Soul Music (Mundodisco 16)

Terry Pratchett

Fragmento

Soul music

¿Dónde terminar?

Una noche oscura de tormenta. Un carruaje, ya sin caballos, choca contra la precaria valla, que se revela inútil, y cae desfiladero abajo. Ni siquiera llega a chocar con un saliente rocoso antes de estrellarse en el cauce seco del río que hay al fondo y estallar en mil pedazos.

La señorita Trasero removió nerviosamente las redacciones.

Había una de la niña de seis años: «Lo Que Icimos En Nuestras Bacaciones: Lo que ice en mis bacaciones fue que me quedé con mi abuelo él tiene un henorme cavallo blanco y un jardín todo negro. Comimos uevo y patatas fritas».

Entonces prende el aceite de los fanales del carruaje y tiene lugar una segunda explosión, de la cual sale rodando —porque existen ciertas convenciones, incluso en la tragedia— una rueda en llamas.

Y otra hoja de papel, un dibujo hecho a la edad de siete años.

Todo en negro. La señorita Trasero tomó aire. No se trataba de que la niña solo hubiera podido utilizar lápiz negro. El Colegio de Quirm para Jóvenes Damas contaba de hecho con lápices muy caros de todos los colores.

Y luego, después de que la última ascua se extinga con un chisporroteo, llega el silencio.

Y el observador.

Que se vuelve y le dice a alguien en la oscuridad:

SÍ. YO HABRÍA PODIDO HACER ALGO.

Y se aleja al galope.

La señorita Trasero volvió a rebuscar entre los papeles. Se sentía distraída y nerviosa, una sensación común a cualquier persona que tuviera mucho que ver con aquella jovencita. Normalmente el papel la hacía sentirse mejor. Era más fiable.

Luego había estado la cuestión del... accidente.

La señorita Trasero ya había dado noticias de ese tipo con anterioridad. Era uno de los riesgos ocasionales a los que se exponía todo aquel que dirigiera un gran internado. Los padres de muchas de las chicas solían estar lejos ocupándose de negocios de una u otra clase, y a veces se trataba de la clase de negocio en la que las posibilidades de obtener una rica recompensa van de la mano con los riesgos de terminar conociendo a hombres poco comprensivos.

La señorita Trasero sabía cómo manejar aquellas situaciones.

Resultaba doloroso, pero la cosa seguía un curso. Había conmoción y lágrimas, y luego, finalmente, todo cesaba. Las personas tenían maneras de afrontarlo. Había una especie de guión incorporado a la mente humana. La vida seguía.

Pero la niña se había limitado a permanecer inmóvil en su asiento. Lo que realmente asustó a la señorita Trasero fue la cortesía. La señorita Trasero no carecía de sentimientos, a pesar de que llevaran toda una vida secándose poco a poco en el horno de la educación, pero era muy concienzuda y opinaba que todo tenía que hacerse como es debido; creía saber cómo hubiese debido ir una cosa así y se sintió vagamente irritada al ver que no iba como debiera.

—Ejem... Si quieres estar sola, llorar un poco... —había sugerido, en un esfuerzo por conseguir que las cosas empezaran a seguir el curso apropiado.

—¿Eso ayudaría en algo? —había preguntado Susan.

Habría ayudado a la señorita Trasero.

Lo único que consiguió decir fue:

—Me pregunto si, quizá, has llegado a entender del todo lo que te he dicho.

La jovencita había mirado el techo como si estuviera tratando de resolver un problema difícil de álgebra y luego había dicho:

—Espero que llegaré a entenderlo.

Era como si ya lo hubiera sabido y de alguna manera lo hubiese afrontado. La señorita Trasero había pedido a las profesoras que no perdieran de vista a Susan. Ellas le habían comentado que no iba a ser fácil, porque...

En la puerta del despacho de la señorita Trasero sonó un golpe vacilante, como si quien llamaba prefiriese que no le oyeran. La señorita Trasero volvió al presente.

—Adelante —dijo.

La puerta se abrió.

Susan nunca hacía el menor ruido. Todo el cuadro académico lo había notado. Era extraño, decían. Siempre la tenías delante cuando menos te lo esperabas.

—Ah, Susan —dijo la señorita Trasero, con una tensa sonrisa correteándole por la cara como una garrapata nerviosa sobre una oveja preocupada—. Ten la bondad de sentarte.

—Claro, señorita Trasero.

La señorita Trasero removió los papeles.

—Susan...

—¿Sí, señorita Trasero?

—Lamento tener que decir que al parecer se te ha vuelto a echar de menos en las clases.

—No la entiendo, señorita Trasero.

La directora de la escuela se inclinó hacia delante. Se sentía vagamente disgustada consigo misma, pero... había algo como muy antipático en aquella jovencita. Era brillante en todas las materias que le gustaban, claro está, y ahí estaba el problema: Susan era brillante de la misma manera en que lo es un diamante, todo frialdad y aristas cortantes.

—¿Lo has estado... haciendo? —preguntó la señorita Trasero—. Prometiste que ibas a poner fin a todas esas tonterías.

—¿Señorita Trasero?

—Has estado haciéndote invisible otra vez, ¿verdad?

Susan se ruborizó. La señorita Trasero, si bien de una manera bastante menos sonrosada, hizo lo mismo. Bueno, pensó, esto es ridículo. Va contra toda lógica. Es... oh, no...

Volvió la cabeza y cerró los ojos.

—¿Sí, señorita Trasero? —preguntó Susan, justo antes de que la señorita Trasero dijera: «¿Susan?».

La señorita Trasero se estremeció. Aquello era otra cosa que había mencionado el profesorado. A veces Susan respondía a las preguntas justo antes de que se las formularan...

Hizo acopio de valor.

—Sigues sentada ahí, ¿verdad?

—Claro, señorita Trasero.

Ridículo.

No era invisibilidad, se dijo. Susan simplemente hace que su presencia pase inadvertida. Ella... quien...

Se concentró. Se había escrito un pequeño recordatorio precisamente en previsión de aquella eventualidad, y lo tenía sujeto al expediente con un clip.

Leyó: «Estás entrevistando a Susan Sto Helit. Procura no olvidarlo».

—¿Susan? —se aventuró a decir.

—¿Sí, señorita Trasero?

Si la señorita Trasero se concentraba, entonces Susan estaba sentada delante de ella. Si hacía un esfuerzo, podía oír la voz de la jovencita. Lo único que debía hacer era luchar contra una acuciante tendencia a creer que estaba sola.

—Me temo que la señorita Pepinal y la señorita Gruevos se han quejado —se las arregló para decir finalmente.

—Yo siempre estoy en clase, señorita Trasero.

—Sí, supongo que así es. La señorita Traidor y la señorita Sello dicen que te ven allí continuamente. —Había habido algunas discusiones entre el profesorado acerca de ello—. ¿Eso es porque te gustan la lógica y las matemáticas y en cambio no te gustan la lengua y la historia?

La señorita Trasero se concentró. Era imposible que la jovencita hubiera salido de la habitación. Si forzaba su mente al máximo, podía captar el eco de una voz diciendo: «No sé, señorita Trasero».

—Susan, te aseguro que resulta de lo más molesto cuando...

La señorita Trasero se calló. Recorrió el estudio con la mirada y luego contempló una nota sujeta con un clip a los papeles que tenía delante. Pareció leerla; luego puso cara de perplejidad durante un instante y, acto seguido, hizo una bola con ella y la dejó caer dentro de la papelera. Cogió una pluma estilográfica, se quedó mirando al vacío un momento y después centró su atención en los libros de contabilidad de la escuela.

Susan esperó con cortesía durante un rato, y luego se levantó y se fue tan silenciosamente como le era posible.

Ciertas cosas tienen que ocurrir antes que otras cosas. Los dioses juegan partidas con los destinos de los hombres. Pero antes han de colocar cada una de las fichas en el tablero y mirar por todas partes en busca de los dados.

Llovía en el pequeño y montañoso país de Nellofselek. Siempre llovía en Nellofselek. La lluvia era la principal exportación de aquellas tierras. Nellofselek tenía minas de lluvia.

Imp el bardo estaba sentado al pie de un árbol, más por costumbre que porque abrigara esperanzas de que le resguardase de la lluvia. El agua se escurría por las hojas con forma de aguja y creaba riachuelos ramitas abajo, así que funcionaba más bien como una especie de concentrador de lluvia. De cuando en cuando, las masas de agua se desplomaban sobre la cabeza de Imp.

Tenía dieciocho años, un talento extraordinario y, en aquellos momentos, no se sentía a gusto con su vida.

Imp afinó su arpa, su hermosa arpa nueva, y contempló la lluvia; lágrimas entremezcladas con gotas de lluvia se deslizaban por su cara.

