La Utopía Larga (La Tierra Larga 4)

Terry Pratchett

Fragmento

cap-1

1

Febrero de 2052, en un lejano lugar de la Tierra Larga:

En otro mundo, bajo un cielo diferente —en otro universo, cuya distancia al Datum, la Tierra de la humanidad, se contaba pese a todo con una unidad de medida tan mundana como los cruces—, Joshua Valienté yacía junto a su propia hoguera. Abajo, en el fondo del valle, gruñían y resoplaban las fieras que habían salido de caza. La noche, de un violeta aterciopelado, estaba plagada de insectos: pulgas invisibles y jejenes kamikazes que se lanzaban en picado contra cada centímetro de piel que Joshua hubiera dejado a la vista.

Ya llevaba dos semanas allí y no reconocía ni a una sola de las malditas fieras con las que compartía aquel mundo. En realidad, no estaba muy seguro de dónde estaba, ni en términos geográficos ni en cuanto a distancia del Datum; no se había molestado en contar las Tierras que iba atravesando. Cuando uno se tomaba una temporada sabática, la gracia era no saber exactamente dónde se encontraba. Incluso después de más de tres décadas recorriendo la Tierra Larga, para Joshua era evidente que no había agotado aún sus maravillas.

Lo cual le estaba dando que pensar. Joshua iba a cumplir los cincuenta ese mismo año. Los aniversarios de esa clase sacaban la parte reflexiva de un hombre.

—¿Por qué ha tenido que ser todo tan extraño? —preguntó en voz alta. Estaba solo en el planeta, así que ¿por qué carajo no hablar alto?—. Todos esos mundos paralelos y demás. ¿Qué fin tiene todo? ¿Y por qué me ha tenido que pasar todo a mí?

¿Y por qué empezaba a dolerle otra vez la cabeza?

En realidad, las respuestas a algunas de esas preguntas estaban ahí fuera, tanto en la extraña geografía paralela de la Tierra Larga como enterradas en lo más hondo del pasado del propio Joshua. En concreto, una respuesta parcial sobre la verdadera naturaleza de la Tierra Larga había empezado a desvelarse en una fecha tan temprana como julio del año 2036, en los Altos Megas:

Mientras vivieron en la casa de Nuevo Springfield, que al final fue solo unos pocos años, Cassie Poulson siempre hizo todo lo posible por olvidar lo que había descubierto al cavar la bodega de la parte de atrás en el verano del 36.

A Cassie no le había convencido mucho su nuevo mundo cuando lo había pisado por primera vez, apenas un año antes de aquello. No dudaba sobre su propia capacidad para construir una casa o sacar adelante una familia, aunque fuese allí, en los parajes apenas explorados de la Tierra Larga. Tampoco le preocupaban la relación que tenía con Jeb, tan fuerte y fiable como los clavos de hierro que él ya estaba produciendo en su forja, ni las personas con las que habían caminado hasta allí, en una travesía épica de más de un millón de cruces a partir del Datum, en busca de un nuevo hogar, en uno de los infinitos mundos revelados apenas unos años antes por el pionero viaje de exploración de Joshua Valienté a bordo de uno de los primeros dirigibles de la Tierra Larga.

No, era el mundo en sí lo que la inquietaba, por lo menos al principio. La Tierra Oeste 1.217.756 estaba cubierta de bosque, y nada más que bosque. Era algo completamente marciano para una chica que se había criado casi toda la vida en Miami Oeste 4, por aquel entonces poco más que un barrio dormitorio de su metrópolis en el Datum.

Sin embargo, sus sensaciones habían mejorado a medida que terminaba el primer año. Cassie había descubierto, con gran alegría, que allí no había estaciones propiamente dichas: ni los veranos que convertían Miami Oeste 4 en un horno abrasador ni inviernos dignos de tal nombre. La gente podía tomarse el tiempo atmosférico con calma; nunca molestaba. Entretanto, aparte del repertorio habitual de mosquitos y demás insectos con aguijón, en aquel bosque no había nada que pudiera hacer daño a una persona. Nada peor que un mordisquillo en el dedo por parte de una bola de pelo asustada. Nada siempre que una se mantuviera alejada de los ríos donde acechaban los cocodrilos y de los nidos de los pajarracos.

Y la cosa fue a mejor cuando ella y Jeb hubieron desbrozado terreno suficiente para plantar sus primeras cosechas, de trigo, patatas, lechugas y remolachas; cuando las gallinas, las cabras y los cerdos empezaron a tener crías; cuando ella y Jeb hubieron levantado, a base de martillazos, los comienzos de su propio hogar.

Sí, todo iba bien, hasta el día en que Jeb decretó que necesitaban una bodega.

Todo el mundo sabía que excavar una bodega era una precaución sensata, tanto para almacenar víveres como a modo de refugio ante peligros como los tornados y los bandidos equipados con cajas cruzadoras. Aunque Jeb y sus vecinos no preveían ningún peligro, en fin, más valía prevenir, y sería reconfortante tener un sótano antes de empezar una familia.

De modo que ahí estaba Cassie, cavando en la tierra con la pala de bronce que se había llevado a cuestas desde Miami Oeste 4, mientras Jeb andaba de batida con un grupo que trataba una vez más de cazar un pajarraco. No era un trabajo muy duro. La tierra ya estaba despejada de árboles y habían arrancado las raíces, y ella era fuerte, porque la vida de excursionista y pionera la había endurecido. Para primera hora de la tarde, Cassie, sucia y sudada, cavaba en un hoyo que ya era más profundo que ella alta.

Momento en el cual su pala, de pronto, se clavó en el aire vacío y ella cayó hacia delante.

Amortiguó la caída con las manos, retrocedió un poco, tomó aire y miró mejor. Había atravesado la pared de la incipiente bodega. Al otro lado había una intensa negrura, como una cueva. Cassie no conocía a ningún animal capaz de excavar una madriguera tan grande y profunda como aparentaba ser aquella; en el planeta había bolas de pelo que vivían bajo tierra, pero nadie había visto ninguna que fuese mucho más grande que un gato. No obstante, que nadie hubiera visto nunca un bicho así no significaba que no pudiera existir… y era muy probable que no le gustase que lo molestaran. Le convenía salir de allí.

Pero era un día tranquilo. Un par de sus vecinas charlaban mientras tomaban limonada a apenas unos metros de ella. Se sentía a salvo.

Y le picaba la curiosidad. Aquello era algo nuevo en el verano infinito e inmutable de Nuevo Springfield. Se agachó para asomarse por el agujero de la pared.

Solo para encontrar una cara que le devolvía la mirada.

Era de tamaño humano, pero no humana. Tenía más de insecto, pensó: una especie de escultura negra brillante, con un ojo múltiple como un racimo de uva. Y la mitad estaba cubierta de metal plateado, una máscara. Cassie apreció todo esto en el segundo que el susto tardó en recorrer su sistema.

Entonces chilló y retrocedió a rastras. Cuando volvió a mirar, la cara enmascarada había desaparecido.

Josephine Barrow, una de sus vecinas, se acercó caminando y miró desde arriba.

—¿Estás bien, cielo? ¿Te has clavado la pala en el pie?

—¿Me ayudas a salir? —Levantó los brazos.

Cuando Cassie estuvo en la superficie, Josephine dijo:

—Parece que hayas visto un fantasma.

Bueno, había visto… algo.

Cassie miró hacia su casa, a la que estaban casi a punto de ponerle el tejado permanente, y hacia los campos que habían desbrozado para sembrar, y hacia el agujero que ya habían cavado para hacer el arenero donde algún día jugaría su hijo… Miró todo el trabajo que habían empeñado en aquel lugar, todo el amor. No quería abandonarlo.

Pero tampoco quería vérselas con lo que fuera que había en aquel agujero.

—Tenemos que cubrir esto —anunció entonces.

Josephine arrugó el entrecejo.

—¿Después de todo lo que has trabajado?

Cassie pensó deprisa.

—He encontrado agua. Aquí no puede hacerse una bodega; algún día cavaremos un pozo. —Había un montón de madera cortada toscamente apoyada contra la pared de atrás de la casa—. Ayúdame. —Empezó a tender los tablones por encima del agujero.

Josephine la miró de arriba abajo.

—¿Por qué no lo rellenamos y listos?

Porque tardarían demasiado. Porque quería esconder aquello para siempre, antes de que volviera Jeb.

—Más adelante lo rellenaré. De momento ayúdame, ¿de acuerdo?

Josephine la miraba con cara rara.

Pero aun así la ayudó y, para cuando Jeb llegó a casa, Cassie había echado tierra y porquería del suelo del bosque por encima de la madera, de modo que nadie podía saber que allí había un agujero, y hasta había empezado a escarbar el principio de una segunda bodega en el otro lado de la casa.

