Heidi

Johanna Spyri

Fragmento

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Del pequeño y acogedor pueblo de Maienfeld, parte un camino que atraviesa verdes prados y tupidos bosques y conduce hasta el pie de las altísimas montañas, que miran imponentes hacia el valle. Allí, el camino se transforma en un sendero empinado, abrupto, que asciende por los Alpes, a través de pastos de hierba fresca que ofrecen su suave aroma al caminante.

Una espléndida mañana de junio, cuando el sol ya calentaba, una joven del valle, alta y vigorosa, avanzaba por el sendero. De la mano, llevaba a una niña de unos cinco años, morena, de rostro bronceado y mejillas ardientes. La pequeña apenas podía caminar, porque iba abrigada como si tuviera que enfrentarse al gélido invierno. Llevaba puestos dos vestidos, o tal vez eran tres, y por encima de los hombros, cruzado sobre el pecho y anudado a la espalda, un pañuelo rojo. Además, calzaba unas pesadas botas de montaña con la suela claveteada. No es de extrañar, pues, que la pequeña estuviera sudorosa y acalorada.

Las dos viajeras debían de llevar una hora caminando desde el valle, cuando llegaron a la aldea de Dörfli, situada a mitad de camino de la cumbre. La joven había nacido en la aldea y, allí, la conocía todo el mundo. Las mujeres que la veían pasar la llamaban por su nombre, salían a la puerta y abrían las ventanas de sus casas para interesarse por ella. Otras mujeres, al oír voces y risas, también se acercaban a darle la bienvenida. La joven respondía con amabilidad a los saludos sin detenerse, sin ni siquiera aminorar el paso. Ni ella ni la niña se pararon a conversar.

Ya a las afueras de la aldea, donde había algunas casitas dispersas, oyeron una voz que las llamaba desde la casa más alejada.

—¿Eres tú, Dete? ¿Vas hacia arriba? Espera, subiré contigo.

Al oír estas palabras, Dete se detuvo. La niña le soltó la mano al instante y fue a sentarse al borde del camino.

—¿Estás cansada, Heidi? —le preguntó Dete.

—Tengo mucho calor —respondió la niña.

—Ya falta poco para llegar. Un pequeño esfuerzo y en una hora estaremos arriba —dijo Dete para animarla.

De la casa, salió una mujer corpulenta, de rostro amable, que fue a reunirse con Dete y Heidi. La niña se quedó algo retrasada, caminando detrás de las dos amigas que iniciaron una animada conversación acerca de Dörfli y de sus vecinos.

—¿Adónde vas con la niña? —preguntó la amiga de Dete—. Es tu sobrina, la hija de tu hermana, ¿verdad?

—Sí, la llevo a casa del tío para que se quede a vivir con él.

—¿De verdad piensas dejar a una niña tan pequeña con el Viejo de los Alpes? ¿Has perdido la cabeza, Dete? ¿Cómo puedes hacer algo así? En cuanto te vea, te mandará al mismo infierno.

—¡Que diga lo que quiera! Es su abuelo, ¿no? Pues debe responsabilizarse de la niña. Yo ya he hecho bastante. Desde que murió su madre hasta ahora, Barbel, yo me he ocupado de todo, la he alimentado y la he vestido. No me puedo permitir perder un buen empleo por cuidar de Heidi. Ahora le toca a su abuelo.

—Tienes razón, Dete. Si él fuera como los demás…, pero ya lo conoces, ¿qué va a hacer con una niña tan pequeña? No querrá saber nada, ya lo verás, ni ella querrá quedarse —aseguró Barbel—. Pero, cuéntame, ¿adónde vas?, ¿de qué empleo se trata?

—A Fráncfort —contestó Dete—. A casa de una familia que conocí el verano pasado cuando trabajaba en el balneario de Ragatz. Me ocupaba de arreglar sus habitaciones. Me apreciaban mucho. Entonces ya me pidieron que me fuese con ellos, pero yo les dije que no por no dejar a la niña. Este año me han insistido y no puedo perder una oportunidad tan buena. Son gente rica, ¿sabes? ¡Este año iré, Barbel, puedes estar segura!

—Te entiendo, Dete. Aunque, sinceramente, no me gustaría estar en el lugar de tu sobrina —exclamó Barbel—. Nadie sabe qué clase de hombre es el Viejo. No se relaciona con nadie. Jamás va a la iglesia. Pasan los años y no pone un pie en ella. Y, cuando baja al pueblo, parece un salvaje. Da miedo con sus cejas tan espesas y su barba blanca. Además, va armado con un grueso bastón. Es lógico que todos lo esquiven, que huyan de él como de la peste. ¡No quisiera tropezarme con él en uno de estos caminos, no, en modo alguno!