A los dioses les encantan las personas así.

Se decía que si los dioses deseaban destruir a alguien, primero lo volvían loco. En realidad, cuando los dioses desean destruir a alguien lo primero que hacen es entregarle el equivalente de un cartucho grueso con una mecha encendida y «Acme, Fabricantes de Dinamita» escrito en un lateral. Es más interesante, y lleva menos tiempo.

Susan deambulaba por los pasillos que olían a desinfectante. No estaba particularmente preocupada por lo que fuera a pensar la señorita Trasero. Por lo general, no se preocupaba por lo que pudiera pensar nadie. Susan ignoraba por qué las personas se olvidaban de ella siempre que ella quería, pero después siempre parecían encontrar un tanto embarazoso sacar a relucir el tema.

A veces, algunas profesoras tenían dificultades para verla. Perfecto. Susan solía llevarse un libro al aula y leía tranquilamente, mientras las Principales Exportaciones de Klatch ocurrían a otra gente...

Era, indudablemente, un arpa hermosa. Muy rara vez consigue un artesano que algo le salga tan bien que resulta imposible imaginar cómo mejorarlo. Esta vez ni se había molestado en añadir algún adorno. Habría sido como cometer un sacrilegio.

Y era nueva, algo muy poco habitual en Nellofselek. La mayoría de las arpas eran viejas. No es que se desgastasen. A veces necesitaban otro armazón, un cuello o cuerdas nuevas, pero el arpa en sí continuaba existiendo. Los bardos viejos decían que las arpas mejoraban con el tiempo, aunque los viejos siempre tienden a decir ese tipo de cosas a pesar de la experiencia cotidiana.

Imp tañó una cuerda. La nota flotó un tiempo en el aire y se extinguió. El arpa era nueva y reluciente y ya cantaba igual que una campana. Lo que podría llegar a ser dentro de cien años era inimaginable.

El padre de Imp había dicho que todo aquello eran sandeces, que el futuro estaba escrito en las piedras y no en las notas. Aquello solo había sido el inicio de la discusión.

Luego el padre de Imp había dicho cosas, y el joven Imp había dicho cosas, y de pronto el mundo pasó a ser un lugar nuevo y desagradable, porque uno no puede desdecirse de las cosas una vez han sido dichas.

—¡Tú no sabes nada! —había dicho Imp—. ¡No eres más que un viejo estúpido! ¡Pero yo le estoy dando mi vida a la música! ¡Pronto llegará el día en el que todos dirán que fui el músico más grande del mundo!

Palabras estúpidas. Como si a un bardo pudiera importarle cualquier opinión que no fuera la de otros bardos, que habían pasado una vida entera aprendiendo a escuchar la música.

Pero dichas, aun así. Y si son dichas con la pasión apropiada y en ese momento los dioses están aburridos, a veces el universo volverá a formarse alrededor de palabras como esas. Las palabras siempre han tenido el poder de cambiar el mundo.

Ten cuidado con lo que deseas. Nunca sabes quién estará escuchando.

O qué, ya puestos.

Porque, a lo mejor, algo podría estar flotando a la deriva entre los universos, y unas pocas palabras de la persona equivocada en el momento adecuado podrían hacerle variar el rumbo...

Muy lejos de allí, en la bulliciosa metrópolis de Ankh-Morpork, unas chispas corretearon por una pared desnuda, y luego...

... hubo una tienda. Una vieja tienda de instrumentos musicales. Nadie se dio cuenta de su llegada. Tan pronto como apareció, la tienda siempre había estado allí.

La Muerte estaba en su asiento contemplando la nada, con el hueso de la barbilla apoyado en las manos.

Albert se fue acercando con mucha cautela.

Una fuente de continuo desconcierto para la Muerte en sus momentos de mayor introspección, y estaba pasando por uno de ellos, era por qué su sirviente siempre pisaba el suelo por el mismo camino.

QUIERO DECIR QUE, pensó, TENIENDO EN CUENTA LAS DIMENSIONES DE LA HABITACIÓN...

... la cual se prolongaba hasta el infinito, o tan cerca de él como para que no hubiera diferencia. En realidad, medía cosa de un kilómetro y medio. Eso es grande para una habitación, pero sigue quedando lejos del infinito.

La Muerte se había dejado llevar por el entusiasmo cuando creó la casa. El tiempo y el espacio eran cosas para ser manipuladas, no obedecidas. Las dimensiones internas habían sido un poco demasiado generosas. Había olvidado que debía hacer el exterior más grande que el interior. Con el jardín había ocurrido lo mismo. Cuando empezó a interesarse algo más por aquellas cosas, reparó en el papel que las personas parecían atribuir al color en conceptos como, por ejemplo, las rosas. En cambio, la Muerte las había hecho negras. Le gustaba el negro. Iba bien con cualquier cosa. Tarde o temprano, el negro iba bien con todo.

Los humanos a los que había conocido —y eran unos cuantos— respondieron al tamaño imposible de las habitaciones de una manera extraña: no le hicieron el menor caso.

Por ejemplo, Albert. La gran puerta se había abierto, Albert había dado un paso, manteniendo en un cuidadoso equilibrio una taza y un platito...

... y al instante ya estaba muy adentro de la habitación, justo donde empezaba el cuadrado relativamente pequeño de alfombra que rodeaba el escritorio de la Muerte. La Muerte dejó de preguntarse cómo había recorrido Albert todo aquel espacio intermedio cuando cayó en la cuenta de que, para su sirviente, no existía absolutamente ningún espacio intermedio.

—Le he traído una infusión de manzanilla, amo —dijo Albert.

¿MMM?

—¿Amo?

DISCULPA. ESTABA PENSANDO. ¿QUÉ HAS DICHO?

—¿Manzanilla?

CREÍA QUE LA MANZANILLA ERA UN TIPO DE JABÓN.

—Se puede poner en el jabón o en una infusión, amo —aclaró Albert. Estaba preocupado. Siempre se preocupaba cuando la Muerte empezaba a pensar en cosas. Su trabajo no era el más apropiado para pensar en las cosas, y además la Muerte siempre pensaba en ellas de la peor manera posible.

ESO ES DE GRAN UTILIDAD. LIMPIA POR DENTRO Y TAMBIÉN POR FUERA.

La Muerte volvió a apoyar la barbilla en las manos.

—¿Amo? —dijo Albert pasado un rato.

¿MMM?

—Si lo deja ahí se va a enfriar.

ALBERT...

—¿Síseñor?

HE ESTADO PREGUNTÁNDOME...

—¿Amo?

¿EN QUÉ CONSISTE TODO? ¿EN SERIO? ¿CUANDO LLEGAS AL FONDO DEL ASUNTO?

—Oh. Ejem. Pues no sabría decirle, amo.

YO NO QUERÍA HACERLO, ALBERT. TÚ LO SABES. AHORA SÉ A QUÉ SE REFERÍA ELLA. Y NO SOLO ACERCA DE LAS RODILLAS.

—¿Quién, amo?

No hubo ninguna respuesta.

Albert miró atrás en cuanto llegó a la puerta. La Muerte volvía a contemplar el vacío. Nadie sabía hacerlo como él.

No ser vista no era un gran problema. Lo que resultaba un poco más preocupante eran las cosas que ella veía a todas horas.

Estaban los sueños. No eran más que sueños, desde luego. Susan sabía que según la teoría moderna los sueños solo eran imágenes que iban saliendo mientras el cerebro archivaba los sucesos del día. Se habría sentido un poco más tranquila si los sucesos del día hubieran incluido en alguna ocasión caballos blancos voladores, enormes habitaciones oscuras y montones de calaveras.

Al menos no eran más que sueños. Susan había visto otras cosas. Por ejemplo, nunca había hablado de aquella mujer tan extraña que vio en el dormitorio la noche que Rebecca Snell puso un diente debajo de la almohada. Susan la había visto entrar por la ventana abierta y detenerse junto a la cama. Se parecía un poquito a las chicas que ordeñaban a las vacas y no daba ningún miedo, y eso que había caminado atravesando los muebles. Hubo un suave tintineo de monedas. A la mañana siguiente, el diente había desaparecido y Rebecca era cincuenta peniques más rica.

Susan odiaba esa clase de cosas. Sabía que las personas mentalmente inestables solían hablar a los niños de las Hadas de los Dientes, pero eso no era motivo para que existieran. Indicaba un esquema mental confuso. A Susan le desagradaban los esquemas mentales confusos que, en cualquier caso, siempre suponían una falta grave bajo el régimen de vida establecido por la señorita Trasero.

Que, por lo demás, no era particularmente malo. La señorita Eulalie Trasero y su colega, la señorita Delcross, habían fundado el colegio basándose en la asombrosa idea de que, dado que las jovencitas no tenían gran cosa que hacer hasta que alguien se casara con ellas, bien podían mantenerse ocupadas aprendiendo cosas.