Y para cuando se sentaron a cenar aquella noche en el porche de su casa, Cassie Poulson ya había iniciado el proceso de olvidar que alguna vez había visto aquella cara enmascarada.

Y unos años más tarde, en marzo de 2040, en Miami, Tierra Oeste 4:

Fue pura coincidencia, convendrían más adelante los historiadores, que Stan Berg naciera en Miami Oeste 4, la misma ciudad huella en la misma Tierra Baja en la que se había criado Cassie Poulson. La misma Cassie Poulson en cuyos terrenos situados en los Altos Megas se había localizado la anomalía de engarce primaria; una anomalía que, al final, sería determinante para la corta vida de Stan Berg y para muchos sucesos más. Raro, pero pura coincidencia.

Por supuesto, el mismo año en que Stan nació, la ciudad empezó a cambiar de manera espectacular a medida que llegaba el primer aluvión de refugiados huidos de unos Estados Unidos del Datum arrasados por Yellowstone. Para cuando cumplió los ocho años, el gobierno y los intereses empresariales habían tomado el poder de un campamento cada vez más poblado y anárquico, que convirtieron en una obra de construcción extraordinaria. Y para el undécimo cumpleaños de Stan, apareció una nueva «estrella» en el cielo, estacionaria sobre el horizonte del sur, que no era un auténtico astro, sino la estación terminal de un incipiente ascensor espacial que descendía hasta la versión local de Florida, construido por una comunidad de habichueleros que para entonces ya incluía a los padres del propio Stan.

Pero fueran cuales fuesen las convulsiones que teñirían la juventud de Stan, lo que no tenía nada de raro era el amor que colmó a su madre, Martha, desde el primer momento en que sostuvo en brazos a su hijo. Y ella, por lo menos, no vio nada raro en la aparente curiosidad con la que Stan inspeccionaba, con ojos precozmente abiertos, el mundo cambiante desde el momento en que llegó a él.

Joshua Valienté siempre se había tomado con escepticismo las anécdotas de Bill Chambers sobre Bromistas, pero volviendo la vista atrás comprendería que, si hubiera prestado más atención y pensado un poco más a fondo en lo que Bill decía, podría haber obtenido alguna pista temprana sobre el significado de todo aquello. Por ejemplo, lo que Bill le contó en 2040 —el año en que nació Stan Berg— mientras viajaban juntos en dirigible por los Altos Megas, mucho más allá de Nuevo Springfield. Era una historia sobre un Bromista al que Bill llamaba la Bola Blanca.

A decir verdad, Joshua había entrevisto ese Bromista con sus propios ojos. Habían sido él y Lobsang quienes lo habían descubierto, en mitad de aquella franja de mundos relativamente domesticados que se conocía como Cinturón del Cereal, en su primera travesía de exploración de la Tierra Larga, durante la cual Joshua había descubierto el significado del término. «Bromistas —le había explicado Lobsang—. Mundos que no encajan en el patrón. Porque hay un patrón, en términos generales. Pero las series generales se ven interrumpidas por estas excepciones: el Bromista de cada grupo, como los llaman los entendidos en la Tierra Larga…» Joshua ya conocía muchos mundos de esa clase, aunque no hubiera asignado un nombre a la categoría. El Bromista en cuestión era un mundo como una bola de billar, una superficie totalmente lisa e incolora bajo un cielo azul intenso y sin nubes.

Pero aunque había visto el planeta con sus propios ojos, Joshua sabía que no era prudente creerse las batallitas de Bill a pies juntillas. Bill Chambers, que tenía más o menos la misma edad que Joshua, se había criado con él en el Centro, en Madison, Wisconsin. Había sido un amigo, un rival, una fuente de problemas… y siempre un redomado mentiroso.

—Conozco a un tío que conoce a un tío… —dijo Bill en ese momento.

—Sí, ya.

—Que acampó en la Bola Blanca por una apuesta. Una noche, nada más. Solo. Como harías tú. Y además en pelotas, porque eso formaba parte de la apuesta.

—Claro.

—Por la mañana se despertó con un resacón de la hostia. Beber solo nunca es buena idea. Pues bien, el tipo era un cruzador natural. O sea que recogió sus trastos medio atontado y medio a ciegas, y cruzó, pero dice que al hacerlo fue como si tropezase.

—¿Como si tropezase?

—Le dio la sensación de que no cruzaba en la dirección correcta.

—¿Qué? ¿Eso cómo es posible? ¿Qué quieres decir?

—Bueno, cruzamos al este o cruzamos al oeste, ¿verdad? Están los sitios blandos, los atajos, para quien sepa encontrarlos, pero eso viene a ser todo…

«Cruzar»: en el Día del Cruce el mundo había dado un vuelco en torno a la humanidad. De repente, a cambio del esfuerzo de montar una caja cruzadora, que era un aparato eléctrico muy rudimentario —que algunos, como Joshua, ni siquiera necesitaban—, cualquiera podía cruzar, dar un paso lateral con el que abandonaba la vieja realidad, el viejo mundo, para entrar en otro, idéntico al original pero lleno a rebosar de bosque virgen y plagado de animales salvajes, porque solo en la Tierra original la humanidad había evolucionado y tenido la oportunidad de dar forma a su mundo. Planetas enteros a apenas un paseo de distancia. Y en cualquier dirección, este u oeste, siempre se podía cruzar una vez más, y otra. Si la Tierra Larga, como se conocía a la cadena de mundos, tenía un final, todavía estaba por descubrir. Después del Día del Cruce todo había sido diferente para la humanidad, para la propia Tierra Larga… y, en concreto, para Joshua Valienté.

Pero incluso la Tierra Larga tenía sus reglas. O eso había creído siempre Joshua.

—No sé, pero ese tío tuvo la impresión de que había cruzado en otra dirección. En perpendicular. Como si hubiera cruzado al… norte.

—¿Y?

—Y apareció en una especie de mundo distinto. Era de noche, no de día. Y no había estrellas ni nubes en el cielo. No había estrellas, por decirlo de algún modo. Lo que había…

—Tu estilo narrativo a veces crispa los nervios, Bill.

—Pero te tengo enganchado, ¿a que sí?

—Venga, acaba. ¿Qué vio?

—Vio todas las estrellas. Todas y cada una. Vio la puñetera galaxia entera, tío, la Vía Láctea. Desde fuera.

Fuera de la galaxia. A miles de años luz de la Tierra, de cualquier Tierra.

Bill concluyó:

—Y además seguía en pelotas.

Ese era el problema de los raqueros, había concluido Joshua. Eran unos fantasmas de tomo y lomo. A lo mejor pasaban demasiado tiempo solos.

Pero cuando se paró a pensarlo en febrero de 2052, comprendió que había considerado un fantasma incluso a Lobsang, aunque él fuera un mentiroso construido a auténtica escala cósmica. Cómo deseó haberle hecho caso cuando tuvo la oportunidad.

Ya era demasiado tarde, porque Lobsang había muerto.

Joshua lo había presenciado, a finales de otoño de 2045.

Sally Linsay y él habían estado esperando ante la puerta del Centro, en Madison Oeste 5. Anochecía, y las farolas empezaban a encenderse dando chispazos.

Sally llevaba puesto su equipo de viaje, con la chaqueta de pescador de muchos bolsillos bajo un impermeable y una mochila ligera de cuero a la espalda. Como de costumbre, parecía que fuese a largarse de allí en cualquier momento. Y cuanto más tardasen las hermanas en abrir la maldita puerta, más probable se volvía esa eventualidad.

—Mira —dijo Joshua, en un intento de pararle los pies—, no te pongas nerviosa. Saluda. Aquí todo el mundo quiere verte y agradecerte lo que hiciste por los Siguientes. Rescatar a esos chavales superinteligentes de aquella cárcel de Pearl Harbor…

—Ya me conoces, Joshua. Hoy en día la gente está hacinada en estas Tierras Bajas. Y los sitios como este. Como este «Centro», donde te encierran por tu propio bien. Me da igual lo feliz o infeliz que fueras aquí, Joshua, con esas pingüinas.

—No las llames pingüinas.

—En cuanto acabemos, pienso ir a emborracharme como una rata, lo más rápido posible.

—Entonces necesitarás algo más fuerte que nuestro jerez dulce. —La hermana John había abierto la puerta sin hacer ruido y estaba sonriendo—. Pasad.

Sally estrechó la mano de la hermana con bastante educación.

Joshua las siguió por un pasillo que conducía a lo que, para él, era una inquietante réplica del Centro en el que había crecido, el original que había quedado destruido hacía mucho en la explosión nuclear del Datum.