—¿Y qué? Me da igual lo que digas —dijo Dete, disgustada—. Es un tipo huraño, sí, pero es el abuelo de Heidi y su obligación es cuidarla. Dime, ¿qué daño va a hacerle?

—¡Mujer, no creo que se la coma! —dijo Barbel para suavizar el enfado de su amiga y también para poder saciar su curiosidad—. Verás, yo creo que este hombre ha de tener, por fuerza, algún peso en la conciencia. ¿No estás de acuerdo? Su mirada es terrorífica. Los buenos cristianos no miran a la gente con esa ferocidad. ¿Y cómo puede vivir tan solo, allí arriba, sin ver nunca a nadie? En la aldea hay muchos rumores. Se cuentan cosas terribles, pero tú debes saberlas mejor que nadie. Seguro que tu hermana te explicó algo.

—Por supuesto, pero no pienso repetirlo. Si el Viejo se enterara de que he hablado, se pondría como una fiera conmigo.

La amiga de Dete no se dio por vencida. Barbel procedía de Prättigau y se había instalado en Dörfli al contraer matrimonio. Desde hacía mucho tiempo deseaba enterarse del misterio que rodeaba a aquel hombre, a quienes unos llamaban el «Viejo de la Montaña», otros el «Ermitaño», otros el «Solitario» o el «Viejo de los Alpes». En la aldea, se contaban historias a medias, hablaban de él en voz baja, como si la gente tuviera miedo de que las murmuraciones llegasen a sus oídos. Dete, en cambio, había nacido allí y había vivido en la aldea hasta la muerte de su madre. Después se marchó con su sobrina a Ragatz, donde encontró trabajo como camarera. Y ahora volvía con la pequeña para llevársela al Viejo, de quien era familia. Ella mejor que nadie podía contarle el misterioso pasado del anciano.

Así que Barbel tomó del brazo a su amiga, bajó la voz hasta convertirla en un murmullo, procurando ser muy persuasiva, y dijo:

—Estoy segura de que eres la única que conoce toda la historia del Viejo, lo que es verdad y lo que es invención. Cuéntame, ¿qué le pasó? ¿Siempre inspiró tanto temor? ¿Por qué se fue a vivir a un sitio tan alejado?

—No sé si siempre ha sido como es ahora. Tengo veintiséis años y él debe estar por los setenta. No puedo decirte cómo era de joven. Si supiera que no se va a enterar todo el mundo en Prättigau, podría contarte ciertas cosas… —dijo Dete, que luchaba con sus deseos de hablar y el temor que le inspiraba el Viejo.

—Pero, bueno, Dete, ¿qué te piensas? ¿De verdad crees que iré divulgando por ahí las cosas que me cuentes? ¿Acaso no me conoces? —exclamó Barbel indignada por la desconfianza de su amiga—. Has de saber que la gente de mi pueblo no tiene fama de charlatana. Y yo menos todavía. Yo sé mantener un secreto. Te aseguro que no diré nada a nadie.

—De acuerdo, pero prométeme que cumplirás tu palabra —dijo Dete.

Barbel hizo un gesto afirmativo y Dete volvió la cabeza para cerciorarse de que Heidi no podría oír lo que iba a contar a su amiga. La niña, sin embargo, no las seguía. Desde donde se hallaban, podían ver con claridad el sendero que habían recorrido desde Dörfli. Miraron hasta donde alcanzaba la vista, pero no había ni el menor rastro de la niña.

—¡Allí está! —exclamó Barbel mientras con la mano señalaba un punto negro que se destacaba en un prado, a gran distancia del camino—. ¿Puedes verla? Va con Pedro, el cabrero, que, por lo visto, hoy se debe haber retrasado. Nos vendrá bien, porque cuidará de ella. Nosotras, entretanto, podremos hablar sin que nos moleste.

—No nos hubiera molestado —puntualizó Dete—. Heidi es una niña muy buena y muy inteligente para sus cinco años. Sabe tener los ojos bien abiertos y sacar provecho de lo que ve. Y eso es una suerte. Cuando viva con su abuelo, le servirá de mucho. Ahora, el Viejo no tiene más que su cabaña y sus dos cabras.

—¿Acaso antes tenía algo más? —preguntó Barbel.