Había montones de escuelas en el mundo, pero todas estaban dirigidas por las distintas Iglesias o por los gremios. La señorita Trasero estaba en contra de las Iglesias por razones lógicas, y deploraba el hecho de que los únicos gremios que consideraban a las muchachas merecedoras de ser educadas fuesen el de Ladrones y el de Costureras. Pero allí fuera había un mundo muy grande y peligroso, y a ninguna jovencita podía perjudicarle salir a enfrentarse a él armada con unos buenos conocimientos de geometría y astronomía debajo del corpiño. Y es que la señorita Trasero estaba sinceramente convencida de que no existía ninguna diferencia básica entre los chicos y las chicas.

Al menos, ninguna de la cual valiese la pena hablar.

Ninguna de la que la señorita Trasero estuviera dispuesta a hablar, en todo caso.

Como consecuencia de ello, la señorita Trasero creía en alentar el pensamiento lógico y una saludable mente inquisitiva entre las jóvenes a su cargo, un curso de acción que, en lo que concierne a la prudencia, corría a la par con ir a cazar cocodrilos en una balsa de cartón durante la temporada de lluvias.

Por ejemplo, cuando la señorita Trasero aleccionó al alumnado, con su puntiaguda barbilla temblando, sobre los peligros que encontrarían en la ciudad, trescientas mentes impulsadas por una sana curiosidad decidieron que: 1) dichos peligros debían ser catados a la menor oportunidad, mientras que el pensamiento lógico se preguntó: 2) cómo conocía exactamente la señorita Trasero aquellos peligros. Los altos muros erizados de pinchos que circundaban el recinto del colegio parecían cosa fácil a cualquier poseedora de una mente fresca y repleta de trigonometría y de un cuerpo puesto a punto por la sana práctica de la esgrima, los ejercicios calisténicos y las duchas frías. La señorita Trasero podía hacer que el peligro pareciera verdaderamente interesante.

En cualquier caso, ese fue el incidente de la visitante de medianoche. Pasado un tiempo, Susan empezó a pensar que se lo había imaginado. Aquella era la única explicación lógica. Y a Susan se le daban muy bien las explicaciones lógicas.

Dicen que todo el mundo anda buscando algo.

Imp estaba buscando algún sitio adonde ir.

La carreta de granja que lo había transportado durante el último trecho del viaje se alejaba traqueteante por los campos.

Miró el indicador. Un brazo señalaba a Quirm y el otro hacia Ankh-Morpork. Imp sabía justo lo suficiente del mundo como para saber que Ankh-Morpork era una gran ciudad, pero estaba edificada sobre terreno margoso y, por tanto, no tenía ningún interés para los druidas de su familia. Imp disponía de tres dólares de Ankh-Morpork y algo de calderilla, lo cual quizá no fuese gran cosa allí.

No sabía nada acerca de Quirm, excepto que se encontraba en la costa. El camino que llevaba a Quirm no parecía muy desgastado por el uso, mientras que en el que conducía a Ankh-Morpork se veían marcas profundas de roderas.

Lo más sensato habría sido ir a Quirm para tomarle el pulso a la vida en la ciudad. Lo más sensato habría sido enterarse un poco de cómo pensaba la gente de ciudad antes dirigirse a Ankh-Morpork, que, según decían, era la ciudad más grande del mundo. Lo más sensato habría sido encontrar alguna clase de trabajo en Quirm y reunir un poco de efectivo extra. Lo más sensato habría sido aprender a andar antes de echar a correr.

El sentido común le dijo todas esas cosas a Imp, así que se encaminó decididamente hacia Ankh-Morpork.

En lo que concernía al aspecto, Susan siempre hacía pensar a la gente en un diente de león después de que alguien pidiera un deseo. El colegio vestía a sus jovencitas con una holgada bata azul marino, que cubría desde el cuello hasta justo por encima del tobillo: práctica, higiénica y tan atractiva como una tabla. La cinturilla le quedaba aproximadamente al nivel de la rodilla. Susan estaba empezando a llenarla, no obstante, de acuerdo con las antiguas reglas a las que la señorita Delcross aludía de manera errática y vacilante en las clases de biología e higiene. Las jovencitas salían de clase de la señorita Delcross con la vaga impresión de que debían acabar casándose con un conejo. (Susan había salido con la impresión de que el esqueleto de cartón que colgaba de un gancho en el rincón se parecía mucho a alguien que ella había conocido...)

Lo que hacía que la gente se detuviera y se volviese a mirarla era su pelo. Era del blanco más puro, salvo por un mechón negro. Las normas de la escuela exigían llevarlo recogido en dos trenzas, pero el pelo de Susan tenía una extraña tendencia a soltarse por sí solo y volver rápidamente a su forma preferida, como las serpientes de Medusa.*

Y luego estaba la marca de nacimiento, si es que lo era. Solo se hacía visible cuando Susan se ruborizaba; entonces aparecían tres tenues líneas muy pálidas que le cruzaban la mejilla y le daban el aspecto de que acabaran de abofetearla. En las ocasiones en que Susan se ponía furiosa —y Susan se enfurecía bastante a menudo, ante la profunda estupidez del mundo—, aquellas tres líneas relucían.

En teoría aquello era, en esos momentos, Literatura. Susan odiaba las clases de literatura. Prefería, con mucho, leer un buen libro. En aquel momento tenía abierto encima del pupitre Lógica y paradoja, de Wold, y estaba leyéndolo con la barbilla apoyada en las manos.

Prestaba medio oído a lo que estaba haciendo el resto de la clase.

Un poema sobre los narcisos.

Al parecer, al poeta le gustaban mucho.

Susan se lo tomó con estoicismo. Vivían en un país libre. La gente tenía todo el derecho a que le gustaran los narcisos. Solo que en la firme y precisa opinión de Susan, no debería permitírseles llenar más de una página para decirlo.

Susan prosiguió con su educación. En su opinión, la escuela no cesaba de interferir en ella.

A su alrededor, la visión del poeta iba siendo desmontada con herramientas inexpertas.

La cocina había sido construida siguiendo las mismas proporciones gargantuescas que el resto de la casa. Un ejército de cocineros entero podía perderse en su interior. Las paredes lejanas quedaban escondidas entre las sombras y el tubo del hornillo, sostenido a intervalos por cadenas recubiertas de hollín y trozos de cuerda grasienta, desaparecía en la penumbra a cosa de medio kilómetro por encima del suelo. Al menos, ese era el efecto que producía en el ojo de un visitante.

Albert pasaba su tiempo en un rinconcito embaldosado lo bastante grande para contener la cómoda, la mesa y el hornillo. Y una mecedora.

—Cuando un hombre te mira y dice: «¿En qué consiste todo, en serio, cuando llegas al fondo del asunto?», es que lo está pasando muy mal —dijo mientras liaba un cigarrillo—. Así que no sé lo qué significará cuando es el amo quien lo dice. Es otra de esas pájaras suyas que le dan de vez en cuando.

El otro único ocupante de la habitación asintió. Tenía la boca llena.

—Todo ese asunto con su hija —prosiguió Albert—. Quiero decir que, bueno..., ¿una hija? Y luego oyó hablar de los aprendices. ¡Y entonces resultó que tenía que encontrar uno enseguida! ¡Ja! Problemas y nada más que problemas, eso fue lo que consiguió. Y tú también, ahora que pienso en ello..., eres una de esas pájaras que le dan de vez en cuando. Sin ánimo de ofender —añadió, consciente de con quién estaba hablando—. Tú saliste bien. Haces un buen trabajo.

Otro asentimiento de cabeza.

—Él siempre lo entiende todo al revés —dijo Albert—. Ahí está el problema. Como cuando oyó hablar de la Noche de la Vigilia de los Puercos, ya sabes. ¿Te acuerdas de eso? Tuvimos que hacer todo el montaje, el roble plantado en un tiesto, las salchichas de papel, la cena a base de cerdo; y él sentado allí luciendo un gorrito de papel mientras decía: «¿ES ESTO ALEGRE?». Yo le hice un adornito para encima del escritorio y él me regaló un ladrillo.

Albert se llevó el cigarrillo a los labios. Había sido liado con mano experta. Solo un experto podía llegar a hacer un pitillo tan delgado y tan mullido a la vez.

—Era un buen ladrillo, eso sí. Todavía lo tengo en alguna parte.

IIIC, dijo la Muerte de las Ratas.

—Pues sí, acabas de poner el dedo en la llaga —convino Albert—. O al menos, lo habrías puesto si tuvieras un dedo como es debido. A él siempre se le pasa por alto lo principal. Verás, el problema es que no puede dejar atrás las cosas. No puede olvidar.