La hermana John, que llevaba la cabeza envuelta por un impecable griñón, se acercó a Joshua.

—¿Tú cómo estás?

—Bien. Desorientado por estar aquí.

—Lo sé. El olor no acaba de ser el mismo, ¿verdad? Bueno, dales unas décadas a los ratones para que trabajen y eso se arreglará.

—¿Y tú qué me dices? ¡Ahora eres la jefa! Para mí siempre serás la misma Sarah de siempre.

—A la que tuviste que rescatar del bosque en el Día del Cruce. Cuando vuelves, da la sensación de que nos hayamos hecho todos mayores de repente, ¿no?

—Ya lo creo. Para mí la superiora debería ser una figura imponente, y vieja…

—¿Tan vieja como yo? —La hermana Agnes los esperaba en el umbral del salón del Centro, la habitación mejor decorada de todas, donde las hermanas siempre habían recibido a las visitas.

Pero Agnes parecía inquietantemente más joven que la hermana John. Y cuando Joshua se sometió a un abrazo, notó un levísimo atisbo de artificio, una excesiva suavidad en la mejilla que besó. Y bajo su hábito práctico y algo ajado, una sensación alarmante, casi subliminal, de fuerza sobrehumana. Tras su muerte, Lobsang había resucitado a Agnes, descargando sus recuerdos en un androide de aspecto humano pero vacío, a la vez que entonaba plegarias budistas. Para Joshua era como si alguien hubiera convertido a la principal figura materna de su vida en un robot estilo Terminator. Pero hacía mucho que conocía a Lobsang y había aprendido a distinguir al espíritu que habitaba dentro de la máquina. Lo mismo le pasaba ahora con Agnes. Se limitó a decir:

—Hola, Agnes.

—Y Sally Linsay. —Con Sally se dieron un receloso apretón de manos en lugar de un abrazo—. He oído hablar mucho de usted, señorita Linsay.

—Lo mismo digo.

Agnes la escudriñó de arriba abajo, casi con aire de desafío, antes de volverse.

—Y bien, Joshua, ¿dónde está tu familia? Es una pena que estés separado de tu pequeño.

—Ya no es tan pequeño —señaló Joshua—. En fin, ya me conoces. Soy un alma dividida, Agnes. Una parte de mí siempre se siente arrastrada a viajar por la Tierra Larga.

—En cualquier caso, ahora estás en casa. Venid, uníos a la fiesta…

Sentados uno al lado del otro en los blandos sillones de siempre —parte del mobiliario original que se había rescatado del viejo Centro del Datum— estaban Nelson Azikiwe y Lobsang.

Lobsang, o por lo menos ese avatar itinerante en concreto, descalzo y rapado, iba vestido con su ya característico atuendo color azafrán. A Sally le presentaron sin grandes ceremonias a Nelson. Sudafricano de nacimiento y expárroco de cincuenta y tantos años, vestía de manera relativamente sobria, con traje y corbata. La extraña pareja sostenía en equilibrio sobre las rodillas sendas tazas de porcelana y platitos con pedazos de tarta. Una joven hermana a la que Joshua no reconoció andaba de un lado para otro, sirviendo.

También estaba presente la gata Shi-mi, que se acercó a Joshua para obsequiarle con un frote contra sus piernas, a la vez que fulminaba a Sally con una mirada de sus ojos verdes de LED.

Cuando Joshua y Sally se sentaron, Agnes se sumó al círculo mientras la hermana John y su joven compañera servían más té y pastel. Agnes tomó la palabra:

—Bueno, esto ha sido idea mía, Joshua. En este momento de relativa tranquilidad, ahora que se ha calmado un poquito el último estallido de pánico global, cuando todos pensábamos que los niños del supercerebro iban a empujarnos a la extinción, mi plan era traer aquí a Lobsang y reunir a sus amigos por una vez.

Sally puso mala cara.

—¿«Amigos»? ¿Es así como nos ves, Lobsang? Para ti somos más bien fichas de un juego. Moneditas que echar en la máquina tragaperras del destino.

Nelson se sonrió.

—Muy cierto, señorita Linsay. Pero aquí estamos, a pesar de todo.

—Amigos —repitió Agnes con firmeza—. ¿Qué otra cosa hay en esta vida que no sean los amigos y la familia?

Lobsang, tranquilo y bastante inexpresivo, dijo:

—Tu familia, por cierto, está dando que hablar, Sally. Por lo menos tu padre, con sus ideas sobre una nueva clase de desarrollo espacial.

—Ah, sí, el bueno de papá, soñando con usar sus matas de habichuela marcianas para abrir el acceso al espacio. Un camino directo a la industrialización en masa.

—Willis Linsay es sabio, a su manera. Debemos reconstruir, partiendo de esta base tan baja a la que nos ha reducido Yellowstone. De la manera más rápida y limpia que encontremos, y los ascensores espaciales lo harán posible. A fin de cuentas, es posible que algún día nos toque competir con los Siguientes.

—¿Qué sabes tú de los Siguientes, Lobsang? —preguntó Nelson—. Sé que entablaron una especie de contacto contigo. ¿Hay algo más, aparte de lo que has explicado de cara al público?

—Solo que han desaparecido. Todos esos niños brillantes, surgidos de todos los rincones del Datum y de la Tierra Larga, el paso siguiente de la evolución humana, a los que nuestro gobierno reunió en un centro de detención en Hawái. Se han ido a un sitio que llaman la Granja, situado en algún lugar perdido de la Tierra Larga. No me atrevería ni siquiera a especular dónde.

Sally se rio.

—¿No te lo dijeron? ¿Ni a ti? Te dejaron tirado para que limpiases detrás de ellos en Buen Viaje, ¿verdad? El dios omnipresente y omnisciente de la Tierra Larga, reducido al papel de mensajero, y por unos niños, nada menos.

Joshua le hizo señas para que callara, pero Lobsang dijo:

—No, déjala hablar. Tiene razón. Ha sido una temporada difícil para mí. Tú lo sabes mejor que nadie, Joshua. En realidad, es por eso que he permitido que Agnes os haga venir a todos.

Agnes se puso rígida.

—Ah, conque lo has permitido, ¿eh? Y yo que pensaba que todo esto había sido idea mía.

Lobsang los miró uno por uno: Sally, Nelson, Joshua, Agnes, la hermana John.

—Sois mi familia. Así es como os veo. Y sin embargo, vosotros tenéis vuestros propios lazos familiares. No debéis descuidarlos. —Se volvió hacia Nelson—. También tú, amigo mío. No estás tan solo como creías.

Nelson parecía más intrigado que ofendido por esa opacidad.

—Enigmático de manual. ¡Típico de Lobsang!

—No pretendía ser críptico. Si recuerdas la vez que fuimos a Nueva Zelanda…

Frustrada a todas luces por aquel descarrilamiento de su fiesta, Agnes lo interrumpió con brusquedad.

—Lobsang, si tienes algo que decir, será mejor que vayas al grano.

Lobsang se sentó con el torso adelantado y los hombros encorvados. De repente parecía, a ojos de Joshua, incalculablemente viejo. Viejo y cansado.

—Yellowstone y el hundimiento del Datum fueron difíciles para mí. Estoy extendido por la Tierra Larga, tengo iteraciones repartidas por todo el sistema solar, pero mi centro de gravedad siempre fue la Tierra Datum. Ahora el propio Datum ha sufrido una herida gravísima y, a consecuencia de ello, yo también. —Se apretó las sienes con los pulgares—. A veces me siento incompleto. Como si perdiera recuerdos, y luego perdiera el recuerdo de la pérdida en sí… Para mí, Yellowstone fue como una lobotomía.

»Desde entonces he tenido… dudas. A ti te lo dije, Joshua. He experimentado la extraña sensación de que recordaba mis encarnaciones anteriores. Pero esa no es la norma aceptada, según la tradición tibetana, porque si mi reencarnación ha sido completa, debería haberme desprendido de todo recuerdo de mis vidas previas. Quizá esta reencarnación sea imperfecta, pues. O —añadió mirando de reojo a Agnes— tal vez haya una explicación más mundana. Al fin y al cabo, no soy más que una criatura de chispas eléctricas repartidas en almacenamientos distribuidos de gel de la Corporación Black. Puede que me hayan hackeado.

»Y luego llegaron los Siguientes, y su veredicto sobre mí. Antes de todo esto, imaginaba que llegaría a ser, ¡sí, Sally!, omnipresente y omnisciente. ¿Por qué no? Todos los sistemas informáticos de la humanidad, todas las comunicaciones, acabarían integradas en una entidad: en mí. Y yo os cobijaría, calentitos y a salvo para siempre jamás.