—¡Ya lo creo! Su granja era una de las más hermosas y prósperas de Domleschg y era dueño de una gran fortuna. Me contaron que no le gustaba trabajar, que se pasaba el día arriba y abajo sin hacer nada, con malas compañías que nadie sabía de dónde habían salido. Y toda la herencia se fue esfumando por culpa del juego. Con la pérdida de la granja, los padres del Viejo se entristecieron tanto que fallecieron a causa del disgusto. El hermano pequeño, que era un hombre tranquilo y respetuoso, tuvo que marcharse de la comarca avergonzado. El Viejo, hundido en la miseria, desapareció también. Se dijo que había entrado al servicio del rey de Nápoles. Pasaron los años, doce o quince, sin que nadie tuviera noticias de él. Y un día reapareció en Domleschg. Lo acompañaba un chico, ya mayorcito, y quiso presentarlo a la familia que le quedaba en la comarca, pero ningún pariente quiso recibirlo en sus casas. Esa indiferencia lo hizo enfadar mucho. Tanto que se fue de Dom­leschg, asegurando que nunca volvería a poner los pies allí, y se instaló en Dörfli con su hijo.

—Y el hijo, ¿de quién era? —preguntó Barbel.

—Parece que se casó en Nápoles y que su esposa era suiza. Y allí nació Tobías, pero la madre murió al cabo de poco tiempo. Una vez en Dörfli, el Viejo, que debía tener algún dinero ahorrado, hizo que su hijo aprendiera el oficio de carpintero. Tobías era muy trabajador, y en el pueblo todos lo apreciaban. En cambio, recelaban de su padre.

—¿Y por qué el Viejo no se quedó en Nápoles? —interrumpió Barbel.

—La gente sospechaba que había desertado del Ejército y que tenía buenas razones para ello. Según los rumores, había dado muerte a un hombre; no en el campo de batalla, sino en una pelea. De todas formas, aunque es un tipo brusco y huraño, nosotros lo hemos tratado en todo momento como de la familia, porque es pariente nuestro. La abuela del Viejo y la abuela de mi madre eran hermanas. En casa, siempre lo hemos llamado tío.

—¿Y qué fue de Tobías? —interrumpió Barbel.

—¡Espera, mujer; no seas impaciente! No puedo contártelo todo al mismo tiempo —la reprendió Dete y continuó con el relato—: Tobías fue a Mels a aprender su oficio. Cuando regresó a Dörfli, se casó con mi hermana Adelaida. Siempre se habían gustado. Y, una vez casados, fueron muy dichosos. La felicidad, sin embargo, no duró mucho. Un día, mientras trabajaba en una construcción, a Tobías le cayó una viga en la cabeza y lo mató. Heidi, por aquel entonces, solo tenía un año.

—¡Qué desgracia tan grande! —exclamó Barbel.

—¡No te imaginas cómo sufrió la pobre Adelaida! Se puso enferma al ver el cuerpo sin vida de su marido y ya no volvió a recuperarse. Se pasaba los días sentada en un sillón, ausente, con la mirada perdida. Nadie podía decir a ciencia cierta si estaba despierta o dormida. Poco tiempo después de quedar viuda, ella murió también. La enterramos junto con Tobías. En el pueblo se empezó a decir que aquella desgracia era castigo del cielo por los pecados del Viejo. Algunos se lo echaron en cara. Incluso el párroco trató de hacer que se arrepintiera de su mala vida. El Viejo se hizo cada día más reservado, ya no quería ni ver ni hablar con nadie, ni nadie quería verlo ni hablar con él. Y de este modo fue que abandonó Dörfli y se marchó a lo alto de la montaña, donde vive peleado con Dios y con los hombres.

—¿Y, entonces, tú recogiste a la niña? —continuó Barbel interrogando a Dete.

—Así es, mi madre y yo nos hicimos cargo de ella. Como te he dicho, Heidi tenía solo un año. Pero el año pasado murió mi madre y yo tuve que ir a trabajar al balneario de Ragatz, para ganarme la vida. Me llevé a la pequeña conmigo y la dejé al cuidado de la vieja Úrsula de Pfaeffers. En invierno, como sé coser y remendar, no me faltaron encargos. Esta primavera ha vuelto al balneario la familia de Fráncfort a quien serví el año pasado. Insisten en que me vaya con ellos. Al fin, he aceptado. Nos marchamos pasado mañana.

—¿Y, después de todo lo que me has contado del Viejo, piensas dejar a Heidi con él? —preguntó Barbel.

—¿Qué puedo hacer, dime? ¿Más de lo que ya he hecho? —se excusó Dete—. No pretenderás que me lleve a Fráncfort a una cría de cinco años.

—¡Allá tú, Dete! —la advirtió Barbel—. Me quedo aquí —dijo—. En casa de la abuela de Pedro. Vengo a recoger lo que ha hilado durante el invierno. Te deseo mucha suerte en Fráncfort.