Chupó el lastimero pitillo de fabricación casera hasta que le lloraron los ojos.

«¿En qué consiste todo, en serio, cuando llegas al fondo del asunto?» —dijo al cabo de un rato—. Oh, cielos.

Alzó la mirada hacia el reloj de cocina, impelido por una clase de hábito humano especial. El reloj nunca había funcionado desde que Albert lo compró.

—A estas horas normalmente ya está en casa —dijo—. Bueno, más vale que le prepare la bandeja. No sé qué puede estar entreteniéndolo tanto rato.

El hombre santo estaba sentado al pie de un árbol sagrado, con las piernas cruzadas y las manos sobre las rodillas. Mantenía los ojos cerrados para así poder concentrarse mejor en el Infinito y solo llevaba un taparrabos para así poder demostrar su desdén por todas las cosas discoidales.

Había un cuenco de madera ante él.

Pasado un rato, se sintió observado. Abrió un ojo.

Había una figura indistinta sentada a un par de metros de él. Más tarde, el hombre santo estuvo seguro de que la figura había pertenecido a... alguien. No podía recordar bien su descripción, pero la persona ciertamente debía tenerla. Mediría más o menos... tanto de alto, y era algo así como..., decididamente...

DISCULPE.

—¿Sí, hijo mío? —Frunció la frente—. Porque eres del género masculino, ¿verdad? —añadió.

ME HA COSTADO MUCHO ENCONTRARLE. PERO ESO ES ALGO QUE SIEMPRE SE ME HA DADO MUY BIEN.

—¿En serio?

ME HAN DICHO QUE USTED LO SABE TODO.

El hombre santo abrió el otro ojo.

—El secreto de la existencia consiste en desdeñar los lazos terrenales, dar la espalda a la quimera de los valores materiales y buscar la unicidad con el Infinito —dijo—. Y ni se te ocurra acercar tus manos ladronas a mi cuenco de las limosnas.

La visión del suplicante le estaba creando ciertos problemas.

YO HE VISTO EL INFINITO, comentó el desconocido. NO TIENE NADA DE ESPECIAL.

El hombre santo echó un vistazo alrededor.

—No seas idiota —dijo—. No se puede ver el Infinito. Precisamente porque es infinito, ¿comprendes?

LO HE VISTO.

—De acuerdo, de acuerdo. ¿Y qué aspecto tenía?

ES AZUL.

El hombre santo se removió intranquilo. Aquella no era la manera en que se suponía que tenían que ir las cosas. Una rápida entrada en el Infinito y un suave pero significativo empujoncito en dirección al cuenco de las limosnas: así era como tenían que ir las cosas.

—Es negro —musitó.

NO CUANDO SE LO VE DESDE EL EXTERIOR, dijo el desconocido. EL CIELO NOCTURNO ES NEGRO. PERO ESO ES MERO ESPACIO. EL INFINITO, SIN EMBARGO, ES AZUL.

—Y supongo que sabes cuál es el sonido que produce una mano al aplaudir, ¿verdad? —preguntó el hombre santo malévolamente.

LO SÉ. «PL». LA OTRA MANO HACE EL «AS».

—¡Ajajá! Pues no, ahí te equivocas —dijo el hombre santo, volviendo a pisar terreno más firme. Agitó una flaca mano—. Ningún sonido, ¿ves?

ESO NO HA SIDO UN APLAUSO. SOLO HA SIDO UN SALUDO.

—¡Pues claro que ha sido un aplauso! Lo que pasa es que no estaba utilizando las dos manos. ¿Qué clase de azul, de todas maneras?

USTED SOLAMENTE HA SALUDADO. NO ME PARECE QUE ESO SEA MUY FILOSÓFICO. AZUL CORAL.

El hombre santo miró montaña abajo. Se estaban aproximando unas cuantas personas. Llevaban flores en el pelo y traían consigo algo que se parecía mucho a un cuenco de arroz.

O POSIBLEMENTE EAU-DE-NIL.

—Mira, hijo mío —se apresuró a decir el hombre santo—, ¿qué es lo que quieres exactamente? No tengo todo el día.

DESDE LUEGO QUE LO TIENE. PUEDE CREERME.

—¿Qué es lo que quieres?

¿POR QUÉ LAS COSAS TIENEN QUE SER COMO SON?

—Bueno...

NO LO SABE, ¿VERDAD?

—No exactamente. Se supone que todo el asunto tiene que ser un misterio, ¿comprendes?

El desconocido contempló en silencio al hombre santo durante un rato, hasta que este tuvo la sensación de que su cabeza se había vuelto transparente.

ENTONCES LE FORMULARÉ UNA PREGUNTA MÁS SENCILLA. ¿CÓMO OLVIDAN LOS HUMANOS?

—¿Cómo olvidan el qué?

CUALQUIER COSA. TODO.

—Es algo que... ejem... sucede automáticamente.

Los acólitos en potencia acababan de doblar la curva en el sendero de la montaña. El hombre santo se apresuró a coger su cuenco de las limosnas.

—Digamos que este cuenco es tu memoria —dijo, agitándolo ligeramente—. Su capacidad es limitada, ¿ves? Cuando entran cosas nuevas, las viejas tienen que rebosar...

NO. YO LO RECUERDO TODO. TODO. LOS PICAPORTES DE LAS PUERTAS. EL JUEGO DE LA LUZ DEL SOL SOBRE EL CABELLO. EL SONIDO DE LA RISA. LAS PISADAS. CADA PEQUEÑO DETALLE. COMO SI HUBIERA OCURRIDO AYER MISMO. COMO SI HUBIERA OCURRIDO MAÑANA MISMO. TODO. ¿ENTIENDE LO QUE QUIERO DECIR?

El hombre santo se rascó su reluciente calva.

—Tradicionalmente —dijo—, las maneras de olvidar son alistarse en la Legión Extranjera Klatchiana, beber las aguas de algún río mágico que nadie sabe dónde está e ingerir cantidades desorbitadas de alcohol.

AH, CLARO, SÍ.

—Pero el alcohol debilita el cuerpo y es un veneno para el alma.

SUENA MUY BIEN.

—¿Maestro?

El hombre santo giró la cabeza con aire irritado. Los acólitos habían llegado.

—Un momento, estoy hablando con...

El extraño había desaparecido.

—Oh, maestro, llevamos recorridos muchos kilómetros para... —empezó a decir el acólito.

—Que te estés callado un ratito, ¿de acuerdo?

El hombre santo extendió la mano ante él con la palma en posición vertical y la agitó unas cuantas veces mientras murmuraba algo.

Los acólitos se miraron. No habían esperado aquello. Finalmente, su líder se armó con una gota de valor.

—Maestro...

El hombre santo se volvió y le dio un capón en la oreja. El sonido producido por aquel acto fue, sin lugar a dudas, un «plas».

—¡Ah! ¡Ya lo tengo! —exclamó el hombre santo—. Bien, ¿qué puedo hacer por...?

Pero se calló cuando su cerebro por fin consiguió dar alcance a sus oídos.

—¿Qué quiso decir con eso de los humanos?

La Muerte subió pensativamente por la colina hasta el lugar donde un gran caballo blanco contemplaba plácidamente el paisaje.

VETE, dijo.

El caballo le miró con preocupación. Era considerablemente más inteligente que la mayoría de los caballos, aunque eso tampoco era muy difícil. Parecía haberse dado cuenta de que algo no iba del todo bien con su amo.

PUEDE QUE TARDE ALGÚN TIEMPO EN VOLVER, informó la Muerte.

Y echó a andar.

En Ankh-Morpork no estaba lloviendo. Aquello había supuesto toda una sorpresa para Imp.

Lo que también había supuesto una sorpresa fue la rapidez con la que se esfumaba el dinero. Hasta el momento, Imp llevaba perdidos tres dólares y veintisiete peniques.

Los había perdido porque los puso dentro de un cuenco a sus pies mientras tocaba, de igual modo que un cazador pone señuelos para atraer a los patos. Cuando Imp volvió a mirar hacia abajo, el cuenco había volado.

La gente venía a Ankh-Morpork en busca de fortuna. Desgraciadamente, había otras personas que también la buscaban.

Y la gente no parecía querer que hubiera bardos cerca, ni siquiera aquellos que habían ganado el premio del muérdago y el arpa centenaria en el gran Eisteddfod de Nellofselek.

Imp había encontrado un lugar en una de las plazas principales, afinado su arpa y empezado a tocar. Nadie le había prestado la menor atención, excepto a veces para hacerlo a un lado cuando pasaban corriendo y, por lo visto, para birlarle el cuenco. Finalmente, cuando ya empezaba a dudar de que hubiera tomado la decisión correcta al venirse aquí, un par de guardias se le acercaron.