Sally resopló.

—¿Un «siempre jamás» de subordinación? No, gracias.

Lobsang la miró entristecido.

—Pero ¿qué hay de mí? Sin mi sueño, no soy nada.

Dejó en el suelo, con cuidado, su taza de té.

Aquel pequeño gesto alarmó claramente a Agnes.

—¿Qué quieres decir, Lobsang? ¿Qué vas a hacer?

Él le sonrió.

—Querida Agnes. Esto no dolerá, estate tranquila. Es solo que yo…

Se quedó paralizado. Sin más, en mitad de un movimiento, a mitad de frase.

Agnes gritó:

—¿Lobsang? ¡Lobsang!

Joshua corrió a su lado, con Agnes. Mientras él le agarraba por los hombros, ella le frotó las manos, la cara. Manos sintéticas sobre mejillas sintéticas, pensó Joshua, y aun así la emoción no podría haber sido más auténtica.

Lobsang volvió la cabeza —y solo la cabeza, como un muñeco de ventrílocuo— hacia Joshua en primer lugar.

—Siempre he sido tu amigo, Joshua.

—Lo sé.

Luego Lobsang alzó la vista hacia Agnes.

—No tengas miedo, Agnes —susurró—. No es morir. No es morir…

Se le relajaron todos los músculos de la cara.

Por un momento, reinó el silencio.

Entonces Joshua notó un cambio de fondo, en los suaves sonidos rutinarios del Centro: el cese de un ruido, de un zumbido de máquinas invisibles, de ventiladores y bombas. Un apagado. Miró por la ventana y vio que en el edificio de enfrente las luces parpadeaban y desaparecían. Más allá distinguió manzanas enteras que se quedaban a oscuras. En alguna parte, sonó una alarma.

Agnes agarró a Lobsang por los hombros y lo sacudió.

—¡Lobsang! ¡Lobsang! ¿Qué has hecho? ¡Lobsang, serás cabrón!

Sally se rio, se puso en pie y se marchó cruzando.

Por supuesto, ni siquiera Lobsang lo había llegado a saber todo. Algunos de los misterios de la peculiar naturaleza de Joshua, como se descubriría más adelante, no estaban ocultos en los confines paralelos de la Tierra Larga, sino en las profundidades del tiempo. Eran misterios que habían empezado a enmarañarse en fechas tan tempranas como marzo de 1848, en el Londres de la Tierra Datum.

La ovación fue atronadora, y el Gran Elusivo la oía mientras bajaba la escalera de la entrada de artistas del teatro Victoria. Todavía le pitaban los oídos por culpa del jaleo del gallinero cuando le asaltaron las imágenes y los ruidos callejeros del New Cut: los escaparates, los puestecillos, el tráfico embotellado, los artistas ambulantes, los niños mendigos que daban volteretas a cambio de un penique. Y por supuesto, había gente esperando a Luis fuera del teatro, en la oscuridad del anochecer que se extendía sobre el barrio de Lambeth; siempre la había. Incluso jóvenes muchachas. Muchachas esperanzadas, tal vez.

Pero en esa ocasión, una voz masculina y queda le llamó desde un callejón.

—Se mueve muy deprisa, ¿verdad, señor? Podría decirse que extraordinariamente deprisa. ¿Puedo llamarle Luis? Me parece que ese es su verdadero nombre. O uno de ellos. Tengo una propuesta para usted. Consiste en invitarle a cenar en la Almeja Borracha, la mejor ostrería de Lambeth, por si resulta que no la conocía. Porque sé que le pirran las ostras.

El hablante resultaba indistinguible en las sombras.

—Juega usted con ventaja, señor.

—Sí, es cierto, ¿verdad? Y el motivo de que le hable con tanto apremio, por no llamarlo vehemencia, es que sé que, en cualquier momento que le plazca, puede usted desaparecer sin más. Es una facultad que le viene muy bien, salta a la vista. Aun así, usted no sabe cómo lo hace, ni yo tampoco. En pocas palabras, señor…

Sopló una ligera brisa a la vez que el misterioso interlocutor desaparecía.

Y luego se materializaba otra vez. Soltó una boqueada y se agarró el estómago, como si le hubieran dado un puñetazo. Pero se puso derecho y dijo:

—Yo también sé hacerlo. Me llamo Oswald Hackett. Luis Ramón Valienté, ¿hablamos?

Y en febrero de 2052, en un lugar remoto de la Tierra Larga:

En el firmamento, las estrellas particulares de Joshua Valienté brillaban para su exclusivo disfrute. Al fin y al cabo, era razonable suponer que la suya era la única alma en toda aquella Creación concreta.

Aún le dolía la cabeza.

Y no solo eso, sino que le picaba el muñón del brazo izquierdo.

Cuando una criatura chilló y murió en la penumbra, la oscuridad movió algo en el espíritu de Valienté, que sintió un miedo cerval.

—Empiezo a ser demasiado viejo para esto —murmuró Joshua en voz alta.

Comenzó a recoger sus trastos. Se iba a casa.

cap-2

2

El funeral se había celebrado un desapacible día de diciembre de 2045 en Madison, Wisconsin, Tierra Oeste 5.

Al principio, la hermana Agnes se había planteado si era posible dedicar unos servicios fúnebres a un hombre que no había sido un hombre, al menos según cualquier definición al uso, y cuyo cuerpo no había sido la consabida masa de carne frágil. En realidad, Agnes ni siquiera estaba segura de cuántos cuerpos había tenido Lobsang o de si la pregunta misma tenía sentido. Y aun así, Lobsang, hombre o no, había muerto claramente en cualquier sentido de la palabra que significara algo para el corazón de sus amigos. Por lo tanto, tendría su funeral, había decretado Agnes.

Se reunieron alrededor de la tumba excavada en el pequeño terreno del hogar infantil reubicado, donde habían dado sepultura a su amigo… entendiendo por «su amigo» a la unidad itinerante que habitaba en el momento de su «muerte». No hacía nada por mitigar la sensación de irrealidad, pensó Agnes, que cuatro de sus unidades itinerantes de repuesto, impávidas y vestidas con su acostumbrado uniforme de túnica naranja y sandalias a pesar del intenso frío, se hubieran colocado en torno a la fosa como una suerte de guardia de honor.

En comparación con eso, las plegarias y lecturas murmuradas de forma conjunta por el padre Gavin, de la parroquia católica local, y Padmasambhava, abad de un monasterio en Ladakh y, supuestamente, viejo amigo de Lobsang en una vida anterior, parecían casi rutinarias. Pero tal vez aquello fuera un reflejo del aspecto más extraño de Lobsang, pensó Agnes: que hubiera cobrado consciencia, plena consciencia, como software dentro de un complejo sistema informático y a la vez afirmara ser la reencarnación de un mecánico de motocicletas tibetano y, como tal, exigiera plenos derechos humanos. El caso había dado trabajo a los tribunales durante años.

En ese momento, con su leve acento irlandés, el padre Gavin leyó:

—«No sé qué aparento para los demás, pero para mí no soy más que un niño pequeño que pasea por las orillas inmensas del conocimiento y, de vez en cuando, encuentra un pequeño guijarro brillante con el que alegrarse mientras ante él se extiende el vasto océano de la verdad aún por descubrir…»

Agnes se deslizó hacia la parte de atrás del grupo hasta situarse junto a un hombre mayor, alto y canoso, que llevaba una gabardina y un sombrero negros y anónimos.

—Bonita cita —comentó Agnes en voz baja.

—Es de Newton. Siempre ha sido una de mis favoritas. La he escogido yo: quizá peque un poco de inmodestia, pero solo se tiene un funeral.

—Bueno, en tu caso, eso está por ver. Y bien, «George»...

—¿Sí, «esposa» mía?

—Ha venido mucha gente, incluso sin contarte a ti. Allí está la comandante Kauffman, espléndida con su uniforme de gala. Nelson Azikiwe, tan solemne y observador como de costumbre. Siempre ha sido un buen amigo, ¿verdad, L… esto, «George»? ¿Quién es esa mujer de ahí? Atractiva, cuarenta y tantos años… la que lleva llorando toda la mañana.

—Se llama Selena Jones. Trabajó conmigo hace años. En teoría sigue siendo mi tutora legal.

—Hum. Vienes con todo un pasado, ¿eh? Hasta Cho-je ha hecho acto de presencia, por lo que veo, y si algo no entiendo es por qué no lo han mandado al desguace a él. Y Joshua Valienté y Sally Linsay.

—Rey y reina de la Tierra Larga —dijo «George».