Dete estrechó la mano de su amiga y vio que entraba en la casita del cabrero. Se trataba de una cabaña casi en ruinas, levantada en el fondo de una hondonada que la protegía de los fuertes vientos invernales que hacían crujir puertas y ventanas y temblar las vigas. Gracias a ello, la vivienda se tenía aún en pie, pues, de haber estado en terreno descubierto, ya hubiese volado por los aires hacía tiempo.

En la cabaña, vivía Pedro. Aunque solo tenía once años, Pedro era el pastor de Dörfli. Por las mañanas, bajaba hasta la aldea, reunía todas las cabras y las llevaba a pacer a los altos prados de la montaña. La hierba, allí, era muy apetitosa para el ganado y hacía que los animales dieran una leche excelente. Al ponerse el sol, Pedro reunía todo el rebaño y regresaba a Dörfli. Se detenía a la entrada del pueblo y silbaba. Al oír su silbido, los dueños de las cabras enviaban a sus hijos a recoger los animales. Pedro aprovechaba aquellas ocasiones para charlar con los chicos de su edad. El resto del día lo pasaba entre las cabras. De noche, su única compañía eran su madre y su anciana abuela, que estaba ciega. El padre, a quien todos conocían como Pedro el cabrero, había fallecido el año anterior. A su madre, que se llamaba Brígida, todo el mundo la conocía por «la cabrera» y a la abuela de Pedro todos la llamaban «abuela».

Dete pasó un buen rato frente a la cabaña de Pedro y, viendo que Heidi no subía, siguió por el sendero, hasta llegar a un alto desde el cual se contemplaba todo el valle. Miró en todas direcciones sin descubrir tampoco desde allí ni rastro de su sobrina.

Entretanto, Heidi estaba con el pastor, que llevaba las cabras por los lugares donde crecía el mejor pasto, bastante lejos del sendero. Al principio, la niña lo seguía con bastante dificultad; entre la ropa y los zapatos, casi no podía dar un paso, y observaba a su nuevo amigo llena de envidia. El chico triscaba sin esfuerzo por la hierba con los pies descalzos y las piernas al aire, ágil como una cabra más.

De pronto, Heidi tomó una decisión. Se sentó sobre una piedra y se quitó los zapatos y las gruesas medias de lana. Luego, se desató el pañuelo y también se lo quitó. A continuación, se deshizo, uno tras otro, de sus dos vestidos. Tía Dete le había hecho poner el vestido nuevo encima del viejo, con tal de no tener que llevar ninguno en la mano. Los dos fueron a parar encima de la hierba. En unos segundos, Heidi se quedó con el refajo y la camisa de manga corta. Sintió un gran alivio cuando el aire acarició sus brazos desnudos. Después, hizo un montoncito con la ropa que se había quitado y la dejó junto a la piedra en la que se había sentado. Con menos ropa, por fin pudo echar a correr detrás de Pedro y brincar sobre las piedras, más ligera que él y que las mismas cabras.

Pedro, que no se había dado cuenta de lo que Heidi había hecho, al verla llegar vestida de aquella manera se puso muy contento. Miró dónde estaba la ropa. Primero esbozó una sonrisa, luego abrió la boca de oreja a oreja sin decir nada.

Heidi se sentía tan a gusto que empezó a preguntar a Pedro cuántas cabras tenía, dónde las llevaba a pastar, qué hacía mientras las cabras pacían. Pedro, ante el chaparrón de preguntas, no sabía qué contestar. Así fueron llegando hasta donde tía Dete esperaba llena de impaciencia. Al ver así vestida a su sobrina, se desesperó:

—Pero, Heidi, ¿dónde está tu vestido de los domingos? ¿Y el de diario? ¿Y el pañuelo? ¿Y las medias que te he hecho? ¿Y los zapatos que te compré para la montaña? Dios mío, ¿qué has hecho? Niña, contesta, ¿dónde está toda tu ropa?

—Está todo allí abajo —dijo Heidi, señalando el lugar donde había dejado sus cosas.

Tía Dete vio el montón a lo lejos y se tranquilizó un poco.

—¡Dios Santo, qué cosas se te ocurren, Heidi! Dime, ¿por qué te has quitado la ropa?

—No la necesitaba —contestó la niña, sin dar muestras de estar arrepentida de lo que había hecho.

—¡Tú estás loca de remate, criatura! ¿Quién irá a buscar la ropa? ¿Crees que yo voy a bajar a recogerla? Si vamos a por ella, perderemos al menos media hora. ¡Anda, Pedro, ve a buscarla tú mismo! —Y viendo que el cabrero permanecía inmóvil, añadió—: ¡No te quedes ahí parado! ¡Corre!

—Me he retrasado mucho —contestó el pastor, con las manos en los bolsillos, sin moverse del sitio.