—Eso que está tocando es un arpa, Nobby —dijo uno de ellos, después de mirar a Imp durante un rato.

—Lo que es, es una gaita.

—No, estás confundido, es... —El guardia gordo frunció el ceño y bajó la mirada—. Llevabas toda la vida esperando el momento de poder decir eso, ¿verdad, Nobby? Apuesto a que naciste esperando que llegase el día en que alguien diría: «Es es un arpa», para así tú responder: «Lo que es, es una gaita», y hacer un retruécano o juego de palabras. Bueno, pues... jajajá.

Imp dejó de tocar. Dadas las circunstancias, era imposible seguir haciéndolo.

—No, reallmente es un arpa —dijo—. Y lla gané en...

—Ah, eres de Nellofselek, ¿verdad? —observó el guardia gordo—. Lo sé por tu acento. Un pueblo muy musical, el nellofselekiano.

—Pues a mí me suena como hacer gárgaras con gravilla —replicó el guardia que había sido identificado como Nobby—. ¿Tienes licencia, compañero?

—¿Llicencia? —preguntó Imp.

—El Gremio de Músicos está muy obsesionado con lo de las licencias —explicó Nobby—. Si te pillan tocando música sin licencia, cogen tu instrumento y lo meten...

—Vamos, vamos —dijo el otro guardia—. No asustes al muchacho.

—Digamos solo que si tocas el flautín, entonces la cosa no tiene ninguna gracia —dijo Nobby.

—Pero a buen seguro que lla música es tan llibre como ell aire y el ciello —comentó Imp.

—No, por aquí no lo es. Un aviso a navegantes, muchacho —declaró Nobby.

—Nunca he oído habllar de un Gremio de Músicos —dijo Imp.

—Está en el callejón de la Tapa de Hojalata —informó Nobby—. Si quieres ser músico, entonces tienes que ingresar en el Gremio de Músicos.

Imp había sido educado en la obediencia a las reglas. Los nellofselekianos eran muy respetuosos de la ley.

—Iré allllí sin más dillación —dijo.

Los guardias lo vieron alejarse.

—Lleva una camisa de dormir —comentó el cabo Nobbs.

—Una túnica bárdica, Nobby —aclaró el sargento Colon. Los guardias siguieron su camino—. Muy bárdicos, los nellofselekianos.

—¿Cuánto tiempo le da, sargento?

Colon agitó una mano en el gesto plano y ondulatorio de quien se dispone a hacer una conjetura basada en la experiencia.

—Dos, tres días —respondió.

Rodearon la mole de la Universidad Invisible y siguieron por Las Traseras, una callejuela polvorienta que veía muy poco tráfico o actividad comercial y que por ello era uno de los lugares favoritos de la Guardia a la hora de ocultarse, fumar y explorar los reinos de la mente.

—Usted conoce el salmón, sargento —dijo Nobby.

—Es un pez de cuya existencia estoy al corriente, sí.

—Ya sabe que venden una especie de filetes enlatados...

—Eso es lo que se me ha dado a entender, sí.

—Bueeeno..., ¿y cómo es que todas las latas tienen el mismo tamaño? El salmón se afirma por los extremos.

—Una observación muy interesante, Nobby. Me parece que...

El guardia se calló y miró al otro lado de la calle. El cabo Nobbs siguió la dirección de su mirada.

—Esa tienda —dijo el sargento Colon—. Esa tienda que hay ahí... ¿Estaba ahí ayer?

Nobby contempló la pintura que empezaba a desprenderse, el pequeño escaparate cubierto de mugre, la puerta desvencijada.

—Por supuesto —afirmó—. Siempre ha estado ahí. Lleva años ahí.

Colon cruzó la calle y frotó la suciedad. Había formas oscuras vagamente visibles en la penumbra.

—Sí, claro —farfulló—. Es solo que... quiero decir que... ¿Ayer ya llevaba años ahí?

—¿Se encuentra bien, sargento?

—Vamos, Nobby —apremió el sargento, empezando a alejarse de la tienda todo lo deprisa que podía.

—¿Adónde, sargento?

—A cualquier sitio que no sea aquí.

Entre los oscuros montículos de mercancía, algo notó su marcha.

Imp ya había admirado los edificios de los distintos gremios: la majestuosa fachada del Gremio de Asesinos, las espléndidas columnas del Gremio de Ladrones, el humeante pero todavía impresionante socavón donde había estado el Gremio de Alquimistas hasta el día anterior. Y, claro, le resultó decepcionante descubrir que el Gremio de Músicos, cuando por fin consiguió dar con él, ni siquiera era un edificio. No era más que un par de habitaciones diminutas situadas encima de una barbería.

Tomó asiento en la sala de espera de paredes marrones y esperó. En la pared que tenía delante había un letrero. Decía: «Por Su Bienestar y Comodidad, NO FUMARÁ». Imp no había fumado ni una sola vez en la vida, porque en Nellofselek todo estaba demasiado empapado para poder fumarlo. Pero de pronto se sintió inclinado a probarlo.

Los otros únicos ocupantes de la habitación eran un troll y un enano. Imp no se sentía muy a gusto en su compañía. El troll y el enano no paraban de mirarlo.

Finalmente el enano dijo:

—¿Eres elvish?

—¿Élfico? ¿Yo? ¡No!

—Pues llevas el pelo un poco a lo elvish.

—No tengo absolutamente nada de élfico, de veras.

—¿De dónde eres? —preguntó el troll.

—De Nellofselek —respondió Imp. Cerró los ojos. Sabía lo que les hacían tradicionalmente los trolls y los enanos a las personas sospechosas de ser elfos. El Gremio de Músicos habría podido aprender unas cuantas cosas.

—¿Qué es eso que tienes ahí? —preguntó el troll. Delante de los ojos llevaba dos cuadrados grandes de un cristal oscuro, sostenidos por un par de alambres gruesos que se curvaban en sus orejas.

—Es un arpa, mira.

—¿Eso tocas?

—Sí.

—Entonces, ¿eres druida?

—¡No!

Volvió a haber silencio mientras el troll iba poniendo un poco de orden en sus pensamientos.

—Pues con esa camisa de dormir pareces druida —gruñó, pasado un rato.

El enano sentado al otro lado de Imp empezó a reír por lo bajo.

A los trolls tampoco les caían nada bien los druidas. Cualquier especie inteligente que pase montones de tiempo en una postura estacionaria que le hace parecer una roca verá con muy malos ojos a cualquier otra especie que la arrastre durante cien kilómetros rodando sobre troncos y luego la entierre hasta las rodillas en un círculo. La primera especie tiende a sentir que le sobran los motivos para disgustarse.

—Verás, en Nellofselek todo ell mundo se viste así —dijo Imp—. ¡Pero yo soy un bardo! No soy un druida. ¡Odio llas rocas!

—Ayayay —murmuró el enano.

El troll observó de arriba abajo a Imp, recorriéndolo con una mirada muy lenta y deliberada. Luego dijo, sin ninguna sombra particular de amenaza:

—¿Llevas poco en esta ciudad?

—Acabo de llllegar —repuso Imp. Ni siquiera llllegaré a lla puerta, pensó. Ahora van a apllastarme y me dejarán convertido en pullpa.

—Aquí tienes un poco de consejo gratis que deberías saber. Esto es un consejo gratis que te estoy dando a cambio de nada. En esta ciudad, «roca» es una palabra para decir troll. Una palabra mala para decir troll que usan los humanos estúpidos. Si llamas roca a un troll, tienes que estar preparado para pasar algún tiempo buscando tu cabeza. Especialmente si llevas el pelo un poco a lo elvish. Esto es un consejo gratis porque tú eres un bardo y un músico, igual que yo.

—¡Por supuesto! ¡Muchas gracias! ¡Sí! —dijo Imp, inundado por el alivio.

Cogió su arpa y tocó unas cuantas notas. Aquello pareció relajar un poquito el ambiente. Todo el mundo sabía que los elfos nunca habían sido capaces de tocar música.

—Lias Piedrazul —se presentó el troll, extendiendo algo descomunal en lo que había dedos.

—Imp y Celyn —dijo Imp—. ¡Nada que ver con llllevar rocas de un llado a otro de ninguna manera!

Una mano más pequeña y nudosa le fue ofrecida a Imp desde el otro lado. La mirada de Imp fue subiendo por el brazo que iba asociado a la mano, el cual era propiedad del enano. Era pequeño, incluso para ser un enano. Un gran cuerno de bronce reposaba encima de sus rodillas.

—Odro Hijodeodro —se presentó el enano—. ¿Solo tocas el arpa?

—Toco cuallquier cosa que tenga cuerdas —respondió Imp—. Pero, verás, ell arpa es lla reina de llos instrumentos.