—Sí. Juntos, con el mismo aspecto de siempre de ser la pareja ideal, y aun así deseando poner mundos de distancia entre sí, cosa que nunca ha tenido sentido, ¿verdad?

—Conoces a Joshua desde que era pequeño, o sea que tú sabrás. Pero, hablando de niños…

—El papeleo ya está entregado. Puede que pase un tiempo antes de que aparezca el niño o la niña adecuado. Años, incluso. Hasta es posible que no haya nacido todavía. Pero cuando llegue la autorización para adoptar, estaremos preparados. ¿Y hemos escogido el nuevo mundo donde criaremos a nuestro «hijo» o «hija»?

—Como te dije, para eso he pedido a Sally Linsay que nos ayude cuando llegue el momento. ¿Quién conoce la Tierra Larga mejor que ella?

Agnes echó un vistazo a la aludida.

—¿Es la única que sabe quién eres?

—Sí. A excepción de ti, la única. En realidad, me dijo que nunca se había creído del todo que mi final fuera definitivo. En cierto modo, lo sabía antes incluso de que acudiera a ella. Pero es discreta. Apostaría cualquier cosa a que se guarda los secretos.

—Hum. No estoy segura del todo de si me fío de ella. No por su discreción, eso lo doy por hecho.

—Entonces ¿qué?

—No sé. Sally tiene… un extraño sentido del humor. Es una lianta. Y tú estás seguro de que quieres hacer esto, ¿verdad? Dejarlo todo y limitarte a…

Él la miró.

—¿A ser humano? ¿Y tú?

Y esa era la pregunta que agitaba las emociones de Agnes, en lo más hondo del pegote de gel de la Corporación Black que tenía por corazón.

El padre Gavin leyó otra cita, y «George» arrugó la frente.

—¿Lo he oído bien? Algo sobre ser un pecador a las puertas del cielo y volver a rastras conmigo…

Agnes le pasó un brazo por el suyo.

—Tú tienes a Newton, yo a Steinman. Vamos, salgamos de aquí antes de que alguien sospeche.

cap-3

3

Si no hubiera sido porque su perra Rio se puso a perseguir alguna bola de pelo imaginaria por la parte de atrás de la vieja casa de los Poulson, Nikos Irwin probablemente nunca habría encontrado la gran bodega. Fue una especie de accidente imprevisible… o quizá no, para quien conociese a Rio y las cualidades de testarudez y curiosidad que había heredado de sus antepasados boyeros de Berna. Pero de no haber sido por Nikos y su cabezona mascota, la historia posterior de la humanidad podría haber sido diferente… para bien o para mal.

Era abril de 2052. Nikos tenía diez años.

La cuestión no era que a Nikos le gustase en especial la vieja casa de los Poulson ni la aldea abandonada de la que formaba parte. Lo que pasaba era que el edificio se usaba como casa de trueque local y su madre lo había enviado en busca de patucos, porque su amiga Angie Clayton estaba embarazada.

Así pues, con Rio trotando a su lado, Nikos había caminado a la sombra de los árboles hasta salir del espeso verde del bosque, donde, en alguna parte, una banda de trolls entonaba una dulce canción, a la deslumbrante luz directa del sol.

Miró a su alrededor y vio las grandes casas que se alzaban silenciosas sobre el espacio despejado. Nikos se había criado en el bosque y desconfiaba de los claros por instinto, pues le dejaban a uno al descubierto. Además, aquella comunidad era un lugar extraño. Sus padres siempre le habían contado que la Tierra Larga era demasiado nueva para la humanidad como para tener mucha historia, pero si la había en algún lugar del mundo de Nikos, era allí. La vegetación empezaba a engullir algunas de aquellas viejas casas, pero las demás seguían destacando bajo la luz, duras, cuadradas y fuera de lugar, con su capa de cal con desconchones y sus ventanas agrietadas. A Nikos el sitio hasta le olía raro, no solo a podredumbre generalizada tras años de abandono, sino a leña cortada y tierra seca, polvorienta, inerte.

Todo aquello había sido obra, básicamente, de los primeros colonos que habían llegado a aquel mundo, los fundadores, que habían despejado un trecho de bosque para construir su pueblecillo. Todavía se apreciaban los tocones lisos y quemados de los grandes árboles que habían talado, y los campos que habían sembrado, y los caminos que habían delimitado con piedras pintadas de blanco y, por supuesto, las casas de madera que habían construido en unos pocos años, con sus vallas, sus mosquiteras y sus cortinas de cuentas. Algunas de las casas tenían vidrieras de colores. Había incluso una pequeña capilla a medio terminar, con un campanario truncado abierto a las inclemencias.

Y en una casa grande quedaba incluso, increíblemente, un piano: una caja de madera que alguien debía de haber construido con madera local para después equiparla con pedales y un bastidor que soportara las cuerdas, todo transportado desde las Tierras Bajas. Toda una hazaña de artesanía casi inútil.

Los padres de Nikos decían que los fundadores habían sido personas entregadas, trabajadoras y llenas de energía, y que al llegar a aquellos mundos remotos —a más de un millón de cruces del Datum, el primer mundo de la humanidad— tras sus largas travesías estaban poseídos por una especie de sueño que era herencia de su pasado, cuando sus ancestros habían emigrado a la América original y habían construido poblaciones como aquella, con granjas, jardines, escuelas e iglesias. Hasta le habían puesto de nombre a su aldea Nuevo Springfield.

Pero el problema estribaba en que aquello no era la América colonial.

Y esa Tierra no era el Datum. El padre de Nikos decía que ese mundo, y toda una serie de Tierras parecidas que formaban una franja a su alrededor, estaban cubiertos de árboles en toda su extensión, desde el polo hasta el ecuador y luego al otro polo, y que lo decía en el sentido literal: allí prosperaban los bosques incluso en la noche ártica. Desde luego esa huella de Maine estaba llena de árboles que parecían secuoyas y laureles pero probablemente no lo eran, con un sotobosque de plantas parecidas a tés, arbustos frutales, helechos y colas de caballo. En el aire cálido, húmedo y umbrío zumbaban los insectos, mientras que los árboles y el suelo fértil eran un hervidero de bolas de pelo, como las llamaba todo el mundo: pequeños mamíferos asustadizos que se pasaban la vida correteando en pos de los citados insectos.

Y en un mundo así, los hijos de los fundadores pronto habían empezado a explorar otras maneras de vivir, desafiando a sus padres, los pioneros.

¿Por qué dejarse la piel cultivando cuando estaban rodeados de mundos enteros despoblados y llenos de frutales siempre generosos? Y ríos preñados de peces, y bosques donde las bolas de pelo eran tan abundantes que resultaba fácil cazarlas con trampas. Claro, ser granjero a lo mejor tenía sentido en los mundos más despejados del Cinturón del Cereal, pero allí… Los viajeros sin rumbo que pasaban por el lugar de forma esporádica, haciéndose llamar raqueros, oakies o vagabundos, ejemplos palmarios de otros estilos de vida, habían contribuido a inspirar la ruptura. Los padres de Nikos todavía hablaban de una joven, especialmente persuasiva y dotada a las claras de una gran inteligencia, que se había quedado unas semanas, cantando las alabanzas de una vida más relajada.

Los pioneros tendían a tener hijos siendo jóvenes; cuanto antes obtuvieras una nueva cosecha de trabajadores voluntarios, mejor. Pero los numerosos hijos de Nuevo Springfield, que se habían criado en un mundo que no tenía nada que ver con el de sus padres, pronto habían aprendido a pensar como personas independientes y se habían rebelado. La mayoría de los jóvenes, y una cantidad nada desdeñable de sus progenitores, habían abandonado la granja y se habían adentrado en la espesura. La fuerza de voluntad que mantenía viva la población se había disuelto, por decirlo así. En realidad, solo había durado una generación.

En la actualidad, los Irwin y las demás familias no tenían residencias permanentes como tales. En lugar de eso, practicaban una especie de ciclo de domicilios, que se visitaban en función de los frutos de las benignas estaciones y se mantenían despejados de matorral nuevo mediante pequeñas quemas, a la vez que se reparaban los cobertizos y chimeneas del año anterior. Así que, por ejemplo, en los meses de primavera escalaban el monte Manning en un mundo en concreto situado un par de cruces al este, cuando los topos ardilla salían en tropel de la tierra para escoger nuevas reinas y fundar nuevas madrigueras, lo que los volvía fáciles de atrapar. O en otoño, podían ir al arroyo de Soulsby, ubicado cuatro cruces al oeste, donde la remontada anual del salmón local para desovar era especialmente abundante. Nikos se había criado con todo aquello y no conocía otra cosa.