—Anda, no te quedes como un pasmarote. Si vas a por las cosas de Heidi, te daré algo —dijo tía Dete, haciendo relucir ante los asombrados ojos del muchacho una moneda de cobre de cinco céntimos.

Apenas la vio, Pedro echó a correr y, en menos de diez minutos, estuvo de vuelta con el hatillo de ropa de Heidi. Dete le entregó la moneda ofrecida, pero a condición de que llevara el paquete hasta la cabaña del Viejo, a lo que el cabrero accedió muy contento, porque en su bolsillo guardaba la moneda que, para él, era como un tesoro.

Reemprendieron el camino. Pedro ascendía con el hatillo bajo el brazo izquierdo. Con la mano derecha hacía restallar el látigo de vez en cuando para evitar que las cabras se entretuvieran. Heidi brincaba alegre a su lado. Casi una hora más tarde, los tres viajeros llegaron a la puerta de la cabaña del Viejo.

La vivienda se levantaba en un alto, expuesto a todos los vientos, pero de forma que el sol daba en su fachada desde el amanecer hasta el ocaso. El panorama que se divisaba desde allí era grandioso. Tres altísimos y centenarios abetos se levantaban detrás de la cabaña, a cierta distancia de la cual se veía el último picacho de la montaña, destacando sus rocosas laderas sobre el verde prado que subía hasta muy cerca de la cumbre.

En un banco adosado a la pared, junto a la entrada, un anciano de larga barba blanca y revuelta cabellera estaba fumando en pipa, con las manos apoyadas sobre las rodillas. Era el Viejo de los Alpes. Su mirada estaba fija en las cabras y en las tres personas que subían hacia su vivienda. Heidi fue la primera en llegar y fue directa a saludar a su abuelo.

—¡Buenos días, abuelito!

—¿Qué haces tú aquí, niña? —preguntó el anciano bruscamente mientras la observaba con profunda atención y le estrechaba la mano.

Heidi no apartó la vista. Sentía una gran curiosidad viendo a aquel abuelo, a quien no conocía, y cuya cabellera y barba se parecían a los matorrales por donde saltaban las cabras.

—Muy buenos días, tío —dijo en aquel momento Dete, y se acercó al banco donde estaba sentado el Viejo, mientras Pedro se quedaba a cierta distancia, esperando a ver qué ocurría.

—Hola —gruñó el Viejo.

—Le traigo a su nieta, tío, la hija de Tobías y Adelaida —siguió Dete—. No creo que la conozca, ¿verdad? La última vez que usted la vio tenía solo un año.

—¿Y a qué la traes? —preguntó el viejo. Y, levantando la voz, añadió, con feroz acento, dirigiéndose a Pedro—: ¡Anda, holgazán, largo de aquí! ¿Qué horas de subir son estas? Llévate también mis cabras.

Pedro se apresuró a obedecer, pues el Viejo le daba mucho miedo.

—Traigo a la niña para que se quede en casa de usted, tío —dijo Dete—. Yo he hecho ya más de lo que debía. La he tenido en casa cuatro años.

—¿Ah, sí? ¡Vaya, vaya! —refunfuñó el anciano—. ¿Y qué hago yo con esta pequeña? ¿Y si le da por no gustarle esto y se pone a llorar porque prefiere estar contigo?

—Pues arréglese como pueda, tío —contestó Dete con determinación—. A mí nadie me explicó cómo había que cuidar de ella y la he mantenido cuatro años. Cuatro años que he tenido que trabajar para ella y para mi madre. Ahora ya no puedo seguir sosteniéndola, porque me marcho a servir a Fráncfort. Usted es su abuelo y, por lo tanto, quiera o no, tiene que hacerse cargo de ella. ¡No añada una culpa más a las muchas que ya tiene!

Dete había hablado más de lo que quería, y el anciano, al oír sus últimas palabras, se levantó furioso, señaló el sendero y ordenó imperiosamente:

—¡Vete enseguida, vamos, vete, y procura que no te vuelva a ver nunca más!

—Está bien, tío —respondió Dete, apresurándose a obedecer—. ¡Adiós, Heidi! —añadió y desapareció por el sendero y no dejó de correr hasta llegar a Dörfli.

En el pueblo, todos le preguntaban por la niña y le recriminaban que la hubiera dejado en casa del Viejo. «¡Pobre niña!», se oía una y otra vez. «¡Pobre criatura indefensa!», se lamentaban los aldeanos.