—Yo puedo soplar cualquier cosa —dijo Odro.

—¿De veras? —inquirió Imp. Buscó alguna clase de comentario cortés—. Eso tiene que hacerte muy popullar.

El troll levantó del suelo un gran saco de cuero.

—Esto es lo que yo toco —dijo. Varias rocas grandes y redondas cayeron al suelo. Lias recogió una y le dio con un dedo. La roca hizo «bam».

—¿Música hecha con rocas? —preguntó Imp—. ¿Cómo lla llllamáis?

—La llamamos ggroohauga —dijo Lias—, que significa música hecha con rocas.

Las rocas eran de distintos tamaños y habían sido cuidadosamente afinadas aquí y allá mediante pequeñas muescas labradas en la piedra.

—¿Puedo? —dijo Imp.

—Adelante.

Imp seleccionó una roca pequeña y la golpeó suavemente con el dedo. La roca hizo «bop». Otra más pequeña hizo «bing».

—¿Qué haces con ellllas? —preguntó.

—Las hago entrechocar.

—¿Y lluego qué?

—¿A qué te refieres con «y luego qué»?

—¿Qué haces después de entrechocarllas?

—Las vuelvo a entrechocar —repuso Lias, batería nato.

La puerta de la otra habitación se abrió y un hombre con una nariz puntiaguda asomó la cabeza.

—¿Vais juntos? —preguntó secamente.

Es cierto que había un río, según la leyenda, una gota del cual le robaría la memoria a un hombre.

Muchas personas daban por sentado que dicho río era el Ankh, cuyas aguas se pueden beber o incluso cortarlas en trozos y masticarlas. Un sorbo del Ankh probablemente le robaría la memoria a un hombre, o al menos haría que le ocurrieran cosas que no desearía recordar bajo ninguna circunstancia.

De hecho, existía otro río que cumplía las condiciones que decía la leyenda. Solo había una pega. Nadie sabe dónde se halla ese río, porque cuando lo encuentran siempre están bastante sedientos.

La Muerte dirigió su atención hacia otro lugar.

—¿Setenta y cinco dóllares? —preguntó Imp—. ¿Sollo para tocar música?

—Son veinticinco dólares por la inscripción, más el veinte por ciento en concepto de tasas varias y quince dólares más por la suscripción anual voluntaria obligatoria al Fondo de Pensiones —dijo el señor Clete, secretario del Gremio de Músicos.

—¡Pero nosotros no tenemos tanto dinero!

El hombre se encogió de hombros en señal evidente de que, si bien era cierto que el mundo tenía muchos problemas, este precisamente no le concernía a él.

—Pero quizá podamos pagarlle cuando hayamos ganado allgo —dijo Imp con un hilo de voz—. Sollo con que usted pudiera, ya sabe, darnos una o dos semanas...

—No se os permite tocar en ningún sitio a menos que seáis miembros del Gremio —declaró el señor Clete.

—Pero no podemos ser miembros del Gremio hasta que hayamos tocado —objetó Odro.

—Así es —confirmó el señor Clete con voz jovial—. Jat. Jat. Jat.

Era una risa muy extraña, totalmente desprovista de alegría y ligeramente pajarraca. Se parecía mucho a su propietario, que era lo que se obtendría al extraer material genético de algo fosilizado en ámbar y luego ponerle un traje.

Lord Vetinari había alentado el desarrollo de los gremios. Eran los engranajes sobre los que se deslizaba el mecanismo de relojería de una ciudad bien organizada. Una gota de aceite por aquí... una varilla insertada allá, naturalmente... y a grandes rasgos, todo funcionaba.

Y dieron origen, de la misma manera que el estiércol utilizado como abono da origen a los gusanos, al señor Clete. No era, según los parámetros establecidos, un mal hombre; claro que, desde un punto de vista objetivo, una rata portadora de la peste tampoco es un mal bicho.

El señor Clete se desvivía trabajando en beneficio de su prójimo. Consagraba su existencia a ello. Porque en el mundo hay muchas cosas que necesitan hacerse pero nadie quiere hacer y la gente le agradecía al señor Clete que las hiciera. Como llevar las minutas, por ejemplo. Asegurarse de que la relación de miembros del gremio estuviera debidamente actualizada. Archivar. Organizar.

Se había desvivido trabajando en favor del Gremio de Ladrones, aunque él jamás hubiera sido un ladrón, al menos no en el sentido habitual del término. Luego quedó vacante un puesto bastante mejor en el Gremio de Bufones, y el señor Clete no era tan payaso como para dejarlo pasar. Y finalmente, llegó el secretariado en el Gremio de Músicos.

En teoría, el señor Clete habría tenido que ser músico. Así que se compró una caja de música y papel. Hasta aquel momento el Gremio de Músicos había sido gestionado por auténticos músicos, y en consecuencia la relación de miembros no guardaba ninguna relación con la realidad, casi nadie había pagado las cuotas últimamente y la organización le debía varios miles de dólares a Crysoprase el troll a un interés capital. El señor Clete ni siquiera tuvo que presentarse a una audición.

Cuando el señor Clete abrió el primero de aquellos libros de contabilidad que nadie anotaba y observó aquel desorden patas arriba, sintió una emoción tan profunda como maravillosa. Desde aquel preciso instante, el señor Clete nunca más miró atrás. Se pasó muchísimo tiempo mirando hacia abajo. Y aunque el Gremio de Músicos tenía un presidente y un consejo, también tenía al señor Clete, el cual se hizo cargo de las minutas y se aseguró de que todo funcionara como la seda mientras sonreía discretamente para sus adentros. Es un hecho extraño pero confirmado que, cada vez que los hombres se sacuden el yugo de los tiranos y deciden gobernarse por sí mismos, siempre termina apareciendo, como una seta después de la lluvia, el señor Clete.

Jat. Jat. Jat. La hilaridad del señor Clete era inversamente proporcional al grado humorístico de la situación.

—¡Pero eso no tiene ningún sentido!

—Bienvenidos al maravilloso mundo de la economía gremial —dijo el señor Clete—. Jat. Jat. Jat.

—¿Y entonces qué pasa si tocamos sin pertenecer all Gremio? —preguntó Imp—. ¿Nos confiscan llos instrumentos?

—Para empezar —respondió el secretario—. Y luego, bueno, digamos que nos encargamos de devolvéroslos. Jat. Jat. Jat. Por cierto... no serás élfico , ¿verdad?

—Setenta y cinco dóllares es criminall —dijo Imp mientras peregrinaban por las calles vespertinas.

—Peor que criminal —dijo Odro—. Tengo entendido que el Gremio de Ladrones solo cobra un porcentaje.

—Y te hacen miembro como es debido y todo lo demás —gruñó Lias—. Hasta tienes derecho a pensión. Y todos los años organizan una salida a Quirm con comida incluida.

—Lla música debería ser gratuita —opinó Imp.

—¿Y qué vamos a hacer ahora? —preguntó Odro.

—¿Alguien tiene algo de dinero? —preguntó Odro.

—Yo tengo un dólar —respondió Lias.

—Yo tengo unos cuantos peniques —respondió Imp.

—Pues entonces vamos a tomar una comida decente —dijo Odro—. Aquí mismo —añadió, señalando un letrero.

—¿Dónde, en El Agujero de la Comida de Tal’Adr? —preguntó Lias—. ¿Tal’Adr? Suena a enano. ¿Habrá espaguetis a la alimaña y todo lo demás?

—Ahora también sirve comida de trolls —aclaró Odro—. Decidió prescindir de las diferencias étnicas en pro de la causa de ganar más dinero. Cinco tipos de carbón, siete tipos de ceniza, sedimentos suficientes para que se te caiga la baba... Y esas cocas, unas tortas que te rellenan de lo que prefieras. Pruébalas. Te gustarán.

—¿También tiene pan de enanos? —preguntó Imp.

—¿De veras te gusta el pan de los enanos? —quiso saber Odro.

—Me encanta —dijo Imp.

—¿Te refieres al auténtico pan de enanos hecho como es debido? —preguntó Odro—. ¿Estás... seguro?

—Sí. Verás, es sabroso y crujiente.

Odro se encogió de hombros.

—Eso lo demuestra —dijo—. Nadie a quien le guste el pan de los enanos puede ser elvish.

El local estaba casi vacío. Un enano con un delantal que le llegaba hasta los sobacos los contempló por encima del mostrador.

—¿Tienes rata frita? —preguntó Odro.

—La mejor rata frita de toda la maldita ciudad —dijo Tal’Adr.

—Perfecto. Entonces tráeme cuatro ratas fritas.

—Y pan de los enanos —dijo Imp.

—Y coca —dijo Lias pacientemente.

—¿Cabezas de rata o patas de rata?