En cuanto al viejo poblado en sí, entretanto, muchos de los fundadores habían regresado al Datum a medida que envejecían y se cansaban. Unos cuantos pioneros desengañados habían aguantado lo mejor que habían podido, envejeciendo como héroes bajo el cuidado de sus parientes. La madre de Nikos contaba una nostálgica anécdota sobre una anciana a la que solía escuchar tocando el piano por las noches, valses de Chopin que flotaban en el silencio del bosque mundial, una música compuesta en siglos pasados y en un mundo muy lejano, que en ocasiones coreaba algún grupo de trolls. Pero el piano empezó a desafinar y llegó un día en que la música cesó por completo, y ya nadie lo había vuelto a tocar.

Incluso después de que quedase abandonado por completo, sin embargo, el grupo de Nikos cooperaba para mantener despejado el claro de Nuevo Springfield. Tenía su utilidad: todo el mundo necesitaba una caja cruzadora, y para eso hacían falta patatas, y las patatas requerían siembra, de modo que ese sí era un uso útil de los restos de las granjas de los fundadores. Alguien había invertido un gran esfuerzo en construir la forja situada junto a la casa de los Poulson, que se mantenía apta para el funcionamiento: dado que no podía transportarse hierro de un mundo a otro, conservar el oficio de la herrería parecía otra buena idea. Algunos animales que los fundadores habían llevado hasta allí —gallinas, cabras, cerdos y hasta ovejas— habían sobrevivido y criado. De vez en cuando alguien se llevaba una sorpresa cuando un descendiente asilvestrado de aquellos primeros colonos porcinos salía corriendo de algún matorral delante de él.

Y aquella casa en particular, la vieja granja de los Poulson, más resistente que las demás, con el tiempo había adoptado un nuevo papel. Se había convertido en la casa de los trueques, como la llamaba todo el mundo: un lugar donde la gente podía abandonar e intercambiar toda clase de cosas.

Motivo por el cual estaba allí Nikos ese día.

Cruzó el claro con paso cauteloso, en dirección a la casa de los Poulson.

Con una mano en el robusto cuchillo de bronce que llevaba sobre la cadera izquierda y la otra junto a la caja cruzadora de la derecha, estaba pendiente de todo cuanto le rodeaba. En realidad no tenía miedo a la fauna local, ya que por lo que respectaba a animales salvajes, en el bosque solo había tres peligros: las marabuntas de hormigas, los pajarracos y los cocodrilos. En fin, estaba demasiado lejos del agua para que hubiera cocodrilos, y las grandes aves eran feroces pero estaban acostumbradas a cazar pequeñas bolas de pelo del bosque y por tanto eran pesadas, lentas y torpes. Y si hubiera una marabunta por las inmediaciones, oiría esa especie de chapoteo que anunciaba su llegada con mucho adelanto, antes de que se extendiera por el suelo como una mancha de un líquido asqueroso y corrosivo que destruía todo cuanto encontraba en su camino. Además, los trolls del bosque casi seguro que anunciarían cualquier peligro con su canto, a tiempo para que Nikos cruzase para ponerse a salvo. Casi seguro. Nikos había visto con sus propios ojos cómo uno de esos pajarracos atrapaba a un niño despistado y había sido algo espantoso, de modo que convenía mantenerse ojo avizor a causa de esa insidiosa palabra: «casi».

Pero el verdadero motivo por el que Nikos se mostraba tan cauteloso era que, por lo menos entre los jóvenes, circulaban historias sobre esa casa en concreto. Leyendas, por decirlo de alguna manera. Leyendas sobre las… cosas que vivían allí.

Y no, no eran solo anécdotas sobre bolas de pelo carroñeras y demás. Ni historias sobre los monstruos conocidos del bosque. Algo peor aún. Un elfo, tal vez, atrapado allí, un monstruito de la Tierra Larga, maltrecho, encorvado y viejo pero aun así fiero, que solo esperaba el momento oportuno para zamparse a los niños despistados. O tal vez, según afirmaba una variante de la leyenda, se trataba del fantasma de uno de esos niños, que esperaba para vengarse de aquellos que le habían obligado a ir allí en primer lugar…

Por supuesto, no tenía sentido. Nikos era lo bastante mayor para captar los fallos de la lógica —si la casa Poulson estaba encantada, ¿por qué la iban a usar los adultos de almacén?—, pero aun así seguía siendo lo bastante pequeño para tener miedo. En fin, por muchas historias que corriesen, no pensaba volver sin lo que le habían mandado a buscar, eso estaba claro, porque de otro modo las burlas de sus amigos dolerían más que cualquier cosa que pudiera hacerle un monstruo.

Cuando llegaron al porche, Rio olfateó el aire, soltó un gañido y salió corriendo hasta perderse de vista doblando la esquina de la casa, en pos quizá del rastro de una bola de pelo desprevenida. Nikos no prestó atención a la perra.

Abrió una puerta chirriante, entró y miró a su alrededor. La película verde que poco a poco iba cubriendo las ventanas solo dejaba pasar un poco de sol. Nikos llevaba una linterna de cuerda que sacó del bolsillo en ese momento, para ver mejor en la penumbra. La desazón le erizó el vello de la nuca. Estaba acostumbrado a los tipis y los cobertizos y, al margen de cualquier leyenda de fantasmas, ya le resultaba bastante extraño meterse en una caja de madera cerrada por los cuatro costados. Aun así, se adentró en la sala, pisando con cuidado.

Un espacio principal ocupaba la mayor parte de la casa. Nikos sabía que era así como se habían construido todos aquellos edificios: se empezaba con una única habitación grande donde la creciente familia vivía, comía y dormía, y se iban añadiendo otras cuando se podía, por ejemplo una cocina, dormitorios, almacenes… Pero aquella casa, como la mayoría de las demás, no había llegado tan lejos. Reconocía algunas cosas de sus visitas anteriores, realizadas bajo la supervisión de su padre: la mesa grande y antigua de la esquina, el hogar situado bajo una chimenea a medio terminar, el suelo cubierto con unas cuantas esteras hechas con carrizo del arroyo y teñidas con plantas locales.

Pero la habitación estaba llena de trastos, desechos viejos y polvorientos que se amontonaban sobre la mesa, en el suelo y contra las paredes. Aun así, no eran trastos, o no del todo. A la gente del bosque siempre le faltaban cosas, porque todas sus posesiones o bien provenían del Datum o las Tierras Bajas o bien tenían que fabricarlas ellos mismos, y en ambos casos conllevaban mucho esfuerzo. De manera que, si algo se rompía, ya fuese un arco, un machete de bronce o un palo de cavar, y el dueño consideraba que no valía la pena repararlo, lo dejaba allí, en la casa del truque, siguiendo la teoría de que algún otro podría sacarle partido. O por lo menos, dejaba parte del objeto: el bronce para fundirlo, un arco roto para que practicase un niño pequeño. Había una útil reserva de trozos de cable, relés y carretes de bobina, la clase de utensilios que hacían falta para reparar una caja cruzadora o una emisora de radioaficionado. Había incluso una pila de aparatos electrónicos último modelo procedentes del Datum: teléfonos y tabletas, todos negros e inertes después del fallo definitivo de sus baterías o células solares, y cuyos componentes internos eran demasiado finos y endebles para reutilizarlos, aunque había gente que se llevaba incluso eso para hacer joyería o como regalos relucientes para los trolls del bosque.

Y siempre había ropa, sobre todo infantil: ropa interior, pantalones, camisas, jerséis, calcetines y zapatos, en su mayor parte transportados desde las Tierras Bajas, aunque había prendas hechas allí. La ropa de los adultos por lo general estaba demasiado gastada para reutilizarla, pero Nikos escogió unos cuantos retales de colores para la última colcha que estaba haciendo su madre. Hasta los jirones más ásperos podían usarse para rellenar almohadas y cosas así. La ropa infantil, en cambio, a menudo apenas se usaba antes de quedarle pequeña a la criatura en cuestión. Los habitantes de Nuevo Springfield eran una gente móvil y nómada, que viajaba con poco equipaje. Desde luego no eran de los que cargaban con unos patucos durante veinte años, por si acaso en un futuro llegaba un nieto que pudiera llevarlos durante un par de meses. Y eran patucos en particular lo que buscaba Nikos, para la criatura de Angie Clayton que estaba a punto de nacer.

Después de rebuscar un poco, encontró un precioso par de pequeños mocasines cosidos con la piel raspada de alguna infortunada bola de pelo, unos zapatitos que parecían juguetes en la palma de su mano.