Mientras caminaba sin detenerse, Dete contestaba que era mejor que ella fuera a ganar dinero a Fráncfort. Se excusaba diciendo que, cuando tuviera dinero, volvería para cuidar de Heidi. Pero, en el fondo, se sentía muy contenta de poder perder de vista un lugar donde todos querían meterse en sus asuntos. Sobre todo, estaba satisfecha de haber encontrado un empleo tan bueno en la ciudad, lejos de la montaña.

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En cuanto tía Dete se hubo marchado, el Viejo volvió a sentarse en su banco a fumar. Durante un buen rato, permaneció en absoluto silencio, con la mirada fija en el suelo. De vez en cuando, de la pipa sacaba nubes de humo blanco, que se deshacían en el aire. Debía ser muy importante lo que el abuelo pensaba. Por esa razón, Heidi no quiso interrumpirlo. Lo dejó sumido en sus meditaciones y se dedicó a examinar cuanto la rodeaba, porque todo era nuevo para ella. Lo primero que encontró fue el establo de las cabras que estaba junto a la cabaña. Las cabras habían subido a los pastos con el cabrero. Ya tendría tiempo de trabar amistad con ellas, pensó Heidi.

Detrás de la cabaña vio tres enormes abetos. Por entre sus ramas, el viento bramaba con ímpetu. Según las ráfagas, las ramas se curvaban hasta rozar el suelo, y el sonido que percibía tan pronto le parecía un gemido triste como un aullido que llegaba de la cima de la montaña. Se quedó un instante observando la danza de las ramas y escuchando el rumor del viento. En cuanto este se apaciguó un poco, regresó junto al abuelo. Y lo encontró tal como lo había dejado: meditando. Heidi se quedó mirándolo con las manos en la espalda, en silencio. El abuelo, por fin, se decidió a hablarle.

—¿Qué quieres hacer ahora? —preguntó a la niña, sin abandonar su expresión severa, pero con una voz mucho más suave que al hablar a tía Dete.

—Me gustaría ver la cabaña por dentro. ¿Me la enseñas? —dijo Heidi.

—¡Está bien, vamos, pero antes recoge tu ropa! —dijo el Viejo disponiéndose a entrar en la cabaña.

—Es que no me hace falta, abuelo —respondió Heidi.

El abuelo dirigió una larga y profunda mirada a su nieta. La niña tenía los ojos negros y brillantes y una expresión decidida.

—¡No dejes la ropa tirada! —ordenó el abuelo.

—Abuelo, te digo que ya no la necesito —dijo la niña convencida.

—¿Por qué no la necesitas? —preguntó entonces el abuelo.

—Pues porque me gusta más ir tal como voy. Así puedo correr mucho mejor, ir ligera como las cabras.

Este argumento persuadió al abuelo. No obstante, añadió:

—Está bien, no te la pongas si no quieres, pero cógela de todas formas. La guardaremos en el armario. Tal vez la necesites en invierno.

A Heidi le pareció razonable la recomendación del abuelo y recuperó el hatillo de ropa sin rechistar.

El abuelo abrió la puerta de la cabaña y la niña lo siguió. El interior era bastante grande y confortable. Estaba amueblada con sencillez, pero tenía lo más imprescindible: una mesa, un taburete alto; en un rincón, la cama del abuelo. En otro rincón, el hogar con una caldera que pendía sobre el fuego. En la pared opuesta, había una puerta que resultó ser la de un armario. Dentro del armario, el abuelo guardaba su ropa colgada. En los estantes bajos, había uno destinado a las camisas, los calcetines y los pañuelos; otro para colocar los platos, las tazas, los vasos y otros enseres de cocina. Aún había otro estante más para almacenar los víveres, donde se veía un pan grande, carne ahumada y un apetitoso queso. Allí estaba todo cuanto el Viejo necesitaba para vivir.

Heidi colocó su ropa en el rincón más oculto del armario, detrás de la ropa del abuelo. Cerró la puerta. Echó una ojeada a la habitación y preguntó:

—¿Dónde dormiré, abuelito?

—Puedes elegir el lugar que más te guste —contestó el anciano.

Heidi empezó a inspeccionar todos los rincones buscando el sitio más idóneo. En un ángulo, cerca de la cama del abuelo, observó que había una escalera de mano apoyada contra la pared. Se preguntó adónde conduciría. Subió sin perder un segundo y se encontró en el desván, donde había un gran montón de heno perfumado. Por una pequeña ventana que iluminaba el desván, se podía divisar todo el valle

—¡Corre, abuelo, sube, ven a ver esto! ¡Qué vista tan preciosa! ¡Qué bonito es! —exclamó Heidi como emocionada y añadió—: Este es el lugar que más me gusta de todos, abuelo. Aquí dormiré.

—Conozco bien este rincón —dijo el abuelo—, y me parece una elección muy acertada.