—No. Cuatro ratas fritas.

—Y coca.

—¿Con ketchup en las ratas?

—No.

—¿Estás seguro?

—Nada de ketchup.

—Y coca.

—Y dos huevos duros —dijo Imp.

Los otros dos le lanzaron una mirada extrañada.

—¿Qué pasa? Es que me gustan llos huevos duros —dijo Imp.

—Y coca.

—Y dos huevos duros.

—Y coca.

—Setenta y cinco dólares —dijo Odro mientras se sentaban—. ¿Cuánto es tres veces setenta y cinco dólares?

—Muchos dólares —respondió Lias.

—Más de doscientos dóllares —precisó Imp.

—Creo que nunca he visto doscientos dólares —confesó Odro—. No mientras estaba despierto, al menos.

—¿Reunimos algo de dinero? —preguntó Lias.

—No podemos reunir dinero como músicos —dijo Imp—. Es lla lley del Gremio. Si te pillllan tocando, entonces cogen tu instrumento y llo meten... —Se calló—. Bueno, llimitémonos a decir que, si tocas el fllautín, entonces lla cosa no tiene ninguna gracia —añadió, después de rebuscar en su memoria.

—Pues tampoco creo que sea muy gracioso si tocas el trombón —opinó Odro, mientras echaba algo de pimienta en su rata.

—Ahora no puedo vollver a casa —repuso Imp—. Dije que... Todavía no puedo vollver a casa. Aunque pudiera hacerllo, tendría que llevantar monollitos igual que hacen mis hermanos. Ellllos sollo piensan en los círcullos de piedra.

—Y si yo vuelvo a casa ahora —dijo Lias—, me pondrán a aporrear druidas.

Los dos, muy poco a poco, se separaron algo más.

—Entonces toquemos en algún sitio donde el Gremio no pueda dar con nosotros —propuso Odro alegremente—. Seguro que encontraremos sitios a porrones...

—Yo tengo un porrón —anunció Lias, orgullosamente—. Muy grande, y con un clavo.

—No. Me refiero a que de noche podemos encontrar un porrón de...

—Bueno, de noche mi porra sigue teniendo un clavo.

—Da la casualidad —dijo Odro, dejando el tema por imposible— de que sé que en esta ciudad hay muchísimos clubes nocturnos a los que no les hace ninguna gracia pagar las tarifas del Gremio. Podríamos hacer unos cuantos bolos, y reunir el dinero sin problemas.

—¿Llos tres juntos? —preguntó Imp.

—Claro.

—Pero tocamos música de enanos y música de humanos y música de trolllls —dijo Imp—. No estoy muy seguro de que todas esas músicas combinen. Quiero decir que, bueno, llos enanos escuchan música de enanos, llos humanos escuchan música de humanos, y los trolllls escuchan música de trolllls. ¿Qué es lo que salle si se mezclla todo? Sonaría horriblle.

—Nosotros tres nos estamos llevando bastante bien —replicó Odro. Se levantó y fue a buscar la sal a la barra.

—Es que somos músicos —dijo Glod—. Con las personas de verdad no es lo mismo.

—Sí, claro —dijo el troll.

Lias tomó asiento de nuevo.

Hubo un ruido de algo que se rompía.

Lias se puso de pie.

—Uy —dijo.

Imp extendió el brazo. Despacio y con mucho cuidado, fue recogiendo los restos de su arpa del banco.

—Uy —dijo Lias.

Una cuerda se enroscó con un triste y suave tañido.

Era como presenciar la muerte de un gatito.

—La gané en el Eisteddfod —dijo Imp.

—¿No podrías volver a pegar los trozos? —preguntó finalmente Odro.

Imp sacudió la cabeza.

—Verás, en Nellofselek ya no queda nadie que sepa cómo hacerllo.

—Sí, pero en la calle de los Artesanos Habilidosos...

—Lo siento mucho. Lo siento mucho de verdad, no sé cómo es que estaba allí.

—No ha sido cullpa tuya.

Imp trató, sin ningún resultado, de unir un par de piezas. Pero no se podía reparar un instrumento musical. Imp recordaba habérselo oído decir a los bardos viejos. Los instrumentos tenían alma. Todos ellos la tenían. Si se rompían, el alma los abandonaba y se alejaba volando igual que un pájaro. Lo que se recomponía no era más que un objeto, un montón de madera y cuerdas. Sonaría, e incluso podría engañar a un oyente aficionado, pero... También podrías despeñar a alguien por un acantilado, coser luego los pedazos y esperar que cobraran vida.

—Eh... Tal vez podríamos conseguirte otra, ¿no? —le dijo Odro—. En Las Traseras hay una... tiendecita de música realmente preciosa que...

Se calló. Pues claro que en Las Traseras había una tiendecita de música realmente preciosa. Siempre había estado allí.

—En Las Traseras —repitió, solo para asegurarse—. Encontrarás una. En Las Traseras. Sí. Lleva años allí.

—No tendrán una como esta —dijo Imp—. Antes de que ell artesano se acerque, tiene que pasarse dos semanas envuellto en una piell de buey, dentro de una caverna detrás de una cascada.

—¿Por qué?

—No lo sé. Es tradicionall. Tiene que purificar su mente de todas llas distracciones.

—Pero tal vez haya otra cosa —dijo Odro—. Compraremos algo. No puedes ser músico sin un instrumento.

—No tengo nada de dinero —se lamentó Imp.

Odro le dio una palmada en la espalda.

—Eso no importa —dijo—. ¡Tienes amigos! ¡Te ayudaremos! Es lo menos que podemos hacer.

—Pero acabamos de gastar todo llo que teníamos en esta comida. Ya no queda más dinero —dijo Imp.

—Eso es una manera muy negativa de verlo —dijo Odro.

—Valle, sí. Pero es que no tenemos dinero.

—Ya se me ocurrirá alguna forma de salir del paso —dijo Odro—. Soy un enano. Nosotros, los enanos, entendemos de dinero. Entender de dinero es prácticamente mi segundo apellido.

—Vaya, qué segundo apellido más largo tienes.

Casi era noche cerrada cuando llegaron a la tienda, que quedaba justo enfrente de los altos muros de la Universidad Invisible. Parecía la clase de emporio de instrumentos musicales que desdobla su actividad en la de casa de empeños: cualquier músico, en algún momento de su vida, tiene que empeñar su instrumento si quiere cenar caliente y dormir a cubierto.

—¿Has comprado alguna vez algo aquí? —preguntó Lias.

—No... no que yo recuerde —dijo Odro.

—Está cerrado —anunció Lias.

Odro aporreó la puerta. Pasados unos instantes esta se abrió una rendija, justo lo suficiente para revelar una fina porción de rostro perteneciente a una anciana.

—Queremos comprar un instrumento, señora —dijo Imp.

Un ojo y un fragmento de boca lo recorrieron de arriba abajo.

—¿Eres humano?

—Sí, señora.

—De acuerdo, pasa.

La tienda estaba iluminada por un par de velas. La anciana se retiró a la seguridad del mostrador, desde donde los observó atentamente buscando cualquier señal de que pensaran asesinarla en su lecho.

El trío deambuló cautelosamente entre la mercancía. Parecía que las existencias de la tienda fueran el resultado de la acumulación, a lo largo de los siglos, de instrumentos no desempeñados. Los músicos solían ir cortos de dinero; de hecho, esta era una de las definiciones de la palabra «músico». Había cuernos de guerra. Había laúdes. Había tambores.

—Esto es una porquería —musitó Imp.

Odro sopló encima de un cromorno para quitarle el polvo, se lo llevó a los labios y le sacó un sonido muy parecido al espectro de una alubia refrita.

—Yo diría que hay un ratón muerto ahí dentro —murmuró mientras atisbaba en las profundidades del instrumento.

—Antes de que lo hicieras sonar se encontraba en perfecto estado —espetó la anciana.

En ese momento hubo una ráfaga de platillos procedente del otro extremo de la tienda.

—Lo siento —dijo Lias.

Odro abrió la tapa de un instrumento absolutamente desconocido para Imp, revelando así una hilera de teclas. El enano pasó sus dedos rechonchos por encima de ellas, produciendo una secuencia de tristes notas metálicas.

—¿Qué es? —susurró Imp.

—Una espineta —dijo Odro.

—¿Puede servirnos de allgo?

—Yo diría que no.

Imp se incorporó. Empezaba a sentirse observado. La vieja señora los estaba mirando, cierto, pero había algo más...

—Es inútil. Aquí no hay nada —dijo en voz alta.

—Eh, ¿qué ha sido eso? —preguntó Odro.

—He dicho que aquí...

—He oído algo.

—¿El qué?

—Ahí está otra vez.