Fue entonces cuando oyó otro gañido de Rio, seguido de un crujir de madera y un ruido de corrimiento, como si una gran masa cayera por un agujero.

cap-4

4

Nikos salió corriendo de la casa y la rodeó por donde había desaparecido su perra.

—¡Rio! ¡Rio!

En la parte de atrás del edificio, de cara a la jungla virgen, alguien había clavado en el suelo una hilera de postes, una empalizada a medio terminar que pretendía mantener a las ovejas dentro y a los pajarracos fuera. Nikos se abrió paso entre los arbustos de té que llenaban el espacio antaño despejado que separaba la casa y la empalizada… y estuvo a punto de caer por un socavón en el suelo.

Dio un cauteloso paso atrás y miró abajo. El agujero tendría unos dos metros de lado y había estado cubierto con unos tablones toscos de madera que el tiempo a todas luces había podrido y ablandado. Las tablas restantes tenían todo el aspecto de haber estado enterradas bajo una capa de tierra cubierta de mantillo de bosque. En aquella capa de suelo crecían incluso un puñado de resistentes helechos. Pero uno de los tablones estaba roto y dejaba a la vista un hueco negro y profundo.

Nikos se rascó la cabeza. Todo aquello le tenía bastante desconcertado. ¿Estaba ante una bodega? Podría ser. Además de servir para guardar comida y otras cosas, una bodega era una precaución sensata contra los ataques de bandidos y otros malhechores. Al fin y al cabo, no había pared que pudiese detener a alguien equipado con una caja cruzadora: bastaba con saltar de lado a un mundo donde esa pared no existiera, salvar la distancia intermedia y cruzar de vuelta al mundo original. Nadie podía cruzar a una bodega, sin embargo. No cuando la misma ubicación en los mundos vecinos resultaba inaccesible a causa de la tierra, la roca y las raíces de los árboles. Había sótanos poco profundos incluso debajo de algunos de los campamentos más grandes y consagrados de la familia de Nikos, repartidos en paralelo por varios mundos.

Sí, cabía esperar que una casa como aquella tuviese bodega, aunque no estuviera terminada. Pero ¿por qué cubrirla con tablones?

Además, aunque toda aquella porquería que cubría la madera podía haberse acumulado sola con el paso de los años, daba la impresión de que el boquete se había ocultado adrede. ¿Por qué? ¿Era una especie de trampa, más que una bodega? Pero ¿una trampa para qué? Solo un pajarraco, un cocodrilo o un perro grande como Rio, o un humano, habrían sido lo bastante pesados para atravesar esos tablones… Y a lo mejor ni siquiera, cuando los maderos no estaban tan podridos.

Nada de todo aquello importaba. Rio había desaparecido.

Nikos vaciló bajo el sol que caía a pico. La sensación de estar encerrado sería peor incluso que en la casa de los Poulson, porque no tendría disponible su principal defensa, cruzar en caso de peligro. Estuvo a punto de dar media vuelta, pero Rio… Transportada de cachorro desde la Tierra Datum por un comerciante, era una boyera de Berna, criada, según se decía, para tirar de carretas cargadas de queso. Era fuerte y resistente, pero lenta.

Era la perra de Nikos. Si tenía que meterse en aquel boquete, lo haría.

Se puso a cuatro patas, con cuidado, y miró por el agujero que había dejado el tablón roto. Lo único que vio fue oscuridad, incluso al encender la linterna.

—¡Rio!

Al principio no oyó nada, ni siquiera un eco. Después le llegó un ladrido, que sin duda procedía de Rio, desde el agujero. Pero sonaba sorprendentemente lejano, como si no lo hubiera emitido un perro atrapado apenas un par de metros más abajo.

—¡Rio! ¡Riooo!

Y entonces oyó otro sonido. Una especie de roce, casi un susurro, como si proviniera de un insecto enorme. Daba la impresión de alejarse, como si estuviera escarbando tierra adentro. Todas las leyendas e historias para no dormir que tenía enterradas en la cabeza afloraron de nuevo a la superficie. Una vez más, estuvo a punto de alejarse, pero su perra estaba allí abajo.

Con movimientos frenéticos, empezó a arrancar los tablones que quedaban, volcando la tierra en el agujero sin miramientos.

—¡Rio! ¡Ven, guapa! ¡Rio…!

El boquete que dejó al descubierto, toscamente horadado en la tierra poco compactada, solo tenía unos dos metros y medio de profundidad. Se colgó del borde y, tras asegurarse de que podría escalar por los lados, se dejó caer hasta el fondo.

Miró a su alrededor. Si aquello pretendía ser una bodega, no era gran cosa, con sus paredes de tierra desnuda y el suelo que aún mostraba las marcas de pala que había dejado sin alisar el cavador original. Solo era un agujero en el suelo, excavado con prisas y escondido con más prisa todavía. Y no había ni rastro de su perra.

Estaba bastante claro por dónde se había ido Rio, de todos modos. Había una brecha en una de las paredes, abajo, cerca del suelo.

Tras confirmar que tenía a mano su navaja, Nikos se puso a gatas y vio que ante él se extendía una especie de túnel subterráneo. No era demasiado ancho, pero estaba practicado con mucho más esmero que la bodega inacabada, porque tenía el contorno circular y las paredes lisas. Con una pasada de linterna, observó también que descendía en un ángulo bastante pronunciado. Bajaba a la oscuridad, más allá del alcance de su haz de luz. ¿Quién podía haber hecho aquello? Algún animal subterráneo, tal vez. Había bolas de pelo que vivían bajo tierra, y su imaginación formó la imagen de un topo-ardilla del tamaño de un humano, con unas grandes zarpas cavadoras rematadas por garras del tamaño de una pala. Sería como un kobold, pensó, un humanoide de talla humana y aspecto de topo que a veces se pasaba por allí para intentar comerciar. Pero recordó aquel roce peculiar, aquel cruce de susurro y arañazo que no se parecía a ningún sonido que pudiera emitir una bola de pelo o ni siquiera un kobold.

Entonces, más a lo lejos, oyó otro ladrido, un gañido asustado.

Dejó que el instinto tomara las riendas.

—¡Ya voy, guapa! ¡Espera, que voy!

Se puso la linterna en la boca, entró gateando en el túnel y empezó a descender por la pendiente. Bajo las manos y las rodillas notaba solo tierra, aplanada y compacta. A su espalda, el disco de la luz diurna menguaba, y por delante la linterna iluminaba otra abertura al final del túnel, un círculo perfecto que daba a una oscuridad aún mayor. Estar encerrado en aquel túnel asustaba, y la cruzadora que llevaba enganchada a la cintura obstaculizaba sus movimientos. Para salir de allí tendría que gatear hacia atrás, porque parecía imposible dar la vuelta. Pero siguió adelante.

Recorrió unos seis metros, a ojo, descendiendo poco a poco hacia la oscuridad. Entonces el túnel inclinado terminó en un orificio que se abría a un espacio mucho más amplio. Todavía a cuatro patas, asomó la cabeza con cuidado, apuntando con la linterna. El haz de luz reveló un suelo y un techo, ambos alisados y separados por unos tres metros de distancia, y varios pilares, como si fueran restos de la tierra o la roca que se había eliminado, situados a intervalos regulares. No veía ninguna pared, ni a los lados ni por delante; su linterna no llegaba tan lejos. Era evidente que estaba entrando en un espacio mucho más ancho y profundo.

Ahí quedaba su teoría de los topos ardilla. ¿Qué demonios era aquello?

Le recordaba a lo que había leído, en las irregulares clases de su madre, sobre la minería en las Tierras Bajas. Sabía que por la zona había una veta de hierro que los fundadores habían explotado después de que los Poulson construyeran su forja. Aquella veta tan rica, exclusiva de ese mundo en particular, era uno de los motivos por los que se habían instalado en él. Pero él había visto el tamaño de aquella forja casera y los pocos clavos y demás utensilios que habían fabricado, como aquel puñado de herraduras para los animales de nombre exótico que planeaban importar en un futuro que nunca había llegado (Nikos no había visto nunca un caballo). Los fundadores no podían haber excavado todo aquello en tan poco tiempo, y en cualquier caso no habrían tenido necesidad. Pero si no habían sido ellos…

La cara apareció delante de él.

«Cara»: era una manera de decirlo, una máscara que recordaba vagamente la forma de un rostro humano, con un lado cubierto de metal plateado y el otro peor aún, tallado en lo que parecía ese material negro y brillante con el que Dios hizo a los escarabajos, como habría dicho el padre de Nikos. Pero era una cara, de eso no cabía duda, montada en una cabeza de aspecto minúsculo que remataba un cuello estrecho.

Casi expresaba curiosidad. Como si lo inspeccionara, con esa peculiar inclinación de cabeza. Curiosa. ¡Viviente!