—Anda, abuelito, dame una sábana para que pueda hacer la cama, porque en la cama, sabes, hay que poner una sábana y dormir encima de ella.

El abuelo sonrió ante la ocurrencia de Heidi y se encaminó hacia el armario para ver qué ofrecería a su nieta que pudiera hacer las veces de sábana. Rebuscó en el estante de la ropa y, debajo de las camisas, encontró un trozo de tela de hilo que era muy áspera. Lo cogió y subió la escalera. En el desván, la niña estaba ocupada preparando la cama. Había amontonado todo el heno cerca de la ventana. De este modo, cuando estuviera tumbada podría observar todo el valle a la luz de la luna y las estrellas.

—Está muy bien, pequeña, pero espera un poco, que iré a buscar más heno. Cuanto más pongamos, más cómodo resultará el colchón —aseguró el abuelo.

El Viejo cogió un buen montón de heno y lo extendió de manera que tuviera la misma consistencia en todas partes. Cuando el grosor le pareció adecuado, dijo a Heidi que ya tenía la cama a punto y le dio la sábana.

Ella, primero, se quejó:

—Abuelo, esta sábana es muy gruesa.

Sin embargo, rectificó al instante:

—Mejor que lo sea, porque así el heno no podrá atravesarla y no me pincharé.

La niña observó su cama satisfecha. De pronto, advirtió que faltaba una cosa.

—Abuelo, nos hemos olvidado de algo importante.

—¿Qué es? —preguntó el anciano.

—¿No lo ves? ¡Falta una manta para abrigarme! La gente, abuelo, duerme con sábanas y mantas.

El abuelo sonrió de nuevo ante la respuesta de la niña.

—¿Y si no tuviera mantas, pequeña?

—No pasa nada si no tienes, abuelo. ¿Qué te parece si hacemos una con el heno? ¿Se puede hacer, verdad?

—Espera un momento —dijo el anciano y, a los pocos minutos, regresó con un grueso saco de tela que entregó a Heidi—. ¿No es mejor esto que el heno?

—¡Ya lo creo! —exclamó la niña.

El abuelo ayudó a la pequeña a extender el saco encima de la cama. Heidi se quedó admirando la cama. Ya no faltaba nada. Entonces, exclamó:

—¡Ojalá fuese ya de noche para poderme acostar!

—Mejor será que antes comas algo, ¿no te parece?

—¡Oh, sí, sí, abuelito! —gritó la niña, que con la emoción de las aventuras se había olvidado de que no había comido nada desde la mañana, pero en cuanto oyó hablar de comida sintió un enorme agujero en la tripa—. ¡Si supieras el hambre que tengo!

Descendieron los dos a la planta baja y, mientras el abuelo retiraba del fuego el caldero grande y ponía otro más pequeño, lleno de leche, Heidi fue al armario y sacó el pan, dos platos hondos, dos cuchillos y un tazón, y lo colocó todo sobre la mesa.

Entretanto, el abuelo añadió más leña al fuego, hasta conseguir una llama viva y muy brillante. Acto seguido, pinchó un gran trozo de queso y lo acercó al fuego. Lo fue girando lentamente hasta que quedó dorado por todas partes. Cuando hubo terminado, se dirigió a la mesa y, al verla ya dispuesta, dijo, en tono aprobador:

—¡Muy bien, Heidi! Me gusta que pienses en todo. Pero me parece que falta algo.

Cuando Heidi vio el cazo humeante comprendió lo que su abuelo quería decirle. En la casa solo había un tazón, pero en el armario descubrió un par de vasos. Fue a buscar uno. Colocó el tazón para el abuelo, y el vaso, que era más pequeño, para ella.

—¿Y dónde te sentarás? —preguntó el Viejo.

Heidi corrió al hogar, frente al cual se encontraba otro taburete mucho más pequeño donde se había sentado el abuelo para tostar el queso. La niña acercó aquel taburete hasta la mesa y se acomodó en él.

—Ya tienes asiento —dijo el abuelo—, pero me parece que no vas a llegar a la mesa.

El Viejo se levantó del taburete en el que estaba sentado, colocó el tazón sobre él y acercó el otro taburete, ordenando a la niña que se sentara en él. Luego llenó de leche el tazón y puso en el plato un gran trozo de queso dorado y una rebanada de pan.

—Ahora a comer. Ya tienes mesa y silla. —Y él se sentó en la mesa, con el plato en las rodillas.

Heidi se tomó la leche de un sorbo, tan grande era su apetito. Cuando hubo vaciado el tazón, el abuelo le preguntó:

—¿Te ha gustado esta leche?

—¡Mucho, abuelito! Es la mejor leche que he tomado en mi vida.

