículo. Medio desnudo y con el jersey atado a la cintura, el beso a Paula habría sido patético. Respiró profundamente. Tardaría siglos en conseguir olvidar aquel día traumático.
—Lo siento mucho —musitó Paula, con los ojos llorosos—. Si esperas en el baño te traigo un chándal mío y así puedes volver a casa. Quizá te quede pequeño…
Se la veía muy afectada y Alejo se apresuró a tranquilizarla.
—Muchísimas gracias, pero no es culpa tuya. ¡En absoluto! Tú eres la única que me ha ayudado.
Paula sonrió agradecida, aunque no se relajó.
—Han ido demasiado lejos, hace mucho que dura y tú… no te lo mereces, Alejo.
A Alejo se le erizó el vello de la nuca al oír cómo Paula pronunciaba su nombre. Por si acaso, le quitó importancia, tampoco quería que ella pensara que era un llorón.
—No pasa nada, ya se cansarán.
Paula suspiró y le sonrió antes de ir a por su ropa de deporte. Alejo se sintió repentinamente huérfano. Sin Paula hacía frío. ¿Estaba enamorado?