El sobresalto le alcanzó con efecto retardado. Gritó, y el eco resonó con fuerza en el gran espacio abierto que había más allá. Intentó retroceder, pero le patinaron las manos en la pendiente del túnel y resbaló hacia delante hasta salir dando tumbos del pozo…

Y cayó directo en los brazos de aquella especie de escarabajo chapado en plata. ¿Brazos? ¿Tenía brazos de verdad? Nikos notó un metal frío bajo la espalda y las piernas. Chilló, se revolvió y notó que la criatura lo soltaba.

Cayó al suelo y, aunque no estaba a más de un metro de altura, se le cortó la respiración y se le escapó la linterna. Rodó para ponerse en pie con rapidez, pero a oscuras, porque la linterna caída solo arrojaba una esquirla de luz y se sentía desorientado, como si le hubiesen dado varias vueltas.

Vio que el escarabajo se revolvía hasta situarse sobre la panza y luego se alejaba correteando, quizá tan asustado como él mismo. Parecía de tamaño humano, pero más semejante a un escarabajo o una langosta por la forma, la manera de moverse y la dureza negra y reluciente de su cuerpo y sus múltiples extremidades.

Entonces Nikos vio, oyó, cómo se aproximaban más criaturas como aquella. Recogió la linterna del suelo y la movió en arco.

Se le acercaban desde todas las direcciones, arrastrándose por el suelo, como una colonia de hormigas pero mucho más grandes, más monstruosas. Y el hecho de que aquellas corazas negras y brillantes estuviesen recubiertas de trozos de metal, de un material artificial, de algún modo las volvía más terroríficas aún. Cuando apuntó a una con la linterna, la criatura se encogió y retrocedió como si la hubiera deslumbrado, pero las demás siguieron acercándose desde todos los lados. Cuando estuvieron junto a él, empezaron a erguirse, lo que dejó a la vista sus panzas blandas, en las que unas vainas grises pendían de la carne verdosa como si fueran ampollas.

Entonces una de ellas se alzó justo enfrente de él. Vio una máscara plateada de media cara idéntica a la primera que había visto —de hecho, a lo mejor se trataba de la misma, ya que era incapaz de distinguir a una criatura de otra— y una especie de tentáculo, fino y plateado, se extendió en su dirección.

Intentó quedarse quieto, pero, cuando el pseudópodo lo tocó y sintió el frío del metal sobre la carne caliente, Nikos perdió los nervios.

Corrió hacia delante, chillando y agitando la linterna, apartando a empujones los cuerpos susurrantes que se inclinaban y se retiraban correteando para dejarle pasar. No llegó muy lejos antes de tropezar con algo y caer sobre un suelo duro y compacto. De nuevo se le escapó la linterna y sufrió unos instantes de pánico entre las sombras móviles de la penumbra antes de recogerla, momentos en los que pudo oír a las criaturas moverse, susurrar y arrastrarse a su alrededor. No tenía ni idea de dónde quedaba la pared y el túnel por el que había salido. El pánico le atenazó la garganta.

Y una vez más, una de aquellas criaturas parecidas a escarabajos tendió hacia él una extremidad plateada, tentacular y sinuosa. Sin pensar, Nikos lanzó un golpe con la linterna. Alcanzó a la cosa en el lado oscuro de la cara, evitando la máscara de metal. El caparazón negro se resquebrajó y por él supuró una especie de pulpa, verde y apestosa. Cuando el escarabajo cayó hacia atrás, otro se movió para sujetar a su compañero herido, pero al hacerlo se acercó a Nikos, que arremetió de nuevo con la linterna…

Y el escarabajo desapareció con un estallido sordo de aire.

Nikos estaba anonadado. ¡Era como si el escarabajo hubiera cruzado, desde aquel gran sótano, aquella caverna subterránea! ¿Cómo era posible?

Una vez más, las criaturas se le acercaron, con movimientos ya más cautelosos, sin perder de vista la linterna, que él blandía de un lado a otro, con el único ojo de aquellas extrañas medias caras. Nikos no tenía escapatoria, y si se abalanzaban sobre él no podía rechazarlas a todas.

Intentó pensar.

Aquel escarabajo había cruzado. No podía cruzarse desde un agujero en el suelo… pero el escarabajo lo había hecho. Si un bicho podía, él también.

Todavía llevaba al cinto su caja cruzadora. Giró el interruptor grande y tosco hacia la izquierda y la derecha, este y oeste, e intentó cruzar, pero en ambas ocasiones notó la extraña resistencia que se experimentaba cuando se intentaba cruzar desde un sótano o a un espacio ocupado por algo enorme, como una gran secuoya. Era imposible. No podía cruzarse al interior de la tierra o la roca maciza. ¡Pero el escarabajo había cruzado! Tenía que haber una manera.

Los escarabajos seguían acercándose.

Con un espasmo de miedo y asco, volvió a intentarlo. Retorció el interruptor de su cruzadora hasta que lo rompió y se lo quedó en la mano. Pero entonces «cruzó», ni al este ni al oeste…

Ya no estaba en un agujero.

Estaba sentado sobre una superficie dura y lisa. Por encima tenía un cielo luminoso, deslumbrante hasta el punto de hacerle daño en los ojos después de la oscuridad del gran sótano. Pero aquel cielo era marrón anaranjado, en vez de azul, y no había sol ni luna; solo estrellas, como si fuera una noche despejada, pero mucho más numerosas, y algunas de ellas eran brillantes, más que cualquier estrella o planeta, más brillantes que la luna, luminosas como fragmentos del sol.

Paralizado por la impresión, inhaló de forma entrecortada. El aire estaba enrarecido y olía a metal y sequedad.

Miró a su alrededor. El terreno sobre el que se encontraba era como tierra compactada. Estaba en una pendiente que descendía hasta lo que parecía un río. En la orilla opuesta se agolpaban una especie de burbujas pálidas y transparentes. Eran como las ampollas que había visto en la panza de los bichos escarabajo, pensó, aunque aquellas eran más grandes, del tamaño de edificios, y estaban sujetas al suelo. Por lo menos algunas, porque otras parecían esforzarse por elevarse por los aires.

Y había escarabajos recorriendo los senderos y caminos que seguían la orilla del río y cruzando unos puentes bajos que lo sorteaban, a centenares, en grandes grupos, levantando un rumor con el roce de sus patas.

Todo eso, en un instante, un aluvión de impresiones.

Había un escarabajo justo a su lado. Nikos no lo había visto acercarse. La cara medio plateada pendía ante la suya, y un pseudópodo enroscado se extendía hacia su sien derecha. Se sintió superado. Había visto demasiado para asimilarlo y no podía reaccionar. No se resistió.

Reparó en otro detalle extraño del cielo luminoso: muchas estrellas de su izquierda, aunque brillantes, presentaban un tinte verde, mientras que las situadas a su derecha eran de un blanco puro.

Entonces algo frío le tocó la cabeza. La negrura se cerró sobre su visión, como si estuviera cayendo por otro túnel.

Despertó sobresaltado.

Estaba tumbado boca arriba. Sobre él brillaba un cielo azul y a su alrededor había muros de tierra, buena tierra normal y corriente. Volvía a encontrarse en aquel foso a medio excavar, bajo el firmamento de siempre. Fuera del gran sótano. Con un ansia casi frenética, respiró hondo, y un aire dulce, cargado de aroma a flores del bosque, le llenó los pulmones.

Se incorporó, boqueó y tosió, con la garganta irritada.

Algo le tocó el rostro. Pensando que era el tentáculo plateado de una de aquellas criaturas de pesadilla parecidas a escarabajos, se retorció para apartarse y se puso en pie.

Era Rio, que le había lamido la cara. Y había depositado un animal en el suelo, junto a él: tan solo un mapache enano, sin nada de especial, inerte, muerto.

Nikos miró a su alrededor con rapidez y buscó en sus bolsillos y su zurrón. Todavía llevaba los mocasines de bebé. Había perdido la linterna y se preguntó cómo iba a explicar eso a nadie.

Pero allí estaba Rio, sana y salva. La perra se dejó agarrar y acariciar. Después fue la primera en salir trepando del hoyo y dirigirse a casa.

Nikos no contó a sus padres la aventura en la vieja casa de los Poulson.

El miedo lo tuvo atenazado durante un día y una noche enteros. Ni siquiera pudo conciliar el sueño pensando en ello.

Pero al segundo día volvió al límite del claro irregular y oteó la casa de los Poulson desde la cobertura que proporcionaban los árboles.

Al tercer día se decidió a entrar otra vez, con sus amigos. De vuelta al viejo sótano.