Hubo una serie de golpes sordos detrás de ellos cuando Lias liberó un contrabajo de entre un montón de viejos atriles para partituras e intentó soplar por un extremo.

—Cuando hablaste se oyó un sonido muy raro —dijo Odro—. Di algo.

Imp titubeó, que es precisamente lo que suelen hacer las personas cuando se les pide que «digan algo» después de que haber estado utilizando un idioma toda la vida.

—¿Imp? —dijo finalmente.

Unm-Unm-unm.

—Venía de...

UAAA-Uaaa-uaaa.

Odro apartó un montón de partituras viejas. Detrás apareció un cementerio musical, que entre otras cosas contenía un tambor sin parche, una gaita completa de Lancre sin los tubos y una maraca solitaria, posiblemente a la espera de que la utilizara un bailarín de flamenco zen.

Y algo más.

El enano lo sacó de allí. Parecía, vagamente, una guitarra tallada a partir de un trozo de madera antigua con un cincel de piedra de punta roma. Aunque por regla general los enanos no tocaban instrumentos de cuerda, Odro sabía reconocer una guitarra en cuanto la veía. Se suponía que debían tener la forma de una mujer, pero solo se daba el caso si pensabas que las mujeres carecían de piernas y tenían un cuello muy largo y demasiadas orejas.

—¿Imp? —dijo.

—¿Sí?

Uauauaum... El sonido poseía una resonancia apremiante y rasposa. Había doce cuerdas, pero la caja del instrumento era de madera maciza, para nada hueca... era simplemente una forma sobre la que pasar las cuerdas.

—Ha resonado con tu voz —dijo Odro.

—¿Cómo puede...?

Uaum-ua.

Odro puso la mano encima de las cuerdas e hizo señas para que los otros dos se acercaran.

—Estamos justo al lado de la Universidad —susurró—. Hay escapes de magia. Eso lo sabe todo el mundo. O quizá fuera algún mago quien la empeñó. A ratón regalado no le mires el dentado. ¿Sabes tocar la guitarra?

Imp palideció.

—¿Quieres decir... como en lla... música tradicionall?

Cogió el instrumento. En Nellofselek no se aprobaba la música tradicional, y se disuadía con vigor a quienes pretendieran cantarla: la opinión general era que cualquiera que decidiese espiar a una hermosa doncella durante una mañana de mayo estaba en su derecho de seguir el curso de acción que considerara más apropiado, pero sin que luego alguien lo pusiera por escrito. Las guitarras estaban especialmente mal vistas porque se las consideraba, bueno... demasiado fáciles.

Imp tocó un acorde. Y creó un sonido muy distinto a cuanto hubiera oído anteriormente: hubo resonancias y ecos extraños que parecieron correr a esconderse entre todos aquellos escombros instrumentales, donde recogieron armonías adicionales para luego rebotar de vuelta hacia la guitarra. A Imp le entró un escalofrío. Pero a menos que tuviera cualquier clase de instrumento, ni siquiera podía aspirar a ser el peor músico del mundo...

—De acuerdo —dijo Odro.

Se volvió hacia la anciana.

—No llamará instrumento musical a esto, ¿verdad? —quiso saber—. Mírelo. Falta más de la mitad.

—Odro, no creo que... —empezó a decir Imp. Las cuerdas temblaron bajo su mano.

La anciana contempló aquella cosa.

—Diez dólares —dijo.

—¿Diez dólares? ¿Cómo que diez dólares? —se quejó Odro—. ¡Pero si nadie le pagaría dos dólares por ella!

—Exactamente —dijo la anciana. Empezaba a animarse un poco de una manera desagradable, como si esperara iniciar una batalla en la que no se iban a ahorrar medios.

—Y es muy vieja —Odro.

—Una antigüedad.

—¿Me haría el favor de escuchar ese tono? Se ha echado a perder.

—Melodioso. Hoy día ya no se encuentran semejantes obras de artesanía.

—¡Solo porque hemos aprendido de la experiencia!

Imp volvió a mirar aquella cosa. Las cuerdas resonaban por sí solas. Tenían un suave tinte azulado y un aspecto ligeramente borroso, como si nunca dejaran de vibrar del todo.

La levantó y, acercándosela a la boca, susurró: «Imp». Las cuerdas zumbaron suavemente.

En ese momento reparó en la señal hecha con tiza. Ya casi se había borrado. En realidad solo era una señal, un simple trazo de tiza...

Odro estaba funcionando a toda máquina. Se decía que los enanos eran los negociadores financieros más agudos del Mundodisco, solo superados en caradura y astucia por las ancianitas. Imp trató de prestar atención a lo que estaba ocurriendo.

—Bien —estaba diciendo Odro—; entonces, trato hecho, ¿de acuerdo?

—Trato hecho —dijo la ancianita—. Y que no se te ocurra escupirte en la mano antes de estrecharla conmigo. Eso es antihigiénico.

Odro se volvió hacia Imp.

—Bueno, me parece que lo he llevado bastante bien —dijo.

—Geniall. Oye, esta cosa es muy...

—¿Tienes doce dólares?

—¿Qué?

—Una auténtica ganga, diría yo.

Hubo un estruendo detrás de ellos. Lias apareció haciendo rodar un tambor muy grande y con un par de platillos debajo del brazo.

—¡Te dije que no tenía dinero! —siseó Imp.

—Sí, pero... Oye, todo el mundo dice que no tiene dinero. Es de sentido común. Nadie quiere ir por ahí diciendo que tiene dinero. ¿Quieres decir que de verdad no tienes nada de dinero?

—¡No!

—¿Ni siquiera doce dólares?

—¡No!

Lias descargó el tambor, los platillos y un montón de partituras encima del mostrador.

—¿Cuánto por todo? —preguntó.

—Quince dólares —dijo la anciana.

Lias suspiró y se irguió. Por un instante hubo una expresión distante en sus ojos y luego se atizó un puñetazo en la mandíbula. Rebuscó con un dedo dentro de su boca y después sacó de ella...

Imp puso unos ojos como platos.

—Espera, deja que le eche un vistazo —dijo Odro. Cogió el objeto de entre los dedos de Lias sin que estos ofrecieran resistencia y lo examinó minuciosamente—. ¡Eh! ¡Como mínimo tiene cincuenta quilates!

—No pienso aceptar eso como pago —declaró la anciana—. ¡Ha estado dentro de la boca de un troll!

—Usted come huevos, ¿verdad? —replicó Odro—. Y en cualquier caso, todo el mundo sabe que los dientes de un troll son puro diamante.

La anciana cogió el diente y lo examinó a la luz de una vela.

—Si se lo llevara a uno de esos joyeros que hay en la calle Noexiste me dirían que vale doscientos dólares —dijo Odro.

—Bueno, pues yo le digo que aquí y ahora vale quince —respondió la anciana, y el diamante desapareció por arte de magia en algún lugar de su persona. Luego los obsequió con una fresca y radiante sonrisa.

—¿Por qué no podíamos limitarnos a quitárselo de las manos? —preguntó Odro en cuanto salieron de la tienda.

—Porque es una pobre anciana indefensa —dijo Imp.

—¡Exactamente! ¡Exactamente ahí quería ir a parar yo!

Odro alzó la mirada hacia Lias.

—¿Tienes toda la boca llena de esas cosas?

—Ajá.

—Es solo que resulta que le debo dos meses de alquiler a mi casero y...

—Ni se te ocurra pensarlo —dijo el troll sin inmutarse.

La puerta se cerró con un golpe seco detrás de ellos.

—Venga, animaos un poco —dijo Odro—. Mañana buscaré una actuación. No os preocupéis. Conozco a todo el mundo en esta ciudad. Nosotros tres... eso es una auténtica banda.

—Ni siquiera hemos ensayado juntos como es debido —se lamentó Imp.

—Iremos practicando conforme nos abramos camino —dijo Odro—. Bienvenido al mundo de la música profesional.

Susan no sabía mucho de historia. Siempre le había parecido un tema particularmente aburrido. Distintas gentes tediosas repetían una y otra vez las mismas estupideces. ¿Cuál era la gracia? Todos los reyes eran bastante parecidos.

La clase estaba aprendiendo algo sobre una revuelta en la que algunos campesinos habían querido dejar de ser campesinos y, dado que los nobles salieron vencedores, habían dejado de ser campesinos con muchísima rapidez. Si se hubieran molestado en aprender a leer y hubiesen adquirido unos cuantos libros de historia, habrían descubierto lo dudosos que eran los méritos de cosas como las hoces y las horquillas cuando se miden en batalla contra las ballestas y los sables.

Susan puso medio sentido durante un rato hasta que el aburrimiento terminó adueñándose de ella; entonces sacó un libro y se permitió dejar de ser perceptible para el mundo.

¡IIIC!

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