—Pues bebe más —ordenó el Viejo, llenando otra vez el tazón.

Heidi extendió el queso, que estaba tierno como la mantequilla, sobre el pan y después comió con avidez. Luego ayudó a su abuelo a fregar los platos. Cuando hubieron terminado, el Viejo entró en un cuartito, sacó madera y cortó tres palos del mismo tamaño. De una tabla, cortó un trozo, que fue redondeando, abrió tres agujeros en él y encajó los tres palos.

—¿Sabes qué es eso? —preguntó el abuelo antes de terminar.

—Una silla alta para mí —contestó Heidi.

—Exacto. Veo que te fijas en todo —aprobó el anciano.

—¡Qué deprisa la has hecho! —dijo la pequeña para halagar la labor de su abuelo.

Ambos salieron de la cabaña. El Viejo, con el martillo y algunos clavos, fue arreglando los desperfectos que descubría en la vivienda. La nieta lo seguía y encontraba que todo lo que hacía su abuelo era muy divertido. Después de la casa, el anciano se ocupó de arreglar el establo de las cabras, donde colocó una gran cantidad de heno fresco para sustituir al viejo.

El sol ya declinaba cuando el viento empezó a soplar otra vez con fuerza. Heidi se instaló debajo de los tres abetos para ver cómo danzaban las ramas y escuchar la melodía del viento. Tanto le gustaba aquel espectáculo que se puso a saltar y a bailar, dando rienda suelta a su alegría. El abuelo, desde la puerta del establo, la contemplaba embelesado.

Y, sin que se dieran cuenta, fue oscureciendo. Un momento antes de que se ocultara el sol, se oyó un silbido. Era Pedro, que devolvía las dos cabras del Viejo. Heidi corrió a meterse entre el rebaño, siguiendo luego a dos cabritas, blanca una y castaña la otra, que iban a lamer la sal que el abuelo les ofrecía, como acostumbraba a hacer todas las noches.

Pedro se despidió de la niña y empezó a descender por el camino de Dörfli, seguido por las cabras de los aldeanos.

—¿Son estas nuestras cabras, abuelito? —preguntó Heidi, mientras iba de una a otra acariciándolas—. ¿Duermen en el establo? ¿Siempre están aquí?

Estas tres preguntas fueron hechas tan deprisa que el abuelo apenas tuvo tiempo de contestar con un breve «sí» a cada una de ellas.

Cuando las cabras dejaron de lamer la sal, el Viejo ordenó a Heidi:

—Ve a buscar el tazón y el pan.

La pequeña entró en la cabaña y regresó con lo que el abuelo había pedido. El anciano ordeñó la cabra blanca y le ofreció un tazón bien lleno. Luego cortó un pedazo de pan.

—Aquí tienes la cena —dijo el abuelo.

Pero Heidi estaba tan emocionada que no podía parar de preguntar.

—¿Cómo se llama la cabra blanca, abuelito?

—Blanquita —contestó el Viejo—. Y la otra se llama Diana. Y ahora, pequeña, come y luego ve a fregar el tazón y acuéstate. Tía Dete dejó también un paquete con camisas y otras cosas. Las encontrarás en el armario. Mientras tanto, yo encerraré a las cabras.

—Está bien, abuelito. ¡Buenas noches! ¡Buenas noches, Blanquita! ¡Buenas noches, Diana!

Como el viento era ya muy fuerte, y el frío bastante intenso, Heidi corrió dentro de la cabaña, hizo lo que su abuelo le había ordenado y poco después dormía como si, en vez de reposar sobre un colchón de heno, descansara en el lecho de una princesa.

El Viejo no tardó en acostarse, pues se levantaba muy temprano, antes de la salida del sol, y en verano, en la montaña, el sol se despierta muy pronto.

Aquella noche el viento sopló con mucha fuerza. Se coló por la chimenea, hizo estremecer las paredes de la cabaña y temblar a los abetos. Algunas ramas se resquebrajaron. A medianoche, el abuelo se levantó a tientas preocupado por su nieta, murmurando: «Seguramente, la pequeña tendrá miedo».

Con cuidado, subió por la escalera hasta al desván. La luz de la luna invadía la pequeña estancia, después se escondía tras las nubes y todo se oscurecía y, acto seguido, la luna volvía a aparecer. Un rayo penetró por la ventana e iluminó la cama de Heidi. La niña estaba profundamente dormida, con la cabeza apoyada en un brazo, y una dulce sonrisa en los labios, como si soñara cosas muy agradables. El anciano la contempló largo rato y, cuando la luna quedó oculta por las nubes, bajó sin hacer ruido y se acostó tranquilo en su cama.